[LE}– Origen o uso de palabras, dichos y expresiones: Discusiones bizantinas

27-08-12

Una discusión bizantina es una en que las partes discuten sobre un tema sin mucha relevancia, pero con características muy sutiles y ambiguas.

Es decir, una discusión bizantina es algo más que un diálogo de besugos pero, no mucho más.

El origen de este dicho descansa en los Concilios y reuniones de la primera Iglesia Ortodoxa griega, que se celebraban en Bizancio. En estas reuniones los temas a discutir eran tan dados a interpretaciones y teorías como el sexo de los ángeles, dónde van los niños que fallecen sin bautizar, o si Jesucristo se reía.

Fuente: Casa del Libro

[LE}– Origen o uso de palabras, dichos y expresiones: De la Ceca a la Meca

22-28-12

Casi todo el mundo de hablas hispana ha escuchado o usado el dicho «De la Ceca a la Meca».

Significa que alguien va de un sitio a otro —como buscando algo—, que cambia de ocupación y lugar constantemente y, además, muchas veces con contradicción. Lo que viene a ser «un veleta» o un tipo sin fijación o constancia.

La explicación reside en que la Ceca era el lugar donde se acuñaban las monedas en los territorios árabes, especialmente en la zona de Marruecos. La Meca es, como se sabe, el lugar sagrado al que peregrinan los musulmanes.

Por lo tanto, el dicho viene a indicar que uno pasa del materialismo del vil dinero (la Ceca) a la parte espiritual (la Meca). De un extremo a otro, variando sin pausa, y, además, entre puntos contradictorios.

Cortesía de Leo Masina

[LE}– ‘Pese a que’ y no ‘pese que’

28/11/2012

‘Pese a que’ es la construcción apropiada para expresar que ‘no se tiene en cuenta la oposición o la resistencia de algo o alguien’, y no simplementepese que’, con omisión de la preposicióna’.

Sin embargo, no es raro ver noticias en las que se suprime la preposición ‘a’, como se muestra en los siguientes ejemplos:

  • «La oposición logró que su moción pudiera ser debatida, pese que el alcalde se negara» y
  • «Texas ejecuta al reo pese que Obama solicitó que se suspendiera».

Según el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, ‘pese a’ significa ‘a pesar de’, y ni éste ni otros diccionarios recogen ‘pese’, sin la preposición, con este sentido.

Por ello, en los ejemplos anteriores habría sido más apropiado 

  • «La oposición logró que su moción pudiera ser debatida, pese a que el alcalde se negara» y
  • «Texas ejecuta al reo pese a que Obama solicitó que se suspendiera».

[LE}– Uso de ‘cesar’ y ‘dimitir’

27-11-12

A. de Miguel

Una de las confusiones más notables del lenguaje público es el mal uso que se hace de los verbos cesar y dimitir.

Curro de Utrilla cita a su profesor de Literatura a quien la expresión ‘dimitir de’ le resultaba «horrísona»; no entiendo por qué. Lo horrísono es eso que se oye algunas veces de ‘le pueden dimitir’.

Dimitir es un verbo intransitivo. Está bien dicho que ‘uno dimite de un cargo o responsabilidad’, es decir, que lo deja voluntariamente por las razones que puedan aducirse o no. Lo que no cabe en buena lógica es que a uno le acepten o no la dimisión, a no ser que sea por la fuerza.

En una sociedad libre las dimisiones son siempre «irrevocables», a no ser que las revoque el interesado. La acción de dimitir de es similar a la de cesar en, ambas intransitivas. El correspondiente verbo transitivo es destituir o relevar.

En definitiva, lo correcto es que uno puede dimitir de un cargo o responsabilidad; o bien que uno es destituido o relevado de esa posición.

Fuente: Libertad Digital

[LE}– ‘Metalífero’ no es lo mismo que ‘metalero’ o ‘metálico’

26/11/2012

Metalífero, según el Diccionario de la Real Academia Española, significa ‘que contiene metal’, mientras que metálico (o metalero, en algunos países de América) indica que es algo relacionado con este material, por lo que no es adecuado emplearlos como sinónimos.

