[*Opino}– El odio de Europa, o el rencor contra la excelencia

04-07-2006

Carlos M. Padrón

Excelente artículo éste que sigue. “Rencor contra la excelencia” me parece la expresión que mejor define lo que palpé personalmente en Europa, y sobre todo en España, durante los dos años y medio que viví en Madrid. Vuelve a darla al razón a Ortega y Gasset en su “La rebelión de las masas”, y explica bien el antigringuismo crónico, corrosivo y visceral (por tanto, irracional) que impera allá por sus fueros.

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04 de Julio de 2006

Juan F. Carmona y Choussat

Europa sigue cegada, y lo que no sabe es que no es por un desprecio razonado frente a otro que a su entender no lo hace bien, sino por odio y rencor contra la excelencia, incluso dentro de ella misma. Nada bueno salió jamás de tal actitud.

Resulta curioso advertir la deliberada voluntad de las instituciones de la Unión europea por dejar de hablar de las cosas que realmente importan. Constatado el fracaso, en términos de la jerga comunitaria, del último Consejo europeo de primavera 2006, porque no se ha «avanzado» y porque para bien de todos la Constitución europea sigue en barbecho, podían haberse dedicado a hablar, quizá sin más aspiraciones, de las auténticas preocupaciones de Europa. Si lo hicieron, no consta en las conclusiones de la presidencia.

Para orientar los pasos perdidos de Europa y la tendencia de sus medios dominantes, nada mejor que la referencia a un par de escritos de Bruce Bawer, puesto de moda por una interesante recensión de Álvaro Martín en Libertad Digital (www.libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276231881).

Bruce Bawer es un escritor homosexual que decidió mudarse a Europa por estimar que aquí las cosas iban mejor que en su Nueva York natal respecto a la integración de todos en la sociedad, y a la menor influencia —o sea, ninguna— de lo que él llama los “fundamentalistas cristianos”. Hay que mencionar que Bawer es autor de un libro titulado «Apropiándose de Jesús» (1997) donde se declara episcopaliano (la vertiente americana del anglicanismo) y rechaza algunos excesos en las ramas más en boga del protestantismo americano. Pues bien, tras algunos años en Europa (desde 1998 en Ámsterdam y Oslo principalmente), ha visto la luz y ha puesto en negro sobre blanco cuáles son nuestros defectos y cuáles nuestros males.

El libro más reciente de este hombre de talento es «Mientras Europa dormía», pero hoy se hará referencia a dos largos ensayos publicados en la revista literaria «The Hudson Review» en los años 2004 y 2006.

Respecto al primero, «Odiando a América», permítase una breve introducción.

Existe un fenómeno sobre el que rara vez se llama la atención: el rencor contra la excelencia. Tradicionalmente, en las sociedades sanas, se ensalza al mejor, al excelente, con el objetivo de rendirle justicia y de que sirva como ejemplo para emularlo. El viento que recorre Europa, desde hace largo tiempo ya, es el contrario.

En efecto, la ambición de mejorar a través de una figura ejemplar a la que imitar, obliga al esfuerzo y a la exigencia, ha quedado derogada y es reprobable. La fiebre por lo igualitario — que es sustancialmente lo contrario del principio de igualdad que implica tratar por igual a lo que es igual, y desigualmente a lo que es desigual— ha llevado a olvidar que la incitación a lo mejor es lo único que hace progresar a las sociedades y a las personas.

El origen de esta actitud es bastante lejano. El famoso libro de Ortega, “La rebelión de las masas”, de 1930, hacía hincapié en la barbarie del especialismo, y en la «democratización» del saber. Consideraba el gran filósofo español que la mayor parte de los hombres en casi todas las esferas de nuestra vida somos “masa”. Es decir, no tenemos la capacidad para ser minoría rectora. Así por ejemplo, cuando nos subimos a un avión, no se nos ocurre poner a votación entre los pasajeros cuál debe ser la ruta a seguir, la altitud por la que transitar, o la manera de pilotar el vehículo. Aunque cualquiera de los viajeros sea una eminencia en otra materia.

Sin embargo, la actitud del hombre masa lleva a reclamar —exigir, en palabra amada por nuestro tiempo— juzgar e intervenir en todo aunque seamos ignorantes en ello. El rencor contra la excelencia lleva, en una primera manifestación, a pretender mandar en aquello que se desconoce. Equivale a reclamar, en términos orteguianos, la razón de la sinrazón.

Europa entera padece de la actitud del hombre masa, que también es la del niño mimado o del señorito satisfecho. Quiere mandar y dominar, y no aguanta que se le lleve la contraria, pero no está dispuesta a presentar ningún título que justifique que se le dé la posición que reclama.

