[*Opino}– Literatura clásica AC (antes del celular) y DC (después del celular)

El genial escrito que sigue lo calificaría yo de “bromenserio” pues si bien es chistoso no puede ocultarse su impactante fondo social. Eso de que ya las famosas obras de la literatura clásica no tienen futuro es, cuando menos, preocupante; es una dramática prueba de cómo el celular ha cambiado nuestro mundo y nuestras vidas.

¿Cómo podría un muchacho de hoy entender a cabalidad lo que hace 40 años eran las comunicaciones? Si mi nieto se extrañó cuando por primera vez vio un teléfono de dial, ¿cómo podría entender que en 1963 esperé yo 4 horas en las oficinas centrales de la telefónica de Venezuela para poder hacer una llamada desde Caracas a Canarias, que fue poco menos que simbólica porque casi no se escuchaba nada?

¡Qué distintos habrían sido los entonces trágicos efectos de la emigración si los padres del muchacho que emigró a América hubieran podido comunicarse con él por vía de un celular en vez de tener que conformarse con, si había suerte, una carta al mes!

Al comparar la vida que yo tuve con la que tienen mis hijas me he sentido frustrado por no poder transferirles mis vivencias personales, pero ante esto se me ocurre que tal vez esa imposibilidad sea realmente un tipo de bendición.

Carlos M. Padrón

***

27 de octubre de 2008

Hernán Casciari

Anoche le contaba a la niña un cuento infantil muy famoso, “Hansel y Gretel”. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice justo en ese punto: “No importa.
Que llamen al papá por el celular”.

Entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida que sea ajena a la telefonía inalámbrica. Al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura si el teléfono celular hubiera existido siempre. Cuántas tramas habrían muerto antes de nacer, y qué fácil se hubieran solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector ahora mismo, en una historia clásica. Muy bien. Ahora ponga un teléfono celular en el bolsillo del protagonista. Un teléfono con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Funciona la trama como una seda ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, chatear, hacer  videoconferencias y enviarse mensajes de texto? Nooo, no funciona un carajo.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que Ulises regrese del combate, y Caperucita alerta a la abuela a tiempo, y la llegada del leñador no es necesaria, y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi,…. gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.
Un enorme porcentaje de las historias de veinte siglos atrás han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Esas historias existieron gracias a la ausencia de telefonía celular.

Ninguna historia de amor habría sido trágica si los amantes hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica “Romeo y Julieta” basa todo su dramatismo en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. Si Julieta hubiese tenido teléfono celular le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

M HGO LA MUERTA, PERO NO STOY MUERTA. NO T PRCUPES NI HGAS IDIOTCES. BSO. OK ?

Y las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se habrían escrito nunca si hubiera existido la promoción ‘Banda ancha celular’ de Movistar.
Muchas obras importantes habrían tenido que cambiar el nombre por otros más adecuados. Por ejemplo, la novela de García Márquez «Cien años de soledad» se llamaría “Cien años sin conexión” y narraría las aventuras de una familia en la quee todos tienen el mismo nick pero a nadie le funciona el Messenger  (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmorni g).

La famosa novela de James M. Cain “El cartero llama dos veces”, escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría “El g-mail me duplica los correos entrantes” y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

En la obra “El jotapegé de Dorian Grey”, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico “Blancanieves” no consultaría todas las noches al espejo sobre ‘quién es la mujer más bella del mundo’, porque el costo por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes, y al final se cansaría.

Todo el cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

La telefonía inalámbrica nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora? No. Le enviaremos un mensaje de texto.  Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que la mujer amada no tenga su telefonito en modo vibrador.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

Fuente: Puntadas de cuento

 ***
Cortesía de Juan Carlos Hernández

[*ElPaso}– «¡Adiós, Calero!»

10-11-2009

Carlos M. Padrón

En uno de los pueblos del Valle de Aridane habitaba en los años 50 un individuo de nombre Francisco al que todos llamaban Panchito. Era amanerado, de unos 35 años, solterón, y vivía con su madre viuda de la cual era hijo único.

Su pasión era la Iglesia, y por ello se encargaba de mantener pulcro y limpio el templo de su pueblo, cuidando de todos los detalles, desde el orden de los bancos y reclinatorios hasta la apariencia física de las imágenes, incluyendo sus vestidos. Y cuando hablaba de temas relativos a eso —que eran de los que hablaba el 99% del tiempo— lo hacía con tono solemne, casi apocalíptico.

