[*FP}– Del baúl de los recuerdos: No me tocaba ese día

11/01/2008

Carlos M. Padrón

Cuando entré a trabajar en IBM de Venezuela ya José Francisco trabajaba allí, desde hacía un tiempo, alternando sus tareas como vendedor IBM —igual que yo lo fui después del ELT (= Entry Level Training, o cursos de entrenamiento inicial)— con otras propias de su profesión, lo cual ocasionaba que muchas veces anduviera escaso de tiempo y se retrasara en algunas de las importantes para IBM.

Eso molestaba a nuestro gerente, Jesse Alfonso —individuo eficiente en su trabajo, pero ambicioso de poder y de carácter autoritario— que parecía esperar la ocasión oportuna para salir de José Francisco, tarea nada fácil porque en la IBM de entonces —a la que hoy, no sin cierto aire peyorativo, llaman, en inglés, “regular IBM”, para distinguirla de la de ahora— despedir a un empleado era casi misión imposible dado el empeño de IBM en ofrecer a todos un trabajo de por vida.

A menos que el empleado robara, llevara a cabo dentro de la compañía otras acciones violentas o inmorales, o incurriera en la comisión de delitos considerados causa de despedido según la Ley del Trabajo, IBM no lo despedía.

A finales de 1972, DataEnd —un cliente asignado a José Francisco y que le había puesto los cuernos a IBM al irse con la competencia un par de años atrás, por lo cual IBM quería que se le diera excelente trato para ver de hacerlo volver al redil— se quejó, con o sin razón (vaya usted a saber), de falta de atención por parte de José Francisco, su representante IBM, lo cual bastó para que Jesse Alfonso le sacara a José Francisco la atención a DataEnd —o sea, “le sacara esa cuenta”, como decíamos en nuestro argot— y, porque Jesse Alfonso lo quiso así, me la diera a mí.

Como era natural y de esperar, este cambio no agradó a José Francisco; pero no fue tan natural que él me creyera culpable de lo ocurrido, y medio se enemistara conmigo arguyendo que le habían sacado la cuenta DataEnd porque yo había conspirado con Jesse Alfonso para que así lo hiciera.

Aunque eso no me gustó, pues no era cierto, no quise buscar pleitos sino que me dediqué a mi trabajo, y en especial, y desde enero de 1973, a DataEnd, pues no quería que ésta presentara quejas sobre mí como, supuestamente, lo había hecho sobre José Francisco.

Éste, por su parte, dado como era a los hobbies, adoptó el de coleccionar armas de fuego, pues Felipe Laredo, que también trabajaba en nuestra Sucursal, ya practicaba ese hobby desde hacía un tiempo.

El 05/09/1973, sobre las 11 de la mañana, la situación con DataEnd llegó a su punto, y aceptaron mi propuesta por un nuevo computador IBM main-frame con varios periféricos. Como el negocio era importante, a petición mía Jesse Alfonso fue a reunirse con el gerente de DataEnd, mientras yo me entregaba de lleno, ayudado por Milena Micaso, la secretaria de la Sucursal, a preparar los contratos.

Cuando tenía listo un borrador, tomaba un taxi y me iba a DataEnd. Allí, entre los tres —el gerente de DataEnd, Jesse Alfonso y yo— discutíamos sobre el caso, y cuando se acordaba alguna nueva modificación, yo tomaba un taxi de vuelta a IBM, donde, sin haber ido a almorzar, había quedado esperando Milena Micaso. Ella hacía en su máquina de escribir las debidas modificaciones, y yo, de nuevo en taxi, volvía otra vez a DataEnd con los contratos modificados.

Esto se repitió varias veces, y cuando era como la 1 de la tarde y yo estaba sentado en mi puesto de trabajo haciendo la modificación número ‘n’, entró José Francisco muy agitado.

Apenas verlo, Milena le contó que el negocio con DataEnd se firmaría en cuestión de horas. Aquí también cabe esperar que eso no le gustara a José Francisco, pero él, sin decir nada al respecto, se acercó al lugar que ocupaba en el mesón frente a mí —mesón que por un extremo estaba adosado a la pared— vio, por supuesto, que yo estaba preparando contratos, pero, permaneciendo en pie, se limitó a llamar a Felipe Laredo y, mostrándole una reluciente pistola plateada, le dijo con acento triunfal: “Felipe, ¡mira lo que conseguí!”.

