[*Drog]– Las universidades de Pekín darán clases de amor

¿Será que los chinos han entendido, antes que los occidentales, la necesidad de impartir educación sobre este espinosos tema del amor y sobre los peligros del drogamor?

Si así fuere, me saco el sombrero ante ellos y espero que el ejemplo llegue pronto a nuestras universidades e institutos de enseñanza media.

Carlos M. Padrón

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19/04/2011

Pekín (EFE).- Las autoridades educativas de Pekín están preparando una asignatura, para impartir en las universidades de la capital china, que incluirá lecciones sobre cómo amar y mantener relaciones sentimentales.

El hecho ha causado estupor entre los estudiantes, informó hoy la prensa local.

Según el diario South China Morning Post, el Comité Municipal de Educación de Pekín ha elaborado un texto sobre «salud mental» para los universitarios chinos, que en uno de sus capítulos incluye las relaciones amorosas.

El capítulo, bajo el título «La felicidad comienza aprendiendo cómo manejar las relaciones románticas», busca enseñar a los estudiantes a «comprender el significado del amor (…) y aprender a expresar, aceptar, rechazar, mantener o dejar marchar» los romances.

El texto, que se encuentra todavía en fase de borrador, también incluirá alusiones a la homosexualidad, un tema tabú durante décadas y que, probablemente, llega por primera vez a las clases universitarias chinas.

No obstante, es la cuestión de las «clases de amor» la que ha generado más comentarios en los foros de Internet de jóvenes chinos, donde una de las ideas que predominan es que no son los profesores los mejores consejeros para estas cuestiones, sino los amigos y compañeros de clase.

«Si se acaba dando formalmente en clase esa asignatura , sentiré como si se estuviera imponiendo a los estudiantes un determinado punto de vista convencional sobre el amor. No hay aciertos ni errores en el amor», señaló al respecto Kong Lingyu, una estudiante de la Universidad Tsinghua de Pekín, al «South China Morning Post».

En cambio, entre algunos profesores citados por el mismo diario, las inéditas clases son defendidas y, según ellos, «abrigan buenas intenciones», por ejemplo, la de luchar contra los suicidios por amor que muchos años se producen en famosos campus de la capital.

«Podría ayudar a los estudiantes a buscar visiones positivas del amor y aprender cómo manejar fracasos en las relaciones, para que así no ocurran comportamientos extremos», aseguró Xia Xueluan, profesor de la Universidad de Pekín.

Fuente: La Vanguardia

[*Drog}– ‘Si ese alguien no me hace sentir princesa, ¿por qué le voy a hacer yo sentirse rey?’

29-03-11

En el artículo que copio más abajo, la autora, además de afirmar que el drogamor dura poco — año y medio, o dos a tres años como mucho—, pone en boca de las mujeres la frase que he usado como título de este post.

Estoy de acuerdo en que una mujer no puede tratar como rey al hombre que es su pareja pero que no la hace sentir princesa.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando es realísticamente imposible tratar como princesa a una mujer que está muy lejos de ser tal? ¿Debe el hombre fingir?

Es éste uno de los casos en que salen a flote las falsas aspiraciones femeninas cuando la mujer pretende ser tratada como princesa o reina, o ser objeto de innúmeras atenciones por parte de su hombre, y éste le pregunta ¿A cambio de qué?”.

Lamentablemente, muchas siguen creyendo que con dar a cambio sólo sexo es más que suficiente.

Carlos M. Padrón

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27 de marzo de 2011

Claves para «mantener la pasión y resolver las diferencias sexuales» en la pareja.

Detrás de ese «cariño, esta noche tampoco» o del tan socorrido «dolor de cabeza» que, una día tras otro, sirve de excusa a tantas y tantas mujeres, se esconde muchas veces, según Sylvia de Béjar, lo que ella llama «cabreo oculto», y que explicaría en parte por qué un 30-40 % de españolas reconocen que han perdido el deseo.

Los mismos estudios que arrojan tan preocupante dato sitúan en un 14 el porcentaje de españoles a quienes, como a ellas, les duele también la cabeza con frecuencia y, casualmente, a la hora de irse a la cama.

«Una mujer necesita que un hombre la valore para tener ganas de ese hombre», afirma Sylvia de Béjar en una entrevista con EFE.

Después de vender más de 250.000 ejemplares de su anterior libro, «Tu sexo es tuyo», Sylvia de Béjar —escritora, experta en sexualidad humana y educación sexual, además de divulgadora en varios medios de comunicación— vuelve a la carga con «Deseo» (Editorial Planeta), en el que da pautas para «mantener la pasión y resolver las diferencias sexuales» en la pareja.

Dice Sylvia:

Esa pasión dura poco, año y medio, o dos a tres años como mucho, pues el deseo es genital en los hombres, mientras que en ellas es emocional, o sea, más de sentimientos.

Las mujeres llegan al sexo por la intimidad, mientras que con los hombres ocurre todo lo contrario, descubren qué es la intimidad a través del sexo.

A las mujeres se nos gana por la intimidad y por las emociones.

La cama «nunca» puede ser el campo de batalla en el que una pareja dirima «sus guerras».

La realidad, lamentablemente, es bien distinta. La ausencia de deseo en la mujer esconde muchas veces frustración y cabreo con una pareja que no la valora, que la hace sentir que no ella no es importante, que la ningunea. “Si tú no me respetas, ¿por qué te voy a desear?”, se preguntan a diario muchas mujeres, dice Sylvia, quien también Aregua que “De ahí que cuando un hombre cumple con sus obligaciones domésticas y familiares, tiene más y mejor sexo”.

«Cuando mi hombre me trata bien —reflexiona en voz alta Sylvia de Béjar— yo le trato como a un rey. Yo y todas. Pero si ese alguien no me hace sentir princesa, ¿por qué le voy a hacer yo sentirse rey? Es tan sencillo como eso. ¿Quién le da margaritas a los cerdos?».

Gozar en la cama

Estudios demuestran que de cada cien encuentros sexuales en una pareja, entre un 20 y un 25% son «muy buenos», entre un 40 y un 60% «buenos», y el resto, ¡entre el 15 y el 40%!, poco satisfactorios o, incluso, disfuncionales», destaca Sylvia de Béjar.

«Y no por ello se acaba el mundo», escribe en su libro. Para gozar en la cama «vale todo», recalca, si bien pone tres límites a ese «todo»: respeto, ausencia de violencia y que haya acuerdo.

Sylvia de Béjar está convencida de que es posible «sortear» la monotonía en la vida de cualquier pareja, y no solamente en la cama, como igual de convencida está de que el deseo no tiene edad.

No obstante, reconoce que, aún hoy, «el sexo en la gente mayor está estigmatizado».

