[*Opino}– El extraño caso del pintor Vincent van Gogh

Aunque roce el campo de lo esotérico, la disciplina llamada genosociograma, que se ocupa de los vínculos transgeneracionales, aporta para el caso en referencia una explicación que no tiene cabida en el artículo que copio más abajo, pues tal vez lo de Van Gogh se vea de otra forma si se da crédito a lo que en el libro “Ay, mis ancestros” se dice al respecto de este pintor y de los casos llamados de “hermanos de reemplazo”. Copio textualmente.

«Un ejemplo de lo más sorprendente es el del pintor Vincent van Gogh, nacido el 30 de marzo de 1853, un año después de la muerte de otro Vincent, su pequeño hermano mayor, del que la familia no quería hablar pero del que recibió el doble nombre de Vincent Willem.

Vincent van Gogh tuvo una vida trágica, como si en algún sentido le estuviera prohibido existir. Su “hermano siempre paternal”, Théo, al que estaba muy apegado y que lo amaba, se casó y tuvo un hijo al que, por amor a su hermano el pintor, le dio el nombre de Vincent Willem.

Varios meses después, Théo, refiriéndose a su hijo, le escribió esto a su hermano Vincent, el pintor: “Espero que este Vincent viva y pueda realizarse”. Y al recibir esta carta, Vincent van Gogh se suicidó, como si, para él, no pudiera haber dos Vincent van Gogh vivos al mismo tiempo; como si su hermano Theo le hubiera señalado la incompatibilidad de la co-presencia.

Se trata de un ejemplo de un hijo de reemplazo que tomó el lugar de un muerto cuyo duelo no fue hecho; un hijo de reemplazo que no tenía un lugar para vivir, que ni siquiera tenía la posibilidad de hablar de ese hermano muerto y que, de alguna manera, se sentía un usurpador ya que había tomado un lugar y un nombre que no le estaban destinados».

Carlos M. Padrón

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19/01/2010

Eduardo Suárez

¿Y si Van Gogh no estaba tan loco como pensábamos?

Nunca antes había aparecido una edición comentada del epistolario. El ‘autorretrato’ escrito del pintor lo presenta como un hombre concienzudo,… ¿y si Vincent van Gogh fuera un artista cuerdo y no el Quijote loco que ha cincelado su leyenda?

La pregunta viene a cuento de la exposición ‘The Real Van Gogh’, que indaga en la personalidad del artista a través de sus cartas y sus documentos. El ‘collage’ presenta a un artista sistemático y perseverante, lejos del pintor de frenopático al que han ido dando forma el cine y las novelas.

No se trata de negar los brotes de locura del artista sino de retratarlos como lo que fueron: arrebatos esporádicos y postreros, y no un factor originario y central de la genialidad. En este sentido, la muestra presenta un Van Gogh con muchas caras. Está el tipo campechano que bebe en la taberna con el cartero de Arlés; pero también está el intelectual panteísta que lee la Biblia y reflexiona en términos metafísicos. El amigo de Gauguin y de Seurat y el hombre deslumbrado por la luz cegadora del sur de Francia.

La exposición -que se inaugura el sábado la Royal Academy de Londres y estará en cartel hasta el 18 de abril- está construida alrededor de las cartas del artista, publicadas primero por su viuda en 1914 y cuya primera edición anotada llegó el año pasado a las librerías. La Royal Academy presenta cerca de 40. Entre ellas, las dos que escribió el artista a su hermano Theo en la víspera de su suicidio; una más optimista que dejó en la oficina de Correos y otra desolada que llevaba encima cuando se quitó la vida.

La muestra revela un Van Gogh concienzudo y meticuloso, presa de su sed de cultura y su voracidad lectora, según explica la comisaria Ann Dumas. Hay cartas a Emile Bernard y a Paul Gauguin pero también a personas anónimas y a miembros de su familia. En cualquier caso, es una pequeña selección de las más de 900 cartas que dejó escritas el pintor, que también escribía en inglés y podía leer los originales de Shakespeare, Eliot o Dickens.

Acompañan a la muestra 65 pinturas y 30 dibujos. La mayoría, llegados del museo del artista en Amsterdam pero algunos procedentes del MOMA y de la National Gallery.

El mas truculento de los lienzos, “Naturaleza muerta con plato de cebollas», representa con bulbos, un manual de Homeopatía y el sobre con la carta en la que Theo, su hermano y mecenas, le dice que se casa y que provocó el celebre incidente de la oreja.

