[*ElPaso}– Recuerdos de la década de los ’50s (1)

Carlos M. Padrón

La mayor cantidad de recuerdos que atesoro acerca de El Paso, mi pueblo natal, corresponden a esta década, pues aunque a finales de 1957 me fui a trabajar y vivir en Santa Cruz de Tenerife, volví a El Paso cada año hasta 1961, inclusive, cuando emigré a Venezuela.

De esa década de los años ’50s tengo fotos que guardo como reliquias, pues me traen recuerdos de varios tipos: lugares, festividades, encuentros, amistades, amores platónicos, personajes que en mayor o menor grado influyeron en mi vida, etc.

Este último punto, el de los personajes, se me reveló con el tiempo como de importancia capital, pues caí en cuenta de que mi padre, de una forma no impositiva pero constante y oportuna, los usó para indicarme qué cualidades y comportamientos valía la pena imitar y cuáles no, lo cual ha probado ser, al menos conmigo, un método muy efectivo de enseñanza.

Para escribir acerca de esta década me basaré en las fotos arriba mencionadas, aunque esta vez, y en contra de mi costumbre, tal vez no logre apegarme a un orden cronológico. Voy con la primera.

Foto cortesía de Roberto Pérez Simón.

De izquierda a derecha.

Fila trasera:  1, Roberto Pérez Simón;  2, Salvador Miralles Pérez , cura párroco de El Paso;  3, Juan X.

Fila delantera: 1, Fernando Miralles Pérez, hermano de Salvador;  2, Argensola (Solita) Hernández Pérez;  3, María Celia Padrón Acosta;  4, María del Carmen (Carmencita) Padrón Acosta;  5, José Ángel Pérez Simón †, hermano de Roberto.

  • Roberto Pérez Simón y su hermano José Ángel son parientes lejanos míos; compartimos tatarabuelo de apellido Padrón.
  • Salvador Miralles Pérez llegó a El Paso, con su madre y hermanos/as, procedente de Fuencaliente y fue párroco de El Paso por muchos años.
  • Fernando Miralles, el eterno escéptico religioso (tal vez por tener un hermano cura) fue el único que de su familia emigró a Venezuela, y todavía vive en Caracas pero con sempiterna añoranza de El Paso, aunque nació en Valle Guerra (Tenerife).
  • Solita —hermana de Luz María, a quien puede verse en la foto de este post—fue vecina mía, y aún recuerdo que la reunión de festejo de su boda con Juan Lozano (q.e.p.d.) se celebró en su casa, y que antes de que llegaran los recién casados sonaba en un fonógrafo de los de aquella época la canción «Aquellos ojos verdes» cantada por Los Panchos y reproducida desde un long-play de los de pasta.
  • Carmencita y María Celia son hijas de Pedro Padrón, el hermano menor de mi padre y, por tanto, primas hermanas mías. María Celia es la madre de Lucy de Armas Padrón, la autora de algunas muy buenas fotos que he publicado en este blog.
  • José Ángel Pérez Simón emigró a Venezuela, al igual que su hermano Roberto, durante esta década, y fue por años dueño de la agencia de viajes El Teide, archiconocida en la colonia canaria en Venezuela. Regresó a Canarias y murió en Tenerife en 2004.

Por lo que se ve al fondo, la foto debe haber sido tomada en el costado norte de la Plaza Nueva, cerca de la esquina noroeste.

Esa plaza fue lugar de los paseos que describí en Tiempos de ayer, y en ella se daban reuniones netamente sociales, como los referidos paseos de antes y después de la misa dominical; religiosas, como las congregaciones durante el Jueves y Viernes Santo, misas del Corazón de Jesús, etc.; o bailables, como las verbenas que, si mal no recuerdo, se hacían durante carnaval o fiestas de El Pino.

[*FP}– La seda en los recuerdos de mi infancia

Carlos M. Padrón

A comienzos de la década de los años ’50s había en El Paso varias familias que criaban gusanos de seda, y en mi casa mi madre decidió embarcarse en tal aventura uno de esos años.

La sala de nuestra casa fue habilitada para poner las allá llamadas «panas», armazones circulares planas, de poco más de un metro de diámetro, con fondo de paja en el cual se fijaban ramas de brezo, como de medio metro de alto, para que, llegado el momento, los gusanos subieran e hicieran entre ellas sus capullos.

