[Col}– «El Caballero de París» / Estela Hernández Rodríguez

22-10-11

Estela Hernández Rodríguez

José María López Lledín, «El caballero de París».

En cualquier lugar en que vivamos existe casi siempre un personaje inusual, uno de ésos que, con su quehacer y con el paso del tiempo, nos dejan su recuerdo cuando ya no existen, porque a través de los años estamparon un código propio que los distinguió de todos los demás que los rodeaban.

Personajes a quienes quizás un golpe duro de la vida los convirtió en eso, en una estampa inolvidable de la historia en un sitio determinado.

Éstos, aún cuando tuvieron un final un poco desordenado, no dejaron de ser honestos, modestos, y esparcir amor hacia ese mundo que, a pesar de todo, les admiraba.

Por eso quiero dedicar este trabajo a un hombre que de esta forma vivió entre nosotros, los cubanos de mi Habana, la capital cubana, la que guarda en su memoria el recuerdo de El Caballero de París.

Ésta es su historia.

José María López Lledín, a quien nombraban «El Caballero de París», llegó a convertirse en uno de los emblemas populares de La Habana allá por los años ’50s. Era un hombre soñador, un personaje excepcional, a quien le pusieron ese apodo porque, en su locura, decía que él pertenecía a la nobleza y que venía de París.

Su pelo, castaño oscuro y entrecano, hacía juego con su larga barba y hasta con sus uñas, largas y retorcidas por no habérselas cortado en muchos años.

Nació a las 11 de la mañana del 30 de diciembre de 1899 en casa de sus padres, en la aldea de Vilaseca, en el término municipal de Fonsagrada, provincia de Lugo, España.

Su padre fue Manuel López Rodríguez, también nacido en Vilaseca, y su madre Josefa Lledín Méndez, nacida en Negueira, en la misma municipalidad y provincia .

José María López Lledín, El Caballero de París, llegó a la Habana a bordo del vapor alemán «Chemnitz» el 10 de diciembre de 1913 a la edad de 12 años

Ejerció varios trabajos: en la bodega de otro gallego, en la calle Genios; como encargado en una tienda de flores; como sastre; en una tienda de libros; y en una oficina de abogados. Pero también estudió y refinó su comportamiento para conseguir mejor empleo, y hasta llegó a hablar algo de inglés.

La mayoría de los reportes coinciden en que José perdió su razón y se convirtió en el tal «Caballero» cuando fue arrestado en 1920 y remitido a la prisión del Castillo del Príncipe, en La Habana, por un crimen que no había cometido.

El Caballero de París vestía siempre con una capa negra, incluso hasta en el calor del verano, y siempre llevaba con él una cantidad de papeles y una bolsa donde llevaba sus pertenencias.

Tanto estas características como su físico —medía casi 1.83 metros de altura— nos recuerdan a Don Quijote de la Mancha. Y tenía algo especial que hacía que, a pesar de su abandono personal, en su andar por las calles de La Habana recibiera manifestaciones de estima de los transeúntes.

Pero no por gusto El Caballero de París se comportaba de esa forma. Según su hermana, Inocencia, José se enamoró de Merceditas, la hija de un médico de Fonsagrada. Ella murió joven, y él se encontraba a su lado cuando falleció.

José juró que nunca se casaría, y mantuvo su promesa. No obstante, a su médico, el Dr. Calzadilla, último psiquiatra que le atendió en el Hospital de Enfermedades Mentales de Mazorra, en las afueras de La Habana, le confesó que, aunque no estaba casado, tenía un hijo y una hija de una señora que era secretaria de una compañía azucarera.

José María López Lledín llamaba la atención, además, por su abundante cabellera y su transitar peculiar. Sus paseos por las calles habaneras y sus viajes en las guaguas fueron típicos en la década de 1970, pues saludaba a todos y discutía temas políticos de actualidad y hasta de religión.

Con su abandono personal no desentonaba el que se mostrara pensativo, quizás recordando aspectos de su vida. No obstante, resultaba simpático y recibía la estimación de los transeúntes.

En sus paseos por La Habana frecuentaba el Paseo del Prado, en la Avenida del Puerto, en un parque cerca de la «Plaza de Armas»; el Parque Central, en uno de cuyos bancos dormía a veces; la calle Muralla, cerca de Infanta y San Lázaro; y la esquina de 12 y 23 en el Vedado, donde existe una pizzería que exhibe en su entrada una escultura de El Caballero de París en memoria de éste.

Pero como caballero andante también caminaba por el centro de la Quinta Avenida, en Miramar, donde casi siempre solía estar por las tardes.

Era un hablador educado y fluido; muchos recuerdan las veces que charlaron con él. Nunca pedía limosnas ni decía malas palabras, sólo aceptaba dinero de las personas que él conocía y a las que, a su vez, daba en obsequio algo hecho por él, como una tarjeta coloreada, un cabo de pluma, un lápiz entizado con hilos de diferentes colores, un sacapuntas, u otros objetos.

Por su extraña apariencia personal, al comienzo los niños le tenían miedo, pero luego se le acercaban para charlar con él. Todos, tanto adultos como niños, le hablaban con mucho respeto.

Este hombre dejó, con su proceder, una estela de admiración que inspiró hasta canciones en su honor, como la compuesta por Antonio María Romeu, que tituló «El Caballero de París», así como también un libro del doctor Luis Calzadilla Fierro.

Sus frases asombrosas regalaban esa belleza espiritual que proyectaba su paz interior, mostrada también en el movimiento de su andar, que lo marcó para siempre en Cuba como El Caballero de París, hasta llegar a convertirlo, luego de su muerte, en una escultura en honor a su persona.

Es así como, a la entrada del convento de San Francisco de Asís, lo vemos, con su vestimenta negra, en imagen inmortalizada en bronce y trabajada por el escultor José Villa Soberón.

Mi nieta, Alejandra, junto a la estatua de El Caballero de París | Foto: Estela Hernández

Cerca de esta estatua, y en una cripta en el interior de la Basílica Menor de San Francisco, descansan los restos mortales de este célebre personaje.

Los niños se acercan a esa escultura y, luego de tocarla, hasta le regalan un beso. Un sentimiento infantil que, de seguro, desde algún lugar agradece el Caballero de París.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)

Un comentario sobre “[Col}– «El Caballero de París» / Estela Hernández Rodríguez

  1. Casualmente, sobre El Caballero de París se estrenará el próximo domingo en Cuba, en el teatro Karl Marx, un musical denominado con su nombre. Una obra escrita y dirigida por el español Tomás Maceira, con música de los cubanos Kelvis Ochoa y Descemer Bueno. Una puesta en escena que recrea momentos de la vida de este personaje.

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