[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-IX

IX

Empezando a escribir
de mi pecho el sentir,
a la imprenta de un pueblo conocido
un escrito entregué,
el cual me devolvieron corregido
sin saber el por qué;
pues que más tarde, en culta capital,
un diario lo insertó,
idéntico al primer original.
¿Allí también me conocían? ¡No!

[*Opino}– Con motivo de Halloween, nada mejor que «La negra historia de ‘Raska-yú’, una canción de difuntos»

Carlos M. Padrón

Hacía años de años que no recordaba yo esta canción que tan popular fue en las fiestas de Carnaval que se celebraron en El Paso en los años ’50s.

Tampoco sabía que su título se escribe Raska-yú; aunque nunca lo vi escrito, supuse que se escribiría Rascayú.

Lo que acerca de ella se cuenta en el artículo que sigue me resulta interesante, y es casi paradójico que nadie de los que entonces la cantábamos sospechara lo bizarro de sus orígenes.

Me extraña que fuera prohibida por el régimen franquista, pues, repito, en mi pueblo se cantaba abiertamente, y en lugares públicos,…. a menos que la letra que allá teníamos no fuera la que motivó la prohibición.

Si sé que al cura no le gustaba porque, decía él, la canción era irreverente con la sacrosanta muerte y tenía tintes de superchería.

Y sé también que fueron muchas las veces que el grupo de muchachos y muchachas —adolescentes que nos íbamos al espacio que había detrás del telón de fondo que en el escenario del Teatro Monterrey enmarcaba el área destinada a la orquesta— nos ocultamos en aquel estrecho pasillo, para estar a salvo de la vista de las «brujas» que se apostaban en los palcos a chismorrear y vigilar, y bailamos a placer el Rascayú mientras cantábamos su letra, de la cual sólo recuerdo el estribillo y una de las estrofas:

Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú?
Tú serás un cadáver nada más.

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de su hermosa,
y la gente se decía en el misterio
«Es un muerto escapado de la fosa».

Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú?
Tú serás un cadáver nada más.

Tiempos, tiempos,…

***

31-10-11

David Bizarro

En 1943 Bonet de San Pedro cosechó un notable éxito en España con un polémico fox-trot titulado Raska-Yú.

Prohibido por la censura del Régimen por supuestas alusiones al Caudillo, su letra abordaba la necrofilia con insólitas dosis de humor negro en una época poco dada a semejantes irreverencias.

 

Una cancioncilla aparentemente banal y de cuestionable buen gusto que resultará entrañablemente familiar a varias generaciones de españoles, desconocedores de su auténtico significado. Porque, a pasar de que se recuerde como un chascarrillo recurrente para el Día de Difuntos, detrás de sus macabros versos se esconde una historia trágica y siniestra.

Ya con la mosca detrás de la oreja, el curioso hallazgo de un antiguo cortometraje animado de Betty Boop pone sobre la mesa la hipótesis del plagio. Se trata de «I’ll be glad when you’re dead, Rascal you» dirigido por Dave Fleischer en 1932, una de las primeras apariciones cinematográficas de Louis Amstrong.

Estereotipos racistas aparte, la cinta posee un encanto indudable y ofrece la oportunidad de disfrutar con la rudimentaria mezcla de imagen real y animada en el momento en que el gran Satchmo persigue a dos de los protagonistas (Bimbo y Koko) mientras interpreta el tema titular.

El innegable paralelismo instrumental no es la única prueba que confirma el conocimiento previo de Bonet del original de Amstrong: el propio título, Raska-Yú, se revela como una transcripción fonética del Rascal you al que hacía referencia el genio de Nueva Orleans.

Resulta paradójico que sea precisamente Bonet, uno de los fundadores de la SGAE, quien incurra en un delito contra la propiedad intelectual; así que concedamos el beneficio de la duda: ¿Es una flagrante copia o un velado homenaje?

Rastreando otros posibles antecedentes apócrifos, los pasos de Raska-Yú llevan a Cuba, patria natal del maestro Alberto Villalón, a quien se atribuye la autoría de Boda Negra.

Popularizado por Julio Jaramillo, Ana Gabriel, el Trío Los Condes, Óscar Chávez y Lydia Mendoza entre otros, la letra del viejo bolero guarda un parecido, más allá de toda duda razonable, con la versión de Bonet.

