Artemis II: La NASA aplaza al menos un mes la misión tripulada a la Luna tras detectar una fuga
Los técnicos han detectado un escape de hidrógeno líquido durante el ensayo general de la cuenta atrás para lanzar el megacohete SLS y la cápsula Orión
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20-12-2025
Jorge Siverio
Durante meses el Archipiélago figuró en los planes bélicos de Churchill
Han pasado más de ocho décadas desde que el océano que engloba a las Canarias era una autopista de guerra y, sin embargo, el Archipiélago sigue sin pasar desapercibido en la geopolítica mundial. Y no por los plátanos, ni el clima, ni el paisaje, sino por su ubicación, sus recursos naturales y su sector turístico.
Sin embargo, fue en 1941 cuando el Reino Unido llegó a planificar una ocupación militar de las Islas en plena Segunda Guerra Mundial y la bautizó como Operación Pilgrim, un proyecto pensado para ejecutarse si España se inclinaba hacia Alemania o si Gibraltar quedaba amenazado.
La lógica que sostenía aquel diseño era sencilla: controlar las Islas para proteger las rutas de convoyes que alimentaban a Gran Bretaña y, al mismo tiempo, impedir que los submarinos alemanes ganaran un refugio en el flanco occidental del Mediterráneo, un temor conectado con los planes alemanes sobre la Península y con la presión para utilizar territorios atlánticos como moneda estratégica.
El interés nazi por Canarias, y las investigaciones y trabajos divulgados en los últimos años sitúan redes de influencia, propaganda y presencia alemana en las Islas durante los años treinta y la primera fase del conflicto, un entorno que alimentó la sensación en Londres de que el equilibrio podía romperse con rapidez si Hitler conseguía arrastrar a Madrid.
En ese clima de sospecha se movieron nombres propios como el don Juan de Borbón, que mantuvo contactos con responsables británicos mientras el Gobierno de Churchill afinaba escenarios de intervención, porque una operación sobre suelo español no sólo era un asunto militar, también abría la puerta a un rediseño político en una España todavía marcada por la posguerra.
Los documentos que hoy permiten reconstruir Pilgrim describen un plan con objetivos de captura y mantenimiento de Gran Canaria, tomando el puerto de La Luz y el aeródromo de Gando como llaves del control insular, con apoyo aéreo y capacidad de expansión posterior hacia otras islas.
Para sostener esa posibilidad se reunieron efectivos y medios durante meses, con unidades concentradas para entrenamiento y con un calendario que mantuvo la presión logística en la retaguardia británica, aunque los límites eran evidentes, faltaban recursos de desembarco y la experiencia anfibia todavía se estaba construyendo a golpe de ensayo y error en un Reino Unido exhausto por la guerra total.
Ahí apareció la primera grieta, las maniobras revelaron que el margen de fallo era estrecho y que un incidente en mar abierto podía traducirse en una carnicería en una costa defendida, un diagnóstico que enfrió el entusiasmo de parte de la jerarquía militar porque el objetivo era valioso, sí, pero el coste podía resultar inasumible en 1941 cuando la prioridad era resistir y sostener el pulso en varios frentes.
Aun así, Pilgrim no se guardó en un cajón, siguió viva como opción de emergencia mientras se medía la conducta de Franco y se vigilaba el Estrecho, con el recuerdo de que una operación sobre Gibraltar habría alterado el reparto de fuerzas en el océano y habría obligado a buscar puntos de control alternativos.
El desenlace llegó por una combinación de acontecimientos, como la entrada de Estados Unidos tras Pearl Harbor y el cambio de tendencia en el frente oriental fueron reordenando las prioridades aliadas, además España terminó reforzando una neutralidad que, con matices, redujo el incentivo de abrir un nuevo teatro en Canarias, porque una invasión sobre un país no beligerante podía empujar justo lo que Londres quería evitar.
La cancelación se formalizó a comienzos de 1942 y liberó recursos para otros compromisos, pero dejó una idea difícil de borrar, durante meses el futuro de Gran Canaria y de sus infraestructuras clave estuvo ligado a un botón que podía pulsarse desde Downing Street, con el puerto de La Luz y Gando como objetivos escritos en órdenes operativas
Immanuel Kant dejó una reflexión sobre la felicidad que hoy vuelve a cobrar sentido: no se trata de buscar el bienestar inmediato, sino de vivir conforme al deber para llegar a ser dignos de ella
Demuestran que los ingredientes para la vida se forman por sí mismos en el espacio
Estos resultados contradicen el consenso científico y aumentan considerablemente la probabilidad estadística de que la humanidad encuentre algún día vida extraterrestre
Beneficios de caminar: no es cuestión de pasos, sino de tiempo
Utilizando el Biobanco de Reino Unido, científicos españoles y australianos recomiendan caminar entre 10 y 15 minutos seguidos a ritmo cómodo pero constante para conseguir una mejor salud cardiovascular. Analizaron a más de 30.000 adultos, de entre 40 y 79 años, que no tenían enfermedad cardiovascular ni cáncer al inicio del estudio.
