[Col}– Los cuentos y las brujas / Estela Hernández Rodríguez

23-10-2009

Estela Hernández Rodríguez

Las fuentes también tienen otras historias en Canarias”, según contaba mi abuela Lola, esta vez y en aquel entonces, en la modesta sala de mi casa.

Con estos cuentos nos alimentaba del saber. Aunque no había dinero para comprar libros en aquella época, en casa teníamos dentro de la familia a la mejor narradora, pues sus anécdotas eran naturales y originales y, en verdad, a nosotros los más chicos, nos encantaban.

Volviendo a las fuentes, ella decía que en Canarias existían leyendas de que éstas eran lugar de visita de las brujas y sobre ello pude saber también por otros amigos de ese archipiélago que, si no conocían el tema, contaban algo sobre éste.

Mi abuela nos decía que había mujeres que poseían poderes y que éstas se reunían en las fuentes todos los viernes, el mejor día para ese tipo de reuniones. Otros cuentan que esas mujeres danzaban y daban patadas en el suelo, lo cual era una de sus características. Las personas que vivían por esos alrededores respetaban esas costumbres pues se señalaba que esas mujeres podían hasta hacer desaparecer a las personas, de ahí que se conocieran con el nombre de brujas.

En las noches de luna llena, y sobre todos los viernes, estas mujeres se encontraban y era entonces cuando podían expresar sus dotes de entendedoras de lo misterioso, de aquello de lo cual les era prohibido decir y hacer en cuanto a hechicería, en una época en que no a pocas les costó la vida.

Alguna de esas brujas quizás se verían, como siempre las han retratado, con ojos grandes, negros y profundos, inspirando hasta miedo. Podríamos hasta ponerle nombre a ésta de quien les cuento ahora, y me gustaría que el nombre fuera Toñica, quizás por el recuerdo de una isleña que, en la más occidental de las provincias cubanas, poseía ese arte de curar con sólo agua y que también tiene una historia que podré contar más adelante.

Toñica era una de esas mujeres que, aunque se reían de ella y le gritaban a su paso, nada tenía que ver con la del cuento de Blanca Nieves, porque al final Toñica no hacía daño, ni daba manzanas envenenadas; sólo trataba de curar.

Otras de esas mujeres curanderas lo hacían, pero de otra forma, y cuando había un niño con una indigesta, allí iban a pasarle la mano por el estómago (hoy contraindicado) y con cebo de carnero tibio en las manos comenzaba su cura en forma de cruz. Así era cómo encontraban el mal de empacho que al final quitaban con sus rezos, que sólo éstas conocían y repetían una y otra vez hasta quitar la maleza.

Esto último también nos lo hacía mi abuela Lola, pero recitaba tan bajo las oraciones que nunca pude aprendérmelas; además en aquel entonces era yo muy niña.

Las manos era una de las cosas que leía también la Toñica. Por ellas sabía del presente y futuro de su dueño, ¡y a cuantos no le auguraría un viaje a Cuba , Venezuela, o Puerto Rico! Podría ser que así comenzara un poco la historia de algún emigrante.

Sobre uno de tantos de ellos puedo contarles porque en Placetas, en la provincia de Sancti Spíritus —lugar que se caracteriza por ser un pueblo sencillo, bonito, de gente buena y afable— conocí a un nativo de La Gomera, llamado Marcos Vargas Lamas, quien llegó a Cuba en el barco Conde Wilfredo en el año 1924.

Victorino, como así también le llaman, es un hombre jocoso a pesar de haber llevado una vida dura. Y me contó muchas cosas de ella, pero como hoy les hablo del tema misterioso de las brujas seguiré con éste y ya en otra ocasión les contaré sobre el canario Victorino quien murió recientemente con más de cien años. Claro, pienso yo, que al contar sus historias puso un poco de su fantasía, pero bien vale aceptárselo si de brujas se trata.

Sobre ellas me contaba el anciano que él las vio, en Canarias, que volaban en su escoba. También contó que un amigo de él pasaba por una de esas fuentes, punto de reunión de las brujas, y un buen día empezó a molestarlas y de pronto cayó al suelo y no pudo levantarse hasta luego de un buen rato. Al mismo tiempo que lo decía, sus labios dejaban escapar una sonrisa, y no sé si era porque estaba mintiendo o porque recordó algo de aquellos años en Canarias y sobre una vecina suya que al parecer era una de esas brujas.