Al tiempo que le explicaba en detalle cómo la había conseguido, comenzó a hacerle a Laredo una demostración mientras movía la pistola en un barrido de 45° que iba desde el mesón frente a ellos, donde yo estaba sentado, hasta donde estaba Milena Micaso —a la derecha de ellos— pasando por el lugar que ocupaba Manolo González, otro vendedor de la Sucursal que tenía su sitio —y estaba al momento sentado en él— en el mencionado mesón, a la derecha del de José Francisco y en diagonal con el mío.

Tanto Manolo González como Milena Micaso expresaron en voz alta y airada su inconformidad con lo que José Francisco estaba haciendo, pues —le dijeron— el arma podría dispararse y causar una tragedia. Y, además, Milena mencionó la prohibición de portar armas dentro de IBM. Pero José Francisco no hizo caso, se limitó a contestar que la pistola NO estaba cargada, y siguió con su demostración

Yo, no queriendo añadir leña al fuego, me limitaba a mirar de reojo, y seguía en la modificación de los contratos para, una vez listos, pasárselos a Milena y que ella los mecanografiara de nuevo.

De pronto, y apenas fracciones de segundo después de que yo inclinara un poco mi cabeza hacia el documento en el que estaba haciendo anotaciones, escuché el seco sonido de un disparo seguido de un alarido femenino, y sentí que algo áspero salpicaba mi cara.

Instintivamente, como para protegerme, hundí la cabeza entre los hombros y la incliné más hacia el escritorio, y luego, sin levantarla, alcé sólo los ojos hacia José Francisco y vi que en su mano, temblorosa, sostenía aún la pistola de cuyo cañón salía humo, y que, lívido y yerto como un cadáver, no apartaba la vista de algo que había en la pared por encima del punto en que la mesa estaba pegada a ella, y a una altura media entre su cabeza, estando él de pie, y la mía estando yo sentado.

Miré hacia donde así miraba él, y a escasos dos palmos por encima de mi cabeza vi en la pared un hueco que penetraba como un centímetro en el concreto, y que tenía unos 30 de diámetro. Sobre el escritorio estaba esparcido el friso arrancado por la bala que después de pegar en ángulo contra ese punto en la pared y abrir el hueco en ella, desvió su trayectoria hacia mi cabeza, que no alcanzó porque yo la había inclinado hacia el escritorio un milisegundo antes, y terminó estrellándose contra el piso a mi izquierda.

Manolo González se abalanzó sobre José Francisco con intenciones de golpearlo, pero Laredo se interpuso. Milena, a grito limpio, sacó a baleo a los ancestros de José Francisco, y a él lo llamó de todo menos bonito.

Le pedí a Milena que no se alterara más, pues no había pasado nada, y que, por favor, terminara los contratos porque el cliente me esperaba, bolígrafo en ristre, para firmarlos. Y ella así lo hizo, no sin antes mirarme extrañada por mi aparente tranquilidad y falta de emotividad ante lo ocurrido.

Cuando 5 minutos después del incidente, y mientras continuaba la reyerta verbal de Manolo González contra José Francisco, estuvieron listos los contratos, los metí en una carpeta, salí de la oficina a la calle, tomé un taxi para ir a DataEnd,… y apenas sentarme en la parte trasera del auto y cerrar su puerta tras de mí, comencé a temblar como un azogado. Las piernas me saltaban solas, sin control alguno; un sudor frío me bañaba todo el cuerpo, corriendo a chorros por mi rostro y mi espalda; un nudo en la garganta me hacía difícil respirar, y mis manos no se quedaban quietas.

Tartamudeando y apenas con un hilo de voz de tono angustiado, le di al chofer la dirección a la que yo quería ir, y soné tan mal que el hombre giró en su asiento para poder verme de frente y, preocupado, me preguntó si yo me sentía bien. Con un gesto de mi cara y mi mano le di a entender que sí, y el taxi se puso en marcha.

Afortunadamente, pues aún eran horas del mediodía, había bastante tráfico y eso me dio tiempo de medio recobrar la compostura para cuando llegué por fin a la oficina del cliente,…. ¡que me firmó los contratos! Con eso alcanzaba yo el 360% de mi cuota anual, y me hacía acreedor a todos los premios de ventas previstos ese año por IBM de Venezuela.

Ya en el taxi que me llevó de vuelta a IBM caí en cuenta de que José Francisco estaba acabado, pues Jesse Alfonso tenía ya el tan esperado motivo para salir de él, y no precisamente transfiriéndolo a otra unidad dentro de la compañía, sino despidiéndolo.