«Da apuro, vergüenza, hablar de ello, pero a ciertas edades el sexo tiene mucha más calidad. Seguro. Y ello es así porque conocemos mejor nuestros defectos, nuestras limitaciones físicas, tenemos asumido que nuestros cuerpos ya no son jóvenes… Y muy claro qué es lo que nos gusta y qué no.

Fuente: Periodista Digital

[*Drog}– ¿Es el (drog)amor una irresistible reacción química?

Una vez más, la Ciencia equipara los efectos del drogamor a los de una droga, y a una más fuerte que la cocaína.

Me he tomado la libertad de poner ‘drogamor’ donde aparece —en mi opinión, de forma indebida— la palabra ‘amor’. Todo lo en letra cursiva es puesto por mí.

No tengo más comentarios porque el artículo es muy claro para quien entienda cuan nocivos son los efectos de una droga como la cocaína, y sepa la de barbaridades que bajo tales efectos hacen los drogadictos.

Carlos M. Padrón

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12 de febrero de 2011

Cuando Ethan Hawke conoce a Julie Delpy en un tren en «Antes del amanecer», la romántica película de Richard Linklater —cuyo título original es Before sunset (1), y fue filmada en 2004—, bastan un par de miradas para que ocurra el flechazo. Cualquier espectador es capaz de reconocer el sentido de la escena.

Las primeras palabras que la pareja se cruza son de lo más prosaicas, pero la esencia del idilio ya ha comenzado segundos antes en sus sonrisas bobaliconas.

Si un neurocientífico rompiera la ficción y se colara en la pantalla, podría explicar que Jesse y Céline, los personajes que interpretan Hawke y Delpy, acaban de tener un estupendo chute de oxitocina, dopamina, serotonina y adrenalina, entre otras hormonas, que, sin exagerar, ha conseguido enajenarles. Básicamente, esto es el drogamor.

Más fuerte que la cocaína

Puntualiza Judith de Jorge, en ABC, que, a un par de días para San Valentín, resulta un crimen reducir toda esa colección de sentimientos y sensaciones a un cóctel químico, pero los científicos saben desde hace tiempo que, más que del corazón, el drogamoramiento depende del cerebro.

La pasión drogamorosa puede ser increíblemente eficaz para aliviar el dolor, con un poder calmante similar al de los analgésicos e incluso al de estupefacientes como la cocaína.

Parece que el drogamor actúa en la misma zona del cerebro, el núcleo accumbens, un centro de recompensa clave en la adicción a las drogas.

Estudios y teorías

Seguramente, uno de los estudios más famosos sobre el drogamor es el realizado por la antropóloga Helen Fisher, de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey, que se ha convertido ya en un clásico.

Esta «doctora del amor» descubrió que existen tres procesos cerebrales distintos que definen tres tipos de relación. Primero se encuentra el impulso sexual, regulado por la testosterona.

La segunda fase es el amor romántico —o sea, el drogamor—, que dura, según Fisher, un año y medio —no nos lamentemos, en la mayoría de especies animales este cortejo se reduce a minutos, horas o semanas— y que está dominado por la dopamina, un neurotransmisor que influye en el estado de ánimo.

Pasado ese tiempo, surge otro tipo de unión, el cariño —aquí tendría mejor cabida la palabra ‘amor’—, en el que parece que tienen que ver la oxitocina y la vasopresina, dos hormonas que afectan a la zona cerebral que controla el placer y la recompensa.

Periodista Digital

(1) NotaCMP.- Before sunset es «antes del atardecer, o antes de la puesta del sol», no antes del amanecer. ¡Qué manía de cambiarle el nombre a todo!

[*Drog}– El (drog)amor produce el mismo efecto analgésico que los calmantes

Por suerte, más descubrimientos que resultan muy alentadores.

Del artículo que sigue extracto y resumo lo que creo más relevante.

El amor apasionado (= drogamor) es algo que puede aliviar el dolor con la misma eficacia que los calmantes,… que son drogas; o que la cocaína, que es una de las más peligrosas de ellas.

El amor intenso —entiéndase drogamor— activa las mismas áreas del cerebro que tratan los medicamentos: o sea, las drogas; y produce alteraciones significativas en el estado de ánimo.

¿Es eso bueno? No, no lo es. Y lo peor es que, como el drogamor es siempre pasajero, cuando la víctima logra emerger de él ya el daño está hecho y podrá ver, desolado/a, qué clase de desastres causó su estado de ánimo pasajero.

El amor apasionado —entiéndase drogamor— es muy similar a una adicción, y el romanticismo sería una “adicción natural”, tanto si nos hace felices como si nos hace infelices.

Con la particularidad de que, cuando nos hace felices, esa felicidad dura poco, pero cuando nos hace infelices podría durar hasta por el resto de una vida, en particular si la parte que al sobrevenir la ruptura sigue aún drogamorada no sabe cómo procesar ese evento —en inglés le dicen "elaborar"— para poder por fin cerrarlo.

Carlos M. Padrón

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14 Octubre 2010

El amor produce el mismo efecto analgésico que los calmantes

Yaiza Martínez

Un equipo de investigadores de la Stanford University School of Medicine, de Estados Unidos, ha constatado que los sentimientos de amor apasionado pueden aliviar el dolor con la misma eficacia que los calmantes, e incluso que algunas drogas ilegales, como la cocaína.

Según los científicos, este alivio es posible porque el amor intenso activa las mismas áreas del cerebro que tratan los medicamentos destinados a paliar el dolor, es decir, aquellas regiones en las que se encuentran los sistemas de recompensa del cerebro.

En estos sistemas es donde se genera la dopamina, que es una hormona y un neurotransmisor que influye en nuestro estado de ánimo, en nuestra gratificación y en nuestra motivación, explica el especialista Sean Mackey, director del estudio, en un comunicado de la Universidad de Stanford.

Aprender del amor

Mackey afirma que: “Cuando la gente se encuentra en la fase más apasionada del enamoramiento se producen alteraciones significativas en su estado de ánimo que impactan en su experiencia del dolor”.

Comprender de qué manera se produce este impacto, o cómo se establecen las vías de recompensa neuronal que alivian el dolor físico gracias al amor, podría servir para desarrollar nuevos métodos calmantes, afirman los investigadores.

Sean Mackey ha colaborado en esta investigación con el psicólogo de la Stony Brook University de Nueva York, Arthur Aron, un científico que durante los últimos 30 años se ha dedicado a estudiar el fenómeno del amor.

El estudio se inició cuando ambos científicos se conocieron en una conferencia sobre neurociencia, en la que tuvieron ocasión de poner en común sus ideas. De esta forma, se dieron cuenta de que los sistemas neuronales implicados en el amor estaban profundamente imbricados con los sistemas neuronales relacionados con el dolor.

Se preguntaron, entonces, si era posible que ambos sistemas se modularan recíprocamente, y pusieron manos a la obra para descubrirlo.

