[Col}> Alejandro Rivero: El jefe, el amigo, el cómplice / Soledad Morillo Belloso

06-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Alejandro Rivero: El jefe, el amigo, el cómplice

Yo conocí a Alejandro Rivero una tarde caraqueña de 1979, de esas que huelen a humedad, tráfico y nervios. Era como la tercera —o quizás la cuarta, ya ni me acuerdo— entrevista para entrar en IBM, esa empresa que sonaba a futuro, a computadoras misteriosas y a aire acondicionado que te mantenía bien las ideas.

Ese día me vestí como quien va a conocer al suegro millonario: traje sastre, maquillaje justo, peinado con arte y dignidad. Elegante, pero sin parecer que me iba a casar con el trabajo… todavía.

Llegué al edificio, pasé los controles como una espía con tacones, y cuando vi el gentío frente al ascensor, decidí que las escaleras eran mi vía rápida al éxito. Error garrafal. En el tercer tramo, mi pie hizo huelga y ¡zas! rodé como tomate de camión verdulero sin frenos. Se me despeinó el alma, la cartera explotó como cotillón y mi tobillo gritó “¡renuncio!”.

Pero primero muerta que sin clase, así que recogí mis cosas con la dignidad de una reina destronada, me puse el zapato como quien ensaya una escena de telenovela, y caminé hasta la puerta como si nada. El dolor era real, pero mi orgullo tenía anestesia.

Me identifiqué con solemnidad, como si no tuviera un tobillo que ya parecía una arepa inflándose en el budare, y esperé. Una secretaria amable —ángel sin alas— me llevó hasta la oficina del señor Rivero, ese hombre que tenía el poder de decidir si yo iba a tener cafecito corporativo.

Me hizo todas las preguntas de manual, esas que uno responde con frases ensayadas frente al espejo mientras se cepilla los dientes. Pero luego, como quien lanza una piedra en un charco para ver si salpica, me soltó:

—¿Qué quieres hacer en la vida? ¿Por qué quieres trabajar en IBM?

Y ahí, mi tobillo se calló por un segundo. Porque esa pregunta no estaba en el libreto, y yo, con el maquillaje intacto pero el alma revuelta como guarapo en licuadora, tuve que improvisar.

Con el tobillo haciendo acústica —una sinfonía de quejidos que sólo  yo escuchaba— me enderecé en la silla como quien se prepara para dar el discurso de su vida. Porque si me iba a desmayar, que fuera con estilo. Lo miré directo, sin pestañear, y le solté:

—Bueno, yo tengo 22 años. Quiero aprender, viajar, soñar en español y en inglés, y montarme en el futuro. Y esta compañía podría tener eso en el menú.

Así, sin adornos ni reverencias. Porque aunque mi tobillo pedía auxilio y mi cartera aún tenía secuelas del desastre, yo estaba ahí, entera. Con ganas de comerme el mundo, aunque fuera a mordiscos lentos. Y Alejandro Rivero, ese señor de traje impecable y mirada de escáner, se quedó callado un segundo. No sé si fue por la respuesta o porque notó que yo estaba a punto de convertirme en estatua para no mover el pie.

Pero ese segundo de silencio fue mío. Como un aplauso sin sonido. Porque a veces, cuando una se cae por las escaleras, lo que realmente sube es la convicción.

Una semana después me fui a Nueva York y a Boston de vacaciones, con el tobillo medio resentido pero el ego en forma. Y al regresar tres semanas más tarde, empecé a trabajar en IBM. Ese primer día no me caí por la escalera. Pero por si acaso, llevé zapatos de buena estabilidad y la cartera bien cerrada.

Alejandro Rivero fue mi jefe, sí. Pero también fue mi amigo, mi compinche, mi cómplice. El tipo que sabía cuándo yo llegaba con el tobillo torcido y cuándo con el corazón revuelto. Tenía ese radar que no se aprende en ningún curso de liderazgo: el de saber cuándo una necesita un reto, y cuándo un café con risas.

Me enseñó a navegar el mundo corporativo sin perder el acento, a hablar inglés sin dejar de pensar en español, y a entender que el futuro no siempre viene en traje y corbata. A veces viene en forma de una conversación inesperada, de una pregunta que te saca del guion, o de una carcajada compartida en medio de una junta que prometía ser eterna.

Con él aprendí que ser profesional no significa dejar de ser humana. Que se puede ser brillante y bromista, exigente y empático, jefe y cómplice. Y que a veces, los mejores aliados no son los que te dan órdenes, sino los que te dan alas.

Alejandro no sólo me abrió la puerta de IBM. Me abrió la puerta a mí misma. Y eso, ni el tobillo torcido ni el tiempo lo olvidan.

Fuimos amigos siempre. De esos que no necesitan protocolo ni permiso para llamarse a cualquier hora. Confidentes, cómplices, aliados en la vida y en las travesuras. Muchas de las cosas que nos contamos el uno al otro están bajo secreto sumarial, selladas con risas, silencios y miradas que decían más que mil correos corporativos.