Las pesquisas toman nuevamente un rumbo inesperado al constatarse que el propio Villarón tomó como punto de partida un poema homónimo sobre el que todavía se cierne la controversia.

Incluido en una recopilación póstuma del poeta colombiano Julio Flórez, hay quien se remonta a finales del siglo XIX para otorgarle el mérito del mismo al sacerdote venezolano Carlos Borges. Pero si en algo coinciden los estudiosos de la materia, es en la naturaleza supuestamente verídica de los acontecimientos.

Para dar fe de ello, hay que remontarse a los albores del siglo XX en La Habana, en el preciso instante en que Francisco Caamaño de Cárdenas —un joven aspirante a poeta y colaborador ocasional de prensa de la época— sufrió la pérdida de su prometida (Irene Gay, de apenas 18 años) víctima de la tuberculosis.

Respetando la última voluntad de la muchacha, es enterrada con su traje de novia y cubierta bajo un manto de flores blancas en el llamado «tramo de los pobres» de la Necrópolis de Colón.

Sus restos serían exhumados a los tres años para pasar a engrosar el osario común del camposanto, una práctica común entre las familias más humildes, incapacitadas para sufragar las cuantiosas tarifas funerarias.

Francisco intentó en vano recaudar fondos para cubrir las cuotas. En un último y desesperado intento por preservar el descanso eterno de su amada, recurrió a un amigo cirujano para reclamar el esqueleto de Irene, alegando que sería donado para un supuesto estudio anatómico.

Sin embargo, cuando Francisco se presentó ante los sepultureros éstos le comunicaron que el permiso del médico no tenía validez ya que, al ser la causa de la muerte una enfermedad infecciosa, los despojos no podían salir del recinto para evitar contagios.

Aún así, Francisco consiguió finalmente eludir los obstáculos burocráticos mediante el soborno. Una vez en su casa, decidió poner a buen recaudo los restos de Irene; de ese modo, llegado el momento de su muerte, los dos podrían al fin descansar juntos.

Es en este punto donde la realidad difiere de la ficción: Francisco, lejos de «celebrar sus bodas con la muerta», conservó lo que quedaba de ella con auténtica devoción e infinito respeto.

Por desgracia, los rumores de su pasión necrófila comenzaron a circular por la villa. El miedo de sus vecinos a un posible brote tuberculoso y el temor ante las posibles represalias policiales, obligaron al joven a poner tierra de por medio.

Para cuando Francisco regresó a La Habana varios años después, el bolero de Villalón ya corría de boca en boca. Al visitar la barbería del barrio, regentada por su amigo Guillermo Muñiz, éste le confesó a Francisco que fue él quien relató los hechos al mismísimo Julio Flórez; y que fue allí mismo, en el propio sillón de la barbería, donde el colombiano escribió de un tirón el poema.

Al empeñarnos en seguir el hilo, corremos el riesgo de perdernos en la madeja. Tal vez por eso, al final de nuestro recorrido el Raska-Yú de Bonet de San Pedro adquiere las dimensiones de un Pierre Menard posmoderno, prestándose a cuestionar el papel del autor y los límites de la propia obra.

Como todo en la vida, es una simple cuestión de perspectiva. Elijan ustedes.

Fuente: El País

[*Opino}– España: Más del 70% de los jóvenes prefieren un ingreso fijo a crear su empresa

Carlos M. Padrón

Creo que lo que denuncia este artículo, que copio más abajo, tiene mucho que ver con lo que ya dije acerca del funcionariato y de la aversión al trabajo.

Me llama mucho la atención, sin embargo, que de los españoles que he conocido en Venezuela, un porcentaje mucho más alto que el 5.1% son emprendedores, o sea, tienen negocio propio. ¿Será porque, en su mayoría, salieron de España durante la dictadura de franquista?

El origen de la tendencia actual apunta al bendito «estado de bienestar» o a la «cultura del maná«.

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28/10/2011

Almudena Martínez-Fornés

Los españoles no han sido educados para emprender

Además, si un emprendedor fracasa en un primer intento, se le estigmatiza, y si a pesar de todo persiste y tiene éxito, no se le valora más que a un funcionario, pues los que de verdad están reconocidos en nuestro país son los profesionales independientes, los científicos y los artistas.