Descripción del experimento

En los experimentos realizados participaron quince estudiantes universitarios perdidamente enamorados, y que se encontraban en las primeras fases de sus respectivas relaciones de pareja (momento en que las personas se sienten eufóricas, energéticas, piensan obsesivamente en la persona amada y están anhelando de manera permanente la presencia de ésta).

Esta forma de amor apasionado es muy similar a una adicción, afirman los científicos. Recientemente, especialistas de la Yeshiva University, de Estados Unidos, llegaron a una conclusión similar a raíz de otro estudio en el que se constató que, cuando una persona es abandonada por la pareja a la que ama, se ponen en marcha ciertas regiones cerebrales relacionadas con el anhelo y las adicciones.

Los investigadores de la Universidad Yeshiva señalaron entonces que el romanticismo sería una “adicción natural”, tanto si nos hace felices como si nos hace infelices.

Aron y Mackey pidieron a los participantes en su investigación que trajeran fotos de sus parejas y de personas conocidas que tuvieran un atractivo similar al de sus parejas.

Durante el experimento, a los estudiantes se les presentaron, de manera intermitente, las imágenes aportadas, mientras se les sometía a una sensación de dolor suave, con un estimulador térmico controlado por computador y que se les había colocado en la mano.

Al mismo tiempo, con tecnología de exploración de resonancia magnética funcional (fMRI) los científicos registraron la actividad cerebral de los participantes.

Por último, los investigadores registraron los niveles de alivio del dolor de los estudiantes frente a las imágenes aparecidas, y también ante ciertas frases de distracción como “piensa en un deporte que se juegue sin pelota”.

Evidencias científicas previas habían demostrado que las distracciones pueden aliviar el dolor, por lo que Mackey y Aron querían asegurarse de que el amor no funcionaba como una distracción en el alivio del sufrimiento físico.

Analgesia inducida por enamoramiento

Los resultados obtenidos demostraron, por un lado, que tanto el enamoramiento como las distracciones verdaderamente reducen el dolor, mucho más que la concentración en la imagen de una persona conocida que resulte atractiva.

Sin embargo, en ambos casos no se activan las mismas regiones cerebrales. En la prueba de distracción, el alivio del dolor fue mayormente cognitivo, y estuvo asociado a áreas corticales del cerebro.

La analgesia inducida por el amor, por el contrario, estuvo más relacionada con las áreas de recompensa del cerebro, con estructuras profundas de éste que pueden bloquear el dolor a un nivel espinal (de la misma forma que lo hacen los analgésicos opiáceos, por ejemplo).

Una de las regiones claves del alivio provocado por el amor fue el llamado núcleo accumbens, un área del cerebro que se cree que tiene un papel importante en la recompensa, la risa, el placer, la adicción y el miedo.

Por último, y según publican los investigadores en la revista PlosOne, el experimento también reveló que existe una variedad considerable en el grado de alivio del dolor experimentado por cada individuo al mirar la foto del ser amado. Esta variabilidad podría deberse a diversos factores, como la atención dedicada a la tarea encomendada o ciertas características de cada relación (grado de “obsesión” por la pareja, fuerza de la relación, etc.)

Compensación cognitiva

Los resultados obtenidos por Aron y Mackey coinciden con los de otra investigación realizada en 2009 por científicos de la Universidad de California en Los Ángeles (Estados Unidos).

En este caso, 25 mujeres enamoradas fueron sometidas a estímulos dolorosos leves en diversas condiciones, como estar junto a sus parejas o no, ver fotos de sus novios o imágenes neutras, etc..

En este caso, las mujeres señalaron experimentar una gran reducción del dolor mientras veían las fotos de sus novios o mientras sujetaban a éstos la mano, en comparación con el dolor que sentían en otras situaciones.

Los autores del estudio explicaron entonces que la causa de esta diferencia en el grado de sufrimiento físico podía ser una compensación cognitiva: ver una foto del ser amado activaría representaciones mentales placenteras, unos pensamientos que tendrían un efecto paliativo del dolor.

Tendencias 21

[*Drog}– Cupido logra ‘drogar’ en menos de un segundo

Y siguen las pruebas científicas que dejan al descubierto los "beneficios" del drogamor y me reafirman en el uso de este término en vez del común "enamoramiento".

Como el artículo que sigue está muy claro, me limito a destacar de él las para mí más impactantes afirmaciones acerca de lo que hace el drogamor:

  • Provoca una sensación de euforia parecida a la del consumo de cocaína (que es una DROGA).
  • Afecta áreas intelectuales del cerebro, y sofisticadas funciones cognitivas.

¿Es eso algo bueno?

Carlos M. Padrón

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25 de octubre de 2010

Un reciente meta-análisis realizado por la investigadora Stephanie Ortigue, de la Universidad de Syracuse, revela que enamorarse puede provocar no sólo una sensación de euforia parecida a la del consumo de cocaína, sino que también afecta a las áreas intelectuales del cerebro.

Ortigue es profesora asistente de psicología, y adjunta de neurología, en el Colegio de Artes y Ciencias de la Universidad de Syracuse, y también ha encontrado que el popularmente conocido como ‘flechazo’ toma aproximadamente un quinto de segundo en surtir efecto cerebral.

Los resultados del equipo de Ortigue revelan que cuando una persona se enamora, hasta 12 áreas del cerebro trabajan conjuntamente para liberar los productos químicos que inducen euforia, como la dopamina, la oxitocina o la adrenalina.

El sentimiento de amor también afecta a sofisticadas funciones cognitivas, como la representación mental, las metáforas y la imagen corporal.

Los resultados plantean la pregunta: ¿Está el amor en el corazón, o en el cerebro?

"Ésa es una pregunta difícil siempre. Yo diría que en el cerebro, y el corazón también está relacionado, porque el concepto del amor es complejo y está formado por ambos procesos, de abajo a arriba y de arriba hacia abajo, desde el cerebro hasta el corazón y viceversa. Por ejemplo, la activación en algunas partes del cerebro puede generar estímulos para el corazón, las llamadas ‘mariposas en el estómago’. Algunos de los síntomas a veces los sentimos como una manifestación del corazón que a veces puede venir desde el cerebro", dice Ortigue.

Otros investigadores —explica Ortigue— han encontrado que los niveles en sangre del factor de crecimiento nervioso, o NGF, también aumentan en este proceso. Esos niveles fueron significativamente mayores en las parejas que acababan de enamorarse. Esta molécula desempeña un papel importante en la química social de los seres humanos, o en el fenómeno de "amor a primera vista".

Los resultados tienen implicaciones importantes para la neurociencia y la investigación en salud mental porque, cuando el amor no funciona, puede ser una causa importante de estrés emocional y depresión.

"Es otra investigación sobre el cerebro y la mente de un paciente, pues para entender por qué se enamoran y por qué están tan afligidos, pueden utilizarse las nuevas terapias", dice Ortigue.

