[Col}> Tiempos difíciles / Soledad Morillo Belloso

03-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Tiempos difíciles 

Hay dificultades que no estallan de golpe. Se filtran sigilosamente en la cotidianidad, se cuelan entre los resquicios de la confianza, llegan  como una brisa helada que eriza la piel. No anuncian su llegada con estruendo; de la nada, aparecen. Y entonces todo es distinto, aunque la luz siga siendo luz y los relojes sigan marcando el tiempo.

La realidad se vuelve líquida, resbaladiza, como si el mundo fuese un espejo al que nadie se atreve a mirar de frente. Lo presunto se desmorona, las palabras pierden peso, y lo que fue comienza a sonar más fuerte que el presente.

Los tiempos difíciles se instalan en los rincones, en las pausas entre palabras, en la mirada esquiva de quien ya no busca respuestas. Son tiempos de caminos que se bifurcan sin señales claras, de silencios que pesan más que cualquier voz. La farsa se disfraza de promesas vacías y rimas impostadas. Nos aferramos a etiquetas, a narrativas tranquilizantes, a la ilusión de que comprender es lo mismo que controlar. Pero la realidad es más compleja, más cruda, más implacable.

Esos tiempos, los difíciles, nos desafían, y exigen un nuevo pacto con eso que algunos llaman esperanza. Nos confrontan con nuestras propias sombras, nos obligan a diferenciar entre la calma y la resignación, entre el miedo y la prudencia, entre la espera y el abandono. El mundo parece encogerse y las sombras se alargan. Son tiempos de silencios densos, de preguntas que nadie responde, de sendas sin señales.  El dolor se apodera de todo.

Los tiempos difíciles nos revelan de qué estamos hechos. Nos arrancan las certidumbres cómodas y nos obligan a andar descalzos sobre terreno agreste. Cada paso es una apuesta sin garantías. Cada decisión, una tertulia con el destino. No hay fórmulas exactas ni rutas predefinidas. Sólo hay instinto, una voz que nos dice que no hay que ceder ante la niebla, que hay que respirar. En esos momentos en que el mundo pesa demasiado, algo tan mínimo y elemental como respirar  se convierte en sublevación, en rebeldía de la esperanza.

Un día, sin previo aviso, el dolor se cansa de agredirnos, de ahogarnos, de cegarnos. Y vemos un destello. No es grande, no es obvio, pero ahí  está, existe. Es una línea que resiste, una chiribita que se defiende de la extinción. Miramos de frente a la incertidumbre. En silencio. Y allí nacen revelaciones, resuena la verdad. Allí habita lo esencial.

Sí, la esperanza es elusiva, frágil, casi imperceptible. A ratos es apenas un reflejo en la distancia, una tenue luz asfixiada por el peso de los días. Viaja en la brisa de la incertidumbre. Es leve, pero resistente. Ligera, pero indispensable. Se despliega con cautela, tambaleante al principio, hasta que aprende a sostenerse en el aire. La esperanza, como las alas de la mariposa, carga la delicadeza de lo efímero, pero también el brío de lo que se rehúsa a desaparecer. Nos advierte que toda oscuridad sucumbe ante el amanecer. La esperanza no tiene cláusulas de fiel cumplimiento, y el rumbo que toma no sortea las tormentas, pero nos permite seguir avanzando, nos concede no quedar atrapados en el suelo.

La esperanza persiste, como un susurro apenas audible en la noche. Se acurruca en las sombras, en el latido cansado de quienes aún no se rinden. No promete finales felices ni remedios automáticos. No disuelve la pena ni borra las cicatrices, pero camina a nuestro lado.

Avanzamos, con el dolor sedado  sobre los hombros y la esperanza como un hilo tenue que apenas se percibe, pero que nunca se rompe del todo. No hay promesas de un mañana más fácil. Pero hay un mañana. Hay pasos por dar, páginas por escribir. Y eso, en los tiempos difíciles, es suficiente.

[Col}> Los pasos por venir / Soledad Morillo Belloso

29-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Los pasos por venir

A veces el camino se dibuja con claridad, otras veces es sólo una intuición lejana en la penumbra. Me aferro a la certeza del avance, al impulso de seguir adelante, sin saber lo que me espera.