Y así afirmaba, pues contaba que la hija de esa mujer le decía que su mamá se iba de noche y regresaba ya de tarde, bien tarde, fría , fría, fría. Claro que su tono dejaba escapar otra idea que no tenía que ver con lo de bruja. Entonces jocosamente también le pregunté si él en Cuba había visto alguna bruja, y me contestó: “Aquí en Cuba no pueden volar brujas porque la escoba choca con las palmas”. Entonces pensé que, nada, esto son cosas de canarios.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)

[Col}– Relatos cortos: La escalera / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

¿Te has caído alguna vez por una escalera y la has contado?

Creo que sobran las palabras. Eludir, no se sabe cómo, el duro cemento o la áspera piedra, y siempre con sus aristas y vértices, destroza pellejos.

Sí, es duro pensar en aquél que cayó rodando y no tiene la experiencia, porque a veces están escondidos los rincones en que Dios te llama, susurrándote si lo quieres de verdad.

Para que, como dijo Einstein, no se equivoque uno sobre el azar que el Creador «deja a su antojo».

Guamasa, Tenerife, 02/03/2006

[Col}– Relatos cortos: Miedo a morir / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Había saltado la noticia en la prensa del domingo, y todos se preguntaban por qué razón mórbida eligieron ese día para notificarla, cuando todo el mundo desea gozar en buena medida la totalidad del descanso merecido y, sobre todo, de querer compartirlo en familia o con los más allegados.

Intuía que la tardanza en notificar el último asesinato era debido a que no sabrían con qué tipo de verdugo trataban. Seguramente estarían preguntándose cuál era el perfil de ese asesino en serie tan excepcional y diferente en su modus operandi, distinto al resto de todos los sicópatas que han poblado la historia de la civilización.

Su amigo en aquel bar le leía el relato periodístico mientras desayunaban. Él sentía que los nervios le acometían de forma sicosomática envolviéndole una náusea acompañada de sudor frío,… recordaba el miedo a morir traducido en un ataque de pánico.

Escuchaba la noticia que le leyera su compañero, sin oír. Las primeras referencias del último trabajo le produjeron la estimulación de la amígdala cerebral haciéndole recordar la fobia. Sentía un miedo atroz a la expiración final, a dejar de ser. Por eso era un asesino imposible de encasillar.

Pensaba que quizás lo tomaran por alguien extremadamente inteligente que tuviera una pulsión psicológica única en el derivar de las patologías síquicas. Pero esto no le quitaba el sudor etiológico de lo fenomenológico de su enfermedad.

Posiblemente no supieran a qué atenerse con todos esos crímenes tan diferentes y variopintos en el quehacer de matar, de arrebatar la vida.

Casi daría por sentado que pensaban en él como un ser excepcionalmente despiadado y perspicaz en cambio sólo tenía miedo a morir.

Quizás se encontraran algún día con el relato de fábula de ese escritor célebre que tanto necesitaban para entenderle.

Aunque tal vez si fuera diferente a los demás…sí, sobretodo porque se movía motivado por su obsesión de quitar la vida, inventando cada vez una nueva muerte, desde otra perspectiva diferente a la anterior, experimentando el caos del temor interno al aprovechar una nueva oportunidad…. cuando salía ésta al paso…tan distintas unas de otras por la necesidad de observar la parca desde tangencias dispares…desiguales en la forma para un único deseo.

Evocaba casi a todas horas la premisa del ensayo de un crítico de arte, el cual expresaba la certidumbre sobre el desconocimiento en el alcance de lo que se revela de aquellos que intentaran llegar hasta la postrimera verdad que se encierra en la psique del artista.

Pero era ese otro escritor el que les revelaría en su cuento todo el contenido de su aversión inconsciente…les mostraría cómo el protagonista tan similar a él creado por el literato, describiría su tormento.

Sabrían que también usa «botas» para entrar en el agua del fallecimiento… actuando con sigilo amparado por ia oscuridad que acecha…acercándose a su víctima como se acercó el personaje de la ficción a los cisnes que no sospechan lo que se cierne sobre ellos…cisnes…tan ingenuos y tan bellos como lo es el ser humano… el «assasin» sin embargo siente profundamente un desasosiego atroz del trance último…por eso necesita saber de la muerte…quitar la vida y sentir el fallecer de la víctima intentando comprender el último aliento…como los cisnes exhalando el suspiro de defunción en un canto embriagador…la expiración revelada en el momento final…sin sobre aviso…por necesidad de observar el lamento fúnebre similar al acto que descubre el relato novelado que les enseñaría la verdad.