Pero lo más grave era que todo el que en IBM conociera el problema que José Francisco se había inventado acerca de mí y su pérdida de la cuenta DataEnd —y, como mínimo, toda la fuerza de ventas conocía ese problema— estaría predispuesto a pensar que el disparo no había sido accidental, sino intencionado porque yo estaba a punto de firmar ese día el contrato que él habría podido lograr si no le hubieran sacado esa cuenta. Y eso, además de despido, era posiblemente cárcel.

Y de pronto mi alegría por la excelente venta se vio empañada por el triste destino que esperaba al pobre José Francisco, un hombre casado y con hijos.

Con estos sentimientos encontrados —alegría por la venta lograda, y tristeza por lo que esperaba a José Francisco— llegué de regreso a la oficina. José Francisco no estaba allí, lo cual vi como normal. Milena, Manolo y Laredo me abrazaron y felicitaron por el éxito en la venta, pero enseguida me sentaron y me contaron lo que habían acordado apenas yo había salido para DataEnd después del disparo y desde que, emocionalmente destruido, José Francisco se había retirado sin decir palabra.

Si lo ocurrido allí ese mediodía salía fuera de nuestro conocimiento —me dijeron— José Francisco estaba perdido; le ocurriría exactamente lo que yo temía, y eso era demasiado, pues ninguno de nosotros creía que el disparo había sido intencional. En consecuencia, ellos propusieron —y yo acepté de inmediato, y con un tremendo alivio— que todos cerráramos la boca y no dijéramos ni pío, no sólo acerca del disparo sino también acerca de la traída del arma al interior de la oficina.

Y para ocultar el corpus delicti habían conseguido un afiche promocional de la convención de ventas a celebrarse el próximo año, y lo habían pegado de forma que tapara totalmente el hueco que la bala había hecho en la pared.

Cuando en la tarde llegaron los demás miembros de la Sucursal, todos supieron de la venta a DataEnd, hicimos planes para celebrar al final de la jornada,… y se les dijo —también a Jesse Alfonso— que el afiche pegado en la pared, junto a mi puesto de trabajo, era una especie de reconocimiento anticipado, y de recordatorio para todos, de que los premios de esa convención que anunciaba el afiche eran, desde ya, para Carlos Padrón. Todos “compraron” la historia, y nosotros —Milena Micaso, Felipe Laredo, Manolo González y yo— cumplimos nuestra promesa de hermético silencio.

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José Francisco estuvo desaparecido por un par de días, esperando en su casa, según le dijo después a Laredo, a que de IBM lo llamaran para que pasara por el Departamento de Personal a finiquitar su liquidación de despido. Pero como no lo llamaron decidió volver al trabajo.

Laredo fue el encargado de explicarle lo de nuestro pacto de silencio, y él, creo que más por pena que por orgullo, nunca me dijo nada sobre el disparo ni yo se lo mencioné, pero poco a poco comenzó a hablarme de nuevo hasta que, a la vuelta de un mes, podría decirse que su relación conmigo era “normal”.

En abril de 1975 nos mudamos al Edf. IBM, en Chuao, y sólo entonces, al retirar el afiche que desde septiembre de 1973 había permanecido ocultando el corpus delicti, Jesse Alfonso vio el hueco, preguntó qué diablos era aquello, y Milena Micaso, sabiendo que ya era tarde para sanciones, le contó la historia del disparo.

Y así fue ella quien pagó los platos rotos, pues Jesse Alfonso montó en cólera porque le habían birlado la oportunidad, por él tan deseada, de salir de José Francisco al menor costo.

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A poco de estar en Chuao, José Francisco fue transferido a otra área de la compañía, y a comienzos de los años 80 dejó IBM, sin que nunca más habláramos del disparo. Y pocas veces lo vi desde entonces.

Cuando a comienzos de 1996 regresé de España me lo encontré un día en un curso. En el intermedio, o coffe-break, me llevó fuera del aula, me saludó con visibles muestras de alegría, y me contó de los avatares de su vida desde que había dejado IBM, que no habían sido pocos.

Allá por marzo del año 2002 nos contactamos por Internet y comenzamos a intercambiar chistes. A mediados de junio de ese año me contó, siempre por Internet, que estaba por tomar vacaciones hasta septiembre pero que antes quería invitarme a que almorzáramos juntos.

Él fijó fecha, hora y lugar, y allí estuve yo, puntual y según lo convenido. José Francisco había llegado antes y escogido mesa, y al momento del café adoptó un aire solemne y me dijo:

—Desde hace mucho tiempo tengo una deuda contigo, y he decidido pagártela antes de irme de vacaciones.

—Que yo sepa, nada me debes—, fue mi respuesta.