Cada paso es una decisión, un acto de voluntad, un salto hacia lo desconocido. Hay quienes caminan con prisa, con la urgencia de llegar sin detenerse a mirar el paisaje que los rodea. Otros avanzan con cautela, temerosos de lo que puedan encontrar. Y algunos se detienen, miran atrás, preguntándose si el sendero recorrido los ha llevado al lugar correcto.  Yo camino, como la superviviente que soy, y lo hago sin hacerme preguntas necias.

El suelo que piso es memoria viva. Contiene el eco de mis aciertos y errores, la huella de lo que fui, la sombra de lo que aún no soy. Pero mi pasado no dicta mi futuro; el porvenir es una página en blanco que espera ser escrita.

No sé si el próximo paso me llevará a la cima o al abismo. No sé si la ruta será fácil o estará otra vez plagada de escollos. Pero sí sé que cada paso es una afirmación de mi  existencia.

Entonces, camino. No porque tenga garantías, sino porque la incertidumbre es la esencia misma de la vida. Y en ese vértigo de lo posible, busco mi propósito.

Los pasos por venir no son sólo trayectos físicos, son viajes internos, son movimientos del alma. Y al final, no importa cuán lejos llegue, sino cuánto aprendí en el camino.

El camino no es ni bueno ni malo. Es simplemente el camino. Ante cada paso, lo único que puedo controlar es mi respuesta: la voluntad con la que sigo adelante, la actitud con la que enfrento lo inevitable.

No importa lo que me aguarde, porque no está en mi poder cambiar el destino. Lo que sí está en mis manos es mi manera de recibirlo, mi  capacidad de aceptar y adaptarme sin lamentos, sin resistencia inútil.

Cada piedra en el sendero es una prueba, pero no una maldición. No hay obstáculos, sólo desafíos. Lo que parece adversidad es, en realidad, una oportunidad para fortalecer mi espíritu, para templar mi carácter, para recordar que soy  dueña de mi mente aunque el mundo exterior sea incierto.

Las circunstancias cambian, el azar juega su papel, pero mi virtud permanece firme. Si el próximo paso me lleva a la ruina, que no me quite la serenidad. Si me lleva al éxito, que no me nuble la razón. Sólo aquellos que comprenden que el futuro es incierto, pero que su dominio sobre sí mismos es absoluto, caminan con verdadera libertad.

Así avanzo. Lentamente y en silencio. No porque la esperanza me ilusione, sino porque la razón me guía. No porque crea en un destino favorable, sino porque sé que, venga lo que venga, lo enfrentaré con dignidad.

Los pasos por venir no son lo que me define. Lo que me define es cómo los doy. La verdadera fortaleza no reside en dominar lo externo, sino en reconocer que mi  única posesión real es la manera en que elijo enfrentar lo inevitable. No controlo el rumbo del viento, pero sí mi respuesta a él. En esa elección consciente, en esa aceptación sosegada de lo que no puedo cambiar y la firmeza ante lo que sí, encuentro la fuerza para levantarme todos los días.

[Col}> Horizonte / Soledad Morillo Belloso

23-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Horizonte 

No es una línea imaginaria. Es un pacto silencioso entre la tierra y el cielo. Un trazo que promete lo desconocido, una invitación a caminar más allá de lo que los ojos pueden ver. Es el límite que no limita, la frontera que no encierra. Es lo que aún no ha nacido, la silueta de lo que el viento aún no ha tocado.

Lo veo en la piel del mar, en la luz que se disuelve en el ocaso. Lo siento en el pulso del tiempo, en la certeza de que algo más aguarda detrás de lo visible.  Se expande con cada paso. Es un juego entre lo tangible y lo infinito, una invitación a ir más allá, a desafiar el miedo, a entender que lo lejano sólo existe para ser alcanzado.  O, tal vez, no.

Cuando lo toco, desaparece, no porque se niegue a ser conquistado, sino porque su naturaleza es el movimiento. No hay final en él. Sólo una historia que continúa, un viaje sin fin, una promesa que nunca deja de llamar.

Se despliega como un lienzo, una promesa suspendida en la distancia, una interrogante que se disuelve con cada paso.  Hay quienes lo miran con nostalgia, creyendo que al otro lado hay respuestas. Otros lo desafían, seguros de que lo inalcanzable es una ilusión del tiempo. Y hay quienes lo contemplan sin urgencia, dejando que su misterio los envuelva, sin prisas, sin certezas.

