[Col}– La niña de la guerra / Estela Hernández Rodríguez

07-03-2010

Ante la necesidad de encontrar un futuro mejor, la emigración ha obligado a muchos a dejar su terruño, y a otros les ha impuesto la necesidad de huir para preservar a su familia de los horrores de una guerra.

Muchos años han pasado por Isabel, esta mujer que relata su vida; un relato que se convierte en una bella pero triste historia. En la vida de Isabel muy pocas veces existieron momentos de alegría, pero sí la añoranza de sus islas, de su familia.

Quizás si en lo ecónomo le hubiera ido bien a sus padres, y sin un conflicto armado, principal motivo de la separación de los suyos y de las sus islas, nunca le hubiera tocado abandonarlos.

Pero no había otra solución. La emigración era la única forma que tenía su familia para salvar la vida, con la esperanza de volver a reunirse algún día. Por eso viajaron a Cuba, donde les dieron asilo, y desde entonces se asentaron aquí, dieron lo mejor de sí en el trabajo, y rehicieron sus vidas, siguiendo sus costumbres y tradiciones que trasladaron a nuevas generaciones.

Es muy significativo escribir estas historias, y que no se queden dentro de los corazones de estos emigrantes, para que se conozca cómo les fue la vida y cuánto se sufre cuando uno deja su tierra querida. Es por eso que Isabel, que de niña sufrió estas experiencias, ahora, de mujer, las cuenta.

Estela Hernández Rodríguez

***

La niña de la guerra

Isabel de la Caridad Cruz Moya es una descendiente canaria a quien llaman Cachita, apodo que le fue puesto por su mamá, de nacionalidad cubana, y por su familia. Y esto por devoción a la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, llamada así por sus pobladores.

Isabel, nativa de Santa Cruz de Tenerife, vino a nuestra isla de Cuba a la edad de cinco años. Los motivos, fueron muy tristes: La Guerra Civil Española. Con lágrimas en los ojos me contó la historia de cómo una familia unida y querida se separó por los horrores de la guerra.

 

Relataba Cachita que con su madre, Josefa de la Caridad Moya Gómez, y sus hermanos, salió del puerto de Santa Cruz de Tenerife el 28 de abril de 1938. Venían como repatriados, y su padre, Manuel Cruz López, tuvo que quedarse en Canarias. Él ya había venido primero a Cuba en 1915, y el 12 de enero del 1920 se había casado con la mamá de Cachita, una cubana, y ambos se fueron a vivir a Canarias con tres hijos nacidos en Cuba: Olivia, Aurora y Manuel, pues en el año 1931 estaban muy mal los tiempos en Cuba. Ya de vuelta a Canarias nació su última hija, Isabel (Cachita).

Manuel, el padre de Cachita, era ciudadano español, y en 1938, en plena Guerra Civil Española, no pudo regresar a Cuba con sus hijos y esposa, pero ellos sí pudieron porque, para poder emigrar, se acogieron a la ciudadanía cubana de su madre. Para ello, en la entrevista que les hicieron sólo tuvieron que demostrar que eran cubanos y decir que querían volver a Cuba.

Ellos —decía Isabel— vivían a una cuadra del puerto de Santa Cruz de Tenerife. y venían a Cuba como repatriados; ésa era la única forma que tenían de salvarse de la angustia del conflicto armado.

Explicaba su mamá que, de no haberlo hecho así, se hubieran llevado a sus hermanos para el frente, pues también una de sus hermanas era enfermera. De Tenerife salieron para Lisboa, y de ahí, en el vapor Iberia, para Cuba. En ese vapor venían muchos repatriados de distintos lugares.

Cuando Isabel contaba sobre su niñez y sobre su abuela, de sus ojos caían lágrimas como cae agua de un manantial, sólo que el manantial lleva al paisaje la frescura de la naturaleza, y las lágrimas de Isabel llevaban el recuerdo inolvidable de una tierra a la que no quería dejar, de su querida abuela Aurora López López, y de su abuelo Felipe Cruz Padilla.

De su abuela me contó que tenía en Tenerife un bodegón, camino de Los Campitos, al final de la Rambla. Por ese bodegón, decía, pasaba todos los caminante y tomaban vino mientras comían rosquillas y pelotos de gofio que, por cierto, hacía Cachita muy bien.

A mi abuela le decían Seña Aurora, y la querían mucho, pues era muy buena y humana”.

