[Col}– Las crisálidas que se volvieron mariposas / Susana Tibaldi

05-01-13

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(Esta foto me fue tomada en China cuando fui allá para ver, en su origen, todo el proceso de la seda)

En  abril   de  2012   di   con  un   libro  que revivió en mí nítidos recuerdos de infancia relacionados con los gusanos de seda.

Pocos meses después de leerlo pensé comentarlo con mi hermano, pero él murió repentinamente sin poder reencontrarnos como teníamos planeado.  

En las noches siguientes a su muerte fui escribiendo el relato que sigue, en la certeza de que mi hermano tampoco recordaba lo de los gusanos de seda, y luego, en mi búsqueda de otras personas que hubieran pasado por parecidas vivencias, encontré, en el laberinto inasible que es internet y este bello blog, el artículo La seda en los recuerdos de mi infancia que precisamente cuenta los recuerdos de otro niño.

Aquí van los míos.

***

«Destino» llamamos a algo desconocido que empuja a aquéllos que se asoman a los bordes más alejados, mientras sus contemporáneos pasan tranquilos en sus espacios seguros y parejos mirando la tierra que pisan, y no saben que mas allá existe la línea del horizonte.

¿Qué divide la rutina de la aventura?

¿Qué dibuja la conjunción de astros en el cielo imaginario de la astrología, que al momento en que nacemos están justo sobre la cabecera de nuestra cuna?

¿Qué produce la convocatoria de genes de miles de ancestros que se citan para construir el cuerpo de cada nuevo humano diferente?

¿Qué llamado recibe el ángel misterioso al que le toca apadrinarnos desde lo invisible?

¿Qué…?

Mi querido hermano Newin tuvo en su partida de nacimiento un nombre desproporcionado. Lo inventó mi padre descuartizando Newton y Darwin, como las brujas medievales cuando en sus conjuros unían la piel de un sapo con los ojos de una lechuza y la médula de un gusano. El hechizo esta vez tuvo un resultado y dio un ejemplar distinto.

Cuando yo era niñita, Newin, que me llevaba más de diez años, era alguien a quien yo quería mucho. La bondad desmedida fue su primer sino diferenciador del resto de las mayorías.

Vivíamos en un pueblo donde pasaba lo mismo que en otros. Vientos terrosos que cubrían los tomates y desprendían las tiernas flores de los olivos.

Tal vez lo más importante que sucedió allí para mí fue que nací una noche, bajo un signo astrológico fatal y un ascendente inasible que determinarían, juntos, todos los días del resto de mi vida.

Una mañana —creo que era la hora en que el sol se filtra por las rendijas del enorme portón del galpón de chapas acanaladas y pintado de rojo—, Newin me propuso que lo ayudara en una empresa. No me invitó a ser socia, grave error, porque es posible que yo hubiera podido aportarle algo de luz de lo que más tarde se percibiría como mi estrella de la suerte: ese sol que iluminaria todo mi universo con la precisión de tener un Destino fijo.

Me explicó que utilizaría como materia prima gratis algo que abundaba en las calles y las riberas del río: hojas de moreras.

La moreras eran unos árboles tan grandes que formaban un túnel con sus copas a lo largo del camino al dique, una ruta de tierra polvorosa donde se hunden las gomas de los pocos autos, y que, cuando llovía, se volvían atroces, sólo transitables a caballo.

A uno de sus costados estaba nuestra casa, la única casa del pueblo pintada de rojo, a la que queríamos tanto, sin saberlo, hasta que todos nos fuimos, y mientras vivíamos en ella nuestro único pensamiento era irnos. Ésa fue una gran muesca en la personalidad de los dos, un punto en que éramos gemelos: el no poder entender la felicidad de lo simple, y que lo único que ansiábamos eran momentos diferentes al común.

Aquí, allá o en cualquier parte, la vida transcurre, y no entendimos que buscar desasosiego es una de las formas de ser distintos, de alejarnos del punto central y acercarnos a los extremos de la desdicha.

La sombra de esas moreras es un recuerdo definitivo; nunca volví a sentir otro frescor igual que el de abrazar sus manojos de hojas tiernas en plena siesta. Los frutos de aquellas moreras fueron los más dulces de todos los que luego pudimos probar.

No sé por qué este verbo lo pongo en plural, pero sentí siempre que Newin recorrió el planeta y, cuando volvió a buscar las moreras, que ya estaban secas, aceptó la precisa certeza de que aquellas moras fueron lo más dulce que llegó a su boca.

Nada dijo, pero sus miradas buscaron por doquier los troncos desaparecidos, y sus brazos hubieran querido estirarse para encontrar en sus ausentes ramas tal vez aquellos pocos años perdidos.

Estas historias, pequeñas como filigranas chinas, y terribles, suceden sólo en los pueblos polvorientos.

Newin compró los huevos en un japonés que vivía a 140 km, y los trajo como pudo. Los acomodamos en los cajones y nos miramos. A mi él me producía ternura porque ya tenía en los ojos amarillos la madeja de dolor de un futuro que él soñaba construir por sí mismo, pero que estaba allí agazapado desde el 3 de agosto en que llegó su cuerpo a esta tierra.

Cuando aparecieron los gusanos, yo, que siempre supe que mi vida seria intensa, no dormí esa noche contemplándolos. Como en un caleidoscopio, sus largos cuerpos aterciopelados fueron una pasarela hacia otro espacio y otro tiempo.

Esos gusanos, ¡que comían día y noche, y que sólo comían!, me fascinaron. De ellos aprendí que la infancia es una estadía donde lo que importa es el futuro. Para los gusanos el presente es sólo un puente entre la inmovilidad del no ser más que un huevo, y la libertad de volar como una mariposa. Ellos fueron mis mejores maestros.

Los gusanos aterciopelados. ¡Cuánto los amé! ¡Cuánto los amo aún 59 años después de la mañana en que los vi nacer! Esos seres insignificantes que nadie veía, o casi nadie. Siempre fue y será maravilloso estar entre ese número diminuto de los “casi” que ven aquellas cosas que son inexistentes a los “todos”.

Mientras mis amigas aprendían de sus padres, sus familiares o los docentes, yo aprendía las bases de la vida observando los gusanos de Newin. Seguros de sí mismos, sin asistir a un psicólogo ni hacer test vocacionales sabían para qué habían nacido. Conocían que el objetivo está dentro de cada uno, y estaban decididos a cumplirlo, como yo a los 7 años decidí cumplir el mío.

***

Cruzando el mar, mirando el cielo que se pierde sin perder su color, recuerdo los ojos celestes del librero cuando me miró sonriendo y me dijo: “Tengo un libro para usted”, y puso en mis manos “Seda”. ¡Qué bueno que haya libreros de cabecera que sepan de mí tanto como yo misma, o más!

«Seda» es uno de esos pocos libros que con certeza me han buscado; es un espejo retrovisor. ¿Cómo ese hombre de ojos azules llegó a conocerme tanto, a intuir un pasado que estaba borrado por completo?

En el lugar donde alguna vez nos vimos a lo largo de 20 o más años, fue en su librería donde, mientras yo hojeaba libros, él atendía clientes. Luego, yo me decidía por uno, pagaba y decía adiós. Así el rito se repitió casi sin palabras extras.

Ahora advierto que es posible conocer a una persona por los libros que la eligen ¿Qué es una librería sino un lugar de encuentros? ¿un lugar donde los libros acechan a quienes necesitan llegar? ¿Qué es un librero sino una Celestina que propicia y observa el instante del encuentro, como enseñó Borges?

«Seda» esta allí en el anaquel, sin piernas para correr tras de mí, sin brazos para asirme, sin voz para gritar mi nombre al verme pasar por la vereda. Los chinos y los libros son dueños de la paciencia del Universo, y, a la hora precisa, consiguen su objetivo.

Me bastó abrirlo y, como quien levanta una caja cerrada repleta de aceites florares esenciales y todos los aromas se sueltan en el aire, así fue. Pero ¿todos esos recuerdos estuvieron en mi memoria intactos, y el desconcertante Baldabiou, personaje de las páginas de «Seda», pudo desatarlos? Pero ¡si es sólo un nombre, tal vez inventado por un escritor!

Así, leyendo un libro que no busqué, me reencontré con mis gusanos sabios, los amados gusanos de Newin, descendientes de los perfectos huevos que Hervé Joncour buscó en Japón en 1860.

El camino de la seda a mediados del siglo IXX era casi impenetrable. Un europeo debía poseer un carácter especial, un sino de viajero, una estrella marcada, para animarse a recorrerlo.

Hervé «cruzó la frontera cerca de Metz, atravesó Württemberg y Baviera, entró en Austria, y llegó en tren a Viena y Budapest para proseguir después hasta Kiev.

Recorrió a caballo dos mil kilómetros de estepa rusa, superó los Urales, entró en Siberia, viajó durante cuarenta días hasta llegar al lago Baikal al que la gente del lugar llamaba mar. Descendió por el curso del río Amur, bordeando la frontera china hasta el océano y, cuando llegó al océano, se detuvo en el puerto de Sabirk durante once días hasta que un barco de contrabandistas holandeses lo llevó a Cabo Teraya en la costa oeste del Japón.

A pie, viajando por caminos, atravesó las provincias de Ishikawa, Toyama, y Niigata, entró en la de Fukushima y llegó a la ciudad de Shirakawa, la rodeó por el lado este, y esperó durante dos días a un hombre vestido de negro que le vendó los ojos y lo llevó a una aldea en las colinas donde permaneció una noche, y a la mañana siguiente negoció los huevos con un hombre que no hablaba y llevaba la cara cubierta con un velo de seda negra.

Al anochecer escondió los huevos entre sus maletas, dio la espalda al Japón y se dispuso a emprender el camino de vuelta».

Éste fue el itinerario que recorrió el francés que se atrevería a traer a Lavilledié los primeros huevos de las mejores hebras de seda. Y lo recorrería de ida y regreso cuatro veces en su vida.

Pero para que las empresas gigantes pasen a ser parte de la Historia se advierte que debe darse primero una conjunción perfecta de un hombre llamado Baldaviú, que tenga un sueño, y de un hombre llamado Hervé, que no tema cumplirlo.

Allí, en ese puntito del espacio-tiempo, es posible encontrar el pasadizo para arrancar a los japoneses algo que guardaron por milenios, y nosotros, mirándolo ciento cincuenta años más tarde, empezar a entender que el Destino es la sumatoria de destinos individuales, pequeños, insignificantes, que se cruzan y producen un hecho único que los sobrevivirá mas allá de sus nombres.