Por tanto, en frases como

  • «El modelo de desarrollo favorece la minería metalífera contaminante» o
  • «Hay proyectos que se salen del rubro netamente metalífero»,

habría sido mejor decir «minería metálica o metalera» y «rubro metálico o metalero», respectivamente.

Sin embargo, sí es adecuado hablar de yacimientos metalíferos o arenas metalíferas cuando los yacimientos y las arenas contienen metales.

Fuente: Fundéu

[LE}– Origen o uso de palabras, dichos y expresiones: Dar (o no dar) cuartel

03-08-12

Cuando alguien pide ayuda, o que se le dé algún tipo de facilidades para conseguir un fin que está complicado, suele utilizar expresión ‘dame cuartel’, que también se usa para señalar que se ha sido tolerante con alguien o se le han facilitado las cosas.

Esta expresión, y todos sus derivados, vienen de la época en que dos ejércitos que combatían entre sí podían ponerse de acuerdo antes de empezar la batalla y marcar una zona de exclusión, llamada cuartel, que acogía a los soldados, tanto de un bando como del otro, que, por algún motivo, decidían no participar en la contienda.

Éstos podían gritar en un momento dado «¡Cuartel, cuartel!» y, tras lanzar sus armas al suelo, desplazarse con los brazos en alto hasta el lugar señalado como seguro. Una vez acabada la batalla, eran arrestados y se les sometía al castigo pertinente.

Y de esa zona de exclusión también nacen otras famosas expresiones como ‘no dar cuartel’ o ‘luchar sin cuartel’, cuyo significado es todo lo contrario.

Muchas eran las ocasiones en las que los ejércitos de ambos bandos decidían que la batalla sería encarnizada y sin posibilidad alguna de rendición de los soldados de ambas partes, de ahí que las expresiones ‘no dar cuartel’ o ‘luchar sin cuartel’  signifiquen «no dar tregua ni ser benévolo con el adversario, y luchar a muerte hasta el final«.

Cortesía de Leo Masina

[*Opino}– Ahora resulta que el uso de la coma es potestativo

06-10-12

Carlos M. Padrón

Quienes han seguido por tiempo este blog saben que soy casi un fan de Amando de Miguel, pero a veces él hace afirmaciones —algunas sorprendentes— que, sencillamente, no acepto, como es el caso de propugnar que no se ponga acento a los pronombres posesivos (éste, ése, aquél) y sus derivados, y tampoco se ponga en el adverbio ‘sólo’.

En el artículo que copio más abajo creo que se pasó de la raya con eso de que «El uso de la coma es más bien potestativo».

¿Cómo que potestativo? ¿Es que el señor de Miguel se ha sumado a la pléyade de «periodistas» que sólo saben escribir frases cortas y separadas por punto? ¿Para qué, entonces, está la coma?

Y del punto y coma mejor no hablar, pues tal parece que es especie en avanzada vía de extinción.

Véanse estos dos ejemplos que estaban en el texto original del tal artículo y, como en él puede verse, todos en la transcripción de una misma respuesta dada en una entrevista.

  1. Que atienda las necesidades expresadas por su «elemento». Y que apenas mire otros reductos en donde buscar. ¿Por qué el punto después de «elemento»? Lo que sigue a «elemento» es una clara continuación del sentido de la frase previa, por tanto debieron escribir esto: «Que atienda las necesidades expresadas por su «elemento», y que apenas mire otros reductos en donde buscar».
  2. Existe un consenso generalizado en el sentido de que el «elemento» es aquello que le hace vibrar a uno. Y en lo que le gustaría estar metido toda la vida. Puede ser el surfing, puede ser hacer el amor, puede ser profundizar en el conocimiento de la ciencia… Sólo puede ser aquello que te hace vibrar.
    Debieron escribirlo así: «Existe un consenso generalizado en el sentido de que el «elemento» es aquello que le hace vibrar a uno, y en lo que a uno le gustaría estar metido toda la vida. Puede ser el surfing, puede ser hacer el amor, puede ser profundizar en el conocimiento de la Ciencia,… pero sólo puede ser aquello que te hace vibrar».