Pues bien, el escrito de Bawer, publicado también en 2004 por «FrontPage magazine», hace un repaso de su despertar intelectual a los defectos de Europa. Lo hace al hilo de la publicación de una serie de libros sobre los Estados Unidos, en los que se advierte la actitud descrita.

Algunos los europeos no quieren reconocer que los Estados Unidos no son una cosa ajena a nosotros, sino emanación nuestra. Por ello, y por ser el lóbulo más al Oeste de esa realidad que llamamos Occidente y de la que, al parecer, todavía formamos parte, el odio hacia ese país es de hecho una manera peculiar de odiarse a uno mismo. Por una extraña manifestación psicológica difícil de comprender, el reconocimiento de una serie de debilidades propias, lleva no a tratar de enfrentarse a ellas, sino al rebajamiento de excelencias ajenas. En efecto, parece creerse que denigrando del que es mejor, o al que ha hecho mejor tal o cual cosa, nuestra inferioridad va a convertirse, como por ensalmo, en una superioridad. Esto requiere dos cosas. Por un lado saberse inferior en una materia determinada; por el otro, no tener la más mínima intención de dejar de serlo y de emular la excelencia, sino trocarla por una actitud en la que presumimos de nuestra deficiencia tratando de presentarla como una virtud.

Para Bawer, en las relaciones de Europa con América, hay que tener en cuenta que las mayorías que forjan el pensamiento aceptable en el ambiente público europeo sostienen que mientras los americanos creen en una serie de ideales inocentes y simplistas, los europeos son más conscientes de las complejidades del mundo real y son más capaces de apreciar sus matices. No está de más recordar una de las famosas frases de Reagan: «Dicen que el mundo es demasiado complicado para respuestas sencillas; se equivocan».

Bawer admite que los Estados Unidos se fundan en una idea, a saber, la idea de libertad que, lejos de alejarles de la realidad, ha llenado su existencia. Afirma: «La profundidad de nuestro compromiso como pueblo hacia esta idea la hemos demostrado mediante una revolución, una guerra civil, dos guerras mundiales, varias guerras menores, y la denominada Guerra Fría. Es, en breve, una idea absolutamente indisoluble de nuestra realidad de todos los días, la vivimos y la respiramos». Y, en este momento, Bawer enlaza dos problemas, el del antiamericanismo con el de la amenaza del Islam radical explicando que, tal y como lo ha entendido Robert Kagan —uno de cuyos libros ha estudiado en el artículo— Europa se funda en una idea que está peligrosamente alejada de la realidad. ¿Y cuál es ésta? Que el mundo ha llegado a una etapa que se encuentra más allá de toda guerra. O sea, a la «paz». Sostiene Bawer que mantener viva esa idea «requiere que uno ignore realidades peligrosas, tales como el creciente problema del Islam militante dentro de las propias fronteras de Europa».

Se enlaza así la idea de que esta percepción de una Europa que desprecia a su contraparte occidental por un extraño fenómeno de odio hacia sí misma, le lleva a dos tendencias suicidas: renegar de la democracia liberal, que es tan suya como americana, y renegar de su propia identidad, disfrazándola con el abrazo de una nueva religión relativista.

Concluye Bawer que los europeos se burlan de la religiosidad americana. Recuérdese la perspectiva del autor, crítico con su propia sociedad. «Los intelectuales seculares de Europa occidental, sin embargo, tienen su propia versión de la religión. Es un credo social demócrata que deifica organizaciones internacionales como la Cruz Roja, Amnistía Internacional, y, sobre todo, la ONU. No la OTAN, que está para hacer la guerra, y que por ello ha sido la diana de muchas de las críticas europeas de los últimos años. Lo que aman son las ONGs que están para la paz, el amor, la fraternidad y la solidaridad, y se convierten así, para las elites de Europa occidental, en organismos más allá de la crítica puesto que conforman la idea más apreciada de lo que Europa cree de sí misma y de la manera en que el mundo funciona, o debería funcionar. El entusiasmo de las elites acerca de estas instituciones, sean o no genuinamente efectivas o admirables, es asunto de mantener una cierta imagen y la ilusión de un mundo íntimamente ligado a su identidad como social-demócratas. Según indica Kagan, la ofensa imperdonable de los Estados Unidos es que disputa esa imagen (…) y el grado en que la realidad de América está distorsionado en los medios de Europa occidental es una medida de la necesidad desesperada de las elites por mantener esa imagen (…)».

Termina diciendo: «A veces me parece un milagro, francamente, que América tenga siquiera algún amigo en algunos sitios de Europa occidental, dado el constante antiamericanismo de las noticias. No hay duda de que el obstáculo principal a la mejora de la comprensión y la armonía entre los Estados Unidos y Europa Occidental son los medios de comunicación dominantes (the media establishment). Es un obstáculo que de alguna manera hay que superar, porque la civilización está asediada, y América y Europa se necesitan el uno al otro quizá más que nunca.»