Esto es lo que se desprende del Libro Blanco de la Iniciativa Emprendedora en España, un trabajo que la Fundación Príncipe de Girona encargó en mayo de 2010 a expertos de Esade y que sus autores entregaron ayer en persona a los Príncipes de Asturias.

Con este panorama, no es de extrañar que sólo el 5,1% de los españoles sean emprendedores, en comparación con el 8,5% de los noruegos o el 8% de los estadounidenses. Además, la crisis está haciendo que la cifra disminuya.

El libro, que recoge una encuesta en la que han participado más de 7.000 jóvenes españoles, hace una radiografía del emprendimiento en nuestro país, cuyos resultados dejan bastante que desear.

Sobre todo, si tenemos en cuenta que los principales partidos políticos haciendo énfasis por la emprendeduría para ayudar a salir de la crisis.

Una juventud «acomodada»

Uno de los datos más inquietantes es que los jóvenes españoles no emprenden porque están «acomodados» y prefieren la estabilidad (77%) y los ingresos fijos (70%) del trabajo asalariado, antes que crear su propia empresa.

El otro dato inquietante del Libro Blanco indica que el 10,9% de los jóvenes españoles que tienen entre 15 y 19 años son «ni-ni», es decir, que ni estudian ni trabajan. Esta cifra sitúa a España a la cabeza de otros países europeos y de Estados Unidos, incluso por delante de Portugal, en porcentaje de jóvenes ociosos.

Además, la situación no se corrige a medida que van cumpliendo años, sino todo lo contrario, pues los «ni-ni» aumentan al 17,2% entre los jóvenes de 20 a 24 años, tramo de edad en el que sólo nos supera Italia, con el 22,6%.

Pero el Libro Blanco no se limita a describir la lamentable situación de la iniciativa emprendedora en España, sino que también aporta recomendaciones para ayudarla a despegar.

Entre otras, afirma que la iniciativa emprendedora puede aprenderse en la escuela y debería potenciarse para que los jóvenes desarrollen competencias, como la autonomía, la confianza en uno mismo y la toma de decisiones en entornos de riesgo.

También recomienda mejorar la financiación de los nuevos proyectos empresariales, especialmente en forma de capital riesgo en sus primeras etapas.

Fuente: ABC

[*Opino}– Con lo de coma antes de la ‘y’, ¡gané una!

Carlos M. Padrón

Sí, gané una por anticipación. lo de anticipación es porque parte de lo que argumenté en el artículo La vieja regla de que no se pone coma antes de ‘y’ , y que ahora ratifica Fundéu, fue todo de mi cosecha, aunque también «cosechó» varias discrepancias.

Es de celebrar que la RAE imponga la lógica, sobre todo en beneficio de evitarle al lector confusiones innecesarias.

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27/10/2011

En las enumeraciones de elementos separados por comas no es correcto escribir una coma delante de la ‘y’ que precede al último de ellos, según recoge el Diccionario Panhispánico de Dudas.

A menudo, en textos de diversa índole, se escribe coma delante de la ‘y’ que introduce el último elemento de una enumeración: «En la época republicana trabajó en los ferrocarriles, se convirtió en líder sindical, y viajó por Centroamérica».

El empleo en español de esta coma no es apropiado porque la ‘y‘ sustituye precisamente a la coma del último elemento de la enumeración.

De este modo, en el ejemplo anterior lo adecuado hubiera sido: «En la época republicana trabajó en los ferrocarriles, se convirtió en líder sindical y viajó por Centroamérica».

Sin embargo, sí se escribe coma delante de la ‘y’ en otros casos, como:

  • Cuando la enumeración tiene elementos complejos que deben separarse por punto y coma: «Agradezco su ayuda a Enrique, biólogo; a Pedro, botánico; a Luis, zoólogo, y a Martín, fotógrafo».
  • Cuando la ‘y‘ introduce un elemento que no pertenece a la enumeración anterior: «García Márquez retiene una voz admirable, vital, clara, y la pluma de un ángel».
  • Cuando la ‘y‘ sirve de unión con el predicado anterior, no con el último elemento de la enumeración: «Bebió dos tazas de café negro, amargo, espeso, y encendió un cigarro enorme».
  • Cuando la ‘y‘ equivale a pero: «Le dije que te llamara, y no se acordó».
  • Cuando la ‘y‘ va detrás de un inciso: «El presidente de Francia, Nikolas Sarkozy, y la canciller alemana, Angela Merkel, se volvieron a reunir ayer».