En la brisa marina, el horizonte es un espejo líquido, un reflejo tembloroso del cielo en el mar. En el desierto, es un filo dorado, una línea que quiebra el silencio de la arena. En las montañas, es un velo de niebla, un límite que el sol desgarra cada amanecer.  En la ciudad, el horizonte es de concreto y cristal, una línea quebrada por torres de hormigón y acero que se alzan como raíces invertidas, buscando el infinito. En la selva, es un caleidoscopio de verdes y sombras, una frontera de hojas que cantan con el viento. En la tundra, es un aliento helado, un suspiro de nieve que se funde con el cielo plomizo.

Nunca es el mismo, y nunca es el final.  El horizonte no detiene, no encierra. Es un puente, un quizás, un punto de fuga donde la realidad se pliega y el futuro empieza. Es el alma de los viajeros, el destino de los soñadores, el último respiro de la luz antes de que la noche lo envuelva.

Cuando la luna se alza sobre él, es un reflejo de plata en la piel del mundo, una puerta abierta a los secretos de la noche. Cuando el amanecer lo acaricia, se incendia con colores imposibles, con trazos de oro y fuego que despiertan la mañana.

Y al acercarme, entiendo su verdadera naturaleza. No es un lugar al que se llega. Es una idea que me tienta, un poema inconcluso que me recuerda que siempre hay más. Mientras haya horizonte, habrá caminos por recorrer, sueños por perseguir e historias por escribir. Es la línea del porvenir, el símbolo de la inmensidad que  invita a avanzar, a descubrir, a persistir.

[Col}> Tiempo y viento / Soledad Morillo Belloso

17-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Tiempo y viento

Cuando el duelo se disuelve en la bruma, queda sólo la tierra húmeda de nuestra propia piel. Queda ese suelo donde la ausencia echó raíces y la memoria germina en formas extrañas.

La herida, al principio, es un abismo ciego, pero entre sus grietas duerme una semilla. El sol aprende a mirar distinto y las sombras ya no son sentencia.

Resurgir no es olvidar; es aprender a bailar con los espectros, es tejer con hilos de dolor una nueva piel, es desplegar alas construidas con cicatrices, y volar… aun con el peso y el dolor del ayer en las plumas.

Así es el renacimiento después del duelo. No es una negación de lo perdido; tampoco es olvido. Es un pacto acordado y firmado con la vida que continúa.

Cuando la noche del duelo cede al alba incierta, descubrimos que la piel doliente ha abierto los poros y ha aprendido a respirar. Descubrimos que los recuerdos dejan de ser hirientes puñales y se transforman en sonidos que abrazan.

El renacer no llega de golpe. No es un relámpago. No es el estruendo de un trueno. Es un goteo lento y suave de luz en las entrañas, una raíz que busca agua bajo la tierra herida, un susurro de vida que se hace música con el tiempo.

Los huesos frágiles de la tristeza se convierten en pilares de lo nuevo. El dolor deja de ser un enemigo y se vuelve arquitecto de la reconstrucción.

Caminar después del duelo es aprender a confiar en la sabiduría de los pies y a amar la sombra. Es  aceptar que la ausencia es irremediable e irreversible, y que nunca se irá del todo. Pero también es saber reconocer esos amaneceres que sólo nacen tras la tormenta.

Así, poco a poco, sin olvidar, sin borrar lo vivido y entendiendo que el duelo es morir un poco,  empezamos a ser la versión que surge de las cenizas. No somos los mismos después de la tormenta que es el duelo, pero tampoco somos sólo la sombra de lo perdido. Somos el fotograma de lo amado, y el guión no escrito de todo lo que aún vendrá.

Y entonces re-existimos, con el viento y la memoria como acompañantes, con el amor como superviviente de una tragedia, con la comprensión de que la vida, terca como es, siempre encuentra su camino. Eso necesito creer.

[Col}> Qué es el cielo / Soledad Morillo Belloso

13-06-2015

Soledad Morillo Belloso

Qué es el cielo 

Dicen que el cielo guarda la forma de los recuerdos, que en su azul inmenso se reflejan los días luminosos, las horas en que la felicidad era tan sencilla como sentir  el viento en la cara o permitirse la risa que no pide permiso.