Su compañero terminaba la lectura del artículo expresándole su opinión y repugnancia así como la incomprensión sobre el porqué de esa forma de actuar tan dispar—muertes aplicadas, al parecer sin un patrón claro…a causa del ángulo desde el que se mira.

Sin embargo él experimentaba el temor en su cerebro, el miedo cobarde que le impulsaba a inferir dolor y muerte…robo de vida que administraba haciéndole acercarse poco a poco, en cada abuso, a ésta misma ausencia…sin remisión…muriendo lentamente…en una última agonía.

Como los cisnes que duermen en el agua ajenos al asesino que quiere oír el himno de la congoja en la representación del final de todo.

Guamasa, Tenerife, 13/01/2006

[Col}– El Viejo Centinela / Estela Hernández Rodríguez

03-10-2009

El mar es una de las cosas más lindas que dibuja a la Tierra, acompañado de su amigo el rey cielo. A veces se confunden los colores de ambos, y no siempre cuando la cresta de la ola se pone furiosa y se transforma en color añil, con la que destila su furia. Pero el sigue allí fustigando a todo el que pase por su alfombra de espuma, aún cuando luego la calma se vuelva su compañera.

Aunque así sea, no pocos dejan de encontrar en el mar una necesidad o entretenimiento a la hora de pescar, y también un amigo que le ayude cuando éste le proporcione un susto.

El viejo centinela

Una de esas tardes el isleño Hilario salió a pescar en un bote, cerca de unos cayos que rodeaban el pequeño pueblo costero en que vivía. Estaba muy contento porque ese día, desde que comenzó la pesca, los peces picaban uno tras otro.

Entonces pensaba: ”Miren para ahí, yo que no tenía muchas deseos de tirar el anzuelo hoy y resulta ser que ya tengo una alforja de peces casi llena. Ya casi me retiro, pues para qué tanto pescado; con esto tengo para unos días”.

Sí, porque el viejo lobo de mar no se dedicaba ya al comercio de los peces, sino que, como retirado de tal faena, más bien la hacía por pura distracción, como para no perder la costumbre de tantos años. Pero fue tal su emoción de tener tanta suerte ese día que ni cuenta se dio de que ya el sol se apagaba para dar paso a la noche, hasta que despertó de su hipnotismo hacía las aguas profundas y se dijo:”¡Ay, mi madre! ¿y ahora qué me hago entre tanta oscuridad?”.

De momento recordó que tenía un quinqué cerca de donde se encontraba sentado, y lo encendió, pero la noble luz no le ayudaba en su desplazamiento por las aguas, pues estaba desorientado. Cada vez le picaban más los peces y los sentía más fuerte al halarle el anzuelo, ¡pues claro que eran más grandes!

Decidió remar, pero en vez de retirarse y salir a la orilla se adentraba más y más en el mar. Cuando con la opaca luz de su candil pensaba que ya llegaba a la costa, veía que, cada vez más, la oscuridad y la soledad eran sus mayores compañeras. En aquel momento pensó en muchas cosas. Tenía hambre y entonces sacó de una envoltura de tela unas galletas que le quedaban, comió y luego bebió de su porrón de agua. Tenía para soportar unas horas.

Se dio él mismo una esperanza cuando pensaba que al amanecer podría hallarse con alguien. Pero, al mismo tiempo, se contradecía al pensar que le faltaban tantas horas para que eso sucediera que la idea de verse solo en aquella montaña de agua oscura a esos años de su vida no le resultaba agradable.

De momento no quiso remar más, pues no sabía qué rumbo tomaba, pero de todas formas el ir y venir de las olas lo trasladaban hacia algún destino.

“Esto me pasa, por ser ambicioso. Si me hubiera ido temprano, estaría en casa tranquilo y comiendo uno de estos pescados”, se decía.

Así transcurrió el tiempo y, agotado de pensar y de la actividad realizada, se le cerraban los ojos, y por mucho que trataba de abrirlos, no podía, hasta que lo venció el sueño.

