[Col}> ‘La fuente hermosa del amor’ / Estela Hernández

24-06-12

La fuente (o chorro) de Don Diego.

En una ocasión fue publicado en Padronel el relato de una fuente, o «chorro», donde se conocieron mis abuelos Canarios oriundos de El Paso.

Como era necesario entonces, iban allí a buscar agua, y los muchachos y muchachas, jóvenes al fin, hacían sus maldades, y fue precisamente a mi abuela Dolores Arocha a la que le rompieron su recipiente, y otro joven, que resultó luego ser mi abuelo, Sebastián Sicilia, salió en su defensa.

Pues bien, gracias a Carlos Padrón que me envió esta foto, contemplándola recordé esta historia y me inspiré en esta poesía que, aunque modesta, lleva para mí toda la idea del significado de la fuente de Don Diego, o «El chorro de Don Diego».

Fuente hermosa del amor

Fuente de frescura, de recuerdos
te conocí en palabras sin poderte tocar,
Te veo ahora y pienso: eres la misma,
la que en mis sueños pude imaginar.

Han pasado los años, y allí sigues erguida.
Tus aguas emergen como rocío en las flores
un tesoro valioso para calmar la sed,
que con agrado brindas a los pobladores.

Eres eso, tú, fuente inagotable
vestida de ensueños unida al amor
dando de tu fruto al que necesita
como simple y tierno ángel protector.

Tu virtud no se apaga
en el devenir del tiempo,
por eso aún existes
como luz del silencio.

Hoy muestras tu silueta
en la imagen concebida
que, más que todo, es un regalo
de recuerdos jóvenes de tu vida.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba

[Col}– «Melancólicos palmeros», cuentos de palmeros en Cuba / Mayra Montero Tabares

Por Mayra Montero

Melancólicos palmeros

Hace unos años, en Miami, me senté junto al hermano mayor de mi madre, entonces octogenario, y le pregunté, a quemarropa, por qué mis abuelos, sus padres canarios, habían sido personas tan tristes.

Mi tío tuvo la misma reacción de otros miembros de la familia a los que, en un momento u otro, he formulado esta pregunta: ¿por qué Augusto y Panchita fueron seres tan apesadumbrados y adustos, no digo ya tan poco dados a la risa —nunca oí sus carcajadas— sino al canto, a la chacota, a la desenvoltura de espíritu de cualquier isleño, sea cual sea el archipiélago que lo vio nacer?

Mi tío respondió lo mismo que me han respondido otros parientes a los que he sorprendido con esta pregunta: «¿Tristes? No, qué va, no eran tristes».

Conozco esa clase de negación primeriza, que se va transformando lentamente, cuando se dan cuenta de que han pasado décadas y no vale la pena disimular.

Hay una pausa, parece que lo piensan mejor, y entonces admiten: «Bueno, sí, tal vez eran tristes». En el caso de mi tío, que había sido un tarambana empedernido en su juventud, agregó lo siguiente: «Quizá por culpa de lo mucho que los hice sufrir».

Lo consolé diciéndole que ninguna madre se queda afligida (para siempre), después que un hijo le ha presentado como a mil novias y a tres esposas simultáneas.

Se echó a reír. Sabía que yo me olfateaba que echarse la culpa no era más que una forma elegante de eludir el misterio.

Y es que nadie sabe por qué razón esas dos ramas de la familia —que emigraron en la primera década del siglo 20, estableciéndose, como gran parte de sus paisanos, en la región central de Cuba, en diversos pueblos de la antigua provincia de Las Villas, pero con mayor énfasis en Cabaiguán, fulgurante territorio de mis veranos infantiles—, albergaban una vena melancólica, que llegó a extremos enloquecidos, paranormales y francamente brujos.

A menudo me pregunto qué aromas, qué sueños, qué manera de ver el mundo y de afrontar las desventuras, o asimilar las grandes dichas de la vida, puedo haber heredado de mi familia canaria, proveniente de la isla de La Palma: un abuelo que era un gigantón de piel aceitunada y facciones orientales, introvertido hasta la médula, quien contrajo matrimonio con su prima Francisca, contraviniendo los consejos de sus padres (mis bisabuelos), quienes veían a la novia demasiado flaca, con lo que consideraban más que probable que padeciera tisis.

La emigración, de cualquier signo y hacia cualquier latitud, va destilando poco a poco su influjo, que puede ser una música, un plato que se reitera en vano (nunca se logra el verdadero sabor que tenía «allá»), una manera de afligirse, o de estar continuamente afligidos: la nostalgia de la patria lejana, de los mares perdidos de vista, de los olores que jamás se recuperan del todo.

Nuestros almuerzos con la abuela Panchita siempre olían a mojo isleño, y las conversaciones, en la mesa, terminaban girando en torno a las Canarias.

Panchita emigró cuando era niña, junto con su madre viuda y varios hermanos, algo mayores que ella, que luego hicieron historia.

Me refiero a una intensísima historia de fantasmas, hechizos, locuras prematuras, suicidios por amor y deslenguados desafíos a la ley de Dios.

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Carmen en sus 13

La historia de la tía Carmen, que me ha obsesionado desde que tengo memoria, la metí de cabeza, con pelos y señales —sobre todo con pelos, como se verá más adelante— en mi primera novela, que fue La trenza de la hermosa luna (Anagrama). En ella, convertí a la tía Carmen en una haitiana que enloquece al día siguiente de su boda.

El episodio, en principio, parece sacado de alguna novela de las Brontë, pero fue el incidente más inexplicable que recuerda la colonia palmera afincada por aquellas tierras.

Comprometida el día que cumplió trece años con otro canario que ya estaba en sus veinte, la tía Carmen se casó pocos meses después.

Al día siguiente de esa boda amaneció «loca furiosa, y cuatro hombres no podían con ella», según la expresión que oí mil veces de labios de mi madre, y ella a su vez de labios de mi abuela.

