[Col}>La insoportable apatía de algunos / Soledad Morillo Belloso

24-07-2025

Soledad Morillo Belloso

La insoportable apatía de algunos 

El mundo arde, pero algunos ni siquiera sienten calor. La indiferencia es la enfermedad más insidiosa y terrible de los tiempos modernos, un letargo que anestesia conciencias y embalsama voluntades.

Pero hay una apatía más perjudicial, más silenciosa, más devastadora: la que se instala en las relaciones, en los afectos, en esos lazos que deberían ser refugios pero que, sin cuidado, se convierten en espacios vacíos.

Es la apatía que transforma reuniones familiares en trámites, que convierte amistades en nombres en una lista de contactos que ya no marcan llamadas. Es la distancia disfrazada de rutina, la frialdad envuelta en excusas.

Nos acostumbramos a no preguntar. A no insistir. A no escuchar más allá del «estoy bien» mecánico que es la respuesta que nada revela. Nos volvemos expertos en el arte de la presencia superficial, en la convivencia sin conexión.

Y así, los afectos se van marchitando lentamente, no por grandes conflictos o traiciones, sino por la ausencia de interés, por la negligencia emocional, por la pereza de sentir.  ¿Cuántas relaciones mueren no por una pelea, sino por la indiferencia? ¿Cuántos abrazos se vuelven más fríos simplemente porque dejamos de darlos con intención? ¿Cuántos «te quiero» pierden peso porque se dicen sin pensarlo y sin sentirlo?

Hay un momento en que la apatía ya no es una mera falta de acción, sino una dolorosa forma de abandono. Un abandono silencioso, que no grita, que no enfrenta, que simplemente deja ir. La apatía es la gran traición muda. Nos roba momentos, nos distancia de quienes amamos, nos convierte en meros espectadores de una vida que deberíamos estar viviendo con intensidad.

Lo peor de la apatía es que no siempre se nota de inmediato. Es un enemigo paciente, que se infiltra en los días, las semanas, los meses y los años, que convierte conversaciones en burda burocracia y miradas en tediosa rutina. Y cuando finalmente nos damos cuenta, ya hemos perdido demasiado.

La vida no es una suma de ausencias, sino una oportunidad para construir presencias. Para estar, para sentir, para demostrar que el afecto necesita esfuerzo. Y si la apatía es una sombra, el compromiso es la única luz capaz de disiparla.

Siempre hay tiempo para reconstruir lo que se ha ido desmoronando, para mirar a los ojos y decir con verdad: «Estoy aquí. Me importas.» El amor, la amistad, la familia, no son sentimientos automáticos, sino decisiones que se renuevan con cada gesto, con cada palabra, con cada presencia real. Despertar es posible. Rehacer los lazos es posible. Basta un gesto, una palabra, una mirada que diga: «Estoy aquí. Te veo. Te escucho. Me importas. Me duele lo que te duele, me alegra lo que te alegra.»

La historia no sólo olvida a los indiferentes, también los olvidan sus seres queridos. Y ese olvido, ese vacío, es quizás el precio más alto de la apatía.

“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón… “; ¿haremos algo hoy mismo para no dejar que nos volvamos esclavos del olvido?

[Col}> Cuando lo estático no es paz, sino vacío / Soledad Morillo Belloso

21-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Cuando lo estático no es paz, sino vacío 

Hay un espejismo peligroso en la inmovilidad, en esa ausencia de perturbación que algunos confunden con paz. Nos acostumbramos a la idea de que la ausencia de ruido es sinónimo de tranquilidad, pero hay silencios que pesan, que ahogan más que el estruendo. Hay momentos en los que lo estático no representa equilibrio ni serenidad, sino vacío.

La historia —tanto la que se escribe en los libros como la que cada individuo esculpe en su alma— está llena de pausas que no fueron descanso, sino abandono. De tiempos en los que se dejó de preguntar, de imaginar, de desafiar lo impuesto. En esos momentos, el aire se torna denso, como si la ausencia de movimiento robara incluso el oxígeno necesario para la reflexión.

El ser humano es, por naturaleza, una criatura de impulso, de búsqueda, de acción. Cuando el pensamiento deja de fluir, cuando la inquietud es sofocada por la apatía, algo esencial se desmorona. Porque la paz verdadera no es la ausencia de conflicto, sino el resultado de su resolución. No es el estancamiento, sino el fluir armónico de ideas, emociones y voluntades que construyen algo más grande que la simple supervivencia.

El peligro de lo estático es que se disfraza de refugio. Nos hace creer que hemos encontrado un lugar seguro, un puerto sin tormentas. Pero si ese puerto nos impide zarpar, si sus aguas se tornan cenagosas por la falta de corriente, entonces no es un refugio, sino una trampa. Y lo que antes fue descanso, ahora es prisión.

La pregunta que debemos hacernos, como individuos y como sociedad, no es si estamos cómodos o si estamos vivos, sino qué clase de vida cabe en lo estático. No si la superficie está en calma, sino si debajo de ella todavía hubiera mareas que impulsen. Porque la vida no es un lago estancado. Es un río en perpetuo movimiento, con corrientes que nos retan, que nos enseñan, que nos obligan a  evolucionar.

El verdadero riesgo no está en el conflicto. Está en lo estático de la  indiferencia. No está en el ruido, sino en la parálisis. Porque lo estático puede parecer paz, pero si ha apagado el pulso, entonces no es más que vacío.