Pero frente a la actitud sana parece que no salimos de la patología. Porque la cuestión es clara, no se trata siquiera de que se odie a otro, sino de que hay un extraño rencor hacia lo bueno que pueda encontrarse, allá o aquí mismo, y que quizá se comparte con América. Y, si se comparten muchas cosas con la otra parte de Occidente, ¿con quién comparte Europa estos caracteres enfermizos? Con el Islam militante, del que dice Bawer que se ha ido situando entre nosotros, mientras dormíamos. Más bien, mientras odiábamos.

Esto nos lleva a «Crisis en Europa» (http://www.hudsonreview.com/bawerWi06.pdf) donde Bawer reflexiona sobre los aspectos relevantes para Europa de la influencia islámica, y lo hace mediante la explicación del contenido de una serie de libros recientes sobre el asunto. Desde «Rabia y Orgullo» de Oriana Fallaci, hasta «Free World» del columnista del «The Guardian» y «El País», Garton Ash, pasando por «Eurabia» de Bat Yeor.

Habla entre otras cosas de la permisividad respecto a la inmigración y la seducción de un multiculturalismo malentendido, cuyo resultado es «por desgracia, una generación de jóvenes musulmanas nacidas en Europa, muchas de las cuales están tan encerradas y oprimidas que sus bisabuelas como cuando estaban en un pueblecito del Norte de África o el Sur de Asia, y una generación de jóvenes hombres musulmanes nacidos en Europa muchos de los cuales no tienen conocimientos ni buen comportamiento, y están poseídos de un desprecio hacia sus benefactores (…) que los hace muy vulnerables a la seducción de profesores islámicos radicales y a reclutadores de terroristas».

Destaca Bawer del libro «La crisis del Islam» —del famoso estudioso inglés del mundo musulmán, Bernard Lewis, afincado en los Estados Unidos— el hecho de que, para la religión musulmana, Satán no es un imperialista ni un explotador, sino un seductor. Lo que provoca a los islámicos sería más bien la seducción de la cultura americana; sería la propia atracción que les suscita la que los lleva a rechazarla.

Más incisivas son las palabras contenidas en «Porqué no soy musulmán» firmado con el seudónimo Ibn Warraq, escrito en 1995 como respuesta a la fatwa contra Rushdie. Después de sostener que el mundo islámico no puede admitir una auténtica sociedad civil, y después de afirmar que el Islam es incompatible con la democracia y los derechos fundamentales, concluye: «La batalla final no será necesariamente entre el Islam y Occidente, sino entre aquéllos que valoran la libertad y aquéllos que no».

Destaca igualmente la obra de David Horowitz, un converso al conservadurismo liberal desde el Marxismo, con el gráfico título de «Una alianza no santa» en la que subraya la conexión entre ciertos elementos izquierdistas y el fascismo islámico. Lo ilustra con las conexiones existentes, durante más de setenta años, entre el totalitarismo occidental y los extremistas musulmanes.

Todavía más lejos va «La hija del Nilo» que es lo que significa Bat Ye’or en hebreo. Esta judía egipcia con residencia en Suiza advierte en «Eurabia» de la existencia de un modelo extendido de colaboración política, económica y académica entre la elite izquierdista europea y los gobiernos árabes.

Cita Bawer otros libros como «La traición francesa a América» de Kenneth Timmerman, «Quién tiene miedo del Islam», del profesor de la Sorbona, Guy Millière, o «Alá lo sabe mejor», colección de irreverencias varias del asesinado Theo Van Gogh. Termina no obstante con uno de los representantes de lo que considera el «establishment», Garton Ash. «Dejar a un lado estos libros, que iluminan los desafíos ante los que se encuentra Europa de una u otra manera, para estudiar «Mundo libre» de Timothy Garton Ash es como atravesar el cristal que hay entre la realidad y la fantasía». Lo considera «un perfecto ejemplo de la mentalidad de la elite europea en toda su arrogancia, autoengaño, e insensatez». Opina que Ash intenta, a la típica manera de los que hoy ocupan los puestos en Europa, que debe cambiarse la perspectiva desde la libertad a la pobreza. En lugar de liberar a la gente de los dictadores, deberíamos asegurarla frente a la menesterosidad. «Lo que es más, junto con otros elitistas europeos, desconfía de un patriotismo genuino (es decir, nacional), pero adora la Unión europea».