Al poco rato, sintió un fuerte golpe de agua en su cara; al parecer lo había causado un gran pez que había saltado cerca del bote. Pero luego del susto, qué sorpresa fue para Hilario ver frente a él, aunque un poco distante, una luz. Al ver ase dijo: “¿Será un sueño o una realidad?

Comenzó a remar en dirección a esa dirección y, par su sorpresa, a medida que remaba la luz él seguía alumbrándole el camino marítimo. Era esa luz que, como astro divino que de donde sale ha sido el padre de todos los desventurados marinos, tiene a bien llamarse faro, y erala misma que en ese momento le estaba avisando y ayudando en su desvío. Y fue entonces cuando recordó lo necesario de este amigo en los mares del mundo, y cómo 300 años a. C, el Faro de Alejandría también resplandecía con fuego y resina, y orientaba a los navegantes.

Muy pronto llegó Hilario a la costa, y nunca olvidó la nobleza de ese gran cristal que, danzando con su luz, ha salvado la vida de tantos pescadores y marineros.

Es por eso que viene bien a tono llamarlo cariñosamente El Viejo Centinela.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[Col}– Relatos cortos: Tiempo restante / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Pasaba el tiempo muy deprisa, se decía, pasaba rápido pareciendo huir. Por otro lado no le quedaba mucho por tentar. Hacía al menos dos años que le pudo al revés de los contratiempos, esa diferente momentaneidad de la vida pudiéndole a veces en un pulso vital, aunque le permitió establecerse en la ciudad donde ahora vivía.

Recordaba cuatro ciclos atrás lo irregular de existir, deviniendo sobre el mar de las sorpresas, intentando agarrar la tabla, pero presto y veloz en el cuidado de la perspicacia se pueden recomponer aquellas cosas sutilmente atrayentes, recortando su silueta enfrentada en ese lapso de tiempo.

O seis temporadas de cuatro estaciones en el tiempo recurrente del pasado, precipitándose en un saco de actualización, formando el presente de ahora, cuando fue capaz de entender lo profundo de ser en el Cosmos sintiéndose integrar en todo, por el hecho de saber de su experiencia capital en el discurrir del acontecer.

Rememoraba el caer de la arena constituido en una búsqueda de si mismo haciéndole recordar. Se precipitaban las imágenes en su mente para disuadirle de tomar una decisión, o vacilaba en definir una postura al querer mantenerse en lo alto de su raciocinio personal refiriendo la condición del indiferente.

Una y otra vez recurría a la tela de araña del pasado, tejida para recordarle el paso del tiempo en el ser del ser, suspirando por ese ente abstracto escapándose más y más.

Tanto interior le avisó de pronto que volvía, en el fluir del silencio roto de Cronos, hacia el escenario de la existencia presente, comprendiendo lo serio una vez más, lo serio gravemente solemne de la manifestación fenomenológica, sintiéndose revivido en su existir.

Se sacudía la cabeza de imágenes internas y, como desenredándose de un velo de psique, entraba en la vereda de lo actual, configurándose entre retazos del transitado paisaje espiritual, volviéndose, como la barca mecida por las olas, hacia el olvido de lo ocurrido tiempo atrás y el recuerdo de éste.

Debatiéndose internamente por ese pensar en el tiempo huyendo raudo, se encontró mirando el alero de un tejado del callejón en el que se encontraba. Bajando la cabeza en la oscuridad hacia las voces que se iban haciendo más audibles a su alrededor, junto a las imágenes proyectadas por la realidad fisiológicamente natural en su cerebro de los que las emitían, encontrándose de nuevo con el motivo de su introspección pasada.

Sólo había sido un instante en el ir del tiempo; psíquico tal vez, y de una forma inexorable. Había sido un intervalo en el abalanzarse de su realidad momentáneamente en aquel callejón con aquellos individuos que también frecuentarían el ir y venir del transitar del fenómeno, como ahora que le increpaban para que lanzara hacia delante los dados de la suerte haciéndole desear un número, el número de un nuevo acontecer, un continuado circular del sendero.

Guamasa (Tenerife), 26/07/2005

[Col}– El paso de tormentas en casa de mi abuela Canaria / Estela Hernández Rodríguez

07-08-09

Ahora que en Cuba estamos en temporada ciclónica hasta el mes de noviembre, este tiempo me hace recordar algunos de momentos en mi casa cuando hacía un fuerte vientecito, y ni se diga si se anunciaba un huracán.