Al identificar las partes del cerebro estimuladas por el amor, los médicos y terapeutas podrían entender mejor los dolores de los pacientes enfermos de amor.

El estudio también muestra las diferentes partes afectadas en el cerebro al enamorarse. Por ejemplo, el amor incondicional, como el existente entre una madre y un niño, es estimulado por áreas cerebrales comunes y diferentes, incluyendo el centro del cerebro.

El amor apasionado es estimulado por la parte de recompensa del cerebro, y también por las áreas asociativas cerebrales cognitivas de orden superior, y las funciones cognitivas, tales como la imagen corporal.

Ortigue y su equipo trabajaron con un otro equipo de la Universidad de West Virginia y de un hospital universitario de Suiza. Los resultados del estudio se publican en el Journal of Sexual Medicine.

Periodista Digital

[*Drog}– Los científicos y el drogamor

Carlos M. Padrón

Ya esto no es novedad, sino un hecho científicamente comprobado: el drogamor —enamoramiento, amor romántico, o pasión romántica —opera como una droga y crea adicción, además de que causa dolor físico y causa angustia. Este pasaje del artículo que copio más abajo es muy claro: "El amor romántico, tanto en circunstancias felices como en situaciones infelices, puede ser considerado una ‘adicción natural‘, cuya ausencia produce dolor".

Ojalá que esté más cerca el día en que la vacuna contra esto sea parte, de forma obligatoria, de la educación desde la secundaria.

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El rechazo amoroso provoca la misma actividad neuronal que las adicciones

07 Julio 2010

Yaiza Martínez

Cuando una persona es abandonada por la pareja a la que ama, en su cerebro se pone en marcha una actividad neuronal similar a la que producen las adicciones.

Esto es lo que ha revelado un estudio realizado por investigadores del Albert Einstein College of Medicine de la Yeshiva University, de Estados Unidos, cuyos resultados han permitido relacionar los efectos en el cerebro de las rupturas de pareja con la actividad neuronal que posibilita la motivación, la recompensa o las adicciones.

Según publica el Albert Einstein College of Medicine en un comunicado, la directora del presente estudio es Lucy Brown, Ph.D., una profesora del Departamento de Neurología Saul R. Korey, de la Yeshiva University. Los resultados de su investigación han sido publicados recientemente en el Journal of Neurophysiology.

Pérdida y dolor

En esta publicación se explica que el rechazo en una relación romántica causa un profundo sentimiento de pérdida y dolor que puede llegar a afectar hasta tal punto que provoque una depresión clínica y, en casos extremos, incluso el suicidio o el homicidio.

Para identificar los sistemas neuronales relacionados con este estado natural de pérdida, los científicos utilizaron una tecnología conocida como exploración de resonancia magnética funcional (IRMf), un procedimiento que permite mostrar en imágenes las regiones cerebrales que ejecutan una tarea determinada.

Con este sistema, los científicos estudiaron los cerebros de un total de 10 mujeres y cinco hombres jóvenes que habían sido recientemente abandonados por sus parejas, pero que aún se sentían profundamente enamoradas y enamorados de ellas.

A los participantes les fueron presentadas fotos de las parejas que los rechazaron y, alternativamente, también fotos de familiares. Las reacciones de los voluntarios ante las fotos de sus antiguos amores fueron diversas: amor, desesperación, buenos y malos recuerdos, y deseo de saber por qué se acabó la relación, qué es lo que había ocurrido.

Entretanto, su actividad neuronal fue observada con la IRMf. Así, se pudo comprobar que cuando los participantes veían fotografías de sus compañeros sentimentales, además de sus sentimientos, también se activaban distintas áreas del cerebro con funciones muy concretas.

Esas áreas activadas fueron las siguientes: por un lado, el área ventral tegmental. Relacionada con el sistema límbico, esta región se encuentra en el tronco cerebral y consiste en vías de dopamina, que parecen ser centros del placer o de la felicidad. Se sabe que esta área controla la motivación y la recompensa, y ya se sabía también que está implicada en los sentimientos de amor romántico, explican los investigadores.

Por otro lado, cuando los participantes miraban las fotos de sus parejas, se puso en marcha también la actividad neuronal en el llamado núcleo accumbens, que se piensa tiene un papel importante en la recompensa, la risa, el placer, la adicción y el miedo.

En tercer lugar, las neuronas se activaron en el área de la corteza lateral orbitofrontal/prefrontal. Tanto el núcleo accumbens como la corteza lateral han sido asociados con el anhelo y las adicciones, específicamente con la adicción a la cocaína.

Por último, al ver la foto de sus ex parejas, la actividad neuronal de los participantes se vio incrementada en la corteza insular o ínsula, y en la corteza cingulada anterior, relacionadas ambas con el dolor físico y con la angustia.

Adicción feliz e infeliz

Los investigadores señalan que los datos recopilados, sumados a otros datos recogidos en un estudio anterior, realizado en 2005 por científicos de diversas universidades de Estados Unidos con individuos que estaban viviendo relaciones amorosas felices, sugieren que la vía mesolímbica cerebral estaría implicada en la pasión romántica, independientemente de si el amor nos hace o no dichosos.

La vía mesolímbica es una de las vías dopaminérgicas en el cerebro (de generación de dopamina, la hormona del placer). Se sabe que esta vía está asociada con la modulación de las respuestas de la conducta frente a estímulos de gratificación emocional y motivación, es decir, que es el mecanismo cerebral que media la recompensa y que influye, por tanto, en las adicciones.

Por esta razón, afirman los investigadores, se entiende por qué el abandono de una pareja puede producir sentimientos tan angustiosos. Según Brown, “el amor romántico, tanto en circunstancias felices como en situaciones infelices, puede ser considerado una ‘adicción natural’, cuya ausencia produce dolor".

La científico añade que “Los descubrimientos realizados sugieren que el sufrimiento por el rechazo amoroso podría ser una parte de la vida que la naturaleza ha integrado en nuestra anatomía”.

Brown añade que, sin embargo, la recuperación de este dolor también sería “natural” y estaría igualmente integrada en nuestra fisiología para permitirnos formar nuevas parejas.

[*Drog}– ¿Por qué se termina el amor?

Es esperanzador comprobar que cada día se alzan más y más voces alertando sobre los riesgos del enamoramiento (para mí, drogamoramiento), la necesidad de entender qué es amor y qué es lo que se le parece, o se quiere hacer pasar por él, pero no es.

En el artículo que copio al final destacan algunos pasajes que encuentro muy acertados, y creo que vale la pena profundizar en los párrafos en que están los pasajes que repito —y a veces comento— a continuación.

