[*FP}– Del baúl de los recuerdos de IBM: 1972 (2) – Premio a analistas de sistemas, y kick-off cierre 1972

Como ofrecí la semana pasada, aquí va la segunda entrega de las fotos hasta ahora «respigadas» para el año 1972,… o casi.

Lo de «casi» es porque las fotos de esta entrega están como mezcladas y me crean dudas, pues hay algunas que,

  • Por la cara de quienes aparecen en ellas hacen pensar que fueron tomadas años antes de 1972.
  • Otras parecen haber sido tomadas a comienzos de 1973, durante el kick-off en el que se entregaron los premios a los resultados de 1972.
  • Y otras sí que fueron tomadas durante 1972.

Las pondré aquí agrupadas por ese orden.

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Que parecen tomadas antes de 1972, cosa que dudo. Cortesía de Leonardo Masina y Roberto Alibardi.

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Jaime Trillas †

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Jesús Pérez Pina.

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José Luis Beltrán †

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Juan Calvo.

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Ramón Lander †

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Tomadas en 1972. Cortesía de Lisset Riera.

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De izq. a derecha, y sólo los que aparecen de frente:

1, Lisset Riera; 2, Rainer Barany; 3, Enrique Fuenmayor †; 4, Salvador Covelo †.

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De izq. a derecha, y sólo los que aparecen de frente:

1, Mario Stella †; 2, Luis Fernando Guerra; 3, Lisset Riera; 4, Antonio Ramírez; 5, Eduardo Mitter.

P.D.: Y según Luis Fernando Guerra (y estoy de acuerdo con él), por la coronita incipiente y por la paradita, el que está de espaldas es Tomás Ruiz.

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Tomadas en 02/02/1973 durante el kick-off. Cortesía de Roberto Alibardi y Leonardo Masina.

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Aquí no es fácil reconocer a muchos. Puedo identificar, de izq. a derecha, a Claudio Fisinessi, Salvador Covelo (qepd), Symche Wacksol, Luis Maggioli †, Julián Mejías, María Virtudes Arozena, Cecilio Lecusay, Mario Stella †, y George Anderson.

Si alguien reconoce a más,….

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José Avendaño, y Juan Llorens.

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Luis Maggioli †, y Javier Palacios.

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Raúl Figueroa.

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COMENTARIOS

José Padrón (El Técnico)
Comparto la opinión de Luis Guerra: si no es Tomás Ruiz es alguien que se le parece mucho.

CMP
En respuesta a Oscar del Barco E..

Gracias, Oscar.

La confusión fue mía, pues fui yo quien supuso que el de lentes en el extremo derecho de la foto era Juan Calvo.

Ya hice la corrección que, supongo, sorprenderá a muchos al igual que me sorprendió a mí..

Oscar del Barco E.
Saludos, queridos amigos.

En la foto donde aparecen Mario Stella (qepd), Antonio Ramírez, Luis Fernando Guerra y supuestamente Tomás Ruiz (de espaldas), aseguro que confundieron a Eduardo Mitter con Juan Calvo, pues Juan no está en esta foto.

Eduardo Mitter, de origen cubano, trabajó en OPD como vendedor y llegó a algún cargo de gerencia. Dejó IBM y se fue a trabajar con Wang en el área de las procesadoras de palabra.

Abrazos y gracias por mantenernos informados.

Oscar.

CMP
En respuesta a Eduardo Garcia.

De Raúl Figueroa, aunque entró a IBM en el grupo en que entré yo, no he vuelto a saber desde que se fue a Hepta,…. ¡que ya es decir en términos de tiempo!

Eduardo Garcia
Carlos:
Está muy bueno; indica que recordar es vivir. Si puedes, envíame el e-mail del “Comisario” Raul Figueroa.
Saludos

Luis Fernando Guerra
Por la coronita incipiente y por la paradita, me parece que el que está de espaldas en la foto donde aparezco es Tomás Ruiz.

Jose Padrón (El Técnico)
Don Jaime Trillas, un personaje. Como catcher de los cocos, excelente; como amigo, el mejor.

CMP
En respuesta a Lisset.

Gracias, Lisset. Ya hice las modificaciones oportunas.

LILY TABOADA TRILLAS
Me da mucho gusto que se haya publicado una foto de Jaime. Creo que salio muy serio. Muchas personas todavia lo recuerdan con mucho carino a pesar del tiempo que ha pasado.
Gracias!

Lisset
Definitivamente, las del concurso de analistas son del 72, pues en el 73 ya no estaba uo en IBM.

Saludos.

[*IBM}– Anécdotas y personajes: Enrique Novella / Juan Fermín Dorta

23-09-10

Juan Fermín Dorta

El que conoció a Enrique Novella (Quique), analista de sistemas, recordará su mirada de medio lado; la mano izquierda siempre apartando un mechón rebelde; la peste del cigarrillo hecho del tabaco negro más fuerte que te imaginas, cigarrillo que blandía en la mano que tuviera libre; su afán desinteresado en ayudar, sin fecha en el calendario; y sus respuestas cortantes pero certeras.

Como analista, el «endevido» tenía entre sus clientes favoritos a uno que yo atendía como vendedor: un importante grupo financiero a cuyo jefe de computación daremos el nombre clave de 3M.