Asimismo, se recuerda que debe escribirse coma delante o detrás de ‘y‘ si va antes o después de un inciso (que siempre se ponen entre comas): «Los inspectores se desmarcan del escándalo de las indemnizaciones millonarias y, en este sentido, sugieren que …», y no: «Los inspectores se desmarcan del escándalo de las indemnizaciones millonarias, y en este sentido, sugieren que …».

Puede encontrarse más información AQUÍ, en (apartado 2.).

Fuente: Fundéu

[*Opino}– Los españoles son los europeos que más recurren a los servicios de las prostitutas

Carlos M. Padrón

Esta vez seré breve.

El artículo que copio más abajo me hace pensar que lo que en él se dice acerca de los españoles tiene algo que ver con lo dije yo AQUÍ.

Eso tendría más fundamentado si una mayoría de los españoles de los que trata el artículo se casaron antes de 1993 o pocos años después.

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26/10/2011

Valerio Merino

Los españoles son los europeos que más recurren a los servicios de las prostitutas

El 39% de los españoles han contratado alguna vez los servicios de meretrices, lo que sitúa a España como el país que encabeza la lista de los países de la UE consumidores de prostitución, por delante de estados como Suiza (19%) o Austria (15%), según datos de Naciones Unidas.

Son datos que recoge la guía elaborada por la Asociación para la Reinserción de Mujeres Prostituidas (APRAMP) sobre la trata con fines de explotación sexual, y que ha sido presentada este miércoles por la presidenta de esta formación, Rocío Nieto, y por la secretaría de Estado de Igualdad, Laura Seara.

La guía, que tiene 122 páginas, incluye un diccionario de conceptos básicos (que distingue, por ejemplo, entre tráfico y trata), describe el perfil de los traficantes de mujeres (tratantes) y, además de incluir datos y estadísticas sobre esta «esclavitud del siglo XXI», da «claves» sobre cómo reconocer a estas mujeres y poder ayudarlas.

Nieto ha afirmado que la trata con fines de explotación «siempre tiene cara de mujer y de niña», y que es «lo peor» que existe en el Estado del bienestar porque estas víctimas son «totalmente despreciadas, son utilizadas y además son esclavizadas», por lo que ha instado a la sociedad a sensibilizarse con este problema.

Un millón de prostitutas en Europa

Si los datos se extrapolan al conjunto de la UE, según APRAMP habría cerca de un millón de mujeres prostituidas y, basándose en datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), señala que, cada año, alrededor de medio millón de mujeres son sometidas en condición de trata en los mercados de prostitución de locales europeos.

Aunque en la problemática de la trata aún queda mucho por hacer, Nieto ha asegurado que en los últimos tres años se ha avanzado mucho, tras lo que la secretaria de Estado de Igualdad, Laura Seara, ha anunciado que «en los próximos días» se firmará el protocolo de atención a estas víctimas.

Fuente: ABC

[*Opino}– España y el trabajo

Carlos M. Padrón

«Los españoles salen del trabajo hasta dos horas más tarde que el resto de los europeos».

Este titular aparece hoy en casi todos los medios digitales de España, pero si tuviera que ceñirse a la realidad debería decir «Los españoles salen de su lugar de trabajo hasta dos horas más tarde que el resto de los europeos», pues estar en el lugar de trabajo no implica necesariamente que se esté trabajando.

Y hablo desde mi experiencia de 2.5 años trabajando con base en Madrid.

En referencia a Alemania, Bélgica, Francia, Finlandia, Italia, Luxemburgo, Reino Unido y Suecia se dice que «en ninguno de estos países aparece el horario continuo o jornada intensiva, excepto en España».

Y la mencionada experiencia me enseñó que eso de «jornada intensiva» es un sarcasmo, pues es cuando menos se trabaja y, además, se la quiere justificar porque en verano hace «mucho» calor.

Otro dato muy «interesante», siempre en la comparación entre España y los países antes citados, es que «El estudio también revela que el periodo de tiempo dedicado a la comida oscila mayoritariamente entre los 30 y los 60 minutos, mientras que en España este lapso llega hasta la hora y media o las dos horas».