El verdadero dilema no estaba entre votar o no votar.  La esencia del dilema probablemente radicaba en el significado del voto más que en el acto mismo de votar. No se trataba sólo de marcar una casilla con el dedo en una pantalla, sino de decidir si el voto tenía poder real, si era una herramienta de transformación o simplemente una formalidad inocua dentro de un sistema que ya tenía su curso decidido.

Muchas veces, el dilema profundo no está en la acción, sino en la expectativa. ¿Votar significaba elegir o simplemente legitimar lo inevitable? ¿Era una expresión de voluntad o un inútil acto simbólico de resistencia? ¿Qué se decía,  decidía o cambiaba con ir a votar o con no hacerlo? En ciertos momentos de la historia, el voto se convierte en una falsa encrucijada donde la verdadera decisión no está en acudir o no a las urnas, sino en creer o no en que votar es la posibilidad del cambio.

Cuando el voto pierde su capacidad de decidir, deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en un ritual sin sustancia.

La democracia no se mide sólo en la existencia del sufragio, sino en el impacto que ese sufragio tiene en la realidad política, social y económica. Un voto que no cambia nada es apenas una sombra de lo que debería ser. Es peligroso porque se presta a trapisondas, genera una falsa sensación de estabilidad, cuando en realidad es apenas una pieza más dentro de un engranaje que ya tiene su rumbo trazado.

Cuando el resultado está determinado antes de que el primer voto sea contabilizado, el ejercicio deja de ser elección y se convierte en imposición y resignación. El ciudadano deja de ser protagonista y pasa a ser espectador atado en la butaca presenciando una obra cuya trama ya ha sido escrita por otros.

La gran pregunta es cómo se revierte esa situación. ¿Cómo se restaura el poder del voto para que realmente decida? Porque si el voto no define el destino de una sociedad, si no puede inclinar la balanza, entonces esa sociedad no  es libre y no decide. Y todo se vuelve estático.

La verdadera amenaza no radica en el fraude explícito o en la represión directa, sino en la indiferencia disfrazada de normalidad que genera costumbre. Cuando el voto deja de decidir, la democracia se convierte en una apariencia, un teatro donde las reglas del juego están escritas de antemano.

Y en ese escenario, el ciudadano corre el riesgo de perder no sólo su voz, sino su fe en la posibilidad de cambio. Su mente se inunda de un pensamiento que se condensa en una muy corta frase: “Esto no tiene remedio”. Porque cuando el destino de una nación se vuelve ajeno a la voluntad de su gente, no hay elección, sólo resignación. Recuperar el poder del voto no es apenas una cuestión política, sino un acto de resistencia contra el vacío, contra la inercia, contra la renuncia a la esperanza.

[Col}> El viento que no responde / Soledad Morillo Belloso

20-07-2025

Soledad Morillo Belloso

El viento que no responde

La soledad no es el vacío de una habitación, ni la quietud que se instala cuando cae la noche. Es un silencio que resuena dentro, una presencia intangible que acompaña incluso en medio de la multitud. Es la certeza de que nadie escucha lo que se grita hacia dentro, la ausencia de un reflejo en la mirada de otro.

Estar a solas es una condición más simple, más tangible. Se puede estar a solas en una casa vacía, en un café cualquiera donde nadie nos conoce, en un camino donde los pasos se mezclan con el polvo y la brisa.

La soledad tiene sombras que alcanzan los rincones donde antes había luz. Es el rumor de una conversación que quedó a medias, el peso invisible de una silla que no se mueve, la huella de unas manos que ya no acarician. La soledad tiene memoria, guarda el archivo de cada instante compartido y lo  despliega como páginas de un libro que nunca se termina.

No todos los días son iguales. Hay días en que la soledad muerde, días en que su peso aplasta el pecho, días en que su presencia se convierte en el único sonido reconocible. Y luego, están los días en que es simplemente un velo tenue, una brisa tibia que toca sin destruir, una compañía que ya no es una extraña.

Estar a solas puede ser una elección, como quien escoge guarecerse en un refugio. La soledad, en cambio, es una tormenta que llega sin preguntar, un invierno sin tregua, un amanecer sin promesas.

La soledad enseña, muchas cosas. A escuchar el propio pensamiento, a entender el lenguaje del viento, a comprender lo que dice el olor del café, es el mensaje que alberga la textura del papel bajo los dedos, lo que vemos cuando cerramos los ojos.

La soledad no pregunta, sólo se sienta en el alma y deja un vacío que ninguna voz logra llenar.

Es el nombre que ya nadie pronuncia, el reflejo que vive en la bruma de la memoria. La soledad no grita, observa en silencio cómo pasa el tiempo. En realidad, no es vacío, es todo lo que ya no está.

Es ese otoño que se queda, aunque el mundo insista en que ha llegado la primavera. Es un diálogo truncado, una pregunta suspendida en el aire, esperando una voz que nunca vuelve. Es ese espacio entre las palabras no dichas. Es una herida abierta que no sangra, un vacío sin pretextos, una penumbra que continúa cuando el día amanece. Es un reloj sin agujas, un calendario sin fechas. Es una carta sin respuesta, un verso incompleto, un poema que nunca encuentra su última línea

La soledad convive con la vida. Se  hace costumbre. Es el viento que no responde. Habla, pero no devuelve palabras. Tiene el poder del silencio. La soledad es un pacto silencioso, una conversación sin palabras entre el tiempo que sigue y la ausencia que pesa. Es aprender a caminar con sombras, a reconstruir espacios sin olvidar lo que los llenó alguna vez. La soledad no pide permiso. Y el alma, poco a poco, aprende a vivir con ella.