El cielo es el espejo de mi infancia, de los días en que correr no era un escape sino un juego. Es la luz dorada sobre la plaza donde aprendí a esperar, es la brisa que acarició mi piel en esa ciudad donde amé por primera vez.

A veces, al mirar hacia arriba, creo reconocer una sombra, una textura, un matiz único que me pertenece. Veo un rincón de nubes donde aún resuena aquella canción, una grieta de luz en la tarde que tiene el color exacto de un atardecer.

El cielo no es sólo el techo del mundo, es el guardián de las emociones que me marcaron. Y cuando lo miro con los ojos de la memoria, descubro que en algún rincón de su infinito azul aún brilla el lugar donde fui feliz.

El cielo no es sólo un manto azul suspendido sobre mi cabeza. Es un espejo de mi memoria, un reflejo de los lugares donde la felicidad alguna vez me tocó con su suave aliento. No es un espacio distante, es un umbral. Y cuando lo miro con nostalgia en la piel, me doy cuenta de que guarda la forma de días luminosos, la textura de ciertos  momentos en que el tiempo no pesaba sobre mis hombros.

El cielo es mi infancia desparramada en el horizonte, la luz dorada que acariciaba el jardín donde aprendí a correr sin miedo. Es la brisa del primer beso de amor, un coro de voces lejanas que aún escucho cuando sopla el viento. Es el azul profundo que cubría esas  noches cuando mi mundo era pequeño y el futuro un murmullo muy lejano.

En su inmensidad, se esconden los trazos de una noche eterna, las pinceladas de oro y fuego que coloreaban los atardeceres de mi  juventud. En sus límites indefinidos, se deslizan los más sutiles recuerdos como nubes pasajeras, imágenes fugaces de esos breves instantes que alguna vez fueron el todo.

En ocasiones, al mirarlo, me parece ver los rostros de quienes compartieron mi dicha, sus perfiles  dibujados en la luz, sus risas entre las ráfagas de aire. Es como si el cielo fuera el aposento de los más bellos paisajes, de emociones y  suspiros inolvidables.

El cielo es la cercanía de lo que amo, es el altar de las sonrisas de todos los que he querido. Es el custodio de lo que fue hermoso, el techo de los espacios donde la felicidad me habitó por completo. No es el pasado ni el futuro, es el instante donde aún vive la versión intacta de mí que alguna vez fue libre y plena.

Y cuando alzo la mirada, y lo contemplo, descubro que no es el cielo lo que me recuerda mis mejores días, sino el pedazo de mi alma que en ellos dejé. Porque el cielo, en su preciosa  calma, en su azul moteado con nubes que parecen algodón de azúcar, es el reflejo de lo que nunca dejé de buscar.

El cielo se parece mucho a ese lugar donde alguna vez fui feliz.

[Col}> Trato y maltrato / Soledad Morillo Belloso

10-06-2015

Soledad Morillo Belloso

Trato y maltrato 

Camino por la vida acumulando gestos, palabras, silencios que han marcado mi historia. Recuerdo las manos que alguna vez me sostuvieron, los abrazos sinceros, las miradas que no necesitaban palabras para hacerme sentir vista, comprendida, querida. El trato justo, el respeto mutuo, la empatía. Pequeños actos que construyen un refugio en este mundo incierto.

Pero también recuerdo los  maltratos. La indiferencia que hizo tambalear mi confianza, la palabra cruel que se incrustó en mi memoria, el desdén que me apagó poco a poco. El maltrato no siempre grita; a veces se arrastra sigiloso, se disfraza de rutina, se camufla en la normalidad de lo injusto. Lo he sentido en palabras afiladas, en ausencias inexplicables, en miradas que ignoraban mi existencia como si fuera un espectro.

Me pregunto si el trato y el maltrato son el reflejo de quienes somos, de lo que llevamos dentro. ¿Somos capaces de elegir cómo tratamos a los demás, o simplemente repetimos lo que nos enseñaron, lo que alguna vez nos hicieron sentir? He intentado ser consciente, romper ciclos, construir con respeto lo que alguna vez me hicieron con desprecio.