Cuando el cielo se iba poniendo gris, allá iban mi abuela y mi madre, con sábanas y sobrecamas, o lo que encontraran por el camino, para tapar los espejos, pues decían que el azogue de éstos atraía el rayo.

Recuerdo una tarde en que, siendo yo niña, una de esas tormentas que lo viran todo al revés y que con fuerza son capaces de abrir puertas y ventanas, así lo hizo en uno de los cuartos o dormitorios donde vivíamos en aquel entonces. Los gritos de abuela Lola y mi madre asustaban más que aquellos vientos.

De momento vi que mi abuela fue al viejo chiforrober, que así llamaban a un pequeño escaparate que ella tenía en su también pequeño cuarto donde dormíamos las dos, de una de las gavetas de ese mueble sacó un guano bendito, ya seco por el tiempo, y comenzó a quemarlo mientras rezaba el Padrenuestro, y otras oraciones que parecían ser de su terruño canario.

Pero como los truenos y los relámpagos cada vez se hacían más fuertes, al ver que el guano no daba solución a aquel problema atmosférico, mi abuela buscó las tijeras y las puso en cruz con un cuchillo. Decía que eso era bueno para los rayos, que los cortaba y alejaba.

Cuando crecí me di cuenta del peligro que en eso había, pues el metal atrae al rayo.

Al rato de todo ese aspaviento ya se atenuaba la tormenta y volvía la calma. Las tensiones de mi madre y abuela se iban, y mi hermana Graciela y yo seguíamos sin entender tanto alboroto, aunque no dejábamos de sentir miedo.

Y si se trataba de un ciclón, ahí se armaba la fiesta. Sí, porque tal parecía que lo que venía era eso, pues toda la familia se reunía en la casa, se mataba algún cochino y, mientras se esperaba el huracán, el olor de los chicharrones se paseaba por todo el recinto, y uno que otro de entre nosotros probaba el crujiente alimento. ¡Ah! y, sobre todo, el chocolate no podía faltar para por la noche. Se hacía en una cazuela grande para luego saborearlo con galletas.

Y así el miedo ya no era tanto, pues el susto se repartía entre todos. De esta forma, y un poco más, era cómo en la casa se enfrentaban las tormentas y ciclones… al estilo de mi abuela canaria.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba), 07-08-2009

[Col}– Un dulcero descendiente Canario y spirituano / Estela Hernández Rodríguez

31-07-2009

Cabaiguán, en la provincia de Sancti Spíritus, guarda recuerdos y leyendas referentes a los isleños en Cuba. Existe allí un gran asentamiento de canarios.

En una de esas visitas que realicé hace algún tiempo a ese lugar hermoso y de entusiasta población pude descubrir en sus calles algo interesante.

Desde la principal se veía la bandera cubana ondeando frente a la iglesia, y eso le daba al lugar un tono de pueblo añejo con sus casas y techos de tejas.

Sí, me encontraba en Cabaiguán y era una tarde de ésas en que el sol recrudece con el verano. El motivo de mi visita y recorrido por esa región spirituana era investigar sobre los canarios residentes en el lugar.

Y ese calor penetrante era comparable al de la atención que me dio José Francisco Osorio, un hombre de estatura alta y robusta, y de un pelo ya entrecano que dejaba ver su sombrero grande de hojas de guano. Era de origen canario y de profesión dulcero. Precisamente lo conocí frente a una tienda que llevaba por nombre “Canarias”.

Con su bicicleta tiraba de un carrito bien estructurado y con unos cristales a través de los que podían verse los dulces que ofertaba. Cremas de leche, coquitos y torticas, o mantecaditas, como le dicen en esa zona.

Aparentemente, Osorio, como así le decían, era muy conocido en esa parte del territorio, y lo paraban y saludaban al mismo tiempo que le compraban sus deliciosos dulces. Digo deliciosos porque pude probarlos y pienso que no podemos dudar que también la mano isleña tiene un toque especial en eso de hacer cualquier manjar, y más cuando de dulces se trata.

Osorio contó que su papá había nacido en el barco donde vino para Cuba, a bordo del cual su mamá, una tinerfeña, lo tuvo, en alta mar, a los siete meses de embarazo.