Para ello los dos debían encontrarse en el bar Verdum a beber Pernod y mirar juntos un atlas donde estaba fijo, esperando a Hervé, un pueblo montañoso de Japón en el que se escondían celosamente «los huevos de gusanos que, al hacerse capullos, darían una seda tan fina que en las manos se volvía aire».

No hay elección. El Destino es una obra que está escrita antes de saber que nosotros seremos sus actores, ni cuando se alcanzará el “clímax” ni cuáles serán sus diálogos ni en qué teatro tendremos que representarla ni con quien… Vivimos sin saberlo. O, al menos, sin saber que algo nos espera y que puede tirarnos en medio de lo increíble para salir de los «todos» y empezar a ser parte de los “casi”. Volvernos otro de lo que teníamos pensado que seríamos.

Newin y yo vinimos marcados para ser, en pequeña escala, parte de los “casi”, pero él nunca lo sabría, y yo lo supe cuando ya él no estaba para contárselo.

***

El calor en aquel pueblo es normal, y las horas de sol se llaman siesta, y las siestas son para dormir. Newin y yo amábamos esa hora: el calor intenso, el silencio del resto de los humanos que desaparecían dejando un vacío maravilloso donde él me leía la historia de Aníbal Barca, el cruce de los Alpes en Elefante, la Gran Marcha de Mao por la Manchuria desolada, y la huida desesperada de Chang Kai Shek a su isla refugio.

Pasábamos juntos por la Historia desde el 300 a. C. al siglo XX con la serenidad de dos fantasmas para quienes el tiempo y el espacios son invenciones inútiles. Mirábamos los dos un globo terráqueo imaginario, porque los dos lo conocíamos de memoria milímetro a milímetro, y soñábamos dónde empezar a cavar un pozo profundo, profundo, profundo para cruzar por el medio del planeta hasta llegar a China y decirle a Chang Kai Shek que lo admirábamos, colgar una cinta roja en el Árbol de la Felicidad que está en el centro de Shangai, y regresar corriendo para alimentar a los gusanos.

Mi pueblo quedaba exactamente en las antípodas de Pekín, y parecía lógico que un túnel, en línea recta por el centro de la Tierra, era una idea fantástica. Lo mejor de mi infancia es que fue la etapa en la cual no tuve miedo a nada. Luego empezaría por temer a las arañas, después a los ascensores, y más tarde a las alturas, a los precipicios, a los túneles bajo tierra, a las cavernas llenas de estalactitas, al silencio, al ruido intenso, a los humanos perversos,… y luego temeré a mi sombra y terminaré por hundirme en ella para no verla más.

A veces yo leía poemas infantiles de Germán Berdiales, sentada bajo el emparrado donde miraba balancearse los racimos de moscatel —había tanta uva que resultaba una fruta cansadora; simplemente estaban, y nos aburrían el sólo verlas— y las ollas de dulce acaramelado que preparaba mi madre y que hoy pagaría cualquier precio por volver a comerlas.

Me impresionaba tanto la certeza con que Berdiales afirmaba en su poema «un día seré herrero dueño de una herrería». Yo también, cuando el aburrimiento me atrapó y fue un virus atroz que nunca me dejaría, entendí que también me iría para siempre de ese piso de ladrillos donde el sol dibujaba mandalas con formas simétrica al filtrarse entre las hojas de las parras.

Yo también tendría «una fragua donde atizaría preciosas pedrerías… con los brazos desnudos, abierta la camisa…». Trabajaría incansablemente para construir mi propio castillo de sueños y encontrar el hada mágica que me ayudara a volverlo real.

Berdiales escribió su poema con una increíble metáfora donde se planteaba la lucha imaginaria de un niño para conseguir consolidar un deseado futuro en el cual lograr, por sus propias fuerzas y trabajo, un objetivo. Yo lo repetía una y mil veces como si fuera el preámbulo de la Constitución que regiría mi vida.

En esos años tenía yo una hamaca que los Reyes Magos, que existen cuando se tienen 7 años, me habían traído un 6 de enero. Esa hamaca fue gloriosa, algo con lo que llegué a identificarme tanto que a veces siento hoy que sigo balanceándome en ella, que tengo las manos apretadas sobre sus cadenas, y todo se mueve al mismo ritmo. Colgaba precisamente de la rama de una morera, una morera macho que nunca dio frutos pero sirvió para sostenerla.

Balanceándome preparé gran parte de todo, o, mejor, de lo que entonces eran imágenes y que, avanzando hacia adelante, se volvieron vivencias.

¿Por qué mis proyectos descabellados, esas fantasías que llegaban montadas sobre los grandes copos de nubes blancas que traían los vientos del sur, se cumplieron con la puntualidad de un mandato, y los de Newin se deshilacharon como los pañuelos de colores repletos de peticiones incumplidas que cuelgan los tibetanos en las laderas del Monte Everest?

En esas tardes, hamacándome, no lo sabía y no hubiera podido hacer nada por evitarlo. Allí supe que no dejaría nunca de leer, y que el aburrimiento era una enfermedad congénita con la que sobreviviría sin encontrarle remedio.

***

Los gusanos de Newin crecían por minutos, y yo pasé ese verano observándolos. Ningún adulto conocido podía brindarme mejor experiencia ni mostrarme con mayor exactitud la puerta de entrada a la vida. Entendí por ellos que había una sala de espera, pero esa espera no era inútil y vana sino un inmejorable momento de crecimiento.

Mi padre y mi madre eran dos seres buenos, leían y tenían tantos libros como si ésa fuera una excelente razón para habitar este planeta. Nuestra casa era grande para los pocos humanos que la habitábamos, pero faltaba lugar para nuevos libros y discos.

Los discos eran de pasta, y luego long-plays. Ocupaban espacio físico cierto, y tenían para ellos dos habitaciones completas; un escritorio donde colgaban en las paredes mariposas que mi padre encontró en sus viajes, y que volvió cuadros; y algunas fotos de otros humanos, considerados importantes como Darwin, Newton, Curi, Montesori, o Erasmo.

Pienso que mis padres no estaban destinados ni al Cielo ni al Infierno, no eran parte de los «todos» ni de los «casi» sino de ese grupo que irremediablemente sería destinado al Limbo. Ahora el Papa decidió que el Limbo no existe más, oficialmente se decretó su abolición por las altas autoridades de la Iglesia Católica, por lo que todos los que por milenios fueron al Limbo, por el mismo decreto papal desaparecieron por toda la eternidad. Incluso mis padres, tal vez.

Ellos —a quienes observé leer tantas horas, y conversar sentados en la galería de baldosas con arabescos, y beber pineral y cerveza y fernet con quesos de sabores picantes, fiambres importados, aceitunas negras y amigos, amigos, tantos amigos, extraños y desasosegados como ellos—, ¿dónde estarán?

Claro, ahora encuentro la palabra para definir sus búsquedas: desasosiego. Daban la sensación constante de que recién entraban a vivir, que venían de una infancia sin gusanos, donde nada aprendieron sino el desconcierto de ser humanos, cuando en realidad estaban al final y no se daban cuenta de que, cerca, les esperaba la muerte.

Desconocían la palabra ahorro, organización, sistema. Yo los observaba desde mi hamaca como si fueran insectos bajo la lente de un microscopio: tan frágiles en esa pradera pequeñita de la que nunca saldrían, su dedicación al intelecto y el mundo de las ideas.

No, yo no sería como nadie de esta casa grande de paredes pintadas de rojo; no sería como nadie de todo mi pueblo; no sería como nadie. Sólo admiraba los gusanos de Newin.

Cuando iba a mis clases de piano le preguntaba a la Hermana Balbina qué es el Limbo. El lugar donde van los mas buenos, los puros de corazón. ¿Y qué hay allí? No lo sé.

El verano pasa muy lento en los pueblos polvorientos, y el mío no era una excepción.

Con Newin seguíamos cortando brazadas de hojas de morera, y yo asistía con atención a las clases magistrales que me daban sus gusanos: la espera debía aprovecharse para comer, para crecer, para fortalecer mente y cuerpo; lo demás llegaría si se tenía la precaución de prepararse correctamente.

***

Los primeros europeos en robar a los japoneses huevos de gusanos de seda fueron los italianos. Ninguno de mis ancestros en la Italia de 1860 debe haber soñado que 100 años más tarde yo usaría a los descendientes de aquellos gusanos como maestros para planificar mi pequeño e individual camino.

Ver como las láminas de clorofila eran devoradas por esos relucientes seres poseedores de una inteligencia diferente a todas las conocidas, era una diversión y un permanente trabajo de evolución.

Ellos sabían el para qué de estar en ese cajón, y hacia dónde irían después; algo que parecían no saber los humanos sobre sí mismos. Conocer el Destino es una ventaja porque permite marchar en línea recta.

Para los «casi» el Destino es un lobo hambriento que nos acecha en las encrucijadas; comprendemos que es nuestro, que está allí siempre y que no podemos dejar de cumplirlo, pero el desconocer cómo presentará cada jugada, asusta. Los “todos” parecería que no saben, o no les interesa saber que es posible tener un Destino.

***

He subido por el globo hasta casi el Polo Norte buscando las auroras boreales, para encontrar la permanente luz de los días sin noches.

He bajado hasta el Erg Chebbi, un campo de dunas móviles en el desierto de la frontera con Argelia, en un viaje que lo que más requiere es paciencia y espíritu de aventura, porque las carreteras de Marruecos están hechas para camellos.

Sola, cuando la oscuridad cae sobre el desierto es un manto protector; al dejar de ver las dunas desaparece el desierto y queda la soledad. Esto es una frase, pues siempre el miedo sigue allí, irremediable; es el mismo que sienten hasta los animales cuando van por lugares extraños.

Las aves migratorias, antes de iniciar sus viajes se reúnen nerviosas volando en grandes círculos, se llaman, se dan ánimo hasta que por fin se van. Ver el inicio de una gran migración es algo perfectamente maravilloso. El desorden previo se vuelve una formación compacta, precisa, alineada. Es un todo que se vuelve uno en la decisión de seguir un mandato ancestral que supera el miedo.

Aún en el siglo XXI, en Erg Chebbi, América parece estar tan lejos, tan lejos, que el sólo pensar en ver un rostro occidental es como si fueras a encontrarte con un amigo, con alguien que sabe mucho de tu vida porque ha vivido en los mismos lugares.