Porque al final, el trato que damos define el trato que recibimos. Preferible ser un refugio y no una tormenta, un eco de bondad y no de heridas. A veces me detengo a pensar en las cicatrices invisibles que el trato y el maltrato han dejado en mí. No todas duelen de la misma manera, algunas apenas son un rasguño borroso, otras siguen latiendo como una herida abierta. Me pregunto cuántas veces una palabra amable me salvó sin que yo lo supiera, cuánto daño podría haberse evitado con algún gesto de compasión. Porque el trato justo no es sólo cuestión de educación, es una decisión, un acto de rebeldía contra la rudeza del mundo.

Y en medio de todo, sigo buscando maneras de sanar. Aprecio a  quienes entienden el peso de una mirada sincera, a quienes ven más allá de lo obvio y saben que todos cargamos batallas invisibles. Me aferro a la idea de que el trato que damos y recibimos moldea nuestra historia, y elijo, cada día, construir una en la que el respeto y la gentileza sean la norma, no la excepción.

Al final del día, somos el eco de los encuentros que nos han moldeado. Las palabras que nos elevaron y las que nos destruyeron, las miradas que nos abrazaron y las que nos hicieron sentir invisibles. Pero también somos la suma de nuestras elecciones, la forma en que decidimos responder a lo que la vida nos ofrece.

Yo elijo el respeto, la ternura, la dignidad. Elijo ser la voz que calma, la mano que sostiene, el trato que sana. Porque cada gesto deja huellas, y quiero que las mías dejen  recuerdos de bondad, no de maltrato. Yo elijo ser caricia y no herida. Elijo la pluma y no la daga.

[Col}> Que valga la pena / Soledad Morillo Belloso

07-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Que valga la pena

Hay quienes pasan la vida esperando. El momento adecuado, la señal precisa, el golpe de suerte que cambie el rumbo. Se les escapan los días en rutinas sin alma, en excusas bien hiladas, en temores disfrazados de prudencia.

Hay un momento, quizá al final o en algún rincón de la memoria, en el que nos preguntamos: ¿dónde están los días que no vivimos?  No son los días que pasaron, sino los que dejamos ir sin siquiera tocarlos. Los momentos que pudieron ser pero no fueron. Las oportunidades que nos miraron a los ojos y las dejamos marchar. Las palabras que queríamos decir y callamos. Las emociones que sofocamos tal vez por miedo a sentir demasiado.

Desperdiciar la vida no es sólo dejarla pasar. Es permitir que la duda sea más fuerte que el deseo. Es aceptar la monotonía como un destino inexorable. Es posponer la felicidad porque “ya habrá tiempo más adelante”, sin atinar a comprender que el tiempo es un recurso natural no renovable.

Nos convencemos de que habrá más oportunidades, más “momentos perfectos”. Nos decimos que “mañana sí será el día”, que después nos atreveremos. No se puede llegar tarde a la vida. Es como intentar abordar un barco que ya zarpó. La vida no espera, no se detiene a ver si finalmente reunimos el coraje para subir a bordo. O nos atrevemos a navegar, o la vemos alejarse desde la orilla, dejándonos con la mirada fija en el horizonte de lo que pudo ser.  El tiempo sigue, implacable. Poco le importan nuestras excusas y postergaciones. Y cuando nos damos cuenta de que hemos estado esperando demasiado, muchas veces el barco ya es solo un punto que desaparece en el mar.

Desperdiciar la vida es postergar vivirla. Pero la vida no se detiene por nuestras dudas ni concede tregua a nuestra indecisión.  Y cuando al fin comprendemos el valor de un instante, muchas veces ya es demasiado tarde. Porque el tiempo desperdiciado no regresa. Se convierte en sombra, en el eco monótono de lo que pudo haber sido. Postergar la vida es mirarla desde lejos, como si fuera un paisaje ajeno en lugar de algo que nos pertenece por completo. Postergar vivirla es esperar la certeza absoluta, esa seguridad que nunca llega.

Vivir es elegir, es entender que nunca hay garantías pero sí posibilidades. Es decidir que, al final de todo, no queremos mirar atrás y ver una vida que apenas rozamos con los dedos, llena de “después” y “mañana”, como si el tiempo fuera infinito y la voluntad una moneda que siempre se puede gastar más tarde. La vida no se detiene, y, por cierto, no pide permiso. No espera a que nos armemos de valor ni hace pausa para que decidamos qué hacer con ella. Cuando al fin se comprende el valor de cada día, muchas veces ya quedan pocos por delante.

