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12-05-2026
Soledad Morillo Belloso
En Venezuela no hay paz, hay espera. Una espera espesa, casi táctil, que obliga a caminar con cautela, como si el país entero fuera un cuarto oscuro donde cada quien avanza tanteando el aire. No es serenidad: es un silencio que no descansa. La taima no declarada funciona como un pacto que nadie firma pero todos sienten. El poder administra silencios; la ciudadanía administra paciencia. Es un empate donde nadie gana del todo y nadie pierde del todo, pero todos pagan algo.
Entretanto pasan cosas, muchas cosas. Reuniones públicas con fotos ensayadas y discursos que no dicen nada pero insinúan mucho. Reuniones privadas donde se baja la voz, se cierran cortinas y se trabaja. El país parece detenido, pero por debajo corre un río subterráneo de planes, cálculos, acuerdos mínimos. Es un teatro en penumbra donde los actores siguen ensayando aunque el público crea que la función está suspendida.
Hay mucha gente buena e inteligente trabajando. Gente que no se duerme en los laureles ni se entrega al llantén, que no arregla ni un fusible. Profesionales que diseñan planes con soluciones posibles, no fantasías. Ingenieros que calculan cómo reparar lo que otros dejaron caer. Economistas que buscan orden en cifras que se mueven como peces. Médicos que inventan protocolos con lo que hay. Educadores que rehacen currículos para que los muchachos no se pierdan en el ruido. Gente de cultura que insiste en que un país sin relato se desmorona. En todas las áreas hay alguien pensando, corrigiendo, trabajando.
Porque este país tiene que volver a empezar. No desde cero —aquí nada es tábula rasa—, sino desde lo que todavía sirve, desde lo que resiste, desde lo que puede sostener el peso del resto. Volver a empezar no es un acto heroico: es una necesidad fisiológica, como respirar después de haber aguantado demasiado tiempo bajo el agua. Implica reconocer lo roto, pero también reconocer lo vivo. Implica aceptar que la espera no es resignación sino los músicos preparando el concierto. Implica entender que la reconstrucción no es un castigo sino la única forma de seguir.
En ese contexto, muchas personas ven a María Corina como la figura clave con un rol político relevante. Y lo es. María Corina será presidente. Su tiempo llegará. No por designio del destino, no como resultado de una lectura de cartas del tarot. No como una irrupción abrupta, sino como llegan las cosas que se han trabajado con método y constancia: más cerca hoy que ayer y más cerca mañana que hoy. Su liderazgo se traducirá en un cargo de poder, vuelta al cauce democrático, con reglas claras, con votos bien contados, con garantías de decencia y pulcritud. Como debe ser en un país que quiere volver a empezar sin repetir los errores de los atajos. Y la transición a cargo de la señora del vestido verde es sólo eso: transición.
La superficie parece quieta, pero por debajo hay un país que se mueve. Y no sería la primera vez que un continente o un país se levanta desde las ruinas. Europa lo hizo después de la Segunda Guerra Mundial. Estaba mucho peor que nosotros. Quedó devastada: ciudades enteras reducidas a polvo, industrias destruidas, millones de desplazados, hambre, frío, miedo y millones de tumbas. Pero la reconstrucción no fue un acto mágico ni un golpe de suerte. Fue un proceso meticuloso, paciente, sostenido. Hubo planificación —el Plan Marshall fue tan sólo una parte—, hubo acuerdos políticos, hubo instituciones nuevas, hubo disciplina y hubo un consenso básico: nunca más el abismo. La recuperación europea fue lenta al principio, casi imperceptible, pero constante. Y cuando arrancó, lo hizo porque había un propósito compartido y porque cada país entendió que reconstruir no era apenas levantar edificios, sino rehacer confianza, reglas, convivencia, civilización.