Dice Bawer: «¿Acaso no puede ver que su propia actitud frente al terrorismo y los musulmanes europeos es un eco suicida de aquel antiguo mal del apaciguamiento europeo?». Respecto a la idea de Ash de que la felicidad no se puede comprar en Wal-Mart (El corte Inglés americano), añade: «Uno podría argumentar, igualmente, que la felicidad no puede ser tampoco la obra de ingeniería de Estados del bienestar (…) y mientras que los Estados Unidos no pretenden proporcionar la felicidad (la idea originaria americana es que el Estado le deja a usted en paz, dándole espacio en el que pueda encontrar su propia felicidad), la premisa de la social democracia europea es que el Estado, si es suficientemente interventor, podrá encontrar una receta que logre el mayor grado posible de felicidad para su ciudadanía».

Por fin, Garton Ash se hace un extraño ideal de la Europa de 2025 en la que existiría una asociación —¿puede decirse alianza?— entre Europa, los países árabes y Rusia, que se extendería desde Marrakech hasta Vladivostok, pasando por El Cairo y Bagdad. «No sería poca cosa», afirma. Y concluye Bawer: «No, no sería poca cosa, sería Eurabia».

Volviendo a las conclusiones de la presidencia del último Consejo europeo, se habla en ellas del mantenimiento del «modo de vida europeo», quizá algo así como un contra modelo al «American way of life». Los dos primeros epígrafes se dedican al desarrollo sostenible y al «cambio climático». Cualquiera hubiera pensado que el modo de vida tenía algo que ver con las pulsiones europeas tan reales que se acaban de comentar. No hay referencias a éstas.

Pero lo más sorprendente, a la luz de la tendencia de la evolución de Irak hacia una democracia liberal tras los incontables esfuerzos estadounidenses, es una declaración, en un anejo a las conclusiones, precisamente sobre «el país de los dos ríos». En ella la Unión da la bienvenida al nuevo Gobierno, propone seguir defendiendo el Estado de Derecho y la reconciliación nacional, y apoya expresamente una serie de medidas: fomentar el modelo democrático de Gobierno en Irak, promover el Estado de Derecho y el respeto a los derechos fundamentales, y apoyar la recuperación económica y la prosperidad. Todo ello es lo que han hecho, efectivamente, los Estados Unidos a un enorme costo en vidas humanas, constantemente criticado por muchos Estados de la Unión, y con una prensa europea flagrantemente en contra. Los resultados prácticos sólo los han puesto los Estados Unidos, y ciertamente los Estados europeos, que como Estados nacionales, no como UE, han apoyado políticamente, con ayuda humanitaria o militar a la coalición en Irak, que no son todos. Ahora que la situación mejora, mientras la prensa dominante apenas disimula su decepción, la Unión reclama para sí la buena conciencia de sus «principios» ajenos a toda consecuencia práctica. Y la prueba de que no pretenden tener ninguna consecuencia real, y que en el fondo desean que Estados Unidos no se lleve ningún crédito, es que terminan subrayando «el deseo de continuar apoyando el papel de la ONU en Irak». Parecen actuar como si la convocatoria de elecciones y la formación de un Gobierno se hubieran hecho solos, por casualidad.

Europa sigue cegada, y lo que no sabe es que no es por un desprecio razonado frente a otro que a su entender no lo hace bien, sino por odio y rencor contra la excelencia, incluso dentro de ella misma. Nada bueno salió jamás de tal actitud.

Fuente

[*FP}– Una experiencia ESP personal … hace 37 años

29-06-2006

Carlos M. Padrón

El domingo 25/05/1969, a primera hora de la mañana, me despertó en mi domicilio en Caracas la llamada telefónica hecha por mi hermana mayor desde El Paso —algo bastante complicado para la época— para informarme de que a nuestro padre le había dado un ACV (en realidad dijo que se había «congestionado”, que era la expresión que entonces se usaba allá) en la tarde del sábado 24.

Cuando desde mis 15 años mi padre me presionaba para que yo viniera a Venezuela —donde ya estaban desde hacía mucho tiempo mis dos hermanos mayores— me negaba una y otra vez argumentando que siendo ya él un hombre de 70 años no quería yo, el único hijo varón que le quedaba en la casa, dejarlo solo en un medio agropecuario, duro por definición.

Ante esto, y tal vez emotivamente movidos por algo que yo hice en la Navidad de 1960 (y que tal vez relate más adelante), mis hermanos decidieron traernos a todos —mis padres, mis dos hermanas y yo— a Venezuela, con lo cual mi argumento quedaría sin base. Y así ocurrió; en julio de 1961 llegamos todos a Venezuela.