(Enrique Novella)

La «aneda» —pues por lo chusco no merece llamarse anécdota— arranca cuando Novella toma unas vacaciones y no se me ocurre sino enviarle a 3M otro analista lo más parecido a Enrique: fumón, fuerte acento hispano, vocabulario de carretero valenciano, algo tosco en los gestos, etc.

El mismo Quique contaba que cuando llegaba al cliente en moto —cosa rara para la época— tiraba el casco en el escritorio de 3M, prendía un apestoso cigarro negro y le espetaba algo así como un: «Bueno, ¿cuál es la vaina hoy?». Y así se entendieron ellos por años.

La cosa es que cuando el suplente —el de fuerte acento español, etc.— llega al cliente, 3M manda un SOS en que me dice: «Sácame a esta bestia grosera, pero ¡ya!».

Salgo corriendo, y apenas llegando le pregunto a 3M:

—Pero, ¿puedes decirme que pasó? El tipo es español como tú, etc.

—Sí, de acuerdo contigo: habla como Enrique, fuma como Enrique, se expresa como él, pero yo lo siento pasado de grosero—contesta 3M.

—Pero, ¿quién te entiende? Reconoces que hasta se parece a él…»—, le argumento, pero no me deja terminar.

—¡Pero es que a Enrique le queda bien!

—¡No me jorobes, 3M!

Y entre risas se acabó el problema.

Esta fue una anécdota que contamos, dramatizada y todo, delante del jefe de Enrique Novella y de otros personajes de la Sucursal Finanzas, y que se hizo famosa.

Enrique: no lo sabes, pero en los cursos de autoestima que doy, al llegar a temas de empatía y asertividad sale esta entrañable anécdota. Y me produce recuerdos de cuando éramos felices y no lo sabíamos (F. Lacoste dixit).

Juan Fermín Dorta

[*FP}– Del baúl de los recuerdos de IBM: 1972 (1) – Desayuno en el hotel Tamanaco

El año 1972 me ha resultado prolífico en fotos, y de ahí el ‘(1)’, pues ésta es la primera de las dos entregas previstas hasta ahora.

Las fotos —tomadas durante un desayuno habido en el hotel Tamanaco (Caracas) para, por lo visto, entrega de premios ganados durante 1971— han sido cortesía de Roberto Alibardi o Leonardo Masina.

La resolución no es muy buena porque, excepto la última, fueron sacadas de una revista IBM de ese año cuya impresión tampoco es muy buena.

En todas las fotos, y como de costumbre, menciono los nombres de izquierda a derecha,… y ¡qué maravilla! ¡¡Esta vez no hay ‘?‘!! Sólo estaba la ‘X’ del nombre de quien creí de apellido Wong, pero ya José Padrón me dio el nombre completo y correcto: Wing Hung.

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Foto 1. Un grupo de premiados durante el desayuno. Luego va en tres partes y con los nombres.

19720200=Desay. Tamanaco - Gpo. Leo Eladio Covelo Borges Sorando Almeida

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Foto 1a.

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Leonardo Masina, y Eladio Oliva.

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Foto 1b.

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Salvador Covelo (qepd), y Enrique Borges.

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Foto 1c.

19720200=Manuel Sorando, Carlos Almeida-Desay. Tamanaco-Leo Manuel Sorando, y Carlos Almeida.

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Foto 2.

19720200=Andrés Armas, Sergio Gil -Leo

Andrés Armas, y Sergio Gil.

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Foto 3.

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Carlos Domínguez, y Jaime Trillas (qepd).

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Foto 4.

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Ernesto Villamor, Jaime Trillas (qepd) , y Rogelio Edreira.

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Foto 5.

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Guillermo Fuenmayor, y Jaime Trillas (qepd).

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Foto 6.

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José Monque, y Manuel Peña.

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Foto 7.

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Juan Pablo Díaz, Jaime Trillas (qepd), y Rogelio Edreira.

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Foto 8.

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Juan Pablo Díaz, y Rolando García.

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Foto 9.

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Julio César Viera (qepd), y Rafael Colina.

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Foto 10.

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Marilyn Calvache.

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Foto 11.

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Rafael Mora, y Carlos Ocando.

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Foto 12.

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Rafael Mora, y José A. Díaz.

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Foto 13.

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Renzo Ragazzoni.

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Foto 14.

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Roberto Alibardi, y Jaime Trillas (qepd).

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Foto 15.

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Rolando García, Jaime Trillas (qepd), y Rogelio Edreira.

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Foto 16.

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Salvador Covelo (qepd), y Rebeca Perli.

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Foto 17.

19720200(P)=Leo Masina, Wong, Régulo Pérez -Leo

Leonardo Masina, Wing Hung, y Régulo Pérez (qepd).

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COMENTARIOS

Wilfredo Pérez
Hola. Soy el hijo de Régulo Pérez. Me gustaría tener más fotos de él, si las tienen. Gracias

Vicencio Diaz
Interesante observación; veo que te acercas a la verdad. El hombre no es hardware, tampoco software, sino ambas cosas, las cuales se deben de relacionar equilibradamente para que la vitalidad del conjunto se mantenga. Es el alma y el cuerpo, es el odre y el vino, es el espíritu y la carne.

