[*Otros}– EL templo de San Andrés – Arte e historia en la villa de San Andrés y Sauces, La Palma (1/3)

28-11-08

José Guillermo Rodríguez Escudero

«… la villa de San Andrés es uno de los pueblos más antiguos de esta isla y fue de mucha importancia, puesto que en los primeros años de la Conquista se le dio titulo de villa, según se ve en todos los documentos públicos de aquella época…».

Se sabe que el templo del patrón en el núcleo poblacional norteño de San Andrés y Sauces —una de las mejores edificaciones religiosas canarias— se había erigido antes de 1514, según se desprende de las Sinodales de Fernando Vázquez de Arce. El prelado constató la existencia de dos iglesias en la zona: San Andrés de los Sauces y Santa María de Montserrat.

«Otrosi, en el lugar de San Andrés de los Sauzales de la dicha Isla, criamos Iglesia Parroquial Baptismal en la Iglesia de San Andrés, la cual se anexa la Iglesia de Santa María de Montserrat»

 

Se trata de uno de los primeros recintos religiosos de La Palma, cuyo papel como elemento articulador de la trama urbana fue de gran importancia. Historiadores y estudiosos, como el palmero Pérez Morera, incluso datan la construcción del templo a finales del siglo XV, tras la conquista de Benahoare.

Sea como fuere, en 1515 ya tenía rango de parroquia, lo que da una idea de su antigüedad. Este nombramiento fue confirmado mediante la Real Cédula de Carlos V en 1533.

Esta población llegó a ser la segunda en importancia, tras la capital palmera, en el siglo XVI, no sólo por su nombramiento como villa, sino porque fue el único pueblo (salvo la capital, Santa Cruz) que tuvo escribanos públicos.

El título de Villa ya se usaba para San Andrés en documentos antiguos, así en las datas de 23 de diciembre de 1507 en que el Adelantado dio a Gabriel de Socarrás y al Bachiller Alonso de Belmonte terrenos en Las Lomadas, y otra de 1518 en que se da a Miguel Martín un terreno de 200 pasos para que fabricara dos casas en la Villa de San Andrés.

 

La antigüedad de la localidad a los momentos de la conquista va paralela a la antigüedad de la fundación de su primer lugar de culto, llevado a cabo por el conquistador Marcos Roberto de Montserrat en las tierras de Adeyahamen (nombre del cantón en idioma aborigen ahuarita). Este templo aparece confirmado como parroquia en el Sínodo que lleva a efecto el Obispo Vázquez de Arce, promulgado entre 1514 y 1515. Se decía que: “… en el lugar de Santo Andrés de los Zarzales de la dicha isla criamos Iglesia Parroquial e Bautismal la de Santo Andrés a la cual se aneja la Iglesia de Señora Montserrat que es en los Ingenios donde se fundó la dicha Iglesia…”

El Beneficiado de San Andrés fue aprobado por el Emperador Carlos V el 15 de diciembre de 1533. Su primer titular conocido fue Juan Lorenzo por 1548, quien inicia el Libro Primero de Bautismos. En 1566 tomó posesión Francisco Rodríguez Lorenzo, primer “cura de título real”. En virtud de aquella Real Cédula se crearon los tres beneficios de El Salvador, el de Puntallana y el de San Andrés y Sauces, siendo estos los cinco beneficios que hubo en La Palma.

Lorenzo Rodríguez nos informa de que a este templo se le anexaba la iglesia de Montserrat, distante un cuarto de legua, servidas ambas por un mismo párroco, excepto la Semana Santa y la Pascua de Resurrección, en que los vecinos de Los Sauces costeaban un sacerdote que sirviera aquella iglesia.

En lo espiritual está agregada una parroquia a la otra, pero en San Andrés se celebraban las fiestas principales en sus propios días y en Montserrat los domingos infraoctavos, hasta que, en 1855, dispuso el ordinario que, para cortar rivalidades antiguas entre ambos pueblos, se alterase el orden de fiestas, es decir, que se hicieran las fiestas principales en sus propios días, un año en una parroquia y otro en la otra, y que ambas se considerasen como iguales.

 

Lorenzo también nos decía que en la parroquia de San Andrés se había fundado algunas mandas pías para dar de comer a los pobres en ciertos días del año, así como de casar huérfanos. Más tarde las autoridades eclesiásticas las destinaron al hospital de la capital.

En el libro de mandatos de la parroquia se leen curiosas disposiciones episcopales. Un ejemplo es la del Obispo Francisco Martínez de 1603. En su visita se enteró que muchas parejas aprovechaban las devotas procesiones y sentidas rogativas por falta de agua fuera del término, etc. para quedarse rezagados y así dormir en los campos, etc. El prelado declara que lo que provocan estas deshonestidades es que Dios se indigne y no conceda lo que se le pide.

Más curioso aún es el mandato del 22 de abril de 1610 en el que el vicario general del obispado Gaspar Rodríguez del Castillo ordena que “ninguna mujer entre en el templo con sombrero, pasados cuatro pasos, so pena por la primera vez, dos reales; por la segunda, cuatro; y la tercera, el sombrero perdido por tercias partes, Juez, Fiscal y el Santísimo Sacramento”.

Batista Medina y Hernández López describen este histórico y magnífico recinto en su obra sobre el municipio norteño. Presenta una planta en cruz latina cuyos brazos hacen de capillas. La del lado de la Epístola pertenece a Nuestra Señora del Rosario y la del Evangelio dedicada a Nuestra Señora de la Victoria. Las dos magníficas imágenes marianas titulares de ambas capillas son de estilo flamenco.

Precisamente, es en la cripta de la capilla de la Victoria donde fue enterrada María Liberata de Guisla (1725-1806), muy conocida por su carecer enérgico. Según testimonios de la época y unas excavaciones efectuadas a finales del siglo XX, se da veracidad la teoría de que esta mujer, de importante rango nobiliario y de carácter déspota, había sido enterrada viva. Según las leyendas románticas así habría sido.

El sacristán del templo, que había entrado al templo a tocar Oración, había oído voces pidiendo auxilio, así como golpes en el suelo de la capilla la noche siguiente al sepelio, pero había callado por miedo a que lo tomaran por loco, y había huido despavorido. Era la hija del Marqués de Guisla-Guiselin y esposa del Gobernador de Armas y Regidor de La Palma, don Domingo Vandewalle Cervellón, el personaje más importante del norte de La Palma a fines del siglo XVIII.

En 1814 abrieron la cripta para enterrar al sacerdote Ambrosio Arturo de Paz, y en la escalera habían encontrado el esqueleto de Liberata con un ladrillo en la mano: la habían enterrado viva. Es entonces cuando el sacristán confesó lo que había estado ocultando.

En 1986, Juan Francisco Navarro Mederos y su equipo de arqueólogos excavaron en la cripta y encontraron dos bancos con los restos de los curas Andrés Fernández Bautista (fallecido en 1657) y Ambrosio De Paz (en 1814). En el suelo estaba el esqueleto desarticulado de una anciana, sin duda, María Liberata de Guisla.

Los materiales empleados en su construcción fueron la cantería y el mampuesto, quizá por influencia portuguesa. Posee dos entradas laterales —curiosamente no tiene entrada principal al pie de la nave principal— y su cabecera está orientada hacia el naciente. Su frente sólo ostenta un pequeño balcón de tea y un óculo. Importante es resaltar, entre otras características, que sus vanos son de medio punto, los volúmenes en línea recta y la techumbre mudéjar.

La profesora Fraga indica que la mayor parte de su construcción actual data del siglo XVII, puesto que la actual fábrica es el resultado de la suma de las diversas intervenciones y ampliaciones que fueron modificando profundamente el primigenio oratorio.

Se sabe que a principios de aquel siglo se derrumbó parte de su techumbre por un gasto de 62 reales que pagó el mayordomo al carpintero Domingo González en 1616. La nave se cerró en 1629 y en 1666 se terminó el presbiterio y en esa centuria también se le añadió la capilla lateral de la Epístola, fundada por el presbítero Andrés Hernández Bautista.

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Bibliografía al final de la entrega 3/3.

[*Otros}– La fiesta de “Los Indianos”, Santa Cruz de La Palma

11-02-09

José G. Rodríguez Escudero

La tradición, el desembarco, los polvos de talco,…

A finales del siglo XIX y XX era tan significativo y considerable el flujo de pobladores desde La Palma a Cuba, que las comunicaciones entre la Gran Antilla y esta isla canaria eran más importantes incluso que entre ésta y el resto del Archipiélago. Como nos recuerda don W. Rodríguez Brito: “En 1900 salían regularmente desde el puerto palmero con destino a La Habana siete servicios mensuales, frente a los cuatro servicios interinsulares, o el único que unía a La Palma con Cádiz”.

Los indianos - Parejas

La pintura de J. B. Fierro —detallada en “Los Indianos”, el cuadro es, “posiblemente el icono más representativo en la pintura canaria sobre la iconografía del indiano, es decir, del emigrante isleño que, después de haber hecho fortuna en América, regresaba al terruño haciendo visible ostentación de su riqueza; y, en suma, el contraste entre el triunfo personal y el atraso secular de la sociedad campesina canaria”. Ya lo dice el Diccionario: “Indiano: Dícese del emigrante que vuelve rico de América”.