Y sospecho que en esa «hora y media a dos horas» no contaron la hora que en España se toman para desayunar porque, claro, ¡no pueden venir desayunados de sus casas!

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hernández y Castillo: Parte 2-VIII

VIII

Al casarte elegiste a una mujer
tan sólo por riqueza;
sin buscar para nada en aquel ser,
de su alma la pureza.

Mas fuiste a Cuba el vil metal buscando
y en tu casa quedaba
aquella que tu ausencia traicionando,
a otro hombre se entregaba.

Tú no extrañes, amigo, la torpeza
de su inmensa traición;
porque en ella buscaste la riqueza,
pero no el corazón.

NotaCMP.- Aquí expresa mi tío Pedro una opinión personal y sesgada en la cual está equivocado.

[*FP}– La secuela de dos tragedias

Carlos M. Padrón

En El Paso de la segunda mitad de la década de los años ’40s, y en la zona en que estaba mi casa natal, en la que yo vivía con mi mis padres y hermanos, el alumbrado público casi no existía —sólo había algunas farolas en el centro del pueblo y alrededores cercanos—, y en las casas tampoco se dejaba encendida en las noches ninguna luz que alumbrara la entrada, pues la energía eléctrica era muy cara y la situación económica muy precaria.

Sólo las estrellas y la Luna alumbraban las noches, cuando las nubes lo permitían.

Es posible que por el recuerdo aún fresco de la cruel Guerra Civil y de las tragedias con ella asociadas, en mi pueblo las desgracias se notaban mucho más que las alegrías, y entre mis familiares y vecinos cercanos —me atrevería a decir que entre un alto porcentaje de pasenses— destacaba un ánimo lúgubre que ante una enfermedad grave exteriorizaba preocupación; ante un accidente, angustia incontrolable; y ante la muerte, un brutal impacto cuando era por causas naturales. Pero cuando venía por suicidio, paralizaba, y cuando por asesinato producía todo eso más un estupor, incredulidad y desesperación que duraban mucho tiempo.

Tal vez gran parte de esto esté sólo en mi mente, y tal vez lo percibo así porque en muchas oscuras noches invernales, cuando el viento ululaba y la lluvia azotaba techos y ventanas, algunos de los vecinos más próximos se reunían en mi casa para jugar cartas, lotería o armar una tertulia, y desde mis apenas 8 años de edad escuché, aterrado, relatos hechos con pelos y señales de horrendos crímenes cometidos durante la tal guerra; relatos en los que se daban los nombres y se explicaban los sufrimientos de personas que yo conocía y que en esos crímenes perdieron a algún ser querido.

La secuela de la muerte era muy larga, sobre todo en madres y esposas y, hasta que a la edad de 18 años me fui de El Paso, sólo supe de una viuda que se casó en segundas nupcias.

Las otras que conocí se embutieron en vestimentas de color negro y se recluyeron en sus casas de por vida.

Como mucho, solían acudir a la iglesia o iban a faenar en los campos, pero nunca se las veía en festejos, y a veces ni en procesiones religiosas.

Inmerso, como estuve desde que nací, en este medio social, me marcó de por vida el incidente de la muerte en Caracas de un joven pasense de 20 años, vecino nuestro muy cercano, ocurrida apenas semanas después de haber llegado él a Venezuela.

Con los 11 años que entonces yo tenía recuerdo que la terrible noticia llegó por telegrama dirigido a un tío mío y también vecino. Éste se puso de acuerdo con mi padre y otros vecinos más, y entre ellos decidieron traer a mi casa, de madrugada, al padre del joven muerto, y darle allí la brutal noticia.

Tal vez mi padre o mi madre tomaron precauciones con mi hermana menor, que para entonces tenía 4 años, y, de haber sido así, supongo que hicieron que mi hermana mayor, que tendría unos 20, se la llevara a otra casa.

Pero nadie se ocupó de mí, y yo, con el corazón en un puño y asustado como nunca antes lo había estado, presencié la espantosa reacción de aquel hombre que, con sus tal vez más de dos metros de alto se me antojaba un gigante, cuando entendió que su primogénito, a quien con grandes sacrificios había logrado enviar a Venezuela, había muerto.