Y así, en algún rincón del silencio, descubrimos que aún queda algo por hacer, algo por vivir. Aunque sea distinto, aunque sea frágil. Aunque sea sólo nuestro.

[Col}> Claridad / Soledad Morillo Belloso

18-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Claridad

Cierro mis ojos. Veo mejor. No porque la realidad desaparezca, sino porque se transforma. En la oscuridad, los límites se difuminan, los detalles innecesarios se disuelven y lo esencial cobra vida con una claridad inesperada. Es en este espacio donde lo que no se ve con los ojos brilla con fuerza: los recuerdos, los deseos, las verdades que el mundo tiende a ocultar bajo su ruido incansable y las luces que encandilan.

Cierro mis ojos. Las sombras se vuelven contornos suaves, la luz deja de deslumbrar y lo que realmente importa se dibuja con nitidez. Es en este silencio visual donde escucho mejor, donde los pensamientos adquieren forma sin interferencias, donde los sentimientos no tienen que vestirse con ropajes. Aquí veo con el alma, con la intuición, con la sensibilidad.

Y entonces, por un rato con sabor a eterno, me quedo en esta oscuridad voluntaria, en esta pausa gentil donde todo se comprende sin la distracción del mundo visible. Con los ojos cerrados, veo lo que el ruido esconde, lo que las miradas rápidas pasan por alto, lo que sólo el corazón sabe reconocer. Y en ese instante, por fin, veo mejor.

Cierro mis ojos. Las distancias dejan de importar. No hay fronteras entre el pensamiento y la emoción, entre la memoria y la imaginación. Lo que antes parecía lejano ahora está al alcance, lo que creía perdido regresa con una nitidez que no necesita luz para existir.  Las cosas adquieren su verdadera forma, lejos de distracciones que distorsionan.

Las sombras se convierten en refugio en lugar de infundir temor. En ellas se esconde lo que no me atrevo a ver cuando la luz exige respuestas inmediatas. Pero en este espacio sin colores, sin contornos definidos, el tiempo se detiene lo suficiente para que todo se revele sin prisa. Los miedos, las verdades que esquivo, los sueños que olvidé, todos surgen con una dulzura inesperada, como si supieran que  ahora estoy lista para mirarlos de frente.

Cada latido resuena más fuerte, cada pensamiento encuentra su eco sin interrupciones. Y en este silencio, en esta penumbra, comprendo lo que tantas veces pasé por alto. El mundo no desaparece, apenas se transforma en lo que siempre debió ser: un espacio donde el alma por fin puede ver con diafanidad.

Cierro mis ojos. Comprendo que la  visión no depende de la luz, sino de la voluntad de mirar más allá. En esta oscuridad quieta donde el mundo se disuelve y sólo queda la esencia de las cosas, descubro que no necesito ver para entender, que no necesito mirar para sentir. Porque en el silencio de mis ojos cerrados todo lo invisible se revela con absoluta claridad.

[Canarias}> Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare V: Tigalate

15/07/2025

Felipe Jorge Pais Pais*

Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare V: Tigalate

El topónimo Tigalate, que ha pervivido hasta la actualidad, hace referencia a uno de los barrios más grandes y populosos de Villa de Mazo

7.- El cantón de Tigalate

«“El quinto señorío, Tigalate y Mazo hasta Tedote … Y de esta tierra eran señores Juguiro y Garehagua, hermanos, y a éste le llamaron de este nombre, porque al tiempo que nacía, dicen que cercaron a su madre muchos perros; y porque haguayan quiere decir en su lengua ”perro“, por eso le pusieron el nombre, el cual era mal acondicionado y muy belicoso(J. Abreu Galindo, 1977: 267)».

El topónimo Tigalate, que ha pervivido hasta la actualidad, hace referencia a uno de los barrios más grandes y populosos de Villa de Mazo. Según Ignacio Reyes García, se podría traducir como “…corral de cría…” (2011: 416). Muy cerca de allí, hacia el este y a una cota algo más baja, también se conserva el caserío de Tiguerorte-Tigorte-Tiguerote-Tiguirorte, con el significado de “…aprisco, cercado (circular)”, (I. Reyes García, 2011: 417), siendo una variante de tagoror.

Ambos nombres están muy vinculados al aprovechamiento pastoril de estos parajes, el cual se mantuvo tras la conquista de Benahoare. También podría hacer referencia a las numerosas cabañas que están desperdigadas por todo el territorio, siendo la forma de hábitat más característica de este cantón, si bien también aprovecharon las cavidades naturales que se abren en las márgenes de barrancos, barranqueras, acantilados costeros y laderas de volcanes.

Respecto a su relación con el topónimo tagoror (recinto circular para celebrar reuniones) es interesante destacar que en este primitivo bando se conserva una enorme construcción, de planta oval, situado en la zona de la desembocadura de Barranco Hondo (Porís de Tigalate. Villa de Mazo), junto aun poblado de cabañas y cuevas sepultados, en parte por las lavas de la erupción del Volcán Tigalate-Martín en 1646, que muy bien pudo tener esa funcionalidad.

Posible tagoror en la desembocadura de Barranco Hondo (Porís de Tigalate. Villa de Mazo) (Foto: Jorge Pais Pais).