Para alimentarlos hacían falta muchas hojas de morera, así que temprano en la mañana salíamos los cuatro —mi madre, mis dos hermanas y yo, que iba muy a disgusto porque no me gustaba ni las madrugadas ni las tareas de campo— a hacer en el monte la recogida de tales hojas que, luego de que se refrescaran, se depositaban sobre las panas para que los voraces gusanos las comieran.

Gusanos en pana

Gusano de sea comiendo. Las pequeñas bolitas negras son excremento, pues la voracidad necesita mucho desahogo.

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Gusanos en pana 2 

Gusanos de seda comiendo sobre la «pana» que es lo marrón de forma circular que les sirve de fondo.

De toda la ceremonia de la cría, lo que sí me gustaba era entrar sigiloso en la oscura sala y ponerme a escuchar el extraño ruido de los animalitos comiendo sin parar.

Llegado el momento, cada gusano, que ya había tornado en amarillo el color blanco que tuvo antes su cuerpo, subía por la rama de brezo, escogía una ‘Y’ que fuera de su agrado, y segregando por su ano un líquido amarillento —de ahí el color antes mencionado— que se convertía en delgada hebra, iba envolviéndose con ella hasta quedar atrapado dentro de un perfecto capullo con ligera forma de 8.

Terminada por fin esa etapa de la confección de los capullos, había que retirarlos con cuidado de entre las ramas de brezo, acumularlos y pedir cita en una de las pocas casas que en el pueblo tenían las instalaciones para «sacar la seda».

Capullos

Capullos una vez retirados de las ramas de brezo y listos para «sacar la seda».

El proceso se tomaba toda una jornada de trabajo, y no lo recuerdo muy bien porque me sentí incómodo entre la gente, para mí extraña, que habitaba en la casa, ubicada frente al lugar llamado Las Dos Palmas, en Tajuya, a la que los cuatro ya citados fuimos un día, desde temprano, a «sacar la seda».

Recuerdo que sobre un fogón había una gran caldera de cobre en la que pusieron a calentar agua, y cuando ésta estuvo a punto echaban capullos dentro de la caldera y los hacían girar en el agua caliente con un instrumento de palo, lo cual, si mal no recuerdo, hacía que la seda fuera desprendiéndose.

Mujer frente capullos en caldera

En agua muy caliente, para ablandar los capullos y poder desprender la seda.

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Seda desprendiendose

Buscando la hebra.

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Capullos en caldera

Preparados para el próximo paso.

Entonces se la «pescaba» con otro instrumento y se la llevaba hasta una especie de husos.

Pesca del hilo

Todos eran instrumentos de artesanía local.

Sí recuerdo muy bien, tal vez por lo desagradable que me resultó, que a la hora del mediodía mi madre tendió en el suelo, en la zona de la tarea pero lejos del calor de la caldera citada, un mantel sobre el que colocó los platos, cubiertos y comida que al efecto habíamos traído, y se suponía que nosotros cuatro teníamos que sentarnos en el piso, alrededor del mantel, y proceder a dar cuenta de la comida.

Como yo era muy tímido, no quise hacerlo en presencia de la señora que se ocupaba de la caldera, y de las dos muchachas que la ayudaban, así que me alejé, me senté bajo la sombra de un almendro, y me quedé sin comer.

No recuerdo siquiera en qué terminó aquel para mí medio calvario, pero tarde ya regresamos a casa, caminando y cargando con casi todo lo que llevamos más las madejas de seda cruda; creo recordar que así la llamaban, «seda cruda», pero no estoy seguro.

Todo era muy rudimentario, pero funcionaba. Las madejas de esa seda cruda las llevamos luego a casa de unas tías de mi padre, llamadas Juana y María, solteronas ellas, que vivían en La Rosa —un barrio de El Paso, enclavado en la parte alta del pueblo— y que por muchos años se habían dedicado a procesar seda en unos telares que al efecto tenían, todos de madera y que se manejaban con pies y manos al unísono.

Lo que después hacían allí sí que no lo recuerdo, pero cuando tuve oportunidad y me lo permitieron, pasé horas embelesado viendo cómo cualquiera de las dos viejitas accionaba el telar con sus pies, moviéndolos hacia adelante y hacia atrás, y teniendo ya lista en su lugar la madeja de seda depurada cuyo hilo extremo enhebraban en una pieza que, si mal no recuerdo, llamaban lanzadera, iba «lanzando» ésta en forma transversal entre otros hilos de seda previamente dispuestos en forma longitudinal.

