[SE}> Carta a los “apuraos” / Soledad Morillo Belloso

11-05-2026

Soledad Morillo Belloso

Carta a los “apuraos”

A los que andan con un corre–corre permanente —esa prisa nerviosa, sudada, medio histérica, que sí, tiene su razón de ser— les hablo desde una calma medio incómoda, de esas que da la experiencia de haber visto a este país dar vueltas como trompo desbocado… y salir siempre más aporreado que bolsa de pan en camión.

Yo me trago páginas de análisis. Y le doy base por bola a los cientos de posts de Instagram producidos con IA, a cual más etéreo e inútil. Leí a un economista —serio, brillante, bienintencionado— decir que la “recuperación” de Venezuela llegará en 2040. Lo dijo con una paz celestial, como quien anuncia la procesión del domingo. A algunos les pareció un alivio; a otros, un mal chiste larguísimo. A mí me sonó a esas canciones bellas que te ponen la piel de gallina… pero que no te crees ni con coro de querubines y maracas incluidas.

Yo no manejo gráficas ni hago presentaciones con puntero láser. Yo lo que tengo es memoria, fuentes que no me venden humo, calle recorrida y olfato afinado para detectar análisis con pestañas postizas. Y mi cálculo es más seco: treinta años. No por pesimismo —no se emocionen los trágicos—, sino porque este país tiene la maña de guiñarle el ojo a los optimistas… y después dejarlos colgados como paltó viejo en perchero ajeno. Y porque aquí lo lejano siempre se ve bonito, azulito, como cielo limpio… hasta que te toca vivirlo.

Pero ojo: esta carta no es para pelear por fechas. Es para los apuraos. Para los que quieren que todo se arregle ya, mañana si se puede, o pasado si no hay cola ni falta gasolina. Para los que creen que un país funciona como olla de presión: se suelta la válvula y ¡pfff!, todo listo. Normalidad instantánea, como sopa de sobre. Spoiler: no.

Se los digo con profundidad filosófica de esquina: deseo no empreña. Ni con decretos, ni con cadenas, ni con discursos de “ahora sí, ahora sí”. La realidad es otra, más fea, más difícil: Venezuela no es un microondas con botón de “recalentar país en 3 minutos”. Esto es un fogón con leña mojada. Hay que soplar, cansarse, volver a soplar, tragarse el humo, lagrimear, mentar madre y seguir. Y aun así uno insiste, porque sabe que cuando finalmente agarra candela… calienta de verdad. Los psicólogos le dicen resiliencia. Yo le digo terquedad pura y dura, con zapatos apretando y medias rotas. Mucho más honesto.

Por eso escribo: para bajarle dos a la angustia. Porque la prisa es mala consejera… y peor arquitecta. Los países destrozados no se levantan a punta de ansiedad ni de frases tipo coach de Instagram. Se levantan con paciencia obstinada, silenciosa, que no hace ruido pero sí hace trabajo. Los tiempos no los pone un político, ni un gurú iluminado, ni un influencer con neón y filtros. Los pone la suma lenta —y muchas veces desesperante— de decisiones incómodas y responsabilidades compartidas. Dicho en criollo: pasando roncha, pero sin novela.

Claro que hay que apurarse. Pero en lo correcto: en pensar mejor, en exigir con cabeza, en aprender, en trabajar. No en fantasear con soluciones exprés al ritmo de reguetón. La historia no hace delivery. Y la economía menos: es una carricita caprichosa que no se deja apurar ni con promesas bonitas ni con amenazas grandilocuentes. Mucho menos con “milagros”.

Si al final el economista la pega y en 2040 estamos en Jauja, perfecto. Si estoy viva para entonces, brindaré con papelón con limón o con guarapita de Choroní, dependiendo del aguante. Pero mientras tanto: bájenle dos a la desesperación, respiren, caminen, suden, hagan algo útil. Métanle ganas, muchas. Y entiendan esto de una vez: en Venezuela la prisa siempre llega tarde… y encima llega mal vestida, despeinada y sin haber entendido ni la mitad del problema.

Y cierro con una urgencia de verdad, no de discurso: bajar la inflación. Esa sí no es metáfora ni cuento bonito. Es una ladrona descarada que se sienta a la mesa y te arranca medio plato sin pedir permiso. Somos la segunda mayor inflación del mundo. Eso no se tapa con palabras bonitas ni con optimismo de cartón. Mientras no bajemos esa bestia del pedestal —a empujones si toca— todo lo demás es pura promesa de feria, pura habladera de zoquetadas. Así que menos ansiedad por fechas milagrosas y más foco en domar la bestia que nos muerde todos los días.

Y un recordatorio para los que tienen el coroto en la mano: la historia está llena de gobiernos que se creían eternos, blindados, intocables… hasta que la inflación llegó como aplanadora sin frenos y los dejó en cueros: sin cuento que echar, sin pedestal y sin ni siquiera una hojita para taparse la vergüenza.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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