[SE}> El olor de la lluvia por venir / Soledad Morillo Belloso

20-04-2026

Soledad Morillo Belloso

El olor de la lluvia por venir

No es espejismo ni cuento motivacional de domingo con olor a incienso barato. Es más bien ese olor a lluvia que llega antes de la lluvia: el anuncio sin el aguacero, la advertencia sin el trueno.

El aire cambia de humor, se pone serio, como quien dice “agárrate, que vengo con ganas”. Y ahí, justo ahí, en esa Venezuela que asoma la patica por debajo de la puerta del futuro, vuelve a tener sentido la frase de Alberto Adriani que repetimos como loros con mala dicción: sembrar el petróleo.

Porque ahora sí, por fin, la frase dejó de ser metáfora de sobremesa y se volvió urgencia de país. El petróleo ya no es premio gordo, ni piñata, ni excusa para la siesta eterna. Es palanca arquimediana, sí, pero una palanca sin voluntad es solo un palo largo ocupando espacio. Y nosotros, que llevamos años empujando piedras como Sísifo en chancletas, ya entendimos que la fuerza no está en el músculo sino en la dirección.

La Venezuela que viene —si la dejamos venir, que esa es otra novela— será un país que aprendió que la riqueza no es tener, sino entender. Que la renta petrolera no es colchón para dormirse, sino trampolín para despertarse. Y que el salto, esta vez, no es hacia arriba como cohete improvisado, sino hacia adelante como país que por fin decide mover los muebles y dejar de tropezarse con la misma mesita de noche histórica.

Y conviene recordarlo sin egos inflados ni dramas de protagonista: un país es un rompecabezas. La pieza de cada quien no es la más importante —aunque uno a veces se crea la esquina del cuadro—. Lo que importa es la imagen completa, esa que solo aparece cuando cada pieza encaja donde debe y no donde le provoca. Un país no se arma con estrellas, sino con encajes.

Será un país que recupere lo bueno que fuimos: la alegría sin culpa, la creatividad sin permiso, la solidaridad sin micrófono. Y que borre lo malo, no con corrector líquido —que siempre deja aureola— sino con memoria activa: “esto ya lo vivimos, gracias, pasemos a otro capítulo”. Un país que deje de ser experto en sobrevivir y empiece, con entusiasmo, a ser aprendiz de vivir bien.

Y sí, habrá jocosidad, porque somos así: humorísticamente inevitables. Mientras reconstruimos escuelas, alguien dirá “al fin un pupitre que no cojea, ya era hora de que se graduara de ortopedia”. Mientras reactivamos hospitales, otro comentará “mira, una sala de espera donde uno no envejece, milagro médico”.

Y mientras levantamos industrias, turismo, agricultura, tecnología, cultura, siempre aparecerá el filósofo de pasillo que suelta: “¿Viste? No era que no se podía, era que no les daba la gana”. Humor terapéutico, marca registrada, uso diario. Ese filósofo también va a tener que dejar de ser manager de tribuna.

La Venezuela que viene, si la dejamos, no será Disneylandia ni Suiza con cocos. Será un país real, con problemas reales, pero con soluciones reales también. Un país donde la normalidad deje de ser lujo y vuelva a ser eso que uno no nota porque simplemente funciona. Donde nadie tenga que ser héroe para comprar pan, ni mártir para hacer una cola, ni atleta olímpico para conseguir agua.

Y lo más emocionante —aunque dé un poquito de vértigo confesarlo— es que esta vez el futuro no depende de milagros, ni de mesías, ni de un barril a cien dólares. Depende de que entendamos que el petróleo es semilla, no fruto. Que la tierra fértil somos nosotros. Y que el país que viene no se decreta: se cultiva.

Otra cosa, casi como quien va perdiendo luces: si queremos una Venezuela nueva, también tenemos que limpiar el lenguaje. No por mojigatería, sino por higiene emocional. Porque un país que quiere sembrarse de nuevo no puede seguir regándose con palabras que intoxican.

Así que, porfa, saquemos del léxico esos insultos que se nos quedaron pegados como humedad en pared vieja: “sayona”, “mona” y toda esa colección de monsergas que glorifican el desprecio. No hacen falta. No construyen. No suman. Venezuela tiene demasiada gracia, demasiada inteligencia y demasiada creatividad como para andar usando palabras que huelen a rencor rancio.