Para más ejemplos, tómese de aquí el artículo original y compáreselo con éste que copio a continuación, ya corregido.

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05-10-12

Amando de Miguel

Casi todos los nuevos empleos que ahora se ofrecen, públicos o privados, mantienen esta exigencia: una de las tareas principales es la de tener escribir un papel, con sentido.

Además, muchas veces hay que exponer su contenido delante de una pequeña audiencia de colegas, colaboradores o subordinados, en cuyo caso bueno será que los solicitantes de los nuevos empleos se preparen a esa tarea de escribir un papel, sin faltas de ortografía y con ideas bien expuestas.

Esta seccioncilla no pretende ser pedagógica, pero sí podríamos convenir en ciertas normas de estilo para escribir ese hipotético papel. Apunto sólo unas cuantas.

  • Hay que tener mucho cuidado para evitar ciertas palabras que son más bien perezosos comodines; han perdido su significado auténtico y ya no dicen nada, por repetirse mucho. Por ejemplo, contundente, ámbito o configurar y sus derivados. Suelen ser modas que van y vienen.
  • Conviene evitar algunas falsas concordancias, no por corrientes menos irritantes. Por ejemplo, «detrás mío», «un antes y un después» o «el día después».
  • Si el papel pretende una cierta seriedad profesional, absténgase el autor de jugar con palabras pseudocientíficas. Cito: parámetros (para referirse a los indicadores o medidas), ratio (más bien razón, proporción o cociente; y no digamos si se dice «el ratio»), prerrequisitos (basta con requisitos).
  • Aquí hemos hablado muchas veces del extraño prestigio de las palabras sesquipedálicas. Se comprende ese sesgo en inglés, un idioma con demasiadas voces monosilábicas, pero en español resulta un vicio estragante. Cito las siguientes, muy comunes ahora: funcionalidades (en lugar de funciones), condicionalidades (en lugar de condiciones), influenciar (en lugar de influir).
  • Cuidado con los números escritos. De cero a nueve es mejor ponerlos en letras; a partir de 10 deben preferirse las cifras.
  • Los años no deben separarse con el punto de los miles. Es mejor «en 2012» que «en el 2012».
  • Un billón no es mil millones, como en Estados Unidos, sino un millón de millones. A veces se dice millardos para los mil millones, pero ese término no ha entrado mucho.
  • Aparte de las normas contenidas en las gramáticas y lexicones, hay otras que yo suelo aconsejar. Por ejemplo,
  • Las frases no deben superar las 30 palabras; los párrafos no deben contener más de 30 líneas. Tampoco son efectivos los párrafos de una sola frase.
  • El uso de la coma es más bien potestativo, aunque el principio es que con ese dispositivo se separen frases. (Hay más reglas sobre el asunto; mírese lo que dicen los lexicones y gramáticas). Si la separación es más terminante hay que acudir al punto.
  • Por favor, no se diga nunca «punto y final». Basta con «punto final».
  • Debe rescatarse alguna vez el punto y coma.
  • Otro olvido muy frecuente es que los verbos también tienen modo subjuntivo. No se confunda debe ser (= obligación moral) con debe de ser (= probabilidad, estimación de un suceso futuro).
  • Respecto a la tipografía óptese por la austeridad. Las frases interrogativas o admirativas deben ser pocas, pero exigen los respectivos signos (¿?, ¡!) al principio y al final. No deben ponerse nunca varios signos juntos de admiración o de interrogación.
  • El uso de las mayúsculas debe ser también contenido. Sólo empiezan con mayúscula las palabras que designan personas físicas o morales, aunque sea de modo simbólico. Un nombre común, por relevante que sea, no exige la mayúscula inicial. Las frases con todas mayúsculas sólo sirven para los títulos o ladillos, nunca para el cuerpo del texto.
  • No debe abusarse de las siglas y acrónimos; baste con esos comprimidos cuando todos los entiendan.
  • Lo anterior se refiere al texto escrito; cuando se exponga oralmente, es mejor no leerlo. En la expresión oral se permiten algunas licencias (por ejemplo, coloquialismos) que no figuran en el escrito.
  • No se abuse del power point. Es un recurso que sirve bien para gráficos o imágenes, pero no para textos.

