[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Lo que JF no contó sobre sus andanzas en Acapulco

Carlos M. Padrón

El suceso contado por JF (Juan Fermín Dorta) en su escrito Anécdotas y personajes de IBM: Fetichismo y El Manny, ocurrido en mayo de 1973, tuvo una segunda parte que él no contó, y que, con el debido permiso escrito que JF me concedió, voy a contar yo, como testigo de excepción, porque la natural timidez suya no le permite hacerlo.

Al día siguiente del «desamarrado de las botas», y durante la cena oficial del HPC que celebrábamos en el Hotel Princess de Acapulco, en la misma mesa estábamos JF, Julián Mejías, Ramón Sitja, Antonio Parra, Tiziano Dalsass y yo.

Alguien corrió la voz de que el Hotel Princess había sido inaugurado con esa convención del HPC de IBM de América Latina, y que en ese momento, y por obra y gracia de los sindicatos, el personal de servicio del hotel era de unas 1.500 personas, cifra que superaba a la de los huéspedes.

Por ejemplo, eran tantos los camareros que en vez de que de la cocina salieran de uno en uno portando el plato a poner frente al comensal, lo que salían eran filas de camareros que, como enormes mangueras humanas serpenteaban entre las mesas, se pasaban de mano en mano el plato recibido en la cocina por el camarero más cercano a ella, y así llegaba a las manos del último camarero en la fila, quien lo depositaba frente al comensal correspondiente.

Intrigado, pregunté dónde vivían esas personas de servicio, pues de seguro no era en las lujosas mansiones que había yo visto en mis recorridos por Acapulco.

Alguien me contestó pidiéndome que mirara hacia el cerro que daba cobijo a la ciudad, y diciéndome que esa gente vivía en la otra vertiente del cerro, en la que no veíamos desde Acapulco, donde también estaba la llamada Zona Roja.

Y a mi pregunta sobre la tal Zona Roja comenzaron las bromas sobre lo ocurrido la noche anterior —y ya contado por JF—, lo que me llevó a hacer más preguntas todavía.

Ante esto, Antonio Parra me dijo que habida cuenta de mi declarado interés por todo lo psicosocial, era seguro que me interesaría mucho una visita a esa zona.

La idea tuvo buena acogida, y varios de nosotros acordamos ir hasta allá después de la cena.

Y así fue. Julián Mejías, JF, Antonio Parra, Tiziano Dalsass y yo tomamos un taxi, y aún recuerdo la cara de estupor del chofer cuando le dijimos a donde debía llevarnos. Frunciendo el ceño preguntó «¿Saben ustedes cómo es ese lugar?». Pero ante la respuesta de que ya varios de los del grupo habían estado allí, se encogió de hombros y puso rumbo al otro lado del cerro.

Nos dejó a la entrada de la Zona Roja: una especie de callejón bastante inclinado que partía desde la cresta del cerro hacia una planicie situada unos 60 metros más abajo.

Custodiando esa entrada estaba la Guardia Nacional que nos encareció que tuviéramos mucho cuidado, en particular de no participar en altercados de ningún tipo.

Comenzamos el descenso por aquel callejón de suelo de tierra, sin nada de asfalto ni empedrado, a cuyos bordes, y pegadas a unas deterioradas aceras junto a las que corrían aguas negras, había casuchas de muy mal ver.

En la puerta de las más de esas casuchas, unas mujeres, ya bien entradas en años, se exhibían sentadas en sillas con respaldo recostado en ángulo contra la pared, con sus piernas abiertas, dejando ver unas prendas íntimas que pedían a gritos que las lavaran, y haciendo señas explícitas hacia sus genitales a guisa de invitación para los que pasaban frente a ellas.

Fuimos directamente hacia el local del numerito de JF la noche anterior, local en cuyo exterior unos altavoces proclamaban las maravillas del show que se presentaba en el interior.