A diario iba a la iglesia del pueblo a cumplir con sus tareas, pero para ello tenía que pasar frente a unas edificaciones de dos o más pisos en cuyos balcones y ventanas había siempre varias ancianas que, a falta de mejor cosa que hacer, vigilaban desde arriba el paso de los vecinos para luego hablar de ellos. Y en la base de esas edificaciones había unos bancos en los que, como era y sigue siendo costumbre en nuestros pueblos, se sentaban a diario unos cuantos hombres, de la tercera edad todos ellos, que entretenían sus lenguas con temas pueblerinos, y que, como les disgustaba el amaneramiento de Panchito, cuando éste pasaba frente a ellos, siempre llevando un ramo de flores para ponerlas en el trono de a la imagen de la Virgen patrona de su pueblo, le soltaban comentarios que a él le molestaban, como también hacían los jóvenes, adolescentes y hasta los veinteañeros.

Para hacer oídos sordos a los hirientes comentarios de aquellos hombres e ignorarlos, al pasar frente a los bancos en que éstos estaban, Panchito alzaba la vista hacia los balcones y ventanas antes mencionados y, mientras saludaba con la mano en alto, iba diciendo: “¡Adiós, doña Margarita!”, “¡Buenos días, doña Gertrudis!”, “¡Hasta luego, doña Albertina!”, y así hasta que dejaba atrás la “zona de peligro”.

Se cuenta que un día en que estaba esperando que llegara la guagua, acertaron a pasar dos curas en el coche de uno de ellos, y al ver a Panchito, que de seguro esperaba para ir a la iglesia, le ofrecieron llevarlo.

Él, más que feliz por tan gran deferencia y por tener la oportunidad de estar por unos minutos en la cercanía y compañía no sólo de un cura sino de dos, aceptó gustoso. Al subir al coche, el cura de la iglesia que Panchito atendía quiso presentárselo al otro, que era párroco de otro pueblo, y lo hizo con estas palabras:

—Don Antonio, éste es Panchito, de quien ya le he hablado. Es un mirlo blanco.

A lo que Panchito, arrobado en su inmensa satisfacción, desde el asiento trasero del coche contestó:

—No, don Marino, ¡aún sostengo reñidas luchas con la carne!

Un día, Panchito tuvo que ir a Santa Cruz de Tenerife y se hospedó en una pensión de estudiantes que estaba en la calle Ramón y Cajal, en la que también se hospedaban varios jóvenes de su pueblo y de pueblos vecinos. Uno de estos jóvenes, a quien llamaban Calero, pues ése era su apellido, no dejaba de gastarle a Panchito bromas pesadas, pero, porque ambos eran vecinos de barrio en su pueblo natal, Panchito socializaba más con Calero que con los otros paisanos.

Los más de los estudiantes de esa pensión frecuentaban un determinado burdel y conocían muy bien a las mujeres de vida alegre que en él ofrecían sus servicios. Y sabiendo que Panchito era virgen, Calero se puso de acuerdo con otros paisanos, y entre todos le montaron una emboscada.

Desde comienzos de cierta semana primaveral, Calero le dijo a Panchito que quería que el próximo domingo lo acompañara a conocer a sus primas, propuesta que fue aceptada de inmediato, pues Panchito consideró que eso de que Calero lo llevara a conocer a su familia era un gran honor, y se sintió halagado cada vez que Calero le recordó, día a día, esa invitación, pidiéndole encarecidamente que para la tarde del domingo de marras no aceptara ningún otro compromiso.

Llegó el tan ansiado domingo, y Panchito, en compañía de Calero y de tres de los otros estudiantes, se dirigió contento a conocer a las “primas” de Calero,… y cayó en la emboscada que fue para él el hecho más importante y trágico que le había ocurrido en su vida, pues lo contaba —y lo contó muchas veces, a título de tema aleccionador— así:

«Llegamos a una casa muy grande. Calero abrió la puerta sin llamar, pero, como era la casa de sus tíos —pensé yo— podía tomarse esas libertades.

Apenas entramos aparecieron cuatro mujeres todas pintarrajeadas y con vestidos no muy decorosos, pero pensé que era por el día domingo. Además, me extrañó que fueran cuatro cuando nosotros éramos cuatro también. Alborotadas, como si los que iban conmigo fueran viejos conocidos, los saludaron, uno a uno, con besos en la cara. Cuando la primera llegó a mí, Calero la detuvo, y en voz alta me presentó ante todas, y no sé por qué, ¡pero a Dios gracias!, ya no intentaron besarme.

Yo miraba aquella casa y a aquellas mujeres y decía para mí “¡Cuántas primas tiene Calero! ¡Pero qué raras son todas! Además, ¿dónde están sus padres, los tíos de Calero?”.

Entonces, cada uno de ellos se sentó con una de las primas, y la que quedó sobrante vino a sentarse conmigo.