El enamoramiento (= drogamoramiento),

  • Es un estado de atracción y pasión que suele durar entre seis meses y dos años
  • Es un hechizo fisiológico que nos nubla la razón y distorsiona la realidad de tal modo que no vemos al otro tal como es, sino como nos gustaría que fuese.
  • En base a esta visión deformada, muchas personas se comprometen, se casan o toman otro tipo de importantes decisiones.
  • Es una trampa de la Naturaleza para llevarnos a perpetuar la especie, y en esa trampa la sociedad ha puesto un paso intermedio llamado matrimonio.

Confusión entre amar y querer. Queremos cuando sentimos un vacío y una carencia que creemos que el otro debe llenar con su amor. En cambio, amamos cuando experimentamos abundancia y plenitud en nuestro interior, convirtiéndonos en cómplices del bienestar de nuestra pareja.

«Amor» es una palabra maltratada por la sociedad. No sólo se la confunde con enamoramiento (= drogamoramiento) sino con sentimientos amorosos, cayendo así en un error que ha producido, y produce, mucho dolor a muchas personas. Algún día, repito, la sociedad deberá hacer algo al respecto.

El amor no es un sentimiento. Muchos creen que sí lo es y, en consecuencia, rompen una relación cuando ya no tienen sentimientos amorosos hacia su pareja. Pero esos sentimientos surgen como consecuencia de actitudes y comportamientos amorosos, o sea, que son efecto, no causa.

Como ya he comentado en otros artículos de esta sección, el amor es trabajo, y requiere dedicación y cuidados, como si fuera una flor que, para que brote, necesita, cada día, ser regada con agua, nutrirse de varias horas de sol, y ser mimada con dosis de ternura y cariño.

Cuando no se entiende y practica esto, muchas parejas terminan encerrando su amor en la cárcel de la dependencia emocional, creyendo erróneamente que el otro es la única fuente de su felicidad. Es entonces cuando aparecen en escena el peligroso apego (creer que sin el otro no se puede vivir), los celos (tener miedo de perder al compañero sentimental), la posesividad (tratar al otro como si nos perteneciera) y el rencor, que nos lleva a sentir rabia, e incluso odio, hacia nuestra pareja, creyendo que es la causa de nuestro malestar.

La realidad que el drogamoramiento no quiere ver, porque su componente de droga no se lo permite, es que la supervivencia de la pareja radica en que tanto él como ella puedan decirse

«Yo soy yo, tú eres tú. Yo no vine a este mundo para vivir de acuerdo a tus expectativas. Tú no viniste a este mundo para vivir de acuerdo con mis expectativas. Yo hago mi vida, tú haces la tuya. Si coincidimos, será maravilloso. Si no, no hay nada que hacer».

Y terminado este resumen, que es para mí la esencia del artículo arriba mencionado, aquí va la reproducción completa de ese artículo.

Carlos M. Padrón

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06/06/2010

Borja Vilaseca

¿Por qué son tan complicadas las relaciones? ¿Por qué provocan tanto dolor y sufrimiento? ¿Por qué se termina el amor?

Todos deseamos amar y ser amados. Sin embargo, muchas relaciones afectivas terminan convirtiéndose en sinónimo de rutina, conflicto y sufrimiento. A pesar de nuestras buenas intenciones, muy pocas parejas logran mantener encendida la llama del amor con el paso del tiempo.

Por muy duro que pueda parecer, cada vez más expertos afirman que todo esto sucede porque, en primer lugar, el amor nunca existió. Así lo piensa y lo escribe la reconocida terapeuta Louise L. Hay, autora de «Usted puede sanar su vida» y «El poder está dentro de ti».

Acerca del amor, Hay afirma: «Si bien al principio confundimos con el enamoramiento, más adelante volvemos a equivocarnos, creyendo que el amor es el sentimiento amoroso. Muchas personas dejan de amar a sus parejas porque ya no tienen sentimientos de amor hacia ellas. Es un enfoque victimista y reactivo. Más que nada porque los sentimientos surgen como consecuencia de nuestras actitudes y comportamientos amorosos. Para amar de verdad debemos asumir la responsabilidad de crear este tipo de conductas, desarrollando nuestra proactividad al servicio de la relación».

El quid de la cuestión radica en que es imposible amar a los demás si primero no nos amamos a nosotros mismos, sostiene Hay. Debido a nuestra falta de autoestima, buscamos en nuestro compañero sentimental el cariño, el aprecio, el reconocimiento y el apoyo que no nos damos a nosotros mismos.

Pero, ¿qué es, entonces, la autoestima? Etimológicamente, se trata de una sustantivo formado por el prefijo griego autos, que significa ‘por sí mismo’, y la palabra latina aestima, del verbo aestimare, que quiere decir evaluar, valorar, tasar.

Así, la autoestima se define como la manera en la que nos valoramos a nosotros mismos. Y no se trata de sobre- o subestimarnos, sino de vernos y aceptarnos tal como somos. Éste es el viaje que propone el autoconocimiento y el desarrollo personal, dos procesos cada vez más integrados y demandados en nuestra sociedad.

Es como escribió el filósofo John Gray en «Los hombres son de Marte, y las mujeres, de Venus», porque, a pesar de formar parte de la misma especie, somos diferentes biológica, física y psicológicamente.

El experto en psicobiología, David Deida, autor de «El camino del hombre superior» y «En íntima comunión», explica que la posibilidad de unirnos, e incluso fusionarnos emocional y sexualmente, pasa por comprender y aprovechar esta diferencia para poder así complementarnos como pareja,

Después de una década dirigiendo proyectos de investigación en la Universidad de California, Deida ha concluido que una de las claves para que las relaciones perduren es mantener encendida la pasión sexual. Para que la atracción y el deseo no se desvanezcan, es necesario que uno de los dos amantes encarne y potencie el rol masculino (vigorosidad, fuerza e iniciativa) y el otro el femenino, en el que destaca la afectividad, la empatía y la receptividad.

Según Deida, existen dos tipos de esencias sexuales, la masculina y la femenina, que no necesariamente se corresponden con el hombre y la mujer, sino con el rol que desempeñan en la pareja. A la esencia sexual masculina le mueve buscar la libertad a toda costa, invierte mucho tiempo y energía en conseguir diferentes metas y objetivos. Es la encargada de dar seguridad y dirección a la relación. La prioridad de la esencia sexual femenina es la búsqueda de amor, cariño y complicidad en su mundo de relaciones afectivas, encabezadas por la que mantienen con su pareja.

En opinión de Deida, en la medida en que los amantes se polarizan, conociendo y respetando sus diferencias, la atracción, el deseo y la pasión sexual no sólo crecen, sino que se vuelven sostenibles con los años. Para lograrlo, la esencia sexual masculina debe trascender su obsesión por la libertad, dedicando más tiempo y energía para cuidar su vínculo afectivo.

Por su parte, la esencia sexual femenina ha de vencer su anhelo de ser amada, aprendiendo a ser más autónoma e independiente emocionalmente, y dejando espacios para no ahogar a su pareja. Cuanta más libertad goza la relación, más posibilidades existen de que florezca el verdadero amor, concluye Deida.