El cantón de Tedote sufrió la devastación de distintas erupciones volcánicas. Sin duda, una de las más virulentas y perfectamente datada es la de la Montaña de Los Valentines en Monte Pueblo, que se produjo en torno al año 300 después de Cristo. Sus coladas lávicas, de gran anchura y espesor, sepultaron, con toda probabilidad, un buen número de asentamientos benahoaritas de cabañas, si bien en medio de las manchas y manchones (kipukas), aún es posible rastrear la presencia indígena como, por ejemplo, en las inmediaciones de la Pista de Los Callejones. Y, de hecho, como veremos más adelante, no tuvieron inconveniente en ocupar los tubos volcánicos que se formaron en los nuevos malpaíses una vez que las rocas se enfriaron.

Montaña de Los Valentines desde Los Callejones (Foto: Jorge Pais Pais)

Las lavas de la Montaña de Los Valentines rodearon completamente el conjunto arqueológico del Roque de Los Guerras, un gigantesco pitón de granzón compactado en torno al cual vivía una gran cantidad de aborígenes en cuevas y cabañas de las que sólo se salvaron las del frente oriental.

En esta zona se llevaron a cabo, en 1984, unas catas estratigráficas (É. Martín Rodríguez, 1988: 97-101). Entre el 6 y el 29 de octubre de 1995 se realizaron otros tres sondeos, entre los que destaca un paquete sedimentológico, de unos dos metros de espesor, que quedó aprisionado por un enorme bloque desprendido de la parte superior del risco durante los “temblores” de la erupción de Los Valentines (F. J. Pais Pais, 1997: 78-82).

Evidentemente, la población benahoarita que vivía en estos parajes y realizaba rituales mágico-religiosos en torno a los conjuntos de canalillos-cazoletas y petroglifos dispersos por distintas zonas del roque, se vio obligada a abandonar la zona ante la marcha imparable de la lava que rodeó y sepultó buena parte del afloramiento rocoso. A pesar de todo, regresaron al lugar una vez que pasó el peligro y se establecieron de forma permanente durante más de 1.000 años, hasta que las huestes de Alonso Fernández de Lugo conquistaron Benahoare en 1493.

Roque de Los Guerra rodeado por las coladas de Los Valentines (Foto Jorge Pais Pais)

Al oeste del Roque de Los Guerra, en medio de las coladas de la Montaña de Los Valentines, existe un gran tubo volcánico, conocido como Cueva de Lázaro, que es un claro ejemplo, al igual que el Roque de Los Guerras, de que la población indígena aprendió a vivir con el peligro constante que suponían las erupciones volcánicas.

Esta cavidad, que se creó en medio de las coladas del volcán, en el año 300, fue ocupada como vivienda permanente durante cientos de años, a pesar de las dificultades para caminar sobre ella y la imposibilidad de hacer un uso agrícola o ganadero de estos parajes. Pero constituía un excelente refugio contra las inclemencias del tiempo. (F. J. Pais Pais, 1997: 70-73).

Parte superior de la Cueva de Lázaro en medio de las lavas de la Montaña de Los Valentines (Foto Jorge Pais Pais)

La población benahoarita de Tigalate vio como otra erupción volcánica, aunque desconocemos fecha y lugar, afectó a una de las necrópolis más interesantes de la antigua Benahoare: La Cucaracha (Montaña de Las Tabaibas) cuya primera excavación, en septiembre de 1963, fue llevada a cabo por Miriam Cabrera Medina, Ramón Rodríguez Martín, Antonio Soler, etc.

Entre los materiales rescatados sobresalen unos bloques de lava con restos humanos incrustados (F. J. Pais Pais, 2001:19), cuyo origen ha suscitado numerosas hipótesis. Las primeras teorías apuntaban a que se formaron durante una erupción volcánica que afectó al yacimiento funerario.

Las investigaciones de un grupo de vulcanólogos plantearon que se trataba de unos huesos humanos que fueron cubiertos por las lavas de La Malforada-Nambroque, en la dorsal de Cumbre Vieja, que tuvo lugar en torno al año 1090, y desde ahí se trasladaron a La Cucaracha (J. C. Carracedo, F. J. Pérez Torrado, H. Guiiou y F. Calvé, 2001: 18).

Finalmente, las nuevas excavaciones, realizadas a partir de 2014 por Nuria Álvarez Rodríguez y Jorge Pais Pais, parecen apuntar a que los bloques de lava con restos humanos se produjeron en la zona donde se encontraron. Esta hipótesis parece corroborarse tras la erupción del Volcán Tajogaite, en 2021, y lo sucedido en el Cementerio de Los Llanos de Aridane, junto a la Montaña de Cogote, que nos han aportado una serie de indicios para desentrañar este misterio.

Bloque de lava con restos humanos en la necrópolis de La Cucaracha (Montaña de Las Tabaibas) (Foto: Jorge Pais Pais)

El cantón de Tigalate, al igual que sucedió en Aridane y Tihuya, sufrió las razias de los señores feudales de El Hierro que venían a Benahoare a buscar sebo, cueros, ganados y, sobre todo, esclavos. En una de esas incursiones arribaron «“…en el término y señorío de Juguiro y Garehagua, que fue en Tigalate. Donde, puesto que hallaron gente, les huyeron; y los cristianos que fueron en su alcance prendieron un palmero y una palmera, hermana del capitán Garehagua. La cual, como se vió presa, volvióse contra el cristiano herreño, que se decía Jacomar, y púsolo en tanto aprieto, que le convino favorecerse de las armas; y así le dio de puñaladas y la mató.