La popular parodia que, de forma tradicional, se celebra en Santa Cruz de La Palma cada Lunes de Carnaval, tiene como único y divertido fin —eso sí, de forma respetuosa, cariñosa y elegante— el caricaturizar el desembarco de los emigrantes palmeros, “señores muy conocidos, con sus esposas y sus hijos vestidos de isleños que regresaban de Cuba al son del ritmo de allí”.

El Sr. Alcalde de la capital ya lo decía en el prólogo de uno de los programas oficiales del Carnaval: “…cuando se habla del Carnaval de La Palma, se debe hacer mención expresa a su tradicional Día de Los Indianos, acto que a lo largo del tiempo ha ido calando en nuestra costumbre popular, uniendo, año tras año, a la gran mayoría de los palmeros que, con sus blancas vestimentas y sumergidos en una batalla de polvos de talco, llenan de vida y de júbilo la ciudad. Acto singular y propio que hace diferente nuestro carnaval y que ha despertado el interés y curiosidad de muchas personas…”.

Esta escena pictórica ha sido asumida, con acierto, como imagen-símbolo que mejor identifica a “Los Indianos”. Así, el cartel anunciador de ese día de las “Carnestolendas” santacruceras, publicado por el Excmo. Ayuntamiento de esta ciudad, se ha convertido en todo un símbolo de estas fiestas. Numerosos participantes también portaban un alfiler pinchado en la solapa de las chaquetas o guayaberas con esta insignia en metal.

Los Indianos - Pareja empolvada

A esta curiosa celebración se unió más tarde la ancestral costumbre de los empolvados, peculiar tradición de los carnavales de Santa Cruz de La Palma.

El contemporáneo de Fierro Van de Walle, Isaac Viera, señala cómo en los días de las fiestas lustrales en honor a Nuestra Señora de Las Nieves, discurrían por las calles numerosos “indianos con el indispensable sombrero ‘Panamá’, venidos de Cuba a gozar los festejos que el pueblo palmero consagra a la venerada imagen”, a “La Morenita”.

“Era la época —escribe la investigadora llanense María Victoria Hernández— en que los grandes veleros surcaban el Atlántico haciendo la carrera de Indias. Tiempos de ensueño, esplendor y riqueza enfrentados a la decadencia de una España que veía desmembrarse su imperio de ultramar. El lema que atrajo a la emigración a América fue la conocida frase ‘cinco años y una fortuna’”, sugiriendo el retorno del indiano a disfrutar de la Bajada Lustral (cada cinco años).

Esta ingeniosa tradición, concebida tal y como la conocemos actualmente con la generalizada denominación del “Desembarco de Los Indianos”, una expresión festiva y una explosión de regocijo popular, una gigantesca cabalgata blanca bajo una nube inmensa de polvo que, en definitiva, es una idea “muy exportable”: es económica y no presenta dificultad alguna.

Los Indianos - Gpo. en juerga

Es una lástima que el Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma no haya patentado esta idea tan nuestra, por lo menos es lo que tenemos entendido. Posiblemente, al no tratarse de la “Negra Tomasa”, por ejemplo, que sí podría ser patentada —un símbolo físico inseparable de nuestras fiestas blancas—, sino de una costumbre multitudinaria, etc., puede que no sea esto posible.

Por este motivo, se está observando una ascendente proliferación de “indianos” fuera de las barreras insulares. «”Los Indianos” son de La Palma, ¡y punto!», como dicen los más exacerbados, dolidos por las copias que se están viendo “por ahí fuera”. Si algún avispado “patenta la idea” o “registra la propiedad”, como se ha oído estos días, se acabarían nuestras fiestas más multitudinarias y participativas. Para conseguir algo, pensamos que sería necesario que el Ministerio designara a nuestros “Indianos” como “Fiestas de Interés Turístico Nacional”, o, por qué no, “Internacional”, como algo más lógico. Son estas fiestas las que nos hacen diferentes a los otros Carnavales copiados de los de Brasil.

En cualquier lugar del territorio palmero se “corre” el Carnaval, con música y con “polvos de talco”. Auténticas batallas “incruentas y blancas” de miles de kilos de oloroso polvo de talco inundan todos los rincones, especialmente los de la capital durante este “día grande”. Es una de las máximas expresiones de alegría del palmero, a pesar de que arrojar salvados, polvos y harinas se encuentra entre los más antiguos ritos del Carnaval en España desde el siglo XIV. Actualmente no existe otro lugar conocido en el que se lleve a cabo un espectáculo de estas características asumido como propio por un pueblo orgulloso actuando al unísono, sin ningún programa que lo limite. El pueblo comienza a andar por voluntad propia y es cuando empiezan “Los Indianos”.

El arcediano José Viera y Clavijo es uno de los primeros que escriben en Canarias sobre esta costumbre carnavalera: “Todo son juegos, chanzas, diversiones / ya arrojan al cabello limpios talcos…”.

Los Indianos - Plaza de España

Hernández Pérez hace un exhaustivo y completo estudio sobre los “empolvados, huevos rellenos, agua e inmundicias y otras costumbres del carnaval canario”, en su obra, que recomendamos, titulada “La Palma. Sus Fiestas y Tradiciones”.

También allí se recoge una de las primeras manifestaciones directas de empolvados que conocemos. El periódico “El Ómnibus”, el 30 de marzo de 1867 publica una crónica fechada en Santa Cruz de La Palma que dice, entre otras cosas: “… todos los jueg
os se reducen á tirar á las ventanas huevos llenos de harina ó polvos de olor (especie de bombardeo); entrar en las casas a empolvar y bailar; máscaras y parrandas por la calle…
”.

El carnaval de las clases más adineradas se festejaba en los interiores de las sociedades y clubes de Santa Cruz de La Palma. Sin embargo, para el otro carnaval, que se celebraba simultáneamente en la calle, las autoridades no cesaban de promulgar edictos y decretos que finalmente acabaron por abolir esta costumbre en todas las islas.

En definitiva, los empolvados eran molestos y había que erradicarlos. El periódico palmero El Tiempo, de 26 de enero de 1928, publicó una nota de la Alcaldía de la capital que decía: “Relacionado con la prohibición hecha por el Sr. Delegado de arrojar polvos y harinas… antigua tradición que no está en consonancia con la cultura de esta ciudad, el Sr. Pérez González nos ha manifestado que está dispuesto a castigar con dureza y energía cualquier intento de desobediencia de esta prohibición”.

Los vestigios de prensa que han llegado hasta nuestros días nos relatan incansablemente los intentos del pueblo por recuperar nuevamente la tradición de los empolvados en La Palma, donde sólo se conserva con fuerza. De este auge, nos da muestra el que de las fábricas llegaban los paquetes de polvo con etiquetas que decían: “Especiales para La Palma”. La Casa Duque, incluso, llegó a traer para su venta paquetes de hasta 25 kilos.

Los Indianos - Negra Tomasa bailando

El periódico palmero el “Diario de Avisos”, el 21 de febrero de 1963 publicaba: “Es la costumbre tan conocida y tan querida por los palmeros y las palmeras de ‘tirar polvos’…”.

También el 22 de febrero de 1965 aparecía el artículo “Correr los Carnavales”, en el que un visitante sorprendido decía: “si algo pude saborear fue el contenido íntegro de un saco de polvo… que me largaron encima unos alborotadores juerguistas…”.”No hay, a lo largo de todo el calendario canario, festejos que estén más fuertemente prendidos al ánimo de la gran mayoría de los palmeros…”. “Algo está pasando con los polvos de talco que antaño nublaban la ciudad que daba gusto verla durante una semana…”.

Ya en la actualidad, concretamente de la pluma del tinerfeño Elfidio Alonso, salía un libro en 1985 titulado “Estudio sobre el folklore canario”, donde, hablando de los empolvados de la Palma dice: “Los más viejos del lugar creen que esta costumbre de lanzarse polvos de talco tuvo que ver con un hecho ocurrido en el siglo XIX, cuando un barco, que portaba sacos de harina en malas condiciones, dejó en tierra toda la partida…”. Sigue narrando cómo los lugareños usaron esa harina como divertimento del Carnaval, que se estaba celebrando por entonces en Santa Cruz de La Palma.

Se informa de cómo “la costumbre de arrojar polvo de talco sólo respetaba a la persona que tuviera luto, para ninguna más había indulgencia”.

“El Desembarco de Los Indianos” toma parte oficialmente como tal en el programa de festejos carnavaleros organizados por el Ayuntamiento de la capital palmera desde 1966, denominados entonces “Fiestas de Invierno”. Es aquí cuando se preparan formalmente, donde la comisión de fiestas del “recibimiento de los indianos también celebró asambleas y los residentes desempolvaron los trajes, les sacaron la naftalina o los hicieron”. Los indianos, con su singular vestimenta, “traen a las Fiestas el sabor de la América lejana”.

Desde las diez de la mañana del Lunes de Carnaval comienza en el Atrio del Ayuntamiento “La Espera”, con entrega de “distinciones a Ministros, Embajadores y Cónsules llegados a la isla para tan importante empolve. Se garantiza jolgorio y se requiere rigurosísima etiqueta…”. Se inicia la fiesta con recitales de música cubana, degustación de melaza y otros productos típicos, en la Plaza de España, actuaciones teatrales, etc. y, por fin, el “recibimiento oficial de La Negra Tomasa” (figura emblemática de las fiestas: Embajadora de Cuba).