El Mundo

[*FP}– ‘La tendencia de la moda masculina’, una broma que pudo costarme muy cara

Carlos M. Padrón

A mediados del año 1970, y apenas finalizado el Entry Level Training, primera actividad que realicé en IBM de Venezuela, esta compañía me mandó a trabajar a la Sucursal Finanzas, bajo la guía de Juan Llorens y en calidad de Representante de Ventas Trainee.

Y en 1971, superada la condición de trainee, quedé como Representante de Ventas en la misma Sucursal Finanzas que para entonces estaba —al igual que la Sucursal Gobierno, el Dpto. de Educación y el Dpto. Técnico (o al menos parte de él)— en la mezzanina 1 de la Torre Capriles, en Plaza Venezuela (Caracas).

El área reservada a Sucursal Finanzas constaba de un gran salón para vendedores y analistas, y a un lado de éste estaban, todas contiguas, las oficinas gerenciales de Jesús Alonso, Fernando Lacoste, Ramón Sitja, y Humberto Ariza.

En mi vida laboral de 44 años, salvo contadas y justificadas excepciones, siempre llegué temprano al trabajo. Aunque IBM iniciaba labores a las 08:00 am, yo llegaba poco antes de las 07:30 am, cuando en la oficina o no había nadie o había muy pocos.

Un día de marzo de 1971, de ésos en que llegué antes de las 07:30, no había nadie en la oficina, y encontré en mi puesto de trabajo —un gran mesón para 4 personas— el acostumbrado montoncito de correspondencia que la gente de Servicios Generales había depositado allí, como hacían con la correspondencia de todos, a última hora de la tarde anterior.

Comencé a revisarla, e inmediatamente después de un memorando que, sobre asuntos del negocio, Humberto Ariza, gerente de Administración, mandaba a todos los representantes de ventas, encontré una circular de Wilco —una tienda de ropa para caballeros en la que alguna vez compré algo— que hablaba sobre la tendencia de la moda masculina. Y al reparar en que los tipos de letra usados en el memorando de Ariza y en la circular de Wilco eran bastante parecidos, aunque no iguales, “se me prendió el bombillo”.

Como estaba solo, corté los dos documentos en tres partes, encabezamiento, cuerpo y despedida, y armé uno nuevo que tenía el encabezamiento del memorando de Ariza, el cuerpo de la circular de Wilco, y la despedida del memorando de Ariza.

Pegué los trozos, cuidando que los márgenes izquierdos coincidieran, corté los excedentes de papel en los bordes, y el resultado fue un memorando IBM Interno en el que Humberto Ariza, gerente de Administración y amante del buen vestir, anunciaba a todos los representantes de ventas de las sucursales Finanzas y Gobierno cómo sería la moda masculina para la temporada 70-71.

Fotocopié el original, pues así disimularía los empates, e intercalé la copia en el montoncito de correspondencia de Juan Llorens, gran profesional y excelente persona con un fino sentido del humor. Hecho esto, seguí en lo mío como si nada.

Poco después llegaron, casi al mismo tiempo, Juan Llorens, Fernando Lacoste, Hans Barany y Ramón Sitja.

Después de su acostumbrado saludo de “Buongiorno, amici!”, Llorens se sentó, comenzó a revisar su correspondencia y, de pronto, rompió a reír como loco; con tantas ganas reía que yo no pude contenerme y rompí a reír también, con lo cual él supo de inmediato quién había sido el autor del “memorando” causante de su ataque de risa.

Hans Barany, que se sentaba a mi lado y frente a Llorens, nos miraba alternativamente a Llorens y a mí, y, llevado por su muy peculiar sentido del humor, se levantó y, con la delicadeza que le caracterizaba, casi arrancó de las manos de Llorens el papel motivo de las risas. Lo leyó y se lo botó de vuelta a Llorens a través de la mesa mientras comentaba airado que Ariza se había vuelto loco, y que cómo se le ocurría (a Ariza) meterse en temas que no incumbían al negocio.

Eso, por supuesto, hizo que tanto Llorens como yo nos riéramos aún con más ganas, ante lo cual Barany, visiblemente molesto, se levantó y se fue.