27-01-2026
La voz anti-ICE se escribe con guion y no son adecuadas las grafías anti ICE ni antiICE.
Uso inadecuado
Uso adecuado
De acuerdo con la Ortografía de la lengua española, los prefijos se escriben por regla general unidos a la palabra a la que preceden y sin guion: antigás, antirrobo, anticrisis… No obstante, sí se emplea el guion cuando el prefijo se une a una sigla o a una palabra que empieza con mayúscula (en general un nombre propio): anti-ICE, anti-OTAN, anti-Trump…
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El iraquí que hizo ricos a los noruegos: «El petróleo es un regalo envenenado»
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27-09-2025
La piel es testigo y archivo. Cada textura es una memoria que se posa, permanece, se transforma.
Sucede casi sin que uno lo note. La piel aprende a leer sin ojos. Descifra el calor, la brisa, la sal, el barro, el mango maduro, la tela de la hamaca, el abrazo largo. Cada contacto es un idioma distinto.
La piel no es solo límite: es altar, registro, oído. Todo lo que la roza vibra en ella como eco, como canción que no termina. Las texturas no son meras superficies: son memorias encarnadas, voces que susurran desde el barro, desde la sal, desde la fruta que se abre en la mano como un corazón maduro.
Desde temprano, la piel aprende a leer sin mirada. Percibe el calor que se posa como manta andina invisible, el viento que acaricia con dedos de brisa, la humedad que se instala como huésped fiel. Cada textura es una forma de decir “estoy aquí”, “esto soy”, “esto recuerdo”.
El algodón de las franelas viejas no es solo tela: es infancia, patio, olor a jabón azul y sol de mediodía. Se siente como abrazo de abuela, como canción de sobremesa que se repite sin cansancio. La madera tibia de las sillas de mimbre cruje bajo el cuerpo como si contara historias, como si dijera “aquí se ha vivido”.
La sal del mar no se va. Se adhiere a la piel como escarcha invisible, como promesa de fiesta, como rastro de libertad. Es una textura que no se ve, pero se percibe: en los labios, en los párpados, en la nuca. La piel la reconoce como canto.
Las hojas de plátano, tersas y húmedas, son altar y envoltorio. Cobijan hallacas, sí, pero también caricias. La piel las recibe como quien acoge una bendición. Y el saco de yute, áspero y honesto, se siente como mercado, como faena, como manos que saben. Es la textura de lo que sostiene, de lo que carga, de lo que no se rinde.
La masa de arepa, tibia y maleable, se amasa con las palmas y deja una película de maíz y ternura. Es textura de hogar, de desayuno compartido, de conversación sin prisa. Las piedras del río, frías y redondas, enseñan a la piel a esperar, a fluir, a resistir sin herir. Son lección de paciencia.
El aceite de coco se desliza como susurro, como cuento narrado en voz baja. Es textura de madre, de playa, de rito. El paño húmedo en la frente, cuando hay fiebre o tristeza, es gesto de cuidado, expresión de amor sin palabras.
Pero hay una textura que lo contiene todo: la piel de otro. Esa que a veces es refugio, otras frontera, y muchas veces casa. Tocarla es tocar la historia, el temblor, el milagro de ser y estar.
Cada textura es un altar sensorial. La piel no olvida lo que ha sentido. Queda en la memoria el roce del bebé pegado al pecho de su madre, la mano del padre que guía a su hijo pequeño, el joven que roza por primera vez el rostro de la muchacha que lleva meses observando en la distancia, el primer beso de dos que el tiempo volverá amantes, la caricia de la abuela que duerme al nieto que teme a un monstruo imaginario escondido tras la cortina. Y cada roce es una historia que flota, como polvo de cacao en el aire, como aroma de café recién colado, como canción que se canta con el cuerpo entero.
La piel no se protege: se ofrece. Se rinde. Se abre como flor, como fruta, como verso. Porque tocar es recordar. Y recordar es vivir con la piel abierta, como quien camina descalzo sobre la memoria.
La piel no es muro ni escudo: es ventana abierta al temblor del mundo. Cada textura que la roza es como campana que suena en lo hondo, como semilla que germina en la memoria. No se endurece: se ablanda, se moja, se enciende. Es tierra fértil que todo lo guarda y todo lo canta.
Porque tocar es sembrar. Y cada roce es brote, flor, fruta que madura en el recuerdo. La piel es paisaje: tiene montañas de ternura, ríos de caricia, sabanas de espera. Y cuando se abre, no sangra: florece.
Ese es el milagro. Que la piel no solo siente. Convoca. Abraza. Y convierte cada textura en altar, cada roce en ritual, cada memoria en canto. Como quien camina descalzo sobre la historia, dejando huellas que no se borran.
Mi piel es venezolana. Es la única piel que habito, la que me envuelve, la que recuerda. Y cuando algo la toca, es ella quien habla.