Los Indianos - Calle Real repleta

Más tarde, después del almuerzo —momento mágico en el que “disfrazados de indianos”, las familias y los grupos de amigos, asociaciones, comparsas, grupos… se concentran en casas, sociedades, bodegas, etc.— se reparten gratis varias toneladas de polvos de talco en los camiones dispuestos por la corporación municipal justo antes de que dé comienzo el Gran Desfile de Indianos desde la Avenida homónima hasta la Plaza de la Alameda. Es aquí donde tiene lugar la gran Verbena del Desembarco.

En el recinto principal de las fiestas comenzarán las verbenas y el festival de música cubana hasta el día siguiente, quedando toda la ciudad blanca y resbaladiza, como después de una gran nevada.

Para concluir, nuevamente nos referimos al trabajo de María Victoria: «En un principio, los polvos de talco estaban alejados de este cortejo decimonónico. En los años ochenta se recupera, con implantación anual, para el programa oficial del Ayuntamiento “La Llegada de Los Indianos”, a la que se entremezcló la vieja tradición de los polvos; hoy, “La batalla de polvos de talco y la llegada o desembarco de los indianos” se ha convertido en el número más representativo del carnaval de La Palma».

Para ver vídeo sobre esta fiesta, clicar AQUÍ.

[*Otros}– “Los Indianos”, el cuadro. Santa Cruz De La Palma

11-02-09

José Guillermo Rodríguez Escudero

Esta obra de Juan Bautista Fierro Van de Walle (1841-1930) es un dibujo a tinta y acuarela de 22 x 29 cms, cuya firma aparece —junto con la fecha de su ejecución, 1911— en el ángulo inferior derecho: “J. B. Fierro”. Actualmente se custodia en una de las salas del Museo Insular de La Palma, en el Convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción, conocido como templo de San Francisco de Santa Cruz de La Palma.

El autor, un artista aficionado, fue Capitán de las Milicias Insulares, Jefe del Partido Liberal, Diputado Provincial por La Palma, Presidente de la prestigiosa Sociedad “La Cosmológica” de la capital palmera, llegando a convertirse en su Director Honorario como reconocimiento a su labor.

Indianos - completo

Su estilo pictórico, caracterizado por la deliberada ingenuidad, tanto en la representación de la realidad como en los colores empleados —esto es, primitivo y naïf— relata, por lo general, tipos y costumbres populares, con técnica y perspectiva inocente y candorosa. A través de su mirada podemos observar cómo aflora el humor, el fino sarcasmo, la pizca de mordacidad, una suave parodia y caricaturización de las escenas costumbristas y figuras, fiestas, personajes populares, vistas urbanas…

Ejemplos de este quehacer tan personal, tan suyo, son las siguientes obras: “El ciclista de Puntallana”, “La ermita de la Concepción de Buenavista en fiestas” (1884), “Vista de Santa Cruz de La Palma desde el Barranco de los Dolores” (1884), y “Convento y plaza de Santo Domingo” (1885).

Se trata de un amplio catálogo de obras de un alto valor documental y etnográfico. Es importante la valoración que los estudiosos de las costumbres y tradiciones, folkloristas en general, han hecho sobre su más celebrada obra: la indumentaria tradicional de los diferentes municipios de La Palma, fechada en torno a 1860.

Fue también cronista y narrador de su tiempo, y representó los acontecimientos más importantes de la vida de su Santa Cruz de La Palma natal y de la Isla: “Bahía de Santa Cruz de La Palma el 2 de mayo de 1876”, “Amarre del cable telegráfico en 1883”. Como todos sabemos, la capital palmera fue la pionera en las Islas de los grandes avances del siglo XIX: alumbrado eléctrico, telégrafo, teléfono, laboratorio bacteriológico, central hidroeléctrica,… y así un largo etcétera.

Su interés por lo etnográfico y lo social se plasma en pinturas como “Los Indianos” (1911), en la que queda representada la llegada a su “terruño amado” de un matrimonio de indianos, ahora ricos, y sus dos hijos, recién desembarcados y procedentes del Caribe.

Aquí coexisten una serie de valores típicos y tópicos que J. B. Fierro, con gran sentido descriptivo y documental, se deleita en detallarnos. Son los elementos que distinguen al “indiano”: el color blanco impoluto de su impecable traje de lino, el sombrero Panamá de fina paja tejida, el distinguido pañuelo doblado en el bolsillo de su lujosa casaca. que combina con la sombrilla que porta bajo el brazo, los botines de piel, su gran anillo en el dedo medio de su mano izquierda, con la que sujeta la jaula redonda de un exótico loro verde y rojo… Su esposa e hijos llevan blondas, joyas, mantilla, encajes, mitones, abanicos, sombreros de flores, regalos, botines, quitasoles a la moda de La Habana, etc.

En contraposición a esta sugerente escena de la familia de acaudalados indianos y a las “novedades del Nuevo Mundo” que ésta representa, se exhibe ahora a los personajes de la tierra, que contemplan atónitos a los recién llegados, sorprendidos en sus labores cotidianas e identificados por su indumentaria campesina tradicional.

Detrás de ellos, el único que parece haberse dado cuenta de la llegada, y que toma parte activa de la escena, es precisamente el campesino descalzo, con mandil, chaleco y montera que, cabizbajo por el peso del gran baúl de cedro y por el del paquete blanco que porta en su brazo derecho, fuma también, no un habano, sino una cachimba. Se marca así también otra enorme diferencia, pues más que ayudarlos, parece un esclavo que soporta el gran peso del equipaje de sus amos en época colonial.

A lo lejos, los vecinos se agolpan curiosos a las puertas de las humildes casas típicas de campo palmense, ávidos por conocer y admirar el “espectáculo”. En primer término, dos mujeres de “pueblo”, vestidas a la antigua usanza: una con un gran cesto de paja sobre su cabeza, y otra con montera. Parecen haber sido extraídas de su espléndido catálogo de trajes típicos anteriormente mencionado.

En su atuendo es posible distinguir las prendas más representativas de la ropa femenina: las enaguas blancas bordadas, faldas recogidas a la cintura, sombrero de paja en la mano, justillos, toca, pañuelo sobre los hombros, etc.

Le sirve de fondo un paisaje rural, detalladamente recreado por el autor, donde no faltan las palmeras, las piteras, el campo sembrado de trigo, paredes de piedra volcánica, tan reiteradas a lo largo de nuestros campos de La Palma, techos de teja roja… Detrás, la inconfundible silueta de la montaña de Tenagua (Puntallana), que surge por el norte sobre la bahía de Santa Cruz de La Palma. “La perspectiva acientífica y la representación en perfil de las figuras situadas en primer término, rígidas y estereotipadas, acentúan el primitivismo de la composición”.

También en el magnífico y completo Museo Insular se guarda otra versión de este tema, firmado así mismo por Fierro en 1911 (23 x 16,5 cms) y simplificada con las imágenes del indiano —sin su familia—, del porteador y de una “maga”.

[*Otros}– El invierno en Tenerife: Una hora menos y varios meses de adelanto

Enero de 2001

Carlos de Hita

En otras épocas, el Teide debió de sonar mucho más que ahora, pero de aquellos estruendos no quedan ahora ni los ecos. Suena el invierno, que en esta isla es casi un anticipo de la primavera para la que aún queda tanto.

Vista desde el mar, la isla de Tenerife es como el edificio sobre el que se yergue el volcán. De la misma manera que las nubes forman estratos a distintas alturas sobre las laderas, los paisajes vegetales se superponen en capas, según la altitud, la inclinación del suelo y el grado de humedad aportado por esas nubes. Toda la isla forma parte de las llamadas Afortunadas. Pero, como veremos, algunas de esas franjas reúnen más méritos que otras para recibir tal calificativo.

Empieza este recorrido por arriba, en las faldas del Teide, imponente pero apagado. El vacío más absoluto suele imperar en Las Cañadas, las planicies de grava y los malpaíses que se extienden entre las faldas del volcán y los escarpes rocosos que forman la caldera volcánica. Aquí lo normal —guaguas, y turistas del Parque Nacional, aparte— es que sólo se escuche el soplo del viento, aunque, eso sí, con una gran variedad de matices.

Cada arista, cada oquedad, cada borde astillado de la roca volcánica, produce un siseo, un bufido distinto. A veces, sólo a veces, los cantos y reclamos de algunas aves destacan sobre el sonido del aire: un alcaudón real que repite su llamada, áspera y elástica, desde lo alto de una tabaiba; o la voz rítmica y repetitiva de un mosquitero canario, un pájaro presente en todos los rincones del archipiélago. Y nada más.

En los escarpes de la caldera —como, por ejemplo, el llamado risco de la Fortaleza— anidan algunas aves rupícolas, como los cernícalos vulgares, pequeños halcones que, de guiarse por el oído para atrapar sus presas, morirían de inanición, dado el silencio imperante.

