[Canarias}> El ‘fonil’ benahoarita, otra ‘joya’ exclusiva del patrimonio arqueológico de La Palma

08-01-2026

Jorge Pais

El ‘fonil’ benahoarita, otra ‘joya’ exclusiva del patrimonio arqueológico de La Palma

‘Fonil’ benahoarita expuesto en el Museo de Naturaleza y Arqueología (Muna) de Santa Cruz de Tenerife. JORGE PAIS

El patrimonio arqueológico de  Palma atesora relevantes ‘joyas’ exclusivas. Entre las mismas, Jorge Pais, doctor en Prehistoria por la Universidad de La Laguna y jefe de la Sección de Patrimonio Histórico y Arqueológico del Cabildo de La Palma, destaca “los ‘foniles’ benahoaritas”. Estos “embudos de barro cocido” elaborados por los primeros pobladores de La Palma —señala en sus redes sociales— son otra de “las piezas más interesantes y exclusivas de la arqueología” de la Isla.

En la actualidad, indica, “se conocen apenas una decena y, aunque algunos carecen de decoración, suelen presentar los mismos motivos que nos encontramos en la cerámica, especialmente la de los momentos más recientes de las fases III y IV”.

En el estado actual de la investigación arqueológica, añade, “desconocemos su utilidad y significado debido, entre otras razones, a que la gran mayoría de las piezas han sido descubiertas a través de hallazgos casuales o expolios.

Sólo en dos casos estamos seguros de su procedencia: uno de ellos apareció durante las excavaciones de Luis Diego Cuscoy (inicios de la década de los 60 del siglo XX) en Belmaco (Villa de Mazo), que actualmente está expuesto en el Muna (Museo de Naturaleza y Arqueología, en Santa Cruz de Tenerife) y el otro se localizó a los pies de uno de los paneles más bonitos y llamativos de la estación de grabados rupestres de La Zarza (Garafía)”.

Respecto a su significado, explica:

“Se han apuntado distintas teorías: embudo para colar líquidos, instrumento musical, chimenea para controlar el humo, etc. Las dificultades para conocer su uso estriban, precisamente, en que, salvo el de Belmaco, no han sido descubiertos por especialistas en la materia, de tal forma que desconocemos el tipo de contexto arqueológico en que aparecen, su relación con otros vestigios, etc. No obstante, desde nuestro punto de vista, podrían tener una relación con el mundo mágico religioso y no tanto un uso utilitario y cotidiano, puesto que si estuviesen vinculados a este último apartado tendrían que ser mucho más abundantes y, además, el hallazgo de La Zarza parece claramente relacionado con los rituales que se llevaban a cabo en ese santuario rupestre”.

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[LE}> La construcción «propósitos de año nuevo», no «propósitos de Año Nuevo», alude a los de todo el año

02-01-2026

La expresión ‘propósitos de año nuevo’, enteramente en minúsculas, es la adecuada en referencia a los objetivos que se plantean para todo el año que empieza, y no propósitos de Año Nuevo.

Uso inadecuado

  • Estos son los 10 propósitos de Año Nuevo más comunes en España.
  • Para conseguir cumplir con los propósitos de Año Nuevo no basta con querer.
  • Cómo establecer propósitos de Año Nuevo realistas.

 Uso adecuado

  • Éstos son los 10 propósitos de año nuevo más comunes en España.
  • Para conseguir cumplir con los propósitos de año nuevo no basta con querer.
  • Cómo establecer propósitos de año nuevo realistas.

Año Nuevo, con ambas palabras en mayúscula, es el nombre de la festividad del 1 de enero, mientras que, para aludir a todo el año que comienza, la expresión año nuevo se escribe con minúsculas en sus dos componentes.

Dado que en este contexto se habla de las intenciones que se proyectan para todo el año entrante, lo apropiado es emplear propósitos de año nuevo.

Como expresión meramente descriptiva, se escribe con la palabra ‘propósitos’ también en minúscula.

Es preferible, finalmente, evitar el uso de resolución con el sentido que le corresponde a propósito, como calco del inglés.

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[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos

¡Ah, los chinos! No me refiero a los que llegaron a Venezuela en años recientes, palanqueados por razones políticas, con un “cuento chino” bajo la manga, hablando en chino aunque sepan hablar español, y cuyo lema es “Si no hay leal, no hay lopa”. De esos, de los del país comunista más capitalista del mundo, hablo en un artículo que no es este.

Estas líneas van sobre los chinos de toda la vida. Los que están en muchas ciudades de Venezuela. Esos magos del wok, alquimistas del arroz frito, poetas del papelillo rojo y sabios del “todo tiene solución con un buen té de jazmín”.

Cuando llegaron a Venezuela, no vinieron con las manos vacías. No, señor. Trajeron maletas llenas de sabores, supersticiones, proverbios con sabor a sabiduría milenaria que no entendíamos, pero igual repetíamos, y una filosofía de vida que, sin darnos cuenta, se nos metió en el tuétano del “¿y qué tal si hoy comemos chino?”.

Primero lo primero: la comida. Porque si algo sabe hacer el chino, es cocinar como si el mundo se fuera a acabar mañana. ¿Quién no ha tenido una epifanía existencial frente a un arroz frito especial con camarones, cerdo, pollo, huevo, cebollín y ese toque de salsa de soya que parece bendecido por el mismito Confucio?

Y ni hablemos de la lumpia, ese rollito crujiente que uno muerde y siente que está abrazando el alma. Los chinos nos enseñaron que el sabor no tiene fronteras, que el ajonjolí es poesía, y que el picante también puede ser una religión.

Pero no todo fue cocina. También nos trajeron el arte de la economía creativa. ¿Quién no ha entrado a un bazar chino buscando una linterna y ha salido con una licuadora, un juego de té, tres pares de medias y un gato dorado que mueve la patica?