Cachita relataba cómo era todo en el negocio de su abuela, pues a pesar de que en aquel entonces era una niña de 5 años, nunca se le olvidó eso: “Era un salón grande, con mesas y taburetes. Todas las mesas tenían jarras de vino”, decía, y entonces, por única vez, se rió, pues recordó que su abuela, Seña Aurora, les daba a tomar, a ella y a su mamá, vino con agua para abrirles el apetito, pues decía que estaban muy delgadas las dos.

De su papá recuerda que tenía en la sala de su propia casa —sita en Tigre, número 2, actualmente calle Villalba Hervás— una tintorería llamada La Americana, y que desde la ventana de su casa se veía el muelle.

Con su padre y sus hermanos salían a pasear a la playa, y cuenta que él los enseñó a todos a nadar. También habló de su hermano, Manuel, y dijo que había sido explorador. Manuel es el único que aún vive. Enfermo y con 81 años, habita a seis cuadras de la casa de Isabel, en Cuba.

Recuerda además la iglesia de San Francisco de Asís, donde la bautizaron, que estaba frente a la plaza del mismo nombre y en la calle Villalba Hervás

El regreso a Cuba lo tramitó la familia cubana, sus abuelos Arturo Moya y Eloísa Gómez. que venían en un auto de la embajada cubana para que evitar problemas, pues la situación de la guerra era muy difícil, muy peligrosa.

Con la guerra, su padre perdió todo en Tenerife —o sea, su tintorería— y se puso a trabajar como carpintero a el asilo de ancianos Los Desamparados, ubicado en el puente Zurita, donde murió.

Decía Isabel: “Lo que supimos de él desde que perdió todo fue por una amiga de mamá que le escribía a ella, y por unas monjitas del asilo que también lo hacían y que contaron lo de su muerte, en el asilo Los Desamparados, el año 1972, a los 80 años de edad y sin ningún familiar a su lado. Dos años después murió mi madre, Josefa de la Caridad. Ella, desde que salió de Tenerife le escribía a mi papá y le enviaba nuestras fotos. Él quería reunirse con nosotros, pero económicamente no podía. Nunca tuvimos noticias de mis otros familiares, de mi tía Olivia Cruz López, de sus hijos Juan y José Ojeda, de otro al que le decían Mayoyo, y de Perucho Ojeda”.

De su visita a Tenerife

Cachita pudo visitar su terruño, lo cual fue emocionante para ella, gracias a un proyecto llamado Los Chicharros, dirigido a emigrantes canarios para que pudieran visitar a sus familiares en esas Islas y en el que intervino un funcionario de Iberia de nombre Ramón Álvarez.

Cuando Isabel llegó a Tenerife y le dijo al grupo organizador de esa visita que ella había vivido de niña allí y que su casa estaba en la calle Tigre número 2, ahora Villalba Hervás, Ramón Álvarez comentó: “¡Mira que el mundo cabe todo en un pañuelo! Es increíble, pero precisamente ahí es donde están las oficinas de Iberia, donde yo trabajo como representante. Cuando por el programa visitemos ese lugar, te voy a dejar sola y me vas a decir dónde está el puerto y la calle donde vivías”. E Isabel estuvo de acuerdo.

Antes, y precisamente el día de su cumpleaños, visitó la iglesia de la Candelaria, por lo que el recibimiento fue más emocionante. Y las atenciones, muchas, como las recibieron por igual todos los que estaban con ella.

La llegada a Tenerife

En Tenerife se bajaron en Plaza España. Eran 26 los de la delegación que viajaba a esa isla. Y dice Isabel. “Cual fue mi sorpresa que ya no era todo igual. La calle era un boulevard, con mesas, sillas, y sombrillas”. Y, efectivamente, ella misma fue comprobando mientras caminaba cómo todo había cambiado, y cómo, en la misma dirección donde una vez estuvo su casa, ahora estaban las oficinas de Iberia y del periódico Ansina. Entonces Ramón Álvarez le dijo: “Aquí trabajo yo, donde mismo viviste tú”.

Contó Isabel que siguió caminando y llegó al parque donde de niña jugaba, y vio una estatua de un guanche con un perro, visión que fue muy fuerte para ella y allí mismo rompió a llorar, pues la estatua le trajo al momento el recuerdo del perro que, de niña, había tenido en Tenerife, al que le decían Rompecalzones porque en su presencia nadie podía molestarla, ya que el perro la cuidaba mucho.