«No puedo vivir contigo ni sin ti». Éste es el estribillo de una conocida canción del grupo de rock U2, tocada en directo por primera vez el 4 de abril de 1987. Dos décadas más tarde, la prestigiosa revista Rolling Stone la consideró una de las 500 mejores canciones de todos los tiempos. A día de hoy se ha convertido en un canto universal sobre nuestra incapacidad para estar en pareja.

Por más que nos esforcemos, nos cuesta mucho vivir con la persona que amamos; y por más que lo intentemos, tampoco soportamos hacerlo sin ella. Nos guste o no, solemos quedar atrapados por esta disyuntiva. Eso sí, a pesar del dolor y del sufrimiento que experimentamos cuando terminan nuestras relaciones sentimentales, jamás nos damos por vencidos. No importa la edad que tengamos, ni siquiera nuestro currículo afectivo. Al igual que Miguel Elipe, ninguno de nosotros quiere renunciar a amar y ser amado.

Muchos afirman que el amor es algo que no puede buscarse, sino que termina por aparecer en nuestra vida. Sin embargo, es tal la necesidad de compartir nuestra existencia con alguien, que en los últimos años están proliferando las agencias matrimoniales y los centros de relaciones personales. Cupidos profesionales que cuentan con más clientes cada vez debido a la falta de tiempo y dedicación para crear nuevas relaciones afectivas.

Este tipo de agencias elaboran un perfil psicológico de los interesados y, a partir de ahí, hacen una selección de candidatos que podrían funcionar como pareja; se les proporciona un número de teléfono y ya pueden establecer la primera cita. Se asegura que sólo se necesitan unos minutos para que las dos partes corroboren si existe una cierta química emocional, física y sexual. Esto es algo que un computador jamás podrá determinar.

La experiencia de Isabel Lerin y Tomás Suc demuestra que el verdadero amor se sustenta bajo tres pilares:

La responsabilidad personal, que consiste en que cada amante se haga cargo de sí mismo psicológicamente.

La interdependencia. Una vez conquistada la autonomía e independencia emocional, el aprendizaje radica en construir una convivencia constructiva, honesta y respetuosa; y, por último,

Valorar y disfrutar de la persona con la que compartimos nuestra vida, tal como esa persona es.

Esto es precisamente lo que escribió el médico neuropsiquiatra y psicoanalista Fritz Perls, creador, junto con su esposa, Laura Perls, de la terapia Gestalt: «Yo soy yo, tú eres tú. Yo no vine a este mundo para vivir de acuerdo a tus expectativas. Tú no viniste a este mundo para vivir de acuerdo con mis expectativas. Yo hago mi vida, tú haces la tuya. Si coincidimos, será maravilloso. Si no, no hay nada que hacer».

Si hoy por hoy nuestras relaciones están marcadas por la rutina, el conflicto y el sufrimiento es porque nadie nos ha enseñado a amar. Pero éste, como cualquier otro arte, se aprende a base de practicar y cometer errores. Algunos han descubierto que el amor es como la semilla de una flor. Para que brote, exhale su aroma y ofrezca sus frutos a la vida, requiere cuidados diarios.

Al igual que la flor, el amor necesita, cada día, ser regado con agua, nutrirse de varias horas de sol, y ser mimado con dosis de ternura y cariño. El reto de cada pareja consiste en convertir esta metáfora en una realidad, explorando en cada caso cuál es la mejor forma de conseguirlo. Nunca hemos de olvidar que, tarde o temprano, cosecharemos lo que hayamos sembrado.

El amor es una palabra muy maltratada por la sociedad. Tanto es así que, en un primer momento, suele confundirse con el enamoramiento. En opinión del psicólogo clínico Walter Riso, experto en relaciones de pareja,

«El enamoramiento es un estado de atracción y pasión que suele durar entre seis meses y dos años, y está estrechamente relacionado con nuestra necesidad biológica de procreación. Dicho de otra manera, es la trampa en la que caemos cuando vivimos condicionados por nuestro instinto de supervivencia. Durante este periodo nos obsesionamos con la persona amada, queriendo estar a su lado todo el tiempo y a cualquier precio. Es como un hechizo fisiológico que nos nubla la razón, volviéndonos adictos al objeto de nuestro deseo. A nivel psicológico, el enamoramiento nos lleva a distorsionar la realidad, proyectando sobre nuestra pareja una imagen idealizada, y cegados por un intenso torbellino emocional que sentimos en nuestro corazón, no vemos al otro tal como es, sino como nos gustaría que fuese».

Y en base a esta visión deformada, muchas personas se comprometen, se casan o toman otro tipo de importantes decisiones que son determinantes para su futuro afectivo, sostiene Riso, autor de «¿Amar o depender?», «Amores altamente peligrosos» y «Los límites del amor».

Una vez se desvanecen los efectos del enamoramiento, los amantes empiezan a verse tal y como realmente son, y es entonces cuando comienza la verdadera relación de pareja, pudiendo cultivar un amor sano, nutritivo y duradero, señala Riso. En este punto del camino es donde se pone de manifiesto el auténtico compromiso de la pareja.

La paradoja inherente a nuestros vínculos afectivos es que todos deseamos ser queridos, pero ¿cuántos amamos realmente? Y es que una cosa es querer, y, otra muy distinta, amar.

A juicio del psicólogo clínico Walter Riso: «Queremos cuando sentimos un vacío y una carencia que creemos que el otro debe llenar con su amor. En cambio, amamos cuando experimentamos abundancia y plenitud en nuestro interior, convirtiéndonos en cómplices del bienestar de nuestra pareja».

A menos que cada uno de los dos amantes se responsabilice de ser feliz por sí mismo, la relación puede convertirse en un campo de batalla. Dice Riso que, «De hecho, muchas parejas terminan encerrando su amor en la cárcel de la dependencia emocional, creyendo erróneamente que el otro es la única fuente de su felicidad.

Es entonces cuando aparecen en escena el apego (creer que sin el otro no se puede vivir), los celos (tener miedo de perder al compañero sentimental), la posesividad (tratar al otro como si nos perteneciera) y el rencor, que nos lleva a sentir rabia, e incluso odio, hacia nuestra pareja, creyendo que es la causa de nuestro malestar».

Y por si fuera poco, se sabe que cada conflicto que mantenemos con nuestra pareja deja heridas en nuestra mente y en nuestro corazón. Además, con el tiempo, nuestro cerebro va tejiendo una red neuronal en la que se archivan todos esos desagradables episodios de violencia psicológica, señala este experto.

Ésta es la razón por la que, a veces, cuando la relación está muy deteriorada, basta un simple comentario para que iniciemos una nueva y desagradable discusión. Lo cierto es que Riso ha trabajado con parejas que, más allá de separarse, han terminado literalmente destruyéndose.