Erradamente el hombre ha llegado a pensar que un pellejo sin vino puede durar, y es mentira, pero es lo que el hombre ve. Cuando por esas maravillas del tiempo al hardware humano se le conectó un cable por donde comulgar con otro ambiente, el hombre descubrió que no estaba solo; como una CPU rodeada de I/Os cuyo único destino es desgastarse irremisiblemente a pesar de todo el PM que le hagan. Pero a una CPU sola, sin vestido de ninguna especie, nadie la ve, estando viva está muerta, es pura pérdida. Es como un varón sin una hembra, es como un Xristo sin su iglesia, es como un dios sin su creación y sin hijos.

Leonardo Masina
Hola. Vicencio. Ya no me parezco tanto a esas fotos, pues después de años la carrocería no sigue siendo la misma, aunque el espíritu sí es el mismo, y eso es lo más importante. Además, doy gracias a Dios porque me sigue conservando una excelente memoria, y al leer y ver a todos estos amigos que se asoman al blog de Carlos siento como que el tiempo no hubiese pasado.

Muchísimos recuerdos y anécdotas han vuelto a mi mente, y eso me hace sentir joven, que es lo que más importa; la carrocería es lo de menos, lo importante es el motor. Sigo siendo como la 1130: los I/O, una mierda, pero la CPU una maravilla.

Vicencio Diaz
Ese cuento pasó para mi desapercibido a pesar de que fui testigo. Quien se encargó de ponerlo de manifiesto fue el mismo Antonio, quien debió ser impactado de tal manera que cada vez que se hablaba de Wing, contaba la historia.

En cuanto al porqué creo que era chino, es por aquello de callado, astuto y paciente. Fue mi compañero y creo que fui el motivo de su salida de IBM; no lo sé, pero espero que, según los comentarios que he escuchado, haya sido para su bien.

Por cierto, hablando de Antonio, luego de su retiro se instaló en Mérida, donde estar bien frente a “Las Cinco Águilas Blancas”, del otro lado del Albarregas, y me contaron, aunque no sé si fue un chiste, que, dentro de los límites amurallados de su casa, se puso a armar el velero de sus sueños. Me pregunto si terminó el velero y, en caso de que lo haya terminado, cómo lo bajó al lago, ¿por el Chama?

Yo sé que los técnicos que trabajaron en Maracaibo, allá por la década de los cincuenta, hacían cosas como desarmar las máquinas de la Shell, colocarlas en un camión y traerlas para Caracas, en un trayecto que a velocidad de burro tomaba casi una. Pienso que Antonio ha podido usar esa experiencia para bajar el velero, lo que doy como un hecho, pues, que yo sepa, todo lo que a ese hombre se le metió en la cabeza, lo logró. Creo que si aquel era chino, éste era andaluz.

CMP
En respuesta a Vicencio Diaz.

Vicencio, ¡te la comiste con este cuento de Parravano, Wing y la cadena de impresión!

Pero hay algo que me intriga, ¿cómo se te ocurre creer que Wing es chino? Smile

Vicencio Diaz
Simpática la foto, y así recuerdo a Leonardo. Espero que te sientas así.

De Régulo tengo muchos recuerdos. Cuando el cambio de frecuencia para la interconexión de las subestaciones nacionales con la red de EDC, él era técnico de CaFreCa.

De Wing Hung recuerdo muchas cosas, en particular mi primera TV a color, de 2X pulgadas, que fui a buscar a su casa. Callado, astuto, paciente. Creo que era chino.

De un curso de 2821 y 1403 que tomamos con Antonio Parravano recuerdo una anécdota que habla de esa sabiduría oriental que no tenemos. Armaba Antonio la cadena de impresión, con todo conocimiento y arte, cuando Wing le interrumpe:
—Sr. Antonio,…
—Espere un momento—, le contestó Antonio.
—Sr. Antonio—, insistió el chinito, con voz firme pero baja.
—Espere un momento—, le repitió Antonio.

El chino, paciente al fin, no siguió insistiendo y esperó el tiempo que le dijeron.

Terminada la operación del armado de la cadena, Antonio notó que no funcionaba bien como debía, y fue entonces cuando Wing Hung le mostró a Antonio una pieza, parte del ensamblaje, que Antonio no había usado.

Leonardo Masina
¡Correcto, José! Buena menoria; mejor que la mía.

CMP
En respuesta a José Padrón (El Técnico).

Gracias, José. Ya hice la corrección.

José Padrón (El Técnico)
Carlos, no es Wong, se trata de Wing Hung, quien ahora está en Margarita como comerciante.

Fue uno de los técnicos de la /360-50, y existen muuuchas anécdotas de su paso por IBM.

Lo vi hace un par de años; estuvimos conversando más de 4 horas y nos pareció un ratico.

CMP
En respuesta a Alexis González Viera.

Gracias, Alexis, por tan emotivo mensaje y tan buenos deseos hacia mí.

Hacer eso que alabas me resulta placentero precisamente por lo que dices: porque nos une, revive sentimientos por tiempo dormidos, y restablece relaciones que casi habíamos olvidado.

Lo que me motiva a hacerlo es lo que ya he escrito en el blog y que repito ahora aquí: «Hay hechos que, cuando hago retrospectiva, me producen una mezcla de desasosiego, amargura y frustración al caer en cuenta de que nunca más he sabido de las personas que en ellos pasaron fugazmente por mi existencia pero que, como si de objetos celestes lanzados a gran velocidad se tratara, me rozaron y desviaron mi trayectoria de forma drástica e irreversible. Me parece injusto el no contar con un medio que me permita volver a ver a esas personas, bien sea para darles las gracias o para hacerles saber cómo influyeron en el curso de mi vida».