Pronto conocí un poco más de su historia. Contaba que tenía ocho años cuando murió su padre. «Mi familia —dijo— tenía sitios en Sancti Spíritus donde sembraban tabaco y frutos menores. Estaba en un lugar al que le decían “El Camino de La Habana».

Expresó además que se sentía orgulloso de ser descendiente de canarios y de vivir en Cabaiguán, lugar que abrigaba a personas honestas, trabajadoras y honradas.

Antes de despedirse comentó que a la Casa Canaria de allí llevaba sus dulces y también cocos, pues los canarios de origen y los descendientes de canarios que en ella se reunían gustaban del agua de coco con la que a veces preparaban ron o aguardiente.

En la despedida no faltó la sonrisa en sus labios a los que se llevó un silbato con el que hacía sonar una sencilla melodía que avisaba a los pobladores que se acercaba el dulcero canario José Francisco Osorio, y ellos salían a su encuentro.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)

[Col}– Los cuidados de una abuela canaria / Estela Hernández Rodríguez

17-07-2009

¿Quién, cuando es niño y se enferma, no tiene a su lado la presencia de su abuela, a la que tanto quieren los nietos ya sea por su complacencia o por su excesivo cariño hacia nosotros?

Pues sí, en esos momentos de mi niñez también mi abuela Lola jugó un papel fundamental. En más de una ocasión pude palparlo, y aunque yo, gracias a Dios, no era muy enfermiza, pues de mis tres hermanos era la más fuerte, también pude conocer de sus cuidados.

La autora, Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba).

***oOo***

Un remedio canario para bajar la fiebre

Siempre recuerdo cómo mi abuela me bajaba la fiebre, pues todavía guardo esa forma suya de hacerlo y que mis padres le respetaron.

En el torbellino de la fiebre que me ardía en todo el cuerpo, la veo frente a mí con el paño blanco y aquellas hojas de naranja derritiendo el cebo de carnero encima de ellas —ya fuera con una vela prendida o con un simple fósforo o con lo que apareciera en ese momento— a lo que le agregara polvo de café. Lo importante para ella era ponerme esa cataplasma en la planta de mis pequeños pies para bajarme la fiebre.

Aunque eso no iba más allá de un fuerte calor en éstos, cada vez que me acuerdo de aquel momento se me pone la carne de gallina.

Lo cierto es que era una costumbre canaria y mi familia no podía pasar por alto esa tradición. Además, mi abuela era también la isleña mayor, que aplicaba sus conocimientos y, en verdad, daban resultado, pues nunca me pasó nada malo. Al contrario, al final se me bajaba la fiebre; quizás por el susto, pero la fiebre se iba. No aconsejo hacer eso; yo sólo recordaba nada más las tradiciones de mi abuela canaria Lola.

Claro, ahí no paraba la atención, pues durante la enfermedad, o sin ella, me cargaba, y además de las historias que me contaba, pues también me cantaba: Pero de todas las canciones me gustaba mucho una relacionada con un niño que se estaba enfermo de sarampión.

Pepito tenía un caballo
color castaño,
para su hijito,
que está malito,
¡ay, ay, ay! del sarampión.
Que está malito,
¡ay, ay, ay! del sarampión.

Era una tonada traída de El Paso, cortica pero que se pegaba. A mí me gustaba y se la hacía repetir una y otra vez, hasta que me dormía.

Luego, todos en la casa, como tradición, se la cantábamos a los más pequeños.

También recuerdo que estuviera yo enferma o no, todas las noches mi abuela me cargaba y me dormía en un sillón, tendría yo unos cinco o seis años. Pero antes me preparaba un poco de agua tibia con azúcar, que me ponía en una botella de refresco vacía y con una tetilla, como biberón, que se usaba entonces, sin más roscas ni nada, y adornada de hermoso pomo como se hace en la actualidad.

Aunque pasara por la casa el vendedor de pocicles —como le decíamos al helado de paleta1, de marca Guarina, que vendía un señor que halaba de un carrito— y aunque se oyeran desde lejos las campanadas que anunciaban su entrada en el barrio, para mí lo importante era mi agua con azúcar, pues ésa no podía pasar por alto. Hasta que no la tomaba y me mecía abuela en el sillón, yo no me dormía.