Atraído por las carcajadas, pues le encantaba toda “rochela”, Lacoste se nos acercó a Llorens y a mí preguntando qué pasaba. Llorens le mostró el “memorando”, y, apenas leerlo, Lacoste se unió al dúo de risas, salpicándolo con los comentarios agudos que le eran propios.

Las risas de los tres y los comentarios de Lacoste terminaron llamando la atención de Ramón Sitja, un individuo con un sentido del humor muy “particular”. Así que, exhibiendo la sonrisa que le era común, se nos acercó y pidió que le explicaran,… y en ese momento dejé yo de reír.

Me consta que tanto Llorens como Lacoste, que conocían a Sitja mejor que yo, trataron de no enseñarle el “memorando”, pero él insistió tanto que al final se lo dieron, con la aclaratoria de que era un montaje hecho por mí para ser usado sólo entre nosotros.

A medida que Sitja leía, enrojecía, y, al llegar al final, giró violentamente sobre sí mismo y, a todo trapo y llevando en su mano el corpus delicti, puso proa hacia la puerta de salida mientras, casi gritando, decía que iba a Chuao, sede de la presidencia de la compañía, a hablar con Covelo, para entonces presidente, para denunciar la clase de actos irresponsables, faltos de seriedad y reñidos con las normas IBM que en nuestra Sucursal estaban ocurriendo.

El mundo se me vino encima, el alma se me cayó a los pies, y aquéllos se me pusieron de corbata. Y para mis adentros me dije: “¡Qué lindo te quedó, Carlitos! Tanto que batallaste para entrar en IBM, y ahora, a pocos meses de haber entrado, arruinas todo por hacer una gracia, ¡pendejo!

Repuestos de la primera impresión causada por la extemporánea reacción de Sitja, Lacoste y Llorens salieron tras de él y lo interceptaron justo antes de que traspasara la puerta del salón. Le dieron “jarabe de lengua” hasta decir basta, pero el hombre no cedía en su decisión de irse a Chuao a denunciar el caso.

Desde donde yo estaba no podía entender —no sé si por la angustia que me embargaba, por la distancia, o por la mezcla de ambos factores— lo que se decían entre ellos, pero sí recuerdo muy bien que, pasado un tiempo que me pareció una eternidad, Sitja, con un gesto malhumorado, le devolvió a Llorens el “memorando”, y, despotricando contra los niveles de falta de respeto y de profesionalismo en que había caído la otrora gloriosa IBM, se metió en su oficina y cerró de un portazo.

Creo que Llorens rompió la copia, y allí no se habló más del asunto en mucho tiempo. Y creo también que Hans Barany nunca supo que el motivo de todo había sido un montaje hecho por mí. Todo esto contribuyó a que, hasta donde sé, Humberto Ariza —un buen profesional con quien mantuve luego muy buena relación de trabajo— tampoco supiera nunca lo que yo había montado con su memorando.

Desde entonces me siento en deuda con Juan Llorens y Fernando Lacoste por lo que ese día hicieron por mí.

Como constancia gráfica, adjunto el “memorando” de marras.

Espero que, transcurridos casi 39 años de su “creación”, no le cause daño ni molestias a nadie.

 

[*Opino}– ¿Será culpa de Ángel Guimerá la prohibición de corridas de toros en Canarias?

El autor del artículo que copio más abajo se asombra de que en Cataluña parecen no saber que en Canarias fueron prohibidas hace tiempo las vergonzosas y denigrantes corridas de toros.

Tal vez el articulista no sepa que la mayoría de los Canarios de mi generación y de las anteriores, en especial los palmeros (o nacidos en la isla de La Palma) supimos que el trato que España daba a las Islas Canarias era de tipo colonial, de lo cual nos percatábamos cuando al emigrar (por siglos, los palmeros fuimos emigrantes) ya los árboles no nos impedían ver el bosque, y podíamos hacer comparaciones.

Fue en esos tiempos cuando en Canarias se acuñó el término “godo” que se daba a los españoles que llegaban a establecerse en las Islas y, aunque del barco bajaban generalmente en alpargatas, denigraban de casi todo lo que en las Islas había y de casi todos los que les rodeaban, a los que calificaban de “aplatanados” mientras se jactaban de que no había sido la necesidad de una vida mejor lo que les había traído a Canarias, y de los bienes —a veces hasta cortijos, decían algunos— que tenían en España.