Tengo mil anécdotas con él, sembradas de ataques de risa, que me darían para un libro. Cada quien tenía su vida, sus líos, pero hablábamos con frecuencia, como si el tiempo entre una llamada y otra fuera apenas una coma. Nuestras conversaciones no tenían punto final, sólo pausas largas que sabían a “seguimos después”.

Hace un bojote de años —cuando los teléfonos todavía sonaban con timbre y no con notificación— suena el mío. Era Alejandro.

—¿Quihubo?

—Épale, ¿cómo andas?

—Una pregunta… ¿qué te parece si me caso?

—¿Con Blanquita?

—Sí.

—Me parece que tienes que dejar de hacer preguntas bobas. O te casas, o la pierdes. Click.

Así, sin más. Porque cuando uno conoce el corazón del otro, no hace falta discurso. Y Alejandro, que podía ser jefe, amigo, filósofo de pasillo y poeta de oficina, sabía que yo no le iba a endulzar la píldora. Le dije lo que tenía que oír, sin adornos ni rodeos. Y él, como siempre, entendió el mensaje detrás del tono.

Yo quiero mucho a Blanquita. Por ella misma, por su dulzura sin empalago, por su forma de mirar con calma y decir lo justo. Pero muy especialmente porque ella hizo muy feliz a Alejandro. Y eso, para mí, es razón suficiente para quererla con el corazón completo.

No estuve en esa celebración de vida que se le hizo, pero Blanquita sabe —porque lo sabe— que yo estuve ahí, con ella. En espíritu, en memoria, en ese rincón invisible donde se sientan los que no pudieron llegar, pero están más presentes que muchos de los que sí. Si hubiera estado, alguien habría tenido que llamar a los bomberos para manejar la inundación. Y seguro, entre susurros y pañuelos, algunos hubieran preguntado:

—¿Quién es esa señora que llora como Magdalena revivida?

Pues esa señora sería yo. La que rodó por las escaleras antes de conocerlo. La que le dijo que dejara de hacer preguntas bobas y se casara con Blanquita. La que compartió secretos, risas, silencios y llamadas sin punto final. La que lo quiso como se quiere a los amigos que se vuelven parte del mapa emocional de una vida.

Porque Alejandro no fue sólo un jefe, ni sólo un amigo. Fue una presencia. Una voz que decía “¿Quihubo?” y con eso ya te cambiaba el día. Y Blanquita, que lo acompañó con amor y con gracia, sabe que mi cariño por él se extiende como sombra fresca hacia ella.

[Col}> Manual de estilo para viudas en entrenamiento / Soledad Morillo Belloso

03-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Manual de estilo para viudas en entrenamiento

Edición comentada por la experiencia y corregida con algo de humor

Prólogo involuntario

Dicen que la viudez es una historia de amor con muchos errores ortográficos. Te enamoras con signos de admiración, te comprometes entre comillas y terminas corrigiendo lo vivido con una goma emocional que ya no borra.

Pero ser viuda no es un género literario: es una colección de borradores, tachaduras emocionales, y pie de página en momentos que nadie vio. Y si estás leyendo esto, es porque la vida —sin consultar al comité editorial— te inscribió en el taller intensivo de “Reescribirte sin él”. Bienvenida. Aquí no hay reglas, pero sí estilo.

Capítulo 1: Gramática afectiva básica

* Punto y aparte: Se usa cuando te cancelan el plan de vida sin previo aviso. También cuando aceptas comprarte una cafetera nueva.
* Comas: Sirven para respirar. Y para evitar enviar mensajes impulsivos a alguien.
* Signos de interrogación: ¿Y si salgo con ese señor del supermercado con quien constantemente me cruzo en el pasillo de bombillas? ¿Y si mejor adopto un gato?

Capítulo 2: Tiempos verbales del duelo (y del despeje emocional)

* Pretérito imperfecto: “Yo lo amaba, él odiaba el comino.” Amor con condimentos.
* Futuro dudoso: “Tal vez mañana aprenda a dormir en diagonal.”
* Condicional melancólico: “Si él estuviera, estaría regando las matas y criticando mi playlist.”

Capítulo 3: Ortografía con glamour

Una viuda en entrenamiento sabe que los errores no se corrigen: se decoran.

* El dolor no se edita, se maquilla con lápiz labial resistente a preguntas incómodas.
* No se dice “estoy rota”. Se afirma: “me estoy rediseñando con estilo”. Cuidado con escribir “superación” demasiado pronto. Mejor reemplaza por “reinvención gradual y con pausas dramáticas”.

Capítulo 4: Accesorios sintácticos recomendados

* Libreta para anécdotas: especialmente útil para escribir frases como “Hoy lo olvidé por tres horas y me sentí culpable pero también gloriosa.”
* Lentes de sol grandes: por si lloras en el parque o simplemente quieres parecer misteriosa mientras caminas por el supermercado.
* Labial rojo: se aplica cuando la tristeza quiere protagonismo. Tú decides quién abre el telón.