Ya aquello no me estaba gustando, pero menos me gustó cuando, hablando bajito y de a poquito, cada pareja se fue retirando hacia la parte alta de la casa, y cuando sólo quedábamos Calero y yo, con una mujer al lado de cada uno, Calero se dirigió a la que estba sentada conmigo y le dijo que por qué no me llevaba arriba y me mostraba las fotos de sus padres. “¡Por fin —me dije yo— voy a conocer a los tíos de Calero, aunque sea en fotos!”. E inocente subí con aquella mujer a la parte alta de la casa, sin imaginar siquiera la dura prueba que me esperaba.

Arriba había un pasillo muy largo con puertas a los dos lados. La mujer, que iba delante de mí, abrió una de estas puertas y me hizo entrar a la habitación que, en contra de lo que yo pensaba, no era un salón de recibo sino un dormitorio, con cama y todo. “¡Ay, señor! —me dije yo— ¡esto cada vez me gusta menos!”.

Y menos todavía me gustó cuando la mujer cerró la puerta apenas entrar yo. Y enseguida, con una sonrisa diabólica, me echó los brazos al cuello y me besó en la boca.

Enfurecido, con todas mis fuerzas la separé de mí gritando “¡Noooo! ¡¡Apártate, Satanás!!”. Y aprovechando que mi empujón la dejó sentada en la cama, corrí hacia la puerta y la abrí.

Al salir al pasillo miré a la derecha y a la izquierda, exclamé “¡Ayúdame, San Francisco de Asís, a encontrar la salida más cercana!” y, desesperado, comencé a abrir puerta tras puerta en la esperanza de encontrar una que diera a la calle. Pero, ¡oh, Dios mío!, cada vez que abría una puerta ¡¡yo veía,…. yo veía,…. veía,…!!».

Siempre que contaba este trágico suceso de su vida, Panchito se detenía, rojo de vergüenza, en este pasaje. Quienes, por malicia, lo habían estimulado a que lo contara, lo animaban con repetidos “¿¡Qué viste, Panchito, qué viste!? ¡Dinos qué viste!”, hasta que, después de hacerse rogar varias veces, Panchito, cubriéndose el rostro con ambas manos y bajando su cabeza, gritaba,

—¡Un parapeto, un parapeto!

—Pero, Panchito, ¿qué es un parapeto?—, preguntaban varios al unísono.

—¡Un hombre con una mujer, y desnudos los dos!— gritaba angustiado Panchito mientras, sin retirar las manos de su enrojecida cara, la escondía ahora entre las rodillas.

Y luego de una pausa, como para recuperar algo la perdida compostura, continuaba:

«Pero San Francisco de Asís, protector de los inocentes, me escuchó, y al abrir una de las puertas vi que era una salida a la calle trasera. Sintiéndome libre al fin, me paré frente a esa puerta bendita, y cuando de un golpe terminé de abrirla de par en par, volví la vista hacia atrás y vi que en el pasillo estaban, riéndose, los tres que me habían llevado a aquel lugar de perdición».

Y al llegar a este punto, Panchito unía la acción a la palabra recreando con gestos y entonación el cierre de su historia:

«Y entonces, mirando de frente a Calero, alcé mi mano en gesto condenatorio hacia el pecador que él era, y le dije “¡Adiós, Calero! ¡¡¡Has perdido un amigo para siempre!!!”, y a toda carrera me alejé de aquel antro de pecado».

***

Tal vez Panchito no sepa —o nunca supo, si es que murió— que esta su trágica frase ha sobrevivido en mi familia, y entre muchos conocidos, hasta el día de hoy, y, cuando después de una reunión alguien de éstos quiere irse a pesar de que el resto no quiere que se vaya, ese alguien levanta su mano en gesto grandilocuente, se dirige a los demás y, en tono trágico, exclama “¡Adiós, Calero!”, prescindiendo casi siempre de la segunda parte por cuanto ya los más de los así increpados la conocen.

Y el tal Calero seguramente tampoco sabe cuánto ha perdurado la frase que le fue endilgada por el iracundo Panchito.

Esos conocidos saben de la frase por mi familia, y ésta lo supo por mis cuentos, pero la adoptó la noche en que, a la salida de la primera boda a la que asistí en Venezuela —boda de una tal Flor, que tuvo lugar en el barrio caraqueño de La Pastora el 18/08/1961— en la camioneta que entonces tenía mi difunto hermano Raúl íbamos él, su mujer, sus dos hijas, mis padres, mis dos hermanas y yo.

Para que viéramos algo de la Caracas nocturna, Raúl hizo un recorrido que nos llevó a la Avenida Bolívar que a esa hora, sobre las dos de la madrugada, estaba desierta. Pero vimos que delante de nosotros, por el borde del canal por el que Raúl conducía, caminaba tambaleante un individuo que, a todas luces, estaba borracho.