Este país, el nuestro, ya se ha levantado antes. No una, sino dos veces, y desde profundidades que hoy parecen imposibles. Después de la guerra de Independencia quedó un territorio exhausto, despoblado, con ciudades semiderruidas, campos abandonados, haciendas vacías, caminos convertidos en trochas. Fue una victoria, sí, pero también una devastación. Y aun así, Venezuela se recompuso: reorganizó su economía, reconstruyó sus instituciones, volvió a poblar sus tierras, abrió escuelas, levantó puertos, tejió comercio. No fue rápido ni glorioso; fue un trabajo de hormiga, de décadas, de ensayo y error.
Y luego vino la Guerra Federal, que dejó al país otra vez en ruinas: hambre, epidemias, resentimientos, un Estado deshecho. Pero también entonces Venezuela se levantó. Se reconstruyó la administración pública, se estabilizó la moneda, se reactivó la agricultura, se modernizaron puertos y caminos, se fundaron instituciones que durarían generaciones. Fue un proceso lento, lleno de tropiezos, pero fue un proceso real. El país volvió a empezar porque no tenía alternativa, y porque había suficiente gente dispuesta a trabajar más allá del cansancio y de la fractura.
Ese es el punto: ya lo hemos hecho. Dos veces. Y cada vez desde un abismo distinto.
A María Corina —porque es voluntad ciudadana que ella ocupe el nivel máximo de liderazgo, siempre dentro del cauce democrático, como corresponde— le tocará una tarea dura y, al mismo tiempo, profundamente satisfactoria: conducir a una Venezuela que por fin, con años de retraso, entre de lleno en el siglo XXI. No como un país que llega tarde y pide disculpas, sino como uno que llega golpeado pero lúcido, con cicatrices que enseñan y con una terquedad que no se rinde.
Liderar esa transición no será un paseo. Será ordenar lo desordenado, modernizar lo que quedó anclado en el siglo pasado, desmontar inercias, reconstruir instituciones, devolverle al ciudadano la sensación de que el Estado existe para servir y no para vigilar, pisotear, matar. Será, sobre todo, acompañar a un país que ya ha demostrado que puede levantarse de ruinas: lo hizo después de la Independencia, cuando quedó exhausto y despoblado; lo hizo después de la Guerra Federal, cuando tuvo que rehacer su administración, su economía, su convivencia. Y lo hizo Europa tras la Segunda Guerra Mundial, con planificación, acuerdos, disciplina y un propósito compartido.
Ese tipo de reconstrucción —la que toma años, la que exige paciencia, la que no se sostiene en milagros sino en trabajo— es la que le tocará encabezar a María Corina. No es una tarea para impacientes ni para improvisadores. Es una tarea para quien entiende que gobernar un país que vuelve a empezar es, ante todo, un acto de responsabilidad histórica.
Y si algo bueno tiene esta larga espera es que ha vacunado a muchos contra la tentación de los atajos. La Venezuela que entre al siglo XXI tendrá que hacerlo con reglas claras, con instituciones fuertes, con ciudadanía vigilante, con acuerdos amplios. No hay otra vía que funcione.
Y sí, María Corina será presidente. Y corresponde a los venezolanos de bien —esa mayoría amplia, cansada y todavía firme— sumarse a la causa que no admite sustitutos: Venezuela.
No la Venezuela de los discursos huecos ni la de los símbolos desgastados, sino la que respira con dificultad, la que exige responsabilidad, la que reclama que cada quien decida si va a empujarla hacia la vida o dejarla hundirse un poco más.
Ya no hay espacio para tibiezas. El compromiso es ineludible. María Corina será presidente de todos los venezolanos. No como destino inevitable, sino como decisión de la voluntad de un país que ha sufrido demasiado, que está listo para dejar de sobrevivir y empezar a vivir.
María Corina será presidente. Y lo repito, como líder, no como heroína. Que esto no es una obra de Homero ni un libro bíblico. Llegará al poder por la vía institucional, y jurará con la mano sobre la Constitución, no como gesto vacío, sino como compromiso explícito con el orden democrático. La cumplirá y la hará cumplir, sin excepciones, sin atajos, sin la elasticidad interesada que ha deformado la vida pública durante todos estos años.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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