Pero en marzo de 1963 esos “todos” regresaron a Canarias,… excepto yo, que me quedé en Venezuela con el para mí firme y único propósito de reunir 100.000 pesetas (unos 10.000 bolívares, ó 3.500 dólares, para la época) y regresar enseguida a Canarias a casarme con la novia que allá había dejado, pues 40.000 pesetas era el precio que entonces tenía, puesta en Canarias, una casa prefabricada en madera, y eso, una vivienda —que no sé dónde diablos la iba yo a montar— era, en mi opinión, toda la infraestructura que necesitaba para casarme; las menos de 60.000 pesetas restantes alcanzarían para todo lo demás,… creía yo. Tal nivel de locura puede dar una idea del por qué de mi aversión al drogamoramiento.

Sin embargo, al quedarme lejos de mi padre me hice la promesa de que si algo malo le pasara a él, yo regresaría a El Paso de inmediato para estar a su lado cuanto antes. Y, en forma por demás obsesiva, me di a la tarea de reunir los 10.000 bolívares.

Para cuando logré reunirlos ya había caído yo en cuenta de que mi plan anterior era una locura, así que seguí reuniendo, y a comienzos de 1964 volví a Canarias, me casé, y con mi mujer regresé a Venezuela. Sin embargo, mantuve intacto y en vigencia el plan para la eventualidad de que a mi padre le ocurriera algo malo, y eso era lo que había ocurrido el fatídico 24/05/1969.

Mi plan incluía, por supuesto, tener al día —y al día lo tenía— mi pasaporte, y a mano algún dinero. Así que, aunque ese 25 de mayo, día en que recibí la llamada de mi hermana, era domingo, salté de la cama, me alisté en un santiamén, y echando mano de mi pasaporte salí disparado a casa de Don Domingo Almenara (q.e.p.d.), paisano y dueño de una agencia de viajes. Con toda la angustia que me embargaba, le conté lo ocurrido y le pedí que, por favor, me pusiera YA a bordo de un avión hacia España.

Algo vio Don Domingo en mi petición que lo motivó a tomar acción inmediata, y, gracias a sus diligencias —por las que le estaré siempre agradecido— esa tarde volé de Maiquetía a Madrid, y en la mañana del 26/05/1969, de Madrid a Tenerife y enseguida de Tenerife a La Palma. En el aeropuerto de La Palma, entonces en Breña Alta, me esperaban unos parientes que en su vehículo me llevaron hasta mi casa natal, en El Paso, en la que, ante la incredulidad de todos, entré sobre la 1 de la tarde del lunes 26/05/1969, apenas unas 26 horas después de haber recibido en Caracas la llamada telefónica de mi hermana.

Postrado en su cama yacía mi padre casi inconsciente. Y digo casi porque, aunque no articulaba palabra y su mirada carecía de foco y estaba apagada, cuando hablé en su proximidad pero antes siquiera de darle un beso, dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

Los días que siguieron estuvieron cargados de angustia para todos en la familia y en la vecindad. Los tratamientos renovados, los medicamentos y los cuidados, de poco sirvieron, pues llegó un momento en que el estado de mi padre se estabilizó de forma tal que el médico tratante nos dijo que igual podría durar una semana como seis meses o más, y que lo lógico era que yo regresara a Venezuela. Ante esto, mi madre, aunque con visible dolor, me pidió que sí, que regresara a Venezuela a atender a mi familia, pues cuando salí para Canarias había dejado a mi hija mayor, para entonces de 20 meses de edad, convaleciente de una misteriosa afección que por poco se la lleva.

Más que angustiado por abandonar así a mi padre, me fui a Tenerife con el plan de volar a Las Palmas y desde allí a Venezuela. En Tenerife me esperaba un amigo, un jefe italiano que yo había tenido en Olivetti y que había volado desde Milano para reunirse conmigo.

El viernes 20/06/1969 —hace hoy 37 años— este amigo me pidió que lo acompañara a una dependencia oficial en Santa Cruz de Tenerife para un trámite que debía hacer. Como no me dejaron entrar al despacho del funcionario con quien mi amigo había hecho cita, me quedé solo en la antesala viendo con sorna, a través de un tabique de vidrio, como mi amigo, con su mal español, hacía esfuerzos para entenderse con el funcionario.

De pronto, y sin justificación alguna, sentí en el pecho una enorme opresión que casi me impedía respirar. Instintivamente me llevé al pecho la mano derecha y con movimientos circulares me lo froté con fuerza en un desesperado intento por conseguir, como fuera, algo más de aire. No habían pasado 10 segundos cuando algo me hizo entender la causa de este extraño y repentino fenómeno, que desapareció en ese preciso momento. Mi reloj marcaba las 10:15.

Sin más preámbulos ni despedidas, golpeé con fuerza el vidrio del tabique, con un gesto de mano me despedí de mi amigo, y partí en carrera hacia la Plaza Candelaria, donde yo sabía que había teléfonos públicos.

Desde uno de ellos llamé a mi suegra, que para entonces vivía en La Laguna y que contestó al primer repique.