Es curioso es que buena parte de las separaciones se producen en septiembre, justo después de las vacaciones. Se dice que es cierto que la rutina laboral y conyugal devora día tras día cualquier posibilidad de nutrir el amor en la pareja, pero también lo es que esa misma rutina les mantiene ocupados y distraídos.

Por eso, cuando los amantes conviven de forma intensiva durante varias semanas seguidas, es el momento en el que pueden acabar reconociendo que ya no se soportan más, y es entonces cuando la separación puede convertirse en un proceso alquímico, transformando el amor en odio.

El País

[*Drog}– El divorcio y la escoba

Carlos M. Padrón

El artículo que sigue, Hasta que la escoba nos separe, publicado en ABC (España) el 20/05/2010, dice, en dos platos, que la culpa de que haya tantos divorcios es de los maridos porque no ayudan a sus mujeres en las tareas del hogar.

Su lectura me hizo recordar otro artículoMonólogo de la mujer liberadaque publiqué aquí el 28/12/2006, cuya lectura recomiendo para mejor entender lo que sigue, y del que entresaco algunos párrafos que me parecen clave.

«Me gustaría saber quién fue la bruja imbécil, la matriz de las feministas, que tuvo la “gran” idea de reivindicar los derechos de la mujer, y por qué hizo eso con nosotras, que nacimos después de ella»

dice la autora refiriéndose a lo difícil que lo tienen ahora las mujeres «liberadas», las que trabajan fuera de casa, y continúa así su lamento:

«¡Cuántas horas de paz, solaz y realización personal nos trajo la tecnología! Hasta que vino una pendejita —a la que, por lo visto, no le gustaba el corpiño— a contaminar con ideas raras sobre “vamos a conquistar nuestro espacio”, a varias otras rebeldes inconsecuentes»

mientras despotrica del famoso «espacio» exigido por las mujeres de ahora:

«¡¿Qué espacio ni qué coño?! ¡¡¡Si ya teníamos la casa entera!!! ¡¡¡Todo el barrio era nuestro, el mundo estaba a nuestros pies!!! Teníamos el dominio completo sobre los hombres; ellos dependían de nosotras para comer, vestirse y para hacerse ver bien delante de sus amigos. Y ahora, ¿donde carajo están? Ahora ellos están confundidos, no saben qué papel desempeñan en la sociedad, huyen de nosotras como el diablo de la cruz. Ese chistecito, esa maldita gracia, acabó llenándonos de deberes. Y, lo peor de todo, acabó lanzándonos dentro del calabozo de la soltería crónica aguda».

(Y tan confundidos, añado, que hay algunos que cuando su mujer está embarazada dicen, sin pena ni sonrojo, «Estamos encinta», y soy yo el que se sonroja).

Para cuando este cambio social arrancó, en la década de los 60, ya yo me había casado, y como fui formado en la vieja escuela tenía bien claro lo de la división de roles en el hogar: mi mujer tenía el rol clásico de ama de casa, y yo el de proveedor de los recursos necesarios para cuidar del mantenimiento de a la familia —o sea, de mi mujer, de mí mismo y de nuestros hijos—, y de la educación de éstos.

Sin embargo, nunca he visto con buenos ojos eso de «¡Cariño, tráeme una cervecita, que estoy muy cansado!», pues prefiero valerme por mí mismo y no recurrir a otros para algo que bien puedo hacer yo.

En esto aplico el principio de mi padre: «Si quieres ganar, anda; si quieres perder, manda». Y en eso de «¡Cariño, tráeme una cervecita que estoy muy cansado!», hay mucho abuso y mucho que perder.

Dicho esto, debo añadir que me dan risa —y no puedo evitar recordar a Esther Vilar y su best seller «El varón domado»—, lo de que el estudio es «un toque de atención a los hombres», y que muchas mujeres piensan que «mejor criar sola a un hijo que cargar con otro niño grande».

El toque de atención que habría que dar a los hombres es que aprendan a sacar cuentas sobre qué ganan en un matrimonio en el que, en el mejor de los casos, los dos trabajen y los dos compartan las tareas del hogar. Es una cuenta fácil de hacer si la mente del hombre no está nublada por el drogamor.

Lo que ganan las mujeres lo tengo claro: lo he escrito en este blog varias veces, y gira en torno a la imperiosa necesidad de ser madres y de conseguir un macho que dé a ella y a sus crías ayuda en el sustento, y protección en toda la extensión de la palabra. Pero el hombre lleva las de perder porque, de haber quedado soltero o libre, podría vivir mejor, con menos presión, menos responsabilidades y menos dinero.

Sin embargo, al menos a los varones de antes de los 60 nos educaron creyendo que era cierto lo que dijo la mujer del Monólogo:

«… ellos dependían de nosotras para comer, vestirse…».

Y no lo es, pues cuando me tocó vivir solo en Madrid por dos años y medio, la pasé más que bien, y no necesité depender de una mujer «fija» (novia, esposa o pareja) para divertirme, comer, vestirme, limpiar la casa, o lavar y planchar la ropa.

Simplemente, yo iba a donde me gustara; hacía lo que quería; comía donde me viniera a mano, o llevaba a la casa algo fácil de preparar; me vestía como me gusta hacerlo; y para limpiar, lavar y planchar le pagaba a una señora que una vez por semana venía a mi apartamento y hacía todo eso.

¿Para qué, entonces, habría necesitado yo una mujer «fija»? ¿Para tener sexo? ¡Por favor! Como ya he dicho otras veces, las mismas feministas que crearon el mundo del que se lamenta la autora del Monólogo abarataron el sexo de forma tal que ya no pueden extorsionar con él; está totalmente devaluado. Necesitan poder responder con algo sólido, plausible y demostrable a la temida pregunta de «¿A cambio de qué?«

Así que si la mujer moderna, la «liberada», no está conforme con lo que hace «su» hombre, pues se divorcia, y de ahí el desmesurado aumento que tienen las tasas de divorcio, y la conclusión a que han llegado los abogados que tramitan rupturas matrimoniales: «La pareja se divorcia cuando la mujer quiere».

La explicación de tal incremento está, además, en este otro párrafo del Monólogo:

«Antiguamente los casamientos duraban para siempre. ¿Por qué —díganme por qué— un sexo que tenía todo lo mejor, que sólo necesitaba ser frágil y dejarse guiar por la vida, comenzó a competir con los machos? ¿A quién carajo se le ocurrió?»

Mientras los hombres sigan con el «¡Cariño, tráeme una cervecita que estoy muy cansado!», y las mujeres no tengan algo mejor que ofrecerles que la repartición de deberes domésticos, o habrá cada vez menos matrimonios o seguirán aumentando las tasas de divorcio, pues el drogamor, principal motivo de que los hombres no sepan analizar con claridad en qué se meten al casarse, sigue campeando por sus fueros.