Hay una empatía celular: sólo basta sonreír para entender que en algún segmento del ADN tienes un pariente común; los ojos, la piel, el idioma, son plantas de una misma raíz . Pero no encontré ninguno, solo los bere-beres con sus mantos azules, mirándome con ojos de una negrura espeluznante.

Me conectaba con ellos sonriendo; no había muchas formas, pero en el elemental idioma de las necesidades que compartimos todos los humanos es fácil comprendernos sin palabras.

***

Una mañana los gusanos de Newin comenzaron a quedarse muy quietos y con las cabezas levantadas, como en un estado de trance. Así estuvieron largas 24 horas, hasta que fueron a pegarse a las ramas y envolverse rápidamente en un hilo tan fino que tejían formando un capullo que los iba aislando.

Ya no podíamos seguir tratándolos como animales, suministrándoles agua y comida y un lugar fresco y seco. No existía internet, y en la única librería del pueblo nos miraron asombrados.

—¿Un libro sobre cría de gusanos de seda? —preguntó Don Ortiz—. Pero, ¿quién cría eso acá?

—Nosotros— dijo Newin, involucrándome en su empresa.

Y a los pocos días el librero había traído un ejemplar, muy desojado y sin tapas, sobre el tema de nuestra preocupación.

En el desojado libro se explicaba que, según la tradición china, la seda se descubrió en el año 2640 a. C., en el jardín del emperador Huang Ti. Y, de acuerdo con la leyenda, Huang Ti pidió a su esposa Xi Lingshi que averiguara qué estaba acabando con sus plantas de morera.

La mujer descubrió que eran unos gusanos blancos que producían capullos brillantes. Y, al dejar caer accidentalmente un capullo en agua tibia, Xi Lingshi advirtió que podía descomponerlo en un fino filamento que podía enrollarse en un carrete.

Había descubierto el hilo de seda, secreto que mantuvieron guardado los chinos durante los siguientes 2.000 años. La Ley Imperial decretó que todo aquél que revelara ese secreto tendría la pena de muerte.

Pronto descubrieron que los gusanos poseían una personalidad definida: detestaban el frío, el desorden, el ruido, las personas nerviosas y tristes, las mujeres embarazadas, el humo del tabaco, y los olores fuertes. Cuanto más especial era el trato que se les daba, más especial era el capullo que producían.

Después de formados los capullos, las dos glándulas de seda que los gusanos tienen a lo largo del cuerpo empiezan a segregar una mezcla semilíquida, y las hebras de ambas glándulas se combinan en un solo filamento.

Primero se fijan haciendo una fina red. Luego, con un movimiento en forma de 8, los gusanos menean la cabeza de un lado a otro y lentamente van construyendo un capullo impermeable que los cubre por completo. Tardan unos tres días en hilarlo, proceso durante el cual sacuden la cabeza unas 300.000 veces.

Si la metamorfosis se completa, el gusano supera la etapa de crisálida y se convierte en mariposa al cabo de dos semanas, aproximadamente; en ese tiempo las enzimas segregadas por el capullo ablandan éste y sale la mariposa,… para iniciar un nuevo ciclo de vida.

En el caso de ser utilizados para obtener su seda, sólo se permite llegar a mariposa en pocos casos, para preservar la especie; a los demás se los mata en la etapa de crisálida. Se evita que el capullo se dañe al salir la mariposa, y puede recuperarse la fibra entera.

El desenrollado de la fibra se realiza remojando los capullos en agua tibia para encontrar la punta del filamento de seda, que se devana en un carrete. Las fibras de varios capullos —por lo general entre cinco y ocho— se enrollan en el mismo carrete, para obtener un hilo suficientemente grueso. Hoy se usan devanadoras automáticas.

La seda llegó a Occidente hace siglos, decía el libro desojado y sin autor visible. Ahora sé que la trajo Hervé, y que sigue siendo la tela más preciada. También explicaba que los gusanos de seda fueron bautizados con el nombre oficial de Bombyx mori, y que cada capullo daría un kilometro y medio de hilo.

En medio de estas enseñanzas, nos enteramos de una leyenda, y a esta altura de la información ya habíamos entendido los dos que más nos interesaban las leyendas que las técnicas.

En el año 550 d. C. llegaron a Constantinopla dos monjes y ofrecieron al emperador bizantino, Justiniano I, el secreto de la seda, para lo cual habían logrado sacar de China los huevos intactos dentro de unos bastones de bambú.

Pero además de los huevos debían conseguir las moreras para que comieran los gusanos al nacer, y allí sólo había robles para ofrecerles. Así, los primeros gusanos que comieron hojas de roble dieron una seda de muy inferior calidad.

Mientras esto ocurría, en forma oculta continuaba el trafico ilegal de telas por el largo y misterioso Camino de la Seda de más de 5.000 Km que los comerciantes recorrían, desde Luoyang hasta Italia, durante 8 meses, transportando la seda confeccionada en Japón y también en China.

Newin seguía leyendo el desojado libro, y yo lo escuchaba, más por el asombro, pues a esta altura ya el interés en la empresa había desaperecido. Sin decir palabra alguna los dos estábamos enfrentados a un horror para cuya comisión teníamos una incapacidad innata: habernos decidido a trabajar en algo para lo cual éramos esencialmente incapaces. Nunca jamás, por ningún dinero, mataríamos las crisálidas de esos gusanos inteligentes para vender los capullos.

El libro seguía explicando que las tierras de clima templado, con altitud de 100 metros y temperaturas de 16 a 25 grados, resultaban las mejores. Y la mejor estación de crianza era la primavera porque era el momento en que brotaban las moreras, por tratarse de un árbol caduco que pierde sus hoja en invierno.

La mejor seda es la que se logra con un proceso manual en el cual los capullos son introducidos en agua tibia, y el hilo se va desenrollando suavemente para no cortarlo.

Luego venia una explicación minuciosa de siete pasos perfectamente definidos para alcanzar una pieza de seda deliciosa, perfecta, artesanal, preciada y decididamente digna del traje ceremonial de un mandarín chino.

1. Cultivo del gusano de seda. En un espacio sombrío y aireado, y en una superficie aislada del suelo, se colocan los capullos, habitualmente en una cama de hojas de morera situada sobre cañas o cartón perforado. Durante los 45-50 días, desde que rompe el huevo hasta que se extrae el capullo, los gusanos necesitan ser atendidos permanentemente, alimentándolos dos veces al día, limpiando su lecho con frecuencia, y manteniendo una temperatura entre 19°C a 25°C.

2. Extracción. A partir del décimo día del capullaje se desmonta el entramado de hojas y se separa cada capullo, quitándole la borra y las impurezas. Como la crisálida sigue viva se ‘ahoga’ con vapor o aire caliente (tradicionalmente, una sábana al sol), y, si es necesario, se procede al secado y a la selección de los capullos para su venta o hilado. En este punto finaliza el trabajo de los agricultores.

4. Hilado o ‘sacado’. Con esta actividad se inician las labores de la industria textil o del artesano sedero. Para deshilar el capullo, que puede tener entre 800 y 1.500 metros de hilo, se cuece en una caldera de cobre con agua a una temperatura de 80 a 100°C, para que quede limpio del gres y afloje el hilo de seda, momento en que el artesano los deshila con una escobilla para pasarlos a un torno manual que va formando madejas. Al devanado simultáneo de varios capullos se le llama seda cruda o en greña ‘emparejar’. Las madejas se colocan en la devanadera grande, y de ahí a la zarja (torno más pequeño) con 2 o 4 ruedas según el número de hebras que se quieran obtener, hasta los cañones, y en este momento se introduce un huso en el cañón que se gira para formar con las 2 o 4 hebras un único hilo de mayor consistencia. Para evitar las asperezas de la seda, y que ésta coja más torcedura, se humedecen las hebras. Finalmente se obtienen madejas.

4. Guisado. Las madejas se cuecen y blanquean con agua y jabón para quitarles las asperezas debidas a la sericina, removiéndolas para que se blanqueen por igual. Se aclaran con agua y se secan al sol.

5. Teñido. En este momento se puede proceder a teñir la seda con tintes naturales, o dejarla en su color original (blanco, amarillo, verde o rosa pálido).

6. Trenzado. Todavía en madejas, la seda vuelve a los cañones para hacer la urdimbre.

7. Tejido. La trenza obtenida pasa al telar donde empieza la tejeduría».

Estábamos congelados, el corazón congelado, los ojos fijos en un punto perdido en cualquier parte del emparrado. Newin leía en voz alta, y yo sólo escuchaba por conocer lo que no haríamos, por conocer lo que debimos conocer antes y no ahora cuando esos miles de gusanos espeluzados se transformaron en una parte importante de nuestras estáticas e inmóviles vidas de pueblo.

Esos gusanos que nos mostraron lo que era la decisión, la voluntad de plantearse una meta, y luego el valor de cambiar, hacer un giro de 180 grados y dejar lo que sabían —que era comer y trepar entre las hojas y las ramas— para dedicarse a algo nuevo, diferente, increíblemente difícil, como tejer un capullo con 300.000 movimientos de su cabeza, de un equilibrio copernicano.

Con Newin no nos dijimos nada porque nuestro lenguaje más fluido siempre fue el silencio, y cada uno buscó su lugar favorito: él en la biblioteca leyendo Nietzche, y yo en mi hamaca contemplando los dibujos inciertos de los cúmulos–nimbos que subían del sur con sus cargas de agua.

El reloj no se detuvo; cada quien debía seguir cumpliendo su propio Destino.

Ya en esa primera juventud resultó evidente que él no tenía conciencia del fracaso, que esa palabra no estaba escrita en su diccionario, y que contaba con la incalculable ayuda de olvidar.

Diez días más tarde nos asomamos y, por el fino alambre de mosquitero que cubría los cajones, vimos un revoloteo de cientos de alas.

Nacieron con la puntualidad prevista, porque nada en ellos está librado al inconsciente azar. El tiempo para los gusanos de Newin no era una palabra más. Su férrea voluntad de respetarlo me hizo entender que allí estaba la clave, la clave que yo presentía, la clave que mis padres no habían encontrado, la cifra que Borges imaginó que se esconde en la piel del jaguar. A falta de jaguares, y sin buscarla por casualidad, la encontré: la clave de la vida es que todo es tiempo.

Abrió Newin la tapa de alambre y salieron en revoloteo; ninguna mariposa miró hacia la otra. Cada una se elevó por sí y se perdió entre las hojas de todos los árboles.

Ellas también tenían un Destino, sin duda muchas habrán caído al agua del río, y otras habrán buscado en vano donde unirse y dejar sus huevos. Sólo unas pocas encontraron las moreras y pudieron dejar sus huevos para una nueva generación, cerrando el círculo de sus vidas, saltando hacia el futuro y muriendo en paz, tan lejos de China.