“¡¡Qué pasa!!”, fue el grito con que correspondí a su habitual “Diga”.

Su sorprendida respuesta fue:

—Carlos, ¿por qué me preguntas eso?

—¡¡¡Quiero saber qué pasa!!!”, contesté desesperado.

—Que llamaron de tu casa de El Paso. Quieren que regreses porque tu padre está agonizando.

Corrí hasta las oficinas de Iberia —para entonces en la Av. Anaga, cerca de la Plaza Candelaria— compré un pasaje, abordé un taxi, pasé por La Laguna, recogí mi equipaje, continué en el mismo taxi hasta el aeropuerto de Los Rodeos, y desde allí en avión al aeropuerto de La Breña, en La Palma, donde, al igual que la vez anterior, unos parientes me recogieron y me llevaron a mi casa tan rápidamente como pudieron.

Cuando entré a la habitación donde en una cama tipo hospital yacía inerme mi padre, en la cama de al lado estaba sentada mi madre, recostada contra la cabecera, lanzando sollozos entrecortados y abriendo mucho su boca en evidente busca de aire, mientras con movimientos circulares de su mano derecha no paraba de frotarse el pecho tratando de conseguir el aire que le faltaba.

Mis hermanas me dijeron que cuando mi padre acusó un claro coma, mi madre se sentó en su cama, donde la encontré, y llorando comenzó a gritar:

—“Dios mío, ¡¡que tenga yo que pasar sola por esto mientras mi hijo está tan cerca!!

Y sus gritos eran acompañados por un constante jadeo entrecortado y un frotarse el pecho con su mano derecha como si tuviera dificultad para respirar.

Pregunté a mis hermanas a qué hora había ocurrido eso. “Como a las 10 y cuarto”, fue la respuesta.

Mi padre expiró en la madrugada del martes 24/06/1969 a las 04:17, y Dios me permitió ser la persona que más cerca de él estuvo, acariciando en sus últimos momentos su lívido y macilento rostro.

En junio de 2001 me hice una pregunta. ¿Fue mi madre el “vehículo transmisor” de la señal que recibí aquel 20/06/1969 a las 10:15? Siempre creí que sí, pero a pesar de que a comienzos de los 90 tuve mientras dormía otra experiencia de este tipo y desperté de golpe sabiendo la respuesta a una pregunta que me atormentaba, cuando mi madre murió, víctima también de un ACV, sobre las 02:00 de la madrugada del jueves 31/05/2001, yo dormía en mi casa y nada de ESP me ocurrió.

ESP = Extra Sensorial Perception (Percepción extra sensorial)

[*ElPaso}– La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús 2006

28-06-2006

Carlos M. Padrón

Desde que tengo memoria, cada mes de junio se celebra en El Paso, el segundo domingo después del jueves de Corpus, la fiesta en honor del Sagrado Corazón de Jesús, más conocida como “Fiesta del Sagrado”.

Por motivos para los que nunca he sabido que haya explicación, El Paso tiene una vena artística por encima de lo normal, y que no existe en igual proporción en otros pueblos de La Palma —excepto tal vez Mazo—, ni de las otras islas.

Sin haber recibido educación formal al respecto, han surgido en El Paso músicos —en composición y ejecución—, poetas, pintores, cantores, etc., y, con el tiempo y el advenimiento del turismo, principalmente europeo, la Fiesta del Sagrado ha devenido en una especie de museo en el que, sólo por pocas horas, se exhiben al asombrado público verdaderas obras de arte realizadas en su totalidad con productos naturales —propios del pueblo en su mayoría— y por manos y talento locales.

En La Plaza (el centro de El Paso), cada barrio tiene reservada una zona específica para la colocación de lo que haya decidido construir para esa fiesta, y las obras de los barrios se unen entre sí por una alfombra, o franja estrecha sobre el piso, hecha igualmente de productos naturales, que también tiene su cuota de valor artístico.

Desde la tarde-noche del sábado anterior al día de la fiesta, se reúnen en La Plaza los vecinos (director artístico, realizadores, ayudantes, etc.) de cada barrio y pasan toda la noche montando y realizando en el área que les corresponde la obra que desde poco después de la anterior Fiesta del Sagrado comenzaron a idear, a diseñar y a buscar los productos para realizarla.

Todo debe estar listo en la mañana del domingo, cuando el pueblo se llena de turistas que armados de cámaras de TV, fotos, etc., llegan expresamente para admirar y guardar en imáganes lo que esos vecinos crearon con sólo su ingenio, su increíble habilidad manual y su gran sentido artístico.

La procesión del Sagrado Corazón sale en la tarde del domingo, y avanzando por sobre las alfombras va destruyendo a su paso gran parte de esas obras de arte (por eso han dado en llamarlas de «arte efímero»). Algunas, sin embargo, quedan intactas y pasan a ser colección de lugares públicos.