Y no se me acuse de mencionar sólo a los hombres en la forma en que lo hago, pues el artículo que sigue deja bien claro al final (copio textualmente) «la importancia de tener en cuenta las relaciones entre el comportamiento de los hombres y la estabilidad matrimonial».

O sea, que la responsabilidad de tal estabilidad nos la echan sobre nuestros hombros. Si alguno se lo cree será problema suyo.

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20-05-10

Hasta que la escoba nos separe

Cristina Garrido

«En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… y hasta que la escoba nos separe».

Toque de atención a los hombres que quieren conservar su matrimonio. Las tasas de divorcio son más bajas en aquellas parejas donde el marido participa en las tareas domésticas. Puede parecer una obviedad, pero a juzgar por las altas tasas de separación todavía deben quedar muchos que cuando llegan a casa de trabajar, en vez de ayudar a su esposa a hacer la cena se sientan en el sofá y dicen aquello de: «¡Cariño, tráeme una cervecita que estoy muy cansado!».

Un estudio realizado sobre 3.500 matrimonios británicos que acababan de tener su primer hijo ha venido a confirmar que cuanto más ayudan los maridos en las tareas domésticas, las compras y el cuidado de los niños, menos posibilidades de que la pareja acabe rompiéndose. Pensarán muchas que mejor criar sola a un hijo que cargar con otro niño «grande».

La investigación, realizada por la Escuela de Ciencias Políticas y Económicas de Londres, se publica en la última edición de la revista Economía Femenina.

Esta afirmación rebate la explotada teoría de que los matrimonios son más estables si los hombres se centran en el trabajo remunerado y las mujeres son responsables de las tareas domésticas. Los resultados del estudio demuestran que la contribución del padre a las tareas domésticas y cuidado de los hijos hace más estable el matrimonio, independientemente de la situación laboral de las mujeres.

Los economistas han sostenido durante mucho tiempo que las crecientes tasas de divorcio, que comenzaron en la década de 1960, están vinculadas al aumento del número de mujeres casadas que trabajan. Sin embargo, no se habían parado a analizar la responsabilidad que juega el marido en este nuevo tipo de familia.

El doctor Sigle-Rushton, profesor titular de Política Social en la LSE e investigador asociado en el Centro para el Análisis de la Exclusión Social, cree que los economistas han gastado demasiado tiempo en examinar y tratar de explicar la asociación entre el empleo femenino y el divorcio. «Esta investigación sugiere que la contribución de los padres en las tareas del hogar estabiliza el matrimonio, independientemente de la situación laboral de las madres», asegura el experto.

El rol masculino en el nuevo modelo

La investigación del doctor Sigle-Rushton recogió los datos de un estudio que analizaba a las parejas casadas que tuvieron su primer hijo en 1970, cuando la mayoría de las madres se quedaban en casa. Una información obtenida del Bristish Cohort Study, representativo a nivel nacional, que siguió la vida de 16.000 niños nacidos en una semana de 1970.

El experto se centró en 3.500 parejas que habían permanecido juntas al menos durante cinco años después del nacimiento de su primer hijo. Alrededor del 20% se divorciaron cuando el niño tenía 16 años. Más de la mitad de los padres, en 1975, no habían realizado ninguna tarea o sólo una tarea durante una semana (51%), 24% llevaron a cabo dos tareas, y la cuarta parte habían llevado a cabo tres o cuatro, la máxima contribución. En esta época, cerca de un tercio de las madres trabajaban fuera de casa, y sólo el 5% lo hacía a tiempo completo.

Otro de los descubrimiento de la investigación es que, en relación con las familias en las que las mujeres son amas de casa y los hombres contribuyen poco a las tareas domésticas, el riesgo de divorcio es un 97% más alto cuando la madre trabaja fuera del hogar y su marido hace una contribución mínima en la casa.

Sin embargo, no hay mayor riesgo de divorcio cuando la madre trabaja y la contribución de su esposo al trabajo doméstico y cuidado de niños es al más alto nivel.

«Los resultados sugieren que el riesgo de divorcio entre las madres trabajadoras se reduce sustancialmente cuando los padres contribuyen más a las tareas domésticas y cuidado de los niños. Este estudio subraya la importancia de tener en cuenta las relaciones entre el comportamiento de los hombres y la estabilidad matrimonial. En la investigación económica y sociológica, se ha enfatizado mucho en el trabajo remunerado de la mujer, y no se ha prestado suficiente atención a la división del trabajo no remunerado», señala el director de la investigación,

ABC

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Cortesía de Rafael García

[*Drog}– Ratifican que el amor requiere esfuerzo…

… y que, por tanto, es falsa la popular creencia de que el enamoramiento, por ser espontáneo y lucir engañosamente como un mandato del Destino, es prueba de algo grande que durará toda la vida.

Nada de eso; el enamoramiento es una droga, es drogamoramiento. De su duración y funestas consecuencias ya he escrito bastante en esta sección; y de que conseguir y conservar el amor requiere trabajo diario, también.

El artículo que sigue ratifica una vez más lo que expertos psiquiatras, como M. Scott Peck, dijeron hace más de 30 años.

Carlos M. Padrón

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 18/05/2010

 

Elena Sanz

¿Por qué rompen las parejas a pesar de prometerse amor eterno?

José Manuel Rey, profesor del Departamento de Análisis Económico de la Universidad Complutense de Madrid, ha elaborado un modelo matemático basado en la segunda ley de la termodinámica y en las ecuaciones de control óptimo utilizadas habitualmente por los ingenieros de la NASA para explicar por qué se terminan las relaciones sentimentales.

Los expertos están de acuerdo en la existencia de una especie de la segunda ley de la termodinámica de las relaciones de pareja, según la cual hace falta un cierto esfuerzo para mantenerse juntos, según explica Rey en un artículo publicado en la revista PLos One.

Según sus resultados, mantener el amor a largo plazo «es algo muy costoso y, con excepciones, casi imposible». “El dicho popular de que el amor no es suficiente se cumple, y sugiere que la ‘erosión’ de las relaciones debe prevenirse de algún modo”.

Las relaciones duraderas son aquéllas en las que se mantiene el equilibrio, de modo que ambos miembros se esfuerzan, sin descuidar en ningún momento la relación a pesar de que “la dinámica de las cosas, la inercia, hace que uno tienda a relajarse y a esforzarse cada vez menos”.

Además, según el investigador, el esfuerzo es siempre mayor del que uno puede prever al principio de la relación. Eso explica lo que él llama la “paradoja del fracaso”, es decir, por qué muchas personas se casan enamoradas y comprometidas a vivir juntas para siempre, pero no lo consiguen.

El modelo matemático es bastante desalentador, «especialmente si lo aplicamos a la sociedad en la que vivimos, en la que prevalecen las políticas de poco esfuerzo y mucha recompensa», concluye Rey.

MUY