Ladera abajo, por el borde exterior de la caldera, el ambiente es mucho más ameno. Crecen por aquí los bosques de pino canario que forman la llamada Corona Forestal. Arboledas muy abiertas, de copas altas y mucho vuelo, donde vive el pinzón azul, endémico de este tipo de pinares.

Se escucha el canto de un macho, como un trino que asciende y cae, mezclado con los silbidos simples del reclamo emitidos por una hembra. Los pinzones suelen deambular por las copas, pero más abajo, entre la escasa cobertura del sotobosque, cantan ocultas las currucas capirotadas.

Posadas en el suelo de una degollada, un collado estrecho, chillan dos chovas piquirrojas. A veces se producen también extrañas armonías: canta un mirlo, y un pico picapinos parece que acompasa sus tableteos al fraseo del ave. Asistimos a un efímero concierto para mirlo y percusión.

Más abajo aún el terreno se vuelve tortuoso. Las coladas volcánicas primero, y las aguas torrenciales después, han excavado profundos barrancos, paisajes hundidos en los que el cielo no es más que una estrecha franja azul entre paredes oscuras.

 

El murmullo del agua se hace presente por primera vez. Las galerías abiertas en los riscos encauzan las corrientes que se filtran de la roca porosa y las reparten hacia los huertos y acequias situados aguas abajo. La atmósfera resuena hueca, con una reverberación que permite imaginar la forma del barranco. Llegan hasta aquí pequeñas matas, retazos de las laurisilvas que en tiempos mejores crecieron más abajo; y con ellas el tenue arrullo de las palomas turqués, endémicas de aquellos bosques. En los prados y matorrales cantan los canarios, los de verdad. Y sus voces, peor educadas, menos elaboradas y barrocas que las de sus congéneres enjaulados, tienen sin embargo la sonoridad de la libertad. Junto a los canarios sisean los reyezuelos y trinan los bisbitas camineros.

El descenso por las laderas del Teide acaba casi de noche, casi en la orilla del mar. El rumor de las olas sube monte arriba, y con él suben también las voces de las aves marinas. Varias pardelas cenicientas revuelan con sus llantos como de muñeco mecánico. Al tiempo, un paíño de Madeira pasa de largo. Pardelas y paíños pertenecen a ese grupo de aves marinas, las procelariformes, que sólo acuden a tierra en época de cría, habitualmente de noche, y pasan el resto del año deambulando por los océanos, seguramente en silencio.

Más modestas, sin pretensiones viajeras, las ranitas meridionales canarias croan a coro desde las acequias y albercas que almacenan el agua de riego. Parecen contentas, quizá por haber encontrado un buen rincón para instalarse en esta isla afortunada.

Fuente: El Mundo

[*Otros}– San Amaro de Puntagorda

05.01.09

José G. Rodríguez Escudero

Su devoción en La Palma

Fray Alonso de Espinosa escribía en su obra de 1594 titulada Historia de Nuestra Señora de Candelaria que la devoción al bienaventurado San Amaro (patronímico muy difundido por los portugueses) o San Mauro (variante equivalente en español), “que es lo mismo”, fue muy intensa en el Archipiélago Canario durante el primer siglo de su evangelización.

A este enigmático discípulo de San Benito se le da culto con especial arraigo en Galicia y Portugal bajo la advocación de San Amaro. También en Madeira existen numerosas ermitas dedicadas al santo milagroso, incluso desde el siglo XV, por lo que no sería muy descabellado suponer que haya llegado a Canarias a través de la importante colonia madeirense que aquí se estableció.

En nuestra isla de La Palma era rara la ermita o templo que no contase con una imagen de este santo benedictino. Ya en los siglos XVI y XVII era muy venerado en Barlovento (escultura inventariada en 1664), Villa de San Andrés (1629), Los Sauces (1616), La Galga (1602), Puntallana (1602), Breña Alta (1616), Santa Cruz de La Palma (1546), La Galga (1602), Las Lomadas (1568) y en Puntagorda (1577).

En este último pueblo norteño, la iglesia erigida sobre 1553 por los primigenios habitantes fue consagrada a su querido patrón San Amaro. Lamentablemente han desaparecido las tallas de Las Lomadas, de Breña Alta, de Barlovento… Curiosa es la historia de la talla de San Amaro de la capital palmera. Ésta fue salvada junto con la imagen titular de la ermita de Santa Catalina de Alejandría cuando una terrible avenida del barranco arrasó el templo reduciéndolo a ruinas. Fueron depositadas provisionalmente en la ermita de San José. Actualmente la preciosa imagen flamenca de la Santa se halla entronizada en su propio retablo, también rescatado, en la ermita de San Sebastián, ignorándose dónde se halla la de San Amaro.

Desde mediados del XVIII esta advocación pasó esporádicamente (luego de forma genérica) a llamarse San Mauro Abad. Viera y Clavijo comentaba: “el lugar donde está la parroquia se llama la Lomada de San Amaro…” Así mismo, Madoz en el siglo XIX registraba los dos nombres actuales: “distribuidas en cuatro lomadas denominadas de San Mauro ó San Amaro”. En Sala Capitular de la “Catedral de Canarias” se encuentra un documento en el que se desglosan por pueblos y parroquias “los padrones de La Palma” en 1819. Allí se lee: “Punta Gorda, San Amaro, año 1819: “Lomada de San Amaro, Lomada de Inaguada, Lomada de San Roque y Lomada del Pilar con 155 casas.” Cazorla León lo recoge en un apéndice de su obra acerca de los beneficios palmeros.

En referencia a este punto, en el trabajo de Tejera Grimón se lee: “ A lo largo de la historia se ha producido una ambigüedad en su denominación radicando en que la imagen de su titular, San Mauro Abad, ha sido confundida con la advocación de San Amaro, debido al equívoco existente tanto por tradición oral como por las fuentes escritas, que le han designado, indistintamente, el mismo nombre…” Queda aquí constancia de su opinión.

Don Leoncio Afonso Pérez recogía las siguientes frases en su artículo del 7 de febrero de 1982, recogido en el trabajo de Padrón Hernández y titulado «San Amaro: mito solar y Atlántico»: “San Amaro se ha desvanecido del espíritu palmero, recientemente todo se ha puesto contra él, se abandonó su templo, después de desvalijarlo, sólo faltó la purificación por el fuego para consumar la destrucción, dejada a cargo del tiempo, el racionalismo incrédulo se ensañó con él. Ahora el patrono de Puntagorda se encuentra en otro templo “nuevo” y ya no es San Amaro, le han convertido en San Mauro, Abad francés sin arraigo alguno. Para forzar su olvido también se cambia la fecha de su fiesta y así no guarda relación ni con el equinoccio, ni con la cosecha, desvinculando de su raigambre campesino…”

Largas peregrinaciones de devotos agradecidos por su intersección llegados de todos los puntos de la Isla acudían en romería a ofrecer al santo numerosos exvotos, “manos, pies, brazos, ojos de cera en señal de milagros” (Lavandera). El profesor palmero Pérez Morera también indicaba que era tal la cantidad de dones y ofrendas entregadas al Santo que su número llegó a preocupar a las autoridades eclesiásticas, “que prohibieron que se colocasen públicamente”.

Esta profunda devoción hacia el Patrón de Puntagorda hizo que llegaran a su santuario ricas piezas de orfebrería remitidas desde América por emigrantes palmeros que agradecían su intersección por haber encontrado suerte en aquellas lejanas tierras. Así, por ejemplo, enviada por el presbítero Domingo Pérez desde México antes de 1661 es la preciosa lámpara de plata de unos 37 cms. de diámetro. También es de plata sobredorada una corona imperial procedente de Perú y datada en 1667 que lleva la Virgen del Rosario sobre sus sienes. Fue enviada desde aquel país por Francisco González Cortés “juntamente con una lámpara y un cáliz que hoy no existen” (G. Rodríguez).

Con relación al rico patrimonio arquitectónico de La Palma, existen templos que han quedado lamentablemente abandonados al construirse nuevos complejos parroquiales, como ocurre con Nuestra Señora de Bonanza en El Paso, San José en Breña Baja y la que nos ocupa, San Mauro Abad en Puntagorda.

La primitiva ermita

El alcalde de la capital palmera, Lorenzo Rodríguez, en sus célebres crónicas informaba de que “nada se sabe con certeza acerca del origen y fundación de esta parroquia, porque en el incendio de la casa rectoral sucedido el 31 de agosto de 1811, siendo párroco Don Pedro Manuel González de los Reyes, pereció el archivo, que parece se hallaba en ella”. En el trabajo sobre el templo, también Padrón Hernández afirma que “no se sabe con certeza en qué año fue construida esta iglesia, tampoco cuando se fundó o cuándo se abrió al culto”.

