[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: La Música

LA MÚSICA

   Para el ingenioso artista Vicente Yanes Lorenzo.

           «Se agranda, se diviniza, y tanto se hace sentir, 
         que siendo de Dios destello, no la puedo definir». 
                                          Luis Méndez y Franco.

La Música es arte divino y sensible,
que inspira. a las almas quo saben amar;
la Música encierra misterio intangible
que torpe mi lira no sabe cantar.

Esencia del Cielo, que existe en la Tierra,
y alivia del hombre sus fuertes pesares;
ya triste, ya alegre, bellezas encierra,
que dicen gustosos mis pobres cantares.

Lenguaje divino, quo expresa lo bello,
lo grande y sublime, del alma el sentir;
lenguaje que encierra de Dios un destello,
que inspira a los seres tranquilo vivir,

Sus notas, nacidas de un pecho inspirado,
son ecos del alma que amores destila;
efluvios que brotan de un ser que ha soñado
placeres y dichas, y en ansias titila.

Sus notas son perlas del Cielo emanadas,
que en lluvia se esparcen muriendo al nacer,
formando, en cadencias, de amor carcajadas,
y ritmos y arpegios do alegre querer.

Sus notas alientan al rudo guerrero que va,
de la gloria, con ansias en pos;
sus notas alejan al crimen rastrero,
sus notas elevan el alma hasta Dios.

Sus notas existen en boca agraciada
que canta poemas y gratas canciones;
sus notas existen allá en la cascada
del agua que corre formando girones.

Sus notas son cantos de tedio y dolores
que expresan delirios y quejas y agravios;
son tiernas promesas que inspiran amores,
son nítidas frases de cándidos labios.

Yo escucho sus notas también en las olas
del mar irascible que ruge incesante;
yo escucho sus ritmos en alma que a solas
lamenta sus penas, su dicha inconstante.

Y escucho sus notas en la praderia,
que entonan las aves, concierto formando,
con gratas cadencias y bella armonía
que forman las brisas, delicias llevando.

Y nacen sus notas de aquel instrumento
que pulsan con arte las manos de un ser.
Sus notas encierran el más dulce acento,
si son inspiradas por bella mujer.

De orquestas que forman los diestros artistas,
conceptos grandiosos, mil veces han hecho
que sienta emociones tan raras y altruistas,
que henchido se siente de amores mi pecho.

Rumores de besos, de anhelos y amor,
efecto del alma que siente y que adora;
rumor de suspiros, que expresa el dolor
de agua que ignoraba traiciones que Dora.

Rumor de caricias, de tierno sentir,
de gratas sonrisas y gritos del alma;
melódico acento que alegra el vivir,
llevando a los seres la dicha y la calma.

Sus gamas, sus ritmos, cadencias y notas,
son ecos del Arte: del Arte que encierra
lenguaje del alma e ideas remotas,
esencia del Cielo disuelta en la Tierra,

La Música es arte divino y sensible
que inspira a las almas que saben amar;
la Música encierra misterio intangible,
que aun no han podido mis versos cantar.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Pablo Pérez Zamora

El famoso jurisconsulto Pablo Pérez Zamora nació en el Puerto de la Cruz de La Orotava (Tenerife) y, como hijo de las Canarias, supo distinguirse por su vasta erudición, especialmente en la tribuna forense, donde por su elocuencia torrentaria y arrebatadora palabra, llamaba siempre la atención del numeroso auditorio que asistía al acto.

Fue uno de los fundadores y primer presidente de la Asociación Canaria de Beneficencia. y Protección Agrícola de La Habana, cuyo honorífico puesto desempeñó con elevado criterio reconocido, y desinteresado patriotismo.

[*IBM}– Anécdotas y personajes: Fernando Lacoste, un personaje diferente / Juan Fermín Dorta

12-09-10

Juan Fermín Dorta

Su cara era inexpresiva,… cuando él quería. Sus ojos azules se tornaban vacíos y parecían estar viendo a través del interlocutor; te estaba atendiendo, pero por su mente debían estar pasando, simultáneamente, muchos recuerdos.

Esos ojos habían visto mucho como para concentrarse en solo una situación y en solo un interlocutor. Habían visto a su madre dando a luz a su hermana en medio de un bombardeo.

Los B-26 dale que dale, aquella mujer pujando, y el niño Fernando sin poder hacer nada.