Capítulo 5: Glosario fundamental

* Fantasmacorreo: Mensaje que nunca mandaste, pero mentalmente discutiste con él.
* Subtítulo nuevo: “Hoy no me quebré. Sólo me incliné con elegancia.”
* Tilde emocional: Acentuar momentos bonitos para que no pasen desapercibidos.

Apéndice: Erratas felices (porque sí, se puede reír entre lágrimas)

* “Me siento tan sola que hasta el WiFi me ignora”. Diagnóstico: soledad con interferencia técnica.
* “Él me dio todo… menos la contraseña del banco”. Lección aprendida: el amor necesita backup.
* “Nunca pensé que lo iba a extrañar hasta en sus ronquidos. Ahora me dan ternura los perros ruidosos.” El corazón busca ruido familiar en cualquier especie.
* “Me enamoré de mí. Aunque admito que soy intensa y me reviso el celular”. Autoamor con llamadas perdidas.
* “Ya no lloro en público. Ahora lo hago en el pasillo de productos de limpieza. Porque nadie pregunta ahí.” Tristeza desinfectada.

Epílogo para viudas en entrenamiento

Este manual no viene con índice temático ni capítulos cerrados. Porque tú vas escribiendo en tiempo real. Corrigiendo a lápiz, tachando culpas, añadiendo risas.

La viudez en entrenamiento no es un error tipográfico: es una nueva edición de ti, con prólogo valiente, párrafos imperfectos y una dedicatoria que siempre permanecerá intacta. “A mí. Porque sigo escribiendo, aunque me tiemble la mano.”

[Col}> Descalza por dentro / Soledad Morillo Belloso

27-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Descalza por dentro

La serenidad no se conquista, se revela. No es una cima a la que se asciende con esfuerzo, sino un claro al que se llega cuando uno se detiene en mitad del bosque interior y decide escuchar. Es el susurro de lo eterno en medio del ruido de lo urgente, una forma de estar sin desbordarse, de sentir sin aferrarse.

Es como un lago al amanecer, donde el tiempo parece contener la respiración. No hay prisa en sus aguas, pero tampoco estancamiento. Todo fluye, lento,  lúcido. La serenidad es ese estado donde el alma deja de pelear con el mundo y empieza a bailar con él, sin que le importe llevar el paso perfecto.

Ser sereno no es estar ajeno al dolor, sino mirarlo sin permitir que devore. Es tomar entre las manos la incertidumbre, no para controlarla, sino para comprender su lección. Es encontrar abrigo en lo invisible: en un rayo de luz que atraviesa la ventana, en una palabra dicha con intención, en el silencio que no incomoda, sino abraza.

Hay quienes confunden la serenidad con la pasividad, pero nada hay más activo que el espíritu que elige no reaccionar desde el miedo. Sereno es quien ha hecho las paces con sus sombras y les ha cedido asiento sin permitirles el timón. Es quien puede llorar sin desesperación, reír sin euforia, y amar sin posesión.

Cultivar la serenidad es deshojar la ansiedad que crece como hiedra en la mente. Es soltar el ancla del pasado y no dejarse arrastrar por la marea del porvenir. Es caminar descalzo por dentro, habitando con gentileza cada rincón del ser.

La serenidad no llega con estruendo ni se anuncia con fanfarrias. Camina descalza por los bordes del alma, acariciando con pasos de seda las heridas que aún no han cicatrizado del todo. No exige; se posa. No conquista; florece.

Es como una abuela sabia sentada al borde de mi conciencia, tejiendo en silencio con hilos de aceptación. En sus ojos hay siglos de espera paciente. Cuando todo a mi alrededor se acelera, ella me toma la mano y me recuerda que también puedo quedarme quieta, que respirar es suficiente.

Estar serena es aprender a tocar la vida con los dedos del alma, sin apretar. Es descubrir que no todas las batallas son mías, y que  rendirme ante lo inevitable no es cobardía ni  debilidad, sino amor propio. Es darme permiso de llorar sin romperme, de detenerme sin sentir culpa, de ser sin tener que demostrarlo.

La serenidad vive en los rituales simples: en el primer sorbo de café  al amanecer, en el roce del viento sobre la piel, en mi voz que canta bajito mientras cocino. Habita en la ternura de hablarme bonito, como quien le susurra al mar para calmar su oleaje.

No siempre está conmigo, lo admito. A veces me olvido de ella cuando la prisa me traga o cuando el miedo me grita más fuerte. Pero cuando regreso —porque siempre regreso— la encuentro esperándome, como si supiera que tarde o temprano volvería a necesitarla.

Serena estoy cuando dejo de exigirle respuestas a la vida y empiezo a abrazarla como es: impredecible, salvaje, preciosa. Y entonces comprendo que la serenidad no es un destino, es un modo de andar… con los pies descalzos, el pecho abierto y el alma en calma.