—Eso creerás tú, pero yo siento que estoy en deuda contigo desde aquel día, hace 30 años, cuando estuve a punto de matarte de un tiro. Te juro que el tipo que me vendió la pistola me aseguró que estaba descargada, y yo, de pendejo, lo creí sin comprobarlo.

Y metiendo su mano bajo la mesa sacó lo que parecía ser un cuadro ya enmarcado pero cubierto con papel, y al ver mi cara de extrañeza me preguntó qué creía yo que era aquello. Le dije que un cuadro, y él me confirmó que sí, que era un cuadro al óleo que a principios de 1972 le había comprado a un pintor que había expuesto en el Hogar Canario-Venezolano, en Caracas, y que lo que le había gustado de ese pintor paisajista era que en sus óleos usaba tierra del lugar que pintaba. Este cuadro, que él quería regalarme —me dijo—, era un óleo campesino de Canarias, y en ese óleo había, mezclada con el aceite de la pintura, tierra del lugar que el pintor había plasmado en su obra.

Colocó el cuadro sobre una silla frente a mí, le arrancó la envoltura de papel, y se volvió curioso a mirar mi reacción.

Cuadro de JFLa cara que puse cuando analicé el cuadro que muestra esta foto, sobre todo el monte del fondo y las nubes blancas sobre él, le extrañó mucho a José Francisco, pues mi expresión tuvo que ser de una gran incredulidad porque ése fue el sentimiento que me embargó en grado sumo.

—¿Estás seguro —le pregunté— de que no sabes de dónde es ese paisaje?

—Charlie (él solía llamarme así), te juro que sólo sé que es de Canarias, y que creí que por eso te gustaría. Lo he tenido en mi casa durante 30 años pero quiero regalártelo. ¿Es que no te gusta?

—Pues la pegaste, José Francisco, porque ese paisaje, lo creas o no, ¡es de mi pueblo natal! El monte al fondo es La Cumbre Nueva, y la nube blanca sobre ella es nuestra famosa “brisa” comenzando a hacer su aparición. ¡Eso es inconfundible!