Viene la invasión, y seguro que, como muchos italianos, fue guía improvisado y, de camino, aprendiendo inglés. Al igual que con el castellano, llegó a dominar el inglés, pero ¡cómo gozaba cuando algún visitante de USA le hablaba y él contestaba en perfecto inglés pero con una marcada entonación a lo Vittorio de Sica! Le faltaba el bigotito y el panamá. Y los gringos al borde el éxtasis.

Emigra a la Argentina y, ya muchachón, se emplea en un bar. Pocas veces le oímos reírse a carcajadas como cuando nos contaba que de un limón sacaba una docena de limonadas; por supuesto, “recargándolo” bajo el grifo de agua.

Y los que alguna vez fuimos a Argentina, y en frías noches de otoño salíamos de El Viejo Almacén cantando tangos pero con dólares en el bolsillo, pudimos darnos cuenta de cuán triste debía ser sobrevivir en ese país sin los suficientes medios de vida.

Por cierto, entre los tangueros estuvo Don Ramón Lander Santana (qepd).

Y así seguían sus anécdotas, hasta que un día nos contó que su mujer le leyó un anuncio en que IBM pedía gente, y le dijo “Prepárate, tú puedes”. No llegó al detalle de si fue con libros o en una academia, pero el tío pasó el examen (1) y se unió a aquel grupo de argentinos que aterrizaron en Venezuela, por supuesto previos cursos y más cursos.

Y aquí está nuestro personaje, en su segunda emigración, esta vez a un país sabroso, guapachoso, caliente, en el que, como dijo el propio Fernando, ”Éramos felices y no lo sabíamos”.

Y, cómo muchos medios días, almorzando en el Phelps se espepitaba a hablar en voz alta de “Este pobre país, bla, bla, bla”. Y no era raro que en la mesa de enfrente estuviera un grupo de japoneses mandándose ¾ lbs. de carne, medium rear, en pleno éxtasis por la calidad y el pre$io.

Fernando, siempre fuiste un pesimista de profesión —perdón, por hardware— pero con un software exquisito que hizo que los que te conocimos y tratamos te recordemos con amor y gran respeto.

Creo que, excepto Delia, nadie supo si Fernando lo quería, pero, de verdad, ¡a ti sí te queríamos y te queremos, viejo regañón!

Te imagino ahora en pleno Brickell, donde viven los ricos, rascándote los cataplines todo el día, huevas de esturión por medio, y quejándote,… ¿ahora de qué, querido?

Chao, viejo, hasta la próxima.

***

(1) NotaCMP

La historia de cómo Fernando Lacoste entró en IBM fue así:

Su esposa de entonces —quien, como dice JF, encontró el aviso puesto por IBM en el que se solicitaba personal— tuvo que obligarlo a ir a presentar el examen ya que él pensaba que no tenía el menor chance de aprobarlo porque trabajaba de ebanista.

Finalmente, compró un libro (usado) de electricidad elemental, en un fin de semana se lo caletreó, fue a IBM, presentó el examen,… y salió primero de entre 500 aspirantes.

Cosas de genio, … digo yo.

Por supuesto, IBM lo contrató.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Francisco de Sales Hernández Oramas

Este digno y respetable sacerdote nació en San Juan de La Rambla, isla de Tenerife, de padres muy apreciables.

Emigró a México muy joven con el fin de unirse a sus parientes en el Estado de Tabasco, que gozaban de una brillantísima posición.

En los primeros años se dedicó al comercio, pero, no siendo ésta su vocación, volvió a reanudarlos estudios escolásticos que había abandonado en su pueblo natal.

Fue discípulo aventajado de su compatriota, el inolvidable obispo Estévez. Ejercitó su ministerio en Yucatán por espacio de más de cuarenta años, distinguiéndose por sus conocimientos y humanitario corazón.

Falleció a una edad avanzada, desempeñando el curato de la villa de Guacatán, altamente querido y respetado de sus feligreses.

[*IBM}– Anécdotas y personajes: Jesús Alonso, un personaje de leyenda / Juan Fermín Dorta

Juan Fermín Dorta

Sé que os voy a sorprender, pero ahí va mi leyenda (“Rimas y leyendas”- Gustavo Adolfo Bécquer)

***

Jesús Alonso, un personaje de leyenda

Jesús Alonso Bueno

Hubo un personaje en IBM que fue conocido por sus éxitos y por la forma relampagueante en que, ante una duda, veía la solución.