Los chinos nos enseñaron que todo se puede vender, que el regateo es un deporte olímpico, y que si algo se rompe, se pega con pega loca y se sigue usando. Porque en el mundo chino, nada se bota, todo se reinventa.

Y hablando de gatos dorados, ¡ay, la superstición! Los chinos nos trajeron el feng shui, aunque aquí lo aplicamos a nuestra manera: ponemos el espejo donde no nos veamos despeinados, el bambú donde no estorbe, y el sapito de la abundancia encima del televisor, aunque esté mirando pa’ donde no es.

Nos enseñaron que los números tienen personalidad, que el rojo espanta lo malo, y que si uno quiere prosperidad, hay que poner monedas chinas amarradas con cintica roja en la cartera. ¿Funciona? No sabemos. Pero nos encanta creer que sí.

También nos regalaron una manera distinta de ver el tiempo. Para ellos, el año nuevo no empieza el 1 de enero, sino cuando el dragón dice que sí. Y ese día hay fuegos artificiales, bailes, papelillos y una cena que parece banquete imperial. En Venezuela, adoptamos esa celebración como si fuera nuestra. Porque si hay comida, música y superstición, nosotros nos apuntamos sin preguntar.

Y no podemos olvidar el idioma. Aunque no entendamos ni papa de mandarín o cantonés, todos hemos aprendido a decir “ni hao” con acento margariteño, y a leer los menús sabiamente, con traducción y no en signos que parecen acertijos mágicos.

“Pollo con almendras”, “cerdo agridulce”, “sopa de wantán”… cada plato es una historia, una leyenda, una promesa de felicidad servida en bandeja de acero inoxidable.

Los chinos también nos enseñaron que hay que trabajar duro, a abrir el negocio aunque esté lloviendo, temblando o haya apagón. Nos mostraron que la disciplina no es aburrida, sino poderosa. Que la familia es el centro de todo, y que el respeto por los mayores no se negocia. En sus restaurantes, tiendas y panaderías, uno ve generaciones trabajando juntas, como una orquesta afinada por el tiempo.

Y claro, también nos trajeron el misterio. Porque uno entra a una tienda china y siempre hay una cortina que no se puede cruzar. ¿Qué hay detrás? ¿Un altar? ¿Una cocina secreta? ¿El portal a otro mundo? Nadie sabe. Pero ese misterio nos encanta.

Nos hace sentir que hay magia en lo cotidiano, que la vida tiene varios ingredientes, como una buena salsa agridulce.

Así que sí, los inmigrantes chinos nos trajeron mucho más que arroz frito, pato pekinés y gatos dorados. Nos trajeron una forma de vivir que se mezcla con la nuestra como el papelón con el limón. Nos enseñaron que la abundancia no está en lo que se tiene, sino en cómo se comparte. Que la risa puede sonar en cualquier idioma. Y que, al final del día, todos somos parte de una misma sopa, con ingredientes distintos, pero cocinados en el mismo caldero de la vida.

¡Ay, bendito sea Dios! Escribo y se me alborota el paladar y el recuerdo. Entrar a un restaurante chino en Venezuela es como colarse en una verbena donde el Caribe se viste de qipao, se abanica con gracia y se lanza a bailar danzón con sabor a ajonjolí.

Te reciben con lumpias que hacen “crac” como fuegos artificiales en la boca, rellenas de vegetales y pollo que saben a travesura en casa de la tía consentidora, esa que siempre dice “pide otra ración”.

Luego aterriza el arroz frito “especial”, con camarones, cerdo, huevo y ese chorrito de salsa de soya que huele a domingo sin reloj, sin zapatos y con la barriga feliz.

El lomo en salsa de ostras se desliza como bolero pegado, y el chop suey llega bailando en el wok, con vegetales que brincan como cotufas y carne que se contonea como en ensayo de comparsa.

El pollo agridulce, con su salsa roja escandalosa, se luce como miss en desfile de carrozas. No falta el wantán frito, ni el cerdo con piña que guiña el ojo como galán de novela. Y para los que no le temen al zaperoco, el “tres delicias” mezcla mariscos, carne y vegetales en una rumba salada que no pide permiso.

Al final, como quien lanza una indirecta con picardía cósmica, aparece la galletica de la suerte: crujiente, dulzona y con un papelito que te susurra entre dientes “La abundancia te seguirá”, que es un augurio aspiracional que no viene con mapa, pero igual se agradece.

En fin, gracias a los chinos que llegaron a Venezuela con sus sabores que hacen fiesta en la boca, sus bazares donde uno entra por una linterna y sale con incienso, sus gatos que saludan con la patita como si dijeran “échale bola”, y esos platicos de porcelana que parecen hechos para servir arroz frito con cariño.

Porque sin ellos, este país sería menos crujiente, menos colorido y muchísimo menos sabroso.

Gracias por su sabiduría. Tienen razón:  春卷在手,福氣不走。 “Con lumpia en la mano, la buena suerte no se escapa”. (Frase colgada en la pared de un restaurante chino en Caracas, justo al lado del  estante donde vive el gato dorado que mueve la patica.)

Estoy convencida de que si un extraterrestre aterrizara hoy en Venezuela, después de un viaje intergaláctico desde un planeta cuyo nombre aún no figura en ningún mapa estelar, y pidiera comida criolla, el arroz chino estaría en el menú sin discusión.

Lo digo con conocimiento de causa: he visto comederos de esos bien criollos, de “sopa y seco”, donde el cartel en la pared anuncia con orgullo “chop suey, arroz chino y caraotas”. Porque aquí, lo chino se volvió nuestro, y el wok y la salsa de soya tienen ciudadanía venezolana.