[Col}> Los pasos por venir / Soledad Morillo Belloso

29-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Los pasos por venir

A veces el camino se dibuja con claridad, otras veces es sólo una intuición lejana en la penumbra. Me aferro a la certeza del avance, al impulso de seguir adelante, sin saber lo que me espera.

Cada paso es una decisión, un acto de voluntad, un salto hacia lo desconocido. Hay quienes caminan con prisa, con la urgencia de llegar sin detenerse a mirar el paisaje que los rodea. Otros avanzan con cautela, temerosos de lo que puedan encontrar. Y algunos se detienen, miran atrás, preguntándose si el sendero recorrido los ha llevado al lugar correcto.  Yo camino, como la superviviente que soy, y lo hago sin hacerme preguntas necias.

El suelo que piso es memoria viva. Contiene el eco de mis aciertos y errores, la huella de lo que fui, la sombra de lo que aún no soy. Pero mi pasado no dicta mi futuro; el porvenir es una página en blanco que espera ser escrita.

No sé si el próximo paso me llevará a la cima o al abismo. No sé si la ruta será fácil o estará otra vez plagada de escollos. Pero sí sé que cada paso es una afirmación de mi  existencia.

Entonces, camino. No porque tenga garantías, sino porque la incertidumbre es la esencia misma de la vida. Y en ese vértigo de lo posible, busco mi propósito.

Los pasos por venir no son sólo trayectos físicos, son viajes internos, son movimientos del alma. Y al final, no importa cuán lejos llegue, sino cuánto aprendí en el camino.

El camino no es ni bueno ni malo. Es simplemente el camino. Ante cada paso, lo único que puedo controlar es mi respuesta: la voluntad con la que sigo adelante, la actitud con la que enfrento lo inevitable.

No importa lo que me aguarde, porque no está en mi poder cambiar el destino. Lo que sí está en mis manos es mi manera de recibirlo, mi  capacidad de aceptar y adaptarme sin lamentos, sin resistencia inútil.

Cada piedra en el sendero es una prueba, pero no una maldición. No hay obstáculos, sólo desafíos. Lo que parece adversidad es, en realidad, una oportunidad para fortalecer mi espíritu, para templar mi carácter, para recordar que soy  dueña de mi mente aunque el mundo exterior sea incierto.

Las circunstancias cambian, el azar juega su papel, pero mi virtud permanece firme. Si el próximo paso me lleva a la ruina, que no me quite la serenidad. Si me lleva al éxito, que no me nuble la razón. Sólo aquellos que comprenden que el futuro es incierto, pero que su dominio sobre sí mismos es absoluto, caminan con verdadera libertad.

Así avanzo. Lentamente y en silencio. No porque la esperanza me ilusione, sino porque la razón me guía. No porque crea en un destino favorable, sino porque sé que, venga lo que venga, lo enfrentaré con dignidad.

Los pasos por venir no son lo que me define. Lo que me define es cómo los doy. La verdadera fortaleza no reside en dominar lo externo, sino en reconocer que mi  única posesión real es la manera en que elijo enfrentar lo inevitable. No controlo el rumbo del viento, pero sí mi respuesta a él. En esa elección consciente, en esa aceptación sosegada de lo que no puedo cambiar y la firmeza ante lo que sí, encuentro la fuerza para levantarme todos los días.

[Canarias}> Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare IV: Ahenguareme

25-06-2025

Felipe Jorge Pais Pais

Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare IV: Ahenguareme

El cantón de Ahenguareme

“El cuarto señorío era desde El Charco hasta el término de Tigalate, y a toda esta tierra llamaban antiguamente Ahenguareme; y de esta parte eran señores Echentire y Auquahe, dos hermanos; y éste llamaron de este nombre por ser muy moreno, y Azuquahe quiere decir “moreno” o “negro” en su lengua (J. Abreu Galindo, 1977: 267).

El topónimo Ahenguareme puede referirse a dos plantas canarias: ruda (Ruta ramosissima) y el incienso (Artemisia thuscula) (I. Reyes, 2011: 57).

Los arbustos de incienso son muy abundantes por las medianías del actual municipio de Fuencaliente. Es una planta medicinal, por lo que era muy apreciada, en la época histórica, por sus cualidades estomacales, ayudando a expulsar los gusanos intestinales y aumenta la secreción de orina. Se utilizaban sus hojas y flores en infusiones y en sahumerios (F. J. Pais Pais, 1996: 178). Este uso curativo, con toda probabilidad, también sería conocido por la población aborigen.

El cantón de Ahenguareme se extendía por una de las zonas más áridas y secas de la antigua Benahoare, ocupando todo su extremo meridional y extendiéndose a ambas vertientes (oriental y occidental) de Cumbre Vieja. A pesar de todo, contaba con magníficos pastizales herbáceos y arbustivos, ideales para el mantenimiento de rebaños de cabras y ovejas, que ocupan desde la orilla del mar a la crestería, que alcanza los 1.656 metros en la Montaña de La Manteca.

