[Col}– Mi abuela Lola y los bordados Canarios / Estela Hernández Rodríguez

15-11-2009

Estela Hernández Rodríguez

Una costumbre traída a Cuba desde el archipiélago canario es el bordado y calado en la tela. Este arte se ha mantenido de generación en generación y se exhibe con gusto en vestidos, ropa de cama o paños de cocina, en los hogares de los isleños en Cuba. De mi abuela Lola aprendí esta manifestación artística.

Sí, porque ella tenía, entre sus características propias como cosedora de tabaco y costurera, ese don especial de saber bordar y calar. Recuerdo que cuando compraba alguna que otra tela barata y le aplicaba sus bordados, al final la convertía en una fina bata para sus nietas que, claro, éramos mi hermana Graciela y yo.

Abuela Lola aprovechaba las liquidaciones que hacían en la tienda de un español —en el pueblo de Bauta, provincia de La Habana— que se caracterizaba por su fama de buen vendedor y comerciante.

Tampoco a abuela se le iba un solo detalle en la costura y el bordado, cuestión que resultaba más económica para mis padres, y muy conveniente por aquellos tiempos.

En las fiestas de fin de curso, tenía que ver con el detalle de la ropa necesaria para la actuación en la obra de teatro, muy usual en esas fiestas escolares. Luego abuela Lola estaría sentada en la primera fila, al lado de mi mamá y papá, disfrutando aquella coreografía y escenografía de zapateo cubano y campesino, dibujada por los trajes que con tanto amor había ella hecho y disfrutando sobre todo de vernos actuar.

Hasta recuerdo que me compró unos pulsitos baratísimos, pero, eso sí, que brillaban mucho y hacían juego con la ropa. Y luego de terminada la obra hacía sus comentarios de como destellaban los pulsos, qué lindas lucían sus nietas, que si esto que si lo otro. Nada, cosas de una abuela isleña.

Todavía recuerdo como abuela Lola guardaba alguno de sus forros de cojines o fundas de almohadas, que había bordado con sus propias manos para su ajuar de novia. Para realizar éstos, utilizaba las madejas de hilo mercerizado.

Ella también me enseñó ese arte. En uno de sus bordados, “El Pasado”, primero hacía el relleno con el hilo de un lado para otro en la tela o felpa, y así después comenzaba el bordado propiamente dicho, pasando el hilo de la misma forma. Al finalizar la tarea, la pieza quedaba con ese toque de buen gusto que sólo lo da el inconfundible estilo canario.

Otra experiencia sobre los bordados canarios

Sobre los bordados también puedo expresarles que en la “Asociación Canaria Leonor Pérez Cabrera“ conocí a otra descendiente de La Palma , Agustina Arencibia Nazco, quien se dedica desde joven a este significativo arte.

Agustina es nieta del palmero Locadio Nazco Alfonso, quien viniera a Cuba en el año 1900 y se asentara y formara familia en Cangre, provincia de Pinar del Río. Sus padres, que se quedaron en La Palma junto a su hermana Juana Nazco, se llamaban José María y Antonia.

La madre de Agustina era la hija de Locadio y se dedicaba a la costura, de ahí que su hija obtuviera esa dedicación por ese arte que empezó a estudiar a los doce años y luego se graduó como profesora y hasta llegó a tener su propia academia.

Esta descendiente de isleños continúa este trabajo con su colaboración en la “Asociación Canaria Leonor Pérez Cabrera“, en el proyecto “Renacer”, al que pertenecen ancianos nativos y descendientes.

Una de las actividades que ayuda a revivir los corazones en las mujeres son los bordados que Agustina enseña en sus clases. Yo lo pude palpar y puedo decir que son maravillosos, como los sabían hacer nuestras abuelas. Por eso tengo que reiterar que la energía canaria que expande Agustina se hace latente cuando vemos bordados como la rueda, el pececito, rosetones y calados, que ella sabe hacer con la experiencia de más de 20 años.