Después de cada lance apretaba el conjunto, y así iba creando la trama del tejido de seda pura que luego serviría para hacer vestidos, sábanas, pañuelos y un sinfín de cosas más.

El Ayuntamiento de El Paso tuvo la loable iniciativa de crear lo que llamaron Museo de la Seda en el que cualquiera puede ver los diferentes pasos del proceso, desde la cría de los gusanos hasta la elaboración de tejidos, usando esos instrumentos rudimentarios que yo vi cuando era niño.

Ha sido una bella forma de salvaguardar un patrimonio cultural cuyo conocimiento queda aún en manos de algunas damas que han sido premiadas pro ello, según ya contó Wifredo Ramos, cronista oficial de El Paso, en el artículo El Paso: Reunión de Cronistas 2008 – Fiesta y paisajes.

Las fotos que ya incluí más las que siguen las obtuve de una presentación PPS que por cortesía del amigo Ramón López recibí hace tiempo, y que guardé para enriquecer este artículo, pues ilustran bastante bien algunos de los pasos que he mencionado.

Para bajar/ver un corto vídeo con algunas fotos más, clicar AQUÍ.

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COMENTARIOS

Sicilia, P. R.
La primera vez que vi esos gusanos fue precisamente en El Paso, alla por el año 1955 cuando no tenía yo 10 años todavía, pero me acuerdo justamente del ruido que hacían comiendo.

Imagino que tanto El Paso como Los Llanos de Aridane continúan siendo ciudades con muchas curiosidades, como la de los gusanos.

Saludos.

Papaterra Héctor Antonio
Me interesaría conectarme con sericultoras. Soy de Argentina. Vivo en San Fernando del Valle de Catamarca.

Gracias y saludos.

Vicencio Díaz
Hace pocos días estuve hablando con Joaquín Clavería, y me invitó para primeros de año por si acaso ya habían nacido los gusanos.

Aparentemente, el ciclo de los gusanos era muy exacto, como lo era la floración de los cerezos en Japón, pero desde hace pocos años los gusanos le han confundido y han llevado a Joaquín, que no cree en nada ni en nadie, a meditar sobre El Cambio de Era, de la que me gusta hablar hasta por los codos.

Ahora ya sé para qué sirven los gusanos y cómo nos dan motivos para pasar un buen rato y en agradable compañía.

Roberto
Gracias por el estupendo artículo que, además, me trae magníficos recuerdos.

En mi casa no se criaron “bichos de seda” pero sí ayudé a personas que los criaban. Recuerdo que una vez, estando ya en la universidad, ayudé a sacar la seda a Nieves Martín (Nieves Galeno) en Tajuya, en la casa de otra Nieves, por debajo de la curva de la Cochina —Doña Nieves “La de la seda”— a quien vi la última vez en la feria de Pinoleres (creo que se escribe así) en La Orotava y que no sé si vivirá, pues era muy mayor.

También hay una anécdota curiosa en el Ayuntamiento de El Paso cuando se le regalaron semillas de “bichos” (gusanos de seda), pues fue un viernes y como, hacía un poco de calor, durante el fin de semana eclosionaron y el lunes por la mañana había “bichos” de “excursión” por gran parte de las dependencias municipales, y claro, todo el mundo a recolectar “bichos”.

En El Paso, en el Camino de El Calvario (hoy carretera), hay un edificio conocido por la Sericícola que era donde se criaban grandes cantidades de bichos de seda. ¿Se crían ahí todavía?

Charo
YO HE TENIDO GUSANOS DE SEDA SIMPLEMENTE POR TENERLOS YA QUE ME GUSTABA VER TODO EL PROCESO DE HACER EL CAPULLO Y LUEGO VER SALIR A LA MARIPOSA Y PONER LOS HUEVOS.