Con la llegada de la democracia creí que ya el trato colonial había quedado atrás; y con el avance de las comunicaciones, en especial la TV, creí que también lo de godos era historia, pero el trato que recibí durante los casi 3 años que viví en España, y artículos como Repartir Canarios, publicado en septiembre/2006, me convencieron de mi error.

Pero otro artículo, como La Patria de los Andariegos, echó al fin luz sobre las raíces del sentimiento de apátridas que tenemos —repito— la mayoría de los Canarios de mi generación y de las anteriores, en especial los palmeros, un sentimiento que, aunque no me resulta nada agradable, no creo que tenga vuelta atrás.

Si un hijo no reconoce como madre a la que supuestamente es la madre que debió dedicarse a él y darle cariño y educación, y dispensarle cuidados, en el 99% de los casos —y así lo afirmarán psicólogos y psiquiatras— la culpa es de la madre, sobre todo cuando ésta dispensó a otros hijos suyos un trato mejor que al del ejemplo.

Por eso, aún en los años 50 los Canarios residentes en Canarias no tenían acceso a muchas de las viviendas de interés social que se construían en Canarias, y a muchos de los mejores puestos de trabajo que allí surgían en dependencias oficiales y hasta en Bancos. Todo eso, se les decía, había sido asignado desde Madrid a gente que vendría de España o que ya había venido.

Creo que todo esto explica también por qué en Cataluña no saben de la prohibición que en Canarias pesa sobre las corridas de toros, pues simplemente no les interesa lo que, parafraseando a Gil y Gil, ocurra en África.

Uno de los comentarios que al artículo que sigue hizo un lector argumenta que, sin embargo, en Canarias no se han prohibido las peleas de gallos. Por favor, ¿¡a quién se le ocurre comparar con peleas de gallos una corrida de toros!?

Aunque tampoco me gustan las peleas de gallos, en éstas se enfrentan dos animales que, en teoría, tiene cada uno igual oportunidad de ganar. En la salvaje corrida de toros, sin embargo, el toro no tiene oportunidad alguna porque se enfrenta a un “hombre” exhibicionista y sediento de sangre que terminará por darle muerte luego de infringirle un largo y cruel sufrimiento,… para deleite propio y de numerosos sádicos que desde la grada disfrutan del denigrante espectáculo.

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07/01/2010

Quim Monzó

A ver si ahora será culpa de Ángel Guimerá

El sábado, Josep Maria Espinàs publicó en El Periódico un artículo explicando su punto de vista sobre las corridas de toros, sobre si deben prohibirse y sobre si la oposición a ese espectáculo es cuestión de catalanismo o no.

Espinàs no es persona visceral ni demagoga, ni chilla en vez de hablar. Explicaba su gran amistad con su cuñado, Nèstor Luján, «experto en tauromaquia», y argumentaba por qué la creciente oposición a las corridas no tiene nada que ver con la pugna entre España y Catalunya.

En un momento del artículo informaba de una cosa que un servidor no sabía: que en Canarias ya no se celebran corridas de toros. Me sorprendió por dos motivos. En primer lugar por el evidente: porque no tenía ni idea. No sabía yo que desde hace años en Canarias la ley no permite las corridas de toros. En segundo lugar me sorprendió que ese hecho haya pasado desapercibido (o haya sido ocultado) en el debate que desde hace años se da aquí, en Catalunya, entre los partidarios de prohibirlas y los partidarios de mantenerlas.

Estos últimos se agarran —como se agarrarían a un clavo al rojo vivo— a la proclama de que se trata, simplemente, de una pugna entre identidades nacionales: los que ven en las corridas un símbolo de la identidad española (y por eso quieren mantenerlas, pese a quien pese) y los que, precisamente por eso, quieren acabar con ellas (pese a quien pese también). Pero ese planteamiento simplista no es cierto.

Aunque a algunos les moleste, las corridas no son en absoluto ajenas a la identidad catalana. Eran parte clara de nuestra vida, y para algunos aún lo son. Pero es evidente que el mundo cambia a toda velocidad —Catalunya, incluida— y que la actual oposición a las corridas de toros que hay entre nosotros tiene poco que ver con los Maulets, aunque los partidarios de la tauromaquia preferirían que así fuere para pintar la situación con tonos maniqueos.

Me fascina que en el debate catalán sobre los toros de lo de Canarias apenas se hable. ¿Son tan tontos los antitaurinos de aquí como para menospreciar esa baza decisiva en su argumentación de que el rechazo a la tauromaquia no tiene nada que ver con el catalanismo?