Esta mujer, tan buena conocedora del bordado canario, no porque peine canas deja de tener el optimismo y sonrisa en su rostro. Allí, junto a otros nativos y descendientes, ofrece sus conocimientos y hace una labor que por difícil se hace fácil cuando con ella se lleva la luz del saber y el recuerdo implícito de nuestros ancestros.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[*Col}– Relatos cortos: El gato estrellado / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Era un gato negro realmente grotesco, pues más bien parecía una mutación de felino pero quizás hacia algo más peligroso, puede que entre lince y marsopa, tal vez; habría que decidir si se puede catalogar a la marsopa entre cánido o félido.

Bueno, lo cierto es que este gato negro, con un rabo extremadamente largo y más largo que cualquier gato hijo de vecino —de aquí lo de marsopa— andaba entre azotea y azotea, aterrando con su fuerza de gato exagerado a todos los otros gatos del vecindario. Se podían escuchar los gritos furiosos de estos animales, peleando con rabia por la noche. El minino amenazador se comía las pitanzas que los amos depositaban al anochecer para sus gatos, llamándolos con el típico bis- bis.

Los niños, los primeros en verlo, no dudaron en tirarle piedras. Y las viejas septuagenarias empezaron a maldecirlo, pues se colaba en las alcobas cuando los bebés dormían en sus cunitas.

Lo cierto del caso es que se empezó a poner inquieta la población cuando ya los papás, nerviosos por los acontecimientos que acaecían —accidentes de automóvil, por el gato; caídas trágicas, por el gato; niños arañados, por el gato; perros que había que atender en la veterinaria, por el gato; algo realmente insólito— pues decidieron denunciarlo a las autoridades. Sólo que no se encontró al susodicho animal, aunque un reguero de tragedias dejó tras de sí en el barrio cuando, como por cosa de magia, desapareció.

Al cabo de unos días de verdadera normalidad en la manzana llegaron noticias de un gato feo que aterraba a los vecinos en la cerca de la otra jurisdicción. Se decía de accidentes de automóviles, caídas trágicas, etc. Al parecer se supo, sólo que no se pudo dar caza al gato deslucido.

Al par de semanas de esto se informó a la población, a nivel nacional, de la realidad de una crisis económica, junto con la ruptura de la tregua en el conflicto de Oriente Medio, guerra en un país caribeño, varios accidentes de aviación, pandemia, etc.

Una viejecita, toda vestida de negro, encendió una velita a su santa en el altar pidiendo por los animalitos perdidos que nada tienen que comer.

Guamasa, Tenerife, 15/09/2009

[Col}– El amanecer en los campos cubanos / Estela Hernández Rodríguez

26-10-2009

Estela Hernández Rodríguez

El alba nace temprano, y con ella un nuevo amanecer. Todo duerme, y en las ciudades despierta de la tranquilidad al bullicio, pero en nuestros campos la belleza y tranquilidad despiertan con el canto de los gallos y los primeros rayos del sol que se dejan ver por el Este cubano.

De esta forma resplandece el bohío, cuando la luz solar toca a su puerta y despierta al guajiro que sale a ordeñar sus vacas, como es la costumbre, para traer el alimento a su familia.

Los que estemos de visita en la campiña sabemos que nada distingue más al campesino que brindar un jarro de leche acabada de ordeñar. Para el visitante, caminar bien temprano por debajo de las matas de mango y recoger el bendito fruto, respirar el aire puro y jugar a echarle maíz a las gallinas, que también esperan su alimento, es disfrutar de esa belleza aún salpicada del rocío de la noche en la yerba que pisamos.

Entonces vemos al canario Manuel que ensilla su caballo y lo monta, luego de tomar su buchito de café.

Es la hora de dirigirse a las vegas, o al conuco donde tiene sembradas matas de plátanos, maíz y otras viandas. Allí lo esperan los bueyes a los que él mismo les ha puesto de nombre: Carretero y Venancio. Mientras, las mujeres de la casa se dedican a sus labores hogareñas y, además, dan de comer a los cerdos. Otras van detrás de la casa, al río, que a esa hora aún duerme tranquilo, a cargar el agua para llenar las tinajas.

