[*El Paso}– La leyenda de “El Alma de Tacande” / José Pérez Vidal (1/4): Introducción y contexto geográfico

Desde que tengo uso de razón escuché hablar en El Paso acerca del “Alma de Tacande”, pero nunca supe más detalles de esa leyenda, hasta ahora que mi amigo y paisano, Juan Antonio Pino Capote —hijo del autor de los poemas que he publicado bajo el título común de “Dándoles vueltas al viento”—, cumpliendo un ofrecimiento que me hizo se ha tomado el trabajo de transcribir a formato digital el texto de la tal leyenda y hacérmelo llegar por e-mail junto con las fotos, en una de las cuales aparece su padre.

Gracias, Juan Antonio.

Mi primer recuerdo del “Alma de Tacande” está asociado al dicho “Una y no más, como el Alma de Tacande”, que desde muy pequeño he escuchado en boca de la gente de mi pueblo y que, al igual que los miembros de mi familia, sigo usando aún como dicho propio para ocasiones que uno no quiere que se repitan. Sin embargo, en la relación de la leyenda no encuentro basamento alguno para ese dicho.

Por cierto, en la lengua de los guanches, los aborígenes de las Islas Canarias, ‘tacande’ significa ‘tierra quemada’, pues por el lugar al que en El Paso se llama Tacande pasó hace siglos un brazo de lava volcánica que, por supuesto, calcinó y cubrió una gran extensión de tierra y la dejó por muchos años inservible (quemada por la lava) para la agricultura.

Carlos M. Padrón

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LA LEYENDA DEL “ALMA DE TACANDE»”
Por José Pérez Vidal

Publicado en la “Revista de Dialectología y Tradiciones Populares”.
Tomo X, 1954, cuaderno 4º.

M A D R I D
C/Bermejo Impresor, 122
1964

Trascripción a formato digital por JUAN ANTONIO PINO CAPOTE. Agosto de 2007.

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Introducción y contexto geográfico

Los seres fantasmales y tenebrosos —brujas, duendes, aparecidos— abundan principalmente en los lugares quebrados, montuosos y sombríos. Las sombras de este mundo favorecen a las del otro. Por eso en España, la húmeda zona norteña, la más cargada de nieblas y valles umbríos, resulta también la más ensombrecida por estas supersticiones de trasmundo.

En las partes llanas, abiertas y soleadas, los perfiles y límites de las cosas se muestran más precisos, aparecen más claras las fronteras entre ésta y la otra vida. La luz hace difíciles los manejos de los huéspedes de las tinieblas. Por algo la hora mágica de las impresionantes apariciones ha sido siempre la medianoche y nunca el mediodía.

El archipiélago canario disfruta de un clima luminoso, pero el suelo, en la mayoría de las islas, se ofrece muy accidentado. Valles estrechos y profundos, barrancos que tajan los montes hasta el pie, violentas fracturas y dislocaciones volcánicas, grandes cráteres y abundantes cuevas, ponen fuertes contrastes de sombras en un terreno que se alza imponente, sobre reducida base, desde el nivel del mar hasta alturas en que las cumbres tienen que atravesar mares de nubes. La vegetación, exuberante en algunas partes, y, desde luego, mucho más rica antes que ahora, ha contribuido no poco a este acusado claroscuro del paisaje.

Antiguamente, ni la vivienda alegraba y ponía una nota animadora en los campos. Las casas, grises, de piedra seca, chatas, diseminadas y medio ocultas en los desniveles del terreno, no se atrevían a desentonar de la severidad circundante. Cercadas por la soledad, representaban un doble aislamiento: el de un islote dentro de la isla.

En este medio recio y fuerte, más bien hosco que amable, en que si la luz ciega, también las sombras y la soledad sobrecogen, no es raro que las sencillas gentes hayan sido soñadoras y temerosas. Sus temores y sueños, en apretada urdimbre, han servido de raíz y soporte a numerosas fábulas y supersticiones de muertes y de miedos.

En una de las islas más abruptas de Canarias, la de La Palma, y en el término de El Paso, en que está enclavado el nudo y centro de los montes de la misma, localiza la tradición la «historia verdadera del “Alma de Tacande”», que, recogida en un romance, publicamos aquí.