Pues bien, éste del blog es el medio que he encontrado para hacer saber, agradecer y reunir.

Gracias de nuevo, y un abrazo.

Alexis González Viera
Realmente, Carlos, debo reconocer que esta labor que te has impuesto tú solo es de un gran significado para todos los que hemos formado parte de esta maravillosa familia de empleados de IBM de Venezuela.

Es posible que tú, a través de todo este mundo informático, seas el punto de unión de esa nuestra familia. Nos traes alegrías, tristezas, emociones,… en fin, todo lo que forma parte de nuestras vidas y, lo más importante, que mantiene vivos nuestros mejores momentos y nos hace saber que hay personas que hemos dejado de ver o frecuentar, y el ver sus fotos revive los sentimientos de cariño y amistad que están guardados en nuestros corazones.

Dios te dé siempre este espíritu de armonía y perseverancia y, sobre todo, mucha salud para mantener unida a esta gran familia.

CMP
En respuesta a Leonardo Masina.

Gracias, Loe. Ya lo corregí.

Me hubieras dicho “carajitos” y habríamos terminado antes. Smile

Leonardo Masina
Foto 13. El apellido correcto es Ragazzoni.

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: La impresora IBM-632,… con elásticos / Sergio Stecca

23-10-10

Sergio Stecca

Antes de contar la anécdota que sigue se requiere de una breve descripción del equipo involucrado: una IBM-632 que, en su máxima configuración, estaba compuesta por estas tres unidades:

1) Lectora de tarjetas de 80 columnas

Aparentemente fue un cambio de ingeniería de la perforadora/verificadora de tarjetas de 80 columnas.

Esta máquina se programaba mediante una tarjeta perforada que se colocaba en un tambor y que circulaba en forma sincronizada con las tarjetas de datos que leía.

Entre otras cosas, el programa del tambor definía la ubicación de los campos a leer y el arranque o paso de control de la máquina de escribir o la perforadora de tarjetas.

2) Máquina de escribir IBM estándar

Contaba con un teclado auxiliar numérico, y se programaba mediante una cinta mylar, de plástico, que se desplazaba en orden inverso al carro de la máquina.

En tal cinta se hacían perforaciones que definían el comienzo de los campos, el tamaño y características de los mismos, los cálculos que se efectuaban entre las 8 memorias de 10 dígitos cada una, y que representaban la capacidad total de memoria de esta computadora. También había perforaciones que daban arranque a la lectora y a la perforadora.

3) Perforadora

(IBM-632)

Era una máquina de perforación o digitación de tarjetas de 80 columnas que, además, recibía instrucciones automáticas desde el programa de la impresora y la lectora, y también mediante una tarjeta perforada de programa que, al igual que la lectora, se colocaba en un tambor. Este programa definía el lugar de perforación de los datos, y las funciones de arranque de la lectora y de la máquina de escribir.

Vale la pena destacar que, aunque los programas de las tres máquinas estuvieran bien hechos, todas ellas podían trabarse si alguna no terminaba exitosamente alguna de sus funciones, o si alguno de los programas perdía la sincronización con otro. Obviamente, no existía compilador que permitiera averiguar la causa de la parada.

La anécdota

Fui a atender una llamada de un cliente que, si la memoria no me falla, se encontraba entre Maracay y Valencia, muy cerca de la autopista. Se trataba de una empresa que, entre otros subproductos, hacía papel toilette.

La llamada era porque hacía falta arreglar un programa que por algún motivo dejó de funcionar. Así que llegué con mi perforadora de cinta mylar, algunas cintas de repuesto, unos cuantos clips y una cajita de fósforos.

Estos dos últimos elementos tenían por objeto el reparar o tapar alguna perforación que erróneamente se le hubiera hecho a la cinta mylar. El procedimiento consistía en sacar desde la perforadora de cinta un pedacito de ella, resultado de perforaciones anteriores, ponerlo cuidadosamente en el huequito que se quería tapar, calentar el clip con un fósforo y, suavemente, derretir hasta fundir la cinta con el pedacito.

Este tipo de reparación estaba prohibida por el Departamento Técnico, y me costó algunas «conversaciones» con Csaba Barany, gerente técnico de AM (Accounting Machines) en ese tiempo.

Grande fue mi sorpresa al percatarme de que había un atado de ligas o elásticos que, por un lado, estaba amarrado al extremo derecho del carro de la impresora, y por el otro a un clavo que se encontraba en la pared más próxima.

Como ya expliqué, el sistema entero se trababa si alguna función no se completaba. En el caso que nos ocupa el carro era de 18 pulgadas; en su parte izquierda había una forma continua de facturas con varias copias, y en su parte derecha otro formulario continuo que era el diario de ventas. El programa debía escribir ambos formularios, a la maravillosa velocidad de 10 caracteres por segundo.

Hay que aclarar que en aquellas máquinas no se movía el cabezal de impresión sino el carro. El peso de los formularios continuos, colgando hasta su respetiva caja, impedía que el carro pudiera regresar adecuadamente cuando la máquina recibía la instrucción correspondiente, y lo que el atado de ligas hacía era colaborar con el espiral de acero flexible que la máquina tenía dentro para tal propósito y que, debido al peso de los formularios, ya tenía la máxima tensión posible.