Y así, me reconozco: mujer que ha aprendido a quedarse con lo esencial, a sostenerse con dulzura en medio del torbellino. La serenidad no me ha hecho invulnerable, pero sí más verdadera. Es mi refugio y mi elección. Porque en este mundo que a veces parece desbordarse, he decidido ser río que fluye con calma y no tormenta que arrasa.

Serenidad. No como escapatoria, sino como raíz. No como renuncia, sino como abrazo. Y en ese abrazo, encuentro —por fin— un hogar dentro de mí, un lugar donde escribo descalza.

[Col}>La insoportable apatía de algunos / Soledad Morillo Belloso

24-07-2025

Soledad Morillo Belloso

La insoportable apatía de algunos 

El mundo arde, pero algunos ni siquiera sienten calor. La indiferencia es la enfermedad más insidiosa y terrible de los tiempos modernos, un letargo que anestesia conciencias y embalsama voluntades.

Pero hay una apatía más perjudicial, más silenciosa, más devastadora: la que se instala en las relaciones, en los afectos, en esos lazos que deberían ser refugios pero que, sin cuidado, se convierten en espacios vacíos.

Es la apatía que transforma reuniones familiares en trámites, que convierte amistades en nombres en una lista de contactos que ya no marcan llamadas. Es la distancia disfrazada de rutina, la frialdad envuelta en excusas.

Nos acostumbramos a no preguntar. A no insistir. A no escuchar más allá del «estoy bien» mecánico que es la respuesta que nada revela. Nos volvemos expertos en el arte de la presencia superficial, en la convivencia sin conexión.

Y así, los afectos se van marchitando lentamente, no por grandes conflictos o traiciones, sino por la ausencia de interés, por la negligencia emocional, por la pereza de sentir.  ¿Cuántas relaciones mueren no por una pelea, sino por la indiferencia? ¿Cuántos abrazos se vuelven más fríos simplemente porque dejamos de darlos con intención? ¿Cuántos «te quiero» pierden peso porque se dicen sin pensarlo y sin sentirlo?

Hay un momento en que la apatía ya no es una mera falta de acción, sino una dolorosa forma de abandono. Un abandono silencioso, que no grita, que no enfrenta, que simplemente deja ir. La apatía es la gran traición muda. Nos roba momentos, nos distancia de quienes amamos, nos convierte en meros espectadores de una vida que deberíamos estar viviendo con intensidad.

Lo peor de la apatía es que no siempre se nota de inmediato. Es un enemigo paciente, que se infiltra en los días, las semanas, los meses y los años, que convierte conversaciones en burda burocracia y miradas en tediosa rutina. Y cuando finalmente nos damos cuenta, ya hemos perdido demasiado.

La vida no es una suma de ausencias, sino una oportunidad para construir presencias. Para estar, para sentir, para demostrar que el afecto necesita esfuerzo. Y si la apatía es una sombra, el compromiso es la única luz capaz de disiparla.

Siempre hay tiempo para reconstruir lo que se ha ido desmoronando, para mirar a los ojos y decir con verdad: «Estoy aquí. Me importas.» El amor, la amistad, la familia, no son sentimientos automáticos, sino decisiones que se renuevan con cada gesto, con cada palabra, con cada presencia real. Despertar es posible. Rehacer los lazos es posible. Basta un gesto, una palabra, una mirada que diga: «Estoy aquí. Te veo. Te escucho. Me importas. Me duele lo que te duele, me alegra lo que te alegra.»

La historia no sólo olvida a los indiferentes, también los olvidan sus seres queridos. Y ese olvido, ese vacío, es quizás el precio más alto de la apatía.

“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón… “; ¿haremos algo hoy mismo para no dejar que nos volvamos esclavos del olvido?

[Col}> Cuando lo estático no es paz, sino vacío / Soledad Morillo Belloso

21-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Cuando lo estático no es paz, sino vacío 

Hay un espejismo peligroso en la inmovilidad, en esa ausencia de perturbación que algunos confunden con paz. Nos acostumbramos a la idea de que la ausencia de ruido es sinónimo de tranquilidad, pero hay silencios que pesan, que ahogan más que el estruendo. Hay momentos en los que lo estático no representa equilibrio ni serenidad, sino vacío.

La historia —tanto la que se escribe en los libros como la que cada individuo esculpe en su alma— está llena de pausas que no fueron descanso, sino abandono. De tiempos en los que se dejó de preguntar, de imaginar, de desafiar lo impuesto. En esos momentos, el aire se torna denso, como si la ausencia de movimiento robara incluso el oxígeno necesario para la reflexión.

El ser humano es, por naturaleza, una criatura de impulso, de búsqueda, de acción. Cuando el pensamiento deja de fluir, cuando la inquietud es sofocada por la apatía, algo esencial se desmorona. Porque la paz verdadera no es la ausencia de conflicto, sino el resultado de su resolución. No es el estancamiento, sino el fluir armónico de ideas, emociones y voluntades que construyen algo más grande que la simple supervivencia.