En la puerta del local se anunciaba que el plato fuerte del tal show estaba a cargo de una tal Sexy Bon, y ponían una foto de cuerpo entero de la que resultó ser la maracucha a la que JF había desamarrado las botas la noche anterior.

Entramos y nos sentamos en lados diferentes del «ruedo»: una plataforma rectangular ligeramente elevada instalada en el centro del local.

A mitad del lado derecho de esa plataforma, según se la veía al entrar, se sentaron Parra y Dalsass; y a mitad del lado izquierdo los demás, en este orden por cercanía a la puerta principal: Carlos M. Padrón, Julián Mejías y JF.

Tal vez porque había muy poco público, la «maestra de ceremonias» y animadora, una venerable abuela que desde hacía años servía como eficaz cura contra la lujuria, echó mano de un micrófono y comenzó a enumerar las bondades del show que pronto veríamos.

Minutos después salieron al «ruedo» unas mujeres de aspecto deprimente que por sus condiciones físicas, aunque no todavía por edad, estaban ya cerca de emular a la animadora, lo cual arrancó protestas de los asistentes que pidieron que saliera Sexy Bon.

Tal vez porque el cliente siempre tiene la razón, la animadora hizo salir a Sexy Bon, que no pudo evitar una pícara sonrisa cuando su mirada de paneo descubrió a JF entre el público. JF le lanzó un beso volado que fue premiado por otra sonrisa cargada de promesas, y la maracucha se enfrascó en su número de cuasi striptease.

Terminado éste, se retiró de la plataforma y muy pronto apareció, ya casi vestida, ocupó la silla que estaba después de JF y junto a él y, sin más preámbulos, los dos se enclincharon en un apretado abrazo rematado por interminables y profundos besos de tornillo.

Ante los vítores y silbidos del público salió al ruedo la animadora y prometió nuevas y más lindas muchachas, que me parecieron peores que las primeras, pero la pareja de tórtolos seguía absorta en sus tareas de «atornillamiento» mientras Mejías, al verlos, se orinaba de la risa.

Entre uno y otro «tornillo» —perdón, beso— JF medio volteó su cabeza hacia atrás, pasó su brazo derecho por sobre los hombros de Mejías, y tocando mi hombro izquierdo con la punta de sus dedos, con acento suplicante me dijo:

—Charlie, Charlie, ¡no me dejes aquí! ¡¡No te vayas sin mí!!

Y acto seguido retornó a su labor compartida con Sexy Bon.

Tan bizarra petición causó que la risa de Mejías se tornara en abierta carcajada, que aumentó cuando yo, entre asombrado y molesto, le dije:

—¿¡Y por qué carajo me pide eso a mí y no a ti que estás más cerca de él!?

A poco de volver a interesarme por la lamentable condición de los jamelgos que desfilaban —mientras me preguntaba cómo serían las vidas de aquellos pobres seres—, JF repitió la maniobra, con el mismo gesto y las mismas palabras, y así lo hizo unas dos veces más.

Las protestas del público por la deplorable condición de las mujeres en escena causó un cierto revuelo que obligó a la animadora a salir al ruedo e intentar algo desesperado: micrófono en ristre anunció que las mujeres regresarían totalmente vestidas y dispuestas a bailar con nosotros.

Ante los abucheos de los asistentes ante tal anuncio, la  desconsolada animadora declaró que sería ella quien tomara la iniciativa de baile y, ni corta ni perezosa, se dirigió a Parra y a Dalsass y con su mano derecha hizo gesto de querer sacarlos a bailar.

Al unísono, los dos saltaron de sus sillas como movidos por un resorte, y cuando la animadora dio un paso adelante como queriendo escoger a uno, también los dos arrancaron en carrera abierta hacia la puerta de salida.

Tal vez por aquello de que el rechazo a una mujer nunca queda impune por parte de ésta, la ofendida vieja arpía acercó el micrófono a su boca y a todo pulmón gritó:

—¡Ajá! ¡¡Me salieron maricones¡¡ ¡¡¡No huyan, no huyan maricones!!!