En medio de sus arrebatos, escapaba de la casa familiar y echaba a correr por el campo, travesía que culminaba en un zarzal, llamado por ellos escaramujo: un aterrador colchón de espinas sobre el que la muchacha se lanzaba de boca, con todo el impulso de su desquiciada humanidad.

Corrían los hermanos, el marido, mi pobre bisabuela, a rescatarla, seguros de que la encontrarían acribillada por los aguijones. Pero al levantarla descubrían que no había rastro de heridas o de sangre, ni en la cara, ni en ninguna otra parte del cuerpo. Su piel de adolescente resultaba extrañamente ilesa.

En otras ocasiones, anunciaba con voz patética su propia muerte, para esa misma tarde, o para el día siguiente.

Y a la hora señalada se ponía pálida, cerraba los ojos, sufría una pequeña convulsión y, según la enigmática frase de mi abuela: «se le afilaba la nariz». Por último, su cuerpo entero adquiría una rigidez fatal.

Vivían en mitad de un pequeño cañaveral propiedad de un hermano de mi bisabuela: no había casa de socorros ni clínica en muchas leguas a la redonda.

La difunta revivía varias horas más tarde. Poco a poco aflojaba los músculos, su piel cobraba color, y abría los ojos a su raro mundo de resucitada.

Entonces empezaba a vociferar una letanía adivinatoria, narraba eventos que estaban ocurriendo en otros pueblos, a otros parientes; se detenía en detalles tales como el color de la ropa de los implicados, todo lo cual era confirmado luego, cuando pasaban los días y llegaban los parientes a contar lo sucedido.

Un brujo llamado Roña —al que la familia debe gratitud eterna— fue el encargado de poner el orden, cuando el médico traído desde la capital sólo les pudo aconsejar que la metieran en un manicomio.

Roña sabía que no todo estaba perdido. La tía Carmen, al verlo aparecer, anunció que no se dejaría tocar por un negro tan zarrapastroso.

Roña sonrió, dijo que aunque las palabras salieran de su boca, no era ella quien hablaba. Permaneció todo el día junto a la enferma, prodigándole pócimas, azotándola con hierbas, y al final envió a los varones a que buscaran un guayabo —el que estuviera más cerca de la casa—, cavaran un hoyo en ese punto y desenterraran lo que apareciera.

Los hombres, hermanos y cuñados, entre los cuales figuraba mi abuelo Augusto, lo obedecieron, y encontraron una asquerosa bola de composición inexplicable, toda cubierta de pelos. Roña la guardó en un saco para destruirla.

Carmen volvió a la paz y a la dulzura. Tuvo ocho hijos y parece que jamás hizo alusión a sus amaneceres de alunada.

La conocí viejita, algo hermética y adusta, como eran todos en aquella familia. Miraba de una manera peculiar, entre socarrona y sabia. No olvido esa mirada suya.

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Ofelia se fue de verde

Hija de Juana, una de las hermanas de mi abuela, Ofelia se enamoró a los 15 años.

Todas las muchachas se enamoran a esa edad, pero ella no escogió a un canario de la colonia, como se esperaba, sino a un cubano.

De acuerdo con mis tías, que eran sus primas, el novio en cuestión era bajito, mulatón, torcido, arrogante y bastante mayor que ella.

Con esos ingredientes, y algún otro irresistible defecto, consiguió arrastrarla a la pasión mayor. O sea, la preñó en un santiamén.

Entonces se enfurecieron los hermanos, recios palmeros que la vigilaban día y noche, y que juraron mandarla de vuelta a las Islas Canarias.

El padre de Ofelia poseía una pequeña vega de tabaco en Sancti Spiritus. El pesticida que se usaba entonces, y quizás hoy, se fabricaba a partir del óxido de cobre, lo que vulgarmente llaman verdín.

Lo guardaban en cajas, sabía amargo y Ofelia lo mezcló con jugo. Diluyó grandes cucharadas y lo tragó envuelta en el perfume embriagante que despedían las hojas, todo el tabaco de la temporada oreándose en las tendederas.

Fue un suicidio que conmovió a la familia y que sirvió de advertencia a toda la comunidad emigrada: en lo adelante, no permitir que los cubanos se acercaran demasiado a sus niñas.

Ofelia, en el féretro, tenía los labios verdes, del mismo tono que el veneno, porque ése es uno de sus efectos letales: colorea la piel bajo los ojos, y también la boca, la lengua, el invencible amor de la garganta.

A su novio cubano no se le permitió entrar al velorio. Los hermanos amenazaron con desollarlo vivo. Nunca pude averiguar si cumplieron su amenaza.

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Ecos de Gallego

Era canario, pero le decían Gallego. Palmero rebelde, descreído y fanfarrón. Escandalizaba a sus tías (entre ellas, a mi acongojada abuela) con sus espantosos cagarse en la Virgen y otras blasfemias que nadie se atrevió a repetir para esta historia.

Las mujeres trataban de atemorizarlo, le auguraban castigos, tristezas, desgracias que lo condenarían a él, pero también al resto de la familia.

Gallego soltaba carcajadas de cíclope, y un día, descamisado en medio de la sala, increpó a Dios, dudó estentóreamente de su existencia —las mujeres, a su alrededor, se persignaban— y por fin lanzó la provocación más idiota que se oyó nunca en los campos de Cuba: si era cierto que Dios existía, que obrara el milagro, y que el pelo del pecho se le juntara con el de la barba.

A los pocos meses estaba convertido en hombre lobo.

No se oyeron nunca más su risa ni sus maldiciones. Una mata de pelo, espesa y trémula, le subía por el cuello hasta las mejillas.

Los que lo vieron sin camisa —mi abuela, por supuesto— comentaban que daba pavor la visión de ese torso de animal proscrito.

Nunca lo conocí, ni existen fotos que documenten su barbaridad.

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Manuel y las lenguas ocultas

Después de volver loca a su púber esposa durante la primera noche de bodas, Manuel Martín, el marido de la tía Carmen, vivió a su lado por más de 50 años, durante los cuales la vio salir de la adolescencia, parir varios hijos y envejecer con gran cordura.