Al pasar a su altura, a mí se me ocurrió gritarle: “¡Adiós, Calero!”. La respuesta del borrachito fue contundente, pues se enderezó cuanto pudo y a todo pulmón exclamó: “¡Al coño’e tu madre!”.

Ese improperio inmortalizó, al menos en el círculo social que señalé, la histórica frase de Panchito.

[*Drog}– El (drog)amor nos hace más creativos

Carlos M. Padrón

En el artículo que copio más abajo, los investigadores que en él se mencionan pasaron por alto el enorme desgaste que causa el drogamor, o “amor romántico”; un desgaste que permitiría sólo por un tiempo la potenciación del pensamiento creativo, lo cual es malo, y la inhibición del pensamiento analítico, lo cual es bueno, pues una de las desgracias del drogamor es que inhibe el raciocino y la capacidad de análisis objetivo.

Y sí, el drogamor hace perspectivas a largo plazo, pero un plazo que en la realidad no pasa de 3 años.

A quien pregone que el amor (romántico) nos hace más creativos hay que preguntarle por cuánto tiempo y a qué costo.

***

07 de Octubre de 2009

Un estudio realizado por los psicólogos Jens Förster, Kai Epstude y Amina Özelsel, de la Universidad de Amsterdan, revela que el amor cambia nuestro modo de pensar y potencia la creatividad.

En concreto, los experimentos de Förster y su equipo muestran que el sentimiento amoroso favorece el procesamiento global de la información, que se realiza sobre todo en el hemisferio derecho del cerebro, potenciando el pensamiento creativo a la vez que inhibe el pensamiento analítico.

Según los investigadores, este efecto es opuesto al del deseo sexual, que incrementa el pensamiento analítico y reduce la creatividad.

Los investigadores atribuyen estas diferencias a que el amor romántico requiere tener una perspectiva a largo plazo, mientras que el sexo prepara al cerebro para una perspectiva a corto plazo, “aquí y ahora”.

MUY

[*Opino}– La vergüenza de los concursos de «misses»

Carlos M. Padrón

Léase bien: Según algunas de las aspirantes a Reina Hispanoamericana, Cristóbal Colón llegó a América en 1980, el Paraná es el río más largo del planeta, y la muralla china es una de las nuevas maravillas del mundo con sede en Latinoamérica, y otras lindezas más.

Por lo visto le salió competencia a Miss Panamá con su inventor de la confusión.

¿Vergonzoso, verdad?

Pero claro —dirán muchos jóvenes de hoy y, por supuesto, las madres de las tales aspirantes— “¿¡Qué importa que no sepa eso, que es algo que no sirve para nada!? ¡El concurso es de belleza, no de conocimientos!”.

Y es que, cada día más, la cultura pierde importancia, en especial frente a la belleza física, la posición de poder o la fama farandulera, pues ¿qué importa que una mujer sea una perfecta burra si es bella (tal vez con tetas de silicona y alguna otra cirugía estética), es ministra o tiene mucho dinero?

Se perfila como imparable y omnipresente el auge de las oclocracias.

Lo peor es que entre los detractores de la cultura esa posición quedará reforzada si una de tales burras gana el concurso cuyo jurado estará seguramente integrado por adeptos, simpatizantes o miembros de la oclocracia.

Ya de por sí estos concursos son una vergüenza, algo que trata a las mujeres como objetos. Si encima las premia cuando se demuestran ignorantes, ¿qué se puede decir? Que así anda el mundo que tenemos y que, según todos los indicios, va a peor.

***

28/10/2009

La Paz. (EFE).- Cristóbal Colón llegó a América en 1980, el Paraná es el río más largo del planeta, y la muralla china es una de las nuevas maravillas del mundo con sede en Latinoamérica, según algunas candidatas al concurso de belleza Reina Hispanoamericana.

Éstas fueron algunas de las respuestas de las «misses» que participan en el certamen de belleza, que se celebra en la ciudad boliviana de Sucre, a un cuestionario de siete preguntas sobre cultura latinoamericana que les hizo el periódico El Deber y cuyo resultado se publica hoy.

Para Melody Mir, la representante española en el concurso, Cristóbal Colón pisó América por primera vez hace sólo 29 años, en 1980.

Pese a no poder especificar que Colón llegó a América el 12 de octubre de 1492, la candidata peruana, Karol Castillo, aseguró que éste fue «el descubrimiento más importante de toda la historia». Quien respondió con exactitud a la fecha de llegada del almirante europeo fue la aspirante panameña, Joyce Jacobi, que aseguró que debió haber salido de «un puerto muy bonito» antes de embarcarse hacia América.