Por ello, no debe extrañarnos que, tras la conquista, este territorio fuese explotado como una dehesa comunal a la que tenía acceso, mediante el pago de los correspondientes cánones, la comunidad pastoril de La Palma.

Este aprovechamiento y riqueza se desprende de esta cita textual, tras la erupción del Volcán Martín-Tigalate en 1646: “…deshizo las tierras de Foncaliente y otras circunvecina, y se destruyó y quemó todo el pinar y monte de Foncaliente, y se ha perdido y perdió mucha cantidad de ganado que se apazentaba en aquellas partes, y se impidió el uso de pastos de la mayor parte del ganado desta Isla que, por su término, de todos los vecinos se usaba de echar allí en el invierno…” (M. Santiago, 1960: 321). Es muy posible que, en diferentes momentos de la etapa prehispánica, estos parajes tuviesen un uso ganadero que fue esencial a partir de su incorporación a la Corona de Castilla.

Las prospecciones superficiales que realizamos en 1995 para la elaboración de la Carta Arqueológica de Fuencaliente nos permitieron constatar un poblamiento aborigen bastante intensivo entre la orilla del mar y los 800 metros de altitud, aproximadamente.

La escasa presencia de cavidades naturales obligó a la población indígena a establecerse en poblados de cabañas que, a juzgar por la riqueza en restos arqueológicos superficiales (fragmentos de cerámica, piezas líticas, fragmentos de fauna doméstica y conchas marinas) fue especialmente destacable en Las Indias, Los Quemados y Las Caletas.

No obstante, también habitaron en pequeñas covachas, amplios cejos y tubos volcánicos, entre los que sobresale la Cueva de Los Palmeros, dispersos por las coladas lávicas que recorren toda su orografía. También destacan algunos yacimientos funerarios y de carácter mágico-religioso entre los que sobresale la estación de grabados rupestres del Roque Teneguía, así como conjuntos de canalillos-cazoletas.

Grabados rupestres del Roque Teneguía (Foto: Jorge Pais Pais)

Resulta interesante destacar la atención que le dedican las fuentes etnohistóricas a dos puntos de agua muy importantes situados, precisamente, en la zona más árida de la Isla, como son Tagagrito-Fuente Santa y Uquén-El Tión.“La parte más estéril de agua que esta isla de La Palma tiene, es la que care a la banda del Sur; porque, si no es alguna fuente de muy poca agua, no hay otra; y aun de ésa no se puede aprovechar todas veces, porque una fuente que nace a la orilla del mar no se pueden aprovechar de ella, si no es de baja mar, porque, cuando crece, la cubre; y sale tan caliente que, puesta una lapa del mar en el nacimiento de la agua, se despide de la concha. Y salir tan caliente lo causa el minero de azufre por donde pasa el agua: Los naturales antiguos llamaban este término en su lenguaje Tagragito, que es “agua caliente…” (J. Abreu Galindo, 1977: 264). Según Ignacio Reyes, este topónimo tiene el significado de “pequeña corriente de agua muy caliente” (2011: 366).

Según J. Abreu Galindo, “Hay en esta banda, en un término que llaman Uquen, una fuente en una concavidad debajo de tierra, a la cual se entra por un agujero que está en medio de un llano de losas de piedra viva, tan estrecho que es necesario que entren a gatas, la cara hacia la entrada, por no perder de vista la entrada y su claridad; y de esta suerte entran un trecho, y en el fin se hace una gran sala. Y por entre aquellas losas cae distilaba el agua, en goteras, tan buena que es contento beber de ellas. Los antiguos la llamaron Tebexcorade, que quiere decir “agua buena”. Y no es de maravillar tanto el edificio que allí que allí obra la naturaleza, cuanto el distilar el agua en tierra tan seca y de losas de tan poca humedad y corpulencia; porque están delgada la techumbre de esta cueva, hecha de aquellas losas, que, si encima tocan con cualquiera cosa, atruena toda la concavidad de abajo, que al parecer se figura delgada aquellas losas como tablas, y con cualquiera golpe parece que la horadan y rompen” (1977: 264). Por su parte, Tebexcorade se puede interpretar como “…todo estanque…” (I. Reyes, 2011: 393). Este nombre se conserva en una zona y una galería situada en el Barranco del Riachuelo (El Paso), conocida como Tabercorade. La actual Fuente del Tión podría ser, perfectamente, la de Uquen.