Sin embargo, los allegados sabían que Manuel también arrastraba lo suyo.

Desde su juventud sufría de ataques, trances o patatús, en medio de los cuales lanzaba intrincadas arengas en una lengua extraña, que nadie alcanzaba a comprender.

Al cabo del rato, cuando se sobreponía al percance y recobraba el conocimiento, tornaba a ser el individuo apacible, que no hablaba más que el español palmero y cantarín que había mamado en la cuna.

Cuando al final de su vida enfermó gravemente y hubo que internarlo en un hospital habanero, empezó el viacrucis para la familia.

Mediaba la década de los 60 y corrían los tiempos duros, dogmáticos y ateos en que cualquier manifestación religiosa, o ligeramente mística, era tomada como signo de desviación ideológica.

Sumido ya en el delirio agónico, Manuel no habló otra cosa que aquella lengua desconocida, que un médico sospechaba que era hebreo, mientras otro aseguraba que era una variación de alguna lengua antigua, con breves paréntesis en latín.

Uno de ellos pensó en llamar a un especialista, o al menos alguien que supiera varios idiomas, y se lo propuso a Isolina, la hija de Manuel, quien a su vez lo estuvo consultando con nuestros parientes.

Parece que casi todos comentaron que podía ser peligroso: ¿qué tal si se enteraban en el Partido Comunista? Los niños asistíamos callados al tejemaneje.

Roña, el diestro curandero, había muerto hacía mucho. Y, en cualquier caso, tampoco hubiera sido fácil llevarlo al hospital con los aires soviéticos que recorrían el país, aires de purgas y materialismo científico.

Se echó tierra sobre el asunto, y tierra sobre el cadáver de Manuel Martín cuando por fin murió, sin haber recobrado, ni por un instante, el dulcísimo español canario.

Creen que se despidió de todos en la misma jerigonza. A puertas cerradas, para que nadie creyera que eran claves de contrarrevolución.

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La casa de los rayos

Ninguna mujer se atreve a permanecer en una casa que han golpeado tres rayos, repartidos en tres semanas consecutivas, dos de los cuales han caído sobre la mesa del comedor.

Mi abuela Panchita temblaba cada vez que se anunciaba una tempestad, y me pregunto si no fue a partir de entonces que se quedó melancólica; si no fue esa endemoniada casa la que minó misteriosamente su inocencia.

El tercer rayo cayó rozando a su segunda hija, que a la sazón tenía tres o cuatro años. Hubo que reanimarla con fricciones, y Panchita le pidió a Augusto que vendieran la casa y se largaran a otra parte.

Nadie quiso comprarla, y sucedió que, por esas mismas fechas, el pequeño negocio del abuelo se fue a la bancarrota.

El miedo a los rayos los persiguió por siempre y lo inculcaron a los niños, primero a los hijos y más tarde a los nietos, que crecimos siguiendo las órdenes estrictas que nos daban cada vez que empezaba a tronar: había que sentarse, subir las piernas en la silla, pegar la cara a las rodillas (como en un aterrizaje forzoso) y susurrar Santa Bárbara bendita.

Por supuesto, teníamos que apagar el televisor, y se nos prohibía terminantemente tocar el teléfono.

Aún hoy, cuando truena, mi madre y sus hermanas corren a sentarse y levantan las piernas. La tía Amada, aquella niña que se derrumbó «con los ojos virados en blanco, echando espuma por la boca» (¡Panchita y sus magníficas imágenes!) aún de adulta seguía tomando precauciones especiales.

Durante el mes de verano que yo pasaba en su casa, en el onírico pueblo de Cabaiguán —la auténtica prolongación de la Caldera de Taburiente— se producían muchas tormentas.

Cuando se anunciaba alguna, nos metía en la cama, a mí y a mis primas, bajaba el mosquitero y nos hacía sostener un palito de no sé qué arbusto gomoso que ahuyenta la corriente.

~~~

Augusto se despide

Los niños de entonces lo recordamos comiendo minuciosamente un horrendo pescado al que llamaban lisa.

Nadie más en la familia lo comía, porque tenía demasiadas espinas. Pero Augusto había aprendido a esquivarlas, sabía sacar hasta la última hebra de carne y chupar el espinazo, que veíamos entrar y salir de su boca de hierro, como si fuera un acto de magia.

El único cuento que jamás me contó, y que repitió muchas veces, era el de una aventura suya de su juventud, perseguido por un gran tiburón mientras nadaba.

Había ocurrido junto a un acantilado en La Palma, y él se subió a una roca en el momento en que el escualo iba a morderle el pie.

Ahora pienso que, bien entrenado, hubiera ganado campeonatos de natación. Las pocas veces que nos acompañó a las playas cubanas, nadaba mar adentro, bien adentro, hasta que se perdía de vista en el horizonte.

Recuerdo su estilo: desarrollaba una velocidad increíble, se sumergía como un submarino, y al final salía tan serio, hierático el hombre, extrañando como nunca las aguas primigenias de su vida, no las del Caribe, sino las de allá, al otro extremo del Atlántico, y quizás a los amigos que nadaban con él, y por supuesto, a la escuadra de tiburones de su patria.

Muerta súbitamente Panchita, Augusto cayó en una especie de sopor, una tristeza concéntrica dentro de su tristeza natural.

Las hijas se turnaban para acompañarlo, yo era niña y me sentaba a su lado, me apenaba verlo hundido y le pedía que me contara de nuevo la historia de los tiburones, como en el relato de Italo Calvino, donde los nietos piden incansablemente el cuento de la gran bonanza de las Antillas.

Una tarde decidió ahorcarse. Lo preparó todo, almorzó el pescado espinoso y esperó que la tía de turno saliera a una breve gestión.

No se sabe el tiempo que permaneció colgado. Ella lo halló a su regresó y se quedó sin habla unos minutos. Cuando pudo gritar, gritó como una descosida, una vecina la oyó y corrió con la tijera, cortó la soga y el ahorcado cayó, inconcebiblemente vivo. No es fácil doblegar una garganta de esas características: musculosa y habituada a las penas.

Los niños de entonces, sus nietos, fuimos a verlo al hospital. Previamente nos leyeron la cartilla: el que se atreviera a mencionar la soga iba a saber lo que era bueno.

Su aspecto se me quedó grabado: el viejo guanche adormecido, con un verdugón rojizo alrededor del cuello. Nunca había visto nada parecido, y nunca he vuelto a ver nada igual.

No murió de ésa, sino de muerte natural, años más tarde. Había vuelto a Cabaiguán y a la colonia de palmeros, todos bastantes viejos y achacosos, que se reunían en casa de mi tía a comer bolitas de gofio con un pescado suave, sin espinas. Pescado absurdo para el suicida fallido.