“Eso va por aquí”, decía, y acertaba; era expedito. Gracias a Dios que no le dio por el mal porque hubiera sido terrible; siempre tenía la chispa prendida. Para mí que el tío no descansaba, ni durmiendo. Y aquí viene una anécdota que lo retrata.

Hubo un grupito de IBMistas a quienes les dio por las motos y, como era de suponer, Jesús se metió en el rollo. Imagínense: ruido, velocidad, peligro, adelantar, saltar montículos, el polvo, mucho polvo, los gritos de moto a moto, el clímax,… gasolina extra para el personaje.

Cuentan que, en una de esas excursiones en moto, el prota vio un promontorio y, sin aviso ni protesto, aceleró a fondo y se lanzó como un tiro… estimando que del otro lado del montículo la altura sería la misma. Pero, ¡qué va!, había un talud.

Dicen que el hombre voló y se clavó de cabeza en la tierra, dejando marcado el casco en el barro. Fueron a auxiliarlo y estaba desmayado. “Chato, dale un boca a boca”, dijo uno. Pero el fallido, con un hilillo de voz, dijo: “¡NO!, prefiero a Fernando”.

«El Chato», su jefe, buscó un coñac, y cuando, después de levantarle la cabeza, intentó darle un sorbo, el resucitado, con voz entrecortada, dijo “¿De qué marca es este brandy?”. Ése era el personaje.

Otra vez, almorzando en un restaurante macrobiótico en La Florida, en su sopa afloró una chiripa. El personaje llamó al dueño, un pomposo austríaco, y le dijo:

No le reclamo por el insecto sino porque esto es proteína y me saldría de la dieta.

Con la cuchara puso al animalito en el borde del plato y siguió comiendo la sopa, ante el asco de los que le acompañábamos.

¡Díganme, el malvado de Fernando simulando las mediciones que Jesús tenía que hacer de la densidad, el API pues, de cada stronzone que expelía! Su estilo de vida macrobiótico así se lo imponía.

El hombrecito tenía una convicción a prueba de bombas.

En esa época había mucho tránsito por Sabana Grande, y una tarde nos dijo “Vamos para allá a echarnos una lisa”. Le argumentamos que sería imposible estacionar, pero insistió “Vamos, y ustedes verán”.

Justo al llegar al Gran Café, un carro se fue y Jesús estacionó. No nos dijo nada, sólo nos miró por encima del hombro mientras metía el freno de mano.

Hermanos, ¡les juro que ese hombre era mago! Pero, gracias a Dios, él no lo sabía. Era una mezcla de convencimiento, de autoestima, de no pensar en las consecuencias, de no ver para adelante,…

Díganme ustedes si ese tío hubiera estudiado metafísica, parapsicología o cosas por el estilo, ¡¡bueno, pues!! Era una especie de Merlín con un toque de Atila, con el mismo toque rápido usado para la pimienta, pero la negra.

Ojo, les recomiendo leerse el libro “La gerencia según Atila” por lo que este comentario no es nada despectivo.

Por esa época ya había yo comenzado mis pinitos en esos conocimientos, y hoy —créanme— estoy seguro de que él habría sido un «arretxísimo» gurú (vean el detallazo de evitar la palabra vulgar, escribiéndola en euskera).

Fui su profesor en la Universidad Católica, fui su compañero de trabajo, fue mi jefe en IBM, y hoy me culpo por no haberlo comprendido en su momento y faltarle al respeto llamándole JESÚS ALONSO “el BUENO… DE APELLIDO”, como le decía yo, con un poco —bastante— de mala leche.

JESÚS: QUE TENGAS MUCHA SALUD, QUE DIOS PROLONGUE NUESTRAS VIDAS, Y QUE NOS VEAMOS EN OTRA OCASIÓN QUE NO SEA COMO AQUÉLLA EN QUE ME ABRAZASTE DÁNDOME EL PÉSAME POR LA MUERTE DE MI HIJO

Te quiere y te respeta, JUAN FERMÍN.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: 60 – Los Pérez Galdós

Los licenciados en leyes Manuel y Miguel, tíos carnales del fecundo y universal novelista canario que lleva este apellido en Europa, se distinguieron igualmente por su saber, honradez y nunca desmentida probidad, lo mismo en la ciudad de La Habana que en las de Cienfuegos y Trinidad, donde ejercieron durante muchos anos su delicada profesión.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Pedro Agustín Estévez Ugarte

Este ilustre hijo de las Canarias fue Obispo de Yucatán durante un largo periodo de más de treinta años, donde, por sus virtudes y vastos conocimientos, se hizo acreedor a la estimación general de los yucatecos, y donde, a pesar del transcurso del tiempo, la Iglesia Catedral y el honrado vecindario celebran anualmente honras fúnebres en memoria del dignísimo prelado.