Fuente de Uquen-El Tión en la actualidad (Foto: Jorge Pais Pais)

Según Carmen Díaz Alayón “La zona de Uquén, aproximadamente de treinta hectáreas y entre los 800 y 950 metros de altitud, está situada en el noroeste del municipio de Fuencaliente y distante cinco kilómetros del núcleo de Los Canarios. El área está deshabitada y es objeto de aprovechamiento para pastos y cultivo de viñedos de modo preferente· (1987: 162).

En registros documentales del siglo XVIII se recoge una Cruz de Uquén, Riscos de Uquén y también las variantes Oguén/Oquén y Doguén/Doquén. Tiene el significado de “…encierro, cerramiento…” (I. Reyes, 2011: 435).

También existe el topónimo Uquenes: “De La Costa hasta la cumbre…ya aquí no tienes nada más que mirar, desde La Costa, que allá abajo a donde iba uno, eso habían higueras a montones hermosas. Y después todo eso por ahí pa’rriba, esas Indias, esos fondos esto todo eran higueras. Subes pa’rriba pa contra aquí arriba, llegas a esos Uquenes …”.

La zona de Uquenes estaba llena de “higueras blancas por ahí…y por aquel barranco pa’rriba estaba lleno de higueras y eso se ha secado todo. Pero, ya digo, la gente sembraba higueras…es que daba…¡pero si era la mantención casi de una casa familia muchacho! tu sabes lo que te da a ti que tu llegaras y tuvieras tu dentro de la casa 2 ó 3 ó 4 cajas de higos pasados…”. También se daban muy bien las tuneras: “… después también por aquí arriba esos Uquenes aquello, esas tuneras que están así aquello, muchos no quieren meterle eso, cochinilla, porque después el tuno, salía el tuno y salían muchos manchados con tinta y aquello.

Estos datos, de un enorme valor antropológico y toponímico los legó D. Rafael Díaz García, quien falleció a los 90 años, a su nieto Aythami González Díaz, a quien agradecemos profundamente que nos haya permitido dar a conocer esta preciosa y valiosa información.

El cantón de Ahenguareme, al igual que hemos visto para Aridane, Tihuya y Guehebey, ha sufrido, en la época histórica, una serie de erupciones volcánicas que han sepultado una parte importante de su territorio. La más antigua, Volcán de Tigalate-Martín (1646), aunque reventó en Villa de Mazo, afectó, principalmente al territorio fuencalentero. Es muy probable que sus lavas sepultasen una barranquera que marcaría el límite con el cantón vecino de Tigalate, que veremos en el próximo capítulo, aproximadamente por la misma línea que divide los municipios actuales de Fuencaliente y Villa de Mazo).

Posteriormente, en 1677, reventó el Volcán de Fuencaliente-San Antonio conocido, sobre todo, por el sepultamiento de la Fuente Santa. Este cataclismo provocó daños en una de las estaciones de grabados rupestres más interesantes y grandes de la antigua Benahoare, cual es el Roque Teneguía, que cuenta con 83 paneles de motivos geométricos ejecutados con la técnica del picado.

Fueron descubiertos en 1960 por el geólogo Telésforo Bravo. Buena parte de los paneles habían sido cubiertos por la arena y el granzón lanzados por esta erupción. En 1970 se procedió a la recuperación y desentierro de los petroglifos situados en la base de este impresionante pitón fonolítico. Los trabajos fueron dirigidos por Luis Diego Cuscoy.

El Roque Teneguía y sus grabados estuvieron a punto de ser volados con dinamita para dejar paso al canal de agua Barlovento-Fuencaliente. Finalmente, la presión popular consiguió que se salvasen merced a la perforación de un túnel en la base del roque.

Apenas un año después, en 1971, tuvo lugar, muy cerca del yacimiento rupestre, la erupción del Volcán Teneguía a la que, nuevamente, sobrevivieron las inscripciones prehispánicas aunque, igualmente, se vieron afectadas, aunque en menor medida que en 1677, por la “lluvia” de escorias volcánicas.

Bibliografía general

      -ABREU GALINDO, J.: Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, (Santa Cruz de Tenerife), 1977.

-ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, Nuria, y PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los yacimientos funerarios benahoaritas en las antiguas demarcaciones territoriales de La Palma, Actas de las IV Jornadas Prebendado Pacheco de Investigación Histórica, (Tegueste), 2011, Págs. 17-42, ISBN 978-84-938791-0-5 (Publicación digital).

-DÍAZ ALAYÓN, C.: Materiales toponímicos de La Palma, (Santa Cruz de Tenerife) 1987.

-LUIS DIEGO CUSCOY, L.: El Roque de Teneguía y sus petroglifos, Noticiario Arqueológico Hispánico, II, (Madrid), 1973, Págs. 59-143.

-FRUTUOSO, Gáspar: Las Islas Canarias (de “saudadec da terra”), Fontes Rerum Canariarum, (La Laguna), 1964.