Sin embargo, la iglesia de San Mauro o San Amaro de Puntagorda, como antiguamente se conocía, tuvo que ser uno de los primeros templos fabricados en La Palma, puesto que “es el sexto beneficio que se creó en virtud de la Real Cédula de Felipe IV de 24 de mayo de 1660, después de los tres de la ciudad y los de Puntallana y San Andrés”. Un siglo antes, el 2 de mayo de 1571, en una visita que efectuó el Obispo Fray Juan de Arzólaras, recogida en el Libro de Mandatos de la parroquia de la Villa de San Andrés, se dice que, “habiendo visto su Iltma por vista de ojos que además de las tres parroquias principales, a saber, la de esta ciudad, Puntallana y San Andrés, había otras seis pilas bautismales, entre las cuales cita a la de San Amaro de la Puntagorda …”

En esta visita, el prelado dispuso que, en atención a los malos caminos y a las enormes distancias que tenían que sortear los feligreses para recibir los sacramentos de manos de los beneficiados, se contase con capellanes asalariados que percibirían 120 doblas ca
da uno.

En el testamento de Margarida Sánchez, mujer de Rafael Borlengo, “corredor de lonja”, fechado el 30 de septiembre de 1553 se lee: “Manda a la ermita de San Amaro, que al presente se funda y hace en el término de Puntagorda, unas artes de lienzo de ruán, con una sanefa de deshilado blanco para que sirvan en el altar, y 4 reales para ayuda de su obra…”.

De este extracto se desprende que fue aproximadamente aquél el año de la fundación de la antigua ermita, asentada en un hermoso paraje situado a unos 450 metros sobre el nivel del mar. Leticia Tejera nos informa de que estamos ante un “histórico lugar donde en sus alrededores se produjeron los primeros asentamientos del municipio”.

Padrón concluye: “existe en el Archivo Parroquial un Libro de Visitas y recaudación de cuentas del Mayordomo del año 1577”. A fines del siglo XVI había trabajado en el templo el carpintero Mateo Afonso, obra que fue perdiéndose con el paso de los siglos, “llegándose al siglo XVIII en un lamentable estado de ruina” (Tejera).

En la visita realizada en 1679 por el beneficiado Juan de Guisla se hacen diferentes anotaciones y descripciones acerca de otras que se produjeron (allí la más antigua data de 1603) y de los libros que se hallaron en el templo. Estos se refieren a las inscripciones de bautizos, defunciones, bodas, confirmaciones, etc.

En aquélla de 1603 se hace una descripción de cada una de las visitas y que en adelante se han de realizar. Según Padrón Hernández, éstas serían “Visita de sagrario, de pila y santos óleos, de iglesia y altares, de coro, de sacristía y ornamentos, de beneficiado, clérigos, sacristán y alguacil, de archivo y de mandatos, de cofradías, de ermitas y oratorios, de capellanías y memorias perpetuas, de obras pías, de testamentos, de abientestados, de pecados públicos, Condenaciones, Mandas forzosas, derechos de visita, conclusión de la visita”.

Tuvo mala fortuna la segunda fábrica que se reedificó a partir de 1797. En ella participó activamente el albañil Domingo Fernández de Crespo tras la licencia que dieron las autoridades eclesiásticas. Sin embargo, un devastador incendio destrozó la iglesia. Se procedió a su reconstrucción en forma de cruz latina (tal y como lo atestiguan las ruinas) y de una sola nave.

El propio Lorenzo indicaba que “la parroquia es de una sola nave, y es una lástima que habiendo sido reedificada a principios de este siglo, o fin del anterior, se hubiese dejado en el sitio en que hoy se encuentra y no se hubiese llevado a donde principiaba ya a fomentarse la población. En este distrito parroquial no hay ninguna ermita”. Efectivamente, la parroquia actual se construyó en lugar bien distinto al que ocupaba este bello templo original, más cerca del incipiente núcleo poblacional. Se reedificó a mediados del siglo XX y fue abierto al culto en la Semana Santa de 1960.

Su simétrica fachada está marcada por un arco de medio punto labrado en buena piedra y, como elemento peculiar de nuestra arquitectura palmera, un bonito balcón de madera que da al coro. Éste es un elemento significativo “no sólo desde el punto de vista formal, por el tratamiento de sus elementos, sino también por los espacios que define esta estructura”. La espadaña tiene capacidad para dos campanas grandes y una pequeña en el centro y está rematada también en piedra labrada, sobre la que aparece una pequeña cruz.

Esta iglesia de “Señor San Amaro del Lugar de la Puntagorda (según su denominación de la Visita de 1679) se encuadra, según Padrón, en el período intermedio del Gótico, aunque posee algunos elementos significativos – como hemos visto y veremos-, uno de los más destacados es “el arco ojival que divide el espacio entre la nave de la iglesia y el antepresbiterio”. También es digna de mención la puerta en madera calada del baptisterio. Tejera es tajante al afirmar que en la ermita “conviven el mudéjar y el gótico, siendo además la única iglesia de Canarias que teniendo dos arcos torales, uno de ellos, el del antepresbiterio, es de línea ojival”.

El Decreto 602/85 de la Consejería de Cultura y Deportes declara, entre otros, Monumento Histórico Artístico de interés para la Comunidad Autónoma de Canarias, la “Iglesia de San Mauro Abad y la Casa Parroquial (antigua casa del Pósito Municipal) en Puntagorda, La Palma”. Esta denominación de acuerdo con la Ley de Patrimonio Histórico 16/85, de 25 de junio, es de Bien de Interés Cultural, con declaración de Monumento.

Evolución del templo

Se comienza a tener constancia de las deficiencias de la ermita en 1679. En la visita efectuada en ese año se dejaba constancia de que cuando llovía, el agua inundaba el interior del templo, por lo que se instaba a que fuera restaurado el tejado durante el verano.

La pared de la capilla mayor “estaba vencida” en 1701. Sus paredes también presentaban un lamentable estado en 1705. Se comienza a reedificar en 1707 con aportación de los vecinos y en 1718 consta haberse iniciado el arreglo de la capilla mayor; unos trabajos que duraron hasta 1757.

La ermita amenazaba ya ruina en 1788 “mandando que se asegure esta fabrica poniendo un estribo”. También se pedía que se colocase una puertecita bajo el coro para poner los trastos y adecentar la iglesia. Se construye la sacristía en 1782 y el campanario en 1789. Anteriormente, el que existía lo conformaban “tres palos a la puerta de la iglesia y en ellos una campana pequeña”.

En la visita del obispo Folguera y Sión de 1831, éste ordenaba la venta de una lámpara para que, con su importe, se procediera a iniciar nuevas obras y a comprarse cuatro faroles para las procesiones, tela para capa, casulla, etc. También para que se compusiese el piso de la ermita, etc.

En el archivo de la Parroquia de El Salvador, en un expediente de 1849, consta cómo era urgente la necesidad de hacer reparos y reformas que serían sufragadas por “las limosnas de Cofradías del Santo Patrono”. Con esta aportación se finaliza una pequeña capilla donde se encuentra la pila bautismal y sirve de “local donde se depositasen los cadáveres e igualmente para vestirse y desnudarse las hermandades del Señor y del Rosario”.

Los jornales de albañilería y carpintería ascendieron a veinticuatro pesos en otras reformas que se hicieron durante ese año de 1849. Anteriormente se tuvo que trasladar la pila bautismal de sitio, al actual baptisterio, desapareciendo de su primitivo lugar, junto a la entrada principal. Esta pila está ricamente decorada y pintada, siendo de “canto de La Gomera”, como se decía en la Visita de 1679. Son importantes los trabajos realizados en madera de tea, especialmente las pilas de agua bendita que se apoyan en sendas columnas del coro.

En el incendio del 31 de agosto de 1811 desapareció parte del archivo parroquial y también algunos retablos resultaron deteriorados. Tejera Grimón informa de que se procedió a sustituir estos altares por otros con “elementos neoclásicos ya en boga en ese momento”. Al igual que en El Salvador de la capital palmera, se actuó en el conjunto de la ermita adaptándolo al nuevo estilo: el Neoclasicismo.

El polifacético Cura Díaz había dirigido una serie de polémicas intervenciones en el interior de la Parroquia Matriz, como la sustitución del magnífico altar mayor, “famoso en todas las islas”, por otro ejecutado en 1826 por el arquitecto José Joaquín Martín de Justa (1784-1842), “adaptando para Puntagorda el dibujo utilizado” en dicho retablo. En él, San Mauro ocupaba la hornacina central y única que se erigía sobre una mesa de altar.

A ambos lados se situaban grandes pilastras planas pareadas y coronadas por capiteles corintios. Su restaurador Pablo Amador recuerda que el capitalino había levantado recelos entre la población palmera “al vincularlos con los modos y emblemas masónicos, cuya relación queda patente en las semejanzas que el profesor Pérez Morera encontrara en el retablo de El Salvador y la portada del templo masónico de Santa Cruz de Tenerife”.

Tejera concluye su estudio sobre la pieza de Puntagorda con estas palabras: “la abundancia de semejanzas y su carácter significativo nos hacen pensar que éste sea un ensayo previo a la gran obra de Martín de Justa, el retablo mayor de El Salvador”. Lamentablemente muy poco queda de los valores cromáticos originales. La misma autora nos informa de que “como mucho parte de las guirnaldas que decoran el parapeto superior, también presentes en una de las partes del entablamento, aunque ocultas por un repinte marmóreo”.

En 1872 se rebaja en más de medio metro (65 cms.) el nivel de la capilla mayor, “colocándose la escalinata junto al arco toral”. También se pone el pavimento de cerámica de color en ella y en el presbiterio, mientras que el de piedra original se coloca en la sacristía.