Recordó que al salir ella para embarcar hacia Cuba, a su perro lo habían amarrado, pero tanto forcejeó el pobre animal que se soltó y llegó hasta el puerto, donde al despegar el vapor estaba como loco corriendo de un lado a otro. Él también sentía que se le iba un pedazo de su vida y que desde ese momento ya nada iba a estar igual.

A Isabel le contaron que su padre estaba lejos de ellos, como despidiéndose pero sin enfrentar la situación que para él eran tan triste y dura. Sólo su tío Felipe los despidió. Eso sí que no se le olvida.

Ya en Cuba, la isleña y su familia vivían mal. Su madre lo mismo cocinaba, que lavaba, y cocía sayuelas para unos polacos a 30 centavos la docena. No era fácil acostumbrarse a perder cierta estabilidad económica y verse pasando trabajos.

Pero su padre también estaba muy mal en Canarias, según contaba en sus cartas, mientras pudo escribirlas, que Isabel conserva con amor. Con el tiempo, la vida fue cambiando para ella y los suyos que, niños al llegar, fueron creciendo, estudiaron, y la economía de la familia, aunque no muy holgada, era resistible, hasta que mejoró aquella pobreza en la que vivían.

Hoy Isabel pertenece a la tercera edad, y en la Sociedad Canaria de Cuba se reúne con otros nativos canarios y con descendientes de éstos y se adentran en el conocimiento de las islas y, sobre todo, de su Tenerife, lo cual la colma de esa alegría que en una ocasión le faltó.

Es como si no quisiera escapar un minuto del tema, ya que la vida le otorgó retomar desde lejos el encuentro con sus ancestros, las tradiciones y costumbres que no las ha olvidado. Y así en cada reencuentro intercambian sus conocimientos, sus dudas, sus tristezas, y sus satisfacciones.

Me despedí de Isabel, quien dejaba escapar en su mirada la añoranza de los suyos, de su querida abuela “Seña Aurora”, y de la felicidad que disfrutaron cuando vivieron todos unidos, porque para los emigrantes su pasado siempre estará presente, más cuando el conflicto de una guerra fue el motivo del cambio de su destino y de la separación de su familia.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[Col}> La Navidad y los buñuelos en casa de mi abuela Canaria Lola

Diciembre 2009

Una receta traída de El Paso

Todas las familias tienen sus costumbres y formas de educar de acuerdo a su origen, de ahí que yo conozca algunas de esas tradiciones que se han quedado para siempre en cantos, bailes, y algo de la cocina que dejaron en mí la huella canaria y que va en una parte de esta historia que les cuento.

La vida económicamente era dura en los momentos que vivíamos allá por los años 50, y la Navidad para mi abuela Lola se imponía ante todo, y para celebrarla siempre guardaba algún dinerito que le dejaba una que otra costura que realizaba a amistades, o del cosido de tabaco, pues también era ella una experta en la zafra de la preciada hoja.

Era en ese tiempo, antes del 24 de diciembre, día en que se celebraba la Nochebuena, cuando abuela Lola elaboraba grandes cantidades de buñuelos isleños. Así iba y compraba en la bodega de otros canarios la harina, azúcar, huevos, mantequilla, vino seco, canela y mantequilla.

Y la noche del 23 ella comenzaba la elaboración mezclando todos esos ingredientes, mezcla a la que le echaba una cucharada rasa de bicarbonato para que los buñuelos quedaran suaves y crujientes.

Su buen gusto al prepararlos ofrecía más tarde un exquisito postre que saboreábamos todos los de la casa, y amigos. Pues sí, porque, como allá en Canarias, de esos buñuelos comían aquí los cubanos, tanto vecinos como amistades de la familia.

Lola iba haciendo los buñuelos y los colocaba arriba de la mesa, encima del paño (mantel), y hasta que no la tenía llena de ellos no comenzaba a freírlos, lo cual hacía que se esparciera por toda la casa el olor agradable del exquisito postre. Luego los metía en latas de galletas, aunque en El Paso —contaba abuela— se guardaban en cestos pero, al no tenerlos en Cuba, ella utilizaba esta otra variante.

En la actualidad, todos en la familia esperan ansiosos en Navidad el producto de esta receta que aprendí de mi abuela y que también les he trasladado a los chicos, de la misma forma que mi abuela lo hizo conmigo, para que siempre viva esa tradición, y que ahora hago extensiva a todo el que quiera saborear esta receta traída de El Paso.