El Sr. Estévez nació en la Villa de La Orotava (Tenerife), y falleció en la capital de México en 1829.

Le sucedió el ilustrísimo José María Guerra, discípulo muy apreciable del obispo canario e hijo de nuestro paisano Guerra, gobernador militar y político que fue durante muchos años del referido Estado de Yucatán.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: José Alonso y Delgado

He aquí otra de las figuras mas simpáticas e importantes entre la pléyade de canarios distinguidos que, lejos de la patria, han conquistado un nombre esclarecido y ornado de inmarcesibles lauros las páginas de nuestra historia.

Nació este ilustre paisano en la ciudad de La Laguna, Tenerife, desde donde pasó, contando aún pocos años de edad, a Cuba, teatro de su actividad, de su talento, de su grandeza, de sus desgracias y de sus crueles y amargos desengaños.

Dedicado casi desde niño al magisterio, fue elegido en 1843 para desempeñar la directiva de las escuelas lancasterianas de ambos sexos que en el pueblo de Regla sostenía la Junta de Fomento, habiendo merecido de este respetable cuerpo y del público en general la mayor aceptación y repetidos aplausos por los buenos resultados que siempre se obtuvieron, hasta que en 1857, habiéndose dado a estos establecimientos una forma distinta, no convino a sus convicciones continuar en la citada dirección.

Desde esta fecha, y con el nombre de Colegio de San Francisco de Asís, fundó en Regla este plantel de educación, a cuyos exámenes (16 de diciembre de 1859) asistieron el general Serrano (que con sus propias manos premió con diploma de primera clase y con medalla de oro a 17 alumnos, y con el mismo diploma y medalla de plata a 31); el obispo diocesano D. Antonio Zambrana, rector de la Universidad Literaria; el secretario del Gobierno Superior; varios regidores, profesores y personas distinguidas de ambos sexos, en tan crecido número que llenaban por completo aquel local.

El buen éxito obtenido, y las felicitaciones de respetables autoridades y otras personas inteligentes y entusiastas despertaron en Alonso Delgado una verdadera vocación, e hicieron nacer en su ánimo un pensamiento que después se convirtió en el anhelo constante e invariable de toda su vida.

Los colegios de esta Isla, faltos de local ad hoc y de condiciones de existencias propias, han sido la creación transitoria y fugaz de la iniciativa de sus directores, estando ligada hasta tal punto la existencia del uno a la del otro, que cuando desaparecía de la escena el creador, no tardaba en seguirle de cerca su obra.

Este convencimiento le hizo pensar en la creación de un colegio semejante a los que, en Europa y América, han alcanzado la importancia de instituciones públicas y permanentes.

Su idea fija fue plantear una que, por sus condiciones y recursos de todo género estuviera a la altura que reclamaban ya la riqueza y cultura de una capital como La Habana, para hacer de ella a su muerte un legado provechoso al país en que ha pasado la mayor y mejor parte de su vida, y bajo condiciones beneficiosas para niños huérfanos o destituidos de recursos

Y lleno de fe y ardimiento en la realización de su constante idea, resolvió trasladar el colegio desde Regla a un punto en el que pudiera darle mayor desarrollo, habiendo escogido al efecto a loma de Madrazo a donde lo trasladó en 1862.

Y cuando, una vez vencidas las dificultades, oposiciones y obstáculos que se levantan al paso de ciertas empresas, el colegio entraba en una marcha normal y próspera, una manga de viento y agua (04 de abril de 1864) voló los techos y destruyó gran parte de los dos extensos edificios que lo componían, completando la obra de destrucción comenzada por el viento la copiosa lluvia que sobrevino e inutilizó el abundante y escogido material de enseñanza que constituía una fortuna.

Mas no por este revés quebrantose la voluntad de Alonso Delgado, pues lleno de fe en su propósito, lanzose de nuevo tras otro local que reuniese las condiciones adecuadas para su plan preconcebido, encontrando uno en la calle del Ayuntamiento (Cerro) que escasamente las llenaba.