En el detallado estudio sobre la ermita, Padrón Hernández también analiza la situación actual. Ciertamente no han existido modificaciones desde aquéllas hasta el siglo XIX, “salvo el corte de piezas de madera de la sacristía sobre 1950”. Después de la edificación de la nueva ermita en el núcleo del Pino de la Virgen, el templo original entró en un profundo proceso de deterioro por su abandono.

En 1988 el Gobierno Canario ejecuta un esfuerzo con estructura metálica, consistente en un apuntalamiento de las paredes Sur y Este, así como la esquina Suroeste de la ermita. Interiormente se realizó el refuerzo en la nave y presbiterio, “centrándose esta acción en las techumbres”. En 1992, para evitar el desplome de la espadaña, más concretamente el campanario, se produce una nueva intervención.

Tras largos años de abandono, la antigua iglesia de San Mauro Abad ha visto finalizadas sus obras de rehabilitación en agosto de 2002”. (Tejera)

Antiguos bienes patrimoniales

En el inventario efectuado por el célebre beneficiado y Visitador Juan de Guisla en 1679 se desprende la gran importancia que la antigua parroquia tenía en la época. Lamentablemente muchos de los objetos, cuadros, tallas, etc. no han llegado hasta nuestros días.

Entre las imágenes destacan “una imagen de sor San Amaro de talla en el nicho principal del altar mayor, una del apóstol San Pedro en talla en el segundo nicho, una de San Franco, de talla en el tercero, un crucifijo de talla en su altar, una imagen de Nuestra Señora de la Encarnación de vestir, una de Santa Lucía de talla, una de San Blas de talla, una de Santa Apolonia pequeña de talla, una de San Cayetano de talla, una de Nuestra Señora del Rosario de vestir con niño en las manos en su altar… cuatro pinturas en lienzo con guarnición, las dos de Nuestra Señora del Rosario y de Candelaria sobre puertas en los paineles del Retablo del Altar Mayor…” , en cuanto a las “cosas de piedra”, se lee “tres piedras de ara una en el Sagrario y dos en los altares”

Hagiografía

San Mauro de Glanfeuil, o San Mauro Abad (en este caso no hay que confundirlo con San Mauro de Roma o San Mauro el Africano), cuya onomástica se celebra el 15 de enero, fue un monje benedictino nacido en Roma hacia 500 y criado en Subiaco bajo la dirección de San Benito. Con él fundó la abadía del monte Cassino (Montecasino) en 528. Tras fundar el monasterio de Glanfeuil (hoy San Mauro de Loira), el más antiguo establecimiento benedictino de Francia, murió en 584.

Su relicario fue trasladado cerca de París hacia 868, pueblo llamado desde entonces Saint Maur lès Fossé en su honor, convertido rápidamente en un lugar de peregrinación. Uno de sus más insignes devotos fue el emperador Carlos IV de Bohemia, aquejado de gota.

Ya desde la Edad Media se le invocaba también para la curación de la cojera, así como de los calambres, de la ronquera, de los resfriados, de los dolores de cabeza y del reumatismo. Se dice que había salvado de un estanque a San Plácido sin coger el menor resfriado.

Es el Patrón de los hortelanos, de los carboneros y de caldereros. En el siglo XVIII la sabia congregación benedictina francesa adoptó el nombre de congregación de Saint Maur.

Iconografía

Se le suele representar con sayo y capuchón, y como atributo personal un báculo abacial cuya voluta se curva hacia el interior. A veces una muleta colocada a sus pies alude a su patronazgo de los cojos y gotosos.

En el caso concreto de Puntagorda, la primitiva representación del patrón consistía en un “San Amaro de bulto pequeño” (Inventario de 1574). Más tarde fue sustituido por la bella imagen actual en madera policromada, relacionada por primera vez en 1577 como una “imagen de San Amaro de bulto grande en vn tabernáculo de madera con sus puertas” (Lavandera).

En el inventario realizado en la visita de 1603 se describe como “Vna Ymagen del de Sor San Amaro detalla en el nicho prinsipal del Altar mayor”. También se dice “laYmagen de San Amaro detalla de Rasonable hechura esta este altar desente…”

La que actualmente desfila procesionalmente no fue concebida para tal fin puesto que su parte posterior no está tallada. Por ello se cubre con una amplia esclavina oscura o hábito negro ribeteado en dorado con capucha. Otras veces se le coloca un manto o capa de brocado clara bordada con decoración floral, etc.

Sostiene un libro abierto de la regla benedictina de tapas rojas con su mano izquierda, mientras que con la derecha aguanta un largo báculo abacial de plata, por haber sido el primer abad de la Orden en Francia. Está coronada su cabeza con una bella mitra de plata repujada en su color.

Los orgullosos lugareños celebran la festividad de su Santo Protector durante la primera quincena de agosto, aunque, antiguamente, este acontecimiento se marcaba en el calendario el 15 de enero, su onomástica. En 1916, el párroco don Bienvenido Serra trasladó la fiesta al mes de septiembre, para más tarde hacerlo como es en la actualidad.

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BIBLIOGRAFÍA

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  • LORENZO RODRÍGUEZ, Juan B. Noticias
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    La Laguna, 1975, t. I.
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  • MADOZ, Pascual. Canarias, Edición Facsímil 1845-1850
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  • PÉREZ MORERA, Jesús. Iglesia parroquial de San Mauro Abad. Puntagorda, memoria correspondiente al inventario del Patrimonio Histórico Artístico de La Palma, 1987
  • TEJERA GRIMÓN, Leticia. La iglesia de San Mauro Abad. Puntagorda. La Palma, Servicio de Publicaciones del CICOP, La Laguna, 2002
  • RÉAU, Louis. Iconographie de l’Art Chrétien, P.U.F, Paris, 1957.
  • RODRÍGUEZ, Gloria. La Platería Americana en la isla de La Palma, CajaCanarias, Ávila, 1994.
  • VIERA Y CLAVIJO, J. Noticias de la historia general de las Islas Canarias, Goya Ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 1982.

[*Otros}– San Antonio Abad, el «Señor de los Animales»

José Guillermo Rodríguez Escudero

Iconografía, arte e historia en la ermita palmera de San Sebastián.

La tradición religiosa ha sido especialmente propensa a asignar a cada santo o advocación cualidades especiales de patrocinio sobre grupos sociales, zonas, oficios, etc., y a considerar su protección contra los variados peligros que amenazan al ser humano.

sanantinioabadLa figura de San Antonio Abad como patrón del ganado se deriva, probablemente, de su condición de santo antipestoso y, por ende, santo protector de los animales. Por este motivo es acompañado por un cerdo, especie sobre la que tenía singulares poderes curativos.

La iconografía de este santo anciano es muy variada y no se limita sólo a esta faceta intercesora. Entre los pasajes de su vida ermitaña sobresalen varias tentaciones que le atormentaron en el desierto, a semejanza de Cristo. Se han interpretado por lo general como alucinaciones de un solitario agotado por el ayuno y la vela. Recordemos el lienzo de El Bosco (1450-1516) que se conserva en el madrileño Museo del Prado titulado Las tentaciones de san Antonio.

Otra representación pictórica digna de mención, ya en Canarias, la encontramos en la iglesia de Nuestra Señora de Las Nieves, en el término municipal de Agaete, en Las Palmas. En la tabla izquierda del tríptico flamenco —obra de Joos van Cleve (1490-1540) y conocido como el retablo de Antón Cerezo— se representa al santo ermitaño, patrón del donante. El óleo sobre tabla mide 117 x 54 cms. y está fechado entre 1535 y 1537. El venerable anciano, cubierto por ropa talar y una gran capa negra con capucha, camina descalzo por un frondoso paraje en unión de su inseparable cerdo con una campanilla o esquila en la oreja. El santo desgrana con su mano izquierda un grueso rosario de cuentas translúcidas asido a su cinturón, mientras que en la derecha porta una larga y fina vara rematada por una cruz en tau en la que se apoya al andar.

También en la escultura ha tenido mayor difusión su representación aislada como anacoreta —tras haber entregado su fortuna a los pobres— provisto de cayado o bastón, portando un libro, y siempre seguido por un puerco. Este hombre santo decía: “El que permanece en la soledad se libera de tres géneros de lucha: la del oído, la de la palabra y la de la vista. No le queda más que un solo combate: el del corazón”.

En otras épocas se le invocaba también para librar la peste de los animales, de ahí que se le represente con un cerdo a sus pies. Como en este caso, y como norma general no exenta de excepciones, los atributos de respetable tamaño, como un gorrino, son representados en tamaño reducido. Esto sucede para evitar que estorben en el altar o en el trono y no resten importancia a la imagen del santo. Son meros símbolos. No exceden las medidas de un simple conejo con relación a la imagen del santo. Los atributos, en definitiva, son para conocer las imágenes, no para sembrar confusiones.

ninhosabadEsta advocación posee algunas representaciones en la Isla de La Palma. Un ejemplo lo encontramos en la ermita de San Sebastián de la capital palmera, Patrón de la Salud Pública. Esta capilla ya existía en 1535 y había dado nombre al barrio, de carácter popular, configurado en torno al camino que comunicaba a esta ciudad con las Breñas y la banda de Los Llanos. En ella, además de la talla flamenca del siglo XVI de su titular, el flamante y glorioso San Sebastián, se contaba, y se cuenta, con otras dos advocaciones antipestosas veneradas una frente a la otra en los altares colaterales de la única nave de la pequeña iglesia: las tallas de San Roque y San Antonio Abad.