Nunca olvidaré cómo la melena modelo Sonny Bono que lucía Dalsass, y que era su rasgo físico más destacado, se agitaba alterada mientras su dueño iba en loca carrera hacia la puerta de salida del local.

Ante lo dicho a gritos por la ofendida animadora, Parra y Dalsass frenaron en seco su carrera y, al igual que en las películas de dibujos animados, la inercia les hizo patinar hasta que la puerta de salida, que estaba cerrada, logró detenerlos.

Pero no se atrevieron a salir porque era seguro que los insultantes gritos proferidos por megafonía, que bien pudieron escucharse desde afuera sin necesidad de ese recurso, habían congregado a varios transeúntes frente a la puerta del local curiosos por saber quiénes eran los así «piropeados» por la iracunda arpía.

Los dos, aún asustados, optaron por quedarse pegados a la puerta, que era lo más alejados que podían estar de la ahora enardecida animadora, y JF y Sexy Bon, pasado el momento de la cabalgata de Parra y Dalsass —si es que repararon en ella—, volvieron a sus labores de «carpintería»,… y JF a su extraña petición de que no me fuera sin él.

Como ni a Mejías ni a mí nos pareció bien dejar a Parra y a Dalsass en la condición en que estaban, decidimos dar por terminada la visita a aquel «refinado» Moulin Rouge. Me levanté, con un golpe en el hombro pude desatornillar a JF, y le dije que nos íbamos.

Él, visiblemente decepcionado —no supe si con lágrimas o no—, pegó un último, prolongado, y apasionado «tornillo», de larga espiga y pasado de rosca, y nos acompañó a la salida.

Nunca JF me ha dicho por qué me pidió a mí y no a Mejías que no lo dejara abandonado en los brazos de Sexy Bon.

Tendré que seguir viviendo, como he vivido hasta hoy, con esa dolorosa intriga.

4 comentarios sobre “[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Lo que JF no contó sobre sus andanzas en Acapulco

  1. Cada uno habla de la feria de acuerdo a cómo le fue en ella.

    La tal SexyBon, en el esplendor de sus 25-28, era una estupenda muchachota de unos 1,70 y pico, piel blanquísima. Y unos 40 ó 50 años antes, seguramente las honorables señoras que completaban el «show» estuvieron como en ese momento estaba SexyBon.

    Nota: el analista cuyo nombre se nos olvidaba —el del otro show, el original de la Place Pigalle, París— era el nunca bien ponderado Segura.

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  2. Mi estimado Anónimo: me has hecho recordar que en IBM hubo un analista de apellido Segura, pero no logro ponerle cara.

    ¿Sabes qué fue de su vida? Debe haberse marchado temprano en los años ’70s porque de haberse quedado más tiempo yo lo recordaría.

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  3. ¡Qué instructivo me ha sido leer este relato, caray!

    «Mirada de paneo», una expresión que no recuerdo haber leído o escuchado antes, pero que de inmediato pude entender, e imaginar el por qué de su uso.

    Gracias, CMP.

    (Y por el relato en sí me estaré riendo, como Julián, cada vez que lo recuerde).

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  4. Complementando el sabor de ACAPULCO, que dejó la anécdota de Juan Fermín Dorta, les cuento otra del mismo lugar.

    Nos encontrábamos en Acapulco, pero no puedo precisar si fue durante el mismo viaje de JF porque, lamentablemente, la gente de IBM generalmente se separaba en dos grupos, el de Ventas y el de Sistemas, debido a un cierto antagonismo que desde mi punto de vista se explica por el dicho “no piensa lo mismo el burro que el que lo arrea”, y digo lamentablemente porque siempre traté de romper ese esquema.

    Ante esta realidad, nos juntamos una serie de analistas (una docena) para ir a tomar unos tragos típicos mexicanos.

    Detuvimos a dos taxis y les solicitamos ir a un lugar muy típico. Nos llevaron a un bar en la zona de GUERRERO, (nótese el nombre) y el bar, por una de esas “casualidades”, también se llamaba DE GUERRERO.