Y ahora fue él el asombrado, y hasta el emocionado porque, me dijo, así el regalo tendría para mí mayor valor, lo cual era muy cierto.

~~~

Cuando en 2003 fui a El Paso, con la ayuda de Chepina y guiándome por los detalles de la foto que adrede me llevé conmigo, comencé a ubicarme para tratar de dar con la casa del óleo. Llegamos al Camino Viejo, barrio en el que, de seguro, tenía que estar o haber estado esa casa, pero no terminaba yo de encontrarla.

En el lugar conocido como Los Cuatro Caminos, en el Camino Viejo, entramos en una venta de comestibles, como un abasto, y al mostrarle la foto a la señora que atendía detrás del mostrador, y que supo enseguida quién era yo, ésta me dijo sin más:

—¡Vaya, Carlos, cómo no! Ésa es la casa de Juana Marcelo. La recuerdo bien porque yo me crié en la que está casi enfrente.

Y acto seguido nos explicó cómo llegar —subiendo por el mismo camino, unos pocos metros antes del abrevadero de la Montaña Colorada, a la izquierda— pero también nos advirtió que de la casa, tal y como se veía en la foto, casi no quedaba ya nada.

Efectivamente, una vez en el lugar pude encontrar el punto exacto donde el pintor había colocado su caballete, y desde ese punto tomé esta foto que deja claro que el pintor, haciendo uso de las licencias que le facilita su arte, acercó La Cumbre Nueva a la casa para darle a ésta un fondo, o más bien un marco, de mayor resalte.

Casa del cuadroLo que señala la flecha azul es lo que hoy queda de la casa que ilustra el óleo pintado en 1972, óleo que desde 2002 está colgado en el salón de mi propia casa, no sólo como lugar apropiado para un paisaje de mi querido pueblo, y que contiene tierra de él, sino como recordatorio de que el 05/09/1973 no me tocaba morir.

Gracias, “José Francisco”, por el cuadro y por el accidental disparo, pues de no ser por él, el cuadro no estaría donde está.

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Commentarios

Comment from charo [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Vaya historia la que cuentas, parece sacada de una película de intriga. Que cierto es que la realidad supera siempre la fantasía. Saludos. Charo

Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 18/01/2008 at

Como ya dije, la segunda y última parte, que saldrá el próximo viernes, es más de esas cosas que sólo se ven en las películas de ficción.

¿Y dónde está el doble punto? ¡Cosas de ficción!clip_image001

Comment from Manuel A. Gutiérrez [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Estimado Carlos, estoy seguro que Manolo González compartió momentos de nerviosismo y luego de alegría al haber logrado tus objetivos y los de la IBM. Sin duda alguna salvaron a José Francisco de muchas penalidades.

Milena Micaso creo que le escondió el incidente a Jesse Alfonso, al igual que muchos de los que fueron testigos de lo sucedido, por un corto tiempo.

¡Qué historia tan increíble, que no se encuentra dentro de los archivos de IBM! ¡Qué maravilloso episodio en tu vida y en la de quienes lo vivieron contigo! Sobre todo lo sucedido treinta años después. Ese 05/09/73 pudo haber sido tu último día, pero no era tu día para ese fin. El Sr. José Francisco volvió a vivir o renació.

Manny Guty

Comment from charo [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Me encantan las historias que acaban bien y el óleo es precioso, tiene una gran fuerza. saludos. Charo

Comment from Silvia de Navarro [Visitor]
Time 21/01/2008 at

Carlos, ¡qué historia tan interesante¡ pero sobre todo resalta tus valores personales e integridad, así como el aprecio por esos pequeños detalles y el amor a tu tierra. Chepina, como siempre, apoyándote en tus vivencias. El regalo de José Francisco me imagino que debe ser uno de los mejores que hayas recibido.

Cariños y felicidad para ambos.

Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 21/01/2008 at

Pues sí, Silvia, ese regalo tiene para mí un valor especial, no sólo por la imagen del óleo sino por cómo éste llegó a mí. Parece ser una confirmación del dicho de que no hay mal que por bien no venga, o, de este otro que me gusta más: “Nada ocurre por azar”. Hace tiempo que no creo en casualidades.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Plenitud

PLENITUD

Es mediodía. El pleamar te llena
y tú sabes, con toda exactitud,
que has llevado a la muerte que serena
tu ganada y rotunda plenitud.

Nada falta ni sobra. Ríes plena
el triunfo que atesora tu virtud,
y corregida de extravíos, buena,
te sostiene la paz en la quietud.

Arriba estás en el cenit de altura
sumergida en las anchas claridades
que te descubren su mayor hondura.

Ya no subas ni bajes. Permanece
y espera, en posesión de tus verdades,
a la verdad suprema que amanece.

1959

[Opino}– Cabello, vello y pelo,… y la evasiva de don A. de Miguel

En Libertad Digital del 13/12/2007, columna Lengua Viva, de Amando de Miguel, encontré lo siguiente:

José Manuel Roldán (Sevilla) me aclara que en México se distingue muy bien entre pelos, vellos y cabellos.
• Los cabellos son los pelos de la cabeza,
• Los vellos son los pelos del resto del cuerpo humano; y,

• Los pelos lo son de los animales.

Excelente distinción. Me recuerda la de ‘cadera’ para las personas y ‘anca’ o ‘grupa’ para algunos mamíferos. Cuando se aplica la voz animalesca a una persona, esa decisión se suele hacer con un propósito afrentoso. Véase, por ejemplo, ese sentido en muchas expresiones en las que aparece la voz pelo aplicada al hombre con un tono despreciativo.

Antes esto, le envié al Sr. A. de Miguel el siguiente e-mail:

From: Carlos M. Padrón
Sent: Thursday, December 13, 2007 8:16 AM
To: Amando de Miguel
Subject: [LE}– Cabello, vello y pelo

Esta clasificación, que para mí tiene el inconveniente de que hace de las peluquerías centros de estética para animales, no recuerdo haberla encontrado en ningún país de Hispanoamérica que yo haya frecuentado. Y excepto El Salvador y Nicaragua, los he frecuentado todos.

Ahí siguen usándose en relación a personas expresiones como,

• “Se me pusieron los pelos de punta”. (“Se me pusieron los vellos de punta” suena ridículo)
• Tiene pelo negro, blanco, canoso, entrecano, rubio, negro, etc.
• “No tiene un pelo de tonto”
• Las mujeres pelean tirándose de los pelos, o de las greñas

Y existen peluquerías para damas, peluquerías para caballeros, y peluquerías caninas.

Eso de ‘cabello’ suena, al menos todavía, como un rebusque —creo que usted suele decir ñoñismo— para evitar decir ‘pelo’, y no se entiende por qué. El uso más frecuente y normal de ‘cabello’ es su derivado, ‘cabellera’.

Y en Libertad Digital de hoy, 10/01/2008, columna Lengua Viva, de Amando de Miguel, encontré lo siguiente:

Carlos M. Padrón entiende que lo de “cabello” para no tener que decir “pelo” es simplemente un “rebusque” o ñoñismo. Entiendo que no siempre. El dulce conocido como “cabello de ángel” sería menos atractivo si fuera “pelo de ángel”.

Creo que el señor de Miguel escogió la vía fácil recurrriendo a una respuesta bastante sesgada e incompleta, pues obvia el meollo de mi objeción: Si pelos son los de los animales, entonces las peluquerías son centros de estética para animales, y está claro que las peluquerías no son eso.

[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Alfredo

07-01-2008

Carlos M. Padrón

Era de El Paso de Abajo, donde, al menos en los años 50, vivía con su familia. Tenía la manía de pedir besos, que solicitaba con su muy peculiar forma de hablar y su permanente exclamación “¡Beeesso, tú!”. Y, si se lo permitían, lo daba en el dorso de la mano de su “víctima”,… y luego solía echar a correr.

Tenía muy buena memoria para las caras de los paisanos, y era capaz de recordarlos aunque hubieran estado ausentes por años. Pero gustaba de algo que resultaba peligroso y de lo que fui víctima una vez: se aproximaba en silencio por la espalda de alguien, y tapándole los ojos con sus dos manos apretaba con fuerza; algo que la gente del pueblo solía hacer, pero suavemente, para que la persona cuyos ojos habían sido cubiertos adivinara quién era la que se los había cubierto.

Por qué Alfredo hacía esto, no lo sé, pero sí sé que un día, mientras yo miraba la cartelera del cine, me lo hizo, y torció casi fatalmente mis lentes (gafas), no llegando a romperlos porque del grito que le di se asustó y retiró sus manos.

Y fue en el cine, porque el cine era entonces su pasión. Al comienzo de cada función se le podía encontrar en la puerta, y desde horas antes iba por las calles diciendo “Cine hoy; pilícula bonita”. Si alguien le decía algo al respecto, él repetía el final de la última palabra que le hubieran dicho, o la palabra entera.

Cuando, ya en América, tuve mi primer contacto con brasileños no pude evitar acordarme de Alfredo porque, al menos en el portugués hablado en Brasil, parece que no existiera el adverbio ‘sí’ para dar una respuesta afirmativa, pues, por ejemplo, cuando uno pregunta, “¿Viste esa película?”, y el brasileño quiere responder que sí, responde “La vi”. “¿Tienes hambre?”, respuesta: “Tengo”.

Por muchos años, Alfredo ayudó en Monterrey —en el bar, restaurante y sala de fiestas— pues, por caridad (1), los propietarios le ofrecieron algo que hacer, lo cual le permitía sentirse útil, y le dieron las comidas; no sé si también alguna paga.

***

Mi amigo, el Dr. Juan Antonio Pino Capote, fue a El Paso este verano de 2008, y me cuenta que apenas llegar se topó con Alfredo, quien, para variar, vino a darle un beso en la mano.

Juan Antonio le tomó esta foto que muestra lo antes dicho: está muy viejo, pues pasa de los 80. A pesar de que esconde un tanto la cara, quienes lo hayan conocido sabrán que es él.

(1) Hoy, lunes 05-Julio-2010, me ha explicado José (Pepe) Monterrey, hijo de Don Víctor, el cabeza de failia de los Monterrey que conocí en los años 50, que el motivo por el cual su familia acogió de tan buen grado a Alfredo fue por un vínculo familiar, pues la abuela de Alfredo era hermana de don Víctor Monterrey.

