[ElPaso}– El silbido

28-05-2006

Carlos M. Padrón

Las almendras son una de las riquezas de El Paso, pero el ponerlas en la forma comestible en que la mayoría de los mortales las conocen da mucho trabajo.

Para amenizarlo de alguna forma, ya que había que hacerlo, existía la costumbre de que muchos vecinos (mayormente mujeres) se reunieran de noche en la casa de un vecino en particular y le ayudaran a pelar las almendras que éste hubiera recogido de su cosecha. O sea, que a dedo limpio procedían a separar de la cápsula oval —sólida, y con filo por una de sus aristas— dentro de la cual está la pipa comestible, la cubierta, dura y aterciopelada, que la cubre.

A estas reuniones se las conocía como «Peladas de almendras», y se caracterizaban porque las mujeres asistentes, tal vez animadas por su abrumadora mayoría, se divertían armando «mocedades» (parejas de enamorados) o hablando de las vicisitudes de las parejas ya oficialmente formadas.

Ellas, al igual que la mayoría de la gente del pueblo, creían que cuando una mujer era virgen y orinaba en cuclillas, su vulva emitía un sonido como un silbido que era producido por la estrechez de la vagina y la presencia del himen. Sea por lo que fuere, es el caso que, de verdad, eso ocurría en mis tiempos de mozalbete.

A una de estas peladas de almendras fue invitada María, una muchacha de quien José Luis —primo de Juanillo, un tío de mi padre— estaba enamorado y cortejaba siempre que podía. Pero como José Luis no había sido invitado a la pelada en cuestión, decidió espiar la reunión desde fuera, por los resquicios de la puerta que daba a la calle, en la esperanza de enterarse de lo que la concurrencia femenina pudiera comentar acerca de sus pretensiones con María —más que conocidas— y, sobre todo, de lo que ésta pudiera decir sobre sus sentimientos hacia él, algo que, en aquellos tiempos, una mujer no debía confesar nunca a un hombre por más enamorada que estuviera de él.

Y a esa aventura de espía, José Luis se hizo acompañar de su primo Juanillo.

La casa donde esa noche se llevaba a cabo la pelada de almendras estaba un tanto aislada y aún en construcción, y el evento tenía lugar en el primer piso, al que se accedía por una escalera externa que aún no tenía baranda y que terminaba en una plataforma, también sin baranda, frente a la puerta de entrada.

El caso es que, a mitad de esta jornada nocturna, a María le dieron ganas de orinar, se levantó de su puesto y se dirigió a la puerta de salida. Al verla venir, tanto José Luis como Juanillo, que estaban justo tras esa puerta, bajaron corriendo la escalera y se acurrucaron en la base del muro que servía de soporte a la plataforma de entrada, para que María no pudiera verlos.

Pero ésta salió fuera, cerró la puerta tras ella y, como estaba oscuro y no había nadie a la vista, no bajó a satisfacer su necesidad entre los matorrales del terreno circundante, como habría sido lo normal, sino que se acercó al borde de la plataforma, se puso en cuclillas, remangó su falda, bajó sus bragas, abrió las piernas y, sin más, disparó su chorro……. que fue a caer directamente sobre la cabeza del pobre José Luis, mientras Juanillo se tapaba la boca para contener la risa.

Y al dejarse oír en el silencio de la noche el sonido sibilante, alto y firme, que producía la vulva virgen de María, ésta, en voz alta y convencida de que nadie la escuchaba, exclamó:

—¡Silba tú, coño, que José Luis te va a sacar el silbido!

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