-PAIS PAIS, F. J., y TEJERA GASPAR, A.: La religión de los benahoaritas, (Santa Cruz de Tenerife), 2020.

-REYES GARCÍA, Ignacio: Diccionario ínsuloamaziq, (Islas Canarias), 2011.

-SANTIAGO, M.: Los volcanes de La Palma. Datos histórico descriptivos, El Museo Canario, Nº 75-76, (Las palmas de Gran canaria), Págs. 281-346.

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[Canarias> La palabra ‘emborcar’ de uso común en La Palma, ¿se utiliza en el resto de las islas?

24-06-2025

La palabra ‘emborcar’ de uso común en La Palma, ¿se utiliza en el resto de las islas?

A propósito del canarismo emborcar, de origen portugués, cabe decir que tiene una extensión de uso que abarca casi todo el Archipiélago. No obstante, son las islas occidentales (Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro) el ámbito en el que la palabra que nos ocupa tiene una mayor vigencia, especialmente en el habla rural.

Sus acepciones más comunes son ‛cambiar la colocación de alguna cosa, volviendo lo de arriba para abajo o lo de un lado para otro’ y ‛vaciar un envase o una vasija volviéndolo boca abajo’.

Posee, además, una acepción metafórica con el valor de ‛provocarle la muerte a alguien, intencionadamente o de manera accidental’. Cabe señalar que hay hablantes que consideran, erróneamente, que emborcar no es más que una deformación popular del verbo español volcar.

Palabras nuestras

babiecada

  1. f. Lz., Fv. y Tf. Acción o dicho tonto o simple. No sé cómo aguanta a ese hombre, que no dice más que babiecadas.
  2. f. Lz., Fv. y Tf. Acción o dicho desacertado. Empezó diciendo cosas muy atinadas, pero acabó con cuatro babiecadas que deslucieron su discurso.

bagazo

  1. m. Cáscara de la uva que queda después de prensarla en el lagar. Con el bagazo se hace el aguapié.
  2. m. LP. Escobajo, raspa que queda del racimo después de quitarle las uvas.
  3. m. Tf. y LP. Corazón de la pera.
  4. m. Desperdicio de la caña de azúcar después de exprimida.
  5. m. Tf. y LP. Residuo de los panales al ser fundida y separada la cera.
  6. m. Lz. Escombros de una casa en ruinas.

Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro)
  • Or: Islas orientales (Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria)
  • Tf: Tenerife

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[Col}> Horizonte / Soledad Morillo Belloso

23-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Horizonte 

No es una línea imaginaria. Es un pacto silencioso entre la tierra y el cielo. Un trazo que promete lo desconocido, una invitación a caminar más allá de lo que los ojos pueden ver. Es el límite que no limita, la frontera que no encierra. Es lo que aún no ha nacido, la silueta de lo que el viento aún no ha tocado.

Lo veo en la piel del mar, en la luz que se disuelve en el ocaso. Lo siento en el pulso del tiempo, en la certeza de que algo más aguarda detrás de lo visible.  Se expande con cada paso. Es un juego entre lo tangible y lo infinito, una invitación a ir más allá, a desafiar el miedo, a entender que lo lejano sólo existe para ser alcanzado.  O, tal vez, no.

Cuando lo toco, desaparece, no porque se niegue a ser conquistado, sino porque su naturaleza es el movimiento. No hay final en él. Sólo una historia que continúa, un viaje sin fin, una promesa que nunca deja de llamar.

Se despliega como un lienzo, una promesa suspendida en la distancia, una interrogante que se disuelve con cada paso.  Hay quienes lo miran con nostalgia, creyendo que al otro lado hay respuestas. Otros lo desafían, seguros de que lo inalcanzable es una ilusión del tiempo. Y hay quienes lo contemplan sin urgencia, dejando que su misterio los envuelva, sin prisas, sin certezas.

En la brisa marina, el horizonte es un espejo líquido, un reflejo tembloroso del cielo en el mar. En el desierto, es un filo dorado, una línea que quiebra el silencio de la arena. En las montañas, es un velo de niebla, un límite que el sol desgarra cada amanecer.  En la ciudad, el horizonte es de concreto y cristal, una línea quebrada por torres de hormigón y acero que se alzan como raíces invertidas, buscando el infinito. En la selva, es un caleidoscopio de verdes y sombras, una frontera de hojas que cantan con el viento. En la tundra, es un aliento helado, un suspiro de nieve que se funde con el cielo plomizo.

Nunca es el mismo, y nunca es el final.  El horizonte no detiene, no encierra. Es un puente, un quizás, un punto de fuga donde la realidad se pliega y el futuro empieza. Es el alma de los viajeros, el destino de los soñadores, el último respiro de la luz antes de que la noche lo envuelva.