[*FP}– De Carpádrez: Balance de 40 años de vida laboral

1997

En el bagaje de experiencias y recuerdos que después de 40 años de vida laboral he acumulado, no destacan los éxitos profesionales, los premios o los reconocimientos recibidos de mis superiores, sino la percepción de la realidad y de mí mismo que mis pares, y sobre todo mis subordinados, me enseñaron, y la satisfacción de haber podido ayudarles.

Carlos M. Padrón

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Plegaria del campesino

“El reinado eterno” es el nombre de uno de los varios ‘carros’ que han sido re presentados en El Paso con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

Allá llamamos ‘carro’ a esta especie de breve auto sacramental, recitado y cantado, que se escenifica sobre la plataforma de un vehículo grande preparado como escenario especialmente para esa ocasión. La movilidad propia del vehículo permite que la representación se haga en un lugar desde el que sea visible para un número de personas que no cabrían en un teatro. De ahí, de esa movilidad, nació el nombre de “carro”.

Cuando termine con la publicación del contenido de “Dándoles vueltas al viento” me propongo pasar a la de la letra, guión u otros datos de los ‘carros’ que en El Paso han sido representados.

Carlos M. Padrón

***

PLEGARIA DEL CAMPESINO
(Fragmento de “El reinado eterno”)

Soy un pobre campesino;
no tengo palabras bellas
para contar mis querellas
a tu corazón divino.

Pero hacia Ti me encamino
con una oración ferviente,
cual un viejo penitente
que, aunque de torpes maneras,
sabe bien que tú lo esperas;
esperanza del creyente.

Tú me diste paz, consuelo,
un hogar sin inquietudes
y perfumadas virtudes
que embalsamaron mi anhelo.

Cuando contemplé ese cielo
siempre admiré tu grandeza
y bendije mi pobreza
obedeciendo tus leyes.
Fui más grande que los reyes
sintiendo Tu Realeza

Luchando con alegría
tuve fe, Señor clemente,
cuando arrojé la simiente
que por tu amor brotaría.

Y en un milagro nacía,
y en otro en frutos cuajaba,
y agradecido rezaba
a tu bondad infinita
por la cosecha bendita
que mis esfuerzos premiaba.

Cuando herido de traiciones
sentí sangrar mis heridas,
cuando en las horas temidas
me acosaron las pasiones,
recordé las oraciones
que mi madre me inculcó
y de nuevo a Ti volvió
mi espiritual sencillez
con esa grave honradez
que esta tierra me enseñó.

Sobre la tierra curvado
—profunda interrogación—
yo escribí tu religión
con los surcos de mi arado.

Y sepulté mi pecado,
mal cizaña en mí nacida
junto a simiente escogida
que con mi sudor regaba,
y con dolor enterraba
porque eran mi propia vida.

Señor, yo quisiera darte,
—ya que a mi pueblo le das
tu nombre que vale más
que cuanto pueda ofrendarte—
algo que pueda agradarte,
como una inmensa oración
donde te implore perdón
fundido en eterno abrazo
todo este pueblo de El Paso
del Sagrado Corazón.

Mas, soy tan pobre, Señor,
que de nada al fin soy dueño
porque hasta tuyo es el sueño
que mitiga mi dolor.

Tuyo el prodigio de amor
que en mis noches amanece,
y el milagro que florece
luz de tus ojos abiertos
en los almendros despiertos
donde tu luz esclarece.

Nada tengo que ofrecerte
como no sea obediencia
ante el temor de ofenderte,
servirte y obedecerte
para tu gracia esperar
y, mientras viva, rezar,
pedirte a voces perdón
y entregarte el corazón;
lo más que te puedo dar.
1949

[Opino}– Colección de estupideces

02-01-2008

Carlos M. Padrón

Frases que venían en un solo archivo PPS, de ésos con cabriolas de letras, líneas, imágenes, y otras estupideces móviles que hacen perder el tiempo y la paciencia.

Además, estas frases nada tenían que ver con las imágenes del PPS, que estaba compuesto por pinturas de Van Gogh, pero seguro que al autor del PPS le parecieron el summum de la filosofía, y hasta creyó que, a los ojos de quien viera el tal archivo, contribuirían de seguro a realzar la belleza o el valor de las pinturas.

Aquí van las frases —las más de ellas cursis a rabiar—, con mis comentarios (en cursiva).

• La vida es fascinante, sólo hay que mirarla a través de las gafas correctas.
• El mundo está lleno de pequeñas alegrías; el arte consiste en saber distinguirlas.
¿Y dónde se consiguen esas gafas, y se aprende a hacer esa distinción?

• He aprendido que estar con aquello que me gusta es suficiente.
Lo difícil es conseguir en todo momento algo que a uno le guste, y que quiera estar en nuestra compañía.

• El tiempo es un gran maestro que arregla muchas cosas.
No las arregla, les echa tierra encima, y eso puede que haga que las entendamos mejor.

• Se amigo de ti mismo y lo serán los demás.
Hay que ser anormal para no ser amigo de uno mismo. Y si se es argentino porteño, hasta se sobrepasa en mucho el límite de esa amistad.

• Lo que se necesita para conseguir la felicidad no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado.