Recopilar cada momento en ese lugar es como pintar uno de esos cuadros que muestran la campiña cubana. Y hablar de ella es pensar en los canarios y sus descendientes como fieles ejemplos de estas regiones, de su trabajo y de su constancia.

A lo lejos se divisan las casas de curar tabaco, sello distintivo de las manos laboriosas de mujeres y hombres isleños conocedores de ese ramo. Son muchos los cubanos que pueden dar fe de esas labores en algunas provincias de Cuba.

Así son nuestros campos, llenos de sorpresas naturales entre las que destacan sus amaneceres, que con el canto de los pájaros constituyen un verdadero regalo de la naturaleza que se convierte en poesía.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[*Col}– Relatos cortos: Infidelidad / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Su pelo moreno se recogía en una coleta que deshacía con las manos, en ese momento, en aquel callejón, con aquel hombre.

Medio borracha, como estaba, se dejaba hacer por el bestia que la poseía. La besaba o, mejor dicho, la sobaba dejándole las babazas, con regusto a tabaco y alcohol, sobre sus senos y su sexo, sin cesar en el empeño furioso de penetraría. Y ella se dejaba hacer indefensa, como una muñeca desmadejada, rota tal vez, pensando contrariada en su marido, enajenada por su amor traicionado, casi creyendo que aquel rudo camionero sobre ella era su hombre, ultrajada porque el doblegado que en verdad deseaba la maltrataba, le pegaba, la hacía sufrir.

Su marido y amante podía haberla seguido, excitándola más si cabe, podría estar observándola en aquel mismo instante, sintiendo una vergüenza mutua tal vez, pero sólo podía oír el rumor infiel del sexo robado.

El bruto encima en de ella llegaba casi al orgasmo, pero ella, a su vez, al intuirlo, se dormía, en el duermevela trasnochado de lo irreal, caía en el sueño delirante del marido celoso, debatiéndose por su honor, degollando éste al amante furtivo. Y en ese sueño de loca se adormecía ella como sin vida, soñando que se vestía abandonada de la visión de cualquier cazador, después del choque violento, patológico, intuyendo quizás un ojo que también había llegado al éxtasis, a aquél estremecimiento, al punto del rojo llamativo de la pasión enarbolando lo trágico, violento, brutal, aquel sueño sin tiempo, rodeándola, junto con el llanto de las sirenas, su marido celoso que aparecía una y otra vez repitiendo lo mismo, viendo su cara transfigurada, como en el sueño eterno de una demoníaca Lilith.

Guamasa, Tenerife, 25/02/2009

[Col}– Los cuentos y las brujas / Estela Hernández Rodríguez

23-10-2009

Estela Hernández Rodríguez

Las fuentes también tienen otras historias en Canarias”, según contaba mi abuela Lola, esta vez y en aquel entonces, en la modesta sala de mi casa.

Con estos cuentos nos alimentaba del saber. Aunque no había dinero para comprar libros en aquella época, en casa teníamos dentro de la familia a la mejor narradora, pues sus anécdotas eran naturales y originales y, en verdad, a nosotros los más chicos, nos encantaban.

Volviendo a las fuentes, ella decía que en Canarias existían leyendas de que éstas eran lugar de visita de las brujas y sobre ello pude saber también por otros amigos de ese archipiélago que, si no conocían el tema, contaban algo sobre éste.

Mi abuela nos decía que había mujeres que poseían poderes y que éstas se reunían en las fuentes todos los viernes, el mejor día para ese tipo de reuniones. Otros cuentan que esas mujeres danzaban y daban patadas en el suelo, lo cual era una de sus características. Las personas que vivían por esos alrededores respetaban esas costumbres pues se señalaba que esas mujeres podían hasta hacer desaparecer a las personas, de ahí que se conocieran con el nombre de brujas.