Cuando la luna se alza sobre él, es un reflejo de plata en la piel del mundo, una puerta abierta a los secretos de la noche. Cuando el amanecer lo acaricia, se incendia con colores imposibles, con trazos de oro y fuego que despiertan la mañana.

Y al acercarme, entiendo su verdadera naturaleza. No es un lugar al que se llega. Es una idea que me tienta, un poema inconcluso que me recuerda que siempre hay más. Mientras haya horizonte, habrá caminos por recorrer, sueños por perseguir e historias por escribir. Es la línea del porvenir, el símbolo de la inmensidad que  invita a avanzar, a descubrir, a persistir.

[Col}> Tiempo y viento / Soledad Morillo Belloso

17-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Tiempo y viento

Cuando el duelo se disuelve en la bruma, queda sólo la tierra húmeda de nuestra propia piel. Queda ese suelo donde la ausencia echó raíces y la memoria germina en formas extrañas.

La herida, al principio, es un abismo ciego, pero entre sus grietas duerme una semilla. El sol aprende a mirar distinto y las sombras ya no son sentencia.

Resurgir no es olvidar; es aprender a bailar con los espectros, es tejer con hilos de dolor una nueva piel, es desplegar alas construidas con cicatrices, y volar… aun con el peso y el dolor del ayer en las plumas.

Así es el renacimiento después del duelo. No es una negación de lo perdido; tampoco es olvido. Es un pacto acordado y firmado con la vida que continúa.

Cuando la noche del duelo cede al alba incierta, descubrimos que la piel doliente ha abierto los poros y ha aprendido a respirar. Descubrimos que los recuerdos dejan de ser hirientes puñales y se transforman en sonidos que abrazan.

El renacer no llega de golpe. No es un relámpago. No es el estruendo de un trueno. Es un goteo lento y suave de luz en las entrañas, una raíz que busca agua bajo la tierra herida, un susurro de vida que se hace música con el tiempo.

Los huesos frágiles de la tristeza se convierten en pilares de lo nuevo. El dolor deja de ser un enemigo y se vuelve arquitecto de la reconstrucción.

Caminar después del duelo es aprender a confiar en la sabiduría de los pies y a amar la sombra. Es  aceptar que la ausencia es irremediable e irreversible, y que nunca se irá del todo. Pero también es saber reconocer esos amaneceres que sólo nacen tras la tormenta.

Así, poco a poco, sin olvidar, sin borrar lo vivido y entendiendo que el duelo es morir un poco,  empezamos a ser la versión que surge de las cenizas. No somos los mismos después de la tormenta que es el duelo, pero tampoco somos sólo la sombra de lo perdido. Somos el fotograma de lo amado, y el guión no escrito de todo lo que aún vendrá.

Y entonces re-existimos, con el viento y la memoria como acompañantes, con el amor como superviviente de una tragedia, con la comprensión de que la vida, terca como es, siempre encuentra su camino. Eso necesito creer.

[Canarias}> Jean de Bethencourt, el colonizador de las Islas Canarias que no consiguió conquistar Tenerife

16-06-2025

Á. Van den Brule A.

Jean de Bethencourt, el colonizador de las Islas Canarias que no consiguió conquistar Tenerife

En 1401, Jean de Bethencourt partió rumbo a unas islas donde la magia, el silencio y la resistencia indígena marcarían el inicio de una feroz conquista

Desde las naves normandas al servicio del rey castellano, conforme se acercaban a costa, se veía un paisaje mágico a la par que desolador. De día, una temperatura muy agradable con una brisa amable; de noche, un cielo estrellado con miles y miles de candelarias navegando por el espacio. La profundidad del cosmos era asombrosa. Y del asombro, se pasó al silencio, al silencio más absoluto. Cuando desembarcaron aquellos hombres hasta los grillos callaron; algo intuían…

Siglos antes que la expedición del faraón egipcio Necao (610—595 a.C.), en su periplo africano de este a oeste bordeando el sur de África, siguiendo la corriente de Benguela, se estima que, carenó naves en la Bahía de Arguin, en Mauritania, y tras ello, contorneó las costas del Magreb atlántico; es probable que desembarcara para hacer aguada y llevarse algunas docenas de cabras en Fuerteventura (isla en la que, por cierto, hay más cabras que habitantes autóctonos y residentes juntos). Hasta entonces, las islas Canarias vivían en el silencio del anonimato geográfico. Pero aquel ecosistema de paz y relajada existencia se vería comprometido por la eterna ambición de conquista del ser humano.