Pero no se difirió mucho la venganza; que, de allí a algunos días, los palmeros hicieron treguas con los herreños y, debajo de estas paces, venían los cristianos a La Palma, a contratar; entre los cuales vino Jacomar, el que había muerto a la hermana de Garehagua, y, no sabiendo quién era la que había muerto, se dio por amigo de este Garehagua, y en conversación le contó el suceso que le había acontecido con la palmera. Garehagua pregúntole por las señas de la palmera; y, entendiendo por ellas ser su hermana, le dijo que, pues su ventura lo había traído allí, era para que su hermana no quedase sin venganza; y así, volvió una asta, que tenía puesto por hierro un cuerno de cabra, y dióle por la barriga y matólo, sin poder ser socorrido; por lo cual se vinieron a romper las treguas hechas (J. Abre Galindo, 1976: 278-279)».

La conquista de Benahoare fue un episodio traumático y duro para la población indígena, a pesar de la capitulación pacífica que algunos intentan promover. Y no lo decimos nosotros, sino que aparece claramente reflejado en las fuentes etnohistóricas, en las que se habla de muertes y esclavitud cuya magnitud, sin duda, fue mucho mayor de la que se indica en los documentos escritos.

La primera escaramuza sangrienta entre conquistadores y aborígenes tuvo lugar en el cantón de Tigalate:

«“…hasta que llegó a Tigalate y Mazo, territorio y término del capitán Jaguiro y Garehagua, donde halló la gente toda alterada y puesta en arma; porque, como no tenían hechas amistades…”

“Viendo Alonso de Lugo que no aprovechaban halagos ni promesas, hizo apercebir toda su gente, para dar sobre ellos. Como los enemigos vieron el rostro que los cristianos hacían, temiendo el encuentro, fuéronse retrayendo hacia Tinibucar (Risco de La Concepción. Cantón de Tedote); pero los cristianos fueron en su seguimiento y alcance, donde mataron algunos palmeros que se ponían en defensa, y cautivaron muchos…”» (J. Abreu Galindo, 1977: 282-283)».

La leyenda dice que la Cueva de Belmaco era el lugar donde vivían los capitanes del cantón de Tigalate, los hermanos Juguiro y Garehagua. Por tanto, cabe suponer, que este enfrentamiento tendría lugar en esta zona.

Cueva de Belmaco (Foto: Jorge Pais Pais)

En el cantón de Tigalate se localiza el yacimiento arqueológico más antiguo de la arqueología de Canarias, siendo dado a conocer en 1752 por Domingo Van de Walle de Cervellón. Sus grabados rupestres de tipo geométrico ejecutados con la técnica del picado estuvieron, durante mucho tiempo, en el centro de la polémica sobre el origen y procedencia de la población indígena, así como el posible significado de estas enigmáticas inscripciones pétreas.

Por tanto, no debe sorprendernos que sea uno de los yacimientos más estudiados con numerosas campañas de excavación que han demostrado que esta cavidad fue utilizada como lugar de habitación, como enterramiento y como encerradero de ganado menor. En 1999 se convirtió en Parque Arqueológico (F. J. Pais Pais, 2017) y será uno de los yacimientos estrellas en todo el proceso para que los petroglifos benahoaritas puedan ser declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Grabados rupestres en la Cueva de Belmaco (Foto: Jorge Pais Pais).

En las fuentes etnohistóricas no aparece ni la más mínima referencia sobre sus límites territoriales con los cantones vecinos. La frontera sur, con el cantón de Ahenguareme, podría situarse, aproximadamente, en la misma zona de Montes de Luna donde confluyen los actuales municipios de Fuencaliente y Villa de Mazo.

Es probable que la erupción volcánica de Tigalate-Martín, en 1646, cuyas lavas discurren por estos parajes, sepultase alguna barranquera que permitiera establecer esa separación. Mucho más impreciso sería el límite septentrional con el cantón de Tedote, que podríamos establecerlo siguiendo el criterio de los municipios de Villa de Mazo y Breña Baja que viene marcado por el trazado de antiguos caminos, de posible tradición prehispánica que parten desde la Montaña de La Breña, Camino de Las Mesitas, Camino del gato Negro y Camino de la Higuera Negra hasta llegar a la Caleta del Palo. Otra posibilidad es situarlo algo más al norte, siguiendo el trazado del Barranco de Amargavinos que desemboca en Los Canajos.

Bibliografía general

  • -ABREU GALINDO, J.: Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, (Santa Cruz de Tenerife), 1977.
  • -ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, Nuria y PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los yacimientos funerarios benahoaritas en las antiguas demarcaciones territoriales de La Palma, Actas de las IV Jornadas Prebendado Pacheco de Investigación Histórica, (Tegueste), 2011, Págs. 17-42, ISBN 978-84-938791-0-5 (Publicación digital).
  • -CARRACEDO, J. C.; PÉREZ TORRADO, F. J.; GUIIOU, H. y F. CALVÉ: Identificación de la erupción volcánica asociada con la necrópolis prehistórica de La Cucaracha, Revista El Municipio (Villa de Mazo), Nº 5, (Tenerife), abril 2001, Pág. 18.
  • -MARTÍN RODRÍGUEZ, E.: Excavación de urgencia en El Roque (Mazo. La Palma), Investigaciones Arqueológicas en Canarias I, (Santa Cruz de Tenerife), 1988, Págs. 97-101.
  • -PAIS PAIS, F. J.: El bando prehispánico de Tigalate-Mazo, (Tenerife), 1997.
  • -PAIS PAIS, F. J.: La necrópolis de La Cucaracha, Revista El Municipio (Villa de Mazo), Nº 5, (Tenerife), abril 2001, Pág. 19.
  • -PAIS PAIS, F. J.: Belmaco, (La Orotava), 2017.
  • -REYES GARCÍA, Ignacio: Diccionario ínsuloamaziq, (Islas Canarias), 2011.