Vivir es entender que lo único desperdiciado es lo que jamás intentamos. Vivir no es esperar el momento perfecto. El tiempo no pregunta si estás listo. No es el tiempo el que se pierde, sino la oportunidad de usarlo. Eso sé. Mis cuentas financieras están en bancarrota. Pero mi vida ha sido intensa. Por eso, a pesar de tener el corazón roto, mi contabilidad no está en números rojos. Puedo morir mañana y vivir habrá valido la pena. Habré dejado huella. Con eso me basta y me sobra.

 

 

 

 

 

Saludos / Best regards,

Carlos M. Padrón

E-mail: Carlos@Padronel.net

Alterno: MADGRI@Padronel.net

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[Col}> Siempre espero que sea martes / Soledad Morillo Belloso

04-06-2025

Soledad Morillo Belloso 

Siempre espero que sea martes

Las semanas se despliegan como interminable retahíla de intentos fallidos, de promesas que no terminan de cumplirse, de sueños que bordean la realidad sin atreverse a tocarla.

Los lunes cargan con el peso de los comienzos forzados, arrastran la urgencia del comienzo, el ímpetu de lo nuevo con la fatiga de lo viejo. Son una puerta que se abre demasiado rápido, sin preguntar si quien cruza está listo para hacerlo. Los miércoles se disuelven en la prisa por llegar al viernes. Los viernes son la promesa ilusoria de descanso, la víspera de una felicidad que a menudo se disuelve antes de haber sido tocada. Los domingos llevan la nostalgia de lo que ya pasó. Son la cuerda floja entre la esperanza y el agotamiento, el instante en que todo avanza sin preguntar si vale la pena. Y de los jueves, mejor ni hablar. Son tontos y torpes.

El martes no es el inicio ni el desenlace, sino la pausa entre lo que fue y lo que será. Es un paréntesis, un instante sin agobio en el que todo parece posible. Una  tregua silenciosa, donde el peso del ayer aún no reclama su deuda y el futuro no ha revelado su saldo. No tiene la impaciencia de un inicio ni la resignación de un final. Es un espacio donde los pensamientos se despliegan como velas en un mar calmo, donde las decisiones aún no han sido tomadas y los errores aún no han cobrado su precio.

Espero cada martes como quien aguarda el primer soplo de aire luego de una larga inmersión. Como quien observa la línea difusa entre el sueño y la vigilia, preguntándose si lo que viene será  luz o sombra. El martes es el punto en que el tiempo se detiene, donde la posibilidad todavía respira. Cada martes es como si fuera una oportunidad nueva, como si de repente el mundo se alineara para regalarme un respiro, una certeza, una pequeña victoria. No es que los martes sean perfectos, sino que en ellos encuentro el espacio para imaginar que todo puede cambiar.  Porque si el lunes es una cuesta empinada y el viernes una despedida anticipada, entonces el martes es esa fracción de tiempo en la que la esperanza no es ingenua, sino necesaria.

Siempre espero que sea martes, porque en ese día suspendido todo puede ser imaginado, todo puede ser recreado. No es la certeza lo que lo hace especial, sino la ausencia de ella: el martes es la fracción de la semana en que el destino aún no ha decidido cuál será su rostro. Es el instante en que la ciudad respira despacio, donde las esquinas no tienen prisa y los relojes parecen olvidar su tarea implacable de contar los minutos. Es el día en que los sueños aún no han sido censurados por la rutina, cuando el aire conserva la vibración de lo posible y las promesas hechas en la madrugada no parecen tan absurdas. El martes no exige decisiones ni despedidas, simplemente deja que la vida se despliegue sin urgencia, como si el tiempo tuviera la cortesía de darnos un respiro.

Siempre espero que sea martes. Porque es el umbral entre lo que se anhela y lo que se enfrenta, entre el deseo y la realidad. En ese espacio suspendido, todo puede cambiar, todo puede florecer. Y mientras los días pasan como trenes veloces, el martes se queda un poco más, dejando en su pausa la ilusión de que, aunque sea por un momento, el mundo está en equilibrio. Y allí, creo, habita la esperanza.