Ingredientes

• Una libra —y un poco más— de harina castilla (harina de trigo).

• Tres huevos

• Canela. Mi abuela la utilizaba en rama, pero yo la utilizo en polvo.

• Una cucharadita de bicarbonato, que era lo que utilizaba ella para que quedaran más crujientes y suaves.

• Un cuarto de libra de mantequilla.

• Una taza de vino seco.

• Una taza de azúcar, preferentemente prieta —morena o negra, como le dicen acá— o blanca si en el lugar no hay de la otra.

Modo de hacer los buñuelos

Se baten los huevos, se les echa el vino seco, el bicarbonato, la canela, la mantequilla y el azúcar. Se va revolviendo todo hasta que se mezcle bien, y entonces se comienza a echar poco a poco la harina hasta que todo quede como una masa para hacer pan.

Esta masa se deja reposar un ratico; mi abuela la dejaba más tiempo que yo, pero es que con el desespero por probarlos rápido no puedo esperar y la dejo sólo un ratico antes de darle forma a los buñuelos y ponerlos en aceite para freírlos y degustarlos. Se sabe cuando la masa está lista porque, al cortarla para trabajarla, la porción cortada se ve llena de hoyitos.

Lo del “poco más” de una libra de harina es porque cuando se cortan las porciones de masa a veces ésta se pega a las manos, y para evitar que eso suceda conviene untárselas con harina. Entonces se van cortando las porciones para primero hacerlas larguitas y después darles la forma de un ocho. Y es en este proceso cuando que usar un poco de harina para que la masa ruede sin pegarse.

Con un cuchillo se va cortando los pedazos de masa para primero hacerlos larguitos y después darles la forma de un ocho. Luego de así formados, ya están listos para freír.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

 

[Col}– Mi abuela Lola y los bordados Canarios / Estela Hernández Rodríguez

15-11-2009

Estela Hernández Rodríguez

Una costumbre traída a Cuba desde el archipiélago canario es el bordado y calado en la tela. Este arte se ha mantenido de generación en generación y se exhibe con gusto en vestidos, ropa de cama o paños de cocina, en los hogares de los isleños en Cuba. De mi abuela Lola aprendí esta manifestación artística.

Sí, porque ella tenía, entre sus características propias como cosedora de tabaco y costurera, ese don especial de saber bordar y calar. Recuerdo que cuando compraba alguna que otra tela barata y le aplicaba sus bordados, al final la convertía en una fina bata para sus nietas que, claro, éramos mi hermana Graciela y yo.

Abuela Lola aprovechaba las liquidaciones que hacían en la tienda de un español —en el pueblo de Bauta, provincia de La Habana— que se caracterizaba por su fama de buen vendedor y comerciante.

Tampoco a abuela se le iba un solo detalle en la costura y el bordado, cuestión que resultaba más económica para mis padres, y muy conveniente por aquellos tiempos.

En las fiestas de fin de curso, tenía que ver con el detalle de la ropa necesaria para la actuación en la obra de teatro, muy usual en esas fiestas escolares. Luego abuela Lola estaría sentada en la primera fila, al lado de mi mamá y papá, disfrutando aquella coreografía y escenografía de zapateo cubano y campesino, dibujada por los trajes que con tanto amor había ella hecho y disfrutando sobre todo de vernos actuar.

Hasta recuerdo que me compró unos pulsitos baratísimos, pero, eso sí, que brillaban mucho y hacían juego con la ropa. Y luego de terminada la obra hacía sus comentarios de como destellaban los pulsos, qué lindas lucían sus nietas, que si esto que si lo otro. Nada, cosas de una abuela isleña.

Todavía recuerdo como abuela Lola guardaba alguno de sus forros de cojines o fundas de almohadas, que había bordado con sus propias manos para su ajuar de novia. Para realizar éstos, utilizaba las madejas de hilo mercerizado.

Ella también me enseñó ese arte. En uno de sus bordados, “El Pasado”, primero hacía el relleno con el hilo de un lado para otro en la tela o felpa, y así después comenzaba el bordado propiamente dicho, pasando el hilo de la misma forma. Al finalizar la tarea, la pieza quedaba con ese toque de buen gusto que sólo lo da el inconfundible estilo canario.

Otra experiencia sobre los bordados canarios

Sobre los bordados también puedo expresarles que en la “Asociación Canaria Leonor Pérez Cabrera“ conocí a otra descendiente de La Palma , Agustina Arencibia Nazco, quien se dedica desde joven a este significativo arte.