*Felipe Jorge Pais Pais es doctor en Arqueología

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[Canarias}> El ‘árbol de sangre de dragón’, símbolo milenario que une a Canarias con una isla remota del Índico

08/07/2025

 El ‘árbol de sangre de dragón’, símbolo milenario que une a Canarias con una isla remota del Índico

Las antiguas curanderas canarias utilizaban la savia de color rojo en sus curas, rezos y ungüento

El ‘árbol de sangre de dragón’, símbolo milenario que une a Canarias con una isla remota del Índico.

El perfil de divulgación Cultura Inquieta ha compartido recientemente una publicación en la que describe al árbol de sangre de dragón como “uno de los árboles más singulares y fascinantes del mundo”. En ella se detalla su origen, propiedades y usos tradicionales, así como su presencia tanto en la isla de Socotra como en las Islas Canarias.

El texto compartido en redes destaca que este árbol crece de forma natural en Socotra, un archipiélago del océano Índico que pertenece a Yemen y que se desprendió del continente africano hace aproximadamente 10 millones de años.

 La especie que se encuentra en esta región es la Dracaena cinnabari, cuya savia de color rojo le da el nombre común de “árbol de sangre de dragón”. Puede vivir una media de 600 años y se encuentra en los restos del antiguo bosque prehistórico Dragonsblood, sobre montañas de granito y mesetas de piedra caliza. La especie está considerada en peligro de extinción.

En el caso del archipiélago canario, la especie que se encuentra es la Dracaena draco, conocida popularmente como drago. Cultura Inquieta indica que “las antiguas curanderas canarias utilizaban la savia color rojo en sus curas, rezos y ungüentos”, y añade que esta resina se ha empleado tradicionalmente como medicina para “la disentería, diarrea, los cortes en la piel, las úlceras y la fiebre”, además de utilizarse como colorante y para elaborar incienso.

También recoge que esta sustancia se cosecha una vez al año, lo que explica su valor. A partir del siglo XVIII comenzó a utilizarse como barniz para violines y actualmente sigue presente en distintos sectores como pigmento rojo para madera, adhesivo, ingrediente en pintalabios y pasta de dientes.

La publicación está acompañada por una imagen del fotógrafo naturalista Daniel Kordan, en la que se muestra un ejemplar de esta especie en su entorno natural.

En los comentarios, algunos usuarios relataron experiencias personales relacionadas con esta especie. Una usuaria canaria afirmó: “Me extrañó muchísimo ver uno gigante en Sídney, en el jardín botánico muy cerca de la casa de la ópera”, y explicó que, al comprobar la cartela, confirmaba que era un drago que, pese a haberse inclinado tras caer, seguía creciendo. También aseguró haber visto más ejemplares de dragos en otros lugares de Australia.

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[Canarias}> Leyenda de la Virgen de los Remedios / María Victoria Hernández

03-07-2025

María Victoria Hernández*

Leyenda de la Virgen de los Remedios

Virgen de Los Remedios, La Patrona. Archivo: DOMINGO CABRERA

La imagen, datada en el segundo tercio del siglo XVI, es una talla de Flandes traída por los primeros colonos, portadores del arte de sus tierras de origen

Sobre la advocación de la Virgen de los Remedios, Los Llanos de Aridane, existe una bella leyenda recogida por el que fuera cronista oficial de la ciudad, Pedro Hernández y Hernández (1910-2001).

Se cuenta que el Adelantado Alonso Fernández de Lugo, después de la derrota que sufrió en el lugar de Adamancasis (El Paso), se retiró al lugar de Los Llanos de Aridane.

Allí, en el campamento de invierno, estudió con sus capitanes el definitivo asalto al jefe aborigen Tanausú; en su desesperación, exclamó: «—¡No encuentro fácil el remedio para acabar con la dureza y poderío del príncipe de Aceró!». Una joven mujer que escuchaba dijo con voz clara y dulce: «—La Señora del Cielo tiene remedio para todo».

Castellanos y aborígenes cristiani­zados no olvidaron la oración de aquella mujer y, terminada la conquista, erigieron una pequeña ermita dedicada a Nuestra Señora de los Remedios, hoy parroquia Matriz del Valle de Aridane. El 2 de julio se celebra la festividad.

La imagen de la Virgen de Los Remedios, datada en el segundo tercio del siglo XVI, es una talla de Flandes traída por los primeros colonos, portadores del arte de sus tierras de origen.

Talla de Flandes, siglo XVI, de Nuestra Señora de Los Remedios. Archivo: DOMINGO CABRERA

La Virgen porta sobre el brazo derecho, cubierto con el manto, al Niño Jesús desnudo y con ojos azules iguales a los de su madre; éste acaricia el mentón de su madre y muestra su rostro al pueblo y ella, a su vez, le ofrece una pera, símbolo de la Encarna­ción.

La imagen emana majestuosidad, elegancia, ternura, sereno mirar. La profesora Constanza Negrín Delgado (1956-2011) apunta que bien pudo ser el acaudalado benefactor del templo, el flamenco Jacques Groenemberg —nacido en la ciudad alemana de Colonia—, quien trajese a Los Llanos de Aridane esta imagen de “connotaciones renanas y rasgos estilísticos de innegables origen brabanzón —y más concretamente, bruselenses y antuerpienses— advertidas en la talla de Nuestra Señora de los Remedios”.