Durante un viaje a Génova, a petición de esta república mediterránea en su lucha contra los inasequibles piratas de Berbería, se enteró de la existencia de unas tierras lejanas próximas a la costa oeste de los berberiscos

Jean de Bethencourt, en su niñez, fue despojado de toda la dignidad aristocrática acumulada tras generaciones. Una rebelión normanda contra la mano de hierro del rey de Francia, Carlos VI, le había desposeído de su castillo, propiedades, muebles e inmuebles. Además de matar a su padre, lo había dejado desnudo y sin futuro.

Durante un viaje a Génova, a petición de esta república mediterránea en su lucha contra los inasequibles piratas de Berbería, se enteró de la existencia de unas tierras lejanas próximas a la costa oeste de los berberiscos. Y ahí, es donde empieza esta historia…

Rumbo a Canarias

Era el año de 1401 y para armar la expedición a Canarias, había vendido todos sus bienes y creado un club de accionistas ante la previsión de futuros beneficios. De paso, se había fundido la dote de su mujer, la cual, obviamente, tenía muchas ganas de perderlo de vista. Su buen amigo, el conde Braquemont, un gentilhombre de la corte del rey francés, se financió sus gastos para acompañar a su compinche en esta extravagante tarea, y así pusieron rumbo a un hecho que cambió la apacible historia de un formidable pueblo de gentes valientes, irreductibles y orgullosas.

‘Le Canarien’, es un famoso texto escrito por dos monjes franciscanos insertos en la expedición normanda; es una crónica de los acontecimientos sucedidos a partir de la toma a tierra de aquellas gentes europeas estupefactas ante lo que decididamente parecía otro planeta. Bethencourt y La Salle vivían pasmados ante su descubrimiento. La primera isla en la que se detuvieron fue en la Graciosa; hubo un conato de motín, pues la magia de la isla atrapó a los tripulantes. Aplacado el levantamiento con algunas monedas extra, siguieron hacia Lanzarote.

El 22 de enero de 1403, el antipapa residente en Aviñón, Benedicto XIII, declara una bula para someter a los irredentos “Majos” de Fuerteventura y que, en el caso de no pasar por el aro, sean ejecutados. Obviamente, el tema se comienza a complicar. Mientras, entre La Salle y Bethencourt surgen diferencias más que notables; el primero hizo una fuerte apuesta económica en la empresa de conquista, y el segundo fue el beneficiado por un laudo real en el que el monarca castellano falló a favor de Bethencourt. En éstas, el ya otrora amigo del normando decide abandonar la expedición y volver a Francia. Queda Bethencourt solo con una ligera guarnición en Fuerteventura.

Los dos reyes Majos (apócope de majoreros, gentilicio de los habitantes de Fuerteventura) en aquel tiempo, estaban a la greña. Los pobladores de la isla maja no llegaban a los 400 habitantes en un territorio de aproximadamente 1.660 Km² y los normandos y castellanos ya incorporados a la segunda expedición dieron el golpe de gracia a aquellos naturales que vivían de la pesca y derivados de las cabras, en un paraíso donde los haya.

Con miras a dar un salto cualitativo a sus conquistas y a su ya consolidado e indiscutible prestigio, decide ir la isla de Gran Canaria, pero eso son palabras mayores. La isla estaba habitaba a la sazón por más de 10.000 nativos con malas pulgas y una excelente organización militar. 

 Pero las circunstancias barométricas derivan a las tres naos hacia La Palma, donde, con la idea de capturar esclavos, se enfrentan con los palmeros en una formidable lucha por la supervivencia de ambos bandos. El mejor armamento castellano impone su ley. Los vientos siguen en contra de la idea de asaltar la isla, por lo que son llevados hasta El Hierro donde no tienen un buen recibimiento; en la isla de El Hierro la población numéricamente no tiene entidad, por lo que, o se convierten al cristianismo, plan A, o salen encadenados a los mercados de esclavos de Berberia. La elección está clara: los Bimbaches (Herreños) se rinden y los que no pasan por las Horcas Caudinas lo llevan crudo.

Hoy se sabe —antes se suponía, según las crónicas de Le Canarien— que Tenerife, la llamada Isla del Infierno, por la demostrada ferocidad de los guanches, nunca pudo ser invadida por Bethancourt. Esta espina clavada en su historial militar se la llevaría a la tumba tras habitar durante 63 años este extraño planeta. Más tarde, Castilla remataría la faena tras una ardua lucha contra unos guerreros imposibles. Hoy, España goza de este lujo mágico llamado Canarias.

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[Col}> Qué es el cielo / Soledad Morillo Belloso

13-06-2015

Soledad Morillo Belloso

Qué es el cielo 

Dicen que el cielo guarda la forma de los recuerdos, que en su azul inmenso se reflejan los días luminosos, las horas en que la felicidad era tan sencilla como sentir  el viento en la cara o permitirse la risa que no pide permiso.