El atado tendría unas 100 ligas de goma, y la tensión debía estar dentro de un cierto rango pues, de lo contrario, o el carro no regresaba al punto o, sencillamente, no avanzaba al escribir. Por tanto, la cinta mylar tampoco cumplía su función y, en consecuencia, las instrucciones de programa perdían la sincronización con las de las otras máquinas, y el sistema total se trancaba. Era como si en un trío musical dos de los músicos tocaran cumbia y al otro tocara joropo.

Como las ligas se iban estirando con el tiempo y, además, su tensión variaba con la temperatura, el operador tenía un atado de repuesto, pero como ajustarlo a diario le tomaba mucho tiempo, exigía una solución… inexistente.

Y aquí se me ocurrió la GRAN SOLUCIÓN: en lugar de agregar o eliminar ligas del atado, y hacer una gran cantidad de pruebas en las que se estropearían varias facturas, ¿por qué no colocar la Impresora más cerca o más lejos de la pared hasta lograr la tensión adecuada? Y así lo hice.

Aproximadamente un año después tuve que volver al mismo cliente para desarrollar un nuevo programa, y supe que el operador no había reclamado más por el problema técnico de la IBM-632 ya que éste había sido resuelto en forma exitosa y práctica.

Sergio Stecca Battistella

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Fotos de 1971. Curso con clientes, y demostración en la Gobernación del D.F.

Foto 1. Tomada durante un curso IBM para clientes. Cortesía de Enrique Novella.

1971=Curso IBM con cltes.-Novella

De izq. a derecha (no incluyo a los de las caras casi invisibles).

1, Luis Martín;  2, Luis Argüello;  (3?);  (4?);  5, Edgar Yéspica;  6, (Empleado de Banco del Caribe);  (7?);  8, Mateo Mayo Montiel, de Banco Unión;  9, Rafael Azuaje;  10, Víctor Sequeda, de Banco Hipotecario unido; 11, Luis Barbero;  12, Roberto Mispireta;  13, Carlos Lara;  14, Enrique Novella;  15, (Empleado de Banco del Caribe);  (16?);  (17?);  18, Juan José Landaeta, de Banco del Caribe.

Como siempre, si alguien puede despejar incógnitas o sea, poner nombre a uno o varios de los signos ‘?’ mis gracias anticipadas.

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Las cuatro fotos que siguen, numeradas de 2 a 5, son cortesía de Lisset Riera y corresponden a un reportaje aparecido en la revista MENSAJE, de IBM de Venezuela, sobre una demostración hecha al Gobierno del Distrito Federal (Caracas) cuando el gobernador era Carlos Guinand Baldó.

Foto 2. Portada de la revista.

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Foto 3. Titular del reportaje.

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Foto 4. IBMistas Participantes en la demostración. Sus nombres completos son: Lisset Riera, Eduardo Da Pena, George Anderson, y Jesús Saltés.

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Foto 5. Resto de los IBMistas participantes en la demostración. Sus nombres completos son: Nelson Sposito, Ramón Lander (qepd), y Simón Meléndez.

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[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Mi Entry Level Training (ELT) en 1968, y después / Juan Fermín Dorta

 06-09-10

Juan Fermín Dorta

Carlos M. Padrón, Juan Fermín Dorta, y Enrique Novella

Carlos, me han llegado algunos comentarios sobre el ELT —mucho cuidado, ¡eh!, siempre positivos—, sin importar quién y en qué época los dirigió, y me gustaría compartirlos con tus lectores.

Cuando entré en IBM me dieron el libro IBM. Sus creencias, el Manual de Ventas —dos libracos impresos en letra Pica 8—, unos folletos, un escritorio, una silla,… y en la nuca la mirada de mi profesor y amigo José Avendaño Araque.

En el aire estaba la promesa de asistir a un curso de dos meses en Cuernavaca (México), y así fue. Agustín Hernández, Luis Somoza, Ángel Fernández, Nelson Galante Gatto, y Juan Fermín Dorta fuimos enviados a México.

Antes de viajar nos había reunido Don José—otro personaje digno del Baúl de los Recuerdos que nos dijo: ¨Quiero que la presidencia del curso la gane un venezolano¨. Y así fue. Desplegué mis previos conocimientos de sistemas y procedimientos, de técnicas de presentaciones —eso por lo que a veces me dices que soy un encantador de serpientes — y, dale que te pego, me traje esa presidencia.

Hotel Reforma, en el D.F. de Ciudad de México, Casino de la Selva, en Cuernavaca, donde todas las tardes llenaban la piscina de flores,… y yo nadando espalda, estilo Esther Williams en “Escuela de Sirenas”, mientas tarareaba un vals. ¡Epa! Muy varoncito pero, como antiguo competidor de natación, malo con ganas, aunque nadador al fin, gozando aquellos momentos.

Luego la poderosa “chela” y a jugar bowling mientras llegaba la hora de la cena.

Esto sólo duró dos días porque luego nos internaron en la Villa IBM bajo un régimen monástico, ascético, recoleto, escaso de comida y de diversión, etc. Como dijo Messi hace unos días: “¡¡¡La concha de la Venus de Botticelli!!!».

Éste fue mi ELT.

Todos tenemos recuerdos en nuestras vidas —nuestra infancia, el colegio, las vacaciones de verano, el primer amor, etc.— pero este breve artículo da cuenta del principio de una emoción que duró más de una década.