Una representación pictórica de este último ya se hallaba en el mismo templo en la décima visita documentada efectuada el 10 de junio de 1591 por el visitador general del obispado, Licdo. Gabriel Ortiz de Saravia:

“Hallose que la ymagen de Santa Ynés de bulto que solía estar en el altar por no ser proporsionada estaba al presente en casa del mayordomo para aderesarla y en su lugar estaba una tabla debuxado en ella la figura de San Anton, mandose adobar la ymagen”.

San Antonio Abad, además, alcanzó extraordinaria popularidad por su fama como santo curador del llamado fuego de san Antón o mal de los ardientes —erisipela gangrenosa— la lepra y la sífilis, amén de la peste, el lumbago, las enfermedades de la piel, etc. Además de las magníficas pinturas del techo raso de la capilla mayor, el artista Ubaldo Bordanova también decoró ambos retablos.

Pérez Morera nos informa de que, según consta en 1642, “el señor racionero don Lucas Andrés Fernández, hacedor de La Palma y vecino de la ermita” había mandado la confección de dos retablos —acepción que también se usaba entonces para designar una pintura sobre tabla— para los altares colaterales ya que la ermita por aquella época se hallaba en un lamentable estado de pobreza. Uno se hallaba bajo la advocación de San Ildefonso y el otro el de San Antonio Abad. Cada uno de ellos estaba apreciado en 200 reales y “pintados de limosna” por el afamado artista Antonio de Orbarán.

Así viene escrito en el “Ynbentario” de 27 de febrero de 1642, efectuado durante la visita del Doctor Eugenio de Santa Cruz, provisor general y juez ordinario del obispado: “Ytem otro rretablo del señor San Antonio Abad que el de arriba y éste están en los dos altares colaterales, el qual assi mesmo mando hacer el dicho señor rraçionero y para él dio todo lo necessario de limosna y lo pintó el dicho Antonio de Orbara de limosna para su devoçión y se apreçió en duçientos rreales [Al margen: Retablo nuevo de Sr. San Antonio Abad]

El mismo investigador palmero nos informa de que se habían consumido por el tiempo y después de 1747 se colocaron en su lugar sendos cuadros de ambos santos, como consta en el Libro de la Ermita, custodiado en el Archivo Histórico de Madrid. Ya aparecían por primera vez en el la visita del Licdo. Juan Sánchez Vizcaíno, Beneficiado y Vicario, ocurrida el 18 de septiembre de 1625. Allí consta “Yten una ymagen de lienzo de San Ylefonsso. Yten una tabla en questá pintado San Antón…”.

Don Esteban de los Reyes Utre Loreto y Carmona, presbítero, había declarado, como nos recuerda el cronista oficial de la capital palmera, Pérez García, “que construyó por su devoción y de su propio peculio el altar retablo de San Antonio Abad cuando fue ordenado de menores, cuidando del culto del santo, cuya imagen colocó en su propio altar en la ermita del Señor San Sebastián”.

El mismo religioso doró y puso una vidriera en su hornacina. También donó las pequeñas esculturas de niños para colocarlas al pie de la peana de la venerada imagen. En su testamento de 1806 también declaró que había colocado la talla del “Señor San Antonio Abad, con su diadema de plata sobredorada, muleta y campanita de plata con seis niños en rrededor de su nicho […] y velo de damasco encarnado…”

Según el investigador palmero Fernández García, esta primera escultura de San Antonio fue sustituida en el siglo XIX por la actual talla datada, aproximadamente- en torno a 1755 y adquirida en el puerto mexicano de San Francisco de Campeche. Aparte de haberse convertido en el primer puerto de la península del Yucatán, también se había erigido como uno de los primeros astilleros de las Indias, destino, además, de mayor importancia dentro del tráfico canario-americano.

La había donado el capellán castrense José Pérez Hernández quien, a su vez, la había heredado de su padre, Antonio Abad Pérez Herrera. Como curiosidad, digamos que el donante era cuñado del afamado escultor palmero Aurelio Carmona López. En palabras del profesor palmero Pérez Morera, “constituye una de las más hermosas tallas de este origen que se conservan en Canarias”.

Esta magnífica pieza, confeccionada en madera policromada y estofada—de autor anónimo campechano del siglo XVIII y cuyas medidas son 102 x 50 x 38 cm— fue descrita por el propio investigador:

“De carácter arcaizante, cierto reduccionismo en los rasgos expresivos, posición hierática y a la vez equilibrada en las composiciones y dominio de los pliegues del drapeado, el estofado se convirtió en un signo distintivo de esta escultura, donde la lámina de oro servía para la imprimación de diversos colores y esmaltes que transmiten a la imagen liviandad, brillo y luminosidad. Dramatismo y dulzura fueron conjugados por los escultores indios como una notable dicotomía entre la emoción y la paz interior”.

Al padre del monaquismo, viejo ermitaño nacido hacia 251 en el Alto Egipcio al que se le invocaba para librar de la peste de los ganados, se le representa con un cerdo a sus pies. Patriarca de los cenobitas de la Tebaida cuya vida, contada por San Anastasio y San Jerónimo, se hizo popular en el siglo XIII por la Leyenda Dorada del dominico Iacobo de Vorágine, arzobispo de Génova. Además de la ganadería, también se le rogaba por la salud de los animales de corral e incluso domésticos.

Moriría más que centenario en 356. Se suele representar vistiendo manto y capucha de monje y portando en una mano el báculo de abad. Sobre el hombro del manto suele llevar la cruz en forma de “Thau”, alusiva a su origen egipcio. Precisamente esta letra, la tau de San Antonio, se asimiló como amuleto y fue considerada como un preservativo contra las enfermedades contagiosas y la muerte súbita. A San Onofre, otro anacoreta egipcio, se le representa con un bastón en forma de muleta como el de San Antón Abad (como también se conoce a nuestro santo).

Se cree que este bastón de San Antón es el que poseía en su patrimonio personal el obispo Fray Lope de Barrientos. Se sabe que en el testamento de este prelado, dictado el 17 de noviembre de 1454, aparece mencionada como una de las reliquias más preciadas, ya que se consideraba el auténtico del santo.

Es de madera de ébano y plata cincelada y sobredorada, de la primera mitad del siglo XV y de anónimo genovés. Sus medidas son 112 x 18 cms. y actualmente se conserva en la Fundación Museo de las Ferias, obra depositada por la Fundación Simón Ruiz (Medina del Campo, Valladolid). Sánchez del Barrio también nos indica que la empuñadura está rematada en forma de thau o cruz egipcia —la cruz de San Antón— en la cual aparece el anagrama del “IHS” (Iesus Homine Salvator). Lleva los escudos con las insignias papales y las armas de los Luna (Benedicto XIII) y los Gèneve (Clemente VII). También lleva las inscripciones: “Gregorio XI”, “Benedicto XIII” y “Clemenes VII”. La funda es de cuero repujado y cartón (115 x 24 cms.) datada en la primera mitad del siglo XV y se cree obra de un artesano anónimo castellano.

Suele aparecer como un anciano con barba, leyendo en un libro que lleva en la mano que, según el tratadista Pacheco, significa “que sin estudiar supo la Escritura Sagrada”. El sevillano también insistía en que se le pintase “muy viejo pues murio de ciento y cinco años”. El rosario que lleva colgando del cordón de la cintura sirve para mostrar a los fieles su valor como poderoso talismán frente a las acechanzas del demonio y las enfermedades.

San Antonio Abad se ha convertido, además, en patrón de numerosas corporaciones: los cesteros, porque los solitarios de la Tebaida ocupaban su tiempo ocioso en trenzar cestos; los sepultureros, porque enterró a San Pablo Ermitaño –-muerto a los 113 años de edad–- en el desierto y al que ayudaron dos leones a excavar la fosa; los fabricantes de cepillos, porquerizos, vendedores de cerdos, carniceros, chacineros… por el cerdo, su atributo más popular; los campaneros, a causa de la esquila de esos animales. En algunos lugares también se erigió patrón de los curtidores, alfareros y arcabuceros.

En Canarias se suceden en numerosas ermitas y templos las imágenes de este santo protector de la peste y de los animales. Un ejemplo lo tenemos en el patrón del municipio de Fuencaliente de La Palma. El santo, que mira hacia el cielo, preside en la plaza la bendición de los animales, si el tiempo lo permite. Se le hacen ofrendas con frutas y productos del campo, y tras una solemne función religiosa sale en procesión cada 17 de enero a hombros de sus orgullosos lugareños.

Lamentablemente la talla primitiva se encuentra fuera de culto. Su templo data de antes de 1576. Se cuenta que dentro de él “en una refriega con unos moros que habían saltado en tierra, cogieron uno vivo, después de haber muerto a otros, y habiendolo vendido, aplicaron su valor para aderezar la ermita, lo que verificaron, cubriéndola de tejado, y encalándola, y al mismo tiempo retocando la imagen del Santo Patrono” (Lorenzo Rodríguez).