El cielo es el espejo de mi infancia, de los días en que correr no era un escape sino un juego. Es la luz dorada sobre la plaza donde aprendí a esperar, es la brisa que acarició mi piel en esa ciudad donde amé por primera vez.

A veces, al mirar hacia arriba, creo reconocer una sombra, una textura, un matiz único que me pertenece. Veo un rincón de nubes donde aún resuena aquella canción, una grieta de luz en la tarde que tiene el color exacto de un atardecer.

El cielo no es sólo el techo del mundo, es el guardián de las emociones que me marcaron. Y cuando lo miro con los ojos de la memoria, descubro que en algún rincón de su infinito azul aún brilla el lugar donde fui feliz.

El cielo no es sólo un manto azul suspendido sobre mi cabeza. Es un espejo de mi memoria, un reflejo de los lugares donde la felicidad alguna vez me tocó con su suave aliento. No es un espacio distante, es un umbral. Y cuando lo miro con nostalgia en la piel, me doy cuenta de que guarda la forma de días luminosos, la textura de ciertos  momentos en que el tiempo no pesaba sobre mis hombros.

El cielo es mi infancia desparramada en el horizonte, la luz dorada que acariciaba el jardín donde aprendí a correr sin miedo. Es la brisa del primer beso de amor, un coro de voces lejanas que aún escucho cuando sopla el viento. Es el azul profundo que cubría esas  noches cuando mi mundo era pequeño y el futuro un murmullo muy lejano.

En su inmensidad, se esconden los trazos de una noche eterna, las pinceladas de oro y fuego que coloreaban los atardeceres de mi  juventud. En sus límites indefinidos, se deslizan los más sutiles recuerdos como nubes pasajeras, imágenes fugaces de esos breves instantes que alguna vez fueron el todo.

En ocasiones, al mirarlo, me parece ver los rostros de quienes compartieron mi dicha, sus perfiles  dibujados en la luz, sus risas entre las ráfagas de aire. Es como si el cielo fuera el aposento de los más bellos paisajes, de emociones y  suspiros inolvidables.

El cielo es la cercanía de lo que amo, es el altar de las sonrisas de todos los que he querido. Es el custodio de lo que fue hermoso, el techo de los espacios donde la felicidad me habitó por completo. No es el pasado ni el futuro, es el instante donde aún vive la versión intacta de mí que alguna vez fue libre y plena.

Y cuando alzo la mirada, y lo contemplo, descubro que no es el cielo lo que me recuerda mis mejores días, sino el pedazo de mi alma que en ellos dejé. Porque el cielo, en su preciosa  calma, en su azul moteado con nubes que parecen algodón de azúcar, es el reflejo de lo que nunca dejé de buscar.

El cielo se parece mucho a ese lugar donde alguna vez fui feliz.

[Canarias}> Un experto, sobre la navegación y los antiguos pobladores de Canarias

12-06-2025

Ricardo Herrera

Sobre la navegación y los antiguos pobladores de Canarias

“Quizás hay que cambiar la pregunta que nos hacemos”. «Había contacto entre las poblaciones de Tenerife y Gran Canaria, alrededor del siglo XII»

Los antiguos pobladores de Canarias siguen despertando muchas dudas y misterios. Uno de ellos es el de la navegación. Su llegada al Archipiélago e, incluso, la posibilidad de desplazarse entre Islas sigue siendo una de las claves que muchos expertos tratan de desvelar.

“Para dar respuesta a determinadas preguntas, muchas veces es necesario cambiar la pregunta: ¿navegaban? Quizás lo que hay que preguntar es por qué dejaron de hacerlo”, asegura José Farruija, historiador y arqueólogo.

En el espacio Cometa Halley podcast, Farruija resalta una investigación de Jacob Morales, a partir del estudio de semillas. “Había contacto entre las poblaciones de Tenerife y Gran Canaria, alrededor del siglo XII. Vemos como Leonador Torriani habla de cómo los indígenas de Lanzarote y Fuerteventura, para robar ganado, usaban pequelas embarcaciones”, señala.  “Hay argumentos para pensar que sabían navegar pero que, por motivos que desconocemos, es algo que abandonan”, finaliza.

El origen de los antiguos pobladores de Canarias

La colonización de las Islas Canarias por poblaciones bereberes comenzó en Lanzarote entre finales del siglo I y principios del III de nuestra era y se completó en el resto del Archipiélago unos dos siglos después, según un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States (PNAS).

La investigación, liderada por el arqueólogo Jonathan Santana, de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, ha utilizado por primera vez en Canarias un modelo estadístico bayesiano combinado con un protocolo de “higiene cronométrica” para analizar las dataciones de radiocarbono.