~~~

Fin de la pesquisa

Ya casi no me queda nadie a quien preguntarle la razón por la cual mis abuelos siempre andaban tan serios. Quizá la influencia de toda esa locura en Cuba.

Ahora somos mayores, incluso la tercera generación a la que pertenezco. Mi madre, mis tías, las primas de ellas, no tienen muchas pistas que ofrecerme. Inadvertida o deliberadamente han olvidado la melancolía tan grande que emanaba de aquella pareja, Augusto y Panchita, naturales de La Palma, donde aún viven algunos parientes, quizá más alegres que ellos (que todos nosotros, que hemos seguido dando tumbos por el mundo) porque se quedaron en su isla, no cruzaron el mar y no se arrepintieron nunca.

Un emigrado es un alma en suspensión; es un arrepentido que lo negará por siempre.

***

Juro que todos los personajes de esta historia son reales, y que los hechos narrados son tan ciertos como que me llamo Mayra Montero Tabares, de los Tabares de Mazo (La Palma, Canarias), el ensoñado pueblo donde me dejaré caer un día de éstos.

***

NotaCMP.

Si mal no recuerdo, los datos que siguen son de los años ’70s.

De entre todos los Canarios, somos los palmeros los más proclives a la depresión. Y de entre todas las Islas Canarias, es La Palma la que, en proporción al número de habitantes, más suicidios registra, siendo el ahorcamiento el método más usado.

[Col}– Las cuevas en una provincia cubana / Estela Hernández

20-11-11

La Naturaleza ha creado lugares tan significativos por su belleza que en ocasiones nos preguntamos cómo ha sido posible que surja de la nada un espectáculo que parece creado como para ser dibujado. En Cuba tenemos varias.

Éste es el caso de las cuevas, las que en lo más recóndito de su corazón guardan sus secretos, y pueden convertirse en un medio de distracción.

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La caverna de Santo Tomás es la más grande de Cuba, y es un complejo de grutas que alcanza los 46 kilómetros. Está situada en la provincia cubana de Pinar del Río, donde existen mayores atractivos geográficos.

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La gruta se encuentra en el Valle de Viñales, lugar con una historia que, según expertos, data de más de 300 millones de años, y que ha sido declarado Monumento Nacional, e incluido en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

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Muchas de las cavernas de Pinar del Río, y de toda Cuba, sirvieron de refugio a los esclavos que se escapaban de las plantaciones cafetaleras.

En el Valle de Viñales existe otro lugar llamado “El Palenque de los Cimarrones” y, a unos pasos de éste, hay una cueva que se utiliza como cafetería para los visitantes que allí llegan.

Otro de los atractivos de estas galerías que despierta el interés de miles de nacionales y foráneos.

Estela Hernández
La Habana (Cuba)

[Col}– «El Caballero de París» / Estela Hernández Rodríguez

22-10-11

Estela Hernández Rodríguez

José María López Lledín, «El caballero de París».

En cualquier lugar en que vivamos existe casi siempre un personaje inusual, uno de ésos que, con su quehacer y con el paso del tiempo, nos dejan su recuerdo cuando ya no existen, porque a través de los años estamparon un código propio que los distinguió de todos los demás que los rodeaban.

Personajes a quienes quizás un golpe duro de la vida los convirtió en eso, en una estampa inolvidable de la historia en un sitio determinado.

Éstos, aún cuando tuvieron un final un poco desordenado, no dejaron de ser honestos, modestos, y esparcir amor hacia ese mundo que, a pesar de todo, les admiraba.

Por eso quiero dedicar este trabajo a un hombre que de esta forma vivió entre nosotros, los cubanos de mi Habana, la capital cubana, la que guarda en su memoria el recuerdo de El Caballero de París.

Ésta es su historia.

José María López Lledín, a quien nombraban «El Caballero de París», llegó a convertirse en uno de los emblemas populares de La Habana allá por los años ’50s. Era un hombre soñador, un personaje excepcional, a quien le pusieron ese apodo porque, en su locura, decía que él pertenecía a la nobleza y que venía de París.

Su pelo, castaño oscuro y entrecano, hacía juego con su larga barba y hasta con sus uñas, largas y retorcidas por no habérselas cortado en muchos años.

Nació a las 11 de la mañana del 30 de diciembre de 1899 en casa de sus padres, en la aldea de Vilaseca, en el término municipal de Fonsagrada, provincia de Lugo, España.

Su padre fue Manuel López Rodríguez, también nacido en Vilaseca, y su madre Josefa Lledín Méndez, nacida en Negueira, en la misma municipalidad y provincia .

José María López Lledín, El Caballero de París, llegó a la Habana a bordo del vapor alemán «Chemnitz» el 10 de diciembre de 1913 a la edad de 12 años

Ejerció varios trabajos: en la bodega de otro gallego, en la calle Genios; como encargado en una tienda de flores; como sastre; en una tienda de libros; y en una oficina de abogados. Pero también estudió y refinó su comportamiento para conseguir mejor empleo, y hasta llegó a hablar algo de inglés.