El peligro de lo estático es que se disfraza de refugio. Nos hace creer que hemos encontrado un lugar seguro, un puerto sin tormentas. Pero si ese puerto nos impide zarpar, si sus aguas se tornan cenagosas por la falta de corriente, entonces no es un refugio, sino una trampa. Y lo que antes fue descanso, ahora es prisión.

La pregunta que debemos hacernos, como individuos y como sociedad, no es si estamos cómodos o si estamos vivos, sino qué clase de vida cabe en lo estático. No si la superficie está en calma, sino si debajo de ella todavía hubiera mareas que impulsen. Porque la vida no es un lago estancado. Es un río en perpetuo movimiento, con corrientes que nos retan, que nos enseñan, que nos obligan a  evolucionar.

El verdadero riesgo no está en el conflicto. Está en lo estático de la  indiferencia. No está en el ruido, sino en la parálisis. Porque lo estático puede parecer paz, pero si ha apagado el pulso, entonces no es más que vacío.

El verdadero dilema no estaba entre votar o no votar.  La esencia del dilema probablemente radicaba en el significado del voto más que en el acto mismo de votar. No se trataba sólo de marcar una casilla con el dedo en una pantalla, sino de decidir si el voto tenía poder real, si era una herramienta de transformación o simplemente una formalidad inocua dentro de un sistema que ya tenía su curso decidido.

Muchas veces, el dilema profundo no está en la acción, sino en la expectativa. ¿Votar significaba elegir o simplemente legitimar lo inevitable? ¿Era una expresión de voluntad o un inútil acto simbólico de resistencia? ¿Qué se decía,  decidía o cambiaba con ir a votar o con no hacerlo? En ciertos momentos de la historia, el voto se convierte en una falsa encrucijada donde la verdadera decisión no está en acudir o no a las urnas, sino en creer o no en que votar es la posibilidad del cambio.

Cuando el voto pierde su capacidad de decidir, deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en un ritual sin sustancia.

La democracia no se mide sólo en la existencia del sufragio, sino en el impacto que ese sufragio tiene en la realidad política, social y económica. Un voto que no cambia nada es apenas una sombra de lo que debería ser. Es peligroso porque se presta a trapisondas, genera una falsa sensación de estabilidad, cuando en realidad es apenas una pieza más dentro de un engranaje que ya tiene su rumbo trazado.

Cuando el resultado está determinado antes de que el primer voto sea contabilizado, el ejercicio deja de ser elección y se convierte en imposición y resignación. El ciudadano deja de ser protagonista y pasa a ser espectador atado en la butaca presenciando una obra cuya trama ya ha sido escrita por otros.

La gran pregunta es cómo se revierte esa situación. ¿Cómo se restaura el poder del voto para que realmente decida? Porque si el voto no define el destino de una sociedad, si no puede inclinar la balanza, entonces esa sociedad no  es libre y no decide. Y todo se vuelve estático.

La verdadera amenaza no radica en el fraude explícito o en la represión directa, sino en la indiferencia disfrazada de normalidad que genera costumbre. Cuando el voto deja de decidir, la democracia se convierte en una apariencia, un teatro donde las reglas del juego están escritas de antemano.

Y en ese escenario, el ciudadano corre el riesgo de perder no sólo su voz, sino su fe en la posibilidad de cambio. Su mente se inunda de un pensamiento que se condensa en una muy corta frase: “Esto no tiene remedio”. Porque cuando el destino de una nación se vuelve ajeno a la voluntad de su gente, no hay elección, sólo resignación. Recuperar el poder del voto no es apenas una cuestión política, sino un acto de resistencia contra el vacío, contra la inercia, contra la renuncia a la esperanza.

[Col}> El viento que no responde / Soledad Morillo Belloso

20-07-2025

Soledad Morillo Belloso

El viento que no responde

La soledad no es el vacío de una habitación, ni la quietud que se instala cuando cae la noche. Es un silencio que resuena dentro, una presencia intangible que acompaña incluso en medio de la multitud. Es la certeza de que nadie escucha lo que se grita hacia dentro, la ausencia de un reflejo en la mirada de otro.

Estar a solas es una condición más simple, más tangible. Se puede estar a solas en una casa vacía, en un café cualquiera donde nadie nos conoce, en un camino donde los pasos se mezclan con el polvo y la brisa.

La soledad tiene sombras que alcanzan los rincones donde antes había luz. Es el rumor de una conversación que quedó a medias, el peso invisible de una silla que no se mueve, la huella de unas manos que ya no acarician. La soledad tiene memoria, guarda el archivo de cada instante compartido y lo  despliega como páginas de un libro que nunca se termina.

No todos los días son iguales. Hay días en que la soledad muerde, días en que su peso aplasta el pecho, días en que su presencia se convierte en el único sonido reconocible. Y luego, están los días en que es simplemente un velo tenue, una brisa tibia que toca sin destruir, una compañía que ya no es una extraña.

Estar a solas puede ser una elección, como quien escoge guarecerse en un refugio. La soledad, en cambio, es una tormenta que llega sin preguntar, un invierno sin tregua, un amanecer sin promesas.