La Virgen de los Remedios es nombrada en toda la isla como La Patrona. No hay que especificar su advocación, los palmeros así la han reconocido y la han llamado desde hace siglo.

Pedro Hernández, poeta y cronista oficial. Foto: Archivo MVH

 *María Victoria Hernández es cronista oficial de la ciudad de Los Llanos de Aridane (2002), miembro de la Academia Canaria de la Lengua (2009) y de la Real Academia Canaria de Bellas Artes San Miguel Arcángel (2009)

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[Col}> Escucharme / Soledad Morillo Belloso

13-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Escucharme

Hablar conmigo misma no es un hábito que escogí conscientemente. Surgió como una necesidad. Al principio eran pensamientos sueltos, frases que flotaban mientras caminaba por la calle o me quedaba en silencio frente al espejo. Conversar conmigo misma   es una forma sutil de conectarme con quien soy. No es simplemente “hablar sola”; es dialogar internamente desde distintas esquinas de mi propia identidad: mi insufrible y estricta mente racional, mi comprensiva parte emocional, la voz del recuerdo, del deseo, de la frustración, la rabia o la esperanza.

Es como tener una brújula que me orienta cuando el mundo exterior me abruma. En estos diálogos coexisten voces contradictorias: la que anhela y la que desdeña, la que sueña y la que duda.

Con el tiempo, esos monólogos se volvieron más claros, casi como si me sentara a conversar con una amiga de toda la vida. Y tal vez, en el fondo, eso soy para mí: una compañía leal que a veces me escucha, otras me ignora, pero que siempre está ahí.

En mis diálogos internos hay frases  que repito hasta el cansancio, palabras cuyo significado cambia con los días, silencios que dicen más que las palabras. Me interrogo con curiosidad, me reprendo con dureza. A veces, me sorprendo debatiendo dos formas contrapuestas de enfrentar la vida. ¿Me rindo ante el maquillaje frívolo de la viuda sonriente, o me deshago de todo vestigio de disfraces banales?

Lo primero es muy tentador y me ganaría aplausos. Lo segundo es lealtad a la verdad y eso no es popular en la sociedad de “pasar la página”.  No llego aún a una conclusión, pero me doy cuenta de que pensar en voz alta, aunque sea en la voz del pensamiento, me obliga a mirarme de frente.

Hablar conmigo misma es como detener el mundo por un momento. Es cerrar la puerta y sentarme con mis sombras y mis luces, con mis alegrías y mis feroces  contradicciones.

En ese espacio no hay máscaras. Soy simplemente yo, sin adornos. Es allí donde logro encontrar claridad en medio del caos, como si mi propia voz pudiera guiarme cuando todo afuera deja de tener sentido.

También he aprendido a tenerme paciencia. Porque no siempre me entiendo. Hay días en que mis pensamientos son un remolino y no logro seguirles el paso. Pero incluso en esos momentos, hablar conmigo me recuerda que estoy viva, que estoy aquí, intentando comprenderme.

Hablar conmigo es también un acto de memoria. Me traigo al presente fragmentos del pasado, recuerdos que creía archivados, versiones antiguas de mí que dejaron huellas invisibles.

En esos momentos, la conversación se vuelve un puente entre quien fui y quien soy. Me escucho como si pudiera entenderme mejor con la distancia del tiempo, como si al narrarme pudiera perdonarme por errores que aún duelen o agradecerme por el coraje de decisiones que tuve que tomar. Es curioso cómo, al hablarme, descubro historias que aún no había contado, ni siquiera a mí.

Y cuando el mundo parece ir demasiado rápido, cuando todo afuera exige respuestas inmediatas, me refugio en ese espacio donde puedo hablar sin presión, donde no tengo que demostrar nada, ni rendir cuentas, ni estar bien todo el tiempo.

Me doy permiso para sentir, para llorar sin pretextos, para burlarme de mí misma y reír de mis torpezas. Es en esa intimidad donde encuentro lo más parecido a la libertad: ser yo, sin filtros. Y quizá eso sea, al final, lo más valioso de todo este diálogo interior: que me devuelve a mí misma, una y otra vez, con más comprensión.

Hablar conmigo misma con comprensión, y no desde la autocompasión, implica un acto de madurez emocional: no se trata de justificarlo todo ni de buscar consuelo fácil, sino de asumir mí  realidad con honestidad. La comprensión no adorna el dolor, pero sí lo escucha con respeto. Reconozco mis errores sin minimizar su impacto, pero también sin castigarme eternamente por ellos. Es ese equilibrio delicado entre la exigencia y el perdón.

Cuando me hablo, me hago preguntas difíciles sin ponerme contra la pared. Me invito a reflexionar, desde el deseo de crecer, no desde la culpa. Es una mirada interna que no suaviza la verdad, pero que tampoco hiere. Es decirme: “esto pasó”, “sí, fallé”, y al mismo tiempo: “sigo aquí, voy a entenderme y a avanzar”. Es una forma de introspección serena, en la que mi voz es guía y no juez.

Hablarme con comprensión implica escucharme sin dictar veredictos. No se trata de negar mis errores o evitar la autocrítica, sino de cambiar el tono con el que me hablo: transformar la dureza en amabilidad, la impaciencia en espera, el reproche en sosiego. Una conversación comprensiva es ese instante en que, en lugar de reprocharme “¿por qué fracasé?”, me digo “hice lo mejor que pude”.

También es darme el permiso de estar mal, de no tener todas las respuestas, de sentirme vulnerable sin censura. Es sostenerme con palabras en vez de exigencias, y recordar que no tengo que ser perfecta para ser valiosa.