La mayoría de los reportes coinciden en que José perdió su razón y se convirtió en el tal «Caballero» cuando fue arrestado en 1920 y remitido a la prisión del Castillo del Príncipe, en La Habana, por un crimen que no había cometido.

El Caballero de París vestía siempre con una capa negra, incluso hasta en el calor del verano, y siempre llevaba con él una cantidad de papeles y una bolsa donde llevaba sus pertenencias.

Tanto estas características como su físico —medía casi 1.83 metros de altura— nos recuerdan a Don Quijote de la Mancha. Y tenía algo especial que hacía que, a pesar de su abandono personal, en su andar por las calles de La Habana recibiera manifestaciones de estima de los transeúntes.

Pero no por gusto El Caballero de París se comportaba de esa forma. Según su hermana, Inocencia, José se enamoró de Merceditas, la hija de un médico de Fonsagrada. Ella murió joven, y él se encontraba a su lado cuando falleció.

José juró que nunca se casaría, y mantuvo su promesa. No obstante, a su médico, el Dr. Calzadilla, último psiquiatra que le atendió en el Hospital de Enfermedades Mentales de Mazorra, en las afueras de La Habana, le confesó que, aunque no estaba casado, tenía un hijo y una hija de una señora que era secretaria de una compañía azucarera.

José María López Lledín llamaba la atención, además, por su abundante cabellera y su transitar peculiar. Sus paseos por las calles habaneras y sus viajes en las guaguas fueron típicos en la década de 1970, pues saludaba a todos y discutía temas políticos de actualidad y hasta de religión.

Con su abandono personal no desentonaba el que se mostrara pensativo, quizás recordando aspectos de su vida. No obstante, resultaba simpático y recibía la estimación de los transeúntes.

En sus paseos por La Habana frecuentaba el Paseo del Prado, en la Avenida del Puerto, en un parque cerca de la «Plaza de Armas»; el Parque Central, en uno de cuyos bancos dormía a veces; la calle Muralla, cerca de Infanta y San Lázaro; y la esquina de 12 y 23 en el Vedado, donde existe una pizzería que exhibe en su entrada una escultura de El Caballero de París en memoria de éste.

Pero como caballero andante también caminaba por el centro de la Quinta Avenida, en Miramar, donde casi siempre solía estar por las tardes.

Era un hablador educado y fluido; muchos recuerdan las veces que charlaron con él. Nunca pedía limosnas ni decía malas palabras, sólo aceptaba dinero de las personas que él conocía y a las que, a su vez, daba en obsequio algo hecho por él, como una tarjeta coloreada, un cabo de pluma, un lápiz entizado con hilos de diferentes colores, un sacapuntas, u otros objetos.

Por su extraña apariencia personal, al comienzo los niños le tenían miedo, pero luego se le acercaban para charlar con él. Todos, tanto adultos como niños, le hablaban con mucho respeto.

Este hombre dejó, con su proceder, una estela de admiración que inspiró hasta canciones en su honor, como la compuesta por Antonio María Romeu, que tituló «El Caballero de París», así como también un libro del doctor Luis Calzadilla Fierro.

Sus frases asombrosas regalaban esa belleza espiritual que proyectaba su paz interior, mostrada también en el movimiento de su andar, que lo marcó para siempre en Cuba como El Caballero de París, hasta llegar a convertirlo, luego de su muerte, en una escultura en honor a su persona.

Es así como, a la entrada del convento de San Francisco de Asís, lo vemos, con su vestimenta negra, en imagen inmortalizada en bronce y trabajada por el escultor José Villa Soberón.

Mi nieta, Alejandra, junto a la estatua de El Caballero de París | Foto: Estela Hernández

Cerca de esta estatua, y en una cripta en el interior de la Basílica Menor de San Francisco, descansan los restos mortales de este célebre personaje.

Los niños se acercan a esa escultura y, luego de tocarla, hasta le regalan un beso. Un sentimiento infantil que, de seguro, desde algún lugar agradece el Caballero de París.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)

[Col}> Ernesto Lecuona, hijo / Estela Hernández Rodríguez

17-10-2011

Ernesto Lecuona, hijo, intérprete y compositor de fama universal.

En un modesto hogar de Guanabacoa, La Habana, nació el 6 de agosto de 1895 un niño de doce libras de peso. Era un pequeño que, al pasar de los años, se convertiría en un genio de la música. Su nombre: Ernesto Sixto de la Asunción Lecuona y Casado.

Cuentan que este calificativo de genio tuvo que ver con la predicción de una negra, pobre y desamparada, de su natal Guanabacoa. El «¡Dios te bendiga, genio!» dicho por esa mujer delante de la cuna del niño Ernesto se convirtió con los años en una gran verdad, según cuenta el intelectual Orlando Martínez, uno de los biógrafos de Ernesto Lecuona, quien fuera además su amigo.

Ernesto Lecuona fue el iniciador de la auténtica visión de los valores afrocubanos en nuestra cultura, y nadie imaginó el alcance que tuvo tal predicción hasta que se convirtió en una realidad, pues Ernesto Lecuona compuso 406 canciones y 176 obras para piano, entre otras.

Ernesto Lecuona, así conocido por su nombre artístico, era hijo del periodista Ernesto Lecuona y Ramos, nacido en 1854 en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias), quien se radicó en Cuba.

Luego de la muerte de Ernesto Lecuona padre, la familia trató de ofrecer a Ernesto Lecuona hijo la mejor instrucción posible, y éste comenzó a estudiar piano bajo la tutela de su hermana Ernestina, la que, simultáneamente, le enseñaba música, hasta que el niño Ernesto pasó a estudiar con otros profesores para llevar adelante sus conocimientos en esta especialidad, que sería su  brillante porvenir.

A pesar de que la familia no estaba mal económicamente existían razones para que él se buscase un futuro prometedor, pues había quedado huérfano de padre a temprana edad, y su madre estaba delicada de salud.