El Paso, uno de los municipios más bellos y prósperos de la isla, extiende su término por montes que, en gran parte, pertenecen a la Caldera de Taburiente, el gigantesco cuenco volcánico de dos leguas de diámetro y de espantosa profundidad. Sobre este suelo, movido y accidentado, se ha venido desarrollando la vida de un pueblo que no tiene menos hondura que sus simas. Viejas tradiciones religiosas, artesanas, poéticas, supersticiosas —el Pino de la Virgen, los tejidos de seda, los bellos cantos, el Llano de las Brujas— muestran en El Paso las hondas raíces de su vida.

[*Drog}– La pareja todavía se elige como en tiempos de los ‘neanderthales’

Esta atracción, fundamento del drogamor, es netamente biológica —o, como suelo decir, “instintual”— y, según cuenta el artículo que sigue, no ha cambiado desde la prehistoria.

¿Confiaría hoy la sociedad en algo que estuviera omnipresente pero que no hubiera evolucionado desde entonces? Me temo que no, y por eso resulta tan peligroso que no haga nada contra el drogamor.

Carlos M. Padrón

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4 de septiembre 2007

CHICAGO, EEUU (AFP) – Aunque las salidas en pareja pueden haber cambiado, las leyes de la atracción no lo han hecho desde la época del hombre de Neanderthal, indica un estudio difundido el lunes por una publicación científica estadounidense.

Pese a la revolución sexual femenina, los hombres siguen buscando mujeres atractivas, y las mujeres son atraídas por hombres que pueden asegurar un buen sustento. Así lo afirma un grupo de investigadores que observaron jóvenes solteros en Munich, Alemania, en una sesión que se conoce como ’speed-dating’, encuentros donde se conocen muchas personas por breves minutos para luego decidir con cuál salir en una cita.

Previo a la sesión de ’speed-dating’, los investigadores entregaron a los participantes cuestionarios, y luego observaron su comportamiento durante estas minicitas. “Hay una diferencia entre lo que la gente dice que quiere en una pareja y lo que termina eligiendo”, dijo Peter Todd, un científico cognitivo de la Universidad de Indiana en Bloomington.

Según Todd, los hombres buscan las mujeres más atractivas, mientras ellas buscan bienestar material y seguridad. Las mujeres son, además, más racionales y más selectivas: mientras los hombres querían salir con la mitad de las mujeres que conocieron en la sesión, las mujeres sólo querían volver a ver a un tercio de los hombres.

Para los científicos, los solteros modernos siguen basándose en los mismos criterios que sus ancestros: los hombres buscan el mejor espécimen para procrear, y la mujer una pareja de largo aliento. Para Todd la teoría de la evolución sugería que hombres y mujeres intercambiaban distintas cualidades con el otro, algo que, afirma, se ha mantenido hasta hoy.

“Los individuos ancestrales elegían sus parejas de esta manera: las mujeres negociaban su atractivo por un hombre de mejor calidad, y los hombres buscan cualquier mujer atractiva que los acepte para tener un mayor número de crías y, por tanto, una ventaja evolutiva”.

El estudio fue publicado en el diario Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias.

YN

[*Opino}– El temido síndrome posvacacional afecta más a la mujer que al hombre

 Carlos M. Padrón

De este síndrome supe por primera vez en 2003 a través de la prensa española, y tanto a mi mujer como a mí nos causó mucha risa, pero ya me causa molestia porque después de haber trabajado durante 43 años, y haber visitado por motivos de trabajo —o sea, para trabajar en ellos por al menos una semana— más de 30 países de este mundo, nunca escuché hablar del tal síndrome. Tal vez se me diga que sí existía pero no se le daba ese nombre, pero no, porque lo que sí escuché muchas veces fueron las expresiones de alegría por haber, ¡por fin!, vuelto al trabajo.

En este blog he publicado artículos escritos por españoles que hablan de la aversión que en España se le tiene al trabajo, aversión que personalmente pude constatar durante los 30 meses que allá trabajé, así que me temo que este síndrome es un auténtico “made in Spain” ya que no es de extrañar que si alguien —para mí, digno de compasión— está convencido de que el trabajo es un castigo, no le gusta lo que por su trabajo debe hacer y, por tanto, trabaja lo menos posible, se sienta mal cuando deba dejar el no hacer nada para volver al “infierno” de ser productivo de alguna forma, un “infierno” que, entre otras ventajas, tiene la de ser la mejor cura para los problemas personales y el estrés de ellos derivado.