[Col}> El persistente eco de la vida /Soledad Morillo Belloso

08-05-2025

Soledad Morillo Belloso

El persistente eco de la vida

La soledad es un mar inmenso, a veces calmado, otras veces furioso. En sus aguas aprendemos a flotar, a nadar contra corriente, a dejarnos llevar por la marea cuando la lucha se vuelve agotadora. Vivir es eso, aprender el ritmo de las olas y encontrar en cada nuevo amanecer una razón para seguir.

Hubo un tiempo en que respirar era mecánico, una repetición sin sentido. La luz del sol entraba por la ventana, pero no me calentaba. Las voces a mi alrededor se convertían en murmullos lejanos, ajenos, como si el mundo hubiese decidido avanzar sin mí. Perderse en esa niebla es fácil, pero salir de ella requiere una fuerza interior que muchas veces creemos inexistente.

El primer paso fue minúsculo. Un instante de curiosidad, una chispa en la oscuridad. Un libro abierto, una melodía que de pronto sonó diferente, el aroma del café con recuerdos olvidados. Pequeñas señales de que la vida todavía quería hablarme, aunque susurrara en vez de gritar.

Seguir viviendo no es olvidar el pasado, ni pretender ignorar el dolor. Es aprender a convivir con él, encontrarle un espacio en nuestra historia sin permitirle dictar nuestro futuro. Es abrir los ojos y, pese a todo, buscar belleza en lo cotidiano: en la textura de una hoja bajo los dedos, en la forma en que el viento juega con el pelo de alguien en la calle, en el reflejo tembloroso de la luna sobre el agua.

El peso del mundo es invisible hasta que lo sientes sobre los hombros. Se acumula en los pliegues del tiempo, en las palabras no dichas, en los recuerdos que parecían inofensivos pero que, con los años, revelan su verdadera intensidad. Vivir no es simplemente avanzar, es aprender a sostener lo que cargamos sin que nos hunda. Es encontrar equilibrio entre lo que fue y lo que aún nos queda por descubrir.

Hubo momentos en los que creí que la vida era un laberinto sin salida. Cada paso parecía llevarme al mismo punto, el mismo callejón sin respuestas. Me aferré al silencio, a las rutinas que me protegían del vértigo de la incertidumbre. Pero la existencia no se detiene por miedo; sigue su curso, indiferente a nuestras dudas. Aprendí que el cambio es inevitable, y que resistirse a él es como intentar detener el viento con las manos.

Seguir viviendo es aceptar la transformación, incluso cuando no la comprendemos. Es confiar en que la oscuridad de hoy no es eterna y que, en algún lugar, la luz siempre espera su turno. Porque si algo nos enseña el tiempo es que la vida se mueve en ciclos: la pérdida trae aprendizaje, la despedida nos prepara para nuevos encuentros, la caída nos recuerda que siempre podemos levantarnos.

En mis días más fríos, encontré consuelo en los pequeños gestos: una mirada que entendía sin palabras, la calidez de una voz que me llamaba por mi nombre, la fragancia de un libro recién abierto. Fueron esas diminutas maravillas las que me recordaron que la vida no sólo se mide en los grandes acontecimientos, sino en los momentos cotidianos que, poco a poco, nos devuelven el sentido.

Seguir viviendo no significa olvidar el dolor ni borrar la historia. Significa integrarlo en nuestra narrativa sin permitir que nos defina. Es mirar hacia adelante con la certeza de que, aunque el camino no sea fácil, sigue siendo nuestro. Porque la vida no nos pide perfección, sólo que sigamos andando, que sigamos buscando, que sigamos sintiendo.

Y así, entre amaneceres y noches sin sueño, entre risas y lágrimas, seguimos viviendo. Porque al final, la existencia no se trata sólo de sobrevivir, sino de encontrar la fuerza para hacerlo con propósito, con amor, con esperanza.

Porque la vida nunca deja de llamarnos, aunque a veces el ruido del sufrimiento nos impida escuchar. Y cuando finalmente logramos hacerlo, nos damos cuenta de que siempre estuvo ahí, esperándonos, paciente y fiel. Seguir viviendo es eso: aceptar la invitación y volver al mundo.

Cada noche me duermo escuchando música. Anoche fue Fito Páez quien me acompañó: “Cada vez que pienso en vos… Fue amor, fue amor…”