Así, Ernesto comenzó a trabajar en el cine Fedora, lo que despertó su afición por este nuevo arte, y en 1907, con sólo 12 años de edad, dirigía al grupo musical de ese cine, y en los intermedios hacían instrumentales.

Su primer recital lo dio a los 5 años, y a los 13 realizó su primera composición, la marcha two step titulada «Cuba y América» para banda de concierto. De ahí que le llamaran niño prodigio.

Estudió en el Peyrellade Conservatoire, y a los 16 años se graduó en el Conservatorio Nacional de La Habana con medalla de oro en interpretación.

Su vida se desarrollaba de forma ascendente hasta que, conociendo ya bien su trabajo, creó la primera orquesta latina que hubo en los Estados Unidos, la llamada Lecuona Cuban Boys.

En ese entonces, por su obra para piano fue considerado como el músico cubano más destacado, y se le comparó con los grandes de esa manifestación artística, como Manuel de Falla y Maurice Ravel.

También incursionó en el teatro lírico cubano, y con Gonzalo Roig y Rodrigo Prats formó la trilogía más importante de compositores, en especial del género de la zarzuela, en el que cabe destacar «Damisela Encantadora» y, entre sus canciones, «La Comparsa», «Malagueña», la «Rapsodia Negra», para piano y orquesta, además de su «Suite Española».

Una de sus obras, “Siempre en mi corazón”, fue nominada para el Oscar, premio que ese año ganó White Christmas.

Su música recorrió el mundo, y con ella dieron conciertos muchas personalidades. La interpretó el tenor Canario Alfredo Kraus, y, con una selección de piezas de Ernesto Lecuona, Plácido Domingo grabó un álbum al que tituló “Siempre en mi corazón”.

A su favor tuvo Ernesto Lecuona la crítica, que siempre hablaba bien de su persona.

Su música fue también llevada al cine en catorce oportunidades. Su zarzuela “María La O” se presentó en la pantalla del celuloide mexicano.

En la televisión, produjo en CMQ, y para la cantante Esther Borja, el programa “Álbum de Cuba», que se transmitió durante muchos años.

También en Cuba, la CMBF —emisora con una programación cultural informativa especializada en la difusión de música clásica, ballet, cine, teatro, artes plásticas, literatura y espacios de análisis sobre música y cultura general— tuvo el programa “Cómo recuerdas a Ernesto Lecuona”, programa, dedicado a este gran músico, en el cual destacadas personalidades hablaban de él y hacían un vivo retrato de su vida y éxitos.

Ernesto Lecuona expresó con talento e inspiración su cubanía, una identificación que dejó huellas en lo más profundo de su pueblo.

Su obra genial no puede quedar en el olvido. Está siempre vigente como un excelente legado, inclusive más allá de su muerte ocurrida a las 11:30 de la noche del viernes 29 de noviembre de 1963, en Santa Cruz de Tenerife, lugar donde había nacido, y donde también murió, su progenitor, Ernesto Lecuona y Ramos.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)

[Col}– Aclaratorias al tema de «Caracas, la Ciudad Elegida» y afines / Vicencio Díaz

18-09-2011

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  3. Caracas, la Ciudad Elegida. ¿Oklahoma City en Caracas? / Vicencio Díaz

  4. Caracas, la Ciudad Elegida. Concentración cósmica / Vicencio Díaz

  5. Caracas, la Ciudad Elegida, y las Columnas de Hércules / Vicencio Díaz

  6. Caracas, la Ciudad Elegida, y el himno nacional de Venezuela / Vicencio Díaz

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Apocalíptico quiere decir revelador, así que trataré de organizar una cronología.

  • El primer evento ocurrió el equinoccio de otoño de 1998, y aparece referenciado como La Gran Señal en Apocalipsis 12. A continuación, y en lapsos de seis meses, hay 32 tiempos hasta el otoño de 2014.
  • Estamos terminando el tiempo 26 del cual nos queda una semana hasta el día 23/09/2011, día del equinoccio de otoño. A partir de ahí quedarán 6 tiempos de seis meses para los seis eventos restantes, o sea, del tiempo 27 al 32.
  • El siguiente evento —o sea, el 27, cuyo gap estará abierto por seis meses, hasta marzo de 2012— está relacionado con el 4º ángel, que vaciará su copa sobre el Sol. Pasado el solsticio de invierno de 2011 debería notarse el efecto o consecuencia de algún cuerpo que se haya acercado al Sol en los tres meses previos. Si las estimaciones se dan, habida cuenta de la abundante información disponible, dentro de cuatro meses a partir del 23/09/2011 el sofoco debe de hacerse notar, aunque no garantizo la depilación.
  • A partir del otoño de 2014, la Tierra pasará de OFF a ON debido a la presencia de “antimateria” en las capas de Van Allen, a menos de 12.000 millas de altura sobre nuestro planeta. Eso nos hará mutar, y entonces sí, los que no hayan pasado a ciclos [1] de 20 tiempos [2] verán sus ciclos acortados para estar todos iguales, y de esa manera estarán en capacidad de ser sanados [3]. Los ciclos son los mismos ciclos menstruales [4] que puede tener una mujer hoy día. Estamos aún en la era de Piscis que corresponde a la era de 24 tiempos o 24 horas cada día o 24 días por ciclo menstrual.

El ciclo anterior fue durante Salomón y era de 28 días o tiempos; fue en la era del cordero. La anterior, que fue la de Tauro, era de 32 tiempos.

Lo más seguro es que el ajuste al tiempo de los varones que tengan pareja fija sea el mismo que el de sus mujeres.

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[1] ¿Cómo se pasa de unos ciclos a otros?
Hasta ahora, históricamente los ciclos han cambiado cada 2.000 años, y ahora viene un cambio que colectivamente hará que se pase de cualquier ciclo distinto de 20, a un de 20. O sea, que seremos estandarizados en veinte, lo que hará estériles a todos los humanos.