Agustina es nieta del palmero Locadio Nazco Alfonso, quien viniera a Cuba en el año 1900 y se asentara y formara familia en Cangre, provincia de Pinar del Río. Sus padres, que se quedaron en La Palma junto a su hermana Juana Nazco, se llamaban José María y Antonia.

La madre de Agustina era la hija de Locadio y se dedicaba a la costura, de ahí que su hija obtuviera esa dedicación por ese arte que empezó a estudiar a los doce años y luego se graduó como profesora y hasta llegó a tener su propia academia.

Esta descendiente de isleños continúa este trabajo con su colaboración en la “Asociación Canaria Leonor Pérez Cabrera“, en el proyecto “Renacer”, al que pertenecen ancianos nativos y descendientes.

Una de las actividades que ayuda a revivir los corazones en las mujeres son los bordados que Agustina enseña en sus clases. Yo lo pude palpar y puedo decir que son maravillosos, como los sabían hacer nuestras abuelas. Por eso tengo que reiterar que la energía canaria que expande Agustina se hace latente cuando vemos bordados como la rueda, el pececito, rosetones y calados, que ella sabe hacer con la experiencia de más de 20 años.

Esta mujer, tan buena conocedora del bordado canario, no porque peine canas deja de tener el optimismo y sonrisa en su rostro. Allí, junto a otros nativos y descendientes, ofrece sus conocimientos y hace una labor que por difícil se hace fácil cuando con ella se lleva la luz del saber y el recuerdo implícito de nuestros ancestros.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[*Col}– Relatos cortos: El gato estrellado / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Era un gato negro realmente grotesco, pues más bien parecía una mutación de felino pero quizás hacia algo más peligroso, puede que entre lince y marsopa, tal vez; habría que decidir si se puede catalogar a la marsopa entre cánido o félido.

Bueno, lo cierto es que este gato negro, con un rabo extremadamente largo y más largo que cualquier gato hijo de vecino —de aquí lo de marsopa— andaba entre azotea y azotea, aterrando con su fuerza de gato exagerado a todos los otros gatos del vecindario. Se podían escuchar los gritos furiosos de estos animales, peleando con rabia por la noche. El minino amenazador se comía las pitanzas que los amos depositaban al anochecer para sus gatos, llamándolos con el típico bis- bis.

Los niños, los primeros en verlo, no dudaron en tirarle piedras. Y las viejas septuagenarias empezaron a maldecirlo, pues se colaba en las alcobas cuando los bebés dormían en sus cunitas.

Lo cierto del caso es que se empezó a poner inquieta la población cuando ya los papás, nerviosos por los acontecimientos que acaecían —accidentes de automóvil, por el gato; caídas trágicas, por el gato; niños arañados, por el gato; perros que había que atender en la veterinaria, por el gato; algo realmente insólito— pues decidieron denunciarlo a las autoridades. Sólo que no se encontró al susodicho animal, aunque un reguero de tragedias dejó tras de sí en el barrio cuando, como por cosa de magia, desapareció.

Al cabo de unos días de verdadera normalidad en la manzana llegaron noticias de un gato feo que aterraba a los vecinos en la cerca de la otra jurisdicción. Se decía de accidentes de automóviles, caídas trágicas, etc. Al parecer se supo, sólo que no se pudo dar caza al gato deslucido.

Al par de semanas de esto se informó a la población, a nivel nacional, de la realidad de una crisis económica, junto con la ruptura de la tregua en el conflicto de Oriente Medio, guerra en un país caribeño, varios accidentes de aviación, pandemia, etc.

Una viejecita, toda vestida de negro, encendió una velita a su santa en el altar pidiendo por los animalitos perdidos que nada tienen que comer.

Guamasa, Tenerife, 15/09/2009

[Col}– El amanecer en los campos cubanos / Estela Hernández Rodríguez

26-10-2009

Estela Hernández Rodríguez

El alba nace temprano, y con ella un nuevo amanecer. Todo duerme, y en las ciudades despierta de la tranquilidad al bullicio, pero en nuestros campos la belleza y tranquilidad despiertan con el canto de los gallos y los primeros rayos del sol que se dejan ver por el Este cubano.

De esta forma resplandece el bohío, cuando la luz solar toca a su puerta y despierta al guajiro que sale a ordeñar sus vacas, como es la costumbre, para traer el alimento a su familia.