Ése fue mi primer encuentro con la tragedia.

Creo que los gritos de padre profundamente herido deben haberse escuchado en más de un kilómetro a la redonda. Y unos gritos tan desgarradores, rompiendo el oscuro silencio que al momento había, despertaron a todos los vecinos y angustiaron a muchos de ellos.

En su desesperación, al gritar clamando al cielo por su hijo, elevaba los brazos, y con sus manos casi rozaba el techo del comedor de mi casa.

Mi padre y mis tíos se vieron exigidos al máximo para sujetar a aquel gigante y evitar que escapara y cometiera una locura.

Pasado el peor momento, que me pareció eterno, alguien, mi padre o mi madre, reparó en mí, que me había refugiado en una esquina, incrustado casi en la pared, con los ojos desorbitados y llorando, y me dijo que fuera a la relva a buscar el caballo y la vaca.

Y así, totalmente traumatizado y sintiéndome perseguido por la muerte, salí caminando bajo la incipiente luz del alba, desorientado y confundido, mientras por buen rato escuché todavía los gritos del padre desesperado, y me crucé con algunos de los vecinos a quienes esos gritos habían despertado y, comentando entre ellos, trataban de entender qué los había causado.

Desde entonces desarrollé aversión a dejar la cama a esa hora del día; prefiero hacerlo mientras aún es totalmente de noche o totalmente de día. Y desarrollé también una extraña sensibilidad a las tragedias que en mi pueblo ocurrieran estando yo allí, pues la muerte no se ve igual en el silencio y en la soledad de un pueblo pequeño en el que todos resultan afectados por ella, que en el bullicio y el tráfago de una gran ciudad donde la indiferencia de la mayoría de las gentes tiende a hacerles entender que la desgracia es global, que no es sólo nuestra, y que la vida seguirá su curso.

Hace pocos días, viendo en TV una película vinieron a mi mente las desgarradoras escenas del padre desesperado por la pérdida de su hijo, cuando al final del filme la protagonista cerró con una frase lapidaria: «La muerte de un hijo es la peor de las prisiones; una de la que nunca se sale».

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El 01 de diciembre de 1960 volé desde Tenerife —donde para entonces yo vivía— a La Palma para pasar la Navidad en mi casa natal, en El Paso, junto a mis padres y hermanas.

Según ya conté, de ese viaje surgió la semilla que hizo que yo viniera a Venezuela.

Aunque en diciembre solía haber frío en El Paso, en 1960 el tiempo fue muy bueno, y en la gente se notaba animación por la proximidad de la Navidad.

Pero en la mañana del día 18 una noticia activó en mí el recuerdo de todo lo antes descrito.

La noticia se extendió por todo el pueblo como un reguero de pólvora: «¡Pedro el Quico mató a la mujer!». (En nuestra jerga, «la mujer» era «su» mujer, o sea, que Pedro el Quico había matado a su esposa).

Hice memoria. Durante los 18 años que viví en El Paso ocurrieron algunos suicidios pero, que yo recuerde, ningún crimen, de ahí que aquella noticia causó los peores efectos: brutal impacto, angustia, estupor, e incredulidad.

Muchas de las para entonces casi mil familias del pueblo eran conocidas por apodos, pero yo no sabía quiénes eran los miembros de todas ésas.

En el caso de los Quicos sí sabía que eran de alguno de los barrios de la parte alta, como El Barrial, Las Moraditas, etc., pero no podía asociar el apodo con las caras de quienes lo llevaban.

Dada esta ignorancia, el caso no debió afectarme tanto, pero lo que de verdad me afectó fue que, como el cuartel de la temida Guardia Civil operaba en un caserón que estaba —y aún está, pero vacío y desvencijado— a escasos 100 metros de mi casa, cuando los guardias capturaron a El Quico lo encerraron en ese cuartel, y sabrá Dios qué le hacían que lo que de mi casa se escuchaba eran sus gritos desesperados invocando el nombre de su mujer, como si quisiera pedirle perdón por lo que él le había hecho: «¡Amelia! ¡¡Ameeelia!!».

Según se supo ese mismo día, El Quico había atado a Amelia a su cama y le había infringido quemaduras en algunas partes de su cuerpo, aunque nunca supe qué fue lo que realmente causó la muerte de la pobre mujer, a quien los vecinos encontraron en ese estado.