Ergo, la felicidad es una ilusión pasajera, pues sabido es que el enamoramiento también lo es.

• Quien conversa con un rostro amable, llena de alegrías los corazones de los demás.
¡Qué bueno para los hipócritas que cuando quieren conseguir algo de uno se nos acercan con el más amable de los rostros!

• Para mí, cada hora del día y la noche es un indescriptible y perfecto milagro.
Una característica de la estupidez humana es agigantar el valor de nimiedades.

• Los defectos son muchos cuando el amor es poco.
Ergo, el amor es ciego, pues sólo cuando hay mucho de él no se ven los defectos.

• La prudencia es la base de la felicidad.
¿Y qué hacer con los consejos de que si no te arriesgas nunca conseguirás nada en la vida? El riesgo es contrario a la prudencia.

• El amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al corazón y al cuerpo.
Cierto,… si cambiamos amor por drogramor, pues éste puede volverte loco, causarte un infarto, y enfermarte de cuanto mal haya a tu alrededor.

• Un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que sólo le falta abrir la boca para caer en ella.
La estupidez está reñida con la razón; por tanto, las pasiones también. Así que, como dicta la prudencia, mejor las mantenemos lejos y bajo vigilancia. Hay una máxima que reza “Siente el pensamiento; piensa el sentimiento”, que me parece muy sensata, pues la pasión es un sentimiento. Entonces, ¿dejamos que las pasiones nos dominen o las pensamos?

[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: El Catalino

31-12-2007

Carlos M. Padrón

Tampoco era de El Paso y tampoco sé de dónde vino; creo recordar que alguien dijo que era de un pueblo del norte de la isla.

Ocupó el kiosco que por años estuvo en la Plaza Nueva frente a la entrada principal de la iglesia. Era dado a la bebida, y cuando se le pasaba la mano se tornaba belicoso.

Un día de Semana Santa, terminada la procesión del Santo Entierro la gente se retiraba a sus casas, y luego regresaban La Plaza aquéllos que querían asistir a la Procesión del Retiro.

Yo fui uno de los que regresé, pero bastante antes de la hora de esa procesión, y al llegar al cruce de calles en la esquina de la Plaza Vieja, justo cuando subía a la acera donde, también por años, estuvo el mojón del kilómetro 1, noté que alguien venía corriendo, y gritando, por la calle donde estaba la barbería de don Pedro Gabino. Me detuve en espera de que apareciera, pero en cuanto lo hizo me lanzó una piedra que me golpeó en el costado izquierdo, a la altura de la cintura, y me noqueó instantáneamente. De haberme alcanzado en la cabeza me habría matado.

Las personas que me auxiliaron me dijeron, cuando medio desperté, que la piedra me la había lanzado El Catalino porque creyó que yo era uno de los muchachos que lo habían estado molestando por largo rato.

Éste tuvo también su anécdota romántica, pues estando un día cierta señora parada en la puerta de la venta de don Vicente Pino, en la Cruz Grande, vio que por la cuesta venía subiendo El Catalino. Como ella era, según entonces se decía, muy “zafada” (o sea, que decía y hacía cosas consideradas impropias de una dama), cuando El Catalino pasó frente a ella, y estando la venta llena de parroquianos, le dijo:

—Oye, Catalino, ¿quieres dormir conmigo esta noche?

Sin titubear ni inmutarse en lo más mínimo, El Catalino le respondió:

—No, gracias. Estoy comprometido.

Creo que de las anécdotas acaecidas en el pueblo, ésta era la que más risa le causaba a mi madre.

Refiere el amigo Juan Antonio Pino que su padre, don Antonio Pino, le contaba que El Catalino era tan fanático de todo lo frito que decía “¡Fritos me como yo hasta los moñigos de burro!». Y que un día, por algo como una afección intestinal, hubo de ser hospitalizado en estado grave, pero por más que el personal sanitario se esforzó no consiguió que El Catalino diera del cuerpo. Informado de que era necesario que lo hiciera, pidió que en el suelo, junto a su cama, le pusieran un saco.

Así lo hicieron, y entonces, con la debida ayuda, bajó de la cama, se puso de cuclillas sobre el saco y cagó a placer, mientras decía: “¡Muero en mi ley!”.

[*FP}– De Carpádrez: "Rehacer la vida"

1997

La mayoría de las mujeres con quienes he hablado al respecto opinan que un hombre como yo, al igual que cualquier otro en mi condición ─divorciado y muy cerca de los 60─ debe buscar pareja estable o, para usar la expresión que ellas más usan, debe ‘rehacer su vida’.

Salvo contadas excepciones, las razones que me dan son cuatro:

Por lo menos hasta el momento ni siquiera las cuatro razones juntas justifican para mí la formalización de un vínculo de pareja estable, pues lo que yo espero de ésta es algo más, algo de índole menos material y más elevada, menos de actitudes y más de valores.

Lo que hay tras esas cuatro razones es, aunque válido, algo que se puede fingir y comprar; lo que hay tras lo que yo busco, no.

Carlos M. Padrón