En el programa “La Radio de Julia” del 17-11-1994 un psiquiatra dijo que la persona que pudiendo evitarlo se quedara voluntariamente en el trabajo más allá de la hora de salida, ameritaba terapia. Yo creo que quienes ameritan eso son los que tienen del trabajo los conceptos arriba expresados, y así se lo hice saber al psiquiatra a todos los que ese día escuchaban ese programa. Sólo Sánchez Dragó, nacido fuera de España, me dio la razón.

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03.09.07

(PD/Agencias).- Mujer y menor de 45 años. A juicio de los médicos, la combinación de ambos factores aumenta el riesgo de sufrir este síndrome cuando se acaba el descanso y toca volver al trabajo.

El llamado síndrome posvacacional —cambios de humor y sensaciones emocionales que sufren algunas personas al incorporarse al trabajo después de un largo periodo de vacaciones— afecta más a las mujeres que a los hombres, y se da con mayor frecuencia entre los menores de 45 años, según la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC).

A juicio de la doctora Blanca Novella, vocal de Comunicación de la Sociedad Madrileña de Medicina de Familia y Comunitaria, las mujeres afrontan peor la vuelta a la rutina porque implica asumir de nuevo sus responsabilidades laborales y familiares. Con respecto a la edad, la doctora Novella explicó que el síndrome posvacacional, que en ningún caso puede considerarse una depresión, se da sobre todo en los menores de 45 años porque son quienes más expectativas ponen en sus vacaciones.

En este sentido, la especialista recomendó no idealizar tanto las vacaciones y valorar más el trabajo, buscando los aspectos positivos y oportunidades que da durante todo el año. Del mismo modo aconsejó compatibilizar el trabajo diario con pequeños momentos de ocio durante todo el año para hacer más llevadera la rutina del invierno.

Por último, Novella insistió en que el síndrome posvacacional no es una depresión, puesto que sus síntomas, aunque parecidos (trastornos en el sueño, cansancio, falta de apetito, tristeza, nerviosismo, irritabilidad, etc.) son menos intensos e incapacitantes que en los cuadros depresivos.

PD

[ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: Madre de los emigrantes

Poema dedicado a la Virgen del Pino —de la que ya he hablado varias veces en este blog— cuya ermita se encuentra en el monte, en el borde Este del pueblo de El Paso, junto a un pino milenario en cuyo tronco se dice que apareció, hace siglos, la imagen de la Virgen llevando en sus brazos al niño Jesús, como se la ve en esta foto de la imagen actual que es una réplica, en grande, de la encontrada en el tronco del pino.

El pino y parte de la ermita, tal y como se ven hoy.

Hasta principios del siglo XX, la principal emigración de los canarios era hacia Cuba, y cuando aún no existía la carretera que posteriormente permitió a los pasenses ir en automóvil hasta Santa Cruz de La Palma, donde estaba y aún está el puerto marítimo, para llegar desde El Paso hasta ese puerto había que cruzar caminando la Cumbe Nueva, ésa donde cabalga la brisa, y ésa en cuyas estribaciones se encuentra la mencionada ermita.

Así, los nativos de El Paso que dejaban sus hogares para emigrar, pasaban, caminando y con maleta en mano, junto a ese pino que dio su nombre a la Virgen, y, posteriormente, pasaban junto a la ermita, cuando fue construida. De ahí la relación entre el emigrante y la Señora del Pino, y el epíteto de Madre de los Emigrantes.

Carlos M. Padrón

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MADRE DE LOS EMIGRANTES

Luminosa Señora del camino,
norte y guía del triste caminante
que pasó por tu bosque, peregrino,
rumbo a lo incierto de un país distante.

Orientas desde el Templo de tu Pino
la incertidumbre del dolor errante
para infundirle, con fervor divino,
una verde esperanza al caminante.

Lo sigues protectora en sus andanzas
por el mar de la vida con desvelos
acallando recuerdos y esperanzas.

Y al retornar de lejos vencedores
les sonríe tu risa de los Cielos
mientras ellos bendicen tus amores.