En las noches de luna llena, y sobre todos los viernes, estas mujeres se encontraban y era entonces cuando podían expresar sus dotes de entendedoras de lo misterioso, de aquello de lo cual les era prohibido decir y hacer en cuanto a hechicería, en una época en que no a pocas les costó la vida.

Alguna de esas brujas quizás se verían, como siempre las han retratado, con ojos grandes, negros y profundos, inspirando hasta miedo. Podríamos hasta ponerle nombre a ésta de quien les cuento ahora, y me gustaría que el nombre fuera Toñica, quizás por el recuerdo de una isleña que, en la más occidental de las provincias cubanas, poseía ese arte de curar con sólo agua y que también tiene una historia que podré contar más adelante.

Toñica era una de esas mujeres que, aunque se reían de ella y le gritaban a su paso, nada tenía que ver con la del cuento de Blanca Nieves, porque al final Toñica no hacía daño, ni daba manzanas envenenadas; sólo trataba de curar.

Otras de esas mujeres curanderas lo hacían, pero de otra forma, y cuando había un niño con una indigesta, allí iban a pasarle la mano por el estómago (hoy contraindicado) y con cebo de carnero tibio en las manos comenzaba su cura en forma de cruz. Así era cómo encontraban el mal de empacho que al final quitaban con sus rezos, que sólo éstas conocían y repetían una y otra vez hasta quitar la maleza.

Esto último también nos lo hacía mi abuela Lola, pero recitaba tan bajo las oraciones que nunca pude aprendérmelas; además en aquel entonces era yo muy niña.

Las manos era una de las cosas que leía también la Toñica. Por ellas sabía del presente y futuro de su dueño, ¡y a cuantos no le auguraría un viaje a Cuba , Venezuela, o Puerto Rico! Podría ser que así comenzara un poco la historia de algún emigrante.

Sobre uno de tantos de ellos puedo contarles porque en Placetas, en la provincia de Sancti Spíritus —lugar que se caracteriza por ser un pueblo sencillo, bonito, de gente buena y afable— conocí a un nativo de La Gomera, llamado Marcos Vargas Lamas, quien llegó a Cuba en el barco Conde Wilfredo en el año 1924.

Victorino, como así también le llaman, es un hombre jocoso a pesar de haber llevado una vida dura. Y me contó muchas cosas de ella, pero como hoy les hablo del tema misterioso de las brujas seguiré con éste y ya en otra ocasión les contaré sobre el canario Victorino quien murió recientemente con más de cien años. Claro, pienso yo, que al contar sus historias puso un poco de su fantasía, pero bien vale aceptárselo si de brujas se trata.

Sobre ellas me contaba el anciano que él las vio, en Canarias, que volaban en su escoba. También contó que un amigo de él pasaba por una de esas fuentes, punto de reunión de las brujas, y un buen día empezó a molestarlas y de pronto cayó al suelo y no pudo levantarse hasta luego de un buen rato. Al mismo tiempo que lo decía, sus labios dejaban escapar una sonrisa, y no sé si era porque estaba mintiendo o porque recordó algo de aquellos años en Canarias y sobre una vecina suya que al parecer era una de esas brujas.

Y así afirmaba, pues contaba que la hija de esa mujer le decía que su mamá se iba de noche y regresaba ya de tarde, bien tarde, fría , fría, fría. Claro que su tono dejaba escapar otra idea que no tenía que ver con lo de bruja. Entonces jocosamente también le pregunté si él en Cuba había visto alguna bruja, y me contestó: “Aquí en Cuba no pueden volar brujas porque la escoba choca con las palmas”. Entonces pensé que, nada, esto son cosas de canarios.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)

[Col}– Relatos cortos: La escalera / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

¿Te has caído alguna vez por una escalera y la has contado?

Creo que sobran las palabras. Eludir, no se sabe cómo, el duro cemento o la áspera piedra, y siempre con sus aristas y vértices, destroza pellejos.

