[LE}– Uso correcto de los signos ortográficos de interrogación y exclamación

27/05/2014

Ante las dudas que se plantean a menudo con respecto a los signos de interrogación y exclamación, así como acerca del empleo de las mayúsculas en las preguntas e interjecciones, se ofrece una serie de claves sobre su ortografía.

1. En español las preguntas directas y las exclamaciones requieren dos signos: el de apertura y el de cierre. Se considera falta de ortografía omitir el signo de apertura, aunque sí es válido escribir entre paréntesis sólo el de cierre para mostrar extrañeza «(?)» y sorpresa «(!)».

2. La pregunta o la interjección puede ir seguidas de otro signo de puntuación: «La ciencia y la técnica, ¿quién lo duda?, necesariamente progresan». Si no va seguida inmediatamente de otro signo porque coincide con el final de la oración, se sobrentiende que hay un punto, que no se escribe tras la interrogación o la exclamación de cierre: «¿Cuál es el futuro del juez en excedencia? La primera opción es convertirse en europarlamentario» (y no «… en excedencia?. La primera…»).

3. Las mayúsculas y las minúsculas son las que corresponden a la oración en la que está la pregunta. En particular, cuando el comienzo de ésta no coincide con el de la frase, lo apropiado es la minúscula: «Siempre se plantea la misma duda: ¿qué comer?», «Pero ¿cuál es su futuro?».

4. Cuando se yuxtaponen varias preguntas, éstas puede ir separadas por los signos de coma, punto y coma, punto. o incluso dos puntos, según se considere más apropiado, aplicando la mayúscula y la minúscula como corresponda: «¿Cómo lo hizo? ¿Cuándo?», «¿Cómo lo hizo?; ¿cuándo?», o «¿Cómo lo hizo?, ¿cuándo?».

5. Por la misma razón, en citas directas se siguen las pautas ortográficas que les son propias: mayúscula inicial y punto tras las comillas (este ejemplo está en cursiva y no entrecomillado para que se vea la puntuación): El papa le preguntó: «¿Cómo está Cristina?».

6. Se pueden repetir los signos como énfasis, recurso que es habitual en la prensa deportiva: «¡¡¡Olé!!!». También se pueden combinar los de interrogación con los de exclamación: «¿¡Entró!?» o «¡¿Entró?!»; los signos de cierre han de ser simétricos con los de apertura, por lo que no son apropiadas las grafías «¡Olé!!!», ¿¡Entró?!» ni «¡¿Entró!?», aunque sí se considera válido abrir solo con exclamaciones y cerrar solo con interrogaciones o a la inversa: «¡¡Entró??», «¿¿Entró!!».

7. Se recuerda finalmente que la acentuación de las voces qué, cómo, cuál, dónde, cuándo, etc., depende de si tienen sentido interrogativo o exclamativo, y no del mero hecho de que estén en un pregunta directa o una interjección: «¿Que ha perdido dinero en la bolsa? Le explicamos en qué invertir ahora».

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[LE}– ‘Don’ y ‘doña’, en minúscula

22/05/2014

Los sustantivos don y doña se escriben en minúscula, tal como indica la Ortografía de la Lengua Española.

En los medios de comunicación es muy habitual encontrar frases como

  • «Han pasado diez años desde que Don Felipe y Doña Letizia sellaron su matrimonio»,
  • «La sentencia de Doña Emilia Zaballos» o
  • «Ha pasado inadvertido para la opinión pública que Don Juan Carlos ha realizado tres viajes a países árabes en los últimos dos meses».

De acuerdo con las normas de la Academia, lo adecuado es escribir con minúscula inicial todos los tratamientos, ya se antepongan al nombre (don, doña, santa…), ya se empleen en ausencia de este: señor, usted, señoría…

Así pues, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir

  • «Han pasado diez años desde que don Felipe y doña Letizia sellaron su matrimonio»,
  • «La sentencia de doña Emilia Zaballos» y
  • «Ha pasado inadvertido para la opinión pública que don Juan Carlos ha realizado tres viajes a países árabes en los últimos dos meses».

Sólo se empleará la mayúscula en don, doña y demás tratamientos cuando éstos formen parte de un nombre propio, como en «La VII edición de Extremagia se celebrará en Don Benito», pues es una localidad de Badajoz (España).

Por otra parte, se recuerda que las abreviaturas de don y doña sí se escriben con mayúscula, pues así han quedado consolidadas en el uso: D. y Dña. o D.ª, en este último caso con el punto abreviativo antes de la ‘a’ volada.

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[LE}– Ex presiones

11 Abril 2014

Sergio Sarmiento

Reconozco mi pecado: escribo «ex» separado del sustantivo.

Lo hago en primer lugar porque es un hábito: lo he hecho toda la vida. También porque así lo han empleado los grandes escritores de la lengua española. ¿Quién soy yo para corregirle la plana a Borges? Una razón adicional es que así lo establecen las más confiables obras de consulta. Tanto el Diccionario de la Lengua Española como el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia Española prescriben el uso separado de este prefijo.

Me imagino que también tengo una razón emocional. Ciertas cosas en la vida no deben estar unidas. Ahí está el término «ex esposa». La separación parece ordenada por el mismo significado. No hay que juntar lo que no se debe. Poco importa que los prefijos estén siempre unidos al sustantivo. En exámenes «prenupciales» el «pre» va junto al sustantivo, pero cuando uno se hace un prenupcial tiene mayor inclinación a unir que a separar.

Leo una nota en Terra Perú que me aterra. Dice que a fines de este año se publicará una nueva edición de la Ortografía de la Academia (los cambios se adelantaron desde 2010 pero no están incorporados en los diccionarios) que, entre otras cosas, unirá lo separado. «Ex» deberá escribirse junto al sustantivo como cualquier otro prefijo. La grafía correcta será «exesposa» (¡horror!), aunque los académicos demuestran su incongruencia al mantener separado el prefijo cuando modifique un sustantivo compuesto, de tal suerte que se seguirá escribiendo «ex director general» o «ex primera esposa».