TAMBIÉN ME GUSTABA COGERLOS Y QUE SE “PASEARAN” POR MIS MANOS. ES VERDAD QUE SON MUY VORACES, MENOS MAL QUE SIEMPRE HABÍA MORERAS CERCA. LA ÚLTIMA VEZ QUE TUVE FUE HACE TAN SÓLO UNOS 4 AÑOS Y RECUERDO QUE ME LOS LLEVÉ DE VACACIONES A VINAROZ ( LOS TENÍA EN UNA CAJA DE ZAPATOS) CON UNA GRAN BOLSA LLENA DE HOJAS DE MORERA POR SI NO ENCONTRABA, PERO RESULTÓ QUE HABÍA BASTANTES DE ESOS ÁRBOLES ALLÍ.

[*ElPaso}– El Paso celebró los 100 años de su título de ciudad

El miércoles 25 de agosto de 2010 se cumplieron 100 años desde que Alfonso XIII otorgó a El Paso el título de Ciudad. El municipio recuerda sus orígenes, desde aquel 20 de abril de 1837 en el que se desligó de Los Llanos.

Un sencillo acto institucional conmemoró la fecha.

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26/10/2010

El Paso, de una «tierna venganza» a ciudad centenaria

Maikel Chacón
El Paso

Siempre quedará para conocimiento de las futuras generaciones la compleja historia de las segregaciones municipales del Valle de Aridane, que se remonta hasta el más remoto recuerdo que pueda tener La Palma de la eterna «disputa» administrativa que, dividida por capítulos, han protagonizado las dos grandes poblaciones de la Isla, Santa Cruz de La Palma, como capital, y Los Llanos de Aridane, que nació de la configuración territorial reestructurada con la Constitución de Cádiz de 1812, con un total de 11 municipios.

Esa historia, a la que algunos denominan como el «pleito insular», sirve de argumentación hasta para explicar el motivo que pudo provocar la separación de El Paso, en 1837, y Tazacorte, en 1925, del municipio primogénito del que formaban parte, el de Los Llanos.

Ayer, por ejemplo, en el acto institucional que la Administración de El Paso realizó para conmemorar su primer centenario bajo el título de Ciudad, otorgado por decreto del rey Alfonso XIII el 26 de agosto de 1910, se recordó entre los discursos cómo y por qué se creó, mucho antes, este municipio.

La base de la explicación se resume en unos textos a los que aludió el concejal de Cultura, Pedro Martín, en los que se hace referencia a las palabras recogidas en los escritos de protesta realizados por el Ayuntamiento de Los Llanos ante la Diputación Provincial para explicar la designación del alcalde de Santa Cruz de La Palma, José Miguel Fernández, como comisionado instructor de la creación del nuevo municipio de El Paso. Era, según los llanenses, el comienzo de lo que denominaron como «tierna venganza» de Santa Cruz de La Palma.

La concesión de la independencia municipal a El Paso, con una absoluta rapidez, provocó la ira de los representantes institucionales de Los Llanos, que habían comisionado en el capitán Domingo Kábana para protestar por la instrucción realizada en el proceso de creación del nuevo municipio desde la Diputación y desde la capital. Entendían que todo el proceso de segregación, aunque no se transgrediese norma alguna, venía marcado «por el celo de Santa Cruz para no perder la hegemonía que venía manteniendo sobre los demás pueblos de la Isla».

En ese sentido, decían que «no desperdició esfuerzos en obstaculizar cualquier iniciativa que significara, no la igualdad, sino el acercamiento que pusiera en duda esa supremacía sobre los pueblos que ellos consideraban como La Banda».

La concesión de la independencia de El Paso suponía para Los Llanos la pérdida de uno de sus pagos más ricos, por lo que reclamó con insistencia la suspensión del acuerdo por el que se erigía un Ayuntamiento en El Paso, al entender que se lesionaban los intereses del municipio matriz, sobre todo «los que se derivarían del hecho de quedar los montes y bienes de propios bajo la jurisdicción de El Paso, pues suponía una reducción estimable del dinerario que debían ingresar las arcas llanenses».

«Oportuna y justa»

El Paso contaba entonces con más de 3.000 habitantes. Era la demarcación más rica del pueblo de Los Llanos, y su núcleo poblacional más importante se encontraba a más de dos leguas, con varias zonas habitadas dispersas respecto al municipio matriz. Éstos fueron los motivos en los que inicialmente se argumentó su necesidad de independencia.