Sí, es duro pensar en aquél que cayó rodando y no tiene la experiencia, porque a veces están escondidos los rincones en que Dios te llama, susurrándote si lo quieres de verdad.

Para que, como dijo Einstein, no se equivoque uno sobre el azar que el Creador «deja a su antojo».

Guamasa, Tenerife, 02/03/2006

[Col}– Relatos cortos: Miedo a morir / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Había saltado la noticia en la prensa del domingo, y todos se preguntaban por qué razón mórbida eligieron ese día para notificarla, cuando todo el mundo desea gozar en buena medida la totalidad del descanso merecido y, sobre todo, de querer compartirlo en familia o con los más allegados.

Intuía que la tardanza en notificar el último asesinato era debido a que no sabrían con qué tipo de verdugo trataban. Seguramente estarían preguntándose cuál era el perfil de ese asesino en serie tan excepcional y diferente en su modus operandi, distinto al resto de todos los sicópatas que han poblado la historia de la civilización.

Su amigo en aquel bar le leía el relato periodístico mientras desayunaban. Él sentía que los nervios le acometían de forma sicosomática envolviéndole una náusea acompañada de sudor frío,… recordaba el miedo a morir traducido en un ataque de pánico.

Escuchaba la noticia que le leyera su compañero, sin oír. Las primeras referencias del último trabajo le produjeron la estimulación de la amígdala cerebral haciéndole recordar la fobia. Sentía un miedo atroz a la expiración final, a dejar de ser. Por eso era un asesino imposible de encasillar.

Pensaba que quizás lo tomaran por alguien extremadamente inteligente que tuviera una pulsión psicológica única en el derivar de las patologías síquicas. Pero esto no le quitaba el sudor etiológico de lo fenomenológico de su enfermedad.

Posiblemente no supieran a qué atenerse con todos esos crímenes tan diferentes y variopintos en el quehacer de matar, de arrebatar la vida.

Casi daría por sentado que pensaban en él como un ser excepcionalmente despiadado y perspicaz en cambio sólo tenía miedo a morir.

Quizás se encontraran algún día con el relato de fábula de ese escritor célebre que tanto necesitaban para entenderle.

Aunque tal vez si fuera diferente a los demás…sí, sobretodo porque se movía motivado por su obsesión de quitar la vida, inventando cada vez una nueva muerte, desde otra perspectiva diferente a la anterior, experimentando el caos del temor interno al aprovechar una nueva oportunidad…. cuando salía ésta al paso…tan distintas unas de otras por la necesidad de observar la parca desde tangencias dispares…desiguales en la forma para un único deseo.

Evocaba casi a todas horas la premisa del ensayo de un crítico de arte, el cual expresaba la certidumbre sobre el desconocimiento en el alcance de lo que se revela de aquellos que intentaran llegar hasta la postrimera verdad que se encierra en la psique del artista.

Pero era ese otro escritor el que les revelaría en su cuento todo el contenido de su aversión inconsciente…les mostraría cómo el protagonista tan similar a él creado por el literato, describiría su tormento.

Sabrían que también usa «botas» para entrar en el agua del fallecimiento… actuando con sigilo amparado por ia oscuridad que acecha…acercándose a su víctima como se acercó el personaje de la ficción a los cisnes que no sospechan lo que se cierne sobre ellos…cisnes…tan ingenuos y tan bellos como lo es el ser humano… el «assasin» sin embargo siente profundamente un desasosiego atroz del trance último…por eso necesita saber de la muerte…quitar la vida y sentir el fallecer de la víctima intentando comprender el último aliento…como los cisnes exhalando el suspiro de defunción en un canto embriagador…la expiración revelada en el momento final…sin sobre aviso…por necesidad de observar el lamento fúnebre similar al acto que descubre el relato novelado que les enseñaría la verdad.

Su compañero terminaba la lectura del artículo expresándole su opinión y repugnancia así como la incomprensión sobre el porqué de esa forma de actuar tan dispar—muertes aplicadas, al parecer sin un patrón claro…a causa del ángulo desde el que se mira.