Fuente: Libertad Digital

[*Opino}– Siéntate aquí, chaval / Arturo Pérez-Reverte

12-08-12

Carlos M. Padrón

Aunque nunca fui aficionado a leer periódicos, tal vez porque la tinta de su papel me causaba un cierto tipo de alergia, sí puedo establecer la clara y abismal diferencia entre cómo se escribía antes y cómo se escribe ahora; entre el interés que antes se tenía por escribir bien, y la ausencia de interés que ahora hay por eso.

Durante los cuatro años que viví y trabajé en Santa Cruz de Tenerife, conocí gente que compraba a diario el periódico principalmente para leer una sección sobre lengua española (significado de palabras, uso de expresiones, formas correctas de redactar, denuncia de gazapos, etc.), y de ahí me viene mi aplicación por ese tema y el que yo tenga en este blog una sección dedicada sólo a él.

Sin embargo, el interés actual es tan poco que ésa es la sección menos visitada de este blog. Por eso, y aunque nunca fui periodista, entiendo muy bien la queja implícita, y la denuncia explícita, en este excelente artículo de Arturo Pérez-Reverte.

Tal vez yo no llegue a verlo, pero, de seguir esto como va, se llegará al español escrito sin acentos y con una reducción en las letras del alfabeto y su forma de pronunciarlas:

  • La ‘s’ sustituirá a la ‘c’ suave, y desaparecerá la ‘z’
  • La ‘k’ se usará en lugar de ‘c’ fuerte y de ‘q’
  • La ‘b’ será válida también para ‘v’, que desaparecerá
  • La ‘g’ será siempre fuerte, y no hará falta la diéresis
  • La ‘j’ sustituirá a la ‘g’ suave
  • Etc.

cambios éstos que tal vez hasta sean útiles, pero también desaparecerán las normas sobre el uso de signos de puntuación, y muchos de ellos (como el punto, la coma, y el punto y coma) vendrán a resumirse, como se vislumbra ya en inglés y en muchos que dicen escribir en español, en los puntos suspensivos y el guión.

Me pregunto cómo se haría entonces en casos como los ejemplificados en este archivo que me llegó por cortesía del amigo Juan Antonio Pino Capote.

Para verlo en formato PPS, clicar en File (Archivo) —arriba, a la izquierda— y después en Download (Descargar), que está al final del menú resultante.

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12 de agosto 2012

Arturo Pérez-Reverte

Cuando el periodismo aún se parecía al Periodismo

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Cuando el periodismo aún se parecía al Periodismo, y eras un redactor novato que pisaba por primera vez la redacción, había dos personajes a los que mirabas con un respeto singular, mayor que el que te inspiraban los redactores jefes en mangas de camisa con tirantes y una botella de whisky metida en un cajón de la mesa, o los grandes reporteros con firma en primera página, a cuyas leyendas soñabas con unir un día la tuya.

Los dos personajes a los que más podía respetar un joven periodista eran el corrector de estilo y el redactor veterano.

El primero solía ser un señor mayor con la mesa cubierta de libros y diccionarios, encargado de revisar todos los textos para detectar errores ortográficos o gramaticales antes de que se convirtieran en plomo de linotipia. A veces, a medio redactar un artículo, te levantabas e ibas a plantearle una duda.

Solían ser cultos, educados y pacientes. A uno del diario Pueblo —lamento no recordar ya su nombre— debo desde 1973 un truco para no equivocarme nunca, después, al manejar debe y debe de.