También la bella panameña situó la muralla China y el canal de Panamá entre las nuevas siete maravillas del mundo en Latinoamérica, mientras que la representante de República Dominicana, Rocío Castellanos, añadió a la lista una cascada venezolana, cuyo nombre no recordaba.

Más «nacionalista» se mostró la participante nicaragüense, Indira Rojas, al apuntar entre las nuevas maravillas del mundo la obra teatral de su país El Güegüense, declarada por la UNESCO patrimonio oral de la humanidad. La única que acertó con los tres monumentos latinoamericanos que engrosaron la lista de las nuevas maravillas —Machu Pichu, en Perú; Chichén Itza, en México y el Cristo del Corcovado, en Brasil— fue la candidata cubana, Vanessa González.

En lo que se mostraron más acertadas las «misses» fue al explicar que Sucre, la sede del certamen de belleza, es la capital de Bolivia, una pregunta con cierta dificultad, ya que los poderes Ejecutivo y Legislativo del país tienen su sede en La Paz.

También quince de las veintiuna candidatas respondieron sin dudar que el río más largo del mundo es el Amazonas, mientras que la participante argentina, María Celeste Cavallo, optó por el río Paraná, que su país comparte con Brasil y Paraguay.

Finalmente, preguntadas por dos escritores latinoamericanos que hayan ganado el Nobel de Literatura, siete de las participantes mencionaron a Pablo Neruda, seis a Gabriel García Márquez, y dos a Gabriela Mistral. Otras de las bellas candidatas mencionaron nombres de escritores que no han recibido ese reconocimiento, como el brasileño Paulo Coelho, el uruguayo Mario Benedetti o el dominicano Juan Bosch. La media de las aspirantes en este test de cultura latinoamericana no llegó al aprobado, pero será mañana cuando los jurados expertos en imagen decidan quién la mujer más bella de Hispanoamérica.

La Vanguardia

[*ElPaso}– Homenaje póstumo a Antonio Pino, alcalde, poeta y dentista

21-10-09

Poeta, odontólogo, alcalde de su pueblo durante más de 24 años… (1). La memoria de Antonio Pino Pérez, fallecido hace 40 años, sigue viva. Arriba, en los montes de Tacande Alto, su esfuerzo en defensa del agua y la Caldera de Taburiente, del Parque Nacional, queda ya reflejada con el monumento «Gota de fuego», inaugurado en presencia de sus familiares y amigos y de autoridades locales.

 

(“Gota de fuego”, obra de Ruth Pino, nieta del homenajeado).

Durante la inauguración del monumento, el sacerdote Pedro Capote procedió a bendecir las cenizas del homenajeado y de su esposa, Amparo Capote, que reposan bajo el monolito. Además, el profesor Oswaldo Izquierdo, también poeta y catedrático de Literatura, recitó algunos de los poemas de Antonio Pino, explicando el valor técnico y emocional de los mismos. Parte de su obra ya fue publicada en un libro titulado «Dándole vueltas al viento».

Presidiendo la reunión se encontraban los tres hijos del poeta, Lourdes, Juan Antonio y Rosario Pino Capote.

Distinguido en el año 1970 como Hijo Predilecto de El Paso, y merecedor de la Cruz de Beneficencia con Distintivo Blanco, cuentan los que lo conocieron que Antonio Pino fue un hombre cercano, humano, consecuente y luchador por la justicia y el bien de su pueblo, del que fue cronista oficial.

El monumento, que lleva el título «Gota de Fuego», es obra de Ruth Pino, licenciada en Bellas Artes y nieta de Antonio Pino, y pretende representar «la inaprehensibilidad de la unión del agua y el fuego, del mismo modo que la vida y la muerte, y, a la vez, la llama que hace perdurar el espíritu de quien luchó contra el fuego de los montes y defendió el agua y sus nacientes, que vivió en constante abrazo con la naturaleza y sus semejantes».

Publicado en El Día

***

(1) Aclaratoria de del Dr. Juan Antonio Pino, hijo del homenajeado: En El Paso no sólo fue alcalde sino también concejal, y entre los dos cargos, más el de consejero del Cabildo de La Palma, es posible que estuviera 24 años.

[*Opino}– El estigma del «estado de bienestar»

Carlos M. Padrón

Me choca, y no puedo evitarlo, el tropezarme con declaraciones como la implícita en este titular aparecido en El Mundo (España) del 21/10/2009:

Una de cada tres familias no pueden irse de vacaciones más de una semana.