No lo descarto, porque burros los hay en todas partes. Pero es deslumbrante que, aquí, la ley antitaurina aún esté por aprobarse y, en cambio, en Canarias lleven ya años sin corridas, y estudiando qué edificar en la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife, en la que las hubo hasta 1983.

Dejaron de celebrarse porque, sin que nadie se rasgase las vestiduras, quedó claro que, en Canarias, la afición a la tauromaquia es casi inexistente. Y nadie les acusó de identitarios, ni los nacionalistas (españoles, por la gracia de Dios) convocaron por la Brunete mediática a un alzamiento por tierra, mar y aire. Sorpresas te da la vida.

La Vanguardia

[*ElPaso}– ¿Pioneras del feminismo?

19-01-2010

Carlos M. Padrón

Hasta que dejé El Paso, a la edad de 18 años, sólo supe de dos mujeres que por la actitud que tenían hacia sus maridos bien se las puede considerar como pioneras de las peores feministas.

Una de ellas, a la que llamaré Bonifacia, era una bien nutrida matrona que, además de no llevarse bien con el agua, todo lo decía a gritos, pues tanto a su marido como a sus hijos, y hasta a los vecinos, les gritaba continuamente. Llegué a pensar que no sabía hablar sino gritando.

Cuando su marido Julián salía a hacer una diligencia, que generalmente era un “mandado” al que su mujer lo enviaba, tal parece que ella le fijaba una hora límite de regreso, y cuando pasaba esa hora y Julián no había vuelto, Bonifacia salía a barrer el patio frontal, que era el lugar por donde, a su regreso, Julián tendría que pasar para entrar a la casa.

Al verla iniciar esta actividad, todos los muchachos que en ese momento estuviéramos cerca nos apostábamos en un punto estratégico desde el que mejor pudiéramos presenciar el espectáculo que, estábamos seguros, se avecinaba.

Y cuando Julián por fin llegaba, Bonifacia tomaba la escoba por el extremo que tiene las cerdas y la emprendía a escobazos contra él mientras, entre imprecaciones, le gritaba: “¡Toma, toma! ¡¡A ver si aprendes!!”.

Julián se limitaba a inclinarse hacia adelante y llevarse las manos a la nuca para evitar que alguno de los escobazos lo golpeara directamente ahí, y apresuraba el paso para entrar a la casa. Pero Bonifacia lo seguía, siempre dándole escobazos, hasta que ambos desaparecían en el interior de la casa y desde dentro seguían escuchándose los gritos de Bonifacia, no sé si acompañados o no de los escobazos o de algo peor.

La otra pionera del feminismo vivía en la parte alta del pueblo, y su argumento tras la agresividad se basaba en el mito del Indiano, que está bien descrito en el artículo “Los Indianos, el cuadro”, y así cuando le daba la “veneta”, la emprendía a golpes contra su marido mientras le gritaba: “¡Anda, coño, que estuviste en Cuba un montón de años y no trajiste nada sino una catorra!” (léase ‘cotorra’).

Haciendo retrospectiva me permito suponer que estas dos mujeres tenían algún problema hepático u hormonal que las mantenía en constante estado de agresividad, y el espectáculo entre Bonifacia y Julián, que presencié varias veces, no cabía en mi mente de adolescente, ni aún en la de adulto, pues tanto yo como mis amigos más cercanos, parientes y compañeros de escuela, no habíamos sido educados en la idea de que una mujer pegara a su marido, ni viceversa. ¿Cómo es posible, me preguntaba y me pregunto, que un hombre se deje hacer eso? ¿Cómo puede ser el resto de la relación entre esa pareja? ¿Cómo pudieron llegar a la intimidad necesaria para tener hijos?

Tal vez la respuesta a esta última pregunta sea que la menopausia marcó el punto de inicio de la agresividad de estas mujeres, pues como he comprobado —haciendo también retrospectiva— que pasada esa etapa de su vida algunas mujeres “se sueltan el moño”, olvidan la modosidad y los “finos” modales que una vez tuvieron, y sueltan chistes verdes y groserías que años atrás causaban que marginaran, despreciaran y calificaran de basura social a quienes los dijeran, en especial si eran congéneres, me permito suponer que fue el problema hormonal asociado a la menopausia lo que hizo que Bonifacia y la otra se hicieran merecedoras, en mi opinión, al título de pioneras del feminismo más agresivo.