Con estos datos, y convencido de la «oportuna y justa» demanda vecinal, el diputado provincial López Monteverde solicitó en el seno de la Diputación, en la sesión del 13 de abril de 1837, que se «sirviera mandar que el pago de El Paso, con el de Tacande y demás inmediatos, según se demostraba en un plano adjunto, formara un pueblo separado del de Los Llanos, con un Ayuntamiento propio, y que se procediera al nombramiento de los individuos que debían constituirlo». Ante esta petición, la Diputación decidió iniciar el oportuno expediente de segregación.

Pocos días después, el 29 de abril de ese año, la Diputación acordó crear el nuevo Ayuntamiento, y el 25 de junio se eligieron los primeros componentes de esta Administración, siendo Manuel Taño el primer alcalde. Se iniciaba una vida municipal propia, con ciertas intermitencias derivadas de una nueva fusión municipal con Los Llanos y su anulación posterior.

Nació y creció

Fue especialmente a partir de los años sesenta, aún en el siglo XIX, cuando este municipio adquirió gran importancia, entre los denominados pueblos de La Banda, un proceso de crecimiento imparable, tanto en población como en riqueza, que tuvo su punto cumbre el 26 de agosto de 1910 cuando se le concedió el título de Ciudad de El Paso, mediante decreto firmado por el rey Alfonso XIII. Antes, en 1878 había alcanzado la distinción de Villa, otorgada por su antecesor, Alfonso XII.

Así, aquel pago de Los Llanos, situado tierra adentro, a los pies de Cumbre Vieja y sin costa (el único municipio de la Isla que no tiene litoral) y cuyo nombre procedía de la designación popular otorgada al paso o tránsito entre el este y oeste de la Isla, desde Santa Cruz hasta Los Llanos, fue reconocido como una pequeña ciudad por la actividad que en la misma se desarrollaba.

Desde entonces hasta hoy, transcurridos 100 años, en El Paso han sucedido, al igual que en el resto de pueblos de la Isla, multitud de acontecimientos más cercanos en el tiempo y, por tanto, más conocidos por las generaciones actuales.

Pero, sobre todo, en este tiempo ha quedado patente la capacidad de este pueblo para, con el máximo respeto a la memoria de sus antepasados, conservar su historia, que se remonta a los asentamientos benahoaritas de alta montaña, sus tradiciones y su condición de pueblo trabajador y laborioso.

Sencilla evocación

Ayer, las actuales generaciones de representantes institucionales de El Paso (CC, PSC, PP y CCN), con el alcalde Máximo Brito al frente, acompañados por el cronista oficial, Wilfredo Ramos, rindieron su particular homenaje a un acontecimiento histórico que ha marcado la idiosincrasia de los pasenses de hoy y que ha contribuido a formar su identidad cultural.

La evocación, pese a su importancia, se celebró de forma sencilla, tal y como requieren los malos tiempos económicos actuales. Primero. los discursos, en la Casa de la Cultura Braulio Martín; luego, el descubrimiento de una placa en el ayuntamiento; y, por último, un concierto centenario con la Coral Nuestra Señora del Pino, Cumbre Nueva y la Banda de Música.

El único sin costa

El municipio de El Paso es el más extenso de La Palma, con 135 kilómetros cuadrados y rodeado de parajes naturales. Agrupa toda la parte alta del Valle de Aridane, la Caldera de Taburiente y parte de Cumbre Vieja. Limita con todos los municipios, excepto Tazacorte.

Es el único de los 14 pueblos de La Palma que carece de franja costera.

8.000 habitantes

Su población ronda los 8.000 habitantes, siendo el tercero más poblado de la Isla, con una densidad de 60 personas por kilómetro cuadrado. Los residentes se dividen entre el casco urbano y nueve barrios periféricos: Las Manchas (que comparte con Los Llanos), Tacande, La Rosa, Tenerra, Fátima, El Paso de Abajo, Cajita del Agua, El Barrial y El Calvario.

Sólo del campo

Aunque presenta una amplia extensión de campos lávicos y pinar canario, se ha dedicado tradicionalmente al cultivo de secano, con cierta incidencia de la ganadería. Destaca el cultivo de la viña, el almendro y algunos frutales. Su actividad industrial, en auge en la década de los 90, ha decaído, sobre todo tras el cierre, en el año 2000, de la antigua fábrica de tabacos, que mantenía unos 250 empleos.

El Día

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