Mi relación con el tiempo siempre fue desequilibrada y personal. No había leído a Einstein, y ya los días de mi infancia eran interminables, las horas se extendían en las tardes sin fin y entraba en un pánico de claustrofobia. Las tardes eran burbujas herméticas de las cuales no podía salir.

Leía hasta cansarme, y luego pensaba y me hamacaba y miraba el cielo y hablaba con los pájaros y buscaba iguanas entre los cañaverales azulados. Bajaba al río, que corría siempre con la misma agua sin terminar de irse, y los sauces se balanceaban.

Regresaba hacia las líneas de moreras y escuchaba al zorzal que llamaba a no sé quién con un silbido que también se petrificaba en el aire. Allí estaba aún el crepúsculo inacabable apresándome en la peor de las angustias: el aburrimiento.

Después que las crisálidas se volvieron mariposas, también se fue Newin. Lo miré alejarse con su maleta, con su Destino siguiéndole a pocos metros, y la soledad precediéndole para ayudarle a equivocar siempre su camino, hasta la misma noche de primavera en que la soledad se le hizo irresistible y prefirió la nada.

Susana Tibaldi (Córdoba, Argentina)

[Col}– España. Un caso real, un lamento generalizado

02-01-13

Natividad Recio

Hoy fue un día espeso.

Mi madre lleva 33 días hospitalizada. “El médico” pasa, cuando puede, entre las  9 y las 15, y si preguntas a la enfermera no sabe nada, dice que no está informada de las horas. 

Hoy he estado en espera desde las 10 a las 14:45. A esa hora se apareció por fin «el señor», y fue una suerte, pues era un tío legal. Cuando le pedí que se explicara, se sentó y se dignó contarnos, a mi madre y a mí misma, de qué se trataba la cosa. Mañana la trasladarán a Fuenfría (1), un hospital de larga estancia para curarle un herida que tiene en la pierna.

Hoy era un día raro en el hospital, fin de huelga de médicos. He conocido en estos 33 días a varios médicos que se iban  pasando la paciente a base de informe de computador y enfermera, por lo que hoy, que han llegado todos a la vez y con ganas, las enfermeras estaban desbordadas, y un poco pasadas —quemadas, diría yo— y los familiares también; todo era más lento.

Paciencia. En una de estas idas y venidas, me he acercado al garito de los médicos y allí me encontré con uno de estos los dioses derrotado: 38 años, médico, e imagino que con su real MIR (Médico Internista Residente), una especialidad. ¿Cuántos años ha dedicado a prepararse —me pregunto—, para llegar hasta aquí?

«O  haces   lo  que  te  digan   o te  vas  a  la  calle,   que  hay  muchos esperando; esto está mal. Dos hijos, y me moriré sin poder pagar la hipoteca. Su generación fue afortunada —me dijo, y yo me sentí mal—. ¿Qué nos pasó? Nos pasó que mi generación le hizo creer a nuestros hijos que éramos ricos, cuando en realidad crecimos sin agua corriente, con los segadores durmiendo en las cuadras durante el poco tiempo de la siega, y comiendo a diario cocido y sopas de ajo; de esto no hace tanto. Todo el dinero que nos llegó de Europa lo derrochamos en mármol, y ahora Macael (2) está en bancarrota».

Y en esto cayó en mis manos El Mundo de hoy donde leí acongojada que «El suicidio laboral desborda Francia – París. La línea de Metro que nace en La Défense, está acristalada».

Y me digo que hay que volver a leer El hombre en busca de sentido que nos ayudará quizás a retomar las ganas de vivir con ilusión y armonía.

Ante todo esto, he colgado en mi balcón una sábana blanca (3). Lo vi el otro día en Madrid en algunos balcones del Centro.

Os deseo un venturoso 2013, ya pasado y cerrado el 2012 sin fin de los tiempos; un 2012 que nos hizo darnos la vuelta para ver el entorno de forma diferente: todo patas arriba.

Ahora vamos a encarar el 2013 con la fortaleza de que disponemos para segar todo lo superfluo e innecesario en nuestras vidas. El 2013 nos liberará de cosas vanas y, con la energía de nuestros huesos, saldremos hacia adelante sin que nada ni nadie pueda oponerse, y con el secreto de la vida en nuestro bolsillo.

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(1) Este hospital está muy lejos de Madrid; necesitamos dos horas y media para llegar, y otras tantas para volver. Eso significa que no podremos ir a ver a mi madre todos los días, como sí podíamos en el hospital en el que estaba ahora.

(2) Pueblo de Andalucía que vivía de la industria del mármol.

(3) Ahora en España existen distintos colores para las distintas mareas que protestan. El blanco es para la Sanidad.

[Col}– El buque Vasa, de Estocolmo, y cómo fue recuperado / Ricardo Ramírez Gisbert

03-09-12

Ricardo Ramírez Gisbert

El Museo Vasa, en Estocolmo, es el más visitado de toda Escandinavia: recibe una abundante cantidad de visitas que supera el millón de personas por año.

Esta cifra es, desde luego, impresionante, y antes de conocerlo debo reconocer que no me llamó demasiado la atención un museo que albergaba únicamente un buque de guerra del siglo XVII.

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Al mismo tiempo pensé que tantas personas juntas no pueden equivocarse, y decidí visitarlo. ¡Qué equivocado estaba! Conocer el museo me puso carne de gallina y me impresionó gratamente. Pero mi mayor interés sobre el buque Vasa se relaciona, no tanto con su historia en sí, sino en cómo fue recuperado.

Breve historia del Vasa

Después de haber zarpado del puerto en su gloriosa inauguración en el año 1628, el buque naufragó de forma casi instantánea en el propio puerto de Estocolmo —ante la mirada incrédula de la muchedumbre que presenciaba aquel gran evento—, sin haber navegado siquiera en mar abierto y sin haber chocado contra ningún elemento, en el mejor estilo del Titanic.

El buque presentaba serios errores de construcción y, al zozobrar, se intentó recuperar sus restos pero, ante la imposible tarea, el buque Vasa permaneció abandonado y dormido por más de 300 años en el puerto de Estocolmo a una escasa profundidad de 32 metros.

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Un barco hundido genera mucho interés; representa en sí una cápsula del tiempo, y puede generar muchas preguntas en torno al por qué de su hundimiento y también a la técnica, estilo de vida y costumbres de una época ya enterrada.

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Visitar un naufragio de estas características debe ser como realizar una autopsia a un cadáver. 300 años de abandono no responden a una falta de interés en el asunto, todo lo contrario, recuperar un buque de 69 metros de largo requería de una tecnología adecuada, y ésta no llegó hasta mediados del siglo XX.

La asombrosa recuperación

En 1956 fue localizada la posición exacta del buque y, después de una exhaustiva inspección submarina, se estrechó una colaboración, entre la Armada Sueca y la Compañía Naviera Brostroms, para efectuar los trabajos de rescate.

La inspección arrojó resultados esperanzadores al comprobarse que la baja salinidad del Mar Báltico había ayudado a preservar la madera del casco. Para poder levantar la enorme nave se ideó crear una especie de “jaula” de cables de acero, con la difícil y riesgosa tarea de horadar el fango por debajo del casco, con el consecuente peligro de que la estructura del barco pudiera ceder y aplastar a los submarinistas.

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Luego de esta acción se precedió a tensar los cables mediante grúas y, poco a poco, en un procedimiento que tuvo 18 etapas, el Vasa salió de las profundidades hasta tierra firme.

Sin embargo, ahora vendría el proceso más delicado y engorroso: comenzar a unir las piezas de un gigantesco rompecabezas. Después de retirar el abundante fango se decidió experimentar con una solución para conservar la madera, que endurecía las células y evitaba que se agrietara. En un ambiente con una humedad y temperatura controlada, se estuvo rociando e impregnando la madera por un tiempo de ¡nada más y nada menos de 18 años! El proceso de impregnación culminó en 1979.

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Al tener la madera perfectamente curada y restaurada, se comenzó a armar el buque ante la dura decisión de o bien dejarlo como estaba o a reemplazar y construir las piezas faltantes. Al final se reconstruyeron las piezas necesarias y se armó de la misma forma como fuera armado el día de su estreno.

El enorme esfuerzo se vio recompensado en 1990, cuando finalmente se inauguró el Museo Vasa de Estocolmo. Su recuperación contribuyó a revelar las condiciones de vida en los navíos de la época, y a responder incógnitas sobre un episodio apasionante en la historia de Suecia.

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Ahora comprendo por qué es el Museo más visitado de Escandinavia.

Recomendaciones

Su conservación continúa hasta el día de hoy, y el museo hace grandes esfuerzos para conseguirlo.

La iluminación artificial del museo es bastante tenue, y la atmósfera dentro de él es completamente controlada, por eso, si se quiere hacer buenas fotos, recomiendo llevar un trípode.

Para ver más, El arquitecto viajero

Cortesía de Antonio Ramírez

[Col}– Acerca de lo que ha dicho el Papa Benedicto XVI / Leonardo Masina

NotaCMP.- Acerca de esto han corrido ríos de tinta —o, más bien, de bytes— que aún no paran.

Abrumado por tal aluvión, no hice nada al respecto, pero ahora el amigo Leonardo Masina ha preparado un buen resumen, hasta con toques de humor negroide, que copio a continuación. Gracias, Leo.

Al leerlo, y leer lo aparecido en la prensa digital, me pregunto si no será cierto que Benedicto XVI está senil o que está rodeado de lobos, pues si así pretende atraer fieles a la Iglesia Católica, me temo que ha errado el camino.

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22-11-12

Leonardo Masina

Uno se acostumbra a leer en la prensa tantas chorradas que muchas veces le cuesta distinguir el trigo de la paja y, aunque me excomulguen, ésta no la puedo dejar pasar y, por tanto, voy a dar mi opinión.

Ahora resulta que, después de más de 2.000 años, nos sale un “testigo ocular” y nos viene a decir que en el pesebre no había ni mula ni buey. ¿Acaso no podía tratarse de un BURRO y una VACA? Y si hubiesen sido borregos, ¿no daba lo mismo? Y ¿quién puede afirmar que, en realidad, Cristo nació en un pesebre?

Por lo que dice y cuenta, posiblemente una monja hizo de partera y por eso ésta pudo corroborar, confirmar y asegurar, lo de la virginidad de María. ¡Y menos mal que no estaba presente la tal Sor María porque, de haberlo estado, seguramente el niño habría ido a parar a otra familia!