El trabajo, en el que también participan las universidades de La Laguna y Linköping (Suecia), defiende que los primeros pobladores bereberes llegaron a las Islas de forma independiente con sus propias embarcaciones, desechando así la hipótesis de un traslado forzoso por parte del Imperio romano. Antes de la llegada amazige, el primer asentamiento humano conocido en Canarias fue romano, localizado en el islote de Lobos en el siglo I a.C., donde establecieron una factoría para la extracción de púrpura.

El modelo aplicado por el equipo de Santana indica que mientras Lanzarote fue la primera isla colonizada, Gran Canaria fue la última, alrededor de los años 490-530. Sin embargo, los investigadores advierten de un posible sesgo en las dataciones de Gran Canaria debido a la escasez de muestras correspondientes a los primeros siglos de la era. En Tenerife, la ocupación inicial se sitúa entre los años 205 y 410.

Además de los hallazgos cronológicos, el estudio subraya la autonomía cultural y tecnológica de los colonos bereberes, quienes habrían desarrollado conocimientos de navegación que les permitieron trasladarse desde la costa norte de África —concretamente zonas como Agadir, Sidi Ifni o Massa— hacia las Islas. Los análisis genéticos y lingüísticos, junto con los restos arqueológicos, refuerzan este origen.

La investigación también confirma que, más allá de los casos de Lobos y Lanzarote, no existen pruebas de presencia romana o interacción cultural significativa con los bereberes en el resto del Archipiélago. Los primeros asentamientos amaziges, señala Santana, se establecieron siempre en zonas costeras, aprovechando los recursos marinos y demostrando habilidades de adaptación costera, recolección, pesca y agricultura.

Este trabajo forma parte del proyecto IsoCAN, financiado por el Consejo Europeo de Investigación con 1,4 millones de euros, y proporciona, según Santana, “un marco verificable para futuras investigaciones sobre el poblamiento inicial de Canarias”.

Fuente

[Col}> Trato y maltrato / Soledad Morillo Belloso

10-06-2015

Soledad Morillo Belloso

Trato y maltrato 

Camino por la vida acumulando gestos, palabras, silencios que han marcado mi historia. Recuerdo las manos que alguna vez me sostuvieron, los abrazos sinceros, las miradas que no necesitaban palabras para hacerme sentir vista, comprendida, querida. El trato justo, el respeto mutuo, la empatía. Pequeños actos que construyen un refugio en este mundo incierto.

Pero también recuerdo los  maltratos. La indiferencia que hizo tambalear mi confianza, la palabra cruel que se incrustó en mi memoria, el desdén que me apagó poco a poco. El maltrato no siempre grita; a veces se arrastra sigiloso, se disfraza de rutina, se camufla en la normalidad de lo injusto. Lo he sentido en palabras afiladas, en ausencias inexplicables, en miradas que ignoraban mi existencia como si fuera un espectro.

Me pregunto si el trato y el maltrato son el reflejo de quienes somos, de lo que llevamos dentro. ¿Somos capaces de elegir cómo tratamos a los demás, o simplemente repetimos lo que nos enseñaron, lo que alguna vez nos hicieron sentir? He intentado ser consciente, romper ciclos, construir con respeto lo que alguna vez me hicieron con desprecio.

Porque al final, el trato que damos define el trato que recibimos. Preferible ser un refugio y no una tormenta, un eco de bondad y no de heridas. A veces me detengo a pensar en las cicatrices invisibles que el trato y el maltrato han dejado en mí. No todas duelen de la misma manera, algunas apenas son un rasguño borroso, otras siguen latiendo como una herida abierta. Me pregunto cuántas veces una palabra amable me salvó sin que yo lo supiera, cuánto daño podría haberse evitado con algún gesto de compasión. Porque el trato justo no es sólo cuestión de educación, es una decisión, un acto de rebeldía contra la rudeza del mundo.

Y en medio de todo, sigo buscando maneras de sanar. Aprecio a  quienes entienden el peso de una mirada sincera, a quienes ven más allá de lo obvio y saben que todos cargamos batallas invisibles. Me aferro a la idea de que el trato que damos y recibimos moldea nuestra historia, y elijo, cada día, construir una en la que el respeto y la gentileza sean la norma, no la excepción.

Al final del día, somos el eco de los encuentros que nos han moldeado. Las palabras que nos elevaron y las que nos destruyeron, las miradas que nos abrazaron y las que nos hicieron sentir invisibles. Pero también somos la suma de nuestras elecciones, la forma en que decidimos responder a lo que la vida nos ofrece.

Yo elijo el respeto, la ternura, la dignidad. Elijo ser la voz que calma, la mano que sostiene, el trato que sana. Porque cada gesto deja huellas, y quiero que las mías dejen  recuerdos de bondad, no de maltrato. Yo elijo ser caricia y no herida. Elijo la pluma y no la daga.