1958

[*FP]– De Carpádrez: Padres e hijos

1997

Quien domina el vínculo humano tiene, en primera opción, su propiedad y su control. Por eso los hijos son de las madres, el rol de padre es a la postre ingrato, y vivimos en un gran matriarcado que deja a los hombres tres opciones:

1. APATÍA o SUMISIÓN
Seguir la corriente y sumarse al rebaño de los varones domados.

2. REACCIÓN o VENGANZA
Discriminar a las mujeres, usarlas, maltratarlas, violarlas o engañarlas.

3. EQUILIBRIO o DIGNIDAD
Seguir la difícil línea que separa las dos opciones anteriores, sin dejarse contaminar por ellas, y enfrentando la crítica, no sólo de las mujeres —principalmente de las venales— sino también de muchos hombres.

La práctica de la primera es la que más abunda, seguida de la segunda. La tercera, aunque lentamente, va en aumento.

Generalmente, las madres tratan de educar a sus hijos varones para que sigan la tercera, pero en previsión de lo que las nueras puedan hacer, o por lo que las mismas madres han hecho o vivido, terminan inclinándose hacia la primera o hacia la segunda.

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[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Amanecer en la Caldera

NotaCMP.- Para entender más sobre la base de este poema, puede buscarse en el blog usando las palabras Aceró o Caldera de Tburiente.

Amanecer en la Caldera

A Miguel Jurado Serrano, con luces de amistad.

I
Las sombras huyen, y la luz que viene
lo envuelve todo en claridad inefable,
cuando pinta en la selva impenetrable
el milagro de amor que la sostiene.

Juega en las ramas, y su juego tiene
caprichos de una danza inimitable:
es etérea y fugaz, es impalpable
porque en nada que pesa se detiene.

Estas luces que alumbran ideales
en las ramas, son almas transparentes,
mensajeras de amores inmortales

que llegan desde Dios esclarecidas
a despertar los sueños inocentes
en el embrujo incierto de las vidas.

II

Y baña de prestigio los pinares.
y las rocas se cubren de quimera
porque reina la dulce Primavera
colgada en los abismos estelares.

Aquí olvidé el dolor de mis pesares
ante la excelsitud de la Caldera:
el sueño luminoso que se espera,
el agua que musita con cantares.

Y que más corazón que la belleza
embriagada de luz a borbotones
y derramada aquí por su grandeza

en incesante riada de colores,
para vestir de fe las ilusiones
y alumbrar nuestras ansias de fulgores.

III

La gloria de este día que florece
en desvelada soledad medita,
y hay algo indescifrable que palpita
en una luz de alertas que amanece.

¡La Raza muerta! Perdonad que rece
en la cueva esparcida en que dormita,
porque yo sé que no se fue, que habita
esta mansión, y en ella permanece.

Que Aceró es Camposanto benahorita
donde duerme el silencio eternidades
que viven en la luz que resucita.

Y no turbéis su sueño, que es locura
profanar tan excelsas cualidades
con sombras de pecado y desventura

1957

[*Opino]– «Emilio» por e-mail

Carlos M. Padrón

No, no me trago lo de que es broma, creo que es una forma de manifestar despecho por la vía de tratar de ridiculizar algo nuevo, de origen gringo, que no les queda más remedio que usar. Es una manera de expresar rebeldía al negarse a usar el nombre correcto que, en este caso, no cae en la categoría de las palabras para cuya pronunciación, según don Armando, no está preparado “el aparato fonador español”.

¿Y qué decir de ‘bacon’ o ‘¿puzzle’? Muestras de rebeldía esnobista, pues existen en español ‘tocino’ y ‘rompecabezas’ que no dan lugar a confusiones.

He oído protestas a causa de que algunos gringos no saben decir ‘Penélope Cruz’, y a continuación, siguiendo con el tema de cine, esas mismas personas que protestan dicen ‘Ton Cru-i-se’. No Tom, terminado en ‘m’, sino Ton, terminado en ‘n’; y no ‘Cruis’ sino ‘Cru-i-se’.

Y mucho cuidado con hacerles notar tales “contradicciones” (por darles un nombre suave), porque la respuesta inmediata será “Pues aquí se dice así, ¡y punto!”.

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Jordi Mas (Barcelona) escribe con aire compungido: “Me sorprende que a estas alturas sigamos con la variante vulgar de ‘emilios’. Si no deseamos interferencias extranjeras de otras lenguas, me parece que lo lógico sea decir ‘correo electrónico’». Añade que en catalán se emplea ‘trónic’, aunque don Jordi opina que “se ha de decir correu electrónic».