    El taxista del vehículo en que yo iba, antes de dejarnos me dijo: «¿ESTÁ USTED SEGURO DE QUE SE QUIERE QUEDAR AQUÍ?».

    Consciente que yo era el único RUBIO, DE OJOS AZULES, CON ASPECTO DE GRINGO y del riesgo que esto significaba, acepté, junto con los demás, en quedarme.

    Este bar, era una galería larga y estrecha, oscura y pintada toda de un color rojizo típico de ese país. Nos adentramos en la galería bastante al interior y cerca del bar.

    Juntamos varias mesas y yo quedé cerca de Marcelo Mijares, Henry Bullones, Edgar Alba, Alberto Rando y el chileno Juan Caprile. (Por cierto que vi a Juan unos 3 años atrás de vuelta en Chile, y a cargo de un restaurante).

    Sólo vendían el tequila por media botella a la vez pero, con la picardía del venezolano, les convencieron de juntar dos medias botellas en una, para así pagar un precio más bajo.

    Comenzamos a libar, y al poco rato un borracho grueso y fuerte, debido a mi aspecto me prejuzgó como el “gringo” que trataba de estafar a SUS amigos venezolanos.

    El CUATE se me acercó con aire agresivo. Yo me puse alerta pero me comporté como si lo ignorara porque todavía no comprendía sus intenciones para conmigo.

    De repente me dijo “Yo maté a un gringo que estafaba a MIS amigos venezolanos”, y se levantó la camisa mostrándome un largo corte que evidentemente era de una operación al estómago, y continuó con “Esto me lo hizo el gringo”.

    Quiero destacar que mi aspecto europeo del norte me ha causado muchos problemas desde el colegio. Incluso durante la primaria los compañeros del colegio me gritaban “¡PORTUGUÉS PATA AL REVÉS!”. Por tanto tuve muchas veces que defenderme, y no lo hice muy mal, porque todavía estoy vivo, y no recuerdo que me hayan pegado.

    Volviendo a la anécdota, mi respuesta altanera e irresponsable fue: “Yo quiero pelear con el que te cortó la barriga, porque es mas macho que tú”.

    Como era lógico, el borracho se abalanzó hacia mí, pero Bullones y Mijares se le cruzaron, lo contuvieron y le explicaron que yo era venezolano y no gringo, y que todos éramos amigos.

    El borracho, dentro de su sopor, reconoció el error y quiso congraciarse conmigo, y para ello no se le ocurrió nada mejor que abrazarme. Nótese que yo todavía no me había movido de mi asiento, ya que mi estrategia era golpearlo de abajo para arriba entre la nariz y los dientes, y luego salir corriendo esquivando las mesas de acuerdo a una ruta previamente calculada.

    En su intento por abrazarme y pedirme disculpas, se le cayó un mechón de pelos sudados (cabellos,… por si acaso), que asquerosamente me rozaron la cara.

    En realidad el conflicto había terminado, pero en mi interior sentía que tenía más ganas de pegarle por su sudado mechón de pelos que por el potencial ataque del que me libré, ya que de esto último ya estaba acostumbrado. (Ante la dramatización del párrafo actual, hagan como que me creen).

    Finalmente debo agradecer a los compañeros de trabajo que interceptaron al beodo, ya que, si bien yo estaba alerta y no así el CUATE, ¡quién sabe cómo hubiera terminado!

    Más allá de esta anécdota, el hotel Acapulco Princess era tan hermoso y funcional que me prometí llevar a mi señora algún día a ese lugar. Cerca de 30 años después, trabajando ya para el Republic National Bank of New York, y con la misión de colaborar en la apertura de una sucursal en Ciudad de México, pasé unos días en el Acapulco PRINCESS con mi señora, pero de ninguna manera regresé al BAR DE GERRERO, por si apareciera el cuate borracho otra vez…

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