Lo que no consigo siquiera suponer es que, con ese problema hormonal o sin él, sus maridos se dejaran hacer, una y otra vez, lo que estas mujeres les hacían.

Tal vez ellos tenían un problema hormonal que en ciencia ficción podría explicarse como que su testosterona les fue transferida a ellas mientras ambos dormían,… o durante un coito alquímico. 🙂

[*Opino}– Pues parece que padezco sinestesia espacio-temporal…..

… ya que, según cuentan en el artículo que adjunto, es lo que padecen las personas que, porque perciben visualmente los números, recuerdan mejor las fechas de sucesos pasados.

¡Pues a buena hora vengo yo a saber la explicación a mi buena memoria para las fechas!

Efectivamente, yo visualizo el pasado como una cinta métrica en la que destacan, en relieve, los comienzos de década.

Y es más, para mí los nombres tienen color, y por eso me armo un lío entre, por ejemplo, Zaragoza y Valladolid porque "veo" a ambos del mismo color.

Carlos M. Padrón

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18/12/2009

Una investigación reciente ha demostrado que la gente que percibe visualmente los números, y que ve las secuencias numéricas como patrones visuales, recuerda mejor que otras personas las fechas de sucesos pasados.

Esta capacidad para ver los números es debida a un trastorno conocido como sinestesia espacio-temporal, una condición neurológica por la que los sentidos se combinan de formas poco corrientes.

Las personas que sufren este tipo de sinestesia visualizan los números como si éstos existieran en un espacio de tres dimensiones (por ejemplo, pueden ver que el año 1980 está más alejado en el espacio que 1995).

La percepción visual de los números es involuntaria, y la sinestesia puede pasar desapercibida durante años, si aquéllos que la padecen no comparten sus experiencias con otros.

En el estudio, realizado por científicos de la Universidad de Edimburgo, en Escocia, fueron analizados 10 voluntarios con sinestesia espacio-temporal para averiguar si éstos tenían una memoria superior para los números que la de la gente corriente. Así se descubrió que los participantes eran capaces de recordar rápidamente las fechas de cientos de eventos ocurridos entre 1950 y 2008.

Más información.

Tendencias 21

 

[*Opino}– Cómo decir ‘2010’

Lo de los angloparlantes lo entiendo porque para las dos primeras cifras del año ya no tienen el ‘–teen’ que comenzó con el año 1301 (Thirteen o one) y terminó con el 1999 (Nineteen ninety nine), pero lo de los hispanoparlantes no, pues si siempre se dijo, por ejemplo, “en mil novecientos sesenta y ocho” no veo por qué tenga que decirse “en el dos mil nueve”. Ese ‘el’ está por demás.

Sigo apegado al principio que promueve los términos económicos y de sólo uno o pocos significados de uso común, y por eso —van sólo dos ejemplos— prefiero ‘clicar’ que es más corto que ‘hacer clic’ y que al momento sólo vale para una cosa, y ‘celular’ que tiene menos significados de uso común que ‘móvil’. Y ‘dos mil diez’ es más corto que ‘el dos mil diez’.

Carlos M. Padrón

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31/12/2009

La fecha no parece problemática en español. Sin embargo, la pronunciación del año próximo sí genera dudas entre los anglosajones, y muchos aún no han decidido cómo llamarlo. ¿Twenty-ten?, ¿Two thousand and ten?, ¿Two-o-one-o?, ¿Ten? La duda ha surgido incluso en directo, durante un programa radiofónico de la BBC.

«Se supone que tenemos que decir Twenty-ten’, explicó la estrella televisiva David Tennant, último protagonista de la sempiterna serie ‘Doctor Who’, después de felicitar el año a un oyente durante un programa de Radio 2, perteneciente a la cadena pública británica. «No se te permite decir Two thousand and ten, aclaró su copresentadora, la también actriz Catherine Tate.

Según un portavoz de la BBC citado por el ‘Daily Telegraph’, «antes del programa se decidió que Twenty ten era el modo más fácil de pronunciar el año. [Aunque] no se rompe ninguna norma si se dice de otro modo».