Preciso que lo de ‘emilio’ o ‘ismael’ no son denominaciones vulgares sino bromas de un lenguaje más bien culto o culterano.

Amando de Miguel
LD, 18-08-07

[*FP]– Algo de corte esotérico

Carlos M. Padrón

En su columna Lengua Viva (Libertad Digital) del 17/08/2007, don Amando de Miguel escribió lo que sigue:

Miguel Ángel Taboada Pascual me acompaña un artículo de Gregorio Martínez (Washington, D.C., Estados Unidos) en el que se da cuenta de tres palabras prohibidas: cachar (= joder), chocha (= vulva) y pinga (= pene). Las tres se emplean en algunos países americanos.

Añado que las tres se entienden perfectamente en España, como tantas veces ocurre con las voces y modismos que se creen sólo de influencia regional o de procedencia americana.

En España se dice ‘chocho’ y todo el mundo se entiende y se deleita con esa onomatopeya. Chochos son en Castilla los altramuces, por su clara semejanza con la vulva femenina. Recuerdo otra vez que los sonidos con ‘ch’ y ‘p’ son muy corrientes en las palabras prohibidas. Bueno, últimamente ya no son tan prohibidas.

Cuando leí lo de ‘chocho’ —palabra que en El Paso, y tal vez en toda Canarias, tiene las dos mismas acepciones arriba mencionadas: vulva y altramuces— vino a mi mente el recuerdo de un incidente que, como indico en el título, tiene visos de esotérico.

Verano de 1954. En El Paso, yo, que para entonces iba a cumplir los 15 años, estaba entregado al estudio para preparar los exámenes, ya próximos Mi padre, al igual que los más de los campesinos del pueblo, sembraba chochos (altramuces), pues era costumbre alternar su cultivo con otros porque, se decía, enriquecían la tierra.

Ese año ya mi padre había arrancado las matas de chocho y las había dispuesto adecuadamente para que se secaran y, una vez secas, esperar a que, al llegar la luna llena, un viento favorable permitiera romper a palos las vainas, ya secas, dentro de las cuales estaban los granos de chocho —tarea conocida como “majar los chochos”—, y aventarlos, o sea, lanzarlos al aire con unas palas de madera de forma que el grano de chocho, por su mayor peso, cayera casi verticalmente al suelo mientras que la cáscara de la vaina donde el choco había nacido y crecido era llevada por el viento un buen trecho más allá. De esa forma, se separaba lo útil de lo inútil.

Limpios ya de maleza, los chochos eran llevados a la casa y se ponían en remojo por un tiempo, y cuando por efecto del agua se hinchaban a reventar, se ponían a secar al sol. Una vez secos, se molían y se obtenía de ellos una especie de harina, llamada “gofio de chochos”, que se mezclaba con las sobras de la comida diaria para enriquecer la ración que, para engorde, se le daba al cochino.

Por fin, un día de luna llena de ese verano se presentó el viento adecuado, y mi padre, junto con algunos vecinos y familiares, se fue en la tarde al cercado que llamábamos La Hoya del Rayo (ubicado en Las Cuevas) a emprender la faena de majar los chochos. Había que darse prisa por si acaso el viento cambiara o cesara.

No queriendo interrumpir mis clases, encargó a mi madre que cuando yo regresara de la academia y hubiera cenado, le llevara hasta La Hoya del Rayo el caballo que ya él había dejado listo con aparejos y carga, y la cena para todos los que estaban en la faena. Y así lo hice, saliendo de mi casa hacia La Hoya del Rayo como a las 9 de la noche, bajo la luz de una espléndida luna llena.

El trayecto de ida y vuelta a ese lugar lo hacía yo muchas veces al año porque en La Hoya del Rayo estaba la relva principal —prado con hierba fresca buena para el ganado vacuno—con que contaba mi padre, y a ella llevaba yo a diario, durante la temporada apropiada, a la vaca lechera que había en la casa y al caballo que también teníamos.

Tanto de ida como de vuelta, la vaca caminaba a su aire, y detrás iba yo montado en el caballo. Los dejaba a ambos en la relva, para que pacieran a su gusto, y regresaba a pie a mi casa. Temprano al día siguiente iba a pie a buscarlos, y regresábamos todos de igual forma: la vaca delante a su aire, y yo detrás montado en el caballo. Al llegar a la casa, mientras mi padre ordeñaba la vaca, yo desayunaba y salía enseguida para la academia a tomar las clases del día.