Pocos esfuerzos de imaginación se necesitan para apreciar el número y la magnitud de las dificultades que de nuevo tuvo que vencer, pero el colegio surgió también de nuevo y con el las esperanzas en el corazón del filántropo lagunero.

El colegio ocupaba toda una manzana, y en él se hospedaban más de 500 personas. Un mundo en pequeño.

A la mesa se sentaban 400 y pico de pupilos y 22 profesores y ayudantes; allí había una capilla con privilegio hasta para bautizar y casar; un telégrafo eléctrico ponía en comunicación todas las clases con el despacho del director; allí se hacían estudios de primera y segunda enseñanza, con validez académica; y en su aula magna, adornada regiamente, podían y se tomaban grados de bachiller.

Entre los adornos de este elegante salón figuraban los retratos de las autoridades y de los hombres que más habían trabajado por el desarrollo de la ilustración en el país. Aquella galería importó más de $6.000.

Dicho colegio tenia espléndidos gabinetes de Física, Química e Historia Natural; tenia litografía, imprenta y fotografía; en él se publicaba un periódico; allí había gimnasio, y picadero con más de 20 caballos propios; sala de esgrima, biblioteca y salón de pinturas; había huerta, jardín y baños; el alumbrado del colegio pasaba de ochenta luces; tenía cuatro encendedores y otros tantos serenos armados de lanza y farol; poseía un ómnibus (guagua) para conducir desde la estación a los alumnos y profesores; también tenía quitrines y caleseros, y magnificas parejas.

La despensa era un almacén; la cocina una fragua; se consumían tres arrobas diarias de arroz y tres de carne; la cafetera, hecha ad hoc, contenía como 400 tazas; había capellán, médico, administrador, mayordomo, enfermero, hortelano y despensero; cuatro cocineros y dos marmitones; los sirvientes pasaban de veinticinco; el pan y las galletas se traían por canastas; el carbón por carretones; y de aquella casa salían diariamente diez cantinas que se repartían, gratis, entre varias familias pobres; 70 niños recibían gratuitamente educación, vestido y alimento; más de $30 respondían diariamente a las esquelitas que recibía el director, y alguna vez, más de una gruesa suma salvó de un compromiso a un afligido padre de familia.

El huracán ocurrido en octubre de 1865 puso otra vez a dura prueba el sufrimiento de nuestro benemérito paisano. Destruyó todo el frente principal, causando no pocos desperfectos en el resto del edificio y en todo el mobiliario de la casa, especialmente en los gabinetes de Física, Química y Biblioteca.

Reparáronse los desastres del huracán, y las tareas literarias continuaron no sin que antes Delgado contrajese grandes compromisos, aunque no superiores a sus fuerzas.

Mas el Destino, siempre adverso, le tenía deparado para el porvenir dos nuevos martirios: la peste y la guerra. El cólera del 67-68, difundiendo la alarma consiguiente, le alejó a los alumnos, y la insurrección (octubre del 68) trajo la dispersión de las familias. Y, para complemento de la fatalidad que persiguió a este atleta de la enseñanza, los temporales del 7 y 18 de octubre de 1870 dejaron al edificio en un estado poco menos que ruinoso.

No obstante, por espacio de doce años más, Alonso Delgado, en medio de los mayores trastornos y a fuerza de sacrificios personales y pecuniarios, quiso sostener su colegio, hasta que en 1880 hubo de cerrar para siempre sus puertas, separándose del magisterio al cabo de cuarenta y cinco años de servicios a la causa de la enseñanza. Y como recompensa a tan larga labor y tantos sufrimientos, cúpole el único y dulce consuelo de contemplar a tan crecido número de sus discípulos desempeñando, en toda la Isla y fuera de ella, cargos distinguidos de abogados, magistrados, médicos, catedráticos, profesores, oficinistas, comerciantes, mecánicos, etc., siendo por su inteligencia, ilustración y honradez, gloria de la sociedad y honra de la patria.

Jamás dobló su frente al poderoso. Hombre de arraigadas convicciones, amó y continuo amando la libertad, y, ante la majestad de aquella frente ennoblecida por el talento, el saber y la virtud, en presencia del venerable anciano en cuya centellante mirada se descubría el hervidero de un cerebro gigante y fecundo, ante el poder de su palabra templada al fuego de una larga y sabia experiencia, siéntese el alma transportada lejos, muy lejos de este mundo de miserias donde suele pagarse tanta honradez, tanta sabiduría, tanto valor, tanta abnegación, tanta caridad, tanto amor al prójimo, con el más frío y criminal olvido, y la más negra ingratitud.