La soledad enseña, muchas cosas. A escuchar el propio pensamiento, a entender el lenguaje del viento, a comprender lo que dice el olor del café, es el mensaje que alberga la textura del papel bajo los dedos, lo que vemos cuando cerramos los ojos.

La soledad no pregunta, sólo se sienta en el alma y deja un vacío que ninguna voz logra llenar.

Es el nombre que ya nadie pronuncia, el reflejo que vive en la bruma de la memoria. La soledad no grita, observa en silencio cómo pasa el tiempo. En realidad, no es vacío, es todo lo que ya no está.

Es ese otoño que se queda, aunque el mundo insista en que ha llegado la primavera. Es un diálogo truncado, una pregunta suspendida en el aire, esperando una voz que nunca vuelve. Es ese espacio entre las palabras no dichas. Es una herida abierta que no sangra, un vacío sin pretextos, una penumbra que continúa cuando el día amanece. Es un reloj sin agujas, un calendario sin fechas. Es una carta sin respuesta, un verso incompleto, un poema que nunca encuentra su última línea

La soledad convive con la vida. Se  hace costumbre. Es el viento que no responde. Habla, pero no devuelve palabras. Tiene el poder del silencio. La soledad es un pacto silencioso, una conversación sin palabras entre el tiempo que sigue y la ausencia que pesa. Es aprender a caminar con sombras, a reconstruir espacios sin olvidar lo que los llenó alguna vez. La soledad no pide permiso. Y el alma, poco a poco, aprende a vivir con ella.

Y así, en algún rincón del silencio, descubrimos que aún queda algo por hacer, algo por vivir. Aunque sea distinto, aunque sea frágil. Aunque sea sólo nuestro.

[Col}> Claridad / Soledad Morillo Belloso

18-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Claridad

Cierro mis ojos. Veo mejor. No porque la realidad desaparezca, sino porque se transforma. En la oscuridad, los límites se difuminan, los detalles innecesarios se disuelven y lo esencial cobra vida con una claridad inesperada. Es en este espacio donde lo que no se ve con los ojos brilla con fuerza: los recuerdos, los deseos, las verdades que el mundo tiende a ocultar bajo su ruido incansable y las luces que encandilan.

Cierro mis ojos. Las sombras se vuelven contornos suaves, la luz deja de deslumbrar y lo que realmente importa se dibuja con nitidez. Es en este silencio visual donde escucho mejor, donde los pensamientos adquieren forma sin interferencias, donde los sentimientos no tienen que vestirse con ropajes. Aquí veo con el alma, con la intuición, con la sensibilidad.

Y entonces, por un rato con sabor a eterno, me quedo en esta oscuridad voluntaria, en esta pausa gentil donde todo se comprende sin la distracción del mundo visible. Con los ojos cerrados, veo lo que el ruido esconde, lo que las miradas rápidas pasan por alto, lo que sólo el corazón sabe reconocer. Y en ese instante, por fin, veo mejor.

Cierro mis ojos. Las distancias dejan de importar. No hay fronteras entre el pensamiento y la emoción, entre la memoria y la imaginación. Lo que antes parecía lejano ahora está al alcance, lo que creía perdido regresa con una nitidez que no necesita luz para existir.  Las cosas adquieren su verdadera forma, lejos de distracciones que distorsionan.

Las sombras se convierten en refugio en lugar de infundir temor. En ellas se esconde lo que no me atrevo a ver cuando la luz exige respuestas inmediatas. Pero en este espacio sin colores, sin contornos definidos, el tiempo se detiene lo suficiente para que todo se revele sin prisa. Los miedos, las verdades que esquivo, los sueños que olvidé, todos surgen con una dulzura inesperada, como si supieran que  ahora estoy lista para mirarlos de frente.

Cada latido resuena más fuerte, cada pensamiento encuentra su eco sin interrupciones. Y en este silencio, en esta penumbra, comprendo lo que tantas veces pasé por alto. El mundo no desaparece, apenas se transforma en lo que siempre debió ser: un espacio donde el alma por fin puede ver con diafanidad.

Cierro mis ojos. Comprendo que la  visión no depende de la luz, sino de la voluntad de mirar más allá. En esta oscuridad quieta donde el mundo se disuelve y sólo queda la esencia de las cosas, descubro que no necesito ver para entender, que no necesito mirar para sentir. Porque en el silencio de mis ojos cerrados todo lo invisible se revela con absoluta claridad.

[Col}> Escucharme / Soledad Morillo Belloso

13-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Escucharme

Hablar conmigo misma no es un hábito que escogí conscientemente. Surgió como una necesidad. Al principio eran pensamientos sueltos, frases que flotaban mientras caminaba por la calle o me quedaba en silencio frente al espejo. Conversar conmigo misma   es una forma sutil de conectarme con quien soy. No es simplemente “hablar sola”; es dialogar internamente desde distintas esquinas de mi propia identidad: mi insufrible y estricta mente racional, mi comprensiva parte emocional, la voz del recuerdo, del deseo, de la frustración, la rabia o la esperanza.