Cosas de muchachos. Ahora pienso que sólo esa complacencia la hace una abuela y para mi orgullo, mi abuela canaria.

***

(1) Especie de mango, generalmente plano, por donde sujetar ese tipo de helados.

[Col}– El gofio en casa de mi abuela Lola / Estela Hernández Rodríguez

21-06-2009

El gofio en casa de mi abuela Lola

Todo en los descendientes canarios se hace costumbre, y de ello podemos hablar cuando tratamos el tema del gofio. ¿Quién de ellos no conoce este alimento que en ocasiones saboreamos en distintas formas y usos?

Su recuerdo lo asocio con Caimito del Guayabal, un municipio de la provincia de La Habana, donde por una mala situación económica fue a vivir toda la familia, incluyendo a mi abuela Lola, quien siempre nos acompañaba en las buenas y en las malas, y es por eso que allí también estaba ella, junto a nosotros.

Bueno, a decir verdad, eran tiempos muy duros y no de color de rosa. Estaba la dictadura de Fulgencio Batista y había que mudarse de uno para otro lugar a probar suerte, pero ésta parece que se había peleado con nosotros, pues no tocaba a la puerta de nuestro hogar.

Hay quien dice que la suerte la buscan los fracasados, pero “de vez en cuando un poquito de ella no vendría mal”, decía mi abuela canaria.

Por aquellos tiempos, en el año 1951, en la calle La Vereda de esa región había un molino de gofio de trigo cuyos dueños eran de apellido Sosa, también canarios y de El Paso, como mi abuela, y muy amigos de la casa.

Me contaba mi mamá que una amiga de ella, de esa familia Sosa, le había hecho su vestido de bodas, sencillo como los que se usaban en aquella época. Así me dio la impresión cuando vi el retrato una mañana en la que mi progenitora nos lo enseñó, entre muchos, para atraer la atención de mi hermana y la mía cuando estábamos un poco majaderas.

En esos momentos los padres sacan a veces los retratos viejos, y es una buena técnica psicológica, pues se logra acaparar la atención de los pequeños hasta llegar a tranquilizarlos.

En la foto se veía mi mamá junto a mi papá, muy bonita con el fino vestido blanco y sin ese detalle de los colores de ahora, pero no por ello dejaba de ser una muy buena foto de estudio. Mis ojos veían luego otra de las tantas en que aparecía mi abuela, sentada, y mi abuelo Sebastián Rodríguez, un hombre alto y robusto, de pie al lado de ella, y así, una más que otra, iban apareciendo hasta llegar al final de todas. Eran momentos inolvidables.

Pero volviendo al gofio, a abuela Lola le gustaba mucho comprar el que vendían los Sosa, pues no tenía nada de maíz sino que era puro de trigo —decía ella— como el de Canarias. Y como sus fabricantes eran canarios, le daba más confianza el producto que, además, vendían barato, de ahí que, de vez en cuando, pudiéramos adquirirlo.

Recuerdo que lo envasaban en latas muy bonitas, del color del trigo, que tenían el sello distintivo de sus dueños y el escudo de las Islas Canarias. Siempre me llamaron la atención aquellos dos perritos mirando hacia una corona, pues en mis pocos años infantiles no podía yo determinar lo que podrían decir aquellas figuritas, hasta que crecí y pude saberlo.

Del gofio me enseñó mi abuela a comerlo con azúcar, leche, y caldo o fabada, lo cual resulta muy nutritivo. De esta costumbre última fui criticada por algunos de la casa, que no aceptaban comer este cereal con caldos. Sólo mi madre, mi hermana y yo lo comíamos.

Pero la vida continuó, y en momentos determinados de ésta, que fueron bastante duros, y en los que empezó aquí en Cuba el período especial, a aquéllos que me criticaron no les quedó otra opción que comer el gofio escaldado, y desde entonces son buenos solicitantes del famoso plato canario, el cual, además, es muy alimenticio.

Sobre las comidas canarias no aprendí mucho, pues con la situación económica que existía en aquel entonces no se podían adquirir muchas cosas. Pero sí recuerdo a mi abuela en su taburete, único de la casa e inseparable de ella, sentada a la mesa acompañando su comida —aunque no en todas las ocasiones— con tocino y cebolla cruda.

Y de postres, una sabrosa receta de buñuelos isleños propia de El Paso.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba), 21-06-2009