Cuando en todos los cursos y talleres hablamos del sentido de pertenencia, de sudar la camiseta y otras expresiones similares, los amigos IBMistas estarán de acuerdo conmigo en que eso no es sino amor por una empresa que nos dio las mejores oportunidades, nos ayudó a crecer, reconoció nuestros logros y nos dio la segunda oportunidad cuando nuestro rumbo así la necesitó.

Gracias amigos, colegas IBMistas, un fuerte abrazo de Juan Fermín.

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 Y sigo con los ELTs.

Cuando nos entrenaron en Endicott (NY) en el Centro de Educación IBM, recibimos varias enseñanzas.

Una de ellas era que nunca se faltara al respeto debido al individuo –un Principio IBM– y otra es que sin faltar a ese principio lo lleváramos a extremos tolerables pues “en el ELT habría una segunda oportunidad mientras que en el campo se podía perder una venta. Y así comienza nuestra historia.

Empieza uno de los cursos, y entre los alumnos está una delicada flor del jardín del rey Salomón. Blanca, estilizada, algo tímida parecía la niña. Como parte de la técnica era que todos participaran a través de dinámicas de grupo, pues que le llega el turno a la humilde florecilla.

Ante aquella Judith prepotente pidiendo la cabeza del Bautista, salió esta dulce criatura, mirada al suelo, como esclava presta al sacrificio. Los 5.752 años de persecuciones estaban representados en su actitud.

No puedo recordad qué tipo de call hicimos, cual fue el tema, qué situación dramatizamos, sólo sé que esa dulce niña aguantó la carga de la brigada ligera pero no pudo contener el llanto. Terminó este dramático call y todo quedó en anécdota.

Pasan los años —“que 20 años no es nada”, como dice el tango—  y un día,  entrando a IBM, la misma joven que me saluda y me dice:

—Profesor, no me va a creer, pero en la primera visita de mi primer cliente me salió la misma objeción que tratamos en el curso. Salí como una rosa. ¡Gracias, profe!

Y Alegría Levy me dio un tierno abrazo.

A los ELT de mi época asistían habitués: Carlos Padrón, por ejemplo, para aplicaciones financieras; Juan Llorens para Data Base, Symche Wacksol (El Dr. Robertson) para hablar de lo que fuera, que siempre quedaba bien, y así por el estilo.

Era gente profesional que iba a compartir sus conocimientos, pero a veces se hacían invitar algunos que, como no estaban a la altura ni en conocimientos ni en actitudes, no aportaban nada positivo. Bueno, ocurre en las mejores familias.

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Lo que JF no contó sobre sus andanzas en Acapulco

Carlos M. Padrón

El suceso contado por JF (Juan Fermín Dorta) en su escrito Anécdotas y personajes de IBM: Fetichismo y El Manny, ocurrido en mayo de 1973, tuvo una segunda parte que él no contó, y que, con el debido permiso escrito que JF me concedió, voy a contar yo, como testigo de excepción, porque la natural timidez suya no le permite hacerlo.

Al día siguiente del «desamarrado de las botas», y durante la cena oficial del HPC que celebrábamos en el Hotel Princess de Acapulco, en la misma mesa estábamos JF, Julián Mejías, Ramón Sitja, Antonio Parra, Tiziano Dalsass y yo.

Alguien corrió la voz de que el Hotel Princess había sido inaugurado con esa convención del HPC de IBM de América Latina, y que en ese momento, y por obra y gracia de los sindicatos, el personal de servicio del hotel era de unas 1.500 personas, cifra que superaba a la de los huéspedes.

Por ejemplo, eran tantos los camareros que en vez de que de la cocina salieran de uno en uno portando el plato a poner frente al comensal, lo que salían eran filas de camareros que, como enormes mangueras humanas serpenteaban entre las mesas, se pasaban de mano en mano el plato recibido en la cocina por el camarero más cercano a ella, y así llegaba a las manos del último camarero en la fila, quien lo depositaba frente al comensal correspondiente.

Intrigado, pregunté dónde vivían esas personas de servicio, pues de seguro no era en las lujosas mansiones que había yo visto en mis recorridos por Acapulco.

Alguien me contestó pidiéndome que mirara hacia el cerro que daba cobijo a la ciudad, y diciéndome que esa gente vivía en la otra vertiente del cerro, en la que no veíamos desde Acapulco, donde también estaba la llamada Zona Roja.

Y a mi pregunta sobre la tal Zona Roja comenzaron las bromas sobre lo ocurrido la noche anterior —y ya contado por JF—, lo que me llevó a hacer más preguntas todavía.

Ante esto, Antonio Parra me dijo que habida cuenta de mi declarado interés por todo lo psicosocial, era seguro que me interesaría mucho una visita a esa zona.

La idea tuvo buena acogida, y varios de nosotros acordamos ir hasta allá después de la cena.

Y así fue. Julián Mejías, JF, Antonio Parra, Tiziano Dalsass y yo tomamos un taxi, y aún recuerdo la cara de estupor del chofer cuando le dijimos a donde debía llevarnos. Frunciendo el ceño preguntó «¿Saben ustedes cómo es ese lugar?». Pero ante la respuesta de que ya varios de los del grupo habían estado allí, se encogió de hombros y puso rumbo al otro lado del cerro.