Sí, me refiero a Sor María, monja muy famosa aquí en España porque, hace unos 30 años le decía a alguna que otra madre que su hijo había nacido muerto, y luego lo “daba” en adopción a otra familia con mayores méritos,… por supuesto, a cambio de una “pequeña” colaboración espontánea.

Dentro de poco saldrá a la luz que Herodes no era, nada más ni nada menos, que el mismísimo Ayatolá Jomeini, y que Yasir Arafat era posiblemente un “samaritano”.

Por si alguien todavía no lo hubiese averiguado, Herodes el Grande, rey de Judea, nació el año 73 a.C. y, según los historiadores modernos, murió después de un eclipse de Luna que pudo verse desde Jericó y antes de la Pascua Judía. Dicho eclipse podría corresponderse con el sucedido el 13 de marzo del año 4 a.C.

Por tanto, Herodes el Grande pudo haber muerto a finales de marzo o a principios de abril de dicho año. Así podemos establecer una primera acotación en las fechas: la Natividad debió acontecer antes del 4 a.C. Ahora bien, si volvemos al Evangelio de Mateo tenemos que: “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos”. (Mateo, 2. 16).

Si el hecho fue así, Jesús tendría como mucho dos años al dictar Herodes la degollación de los santos inocentes. Por lo que, basándonos en el Evangelio de Mateo, podríamos establecer una fecha para la Natividad entre el 7 a.C. y el 5 a.C.

También dice el Papa que “Jesús nació en Belén en una época determinada con precisión: en el año 15 del imperio de Tiberio César”.

Al respecto, véase AQUÍ una tabla muy interesante. Creo que un buen regalo para el Papa en estas Navidades sería un libro de Historia.

¡YO NO ME ESTOY INVENTANDO NADA, TODO ESTÁ ESCRITO!

El Papa dice que no hubo buey ni asno en el portal de Belén, y que la Virgen lo fue “sin reservas” (Libertad Digital/AGENCIAS 2012-11-21)

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El papa dice que el nacimiento virginal de Jesús no es un mito, sino una verdad «sin reservas»

  • Así lo afirma Benedicto XVI en su libro ‘La infancia de Jesús’, presentado este martes en el Vaticano, y desde este miércoles en las librerías.
  • «¿Es cierto que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen? Sí, sin reservas», dice.
  • Añade que en el Evangelio no se habla del buey y la mula en el pesebre.
  • El libro ha sido editado en nueve idiomas, entre ellos español, y sale con una primera edición global de un millón de ejemplares.

(EFE. 20.11.2012 – 12.16h)

Jesús nació en Belén en una época determinada con precisión, en el año 15 del imperio de Tiberio César, y su nacimiento virginal «no es un mito, sino una verdad», asegura Benedicto XVI en su libro La infancia de Jesús, presentado este martes, en el que también señala que en el Evangelio no se habla del buey y la mula en el pesebre.

El Papa también desmiente a San Agustín, que afirmó que la Virgen María habría hecho un voto de virginidad. En el libro, el Papa Ratzinger señala que en el Evangelio «no se habla de animales» en el lugar donde nació Jesús, pero, tratándose de un pesebre, «el lugar donde comen los animales, la iconografía cristiana captó muy pronto ese motivo y «colmó esa laguna» y ninguna representación del Portal de Belén renuncia al buey y a la mula.

En el texto, el Pontífice también desmiente a San Agustín, que afirmó que la Virgen María habría hecho un voto de virginidad y se habría comprometido con José para que la protegiera, señalando que esa reconstrucción «está fuera del mundo judío del tiempo de Jesús».

«¿Es cierto que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y nació de santa María Virgen? Sí, sin reservas», afirma el Pontífice, que señala que hay dos puntos en la historia de Jesús en los que la acción de Dios interviene directamente en el mundo material: en el parto de la Virgen y en la Resurrección del Sepulcro, «en el que no permaneció ni sufrió la corrupción».

Benedicto XVI subraya que si a Dios sólo se le permite actuar en la esfera espiritual y no en la material, «entonces no es Dios», pero que sí tiene ese poder.

La infancia de Jesús, tercer libro de la trilogía de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI —se usan los dos nombres ya que los comenzó siendo cardenal—, sobre Jesús de Nazaret, ha sido editado en nueve idiomas, entre ellos español, y sale con una primera edición global de un millón de ejemplares.

Por capítulos

El libro, de 176 páginas, consta de un prólogo del Papa y está dividido en cuatro capítulos y un epílogo. El primer capítulo está dedicado a la genealogía del Salvador en los evangelios de Mateo y Lucas, muy diferentes ambos, según señala, pero con el mismo significado teológico-simbólico: la colocación de Jesús en la Historia.

Benedicto XVI señala que Jesús no nació y apareció en público en una fecha imprecisa, sino que se sabe muy bien quién es y de dónde viene, y que pertenece a una época «perfectamente datable, y a un ambiente geográfico perfectamente indicado».

Jesús nació —escribe el Papa, echando mano del Evangelio de Lucas— en el año 15 del imperio de Tiberio César.

El segundo capítulo está dedicado al anuncio del nacimiento de Juan el bautista y de Jesús, y en el mismo Benedicto XVI escribe que, leyendo el diálogo entre María y el ángel Gabriel, se ve cómo Dios, a través de una mujer, busca «un nuevo ingreso en el mundo».

María, subraya el Papa, «aceptó la voluntad de Dios, trató de comprender, y se mostró como una mujer valerosa, de gran interioridad».

El tercer capítulo está dedicado al nacimiento en Belén y al contexto histórico del nacimiento de Jesús, el imperio romano que bajo Augusto se extiende entre Oriente y Occidente y que con su dimensión universal «permite el ingreso en el mundo de un universal portador de salvación».

El cuarto capítulo está dedicado a los Reyes Magos. En el texto, el Papa reconstruye una amplia gama de información histórico lingüística y científica.

Epílogo

En el epílogo, Benedicto XVI echa mano del Evangelio de Lucas y cuenta el último episodio de la infancia de Jesús, la última noticia que se tienen de él antes del inicio de su vida pública con el bautismo en aguas del río Jordán.

Se trata del episodio de tres días durante la peregrinación de la Pascua, en la que Jesús, que tiene doce años, se aleja de María y José, y permanece en el Templo de Jerusalén discutiendo con los doctores.

Jesucristo nació en Belén en una época determinada con precisión y su nacimiento virginal «no es un mito, sino una verdad», asegura Benedicto XVI en su libro La infancia de Jesús, en el que también señala que en el Evangelio no se habla del buey y el asno en el pesebre.

En el libro, el Papa Ratzinger señala que en el Evangelio «no se habla de animales» en el lugar donde nació Jesús, pero que, tratándose de un pesebre, el lugar donde comen los animales, la iconografía cristiana captó muy pronto ese motivo y «colmó esa laguna» y ninguna representación del Portal de Belén renuncia al buey y al asno.

En el texto, el Pontífice también desmiente a san Agustín, que afirmó que la Virgen María habría hecho un voto de virginidad y se habría comprometido con José para que la protegiera, señalando que esa reconstrucción «está fuera del mundo judío del tiempo de Jesús».

«¿Es cierto que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen? Sí, sin reservas», afirma el Pontífice, quien señala que hay dos puntos en la historia de Jesús en las que la acción de Dios interviene directamente en el mundo material: «el parto de la Virgen y la Resurrección del Sepulcro, en el que no permaneció ni sufrió la corrupción».

‘La infancia de Jesús’

La infancia de Jesúses el tercer libro de la trilogía de Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret. El trabajo, de 176 páginas, está dividido en cuatro capítulos y un epílogo.

El primero está dedicado a la genealogía del Salvador en los evangelios de Mateo y Lucas, muy diferentes ambos, según señala, pero con el mismo significado teológico-simbólico: la colocación de Jesús en la Historia.

Benedicto XVI señala que Jesús no nació y apareció en público en una fecha imprecisa, sino que se sabe muy bien quién es y de dónde viene y que pertenece a una época «perfectamente datable y a un ambiente geográfico perfectamente indicado».

Jesús nació —escribe el Papa, echando mano del Evangelio de Lucas— en el año 15 del imperio de Tiberio César. El segundo capítulo está dedicado al anuncio del nacimiento y Benedicto XVI escribe que leyendo el diálogo entre María y el ángel Gabriel se ve cómo Dios a través de una mujer busca «un nuevo ingreso en el mundo».

María, subraya el Papa, «aceptó la voluntad de Dios, trató de comprender y se mostró como una mujer valerosa, de gran interioridad».

El tercer capítulo está dedicado al nacimiento en Belén, y sobre el mismo señala que María envolvió al niño en pañales y que «sin sensiblería» podemos imaginar el amor con el que María se preparó para ese momento y cómo preparó el nacimiento del hijo».

A la vez analiza cómo la tradición ha interpretado el pesebre y las gasas teológicamente y señala que el niño envuelto en gasas se presenta como una anticipación de la hora de su muerte y que el pesebre del portal de Belén se considera una especie de altar.

El cuarto capítulo está dedicado a los Reyes Magos, que representan, según el Papa, a la humanidad «cuando emprende el camino hacia Cristo».

El Papa Ratzinger precisa que, aunque algunos pongan en duda la Adoración de los Reyes, está convencido de que se trata de un acontecimiento histórico, pero subraya que, de todas maneras sea verdad o no, no afecta a ningún aspecto esencial de la fe.

En el epílogo echa mano del Evangelio de Lucas y cuenta el último episodio de la infancia de Jesús, cuando con doce años fue al Templo de Jerusalén discutiendo con los doctores.

El Papa dice que se presenta a Jesús como un liberal o un revolucionario, pero que lo que subraya es su comportamiento contra las falsas devociones.

[Col}> ‘La fuente hermosa del amor’ / Estela Hernández

24-06-12

La fuente (o chorro) de Don Diego.

En una ocasión fue publicado en Padronel el relato de una fuente, o «chorro», donde se conocieron mis abuelos Canarios oriundos de El Paso.

Como era necesario entonces, iban allí a buscar agua, y los muchachos y muchachas, jóvenes al fin, hacían sus maldades, y fue precisamente a mi abuela Dolores Arocha a la que le rompieron su recipiente, y otro joven, que resultó luego ser mi abuelo, Sebastián Sicilia, salió en su defensa.