Cuando es obligación, me dijo, pon siempre debe; cuando es suposición, debe de. Tampoco he olvidado su aclaración sobre leísmo y loísmo: Lo violó a él, la violó a ella, les violó la correspondencia.

El otro personaje era el redactor veterano. El primer día de trabajo, cuando te internabas entre aquel incesante tableteo de máquinas de escribir y teletipos mirando en torno con aire de parvulito desamparado, siempre había un fulano de cierta edad, sonrisa fatigada y ojos vivos, que señalaba la mesa que tenía al lado y decía: «Siéntate aquí, chaval». Así lo hacías; y de él, en los siguientes días y meses, aprendías sobre tu oficio más que cuanto escuelas de periodismo y universidades podían enseñarte jamás.

Solía tratarse de periodistas curtidos en la redacción; hombres en su mayor parte, aunque no faltaban mujeres. Anónima infantería, toda ella, sin demasiado futuro. Veteranos maduros, desprovistos ya de ilusiones o esperanzas, seguros de que su carrera profesional no iría mucho más lejos de aquella mesa y de la desvencijada Olivetti que había encima. Conscientes, a esas alturas, de que nunca llegarían a redactores jefe, y tal vez ni siquiera a jefes de sección.

Ese periodista veterano solía ser poco gregario, vagamente cínico, con un punto de simpática misantropía. Respetado por todos, aunque a menudo se mantuviera algo aparte de los compañeros que aún tenían ambición y esperanza.

Y tú, intuyendo que era precisamente él quien poseía las claves del oficio, la experiencia y las certezas que te faltaban, te dejabas adoptar con aplicación y respeto, procurando hacerte digno de su estima. Aprendiendo a la vez de sus conocimientos, su cinismo y su ternura. Yéndote luego de madrugada, al cierre de la edición, a tomar con él una copa -—ese personaje solía beber hasta el amanecer— y formular las preguntas oportunas para hacerlo hablar, y contarte, para escuchar de su boca los secretos fundamentales del oficio y de la vida.

Y él lo hacía con gusto, cómplice, generoso como si tu futuro empezase exactamente allí donde terminaba el suyo. Contagiándote el amor por el oficio, la fiebre que en su juventud tuvo, y que al hablar le afloraba todavía, pese a los desengaños, en las palabras y la sonrisa.

Y el día que, al fin, firmabas en primera página, te miraba orgulloso como un padre miraría a un hijo, o un maestro a un alumno aventajado. Sabiendo que tu triunfo también era suyo.

Ya no hay gente así en las redacciones. Ni corrector de estilo, ni viejos maestros con la clave del gran periodismo en los ojos cansados. Ni siquiera quedan apenas redacciones. Los tiempos cambiaron mucho las cosas, los periódicos de papel mueren despacio, las ediciones digitales sustituyen a los grandes rotativos que antes se apilaban en los quioscos —edición especial: Franco ha muerto— y los propietarios de medios informativos, prensa, radio y televisión, hace tiempo jubilaron a esa clase de gente.

Nadie quiere correctores de un estilo que no importa un carajo, y que, además, se consigue gratis, aunque de manera torpe e imperfecta, con los correctores informáticos. Tampoco hacen falta, ni conviene tenerlos cerca, molestos veteranos que abran los ojos a la carne de cañón barata que ahora exigen las empresas: jóvenes becarios mal pagados, pendientes de una pantalla de computador, nutridos con notas de prensa y mediante Internet, que ni siquiera duran allí lo suficiente para enseñar al joven que los sustituirá en el periodismo superficial e irresponsable, al que nuestro tiempo nos condena.

Sin nadie que el primer día de trabajo, al señalar una mesa cercana y decir «siéntate aquí, chaval» le abra generoso, desinteresado, las puertas del que en otro tiempo fue el oficio más hermoso del mundo.

Fuente: Finanzas.com

Cortesía de Leonardo Masina

[*Opino}– ‘Guía de lenguaje no sexista’, otro aporte más a la estupidez humana

09-02-12

Carlos M. Padrón

Ante tanta estupidez ya uno no sabe si quienes pretenden que nuestro idioma español se use como se cuenta en el artículo que sigue, lo hacen por ignorancia, por acomplejamiento o sólo por llamar la atención, algo que, por cierto, suele gustar mucho a los ignorantes.