Cuando Jesús vino —y esto no es religión— enseñó a sus discípulos cómo pasar a 20, o sea, como ser sanados, y unos le creyeron y otros no. Pero esas enseñanzas no creo que sean aplicables desde el 28 de marzo de 2011, y lo que me parece más prudente es saber lo que habrá que hacer a partir de que se manifiesten los sanados y los no sanados. Es como si nosotros ahora fuésemos un nuevo tipo de embrión y vamos a tener un nuevo nacimiento y vamos a perder los somitas correspondientes a los cromosomas 21, 22, X y Y.

[2] ¿Qué otros ciclos hay que sean diferentes a los de 20 tiempos?
Actualmente, que se sepa, es normal conseguir personas de ciclos menstruales de 32, 28 ó 24, aunque excepcionalmente puedan existir otros valores.

[3] Sanación

Desde hace 2.000 años existen sanados, o sea, personas como María de San José, a quienes el gusano no les hace daño, o como Pablo, que no preñaba mujeres

[4] ¿Qué es eso de estar en ciclos?
Los ciclos —o, mejor, la duración de los ciclos— determinan la estatura, funcionamiento hormonal, etc., lo cual es notorio en las hembras mientras están en su periodo de fertilidad. Los ciclos, sea cual sea su duración, existen tanto para el varón como para la hembra, pero son notorios en las hembras por la menstruación.

[Col}– Caracas, La Ciudad Elegida, y el final de una era / Vicencio Díaz

04-09-11

Aparentemente, la elección de Caracas como centro geodésico de una serie de eventos, ya casi todos ocurridos delante de todos los vivientes, por lo menos desde 1998, no llamó la atención a la mayoría de los humanos.

Tal cosa no tiene mayor importancia pasado el eclipse lunar de 2010, fecha de la cual se puede decir que marcó un antes y un después, así como puede decirse lo mismo de los días del Diluvio.

Pero, ¿qué pasó el día del solsticio de invierno del año pasado?

Ese día hubo un eclipse, o sea, el plano Luna-Tierra se alineó con el plano de la eclíptica, y esos planos, a su vez, se alinearon con el plano que pasa por el centro galáctico, dando lugar a una alineación multiplanar que sólo ocurre cada 372 años.

Hasta aquí la cosa no pasaría de ser algo inherente a la NASA, a los judíos por el cambio de sus sábados o días de reposo y, por supuesto el calendario, o a uno que otro político preocupado porque en los momentos nodales, o cúspides de estos ciclos, es cuando se caen y se levantan los imperios.

El asunto se sale de las manos de los que saben de estas cosas, y caemos en terrenos jamás imaginados cuando entre el 28 de marzo y el 5 de abril, ambos de este año, un GRB (Gamma Ray Burst) —o sea, un chorro de rayos gamma— que desde el 23 de enero era de naturaleza pulsante y de una duración no mayor de 2 segundos y se mantiene activo por más de seis días, desde 3.800 millones de años luz, penetrando en nuestra Galaxia por la constelación de Draco y acercándose hasta los no más de 500 km de la superficie de la Tierra.

Lo que sea, es de naturaleza antigaláctica tradicional, y hay cierta acumulación de esa naturaleza entre las capas de Van Allen, principalmente en la región cercana al polo sur magnético, que se encuentra en la región de la magnetosfera conocida como Anomalía del Atlántico Sur.

Lo importante a señalar en este momento es la definición de cuatro cuadrantes en la Tierra, siendo éstos determinados por dos ejes, uno de los cuales estaría asociado con el Ecuador Galáctico, el cual sigue la orientación del llamado Camino de Santiago, y el otro a la perpendicular al mismo, que pasa por Nueva Orleans (USA) y el Salto Ángel (Venezuela).

Estos eventos, a nivel del globo de la Tierra y de la magnetósfera, hacen que, en vez de hablar de Caracas, la ciudad escogida, hablemos, de la TIERRA, el planeta escogido, por lo cual adjunto uno de los cuadrantes: el que tiene el polo sur magnético y el continente africano como ocupantes de ese espacio.

Hasta aquí lo fundamental de la cuadratura.

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Ahora bien, quizás no haya sido suficiente el comentario sobre los chorros de rayos gamma, o Gamma Ray Burst, y su origen, los nuevos visitantes de la Tierra que hasta el 28 de marzo arribaron con una periodicidad de más o menos 5 por semana desde el 23 de enero, y para lo cual se creó la misión SWIFT, unos satélites artificiales que, a la menor detección de radiaciones de tan corta longitud, giran sus antenas y las orientan hacia la fuente de luz, y miden sus parámetros y un tiempo no mayor de 2 segundos.

Por supuesto que esto va a más allá de los rayos gamma y de los rayos cósmicos, pero ni hay aparato que lo mida ni quien lo haya bautizado, aunque, por el tamaño, algunos lo buscan como el bosón de Highs pero por el lado de las micro partículas.

Gracias a la dispersión del rojo, o red shift, se ha calculado que estas fuentes tan energéticas provienen de distancias mayores a los 3.800 millones de años luz, y, si se creyeran las teorías de Albert Einstein, tendría que decirse que eso ocurrió en los primeros segundos de la creación.

Muchas de estas cosas las he comentado en algunas colaboraciones que hice en el pasado sobre “Caracas la ciudad Elegida” (ver al final los artículos relacionados), como son fundamentos escritos sobre los comentarios de Pedro el día de Pentecostés, textos proféticos del Pentateuco, o la TORÁ, del pueblo de Israel, pero, con más precisión, en la canción a los hispanoparlantes americanos, que antes de las

revueltas revolucionarias ya era conocido en la ciudad de Caracas y que, después del gobierno de Guzmán

Blanco, quedó establecido como Himno Nacional de Venezuela.

Artículos relacionados.