¿Qué desastre, verdad? Pues en mis 20 años en Canarias (décadas de los ‘40 y ’50) si se iban de vacaciones el 10% de las familias era mucho, y, al menos en mi pueblo de El Paso, no recuerdo que nadie se quejara por eso, pues nos dábamos por satisfechos con tener para comida, ropa y calzado.

¿De dónde, entonces, sale ahora eso de que no poder irse de vacaciones es una desgracia? ¡Pues de la costumbre al “bendito” estado de bienestar, que ha sido tomado como un derecho adquirido y vitalicio!

Por eso la actual crisis ha pegado tanto en España, pues, como escuché decir a alguien cuando este verano estuve en mi pueblo, “Esto no es crisis ni nada que se le parezca, ¡crisis es lo que vivimos cuando nos criamos en la década de los 40!”. ¿Alguien que conoció la vida de esa década se atrevería a contradecir tal afirmación? Entonces se trabajaba de sol a sol y la palabra ‘vacaciones’ no estaba en nuestro diccionario.

Pero, ¿¡cómo se puede vivir así¡?, se preguntarán muchos. Pues se vivía, como siguen viviendo, y mucho peor, millones de seres humanos en este mundo que, para suerte de sus descendientes, no se han sido contaminados aún por el maldito facilismo.

[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (5/5): La sesión final

06-10-2009

Carlos M. Padrón

El 05-Feb-1974, a la acostumbrada hora de pasadas las 12 de la noche, Cecilia y yo iniciamos una sesión en la que, a diferencia de las demás, colocamos la tabla ouija sobre la mesa del comedor y no sobre nuestras rodillas.

Por acuerdo mutuo combinamos en el cuestionario preguntas sobre el bebé que esperábamos (preguntas que haría Cecilia), con preguntas sobre mi padre (que haría yo).

Deliberadamente me propuse poner a prueba lo de la influencia de la mente de los usuarios o mirones, y para cada pregunta que Cecilia hacía, yo pensaba insistentemente en una respuesta.

P: ¿Cuándo nacerá el bebé?

R: 5 6 (5 de junio, supongo. Que sería en junio ya nos lo habían dicho)

P: ¿De qué sexo será?

R: Varón (Era lo que Cecilia quería y lo que yo pensé)

P: ¿Cuanto pesará?

R; 3900 (3 k 900 gramos, que fue lo que pensé)

P: ¿Cuánto medirá?

R: 55 (cm. En ésta no acerté. A partir de aquí ya dejé de pensar en las respuestas)

Las que siguieron, basadas en que la criatura sería un varón, fueron que estudiaría Farmacia y se casaría en Caracas a la edad de 23 años con una mujer de origen portugués llamada Lucelda Lebelu. Nada fue cierto, pues la criatura fue hembra, estudió psicología y aún está soltera.

Concluida la sesión de preguntas de Cecilia me tocó el turno de preguntar. Transcribo las de interés; entre ellas hubo algunas que fueron divagaciones, y que represento con una línea de puntos (…./…), pero luego volvíamos al tema principal.

P: ¿Quién eres?

R: Tu padre

………../…………

P: ¿Dónde estás?

R: En el Limbo

P: ¿Dónde estabas antes?

R; En el Purgarorio

P: ¿Qué hay después del Limbo?

R: El Cielo

P: ¿Y después del Cielo?

R: Felicidad eterna

P: ¿Sufres donde estás ahora?

R: Sí

P: ¿Por qué?

R: Me temo lugar raro

P: ¿Qué te hace pensar que irás a un lugar raro?

R: El celador y valores falsos

………………./…………………

P: ¿Estás cansado?

R: Sí

………………./………………..

P: ¿Qué podemos hacer por ti?

R: Recen muchos Credos

P: ¿Cuánto tiempo?

R: Muchos días

………………/………………..

P: ¿Me has ayudado a mí?

R: Sí

P: Menciona algo en lo que me hayas ayudado

R: IBM (Esto pudo salir de mi mente porque es algo que siempre he creído)

P: ¿Fuiste tú quien habló con nosotros la noche del 08-Ene-1974?

R: Sí

P: ¿Podremos hablar contigo en lo sucesivo?

R: Sí

P: ¿Qué debemos hacer para conseguirlo?

R: Tener fe en Dios y llamarme

P: Fe en Dios ya la tenemos, ¿qué más debemos hacer?

R: Llamarme

P: ¿Quieres decir invocarte?

R: Sí

………………/………………

P: ¿Te gustó hablar con nosotros?

R: Sí

P: ¿Quedas más tranquilo?