Como si la retórica fuera siempre una virtud, de hacer caso a lo que predica el tal artículo aumentarían casi al doble la cantidad de palaras de un discurso o escrito, ignorando así un principio de simple economía en el lenguaje.

Pero mientras haya instituciones que den dinero para estas pendejadas, habrá pendejos —y uso este término con alcance masculino y femenino— que sigan escribiendo pendejas como la de la tal Guía.

Artículos relacionados,

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2012-02-06

Amando de Miguel

El lenguaje superferolítico

Oscar Pardo me obsequia con un documento «muy idiota» que le han hecho llorar: «Guía de lenguaje no sexista», publicada por la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia).

Se supone que lo ha escrito algún experto en la materia. Por eso hay que ser un poco exigentes con este bodrio del ludibrio del manubrio.

Intuyo que el título original, más correcto, era «Guía del lenguaje no sexista», pero el autor o autora entendió que el lenguaje es palabra masculina y por eso le quitó el artículo. Con ello quizá pretendía lo que se cita en la introducción: «la visibilización de la mujer». Eso equivale a una renovación del léxico para que las mujeres no se sientan menospreciadas.

La reforma principal es la supresión del masculino genérico. Es decir, los profesores y las profesoras, los funcionarios y las funcionarias, y los alumnos y las alumnas, no deben emplear masculinos genéricos.

Por ejemplo, digo yo, ya no podrán decir «los españoles», tendrán que pasar a «las españolas y los españoles». Supongo que eso será así en los libros y artículos que escriban, y en las clases que impartan las profesoras y los profesores. Porque otra norma no es sólo que haya que reduplicar el masculino y el femenino sino que, a poder ser, el femenino debe ir delante para contrarrestar siglos de oscurantismo.

La Guía imprime una frase como ésta: «Existe una Orden… en la que se insta a reflejar en los títulos académicos el sexo de quiénes (sic) los obtienen». ¿No se debería haber puesto «el sexo de quienes (sin tilde) las o los obtienen»?

Otra atrevida innovación de esta Guía es que el masculino genérico plural debe ser sustituido por un abstracto. Por ejemplo, ya no se podrá decir «los empresarios». En todo caso, debe decirse «las empresarias y los empresarios» y, mejor todavía, «el empresariado».

Pero la autora o el autor parecen ignorar que no es lo mismo un masculino genérico plural que un abstracto. Una cosa es los notarios, y otra el notariado; no es lo mismo los proletarios que el proletariado, los funcionarios que el funcionariado.

A veces hay que retorcer el lenguaje con el recurso del circunloquio, así, la Guía dice que, en lugar de «los becarios», hay que decir «quienes sean titulares de las becas». Imagino que ya no se podrá decir «los parados»; en su lugar debe ir «quienes son receptores o receptoras de los subsidios del desempleo».

Lo malo es que todas estas sinsorgadas se hacen con dinero público y pretenden conseguir con ellas la igualdad para las mujeres; bueno, el mujerío.

Me parece un desprecio a la mujer lo que se demuestra con este tipo de patochadas. Lo que esconden es una patética ignorancia, precisamente en una institución universitaria.

Por eso mismo la Guía pretende ser un texto científico y se adorna de una autorizada bibliografía. En ella se incluyen solo estas cuatro fuentes de autoridad sobre el lenguaje: el Gobierno del Principado de Asturias, el Instituto Andaluz de la Mujer, el Ayuntamiento de Avilés y el Ayuntamiento de Nerja.

Hay que suponer que en las cuatro instituciones los políticos y las políticas que mandaban a la sazón eran del Partido o de la Partida Socialista.

Me pregunta don Óscar que cuál es mi reacción ante la desgraciada Guía, si me hace reír o llorar. Me solivianta, me enardece, me subleva.

Fuente: Libertad Digital