De entre las muchas fotos que por cortesía de Mari Carmen Taño Padrón recibí de la fiesta de este año, celebrada el pasado domingo 25, seleccioné algunas que considero buenos exponentes de lo ya descrito.

Botafumeiro.
Barrio Paso de Abajo. Hecho con cáscara de huevo molida, maíz, semillas de girasol, piña de eucalipto y flores naturales.

Carreta.
Barrio Tajuya. Hecha con badana, macarrones y corcho de pino.

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Gallina.
Barrio La Rosa. Hecha con plumas y cáscara de huevo molida.

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Mantel.
Barrio Tenerra. Hecho con cáscara de huevo molida y cernida sobre un papel engomado. Los adornos son de trigo, paja de trigo, capullos de seda y cáscaras de maní.

Lámparas.
Barrio La Rosa. Hechas con cáscara de huevo molida, flores naturales (como la allá llamada ‘pensamientos’), musgo, pasta de estrellitas, flores silvestres y semillas teñidas.

Tapete de rosas.
Barrio La Rosa. Hecho con semillas naturales, como las de calabaza. Arroz para perros. Pasta en forma de estrellitas (que suele usarse para sopa). Badana, u hoja de plátano (cambur) seca.

Imagen del Sagrado y de las iglesias y ermitas del pueblo.

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Obra personal de Santiago González, por el barrio de Fátima. Santiago es, además de un gran artista en estos menesteres, director de un grupo de música folclórica, compositor, arreglista y excelente cantante de música popular canaria. Todo lo suyo está hecho con cáscara de huevo molida y teñida, y con semillas. Vistos desde lejos, los cuadros así realizados por él parecen óleos. Aquí, una muestra:

Hace algunos años estuve en El Paso unos meses antes de la Fiesta del Sagrado y pasé por el taller de Santiago a ver cómo hacía los trabajos que pensaba exponer en esta fiesta. Yo sabía que él trabajaba principalmente con cáscara de huevo molida y teñida (cáscara que los vecinos van guardando por todo un año, desde que termina una fiesta hasta la próxima), pero no sabía cómo la usaba. Me quedé de una pieza cuando comprobé que, a mano alzada, la iba espolvoreando cuidadosamente sobre un panel engomado, y así, y sólo así, y por increíble que parezca, consigue los contrastes entre luz y sombra, los relieves, etc.

[*FP}– A la memoria de mi padre, en el 37 aniversario de su muerte

Lo que sigue lo envié por email —en junio/2004, con motivo del Día del Padre— al para entonces reducido grupo de mi lista de correos. Hoy, en honor a la memoria de mi padre, quien murió hace exactamente 37 años, quiero darle mayor difusión y para ello lo publico en mi blog.

Por la repetición, pido disculpas a los parientes que lo han recibido como parte del árbol genealógico de los Padrón de El Paso, y también a quienes lo recibieron en junio/2004, y espero que todos los que en esa oportunidad me dijeron que no habían podido bajar la canción desde padronel.net, puedan bajarla ahora desde el nuevo sitio en que la he puesto.

Carlos M. Padrón

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Mi padre fue un hombre de trabajo que, como la mayoría de los “isleños” (canarios) de la época —en especial los palmeros—, emigró a Cuba siendo casi un niño. Volvió a Canarias, se casó, y llevando consigo a mi madre regresó a Cuba donde con sus dos hermanos, menores que él, había montado una empresa artesanal en la que, a cargo de las ventas, amasó una pequeña fortuna que perdió durante la Gran Depresión.

Con su esposa y tres hijos regresó a El Paso, su pueblo natal en La Palma (Canarias), a tratar de ganarse el sustento de la familia arañando la tierra que había heredado de sus padres.

Su vida fue entonces muy dura. Tuvo dos hijos más (yo soy el cuarto) y a todos nos educó en los principios que consideró útiles para que pudiéramos salir adelante en la vida y crecer como personas, respetando a los demás. Y no lo hizo por medio de la imposición sino con el ejemplo y la manifestación indirecta de sus deseos, de lo que a él le gustaría que sus hijos hicieran y fueran, y por qué.

Hoy, 24 de junio, se cumplen 37 años de que, a los 77 de edad, murió en El Paso, víctima de un ACV que le atacó un mes antes y que fue reduciéndolo a la condición de vegetal.

Su muerte ha sido el mayor de los golpes que hasta ahora he recibido, y aunque el paso del tiempo ha hecho que el dolor que me produjo haya disminuido, queda aún un resto que me acompañará hasta que también muera yo, y un vacío que nada ha podido llenar.