R: Sí

P: Buenas noches

R: Buenas noches

Eran casi las 2 de la madrugada cuando terminó esta sesión. Nos miramos, y creo que lo que vimos en la cara del otro no nos gustó. Sin decirnos palabra nos metimos en la cama y no tuvimos valor para apagar la luz del dormitorio. Por mi parte sentía que allí con nosotros había algo más, algo que estaba vivo, una presencia que tenía energía, pero que nos resultaba invisible. No recuerdo haber sentido tanto miedo en mi vida. No me atrevía ni a cerrar los ojos, y si al fin me dormí debe haber sido al amanecer, pues desperté cuando la luz del Sol, ya alto en el cielo, se coló por la cortina y me dio en la cara.

Entendí muy bien que había llegado al punto señalado por el Dr. Rhine. Así que, apenas levantarme, guardé la tabla ouija y no la he usado nunca más.

Pasó el tiempo y con él fueron asentándose las emociones y destacándose lo puntos de explicación lógica y los sin explicación razonable.

Entendí que muchas de las respuestas supuestamente recibidas del más allá pudieron perfectamente salir del “más acá”, de mi mente, como la de la fecha de nacimiento de Tito, lo del Infierno para un suicida, la felicidad eterna después del Cielo, o lo de la ayuda para que yo entrara en IBM, pues siempre creí, y lo escribí ya en un artículo, que es demasiada casualidad que mi padre muriera en junio/1969 y que antes del final de ese año sus tres hijos varones consiguiéramos, en materia de trabajo, lo que por años habíamos buscado sin éxito:

1) Raúl, el mayor, (q.e.p.d.), consiguió la fórmula que le permitió mantener incorrupto por mucho tiempo el chorizo canario, y así pudo sacar a consolidar la fábrica de embutidos de la que vivió por el resto de su vida, y de la que obtuvo los recursos para sacar adelante a su familia.

2) Tomás, el segundo, consiguió, sin esperarlo, una oferta de sociedad para una ferretería —actividad comercial que era la preferida de nuestro padre— que aún mantiene y de la que ha vivido hasta hoy, y sacado también adelante a su familia.

3) Y yo, Carlos, logré entrar a IBM después de haber estado tratando de hacerlo desde 1967. Lo que eso significó para mí lo he contado ya varias veces.

Sin embargo, un sábado, creo que de 1992, reunidos los hermanos en casa de mi madre, mi hermano Raúl contó que a poco de morir nuestro padre, y estando él aún muy alterado por esa pérdida, caminaba un día hacia el lugar en que había dejado aparcado su carro Dodge Dart GT (el GT lo tenía el carro pegado, en letras en relieve, en un costado) cuando, sin saber por qué, fijó la vista en esas letras y asombrado vio cómo la ‘G’ saltó, como si algo la hubiera empujado desde dentro de la carrocería y, describiendo una parábola, cayó a sus pies.

Ante esto le pregunté en qué iba él pensando cuando eso ocurrió. A su respuesta, que yo esperaba, de que iba pensando en nuestro padre aunque no entendía qué tenía que ver con eso la letra ‘G’, mi madre, casi con ingenuidad, dijo:

—Bueno, tu padre se llamaba Tomás Gregorio.

Me quedé helado, pues recordé la respuesta que recibí a mi pregunta hecha en la sesión del 08-Ene-1974:

P: ¿Quién nos guía las manos?

R: Tomas G Padron

Ninguno de los hermanos sabíamos nada acerca de ese segundo nombre de nuestro padre, pues, además, no estaba, por ejemplo, en los documentos que yo manejé cuando él murió. ¿De dónde y por qué apareció esa ‘G’, tanto en mi sesión de ouija como en el caso del carro de mi hermano?

Varios años después de haber enterrado yo la ouija, leyendo un libro sobre reencarnación encontré que, según una de las tantas creencias que al respecto se tienen en Oriente, cuando una persona muere, su alma, luego de vagar confundida en el plano terrenal, va por fin al plano en que debe esperar su próximo paso en la evolución espiritual, o sea, su próxima reencarnación.

Cuando le llega el turno debe enfrentarse a su CELADOR con el que armará el plan, con detalles y características, de esa próxima reencarnación.

Hasta ese día, para mí ‘celador’ estaba asociado solamente a la persona que en mi pueblo se encargaba de vigilar que las capillitas de madera conteniendo pequeñas imágenes de santos salieran de la iglesia y fueran pasando de casa en casa según la fecha estipulada y siguiendo el circuito de quienes se habían inscrito para recibirlas.

¿No es lógico suponer que inspire temor el enfrentarse a alguien con quien tendrás que acordar una vida futura, y que resulte cuando menos raro el lugar al que ese celador te destinará?

P: ¿Sufres donde estás ahora?

R: Sí

P: ¿Por qué?

R: Me temo lugar raro

P: ¿Qué te hace pensar que irás a un lugar raro?