Pues bien, gracias a Carlos Padrón que me envió esta foto, contemplándola recordé esta historia y me inspiré en esta poesía que, aunque modesta, lleva para mí toda la idea del significado de la fuente de Don Diego, o «El chorro de Don Diego».

Fuente hermosa del amor

Fuente de frescura, de recuerdos
te conocí en palabras sin poderte tocar,
Te veo ahora y pienso: eres la misma,
la que en mis sueños pude imaginar.

Han pasado los años, y allí sigues erguida.
Tus aguas emergen como rocío en las flores
un tesoro valioso para calmar la sed,
que con agrado brindas a los pobladores.

Eres eso, tú, fuente inagotable
vestida de ensueños unida al amor
dando de tu fruto al que necesita
como simple y tierno ángel protector.

Tu virtud no se apaga
en el devenir del tiempo,
por eso aún existes
como luz del silencio.

Hoy muestras tu silueta
en la imagen concebida
que, más que todo, es un regalo
de recuerdos jóvenes de tu vida.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba

[Col}– «Melancólicos palmeros», cuentos de palmeros en Cuba / Mayra Montero Tabares

Por Mayra Montero

Melancólicos palmeros

Hace unos años, en Miami, me senté junto al hermano mayor de mi madre, entonces octogenario, y le pregunté, a quemarropa, por qué mis abuelos, sus padres canarios, habían sido personas tan tristes.

Mi tío tuvo la misma reacción de otros miembros de la familia a los que, en un momento u otro, he formulado esta pregunta: ¿por qué Augusto y Panchita fueron seres tan apesadumbrados y adustos, no digo ya tan poco dados a la risa —nunca oí sus carcajadas— sino al canto, a la chacota, a la desenvoltura de espíritu de cualquier isleño, sea cual sea el archipiélago que lo vio nacer?

Mi tío respondió lo mismo que me han respondido otros parientes a los que he sorprendido con esta pregunta: «¿Tristes? No, qué va, no eran tristes».

Conozco esa clase de negación primeriza, que se va transformando lentamente, cuando se dan cuenta de que han pasado décadas y no vale la pena disimular.

Hay una pausa, parece que lo piensan mejor, y entonces admiten: «Bueno, sí, tal vez eran tristes». En el caso de mi tío, que había sido un tarambana empedernido en su juventud, agregó lo siguiente: «Quizá por culpa de lo mucho que los hice sufrir».

Lo consolé diciéndole que ninguna madre se queda afligida (para siempre), después que un hijo le ha presentado como a mil novias y a tres esposas simultáneas.

Se echó a reír. Sabía que yo me olfateaba que echarse la culpa no era más que una forma elegante de eludir el misterio.

Y es que nadie sabe por qué razón esas dos ramas de la familia —que emigraron en la primera década del siglo 20, estableciéndose, como gran parte de sus paisanos, en la región central de Cuba, en diversos pueblos de la antigua provincia de Las Villas, pero con mayor énfasis en Cabaiguán, fulgurante territorio de mis veranos infantiles—, albergaban una vena melancólica, que llegó a extremos enloquecidos, paranormales y francamente brujos.

A menudo me pregunto qué aromas, qué sueños, qué manera de ver el mundo y de afrontar las desventuras, o asimilar las grandes dichas de la vida, puedo haber heredado de mi familia canaria, proveniente de la isla de La Palma: un abuelo que era un gigantón de piel aceitunada y facciones orientales, introvertido hasta la médula, quien contrajo matrimonio con su prima Francisca, contraviniendo los consejos de sus padres (mis bisabuelos), quienes veían a la novia demasiado flaca, con lo que consideraban más que probable que padeciera tisis.

La emigración, de cualquier signo y hacia cualquier latitud, va destilando poco a poco su influjo, que puede ser una música, un plato que se reitera en vano (nunca se logra el verdadero sabor que tenía «allá»), una manera de afligirse, o de estar continuamente afligidos: la nostalgia de la patria lejana, de los mares perdidos de vista, de los olores que jamás se recuperan del todo.

Nuestros almuerzos con la abuela Panchita siempre olían a mojo isleño, y las conversaciones, en la mesa, terminaban girando en torno a las Canarias.

Panchita emigró cuando era niña, junto con su madre viuda y varios hermanos, algo mayores que ella, que luego hicieron historia.

Me refiero a una intensísima historia de fantasmas, hechizos, locuras prematuras, suicidios por amor y deslenguados desafíos a la ley de Dios.

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Carmen en sus 13

La historia de la tía Carmen, que me ha obsesionado desde que tengo memoria, la metí de cabeza, con pelos y señales —sobre todo con pelos, como se verá más adelante— en mi primera novela, que fue La trenza de la hermosa luna (Anagrama). En ella, convertí a la tía Carmen en una haitiana que enloquece al día siguiente de su boda.

El episodio, en principio, parece sacado de alguna novela de las Brontë, pero fue el incidente más inexplicable que recuerda la colonia palmera afincada por aquellas tierras.

Comprometida el día que cumplió trece años con otro canario que ya estaba en sus veinte, la tía Carmen se casó pocos meses después.

Al día siguiente de esa boda amaneció «loca furiosa, y cuatro hombres no podían con ella», según la expresión que oí mil veces de labios de mi madre, y ella a su vez de labios de mi abuela.

En medio de sus arrebatos, escapaba de la casa familiar y echaba a correr por el campo, travesía que culminaba en un zarzal, llamado por ellos escaramujo: un aterrador colchón de espinas sobre el que la muchacha se lanzaba de boca, con todo el impulso de su desquiciada humanidad.

Corrían los hermanos, el marido, mi pobre bisabuela, a rescatarla, seguros de que la encontrarían acribillada por los aguijones. Pero al levantarla descubrían que no había rastro de heridas o de sangre, ni en la cara, ni en ninguna otra parte del cuerpo. Su piel de adolescente resultaba extrañamente ilesa.

En otras ocasiones, anunciaba con voz patética su propia muerte, para esa misma tarde, o para el día siguiente.

Y a la hora señalada se ponía pálida, cerraba los ojos, sufría una pequeña convulsión y, según la enigmática frase de mi abuela: «se le afilaba la nariz». Por último, su cuerpo entero adquiría una rigidez fatal.

Vivían en mitad de un pequeño cañaveral propiedad de un hermano de mi bisabuela: no había casa de socorros ni clínica en muchas leguas a la redonda.

La difunta revivía varias horas más tarde. Poco a poco aflojaba los músculos, su piel cobraba color, y abría los ojos a su raro mundo de resucitada.

Entonces empezaba a vociferar una letanía adivinatoria, narraba eventos que estaban ocurriendo en otros pueblos, a otros parientes; se detenía en detalles tales como el color de la ropa de los implicados, todo lo cual era confirmado luego, cuando pasaban los días y llegaban los parientes a contar lo sucedido.

Un brujo llamado Roña —al que la familia debe gratitud eterna— fue el encargado de poner el orden, cuando el médico traído desde la capital sólo les pudo aconsejar que la metieran en un manicomio.

Roña sabía que no todo estaba perdido. La tía Carmen, al verlo aparecer, anunció que no se dejaría tocar por un negro tan zarrapastroso.

Roña sonrió, dijo que aunque las palabras salieran de su boca, no era ella quien hablaba. Permaneció todo el día junto a la enferma, prodigándole pócimas, azotándola con hierbas, y al final envió a los varones a que buscaran un guayabo —el que estuviera más cerca de la casa—, cavaran un hoyo en ese punto y desenterraran lo que apareciera.

Los hombres, hermanos y cuñados, entre los cuales figuraba mi abuelo Augusto, lo obedecieron, y encontraron una asquerosa bola de composición inexplicable, toda cubierta de pelos. Roña la guardó en un saco para destruirla.

Carmen volvió a la paz y a la dulzura. Tuvo ocho hijos y parece que jamás hizo alusión a sus amaneceres de alunada.

La conocí viejita, algo hermética y adusta, como eran todos en aquella familia. Miraba de una manera peculiar, entre socarrona y sabia. No olvido esa mirada suya.

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Ofelia se fue de verde

Hija de Juana, una de las hermanas de mi abuela, Ofelia se enamoró a los 15 años.

Todas las muchachas se enamoran a esa edad, pero ella no escogió a un canario de la colonia, como se esperaba, sino a un cubano.

De acuerdo con mis tías, que eran sus primas, el novio en cuestión era bajito, mulatón, torcido, arrogante y bastante mayor que ella.

Con esos ingredientes, y algún otro irresistible defecto, consiguió arrastrarla a la pasión mayor. O sea, la preñó en un santiamén.

Entonces se enfurecieron los hermanos, recios palmeros que la vigilaban día y noche, y que juraron mandarla de vuelta a las Islas Canarias.

El padre de Ofelia poseía una pequeña vega de tabaco en Sancti Spiritus. El pesticida que se usaba entonces, y quizás hoy, se fabricaba a partir del óxido de cobre, lo que vulgarmente llaman verdín.

Lo guardaban en cajas, sabía amargo y Ofelia lo mezcló con jugo. Diluyó grandes cucharadas y lo tragó envuelta en el perfume embriagante que despedían las hojas, todo el tabaco de la temporada oreándose en las tendederas.

Fue un suicidio que conmovió a la familia y que sirvió de advertencia a toda la comunidad emigrada: en lo adelante, no permitir que los cubanos se acercaran demasiado a sus niñas.

Ofelia, en el féretro, tenía los labios verdes, del mismo tono que el veneno, porque ése es uno de sus efectos letales: colorea la piel bajo los ojos, y también la boca, la lengua, el invencible amor de la garganta.

A su novio cubano no se le permitió entrar al velorio. Los hermanos amenazaron con desollarlo vivo. Nunca pude averiguar si cumplieron su amenaza.

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Ecos de Gallego

Era canario, pero le decían Gallego. Palmero rebelde, descreído y fanfarrón. Escandalizaba a sus tías (entre ellas, a mi acongojada abuela) con sus espantosos cagarse en la Virgen y otras blasfemias que nadie se atrevió a repetir para esta historia.

Las mujeres trataban de atemorizarlo, le auguraban castigos, tristezas, desgracias que lo condenarían a él, pero también al resto de la familia.

Gallego soltaba carcajadas de cíclope, y un día, descamisado en medio de la sala, increpó a Dios, dudó estentóreamente de su existencia —las mujeres, a su alrededor, se persignaban— y por fin lanzó la provocación más idiota que se oyó nunca en los campos de Cuba: si era cierto que Dios existía, que obrara el milagro, y que el pelo del pecho se le juntara con el de la barba.