Los que estemos de visita en la campiña sabemos que nada distingue más al campesino que brindar un jarro de leche acabada de ordeñar. Para el visitante, caminar bien temprano por debajo de las matas de mango y recoger el bendito fruto, respirar el aire puro y jugar a echarle maíz a las gallinas, que también esperan su alimento, es disfrutar de esa belleza aún salpicada del rocío de la noche en la yerba que pisamos.

Entonces vemos al canario Manuel que ensilla su caballo y lo monta, luego de tomar su buchito de café.

Es la hora de dirigirse a las vegas, o al conuco donde tiene sembradas matas de plátanos, maíz y otras viandas. Allí lo esperan los bueyes a los que él mismo les ha puesto de nombre: Carretero y Venancio. Mientras, las mujeres de la casa se dedican a sus labores hogareñas y, además, dan de comer a los cerdos. Otras van detrás de la casa, al río, que a esa hora aún duerme tranquilo, a cargar el agua para llenar las tinajas.

Recopilar cada momento en ese lugar es como pintar uno de esos cuadros que muestran la campiña cubana. Y hablar de ella es pensar en los canarios y sus descendientes como fieles ejemplos de estas regiones, de su trabajo y de su constancia.

A lo lejos se divisan las casas de curar tabaco, sello distintivo de las manos laboriosas de mujeres y hombres isleños conocedores de ese ramo. Son muchos los cubanos que pueden dar fe de esas labores en algunas provincias de Cuba.

Así son nuestros campos, llenos de sorpresas naturales entre las que destacan sus amaneceres, que con el canto de los pájaros constituyen un verdadero regalo de la naturaleza que se convierte en poesía.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[*Col}– Relatos cortos: Infidelidad / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Su pelo moreno se recogía en una coleta que deshacía con las manos, en ese momento, en aquel callejón, con aquel hombre.

Medio borracha, como estaba, se dejaba hacer por el bestia que la poseía. La besaba o, mejor dicho, la sobaba dejándole las babazas, con regusto a tabaco y alcohol, sobre sus senos y su sexo, sin cesar en el empeño furioso de penetraría. Y ella se dejaba hacer indefensa, como una muñeca desmadejada, rota tal vez, pensando contrariada en su marido, enajenada por su amor traicionado, casi creyendo que aquel rudo camionero sobre ella era su hombre, ultrajada porque el doblegado que en verdad deseaba la maltrataba, le pegaba, la hacía sufrir.

Su marido y amante podía haberla seguido, excitándola más si cabe, podría estar observándola en aquel mismo instante, sintiendo una vergüenza mutua tal vez, pero sólo podía oír el rumor infiel del sexo robado.

El bruto encima en de ella llegaba casi al orgasmo, pero ella, a su vez, al intuirlo, se dormía, en el duermevela trasnochado de lo irreal, caía en el sueño delirante del marido celoso, debatiéndose por su honor, degollando éste al amante furtivo. Y en ese sueño de loca se adormecía ella como sin vida, soñando que se vestía abandonada de la visión de cualquier cazador, después del choque violento, patológico, intuyendo quizás un ojo que también había llegado al éxtasis, a aquél estremecimiento, al punto del rojo llamativo de la pasión enarbolando lo trágico, violento, brutal, aquel sueño sin tiempo, rodeándola, junto con el llanto de las sirenas, su marido celoso que aparecía una y otra vez repitiendo lo mismo, viendo su cara transfigurada, como en el sueño eterno de una demoníaca Lilith.

Guamasa, Tenerife, 25/02/2009

[Col}– Los cuentos y las brujas / Estela Hernández Rodríguez

23-10-2009

Estela Hernández Rodríguez

Las fuentes también tienen otras historias en Canarias”, según contaba mi abuela Lola, esta vez y en aquel entonces, en la modesta sala de mi casa.

Con estos cuentos nos alimentaba del saber. Aunque no había dinero para comprar libros en aquella época, en casa teníamos dentro de la familia a la mejor narradora, pues sus anécdotas eran naturales y originales y, en verdad, a nosotros los más chicos, nos encantaban.

Volviendo a las fuentes, ella decía que en Canarias existían leyendas de que éstas eran lugar de visita de las brujas y sobre ello pude saber también por otros amigos de ese archipiélago que, si no conocían el tema, contaban algo sobre éste.