Sin embargo él experimentaba el temor en su cerebro, el miedo cobarde que le impulsaba a inferir dolor y muerte…robo de vida que administraba haciéndole acercarse poco a poco, en cada abuso, a ésta misma ausencia…sin remisión…muriendo lentamente…en una última agonía.

Como los cisnes que duermen en el agua ajenos al asesino que quiere oír el himno de la congoja en la representación del final de todo.

Guamasa, Tenerife, 13/01/2006

[Col}– El Viejo Centinela / Estela Hernández Rodríguez

03-10-2009

El mar es una de las cosas más lindas que dibuja a la Tierra, acompañado de su amigo el rey cielo. A veces se confunden los colores de ambos, y no siempre cuando la cresta de la ola se pone furiosa y se transforma en color añil, con la que destila su furia. Pero el sigue allí fustigando a todo el que pase por su alfombra de espuma, aún cuando luego la calma se vuelva su compañera.

Aunque así sea, no pocos dejan de encontrar en el mar una necesidad o entretenimiento a la hora de pescar, y también un amigo que le ayude cuando éste le proporcione un susto.

El viejo centinela

Una de esas tardes el isleño Hilario salió a pescar en un bote, cerca de unos cayos que rodeaban el pequeño pueblo costero en que vivía. Estaba muy contento porque ese día, desde que comenzó la pesca, los peces picaban uno tras otro.

Entonces pensaba: ”Miren para ahí, yo que no tenía muchas deseos de tirar el anzuelo hoy y resulta ser que ya tengo una alforja de peces casi llena. Ya casi me retiro, pues para qué tanto pescado; con esto tengo para unos días”.

Sí, porque el viejo lobo de mar no se dedicaba ya al comercio de los peces, sino que, como retirado de tal faena, más bien la hacía por pura distracción, como para no perder la costumbre de tantos años. Pero fue tal su emoción de tener tanta suerte ese día que ni cuenta se dio de que ya el sol se apagaba para dar paso a la noche, hasta que despertó de su hipnotismo hacía las aguas profundas y se dijo:”¡Ay, mi madre! ¿y ahora qué me hago entre tanta oscuridad?”.

De momento recordó que tenía un quinqué cerca de donde se encontraba sentado, y lo encendió, pero la noble luz no le ayudaba en su desplazamiento por las aguas, pues estaba desorientado. Cada vez le picaban más los peces y los sentía más fuerte al halarle el anzuelo, ¡pues claro que eran más grandes!

Decidió remar, pero en vez de retirarse y salir a la orilla se adentraba más y más en el mar. Cuando con la opaca luz de su candil pensaba que ya llegaba a la costa, veía que, cada vez más, la oscuridad y la soledad eran sus mayores compañeras. En aquel momento pensó en muchas cosas. Tenía hambre y entonces sacó de una envoltura de tela unas galletas que le quedaban, comió y luego bebió de su porrón de agua. Tenía para soportar unas horas.

Se dio él mismo una esperanza cuando pensaba que al amanecer podría hallarse con alguien. Pero, al mismo tiempo, se contradecía al pensar que le faltaban tantas horas para que eso sucediera que la idea de verse solo en aquella montaña de agua oscura a esos años de su vida no le resultaba agradable.

De momento no quiso remar más, pues no sabía qué rumbo tomaba, pero de todas formas el ir y venir de las olas lo trasladaban hacia algún destino.

“Esto me pasa, por ser ambicioso. Si me hubiera ido temprano, estaría en casa tranquilo y comiendo uno de estos pescados”, se decía.

Así transcurrió el tiempo y, agotado de pensar y de la actividad realizada, se le cerraban los ojos, y por mucho que trataba de abrirlos, no podía, hasta que lo venció el sueño.

Al poco rato, sintió un fuerte golpe de agua en su cara; al parecer lo había causado un gran pez que había saltado cerca del bote. Pero luego del susto, qué sorpresa fue para Hilario ver frente a él, aunque un poco distante, una luz. Al ver ase dijo: “¿Será un sueño o una realidad?