El país que viene necesita un idioma que acompañe, no que hiera. Un lenguaje que sirva para tender puentes nuevos, no para incendiar los viejos. Un vocabulario que permita discutir sin deshumanizar, bromear sin degradar, disentir sin destruir. Porque si vamos a sembrar el petróleo —y todo lo demás— también tenemos que sembrar nuevas formas de hablarnos. Y eso empieza por dejar atrás las palabras que nos encogen, para quedarnos con las que nos ensanchan.

Al final, reconstruir un país también es reconstruir la manera en que nos nombramos. Y si algo hemos aprendido es que las palabras, igual que las semillas, pueden florecer o pueden marchitar. Depende de cuáles elijamos.

Y podría dar una larga lista —larguísima, kilométrica— de países que se levantaron después de quedar hechos trizas. En todos los continentes, en todas las eras, en todos los idiomas. Lo lograron porque un día dejaron de lloriquear, de armar venganzas, de “esta me la pagas”. Se secaron las lágrimas con la manga y se pusieron a trabajar. Así, sin magia, sin épica, sin violines. Con voluntad. Con terquedad. Con ganas. Con virtudes y no con pecados capitales.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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[SE}> Necrológicas judías y gentiles / Soledad Morillo Belloso

12-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Necrológicas judías y gentiles

Las necrológicas son un género literario involuntario, un pequeño teatro donde los vivos se apresuran a escribir algo que suene digno, profundo o al menos presentable, mientras el muerto —si pudiera— levantaría una ceja y diría: “¿En serio? ¿Eso fue lo mejor que se les ocurrió?”

Cada cultura tiene su estilo, su respiración, su manera de anunciar que alguien se fue. Y ahí es donde el espectáculo se pone sabroso.

Los judíos, por ejemplo, escriben necrológicas como quien redacta un acta de la memoria universal. No hay exageraciones, no hay violines, no hay adjetivos inflados. Hay datos, hay nombres, hay comunidad. Uno siente que si la necrológica fuera un objeto, sería una piedra: sólida, sobria, con historia. Pero entre líneas aparece un humor seco, casi clandestino, como si dijeran: “Se nos fue, sí, pero dejó instrucciones, dejó opiniones, dejó pendientes… y dejó claro que no le gustaba que lo interrumpieran”.

Los gentiles, en cambio, convierten la necrológica en un festival de adjetivos que jamás usaron en vida del difunto. El tío cascarrabias se vuelve “entrañable”. La vecina chismosa se transforma en “luz de todos los que la conocieron”. El primo que nunca devolvió un préstamo aparece como “generoso hasta el final”. La necrológica gentil es un acto de diplomacia póstuma: un intento desesperado de que la posteridad no se entere de cómo era realmente el muerto.

Pero lo más fascinante es que ambos estilos se parecen más de lo que admiten. Porque, al final, la necrológica nunca es sobre el muerto. Es sobre los vivos tratando de negociar con el silencio y la parca.

Los judíos negocian con comunidad: “Estamos aquí, seguimos aquí, recordamos juntos”.

Los gentiles negocian con épica: “Fue maravilloso, aunque nunca se lo dijimos lo suficiente”.

Y mientras tanto, la muerte —que tiene un sentido del humor más fino que todos nosotros— observa cómo los vivos se enredan en metáforas, fechas, parentescos y adjetivos reciclados. Y siempre algún familiar se queda en el tintero, hecho que brilla con luz luego que el aviso ya ha sido publicado.

Las necrológicas son, en realidad, cartas de amor disfrazadas de anuncios. O cartas de disculpa disfrazadas de homenajes. O cartas de reclamo disfrazadas de solemnidad (“se fue sin avisar”, “partió inesperadamente”, “nos dejó un vacío imposible de llenar”… como si el muerto hubiera debido tener la cortesía de pedir permiso).

Y lo más divertido es que, sin importar la cultura, siempre aparece el mismo detalle: el muerto nunca queda mal. Ni uno solo. Todos salen impecables, pulidos, casi santos.

La necrológica es el Photoshop de la memoria.

Pero hay algo hermoso en todo esto. Porque en ese esfuerzo por embellecer, ordenar o explicar la muerte, lo que realmente hacemos es recordar que somos humanos.

Que nos equivocamos. Que amamos mal. Que decimos poco.

Que lloramos tarde. Y que, cuando llega el momento, tratamos de arreglarlo con palabras.

Las necrológicas —judías, gentiles, ateas, agnósticas, laicas, místicas— son la prueba de que la humanidad, incluso en su torpeza, intenta ser decente. Aunque sea a última hora.

Aunque sea por escrito. Aunque sea con adjetivos prestados. Es amor en negro sobre blanco.

Soledadmorillobelloso@gmail.com