A los pocos meses estaba convertido en hombre lobo.

No se oyeron nunca más su risa ni sus maldiciones. Una mata de pelo, espesa y trémula, le subía por el cuello hasta las mejillas.

Los que lo vieron sin camisa —mi abuela, por supuesto— comentaban que daba pavor la visión de ese torso de animal proscrito.

Nunca lo conocí, ni existen fotos que documenten su barbaridad.

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Manuel y las lenguas ocultas

Después de volver loca a su púber esposa durante la primera noche de bodas, Manuel Martín, el marido de la tía Carmen, vivió a su lado por más de 50 años, durante los cuales la vio salir de la adolescencia, parir varios hijos y envejecer con gran cordura.

Sin embargo, los allegados sabían que Manuel también arrastraba lo suyo.

Desde su juventud sufría de ataques, trances o patatús, en medio de los cuales lanzaba intrincadas arengas en una lengua extraña, que nadie alcanzaba a comprender.

Al cabo del rato, cuando se sobreponía al percance y recobraba el conocimiento, tornaba a ser el individuo apacible, que no hablaba más que el español palmero y cantarín que había mamado en la cuna.

Cuando al final de su vida enfermó gravemente y hubo que internarlo en un hospital habanero, empezó el viacrucis para la familia.

Mediaba la década de los 60 y corrían los tiempos duros, dogmáticos y ateos en que cualquier manifestación religiosa, o ligeramente mística, era tomada como signo de desviación ideológica.

Sumido ya en el delirio agónico, Manuel no habló otra cosa que aquella lengua desconocida, que un médico sospechaba que era hebreo, mientras otro aseguraba que era una variación de alguna lengua antigua, con breves paréntesis en latín.

Uno de ellos pensó en llamar a un especialista, o al menos alguien que supiera varios idiomas, y se lo propuso a Isolina, la hija de Manuel, quien a su vez lo estuvo consultando con nuestros parientes.

Parece que casi todos comentaron que podía ser peligroso: ¿qué tal si se enteraban en el Partido Comunista? Los niños asistíamos callados al tejemaneje.

Roña, el diestro curandero, había muerto hacía mucho. Y, en cualquier caso, tampoco hubiera sido fácil llevarlo al hospital con los aires soviéticos que recorrían el país, aires de purgas y materialismo científico.

Se echó tierra sobre el asunto, y tierra sobre el cadáver de Manuel Martín cuando por fin murió, sin haber recobrado, ni por un instante, el dulcísimo español canario.

Creen que se despidió de todos en la misma jerigonza. A puertas cerradas, para que nadie creyera que eran claves de contrarrevolución.

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La casa de los rayos

Ninguna mujer se atreve a permanecer en una casa que han golpeado tres rayos, repartidos en tres semanas consecutivas, dos de los cuales han caído sobre la mesa del comedor.

Mi abuela Panchita temblaba cada vez que se anunciaba una tempestad, y me pregunto si no fue a partir de entonces que se quedó melancólica; si no fue esa endemoniada casa la que minó misteriosamente su inocencia.

El tercer rayo cayó rozando a su segunda hija, que a la sazón tenía tres o cuatro años. Hubo que reanimarla con fricciones, y Panchita le pidió a Augusto que vendieran la casa y se largaran a otra parte.

Nadie quiso comprarla, y sucedió que, por esas mismas fechas, el pequeño negocio del abuelo se fue a la bancarrota.

El miedo a los rayos los persiguió por siempre y lo inculcaron a los niños, primero a los hijos y más tarde a los nietos, que crecimos siguiendo las órdenes estrictas que nos daban cada vez que empezaba a tronar: había que sentarse, subir las piernas en la silla, pegar la cara a las rodillas (como en un aterrizaje forzoso) y susurrar Santa Bárbara bendita.

Por supuesto, teníamos que apagar el televisor, y se nos prohibía terminantemente tocar el teléfono.

Aún hoy, cuando truena, mi madre y sus hermanas corren a sentarse y levantan las piernas. La tía Amada, aquella niña que se derrumbó «con los ojos virados en blanco, echando espuma por la boca» (¡Panchita y sus magníficas imágenes!) aún de adulta seguía tomando precauciones especiales.

Durante el mes de verano que yo pasaba en su casa, en el onírico pueblo de Cabaiguán —la auténtica prolongación de la Caldera de Taburiente— se producían muchas tormentas.

Cuando se anunciaba alguna, nos metía en la cama, a mí y a mis primas, bajaba el mosquitero y nos hacía sostener un palito de no sé qué arbusto gomoso que ahuyenta la corriente.

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Augusto se despide

Los niños de entonces lo recordamos comiendo minuciosamente un horrendo pescado al que llamaban lisa.

Nadie más en la familia lo comía, porque tenía demasiadas espinas. Pero Augusto había aprendido a esquivarlas, sabía sacar hasta la última hebra de carne y chupar el espinazo, que veíamos entrar y salir de su boca de hierro, como si fuera un acto de magia.

El único cuento que jamás me contó, y que repitió muchas veces, era el de una aventura suya de su juventud, perseguido por un gran tiburón mientras nadaba.

Había ocurrido junto a un acantilado en La Palma, y él se subió a una roca en el momento en que el escualo iba a morderle el pie.

Ahora pienso que, bien entrenado, hubiera ganado campeonatos de natación. Las pocas veces que nos acompañó a las playas cubanas, nadaba mar adentro, bien adentro, hasta que se perdía de vista en el horizonte.

Recuerdo su estilo: desarrollaba una velocidad increíble, se sumergía como un submarino, y al final salía tan serio, hierático el hombre, extrañando como nunca las aguas primigenias de su vida, no las del Caribe, sino las de allá, al otro extremo del Atlántico, y quizás a los amigos que nadaban con él, y por supuesto, a la escuadra de tiburones de su patria.

Muerta súbitamente Panchita, Augusto cayó en una especie de sopor, una tristeza concéntrica dentro de su tristeza natural.

Las hijas se turnaban para acompañarlo, yo era niña y me sentaba a su lado, me apenaba verlo hundido y le pedía que me contara de nuevo la historia de los tiburones, como en el relato de Italo Calvino, donde los nietos piden incansablemente el cuento de la gran bonanza de las Antillas.

Una tarde decidió ahorcarse. Lo preparó todo, almorzó el pescado espinoso y esperó que la tía de turno saliera a una breve gestión.

No se sabe el tiempo que permaneció colgado. Ella lo halló a su regresó y se quedó sin habla unos minutos. Cuando pudo gritar, gritó como una descosida, una vecina la oyó y corrió con la tijera, cortó la soga y el ahorcado cayó, inconcebiblemente vivo. No es fácil doblegar una garganta de esas características: musculosa y habituada a las penas.

Los niños de entonces, sus nietos, fuimos a verlo al hospital. Previamente nos leyeron la cartilla: el que se atreviera a mencionar la soga iba a saber lo que era bueno.

Su aspecto se me quedó grabado: el viejo guanche adormecido, con un verdugón rojizo alrededor del cuello. Nunca había visto nada parecido, y nunca he vuelto a ver nada igual.

No murió de ésa, sino de muerte natural, años más tarde. Había vuelto a Cabaiguán y a la colonia de palmeros, todos bastantes viejos y achacosos, que se reunían en casa de mi tía a comer bolitas de gofio con un pescado suave, sin espinas. Pescado absurdo para el suicida fallido.

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Fin de la pesquisa

Ya casi no me queda nadie a quien preguntarle la razón por la cual mis abuelos siempre andaban tan serios. Quizá la influencia de toda esa locura en Cuba.

Ahora somos mayores, incluso la tercera generación a la que pertenezco. Mi madre, mis tías, las primas de ellas, no tienen muchas pistas que ofrecerme. Inadvertida o deliberadamente han olvidado la melancolía tan grande que emanaba de aquella pareja, Augusto y Panchita, naturales de La Palma, donde aún viven algunos parientes, quizá más alegres que ellos (que todos nosotros, que hemos seguido dando tumbos por el mundo) porque se quedaron en su isla, no cruzaron el mar y no se arrepintieron nunca.

Un emigrado es un alma en suspensión; es un arrepentido que lo negará por siempre.

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Juro que todos los personajes de esta historia son reales, y que los hechos narrados son tan ciertos como que me llamo Mayra Montero Tabares, de los Tabares de Mazo (La Palma, Canarias), el ensoñado pueblo donde me dejaré caer un día de éstos.

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NotaCMP.

Si mal no recuerdo, los datos que siguen son de los años ’70s.

De entre todos los Canarios, somos los palmeros los más proclives a la depresión. Y de entre todas las Islas Canarias, es La Palma la que, en proporción al número de habitantes, más suicidios registra, siendo el ahorcamiento el método más usado.

[Col}– Las cuevas en una provincia cubana / Estela Hernández

20-11-11

La Naturaleza ha creado lugares tan significativos por su belleza que en ocasiones nos preguntamos cómo ha sido posible que surja de la nada un espectáculo que parece creado como para ser dibujado. En Cuba tenemos varias.

Éste es el caso de las cuevas, las que en lo más recóndito de su corazón guardan sus secretos, y pueden convertirse en un medio de distracción.

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La caverna de Santo Tomás es la más grande de Cuba, y es un complejo de grutas que alcanza los 46 kilómetros. Está situada en la provincia cubana de Pinar del Río, donde existen mayores atractivos geográficos.

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La gruta se encuentra en el Valle de Viñales, lugar con una historia que, según expertos, data de más de 300 millones de años, y que ha sido declarado Monumento Nacional, e incluido en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

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Muchas de las cavernas de Pinar del Río, y de toda Cuba, sirvieron de refugio a los esclavos que se escapaban de las plantaciones cafetaleras.

En el Valle de Viñales existe otro lugar llamado “El Palenque de los Cimarrones” y, a unos pasos de éste, hay una cueva que se utiliza como cafetería para los visitantes que allí llegan.

Otro de los atractivos de estas galerías que despierta el interés de miles de nacionales y foráneos.

Estela Hernández
La Habana (Cuba)

[Col}– «El Caballero de París» / Estela Hernández Rodríguez

22-10-11

Estela Hernández Rodríguez

José María López Lledín, «El caballero de París».

En cualquier lugar en que vivamos existe casi siempre un personaje inusual, uno de ésos que, con su quehacer y con el paso del tiempo, nos dejan su recuerdo cuando ya no existen, porque a través de los años estamparon un código propio que los distinguió de todos los demás que los rodeaban.

Personajes a quienes quizás un golpe duro de la vida los convirtió en eso, en una estampa inolvidable de la historia en un sitio determinado.