Mi abuela nos decía que había mujeres que poseían poderes y que éstas se reunían en las fuentes todos los viernes, el mejor día para ese tipo de reuniones. Otros cuentan que esas mujeres danzaban y daban patadas en el suelo, lo cual era una de sus características. Las personas que vivían por esos alrededores respetaban esas costumbres pues se señalaba que esas mujeres podían hasta hacer desaparecer a las personas, de ahí que se conocieran con el nombre de brujas.

En las noches de luna llena, y sobre todos los viernes, estas mujeres se encontraban y era entonces cuando podían expresar sus dotes de entendedoras de lo misterioso, de aquello de lo cual les era prohibido decir y hacer en cuanto a hechicería, en una época en que no a pocas les costó la vida.

Alguna de esas brujas quizás se verían, como siempre las han retratado, con ojos grandes, negros y profundos, inspirando hasta miedo. Podríamos hasta ponerle nombre a ésta de quien les cuento ahora, y me gustaría que el nombre fuera Toñica, quizás por el recuerdo de una isleña que, en la más occidental de las provincias cubanas, poseía ese arte de curar con sólo agua y que también tiene una historia que podré contar más adelante.

Toñica era una de esas mujeres que, aunque se reían de ella y le gritaban a su paso, nada tenía que ver con la del cuento de Blanca Nieves, porque al final Toñica no hacía daño, ni daba manzanas envenenadas; sólo trataba de curar.

Otras de esas mujeres curanderas lo hacían, pero de otra forma, y cuando había un niño con una indigesta, allí iban a pasarle la mano por el estómago (hoy contraindicado) y con cebo de carnero tibio en las manos comenzaba su cura en forma de cruz. Así era cómo encontraban el mal de empacho que al final quitaban con sus rezos, que sólo éstas conocían y repetían una y otra vez hasta quitar la maleza.

Esto último también nos lo hacía mi abuela Lola, pero recitaba tan bajo las oraciones que nunca pude aprendérmelas; además en aquel entonces era yo muy niña.

Las manos era una de las cosas que leía también la Toñica. Por ellas sabía del presente y futuro de su dueño, ¡y a cuantos no le auguraría un viaje a Cuba , Venezuela, o Puerto Rico! Podría ser que así comenzara un poco la historia de algún emigrante.

Sobre uno de tantos de ellos puedo contarles porque en Placetas, en la provincia de Sancti Spíritus —lugar que se caracteriza por ser un pueblo sencillo, bonito, de gente buena y afable— conocí a un nativo de La Gomera, llamado Marcos Vargas Lamas, quien llegó a Cuba en el barco Conde Wilfredo en el año 1924.

Victorino, como así también le llaman, es un hombre jocoso a pesar de haber llevado una vida dura. Y me contó muchas cosas de ella, pero como hoy les hablo del tema misterioso de las brujas seguiré con éste y ya en otra ocasión les contaré sobre el canario Victorino quien murió recientemente con más de cien años. Claro, pienso yo, que al contar sus historias puso un poco de su fantasía, pero bien vale aceptárselo si de brujas se trata.

Sobre ellas me contaba el anciano que él las vio, en Canarias, que volaban en su escoba. También contó que un amigo de él pasaba por una de esas fuentes, punto de reunión de las brujas, y un buen día empezó a molestarlas y de pronto cayó al suelo y no pudo levantarse hasta luego de un buen rato. Al mismo tiempo que lo decía, sus labios dejaban escapar una sonrisa, y no sé si era porque estaba mintiendo o porque recordó algo de aquellos años en Canarias y sobre una vecina suya que al parecer era una de esas brujas.

Y así afirmaba, pues contaba que la hija de esa mujer le decía que su mamá se iba de noche y regresaba ya de tarde, bien tarde, fría , fría, fría. Claro que su tono dejaba escapar otra idea que no tenía que ver con lo de bruja. Entonces jocosamente también le pregunté si él en Cuba había visto alguna bruja, y me contestó: “Aquí en Cuba no pueden volar brujas porque la escoba choca con las palmas”. Entonces pensé que, nada, esto son cosas de canarios.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)

[Col}– Relatos cortos: La escalera / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

¿Te has caído alguna vez por una escalera y la has contado?

Creo que sobran las palabras. Eludir, no se sabe cómo, el duro cemento o la áspera piedra, y siempre con sus aristas y vértices, destroza pellejos.

Sí, es duro pensar en aquél que cayó rodando y no tiene la experiencia, porque a veces están escondidos los rincones en que Dios te llama, susurrándote si lo quieres de verdad.