Ese anciano isleño que tanto bien prodigara, que a los 67 años de edad se vio solo y pobre, condimentaba con sus propias manos un plato de sopa en las soledades del edificio en ruinas de su colegio, en otro tiempo albergue de tanta grandeza.

Nosotros tuvimos el honor de oír de sus labios estas palabras en los últimos días de su vida: «Son tantos y tan grandes los desengaños que guardo, y tantos los reveses que he sufrido, que ya no tengo ni creencias políticas, ni creencias sociales, ni creencias religiosas; sólo aspiro a terminar los pocos días que me quedan de vida, en este rincón, entre cuyas ruinas quisiera hallar mi humilde tumba».

El 02 de noviembre el noble y generoso hijo de las Canarias cerró para siempre sus ojos en Ta tierra volando su espíritu hacia los infinitos espacios.

He aquí cómo La Revista de Canarias daba cuenta a sus lectores de aquel suceso:

«A las siete de la noche del lunes tres del actual, cuando las campanas de los templos católicos doblaban por el eterno descanso de los fieles difuntos, cerró para siempre los ojos el insigne canario, cuyo preclaro nombre sirve de honroso epígrafe a estos renglones. Y el martes cuatro, después de que el Sol hubo transpuesto el horizonte, hundiéndose en el ocaso, bajaban al seno de modesta tumba los tristes despojos de aquel grande hombre que, en vida, llenaba por completo la historia de una existencia todo honradez, virtud, talento, saber, trabajo, constancia, abnegación y consecuencia inconmovible en sus profundas y sanas convicciones. En el mundo de los vivos, luto; en la ciudad de los muertos, un cielo que pliega sus brillantes galas, para sepultarse en las densas tinieblas de la noche. ¿Existe acaso alguna misteriosa relación entre el ser y el no ser, cuando una gran figura humana se sepulta en las entrañas de la Tierra?

Lejos de su patria, huérfano del tierno afecto de la familia, solitario en las ruinas del vasto edificio que un tiempo fuera augusto templo de Minerva, adonde la juventud cubana —hoy legítima gloria de este infortunado país— acudía a recibir el alimento intelectual, y donde bajo el manto de la caridad hallaron calor y abrigo multitud de infelices,…

José Alonso y Delgado hubiera traspasado los umbrales de la eternidad sin que su lecho de muerte se viera ungido por una sola lágrima, ese bálsamo del corazón, ese rocío celestial que dulcifica y refresca el espíritu en los angustiosos momentos de la agonía… a no ser por dos huérfanos a quienes el filántropo lagunero prohijara, colocándolos bajo su amparo y protección, a una edad en que apenas podían articular una sílaba hasta el día en que la muerte vino a separarlo de ellos.

Varios de sus discípulos —y, en primer lugar, el Dr. Raimundo Cabrera— prodigaron al enfermo todo género de cuidados y atenciones, y tributaron al muerto homenajes dignos de su en otro tiempo alta representación social… mas aquella lujosa capilla, aquel sarcófago metálico de gran costo, aquellos plateados blandones, alegóricas y fúnebres alfombras, sí señalaban elocuentemente que el hombre que tanto bien hiciera en esta Tierra, no había muerto en brazos de un pueblo ingrato; un algo así como la imagen vaga de la patria llorosa flotaba en la atmósfera de aquel recinto, tal vez por la soledad relativa en que yacía el cadáver de un hijo esclarecido… aserto que en parte comprueba el hecho de ser sólo dos las coronas depositadas sobre su féretro, cuando doscientas no hubieran bastado para señalar los servicios prestados a su segunda patria. Y de estas dos coronas, la una fue dedicada por los inconsolables huérfanos, la otra por la Asociación Canaria; es decir, por dos amores inextinguibles: el amor filial y el de la patria.

Y si allá, en la capilla, la soledad a que nos referimos antes se hizo hasta cierto punto notable, no lo fue menos en el solemne acto de la inhumación del cadáver, acto que sólo presenció un reducido número de concurrentes, por más que la mayoría fuese compuesta de personas de valer y sabiduría, oyéndose sólo la voz de un canario que diese al ilustre muerto el eterno adiós de la despedida. Esto es, ¡siempre el eco de la patria ausente, salvando las distancias y la indiferencia de los hombres!».