R: El celador y valores falsos

Dice la teoría de la reencarnación que cuando morimos debemos reunirnos con el ser (¿celador?) formado por las experiencias que hemos obtenido en vidas anteriores, y decidir con él en qué valores debemos mejorar (¿los que al momento son falsos?), y en qué, cómo, cuándo y dónde (un lugar que, cabe suponer, nos parecerá raro) vamos a reencarnar para vivir una vida en la que eventualmente mejoraremos esos valores,… y aprobaremos ese curso.

Repito lo de

Autor y Actor

«Siento, aunque esté completamente solo, que hay alguien que me está observando. De pequeño creía que era el ángel de la guarda, y más tarde, cuando las enseñanzas fueron más solemnes, Dios.

Ahora creo que es alguien en cierto modo muy parecido a mí, casi como yo mismo, pero mucho más lúcido porque posee todos los conocimientos, experiencias y progresos que he logrado en cada vida pasada. Alguien que se ríe cuando trato de ignorarlo, negarlo ó engañarlo, y me recuerda que él es el autor de la obra que con su asesoría yo mismo escogí, y que ahora, como actor, estoy representando».

*****

Dr Louisa E. Rhine. Duke University in Durham, North Carolina.

[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (4/5): Sesión en casa ajena

Carlos M. Padrón

Mis relatos sobre la ouija llegaron a oídos de muchos en IBM, y al menos cuatro de ellos tenían ouija y la usaban como juego, hasta el punto de que la llevaban en el maletero de su carro para tenerla a mano cuando se les ocurriera montar una sesión. Supongo que a éstos les extrañaría el uso que yo le daba.

Un día de enero de 1974, estando yo sentado en mi puesto de trabajo, se me acercó el Sr. Gastone, un IBMista ya entrado en años a quien le habían diagnosticado cáncer, y me preguntó si yo me prestaría a llevar a cabo para él una sesión de ouija.

Sabiendo, como yo sabía, que a Gastone le quedaba poco tiempo de vida, esa petición me afectó. Me gustaría complacerle, le dije, pero para una sesión de ouija hacen falta ciertas condiciones —como un buen compañero, un sitio tranquilo, etc.— condiciones que no veía yo muy fácil conseguir para lo que él quería.

Tal vez movida por lo de la muerte cercana que esperaba a Gastone, Milagro, la secretaria de la Sucursal, dijo que ella ofrecía su casa para que fuéramos varios con dos o tres tablas de ouija y complaciéramos a Gastone. Y así lo hicimos una tarde al final de la jornada de trabajo.

Una vez todos en casa de Milagro —incluido Gastone, por supuesto— vino el consabido trago social, que en este caso era uno bien largo a base del whiskey preferido de la anfitriona. Aunqne no me gusta esa bebida, tomé mi trago por no desairar a Milagro, pero sentí que no me cayó bien.

Minutos después nos ubicamos por parejas en habitaciones diferentes, para no escucharnos unos a otros. Milagro era mi pareja, y tras de nosotros se vino Gastone.

Nos sentamos y montamos mi tabla ouija según las reglas. Gastone —supongo que expectante porque, y vuelvo a suponer, lo que él quería era convencerse de que había un más allá con el que era posible comunicarse—se puso de pie tras mi hombro derecho desde donde podía leer lo que la PT indicara.

Listo ya todo, hice la pregunta inicial:

—¿Alguien quiere comunicarse con nosotros?

—No—, fue la respuesta inmediata

Extrañado por tal velocidad, que no era propia al tener yo por pareja a alguien que nunca había usado una ouija, pregunté de nuevo

—¿Por qué?

Perche sei ubriaco (= “Porque estás borracho”, dicho en italiano)

Me quedé congelado, y luego de unos segundos de notoria inmovilidad me atreví por fin a voltearme para mirar a Gastone que con rostro lívido me devolvió la mirada. Y a pesar de mi lástima ante su desconsuelo, la ouija no quiso trabajar más.

Reconozco que yo estaba consciente de que el whiskey me había hecho daño, pero, ¿por qué la respuesta en italiano, el idioma nativo de Gastone y que yo entendía también?

Gastone murió en septiembre de 1976, y cada vez que paso por la funeraria donde lo velaron, o cada vez que oigo hablar de la ouija o veo una, me siento mal porque no puedo evitar preguntarme cuál fue realmente el móvil que lo llevó a pedirme lo que me pidió; cuáles los sentimientos, tal vez de esperanza, que él tenía asociados a la ouija, y cómo tomó aquella sorpresiva y cortante respuesta en italiano: “Perche sei ubriaco”.

***

Continuará algún martes con «[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (5/5): La sesión final».