Nos dejó a la entrada de la Zona Roja: una especie de callejón bastante inclinado que partía desde la cresta del cerro hacia una planicie situada unos 60 metros más abajo.

Custodiando esa entrada estaba la Guardia Nacional que nos encareció que tuviéramos mucho cuidado, en particular de no participar en altercados de ningún tipo.

Comenzamos el descenso por aquel callejón de suelo de tierra, sin nada de asfalto ni empedrado, a cuyos bordes, y pegadas a unas deterioradas aceras junto a las que corrían aguas negras, había casuchas de muy mal ver.

En la puerta de las más de esas casuchas, unas mujeres, ya bien entradas en años, se exhibían sentadas en sillas con respaldo recostado en ángulo contra la pared, con sus piernas abiertas, dejando ver unas prendas íntimas que pedían a gritos que las lavaran, y haciendo señas explícitas hacia sus genitales a guisa de invitación para los que pasaban frente a ellas.

Fuimos directamente hacia el local del numerito de JF la noche anterior, local en cuyo exterior unos altavoces proclamaban las maravillas del show que se presentaba en el interior.

En la puerta del local se anunciaba que el plato fuerte del tal show estaba a cargo de una tal Sexy Bon, y ponían una foto de cuerpo entero de la que resultó ser la maracucha a la que JF había desamarrado las botas la noche anterior.

Entramos y nos sentamos en lados diferentes del «ruedo»: una plataforma rectangular ligeramente elevada instalada en el centro del local.

A mitad del lado derecho de esa plataforma, según se la veía al entrar, se sentaron Parra y Dalsass; y a mitad del lado izquierdo los demás, en este orden por cercanía a la puerta principal: Carlos M. Padrón, Julián Mejías y JF.

Tal vez porque había muy poco público, la «maestra de ceremonias» y animadora, una venerable abuela que desde hacía años servía como eficaz cura contra la lujuria, echó mano de un micrófono y comenzó a enumerar las bondades del show que pronto veríamos.

Minutos después salieron al «ruedo» unas mujeres de aspecto deprimente que por sus condiciones físicas, aunque no todavía por edad, estaban ya cerca de emular a la animadora, lo cual arrancó protestas de los asistentes que pidieron que saliera Sexy Bon.

Tal vez porque el cliente siempre tiene la razón, la animadora hizo salir a Sexy Bon, que no pudo evitar una pícara sonrisa cuando su mirada de paneo descubrió a JF entre el público. JF le lanzó un beso volado que fue premiado por otra sonrisa cargada de promesas, y la maracucha se enfrascó en su número de cuasi striptease.

Terminado éste, se retiró de la plataforma y muy pronto apareció, ya casi vestida, ocupó la silla que estaba después de JF y junto a él y, sin más preámbulos, los dos se enclincharon en un apretado abrazo rematado por interminables y profundos besos de tornillo.

Ante los vítores y silbidos del público salió al ruedo la animadora y prometió nuevas y más lindas muchachas, que me parecieron peores que las primeras, pero la pareja de tórtolos seguía absorta en sus tareas de «atornillamiento» mientras Mejías, al verlos, se orinaba de la risa.

Entre uno y otro «tornillo» —perdón, beso— JF medio volteó su cabeza hacia atrás, pasó su brazo derecho por sobre los hombros de Mejías, y tocando mi hombro izquierdo con la punta de sus dedos, con acento suplicante me dijo:

—Charlie, Charlie, ¡no me dejes aquí! ¡¡No te vayas sin mí!!

Y acto seguido retornó a su labor compartida con Sexy Bon.

Tan bizarra petición causó que la risa de Mejías se tornara en abierta carcajada, que aumentó cuando yo, entre asombrado y molesto, le dije:

—¿¡Y por qué carajo me pide eso a mí y no a ti que estás más cerca de él!?

A poco de volver a interesarme por la lamentable condición de los jamelgos que desfilaban —mientras me preguntaba cómo serían las vidas de aquellos pobres seres—, JF repitió la maniobra, con el mismo gesto y las mismas palabras, y así lo hizo unas dos veces más.

Las protestas del público por la deplorable condición de las mujeres en escena causó un cierto revuelo que obligó a la animadora a salir al ruedo e intentar algo desesperado: micrófono en ristre anunció que las mujeres regresarían totalmente vestidas y dispuestas a bailar con nosotros.

Ante los abucheos de los asistentes ante tal anuncio, la  desconsolada animadora declaró que sería ella quien tomara la iniciativa de baile y, ni corta ni perezosa, se dirigió a Parra y a Dalsass y con su mano derecha hizo gesto de querer sacarlos a bailar.

Al unísono, los dos saltaron de sus sillas como movidos por un resorte, y cuando la animadora dio un paso adelante como queriendo escoger a uno, también los dos arrancaron en carrera abierta hacia la puerta de salida.

Tal vez por aquello de que el rechazo a una mujer nunca queda impune por parte de ésta, la ofendida vieja arpía acercó el micrófono a su boca y a todo pulmón gritó:

—¡Ajá! ¡¡Me salieron maricones¡¡ ¡¡¡No huyan, no huyan maricones!!!

Nunca olvidaré cómo la melena modelo Sonny Bono que lucía Dalsass, y que era su rasgo físico más destacado, se agitaba alterada mientras su dueño iba en loca carrera hacia la puerta de salida del local.