 

Así se han pronunciado siempre los años en inglés: Nineteen seventy-two (1972), Nineteen ninety three (1993)… Sin embargo, la norma ha cambiado con los primeros años del milenio, que han pasado a ser Two thousand and one (2001) o Two thousand and two (2002). De ahí que a muchos les surja la duda con el cambio de década.

La culpa, de la película de Kubrick

Aunque tipográficamente el año «2010» sea mucho mejor que «2009» (al menos así lo cree la revista ‘Wallpaper’), lingüísticamente está generando bastantes más problemas. En la red, 42.500 páginas web responden al internauta cuando pregunta a Google ‘How do you say 2010» (= ¿Cómo dices 2010?).

Desde artículos de prensa hasta foros. Incluso la National Public Radio de EEUU dedicó un programa al asunto. Algunos invitados se inclinaban por el Twenty-ten —así se ha bautizado a los Juegos Olímpicos de Invierno, que se celebran en Vancouver, explicó Bob Condron, portavoz del Comité Olímpico de EEUU, en antena— pero otros se inclinaban por el Two thousand and ten porque debido «Probablemente a la película ‘2001’ [de Stanley Kubrick] la gente se ha acostumbrado a decirlo así una y otra vez», explicó Jim Burk, director de una empresa de calendarios, quien reconoció que él mismo prefería esa opción.

Los antecedentes españoles

El debate recuerda al que hubo entre los hispanohablantes con el cambio de milenio. ¿Se decía «2000» o «el 2000»? Entonces, sobre la expresión de las fechas a partir de ese año la Real Academia Española emitió esta nota: «A partir del año 2000, la novedad que supuso el cambio de millar explica la tendencia mayoritaria inicial al uso del artículo. Sin embargo, en la datación de cartas y documentos no son tan marcadas las fluctuaciones antes señaladas y se prefiere, desde la Edad Media, el uso sin artículo».

Eso sí, tampoco considera incorrecto añadir un «del». Al final, será uno mismo quien decida.

El Mundo

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Cortesía de Rafael García Sánchez

[*Opino}– Internet vs interné (con minúscula y acento)

A lo que abajo escribe don Amando debo señalar que en ‘fútbol’ se respetó la fonética original inglesa, pero lo de ‘chalé’, ‘carné’, ‘chaqué’ me parece un estímulo a la indolencia fonética del español típico que dice no poder pronunciar consonantes finales, de sílaba o palabra, que no sean ‘l’, ‘n’, ‘r’, ‘s’, ‘x’ y ‘z’, y a veces hasta la ‘d’ (Madrí por Madrid).

Por eso cuando en España digo que mi dominio es ‘padronelpaso.net’, surge de inmediato la pregunta “¿¡Punto qué!?”. ¿Serviría en este caso, según don Amando, contestar ‘né’? ¡Por supuesto que no! Por tanto, mejor sería esforzarse por pronunciar bien, o al menos escuchar bien, paso previo indispensable.

Afortunadamente ya hay destellos en contra de tal indolencia.

Carlos M. Padrón

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A. de Miguel

Carlos M. Padrón (Caracas, Venezuela) se alarma ante la propuesta de escribir “la interné” en lugar de “Internet”. Se pregunta acongojado: “¿Por qué esa manía de querer traducir lo que no está pidiendo traducción alguna, o, peor aún, lo intraducible?”.

No hay ninguna manía traductora. Ya he dicho que sería absurdo decir ‘Interred’, pero me parece razonable despojar al palabro de la mayúscula para quedar en el estatuto de nombre común. Así, yo suelo escribir ‘la internet’.

Ahora bien, al igual que en ‘chalé’, ‘carné’, ‘chaqué’ y otras voces parecidas, parece aconsejable que en español le quitemos la ‘T’ final. No es traducción sino adaptación. Es la misma operación que hacemos con “fútbol” (y no foot-ball o balompié).

En los ejemplos citados el habla del pueblo va por delante y luego se establece la norma. El paso del tiempo y el uso va decantando el valor auténtico de las palabras. Un idioma es un ser vivo.

Libertad Digital

[*Opino}– El gen del perro pequeño

Aunque el hombre es un animal sociable, todos conocemos personas que no nos gustan; algunas veces sabemos muy bien por qué y otras no.