Para que, como dijo Einstein, no se equivoque uno sobre el azar que el Creador «deja a su antojo».

Guamasa, Tenerife, 02/03/2006

[Col}– Relatos cortos: Miedo a morir / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Había saltado la noticia en la prensa del domingo, y todos se preguntaban por qué razón mórbida eligieron ese día para notificarla, cuando todo el mundo desea gozar en buena medida la totalidad del descanso merecido y, sobre todo, de querer compartirlo en familia o con los más allegados.

Intuía que la tardanza en notificar el último asesinato era debido a que no sabrían con qué tipo de verdugo trataban. Seguramente estarían preguntándose cuál era el perfil de ese asesino en serie tan excepcional y diferente en su modus operandi, distinto al resto de todos los sicópatas que han poblado la historia de la civilización.

Su amigo en aquel bar le leía el relato periodístico mientras desayunaban. Él sentía que los nervios le acometían de forma sicosomática envolviéndole una náusea acompañada de sudor frío,… recordaba el miedo a morir traducido en un ataque de pánico.

Escuchaba la noticia que le leyera su compañero, sin oír. Las primeras referencias del último trabajo le produjeron la estimulación de la amígdala cerebral haciéndole recordar la fobia. Sentía un miedo atroz a la expiración final, a dejar de ser. Por eso era un asesino imposible de encasillar.

Pensaba que quizás lo tomaran por alguien extremadamente inteligente que tuviera una pulsión psicológica única en el derivar de las patologías síquicas. Pero esto no le quitaba el sudor etiológico de lo fenomenológico de su enfermedad.

Posiblemente no supieran a qué atenerse con todos esos crímenes tan diferentes y variopintos en el quehacer de matar, de arrebatar la vida.

Casi daría por sentado que pensaban en él como un ser excepcionalmente despiadado y perspicaz en cambio sólo tenía miedo a morir.

Quizás se encontraran algún día con el relato de fábula de ese escritor célebre que tanto necesitaban para entenderle.

Aunque tal vez si fuera diferente a los demás…sí, sobretodo porque se movía motivado por su obsesión de quitar la vida, inventando cada vez una nueva muerte, desde otra perspectiva diferente a la anterior, experimentando el caos del temor interno al aprovechar una nueva oportunidad…. cuando salía ésta al paso…tan distintas unas de otras por la necesidad de observar la parca desde tangencias dispares…desiguales en la forma para un único deseo.

Evocaba casi a todas horas la premisa del ensayo de un crítico de arte, el cual expresaba la certidumbre sobre el desconocimiento en el alcance de lo que se revela de aquellos que intentaran llegar hasta la postrimera verdad que se encierra en la psique del artista.

Pero era ese otro escritor el que les revelaría en su cuento todo el contenido de su aversión inconsciente…les mostraría cómo el protagonista tan similar a él creado por el literato, describiría su tormento.

Sabrían que también usa «botas» para entrar en el agua del fallecimiento… actuando con sigilo amparado por ia oscuridad que acecha…acercándose a su víctima como se acercó el personaje de la ficción a los cisnes que no sospechan lo que se cierne sobre ellos…cisnes…tan ingenuos y tan bellos como lo es el ser humano… el «assasin» sin embargo siente profundamente un desasosiego atroz del trance último…por eso necesita saber de la muerte…quitar la vida y sentir el fallecer de la víctima intentando comprender el último aliento…como los cisnes exhalando el suspiro de defunción en un canto embriagador…la expiración revelada en el momento final…sin sobre aviso…por necesidad de observar el lamento fúnebre similar al acto que descubre el relato novelado que les enseñaría la verdad.

Su compañero terminaba la lectura del artículo expresándole su opinión y repugnancia así como la incomprensión sobre el porqué de esa forma de actuar tan dispar—muertes aplicadas, al parecer sin un patrón claro…a causa del ángulo desde el que se mira.

Sin embargo él experimentaba el temor en su cerebro, el miedo cobarde que le impulsaba a inferir dolor y muerte…robo de vida que administraba haciéndole acercarse poco a poco, en cada abuso, a ésta misma ausencia…sin remisión…muriendo lentamente…en una última agonía.

Como los cisnes que duermen en el agua ajenos al asesino que quiere oír el himno de la congoja en la representación del final de todo.

Guamasa, Tenerife, 13/01/2006