[Col}– Los cuidados de una abuela canaria / Estela Hernández Rodríguez

17-07-2009

¿Quién, cuando es niño y se enferma, no tiene a su lado la presencia de su abuela, a la que tanto quieren los nietos ya sea por su complacencia o por su excesivo cariño hacia nosotros?

Pues sí, en esos momentos de mi niñez también mi abuela Lola jugó un papel fundamental. En más de una ocasión pude palparlo, y aunque yo, gracias a Dios, no era muy enfermiza, pues de mis tres hermanos era la más fuerte, también pude conocer de sus cuidados.

La autora, Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba).

***oOo***

Un remedio canario para bajar la fiebre

Siempre recuerdo cómo mi abuela me bajaba la fiebre, pues todavía guardo esa forma suya de hacerlo y que mis padres le respetaron.

En el torbellino de la fiebre que me ardía en todo el cuerpo, la veo frente a mí con el paño blanco y aquellas hojas de naranja derritiendo el cebo de carnero encima de ellas —ya fuera con una vela prendida o con un simple fósforo o con lo que apareciera en ese momento— a lo que le agregara polvo de café. Lo importante para ella era ponerme esa cataplasma en la planta de mis pequeños pies para bajarme la fiebre.

Aunque eso no iba más allá de un fuerte calor en éstos, cada vez que me acuerdo de aquel momento se me pone la carne de gallina.

Lo cierto es que era una costumbre canaria y mi familia no podía pasar por alto esa tradición. Además, mi abuela era también la isleña mayor, que aplicaba sus conocimientos y, en verdad, daban resultado, pues nunca me pasó nada malo. Al contrario, al final se me bajaba la fiebre; quizás por el susto, pero la fiebre se iba. No aconsejo hacer eso; yo sólo recordaba nada más las tradiciones de mi abuela canaria Lola.

Claro, ahí no paraba la atención, pues durante la enfermedad, o sin ella, me cargaba, y además de las historias que me contaba, pues también me cantaba: Pero de todas las canciones me gustaba mucho una relacionada con un niño que se estaba enfermo de sarampión.

Pepito tenía un caballo
color castaño,
para su hijito,
que está malito,
¡ay, ay, ay! del sarampión.
Que está malito,
¡ay, ay, ay! del sarampión.

Era una tonada traída de El Paso, cortica pero que se pegaba. A mí me gustaba y se la hacía repetir una y otra vez, hasta que me dormía.

Luego, todos en la casa, como tradición, se la cantábamos a los más pequeños.

También recuerdo que estuviera yo enferma o no, todas las noches mi abuela me cargaba y me dormía en un sillón, tendría yo unos cinco o seis años. Pero antes me preparaba un poco de agua tibia con azúcar, que me ponía en una botella de refresco vacía y con una tetilla, como biberón, que se usaba entonces, sin más roscas ni nada, y adornada de hermoso pomo como se hace en la actualidad.

Aunque pasara por la casa el vendedor de pocicles —como le decíamos al helado de paleta1, de marca Guarina, que vendía un señor que halaba de un carrito— y aunque se oyeran desde lejos las campanadas que anunciaban su entrada en el barrio, para mí lo importante era mi agua con azúcar, pues ésa no podía pasar por alto. Hasta que no la tomaba y me mecía abuela en el sillón, yo no me dormía.

Cosas de muchachos. Ahora pienso que sólo esa complacencia la hace una abuela y para mi orgullo, mi abuela canaria.

***

(1) Especie de mango, generalmente plano, por donde sujetar ese tipo de helados.

Un comentario sobre “[Col}– Los cuidados de una abuela canaria / Estela Hernández Rodríguez

  1. Una versión similar de esta canción me la cantaba mi abuelita, y me sorprendí al leer su versión porque yo creía que yo era la única que sabía esta canción.

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