Comenzó a remar en dirección a esa dirección y, par su sorpresa, a medida que remaba la luz él seguía alumbrándole el camino marítimo. Era esa luz que, como astro divino que de donde sale ha sido el padre de todos los desventurados marinos, tiene a bien llamarse faro, y erala misma que en ese momento le estaba avisando y ayudando en su desvío. Y fue entonces cuando recordó lo necesario de este amigo en los mares del mundo, y cómo 300 años a. C, el Faro de Alejandría también resplandecía con fuego y resina, y orientaba a los navegantes.

Muy pronto llegó Hilario a la costa, y nunca olvidó la nobleza de ese gran cristal que, danzando con su luz, ha salvado la vida de tantos pescadores y marineros.

Es por eso que viene bien a tono llamarlo cariñosamente El Viejo Centinela.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[Col}– Relatos cortos: Tiempo restante / Eugenio Quirantes Sánchez

Por Eugenio Quirantes Sánchez

Pasaba el tiempo muy deprisa, se decía, pasaba rápido pareciendo huir. Por otro lado no le quedaba mucho por tentar. Hacía al menos dos años que le pudo al revés de los contratiempos, esa diferente momentaneidad de la vida pudiéndole a veces en un pulso vital, aunque le permitió establecerse en la ciudad donde ahora vivía.

Recordaba cuatro ciclos atrás lo irregular de existir, deviniendo sobre el mar de las sorpresas, intentando agarrar la tabla, pero presto y veloz en el cuidado de la perspicacia se pueden recomponer aquellas cosas sutilmente atrayentes, recortando su silueta enfrentada en ese lapso de tiempo.

O seis temporadas de cuatro estaciones en el tiempo recurrente del pasado, precipitándose en un saco de actualización, formando el presente de ahora, cuando fue capaz de entender lo profundo de ser en el Cosmos sintiéndose integrar en todo, por el hecho de saber de su experiencia capital en el discurrir del acontecer.

Rememoraba el caer de la arena constituido en una búsqueda de si mismo haciéndole recordar. Se precipitaban las imágenes en su mente para disuadirle de tomar una decisión, o vacilaba en definir una postura al querer mantenerse en lo alto de su raciocinio personal refiriendo la condición del indiferente.

Una y otra vez recurría a la tela de araña del pasado, tejida para recordarle el paso del tiempo en el ser del ser, suspirando por ese ente abstracto escapándose más y más.

Tanto interior le avisó de pronto que volvía, en el fluir del silencio roto de Cronos, hacia el escenario de la existencia presente, comprendiendo lo serio una vez más, lo serio gravemente solemne de la manifestación fenomenológica, sintiéndose revivido en su existir.

Se sacudía la cabeza de imágenes internas y, como desenredándose de un velo de psique, entraba en la vereda de lo actual, configurándose entre retazos del transitado paisaje espiritual, volviéndose, como la barca mecida por las olas, hacia el olvido de lo ocurrido tiempo atrás y el recuerdo de éste.

Debatiéndose internamente por ese pensar en el tiempo huyendo raudo, se encontró mirando el alero de un tejado del callejón en el que se encontraba. Bajando la cabeza en la oscuridad hacia las voces que se iban haciendo más audibles a su alrededor, junto a las imágenes proyectadas por la realidad fisiológicamente natural en su cerebro de los que las emitían, encontrándose de nuevo con el motivo de su introspección pasada.

Sólo había sido un instante en el ir del tiempo; psíquico tal vez, y de una forma inexorable. Había sido un intervalo en el abalanzarse de su realidad momentáneamente en aquel callejón con aquellos individuos que también frecuentarían el ir y venir del transitar del fenómeno, como ahora que le increpaban para que lanzara hacia delante los dados de la suerte haciéndole desear un número, el número de un nuevo acontecer, un continuado circular del sendero.

Guamasa (Tenerife), 26/07/2005