Éstos, aún cuando tuvieron un final un poco desordenado, no dejaron de ser honestos, modestos, y esparcir amor hacia ese mundo que, a pesar de todo, les admiraba.

Por eso quiero dedicar este trabajo a un hombre que de esta forma vivió entre nosotros, los cubanos de mi Habana, la capital cubana, la que guarda en su memoria el recuerdo de El Caballero de París.

Ésta es su historia.

José María López Lledín, a quien nombraban «El Caballero de París», llegó a convertirse en uno de los emblemas populares de La Habana allá por los años ’50s. Era un hombre soñador, un personaje excepcional, a quien le pusieron ese apodo porque, en su locura, decía que él pertenecía a la nobleza y que venía de París.

Su pelo, castaño oscuro y entrecano, hacía juego con su larga barba y hasta con sus uñas, largas y retorcidas por no habérselas cortado en muchos años.

Nació a las 11 de la mañana del 30 de diciembre de 1899 en casa de sus padres, en la aldea de Vilaseca, en el término municipal de Fonsagrada, provincia de Lugo, España.

Su padre fue Manuel López Rodríguez, también nacido en Vilaseca, y su madre Josefa Lledín Méndez, nacida en Negueira, en la misma municipalidad y provincia .

José María López Lledín, El Caballero de París, llegó a la Habana a bordo del vapor alemán «Chemnitz» el 10 de diciembre de 1913 a la edad de 12 años

Ejerció varios trabajos: en la bodega de otro gallego, en la calle Genios; como encargado en una tienda de flores; como sastre; en una tienda de libros; y en una oficina de abogados. Pero también estudió y refinó su comportamiento para conseguir mejor empleo, y hasta llegó a hablar algo de inglés.

La mayoría de los reportes coinciden en que José perdió su razón y se convirtió en el tal «Caballero» cuando fue arrestado en 1920 y remitido a la prisión del Castillo del Príncipe, en La Habana, por un crimen que no había cometido.

El Caballero de París vestía siempre con una capa negra, incluso hasta en el calor del verano, y siempre llevaba con él una cantidad de papeles y una bolsa donde llevaba sus pertenencias.

Tanto estas características como su físico —medía casi 1.83 metros de altura— nos recuerdan a Don Quijote de la Mancha. Y tenía algo especial que hacía que, a pesar de su abandono personal, en su andar por las calles de La Habana recibiera manifestaciones de estima de los transeúntes.

Pero no por gusto El Caballero de París se comportaba de esa forma. Según su hermana, Inocencia, José se enamoró de Merceditas, la hija de un médico de Fonsagrada. Ella murió joven, y él se encontraba a su lado cuando falleció.

José juró que nunca se casaría, y mantuvo su promesa. No obstante, a su médico, el Dr. Calzadilla, último psiquiatra que le atendió en el Hospital de Enfermedades Mentales de Mazorra, en las afueras de La Habana, le confesó que, aunque no estaba casado, tenía un hijo y una hija de una señora que era secretaria de una compañía azucarera.

José María López Lledín llamaba la atención, además, por su abundante cabellera y su transitar peculiar. Sus paseos por las calles habaneras y sus viajes en las guaguas fueron típicos en la década de 1970, pues saludaba a todos y discutía temas políticos de actualidad y hasta de religión.

Con su abandono personal no desentonaba el que se mostrara pensativo, quizás recordando aspectos de su vida. No obstante, resultaba simpático y recibía la estimación de los transeúntes.

En sus paseos por La Habana frecuentaba el Paseo del Prado, en la Avenida del Puerto, en un parque cerca de la «Plaza de Armas»; el Parque Central, en uno de cuyos bancos dormía a veces; la calle Muralla, cerca de Infanta y San Lázaro; y la esquina de 12 y 23 en el Vedado, donde existe una pizzería que exhibe en su entrada una escultura de El Caballero de París en memoria de éste.

Pero como caballero andante también caminaba por el centro de la Quinta Avenida, en Miramar, donde casi siempre solía estar por las tardes.

Era un hablador educado y fluido; muchos recuerdan las veces que charlaron con él. Nunca pedía limosnas ni decía malas palabras, sólo aceptaba dinero de las personas que él conocía y a las que, a su vez, daba en obsequio algo hecho por él, como una tarjeta coloreada, un cabo de pluma, un lápiz entizado con hilos de diferentes colores, un sacapuntas, u otros objetos.

Por su extraña apariencia personal, al comienzo los niños le tenían miedo, pero luego se le acercaban para charlar con él. Todos, tanto adultos como niños, le hablaban con mucho respeto.

Este hombre dejó, con su proceder, una estela de admiración que inspiró hasta canciones en su honor, como la compuesta por Antonio María Romeu, que tituló «El Caballero de París», así como también un libro del doctor Luis Calzadilla Fierro.

Sus frases asombrosas regalaban esa belleza espiritual que proyectaba su paz interior, mostrada también en el movimiento de su andar, que lo marcó para siempre en Cuba como El Caballero de París, hasta llegar a convertirlo, luego de su muerte, en una escultura en honor a su persona.

Es así como, a la entrada del convento de San Francisco de Asís, lo vemos, con su vestimenta negra, en imagen inmortalizada en bronce y trabajada por el escultor José Villa Soberón.

Mi nieta, Alejandra, junto a la estatua de El Caballero de París | Foto: Estela Hernández

Cerca de esta estatua, y en una cripta en el interior de la Basílica Menor de San Francisco, descansan los restos mortales de este célebre personaje.

Los niños se acercan a esa escultura y, luego de tocarla, hasta le regalan un beso. Un sentimiento infantil que, de seguro, desde algún lugar agradece el Caballero de París.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)

[Col}> Ernesto Lecuona, hijo / Estela Hernández Rodríguez

17-10-2011

Ernesto Lecuona, hijo, intérprete y compositor de fama universal.

En un modesto hogar de Guanabacoa, La Habana, nació el 6 de agosto de 1895 un niño de doce libras de peso. Era un pequeño que, al pasar de los años, se convertiría en un genio de la música. Su nombre: Ernesto Sixto de la Asunción Lecuona y Casado.

Cuentan que este calificativo de genio tuvo que ver con la predicción de una negra, pobre y desamparada, de su natal Guanabacoa. El «¡Dios te bendiga, genio!» dicho por esa mujer delante de la cuna del niño Ernesto se convirtió con los años en una gran verdad, según cuenta el intelectual Orlando Martínez, uno de los biógrafos de Ernesto Lecuona, quien fuera además su amigo.

Ernesto Lecuona fue el iniciador de la auténtica visión de los valores afrocubanos en nuestra cultura, y nadie imaginó el alcance que tuvo tal predicción hasta que se convirtió en una realidad, pues Ernesto Lecuona compuso 406 canciones y 176 obras para piano, entre otras.

Ernesto Lecuona, así conocido por su nombre artístico, era hijo del periodista Ernesto Lecuona y Ramos, nacido en 1854 en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias), quien se radicó en Cuba.

Luego de la muerte de Ernesto Lecuona padre, la familia trató de ofrecer a Ernesto Lecuona hijo la mejor instrucción posible, y éste comenzó a estudiar piano bajo la tutela de su hermana Ernestina, la que, simultáneamente, le enseñaba música, hasta que el niño Ernesto pasó a estudiar con otros profesores para llevar adelante sus conocimientos en esta especialidad, que sería su  brillante porvenir.

A pesar de que la familia no estaba mal económicamente existían razones para que él se buscase un futuro prometedor, pues había quedado huérfano de padre a temprana edad, y su madre estaba delicada de salud.

Así, Ernesto comenzó a trabajar en el cine Fedora, lo que despertó su afición por este nuevo arte, y en 1907, con sólo 12 años de edad, dirigía al grupo musical de ese cine, y en los intermedios hacían instrumentales.

Su primer recital lo dio a los 5 años, y a los 13 realizó su primera composición, la marcha two step titulada «Cuba y América» para banda de concierto. De ahí que le llamaran niño prodigio.

Estudió en el Peyrellade Conservatoire, y a los 16 años se graduó en el Conservatorio Nacional de La Habana con medalla de oro en interpretación.

Su vida se desarrollaba de forma ascendente hasta que, conociendo ya bien su trabajo, creó la primera orquesta latina que hubo en los Estados Unidos, la llamada Lecuona Cuban Boys.

En ese entonces, por su obra para piano fue considerado como el músico cubano más destacado, y se le comparó con los grandes de esa manifestación artística, como Manuel de Falla y Maurice Ravel.

También incursionó en el teatro lírico cubano, y con Gonzalo Roig y Rodrigo Prats formó la trilogía más importante de compositores, en especial del género de la zarzuela, en el que cabe destacar «Damisela Encantadora» y, entre sus canciones, «La Comparsa», «Malagueña», la «Rapsodia Negra», para piano y orquesta, además de su «Suite Española».

Una de sus obras, “Siempre en mi corazón”, fue nominada para el Oscar, premio que ese año ganó White Christmas.

Su música recorrió el mundo, y con ella dieron conciertos muchas personalidades. La interpretó el tenor Canario Alfredo Kraus, y, con una selección de piezas de Ernesto Lecuona, Plácido Domingo grabó un álbum al que tituló “Siempre en mi corazón”.

A su favor tuvo Ernesto Lecuona la crítica, que siempre hablaba bien de su persona.

Su música fue también llevada al cine en catorce oportunidades. Su zarzuela “María La O” se presentó en la pantalla del celuloide mexicano.

En la televisión, produjo en CMQ, y para la cantante Esther Borja, el programa “Álbum de Cuba», que se transmitió durante muchos años.

También en Cuba, la CMBF —emisora con una programación cultural informativa especializada en la difusión de música clásica, ballet, cine, teatro, artes plásticas, literatura y espacios de análisis sobre música y cultura general— tuvo el programa “Cómo recuerdas a Ernesto Lecuona”, programa, dedicado a este gran músico, en el cual destacadas personalidades hablaban de él y hacían un vivo retrato de su vida y éxitos.

Ernesto Lecuona expresó con talento e inspiración su cubanía, una identificación que dejó huellas en lo más profundo de su pueblo.

Su obra genial no puede quedar en el olvido. Está siempre vigente como un excelente legado, inclusive más allá de su muerte ocurrida a las 11:30 de la noche del viernes 29 de noviembre de 1963, en Santa Cruz de Tenerife, lugar donde había nacido, y donde también murió, su progenitor, Ernesto Lecuona y Ramos.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)