Es como tener una brújula que me orienta cuando el mundo exterior me abruma. En estos diálogos coexisten voces contradictorias: la que anhela y la que desdeña, la que sueña y la que duda.

Con el tiempo, esos monólogos se volvieron más claros, casi como si me sentara a conversar con una amiga de toda la vida. Y tal vez, en el fondo, eso soy para mí: una compañía leal que a veces me escucha, otras me ignora, pero que siempre está ahí.

En mis diálogos internos hay frases  que repito hasta el cansancio, palabras cuyo significado cambia con los días, silencios que dicen más que las palabras. Me interrogo con curiosidad, me reprendo con dureza. A veces, me sorprendo debatiendo dos formas contrapuestas de enfrentar la vida. ¿Me rindo ante el maquillaje frívolo de la viuda sonriente, o me deshago de todo vestigio de disfraces banales?

Lo primero es muy tentador y me ganaría aplausos. Lo segundo es lealtad a la verdad y eso no es popular en la sociedad de “pasar la página”.  No llego aún a una conclusión, pero me doy cuenta de que pensar en voz alta, aunque sea en la voz del pensamiento, me obliga a mirarme de frente.

Hablar conmigo misma es como detener el mundo por un momento. Es cerrar la puerta y sentarme con mis sombras y mis luces, con mis alegrías y mis feroces  contradicciones.

En ese espacio no hay máscaras. Soy simplemente yo, sin adornos. Es allí donde logro encontrar claridad en medio del caos, como si mi propia voz pudiera guiarme cuando todo afuera deja de tener sentido.

También he aprendido a tenerme paciencia. Porque no siempre me entiendo. Hay días en que mis pensamientos son un remolino y no logro seguirles el paso. Pero incluso en esos momentos, hablar conmigo me recuerda que estoy viva, que estoy aquí, intentando comprenderme.

Hablar conmigo es también un acto de memoria. Me traigo al presente fragmentos del pasado, recuerdos que creía archivados, versiones antiguas de mí que dejaron huellas invisibles.

En esos momentos, la conversación se vuelve un puente entre quien fui y quien soy. Me escucho como si pudiera entenderme mejor con la distancia del tiempo, como si al narrarme pudiera perdonarme por errores que aún duelen o agradecerme por el coraje de decisiones que tuve que tomar. Es curioso cómo, al hablarme, descubro historias que aún no había contado, ni siquiera a mí.

Y cuando el mundo parece ir demasiado rápido, cuando todo afuera exige respuestas inmediatas, me refugio en ese espacio donde puedo hablar sin presión, donde no tengo que demostrar nada, ni rendir cuentas, ni estar bien todo el tiempo.

Me doy permiso para sentir, para llorar sin pretextos, para burlarme de mí misma y reír de mis torpezas. Es en esa intimidad donde encuentro lo más parecido a la libertad: ser yo, sin filtros. Y quizá eso sea, al final, lo más valioso de todo este diálogo interior: que me devuelve a mí misma, una y otra vez, con más comprensión.

Hablar conmigo misma con comprensión, y no desde la autocompasión, implica un acto de madurez emocional: no se trata de justificarlo todo ni de buscar consuelo fácil, sino de asumir mí  realidad con honestidad. La comprensión no adorna el dolor, pero sí lo escucha con respeto. Reconozco mis errores sin minimizar su impacto, pero también sin castigarme eternamente por ellos. Es ese equilibrio delicado entre la exigencia y el perdón.

Cuando me hablo, me hago preguntas difíciles sin ponerme contra la pared. Me invito a reflexionar, desde el deseo de crecer, no desde la culpa. Es una mirada interna que no suaviza la verdad, pero que tampoco hiere. Es decirme: “esto pasó”, “sí, fallé”, y al mismo tiempo: “sigo aquí, voy a entenderme y a avanzar”. Es una forma de introspección serena, en la que mi voz es guía y no juez.

Hablarme con comprensión implica escucharme sin dictar veredictos. No se trata de negar mis errores o evitar la autocrítica, sino de cambiar el tono con el que me hablo: transformar la dureza en amabilidad, la impaciencia en espera, el reproche en sosiego. Una conversación comprensiva es ese instante en que, en lugar de reprocharme “¿por qué fracasé?”, me digo “hice lo mejor que pude”.

También es darme el permiso de estar mal, de no tener todas las respuestas, de sentirme vulnerable sin censura. Es sostenerme con palabras en vez de exigencias, y recordar que no tengo que ser perfecta para ser valiosa.

Tal vez algún día no necesite tanto estas conversaciones, o quizás las necesite más. No lo sé. Pero hoy sigo hallando en ellas un rincón silencioso donde puedo ser quien soy. Sólo yo, hablándome, escuchándome, acompañándome, comprendiéndome.

Y es que hablar conmigo misma es, en el fondo, una forma de cultivar una relación de cuidado con quien siempre está: yo. Ya no se trata de vencerme ni de convencerme, sino de acompañarme.