Igual me ocurre a mí, y supongo que también a todos, con los perros, pues si bien me encantan, hay algunos cuya sola presencia me pone malo, y si a eso añadimos su comportamiento, entonces mejor ni me les acerco

En general me gustan los perros pero no los pequeños, ésos a los que en Canarias llamaban “falderos”, pues además de su tamaño, que los hace cuotas iniciales caninas, suelen tener una o más de estas “virtudes”: neuróticos, cascarrabias, “delicagaditos” (lloran por todo), acomplejados, siempre a la defensiva, y chillones. A juzgar por el artículo que copio abajo, esto se debe a sus genes muy especiales que, en mi opinión, los diferencia de los para mí verdaderos perros.

 

Sin embargo, algunos perros pequeños no me desagradan tanto como otros, y luego de analizar el caso he concluido que los que de verdad no me gustan son los que además de pequeños son peludos en todo el cuerpo, en especial en la cara..

Me gustan los que tienen, como mínimo, tamaño mediano, buena alzada (esbeltos) y figura convencional (nada de ése que parece una alfombra), con hocico protuberante (no chatos), de pelo corto (sobre todo en la cara), y que no se la pasen jadeando/babeando. El resto de los atributos son de carácter.

Por eso Susy, la perrita cacri (doberman y pastor alemán) que un día nos adoptó en la calle a Chepina y a mí, fue para nosotros un total serendipity canino, pues reúne todas esas características que me gustan y, además, es inteligente, obediente, de carácter apacible y tremendamente cariñosa.

Carlos M. Padrón

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Un equipo de investigadores de EE UU ha buscado la causa de la enorme variedad de tamaño de los perros, y ha encontrado una variante genética clave.

El perro doméstico, Canis familiaris, es la especie, entre todos los mamíferos, con mayor rango de tamaño. Nathan B. Sutter (Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano, en Washington) y sus colegas han descubierto que todos los perros pequeños comparten una secuencia específica de ADN en el gen responsable de producir el factor de crecimiento, similar a la insulina, IGF1. Este gen, cuya variación está relacionada con el tamaño del cuerpo, está presente en otros organismos, incluidos los ratones y los seres humanos.

Los científicos analizaron en el estudio el ADN de 3.000 perros de 143 razas. Los muchos siglos de crianza de los perros por parte de los humanos, han facilitado la identificación del gen, reconocen los científicos, que ahora buscan genes implicados en otras características más complejas de estos animales.

El País

[*Opino}– Las useñas prefieren la ropa al sexo

Carlos M. Padrón

Sostengo que la mujer se arregla —se viste, maquilla, perfuma y, en general, usa el gancho del RPM— para impresionar a otras mujeres, no a los hombres,… a menos que esté en “temporada de caza”.

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La mayoría de las mujeres de Estados Unidos prefieren disponer de un armario atestado de ropa antes que mantener relaciones sexuales, según una encuesta realizada a mujeres de diez de las mayores ciudades del país.

De acuerdo con el estudio, realizado por la empresa Unilever, un 61% de las useñas considera que le resultaría más traumático perder su prenda de ropa favorita que quedarse sin practicar sexo durante un mes.

El grado de abstinencia, además, va en aumento en relación con el objetivo del ropero, según el informe, pues la mayoría de las mujeres dejarían de mantener relaciones sexuales durante quince meses, si al finalizar ese periodo se encontraran con un armario repleto de ropa nueva. Incluso un 2% de las encuestadas asumiría sin problemas tres años de abstinencia si se encontraran con la misma recompensa.

Pero el sexo no es el único objetivo a desechar en esta batalla: en la lista de preferencias femeninas, las relaciones sentimentales, el amor y los hombres también aparecen por debajo de la ropa.

La media de encuestadas de entre 18 y 54 años han mantenido en el armario su prenda de ropa favorita durante doce años y medio, un año más de lo que ha durado su relación sentimental más larga. Y una amplia mayoría de las mujeres se muestran convencidas de que existe el amor a primera vista,… pero sólo en lo que a la ropa se refiere.

El ‘flechazo’ es auténtico para el 70% de las encuestadas cuando se enamoran de alguna falda, blusa o zapatos, mientras que esa cifra se rebaja al 54% en lo que se refiere a la detección a primera vista del hombre adecuado.

Entre el poder que para hacer sentir bien a las mujeres tienen el sexo opuesto y la ropa, tampoco hay lugar a dudas. Para un 48% del millar de encuestadas, un hombre no les puede transmitir tanta seguridad ni hacerles sentir tan ’sexy’ como sus prendas de ropa favorita.

Periodista Digital