Por esos repetidos viajes, los perros que había en algunas casas del trayecto que yo hacía, tanto de ida como de vuelta, eran todos amigos míos. Se anticipaban a mi llegada y salían a esperarme en la portada de sus casas. Yo los acariciaba por un rato, los despedía, y seguía luego mi camino mientras ellos entraban de nuevo al área de la casa a la que pertenecían.

Pero la noche que nos ocupa, la de la majada de chochos de ese verano de 1954, ocurrió algo para lo que nunca encontré explicación razonable.

Después de dejar en La Hoya del Rayo el caballo con su carga, y quedarme ayudando un rato en lo que podía, a eso de las 11 de la noche inicié, a pie, el camino de regreso a mi casa, usando, como siempre lo hacía para ir o venir a/de ese lugar, el llamado Camino del Medio que unía en línea recta el lugar llamado El Abrigado con la zona donde estaba La Hoya del Rayo.

Y esa noche, al aproximarme precisamente a El Abrigado, salió a saludarme el primero de los perros amigos. Como siempre, lo acaricié, lo despedí, él dio media vuelta y se metió en los predios de la casa, y yo seguí mi camino. Pero no había yo caminado 50 metros cuando escuché que el perro salió en carrera hasta el borde del camino y se puso a ladrar como una fiera a algo que, por la dirección de su mirada, estaba parado en el medio de ese camino frente a la casa y detrás de mí. Pero yo no vi que allí hubiera nada ni nadie. Eso no obstante, el perro continuó ladrando enfurecido, y sólo se calló cuando yo me hube alejado como unos 50 metros más en mi marcha rumbo a mi casa.

A la altura de la casa de la señora por todos conocida como doña Victoria “Mansita”, salió a saludarme el segundo perro, y la escena se repitió exactamente igual. A la altura de la casa de Las Camachitas, ya en la Cruz Grande, salió el tercero, y otra vez el mismo episodio.

Para ese momento, ya yo no las tenía todas conmigo y, presa del miedo, no sabía si apurar el paso o disimular mis temores y continuar a igual ritmo. Pero sí sabía que si Soto, el perro de doña Amparo Pérez —cuya casa estaba justo en la esquina sureste de la intersección del Camino Real, hoy calle General Mola, y el callejón que conduce a mi casa— hacía lo que habían hecho los otros, yo no aguantaría más, pues Soto, por la proximidad a mi casa, era, de todos esos perros, el más amigable conmigo; nos veíamos todos los días varias veces.

Cuando manteniendo la calma a duras penas me acerqué a la casa de doña Amparo, de inmediato salió Soto a mi encuentro. Me entretuve acariciándolo por más tiempo de lo usual mientras de reojo miraba hacia el camino detrás de mí a ver si algo se movía, pero nada vi; la luz de la Luna alumbraba bastante, y el camino por el que yo había venido estaba libre de ser viviente visible.

Por fin despedí a Soto, eché mano al bolsillo y apreté en el puño la llave de mi casa, y reanudando la marcha dejé el Camino Real y, doblando a la izquierda, entré en el callejón que lleva a mi casa.

No había yo transitado los primeros 10 metros de ese callejón, cuando escuché cómo Soto, en vez de aparecer por el lado del callejón —como solía hacer, para que yo lo acariciara de nuevo— salía en carrera, rugiendo ya, desde dentro de los patios de la casa de doña Amparo, y se desgañitaba ladrando en el Camino Real con una furia que yo no le conocía.

Mi reacción fue instantánea: salí disparado en carrera hacia mi casa —debo haber batido la marca de los 100 metros libres— y enarbolando la llave antes de llegar a la puerta, la metí a la primera en la cerradura, abrí, entré, cerré y tranqué a mis espaldas, y casi sin aliento me recosté, sintiéndome ya seguro, contra la puerta trancada.

Jadeando aún me fui a la cama pero no pude dormir, pues esperaba escuchar en cualquier momento pasos en el patio o golpes en la puerta exterior de mi dormitorio. Cuando, ya de madrugada, oí que mi padre había llegado, pude por fin conciliar el sueño.

Nunca he encontrado, repito, explicación a lo que esa noche ocurrió, y que no me ocurrió nunca más, pero sí sé que “algo” venía detrás de mí. Algo que los perros detectaban pero yo no.