Porque entiendo que no necesito estar completa para estar presente, ni tener todo resuelto para merecer paz. En esa voz que me escucha sin interrumpirme, que no me humilla cuando me equivoco ni me idolatra cuando acierto, voy descubriendo una nueva manera de habitarme: con honestidad, sin dramatismos, con profundidad.

Así, cada conversación interna se convierte en un acto de restauración. No porque todo se cure con palabras, sino porque nombrarme con verdad me salva del olvido. Hablarme con comprensión es recordarme que soy hogar, incluso cuando todo afuera es incertidumbre. Que en medio del ruido puedo encontrarme, y que el mayor gesto de amor propio es ese: quedarme conmigo, sin condiciones… sólo quedarme.

[Col}> Próximo y prójimo / Soledad Morillo Belloso

10-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Próximo y prójimo

Empatía. Cuatro sílabas que cargan un peso enorme. No es un concepto, ni un valor. No es una virtud aprendida de caletre. Es un acto radical de presencia. Porque sentir con otro, exige mucho más que oídos atentos: exige corazón expuesto y dispuesto.

En un mundo cada vez más ruidoso, veloz y fragmentado, la empatía se alza como un gesto relevante. Lejos de ser una cortesía superficial, es una práctica radical de humanismo. No nace del deber, sino de la decisión de abrir el corazón y dejar que lo ajeno nos importe.

No, la empatía no es cómoda. Tampoco es rápida. No consiste en decir “te entiendo” como quien pasa de largo. Requiere una presencia dispuesta. El acto de sentarse junto al dolor del otro sin intentar taparlo, arreglarlo o explicarlo.

La empatía mira con profundidad. Dice: “Te veo en tu caos, siento tu belleza rota, y aquí estoy”. No necesita escenarios grandilocuentes. Sucede en una pausa oportuna, en un silencio que acompaña, en una mirada que no juzga. Es una ternura que no pretende brillar, sino sostener.

Y qué importante es recordar que esta empatía también debe dirigirse hacia adentro. Porque con demasiada frecuencia somos nuestros peores jueces, incapaces de ofrecernos la compasión que sí damos a otros.

Empatizar con uno mismo es atreverse a perdonar nuestras propias caídas, a comprender nuestras flaquezas, a abrazar con suave piedad lo que aún no entendemos de nosotros.

La empatía no es fácil. Es renunciar a tener respuestas y, en cambio, ofrecer compañía. A veces, sólo eso. Porque cuando alguien nos mira con honestidad y no intenta arreglarnos, se nos devuelve una parte perdida de nosotros mismos.

Vivimos en un mundo que simplifica. Y en medio del batiburrillo de la banalización, la empatía es un gesto profundamente humano. Es decir: “te veo en tu dolor. Y por eso, me quedo”. Es un pacto silencioso, casi sagrado, de comprensión. No necesita ruidosas demostraciones ni se pasea por las frases hechas. Basta un abrazo en silencio, una mano que sostiene, un pañuelo que se ofrece para enjugar lágrimas.

Quizá la empatía no sea sólo un puente entre dos. Tal vez sea, en su esencia más profunda, el refugio que construimos cuando al fin entendemos que nadie debe caminar solo.

¿Quién soy yo, si no puedo sentir lo que tú sientes? ¿Quién soy si tu dolor me es ajeno, y tus angustias  me resbalan por la pendiente de la indiferencia?

Empatía… esa palabra que suena breve pero pesa como un mundo. No es sólo comprender, es habitar por un instante el universo compungido de otro. Calzarse sus zapatos, andar sus caminos, mirar por sus ventanas, respirar su aire.

A veces me pregunto si la empatía no es sino un acto deliberado de valentía. Porque hay que ser valiente para abrir el corazón y dejar que entre lo ajeno. Hay que ser corajudo para decir: “No comprendo del todo, pero estoy aquí, contigo”. En esa vulnerabilidad, en esa apertura, se tejen los lazos más humanos.

¿Y si al final la empatía no fuera sólo sentir al otro, sino permitirnos ser transformados por ese sentir?

Empatía no es “estar por cumplir”. Es ofrecer nuestra piel para que la otra piel duela un poco menos.

La empatía no es un concepto inocuo flotando entre letras. Se vuelve carne y hueso en los gestos, calma en las ausencias, refugio en medio del vendaval. No necesita pedestal, ni aplausos. Sólo sentimientos.

Porque tal vez, el corazón humano no pide soluciones. Sólo pide que alguien esté próximo y diga: “no estás solo. Me duele lo que te duele”. Y eso, en algunos momentos, lo es todo.

No sorprende que la palabra “prójimo” comparta raíz etimológica con “próximo”. Porque empatizar es acortar distancias. Es no dejar que alguien camine solo, y entender que el consuelo no siempre tiene forma de solución.

A veces, basta con alguien que diga en voz baja: “Estoy aquí, contigo”.

En ese simple gesto —estar, acompañar— ocurre algo luminoso: una grieta en la coraza del mundo. Y por ahí, entra la luz.