No será fácil habituarme. La cercanía de la «ex» puede ser profundamente incómoda. Los académicos no han estudiado quizá el fondo del asunto. Seguramente vieron «ex» y dijeron: «Es un prefijo, adhiérase como todos los demás». No es que no tengan lógica, es que no entienden de emoción.

No terminan ahí los cambios. Iraq, que trae consigo recuerdos del gran califato de Bagdad, se transforma en Irak, a pesar de que en árabe la k y la q son consonantes distintas. El ánimo de linchamiento contra la «q», una letra a la que a mí me liga una larga y afectuosa relación, no para ahí. «Qatar» desaparecerá para abrir camino a un «Catar» que nadie reconocerá a nivel internacional y que parece más bien un mal intento de probar un vino. «Quásar» será expulsado de los diccionarios para introducir un extraño «cuásar» mientras que «quórum» será reemplazado por un casi obsceno «cuórum».

Algunos de los cambios no son sólo naturales sino que se han venido aplicando desde hace años. No se acentuará la «o» que separe cifras, como en «12 o 13». La verdad es que no conozco a nadie de menos de 90 años que lo siga haciendo. Entiendo también la condena a muerte de la «ch» y la «ll» como letras independientes; desde hace décadas ya no se les consideraba ni siquiera en el orden alfabético.

Otras modificaciones me dejan temblando de rabia. ¿Eliminar la tilde de «guión», «huí» o «truhán» porque son monosílabos? Quizá lo sean en Andalucía, donde la gente de buen apetito se come la mitad de las letras, pero no en el altiplano mexicano. Me deja anonadado, por otra parte, que estén quitando la tilde de «sólo» aunque sólo signifique solamente.

Quizá lo que más me entristece es que me veo en el papel de tantos que durante décadas se resistieron a las normas de 1952 y 1959. Recuerdo cómo sonreía en mis tiempos de editor de enciclopedias al ver textos que testarudamente se aferraban a la tilde en «fue» o en «dio». Yo me pregunto si en el futuro los correctores del periódico se burlarán de mí y dirán: «Pobre Sarmiento que sigue escribiendo cuórum con q. Cómo se ve que viene del siglo XIX».

Cortesía de Manuel Alberto Gutiérrez

[*Opino}– Acerca del español escrito

19-02-13

Carlos M. Padrón

Según el artículo que sigue, la preparación que en España tienen los estudiantes en cuanto a ortografía, prosodia y demás, es un desastre.

Ante esto, me atrevo a aventurar que la preparación que en cuanto a eso tienen los profesores que no son de Lengua deja también mucho que desear, lo que indica que la cosa viene de viejo, de al menos una generación.

Recuerdo que, allá por los años ’80s, recibí, escrito por una profesora de Ciencias del colegio de mi hija, un informe que contenía cualquier cantidad de faltas de todo tipo.

Era tal desastre que me tomé la molestia de resaltar en amarillo todos los errores que contenía, y devolvérselo a la profesora en sobre cerrado que entregué a mi hija.

Para mi sorpresa, me contestó, por el mismo medio y forma, que ella era profesora de Biología y no de Lengua.

Si antes de contratarla, el colegio le hubiera hecho un examen escrito, posiblemente no habría obtenido el trabajo; o sea, que es el colegio el primer responsable porque, tal vez, sus directores tampoco saben escribir.

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19 Feb 2013

Para el profesorado, incluido el de la enseñanza superior, la mala ortografía es un quebradero de cabeza.

Los alumnos de hoy tienen una preparación que es la envidia de sus mayores: saben —más o menos— idiomas, ven mundo y acceden a altos títulos universitarios. Les falta, sin embargo, aquel afán por la caligrafía y la ortografía que los viejos maestros colmaban a base de reglas y dictados.

Ahora, dicen los profesores, el panorama es desolador, y el que está a punto de licenciarse es capaz de rellenar un examen con errores que hacen daño a la vista: vailar, habrir o derrepente.

La sospecha más generalizada es que los docentes han ido bajando el listón paulatinamente frente a las crecientes incorrecciones ortográficas de los exámenes de sus estudiantes; y éstos no acaban de ver la utilidad de poner una ‘h’ en su sitio, o eliminar una tilde allá donde las normas dicen que no debe de estar.

Así, se da la paradoja de que, en un país como España, que ha superado con creces sus viejos índices de analfabetismo y que lee más que nunca, las faltas de ortografía se hayan convertido en una lacra contra la que los profesores se sienten incapaces de luchar, si bien hay quien sueña con la pequeña transformación que promete una de las reformas del ministro de Educación, José Ignacio Wert: aumentar el número de clases de Lengua en secundaria.

Algunos ya se están adelantando, como la Comunidad Valenciana, que prevé penalizar a los alumnos con faltas en los exámenes de acceso a la universidad.

Paradójicamente también, esta despreocupación por la ortografía tiene relación con el uso de las nuevas tecnologías, las mismas que ponen los mejores textos y diccionarios a tiro de clic. Porque si lo importante es comunicarse, ¿por qué no ahorrarse tiempo con unas letras y tildes de menos?

Como pescadilla que se muerde la cola, habría que señalar el aumento del índice de lectura: el 92% de los españoles dice leer “algo”, y ello incluye mensajes instantáneos, de celular, donde los códigos no son los del viejo dictado.

Y ahí hay mucho que leer. Un dato: por el sistema gratuito WhatsApp circulan cada día mil millones de mensajes. Demasiado trabajo para los correctores.

Fuente: El País