Tal vez algún día no necesite tanto estas conversaciones, o quizás las necesite más. No lo sé. Pero hoy sigo hallando en ellas un rincón silencioso donde puedo ser quien soy. Sólo yo, hablándome, escuchándome, acompañándome, comprendiéndome.

Y es que hablar conmigo misma es, en el fondo, una forma de cultivar una relación de cuidado con quien siempre está: yo. Ya no se trata de vencerme ni de convencerme, sino de acompañarme.

Porque entiendo que no necesito estar completa para estar presente, ni tener todo resuelto para merecer paz. En esa voz que me escucha sin interrumpirme, que no me humilla cuando me equivoco ni me idolatra cuando acierto, voy descubriendo una nueva manera de habitarme: con honestidad, sin dramatismos, con profundidad.

Así, cada conversación interna se convierte en un acto de restauración. No porque todo se cure con palabras, sino porque nombrarme con verdad me salva del olvido. Hablarme con comprensión es recordarme que soy hogar, incluso cuando todo afuera es incertidumbre. Que en medio del ruido puedo encontrarme, y que el mayor gesto de amor propio es ese: quedarme conmigo, sin condiciones… sólo quedarme.

[Col}> Próximo y prójimo / Soledad Morillo Belloso

10-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Próximo y prójimo

Empatía. Cuatro sílabas que cargan un peso enorme. No es un concepto, ni un valor. No es una virtud aprendida de caletre. Es un acto radical de presencia. Porque sentir con otro, exige mucho más que oídos atentos: exige corazón expuesto y dispuesto.

En un mundo cada vez más ruidoso, veloz y fragmentado, la empatía se alza como un gesto relevante. Lejos de ser una cortesía superficial, es una práctica radical de humanismo. No nace del deber, sino de la decisión de abrir el corazón y dejar que lo ajeno nos importe.

No, la empatía no es cómoda. Tampoco es rápida. No consiste en decir “te entiendo” como quien pasa de largo. Requiere una presencia dispuesta. El acto de sentarse junto al dolor del otro sin intentar taparlo, arreglarlo o explicarlo.

La empatía mira con profundidad. Dice: “Te veo en tu caos, siento tu belleza rota, y aquí estoy”. No necesita escenarios grandilocuentes. Sucede en una pausa oportuna, en un silencio que acompaña, en una mirada que no juzga. Es una ternura que no pretende brillar, sino sostener.

Y qué importante es recordar que esta empatía también debe dirigirse hacia adentro. Porque con demasiada frecuencia somos nuestros peores jueces, incapaces de ofrecernos la compasión que sí damos a otros.

Empatizar con uno mismo es atreverse a perdonar nuestras propias caídas, a comprender nuestras flaquezas, a abrazar con suave piedad lo que aún no entendemos de nosotros.

La empatía no es fácil. Es renunciar a tener respuestas y, en cambio, ofrecer compañía. A veces, sólo eso. Porque cuando alguien nos mira con honestidad y no intenta arreglarnos, se nos devuelve una parte perdida de nosotros mismos.

Vivimos en un mundo que simplifica. Y en medio del batiburrillo de la banalización, la empatía es un gesto profundamente humano. Es decir: “te veo en tu dolor. Y por eso, me quedo”. Es un pacto silencioso, casi sagrado, de comprensión. No necesita ruidosas demostraciones ni se pasea por las frases hechas. Basta un abrazo en silencio, una mano que sostiene, un pañuelo que se ofrece para enjugar lágrimas.

Quizá la empatía no sea sólo un puente entre dos. Tal vez sea, en su esencia más profunda, el refugio que construimos cuando al fin entendemos que nadie debe caminar solo.

¿Quién soy yo, si no puedo sentir lo que tú sientes? ¿Quién soy si tu dolor me es ajeno, y tus angustias  me resbalan por la pendiente de la indiferencia?

Empatía… esa palabra que suena breve pero pesa como un mundo. No es sólo comprender, es habitar por un instante el universo compungido de otro. Calzarse sus zapatos, andar sus caminos, mirar por sus ventanas, respirar su aire.

A veces me pregunto si la empatía no es sino un acto deliberado de valentía. Porque hay que ser valiente para abrir el corazón y dejar que entre lo ajeno. Hay que ser corajudo para decir: “No comprendo del todo, pero estoy aquí, contigo”. En esa vulnerabilidad, en esa apertura, se tejen los lazos más humanos.

¿Y si al final la empatía no fuera sólo sentir al otro, sino permitirnos ser transformados por ese sentir?

Empatía no es “estar por cumplir”. Es ofrecer nuestra piel para que la otra piel duela un poco menos.

La empatía no es un concepto inocuo flotando entre letras. Se vuelve carne y hueso en los gestos, calma en las ausencias, refugio en medio del vendaval. No necesita pedestal, ni aplausos. Sólo sentimientos.

Porque tal vez, el corazón humano no pide soluciones. Sólo pide que alguien esté próximo y diga: “no estás solo. Me duele lo que te duele”. Y eso, en algunos momentos, lo es todo.

No sorprende que la palabra “prójimo” comparta raíz etimológica con “próximo”. Porque empatizar es acortar distancias. Es no dejar que alguien camine solo, y entender que el consuelo no siempre tiene forma de solución.

A veces, basta con alguien que diga en voz baja: “Estoy aquí, contigo”.

En ese simple gesto —estar, acompañar— ocurre algo luminoso: una grieta en la coraza del mundo. Y por ahí, entra la luz.