Ante lo dicho a gritos por la ofendida animadora, Parra y Dalsass frenaron en seco su carrera y, al igual que en las películas de dibujos animados, la inercia les hizo patinar hasta que la puerta de salida, que estaba cerrada, logró detenerlos.

Pero no se atrevieron a salir porque era seguro que los insultantes gritos proferidos por megafonía, que bien pudieron escucharse desde afuera sin necesidad de ese recurso, habían congregado a varios transeúntes frente a la puerta del local curiosos por saber quiénes eran los así «piropeados» por la iracunda arpía.

Los dos, aún asustados, optaron por quedarse pegados a la puerta, que era lo más alejados que podían estar de la ahora enardecida animadora, y JF y Sexy Bon, pasado el momento de la cabalgata de Parra y Dalsass —si es que repararon en ella—, volvieron a sus labores de «carpintería»,… y JF a su extraña petición de que no me fuera sin él.

Como ni a Mejías ni a mí nos pareció bien dejar a Parra y a Dalsass en la condición en que estaban, decidimos dar por terminada la visita a aquel «refinado» Moulin Rouge. Me levanté, con un golpe en el hombro pude desatornillar a JF, y le dije que nos íbamos.

Él, visiblemente decepcionado —no supe si con lágrimas o no—, pegó un último, prolongado, y apasionado «tornillo», de larga espiga y pasado de rosca, y nos acompañó a la salida.

Nunca JF me ha dicho por qué me pidió a mí y no a Mejías que no lo dejara abandonado en los brazos de Sexy Bon.

Tendré que seguir viviendo, como he vivido hasta hoy, con esa dolorosa intriga.

[*IBM}– Anécdotas y personajes: Fetichismo y El Manny / Juan Fermín Dorta

15-09-10

Juan Fermín Dorta

Acto 1.- Fetichismo

Estábamos disfrutando de HPC en Acapulco, y alguien nos dijo que arriba, en la otra vertiente del cerro que da cobijo a la ciudad, había acción.

Aguerridos al fin, allí nos encaminamos. Entramos en el antro menos tétrico y, después de pedir un trago, comenzó la acción.

Varios números picantes hasta que aparece la estrella: una mujer joven, de unos 1.75, hecha a mano, perfecta, que comienza un espectacular deshabillé. Y llega el momento en que queda en breve, brevísimo, hilo dental, botas negras a media pantorrilla, etc.

En primera fila estábamos varios de IBM: Fritz y Franz —también conocidos como los Hermanos Pinzones, que con el tiempo demostraron que de «nuevones» no tenían nada—, el suscrito, etc., y el inefable y nunca bien ponderado Manuel Gutiérrez, @ El Manny.

(El Manny)

La tipa dice:

¡Esos venezolanos! ¿Será que alguno me va a quitar las botas?

Nos vemos las caras unos a otros y, a falta de valientes, me levanto y voy hacia ella que me susurra:

Soy maracucha.

Me arrodillo ante aquel hembrón y comienzo, con la lentitud de un antiguo rito, a aflojarle el cordón de las botas.

Los Pinzones —y no eran los únicos— resoplaban cono ñus en celo.

Pero sigo en mi delicada labor: desabrocho, quito y pongo, recuerdo,… la bota izquierda. Nos damos un besito y chau.

Cuando llego a la silla, los lobos esteparios que me asaltan: «¿Qué sentiste ? ¿Cómo estaba?».

Ahora recuerdo que Pepe Luis (qepd) exclamó: «JotaEfe es fetichista», y esa afirmación corrió por nuestra delegación.

 

Acto 2.- Confirmación

En el vuelo Acapulco-Miami comenté que al llegar a Miami iría a Florshein a comprarme unos botines en negro y marrón. Y la fama siguió.

 

Acto 3.- Ratificación

Y compré los botines. Muy discretos: tacón escasamente de 2 cm, muy cómodos, y que me evitarían torceduras de tobillo, y comencé a usarlos,

Uno de esos mediodías ajedrecísticos en las oficinas de Capriles de IBM e Venezuela comento que mi mujer me ayudaba a ponerme los botines porque, si era por mí, yo empezaba a subir y bajar el cierre y a acariciarlos, y llegaría tarde al trabajo.

 

Acto 4. Grand finale

Pasan los años y debo dar un curso en Costa Rica. El lunes me aparezco en el sitio, y ¿quién estaba en el curso?: El MANNY.

Me da tremendo abrazo, e inclinándose sobre sus pies me dice:

JotaEfe, supe que eras el instructor y en tu honor me emboté.

Efectivamente, tenía poderosas botas tejanas, a lo Vicente Fox Quesada: cuero de caimán y punta de bruñido bronce.

Comienza el curso y El Manny que movía las bototas y me picaba los ojillos. Siguen los movimientos, y en el coffe-break me dice:

Coño, ¡me están matando estas botas!

Para hacerles el cuento corto, al terminar el curso tuve que pasarle mi brazo por su cintura, y él el suyo por mi hombro, y a trompicones lo dejé en su carro, pues no podía caminar. Los pies me echan fuego», me decía.

Y ésta fue la última vez que vi a El Manny.

Espero darle un abrazo pronto y QUE RECUERDE QUE COMO ÉL FUE PARTE DE LA FAMITA DE  FETICHISTAS, SI NO ES CON BOTAS NO LO ABRAZO.

Un recuerdo al Manny.