Desde Venezuela llegué a tiempo para que él me reconociera. Pude estar a su lado en sus últimos días, y acariciar su rostro en el momento crucial de su muerte, cuando sólo tuve fuerzas para pedirle a Dios que mis hijos me amaran como yo había amado a mi padre.

Con motivo del 37 aniversario de su muerte, quiero compartir con ustedes este homenaje a su memoria. Lo hago por medio de la canción “Padre”, que en su honor compuse (sólo la letra) y grabé en 1984.

Ésta, al igual que una media docena de canciones más, nació, como ya expliqué en un escrito anterior, cuando después de escuchar una y otra vez algunos de los casetes de música instrumental que yo había grabado, comenzaba a destacar de entre todas alguna melodía evocadora de un sentimiento que con el tiempo iba tomando más y más cuerpo cada vez que, estando yo solo en mi salón de música, escuchaba de nuevo esa melodía. La versión de Paul Mauriat de la melodía que lleva por título “La Aventura” evocaba en mí fuertes y vívidos recuerdos de mi padre. La usé como fondo musical, y así, el 13-07-1984, grabé en memoria suya la canción «Padre» que, como dije, quiero compartir con ustedes.

Para escucharla, clicar en Play

 

[*Drog}– Diccionario subyacente: Amor (En realidad, drogamor)

– Enfermedad temporaria que se cura con el matrimonio.

– Es la locura de amor locura que cura un cura con la locura mayor.

– Palabra de dos sílabas, dos vocales, dos consonantes y dos idiotas.

– Esfuerzo que hace un hombre para ser satisfecho por una sola mujer.

– Sentimiento que nos inspira los más grandes proyectos y nos impide realizarlos.

– Supuesta razón por la que una mujer aceptaría lavar, planchar, barrer y cocinar, sin sueldo ni prestaciones.

– Lo que comienza con un príncipe besando a un ángel, y termina con un calvo mirando a una mujer gorda.

[*ElPaso}- Epílogo a «La creación de El Paso»

Carlos M. Padrón

Los medios de escapismo en que por años me refugié para mitigar los efectos de tiempos de crisis fueron el trabajo, la fotografía, la cría de patos y la música.

Para esta última tuve un salón debidamente equipado en el que me encerraba a seleccionar, grabar, y escuchar luego lo grabado. Así armé una colección de varias decenas de casetes que tienen para mí la ventaja de que me gusta todo lo que contienen.

Después de escuchar una y otra vez algunos de los casetes de música instrumental así grabados, a veces comenzaba a destacar de entre todas alguna melodía evocadora de un sentimiento que con el tiempo iba tomando más y más cuerpo cada vez que, estando yo solo en mi salón de música, escuchaba de nuevo esa melodía.

Una en particular me hizo recordar a mi padre, otra a mi pueblo como lugar geográfico, otra a mi pueblo como conjunto de costumbres y nostalgias, etc., y como esos instrumentales estaban ejecutados en un tono al que, jugando con las octavas, podía yo llegar, un día decidí escribir letras alusivas a los sentimientos que esas melodías evocaban en mí, y, poco a poco, fui grabando todas esas letras en forma de canción usando como fondo el instrumental con la correspondiente melodía evocadora, y lidiando, también yo solo en el salón de música, con los controles del tocadiscos, ecualización, volumen, audífonos, letra, etc., mientras trataba de cantar lo mejor que podía.

Al enésimo intento obtenía un resultado menos malo que los anteriores, y con ése me quedaba.

Ahora que en los tres artículos “La creación de El Paso” —en la sección ‘El Paso, mi pueblo’, tomados del escrito “Manuel Taño, un patriota y gran alcalde” de Don Braulio Martín— conté ya cómo El Paso consiguió su independencia y cómo fueron sus primeros años como municipio —o sea, cómo se creó mi pueblo—, adjunto el enlace a la primera de las canciones que grabé según el proceso arriba explicado; una canción que lleva por título “A El Paso, mi pueblo” y que, por supuesto, está dedicada a El Paso, a un El Paso que, casi en su totalidad, sólo existe hoy en mis recuerdos, pues salí de él —“dejé el nido”— a finales de 1957, y volví una o dos veces cada año hasta 1960. Luego, a partir de 1961, cuando emigré a Venezuela, pasé por El Paso cada vez que tuve oportunidad de hacerlo, y no sin tristeza veía cómo lo más característico de los pasenses, las costumbres de mis tiempos y todo lo demás que moldeó mi sentir y me dio guías de vida, que alimentó mis recuerdos y mis nostalgias, iba desapareciendo, aunque eso no ha hecho mella en el amor que siento por mi pueblo.

La ficha técnica de esta canción:

— Título de la melodía instrumental: “Adiós, Acrópolis”. Arreglo de Paul Mauriat.
— Grabada el 17-04-1982.

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