  1. Caracas, la Ciudad Elegida. Introducción

  2. Caracas, la Ciudad Elegida. ¿Oklahoma City en Caracas?

  3. Caracas, la Ciudad Elegida. Concentración cósmica

  4. Caracas, la Ciudad Elegida, y las Columnas de Hércules

  5. Caracas, la Ciudad Elegida, y el himno nacional de Venezuela

[Col}– Luminoso iridiscente mirar interior / Eugenio Quirantes Sánchez

Esta noche se sienta orgullosa hiriendo con las sombras del Amor.
Las migrantes ideas se agolpan en cambio en el embudo de la precipitación,
pugnando a coronar el estado ebrio del exótico Dios ante su semblante.
Sólo se oyen los coches a lo lejos como bocas que susurran al oído,…
la historia.

Las mujeres me gritan con ojos de inocente perdón subyugante
escondido por entre los senos turgentes de una hembra que llora,…
de Amor.

Es necesario que todo el mundo entienda que esto no es necesario
¿Es acaso mi dilema el cambiar de dirección ante este público inesperado,
sorprendido por la eficacia de mi experiencia,… espontánea?
Es realmente que quiero preguntarme a mi interior si en verdad quiero.
Verdad es que quiero, es en cambio cierto..
sí, quiero…
trascender mi umbral hacia fuera.

En verdad, sólo para contrastar, que más egoísmo que éste… ¿puedo?
Este calor sofocante sobre mi néctar encendido para regalar las inquietas miradas
a los transeúntes compañeros olvidados en el primer agujero de todos.
¿Es necesario acaso…? ¿Por qué he de decir que no lo siento?
O en verdad me pregunto, en verdad.

Yo no quiero fama, ni medallas, mi intimidad única como un tesoro del Amor.
El escondite perfecto de mi soledad con él o ella
no es de bastos, vulgares, es de basturrios, de baja estofa,
sólo por un deseo de contrastar,… de preguntar.

Guamasa, Tenerife.

[Col}– El Espíritu Santo, la NASA, y el hombre de hoy / Vicencio Díaz

07-09-11

Durante estos días, el mundo científico está un poco confundido con los recientes descubrimientos y las expectativas de sus conocimientos.

Eso no es de extrañar cuando, voluntariamente, se ignora toda la información acumulada desde que el mundo es mundo y sólo se acepta lo que se pueda palpar y verificar con los medios disponibles dentro de los últimos cien años.

Para no entrar en complicaciones de dataciones, consideremos que el conocimiento actual tuvo su origen en los tiempos de Sumer, la civilización que fue derribada a la par que lo fue la estatua de Saddam Hussein, o sea, lo que tiene de edad la escritura y con ella la Historia.

Desde aquellos días se sabía que existían dioses, señores, y vientos por ellos generados, que movían la tierra, las aguas y generaban las lluvias. Este conocimiento, obtenido por la observación, les hizo adoradores de aquellos quienes con sus beneficios les permitían radicarse en puntos fijos, crear ciudades, edificar templos, y cultivar viñas con que sustentarse.

Eso los hizo dependientes de su conocimiento, esclavos de lo que hacían con las manos y, a la postre, se degradaron a lo que son hoy: incapaces de entender el mundo que les rodea.

El Universo que conocemos está ocupado por algo llamado materia, que los científicos de hoy conocen con profundidad, y llena el 99% de su atención, dejando de lado aquello que no entienden ni comprenden pero que saben que es necesario que exista, y es lo que enseñan en las universidades y lo que mueve a los hombres de hoy.

Pero eso no es cierto. El universo conocido —al cual llamaremos Creación— y el universo desconocido —al cual llamaremos Empíreo— existen, y no hay ningún conflicto excepto el que nos pueda ocasionar nuestra ignorancia.

En la Creación existen luces, galaxias, planetas, agua, tierra, aves mamíferos, gusanos y micropartículas que se mueven dentro de burbujas o anillos de protección; salen y entran cuerpos que pueden vencer las fuerzas que les rodean y se alimentan unas de otras, mueren y vuelven a nacer. Todo ello dentro del Empíreo. el cual le sustenta pues en él está, y se mueve, la Creación, la materia, lo conocido y común.

Dentro de ese mundo creado, alejado del Empíreo donde las fuerzas nucleares son más fuertes, en lo más profundo de las tinieblas existe un ser extraño: el hombre. Un ser hecho de aquello que le rodea pero con capacidad de aceptar dentro de sí el viento que proviene del Empíreo y que ningún otro ser puede recibir; un ser con capacidad para crecer y llenarlo todo y, aún más, llegar a hacerse uno con el Empíreo.

¡Qué cosa más grande! Eso lo sabemos todos, pero se nos dice que eso es Mitología, que es de idiotas, imbéciles, fanáticos,.. y otros calificativos. Tanto que, para no ser avergonzados, preferimos hacernos como ellos y, de esa manera, vivir como los animales, el tiempo que ellos tienen de vida, y perder la oportunidad de ser parte del Empíreo haciéndonos uno con la deidad, y entrando en la eternidad.

Ese viento extraño, que sólo el hombre puede recibir, comenzó a entrar a la Tierra desde el día de Pentecostés, día en que, gracias a Jesús, por la obediencia al Espíritu venció a la muerte y entró en la eternidad con su cuerpo —tal como el nuestro pero con el sublime aliento— para ser el primero de muchos capaces de ser conteiner de esa naturaleza y ser una nueva creación, y no más un hombre sujeto a sus debilidades y penas como los demás animales.

Ahora la NASA ha encontrado que ese viento extraño ha entrado, desde no se sabe dónde ni cuándo, pero desde una distancia de 3.800 millones de años luz, con todos los visos de ser algo como para sacar todo comentario de sus sitios Web desde el mes de abril hasta finales de agosto de 2011.

Es la radiación prometida por el Padre a Jesús, quien habita y llena la galaxia, y, habiéndolo recibido del Padre, lo envía a donde está el hombre y lo tiene retenido a la altura de las capas de Van Allen: es el Espíritu Santo —o, mejor, el Sublime Aliento— sólo destinado a los compatriotas fieles para ser infundido en ellos y redimir a la creación entera, la cual espera la manifestación de los hijos de Dios, hijos del Empíreo.