Hay otros muchos ejemplos. Así, en Tenerife encontramos un relieve anónimo en piedra del siglo XVI que representa al santo con su cochinillo custodiado en el baptisterio de la parroquia de La Concepción de La Laguna; también en el templo homónimo de la capital tinerfeña existe una pequeña efigie anónima del tercer cuarto del siglo XVIII donde el animal está exento; del mismo siglo es la escultura en madera policromada y telas encoladas de la iglesia de La Luz en los Silos.

Aquí el báculo de plata es mayor que la imagen, reformada en 1872 por Juan de Abreu; en Santo Domingo de Güimar se conserva la talla dieciochesca de José Rodríguez de la Oliva; otra escultura se venera en el retablo mayor de la parroquia de Buenavista; etc. En Gran Canaria, en la iglesia de San Sebastián de Agüimes encontramos una talla completa y anónima de 1700, probablemente procedente de algún taller insular. Porta báculo de plata además del cerdo y el libro; etc.

Curiosamente todas ellas llevan el libro en su mano izquierda, excepto el santo de la ermita de San Sebastián, que lo hace con la derecha. Con la misma mano abre el libro la magnífica representación del retablo de la Virgen del Rosario de la parroquial de San Blas de la Villa de Mazo. Tras la segregación de la parroquia macense en 1832, el pueblo de Fuencaliente quiso que su santo patrono estuviese representado en el mencionado altar, colateral del Evangelio. Como vimos, tenía ermita propia en aquel municipio sureño desde el siglo XVI y aneja a la de Mazo.

Viste manto y capucha de monje y porta en la mano izquierda el báculo de abad. Sobre el hombro del manto lleva la cruz en forma de tau y lleva colgado del cinto un rosario, que sirve para mostrar a los fieles su valor como poderoso talismán frente a las acechanzas del diablo y las enfermedades, tanto del hombre como del ganado. La pintura sobre tabla mide 76 x 163 cms. y data de 1689. San Antonio Abad y Santo Domingo de Guzmán, a ambos lados de la hornacina central, son pinturas sobre tabla de estética flamenquizante pertenecientes a la producción artística del palmero Bernardo Manuel de Silva. Según Pérez Morera puede que, cronológicamente, sean posteriores a 1689. Aparecen inventariadas en el templo en 1745. Sin embargo, hay investigadores que confirman su procedencia flamenca.

La escultura del santo ermitaño, que es objeto de este artículo, se muestra de pie, de porte majestuoso, que describe un elegante contraposto, disimulado por la delicada caída de la ceñida túnica, bajo el manto y por detrás del escapulario que cuelga recto. Otras de sus características apreciables son el tallado de la larga barba que, sin patillas, se desparrama por la parte alta del pecho; también el trabajo de sus delicadas manos —la derecha casi abraza el libro abierto y la izquierda sostiene la muleta de plata en forma de “Tau”—; así mismo el de sus pies descalzos sobre una magnífica peana con grandes apliques dorados en forma de hojas de acanto; excelente acabado de su cabeza, coronada por una magnífica aureola de plata en su color que surge sobre una amplia tonsura, tanto en la plasmación de las enjutas facciones como el trabajo de cabello y mencionada barba y bigote; bella policromía que combina el blanco con los tonos ocres y decoraciones doradas resaltadas con picado de lustre, grandes motivos vegetales simétricos de trazo grueso, mientras que el interior y forro de la capa se resuelve con un estofado más sencillo y compuesto de finas trazas horizontales; se consigue así un efecto armónico ajustado a la pobreza propia del santo anciano en su retiro, aunque el lujo de su atuendo responde más al gusto barroco y no una interpretación literal de su hagiografía.

Afortunadamente se ha recuperado la ceremonia de la bendición de los animales en la recoleta ermita de San Sebastián, en el corazón del Barrio de La Canela. El día de la onomástica de San Antón, 17 de enero, son cada vez más los vecinos y feligreses que llevan sus mascotas a los pies del “Santo Protector de los Animales” donde el sacerdote, con ayuda de un hisopo, los bendice en su honor esparciendo sobre ellos el agua bendita. Curiosa o milagrosamente todos guardan un respetuoso silencio.

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BIBLIOGRAFÍA

  • Libro de Visitas de la ermita de San Sebastián de Santa Cruz de La Palma, (s. XVI-XVIII), Archivo Histórico Nacional de Madrid.
  • ARRANZ ENJUTO, Clemente. Cien rostros de santos para la contemplación, CIDEP, 2000
  • FERRANDO ROIG, Juan, Iconografía de los Santos. Ediciones Omega, Barcelona, 1950
  • LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, La Laguna- Santa Cruz de La Palma, t. I y II, 1975 y 1997.
  • PÉREZ GARCÍA, Jaime: Los Carmona de La Palma. Artistas y artesanos. Servicios de Publicaciones de CajaCanarias, Excmo Cabildo de La Palma, 2001.
  • PÉREZ MORERA, Jesús. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad, CajaCanarias, 2000.
  • – Idem. Bernardo Manuel de Silva, Biblioteca de Artistas Canarios, Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1994
  • – Idem. «San Antonio Abad», Roque de Montpellier. Iconografía de los santos protectores de la peste en Canarias, Villa y Puerto de Garachico, 2006
  • RÉAU, Louis. Iconographie de l’Art Chrétien, P.U.F., Paris, 1957
  • RODRÍGUEZ MORALES, Carlos. «San Antonio Abad», La Huella y la Senda, Islas Canarias: Viceconsejería de Cultura y Deportes: Diócesis de Canarias, VI Centenario, D.L. 2003
  • SÁNCHEZ DEL BARRIO, Antonio. «Bastón y funda lamado de San Antón o del Obispo Barrientos», La Huella y la Senda, Islas Canarias: Viceconsejería de Cultura y Deportes: Diócesis de Canarias, VI Centenario, D.L. 2003

[*Otros}– Domingo Rivero González (1852-1929)

27 de abril de 2008

Eugenio Egea MolinaPoeta de creación tardía que llevó su silencio, discreción y modestia a su breve obra, conocida muchos años después de su fallecimiento

Natural de la ciudad de Arucas (Las Palmas), donde ve la luz el 23 de marzo de 1852.

Sus padres fueron Juan Rivero Bolaños y Rafaela Mª González Castellano; siendo primo hermano del escritor, y apóstol del árbol, Francisco González Díaz, y tío abuelo del poeta del Atlántico Tomás Morales Castellano, al que admiraba y resaltó en sus poemas (“y acaso el nombre de poeta sea más grato para ti, junto al de hermano”.

Los primeros estudios los realizó en el Colegio San Agustín, institución de referencia en la formación de la intelectualidad isleña del momento. Entre 1870-1873, tras una breve estancia en París, se traslada a Londres donde entró en contacto con la literatura inglesa, incluso tradujo algún poema. En años posteriores (1871-1881), realiza sus estudios de derecho en Sevilla y Madrid.

De vuelta a su isla natal, se inscribe en el Colegio de Abogados, y en 1884 obtiene una plaza de registrador de la propiedad. En 1886 ejerce como relator de la audiencia, hasta el año 1904 en que es nombrado secretario.

En el año 1885, se casó con Mª de las Nieves del Castillo-Olivares Fierro, con la que tuvo siete hijos.

Su dedicación poética aparece tardíamente (“y nació, triste y tardía, la flor de mi poesía”) a sus 47 años y ya empezado el siglo XX, a partir de aquí y durante unos pocos años publica en la prensa unos pocos sonetos.

Su obra no aparece recogida en libro hasta unas décadas después de su fallecimiento, gracias a la labor recopilatoria del escritor y profesor Eugenio Padorno. En esto tuvo mucho que ver su modestia y discreción:

“Nunca aspiré a la gloria, ni me atrajo / de la fama estruendo, / ni soñé que mi nombre / pueda en su libro recoger el tiempo. / De esa ambición mi corazón no sabe.

Asimismo, hace esta declaración en “A mis versos”: “No será. Unió nuestra suerte / del dolor la excelsitud: / tendremos la misma muerte / y ¡ojalá! el mismo ataúd”.

Por todo ello, Domingo Rivero es un poeta desconocido no sólo en las islas sino en todo el territorio español. Éste, uno de sus poemas, es de gran belleza y calidad: titulado

                  “YO, A MI CUERPO

¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?
¿por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño y joven, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

Tu pecho ha sollozado compasivo
por mí, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, y altivo,
con mi ambición latió cuando era fuerte.

Y hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseria.
¿Por qué no te he de amar? ¿Qué seré el día
que tú dejes de ser? ¡Profundo arcano!
Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

Septiembre de 1929

Murió en Las Palmas.

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ANTOLOGÍA SOBRE DOMINGO RIVERO:
– Eugenio Padorno. En el dolor humano. Ed. Universidad de Las Palmas (1998, reed. 2002).
– Francisco Brines. Domingo Rivero. Yo, a mi cuerpo. Edit. Acantilado (2006)
– Antonio Becerra. Domingo Rivero. Antología Poética. Edit. Anroart

Fuente: Fuente: Temas Canarios

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Cortesía de Fabián Trujillo