Una vez consumado el crimen, El Quico huyó hacia el monte, algo que resulta sarcástico porque en aquella isla y en aquellos tiempos no había modo de escapar antes de ser atrapado.

Pudo haberse escondido en La Caldera, pero habría muerto de hambre porque, si bien ese enorme cráter sirvió una vez a tal fin, en los años ’50s ya hacía mucho que a él no entraban rebaños de más de 100 cabras que podrían haber proporcionado leche y carne.

Ignoro cuál fue el destino de El Quico, pero ahora, cuando medio siglo después veo las muchas series de TV que tratan de los efectos que nos causa el medio ambiente en que uno crece, de sociópatas, pirómanos, esquizofrénicos, asesinos en serie, etc., y noto que en los motivos que llevaron a esas personas a ser criminales aparece siempre el trato recibido de uno de sus progenitores, de sus maestros, de sus compañeros de clase, o del medio social en que crecieron, viene entonces a mi mente el caso del joven muerto en Caracas a los 20 años de edad y, con rabia mal contenida, me pregunto qué habría ocurrido de no haber crecido él, como también crecí yo, en un medio social oscurantista en el que todo lo de sexo, hasta el mismo nombre, era tabú, y cualquier manifestación sexual estaba socialmente prohibida y religiosamente condenada bajo amenaza de ir al Infierno.

Esa maldita «educación» trastocó mi vida, y al menos afectó en mayor o menor grado la de muchos otros Canarios de mi generación que he conocido en Venezuela.

Sin embargo, en el caso de este joven el efecto fue letal, pues tuvo mucho que ver con que él muriera de forma fulminante cuando apenas contaba 20 años de edad.

Viene también a mi mente el caso de Pedro el Quico, y no puedo dejar de preguntarme cómo fue su infancia, y qué lo llevó a que, en un medio social donde no había violencia, él hiciera lo que hizo segando la vida de su mujer, arruinando la suya, y marcando para siempre la de sus descendientes, si es que los tuvieron.

Tampoco puedo dejar de preguntarme cómo habrían manejado el caso las autoridades que lo detuvieron si hubieran estado conscientes de que, como creo, El Quico ni siquiera fue un loco ni un victimario sino una pobre víctima de los tratos recibidos en su infancia, y tal vez acrecentados por lo que luego le tocó vivir.

Aunque haya muchos escépticos que no creen en la Astrología, está claro que cada signo tiene algunas características que le son naturales, y los Cáncer, como yo, tendemos a mirar hacia el pasado, podemos reconstruir los hechos que nos afectaron, y reactivar en nosotros los sentimientos que esos hechos nos causaron.

Tal vez por eso, cada vez que veo, aunque sea en fotografía, el viejo caserón donde en El Paso estuvo el cuartel de la Guardia Civil, no puedo evitar recordar lo ocurrido aquel 18 de diciembre de 1960, sentir compasión por quien protagonizó aquella tragedia, y escuchar en mi mente los lastimeros gritos de «¡Amelia! ¡¡Ameeelia!!».

[*Opino}– Steve Jobs: Murió el hombre,… y nació el mito

Carlos M. Padrón

Sé bien que lo que voy a decir molestará a más de uno, pero es lo que pienso y siento.

Murió Steve Jobs (q.e.p.d.); murió el hombre y nació el mito. Algo que sigue creciendo en los medios mundiales y que ya me resulta fastidioso, tal vez porque siempre he sido un tanto iconoclasta, rasgo que, por cierto, apareció en el resultado del test de personalidad que publiqué aquí hace días, en el que se dice que ni soy líder ni sigo a quien lo sea, que soy individualista, lo cual explica que, como en mi vida laboral yo encaraba hacia arriba y protegía hacia abajo, no fui muy popular entre algunos de mis jefes.

Esto no obstante, siento admiración y respeto por quienes hayan brillado en Ciencia, Medicina, salud, arte, cultura o dedicación a sus semejantes, y ya sea en forma de sólo conocimientos o de logros prácticos. En esa lista tengo a Ghandi, Einstein, Flemming, Tesla, Churchill, Teresa de Calcula, Michelangelo, Leon Tolstoi, José Ortega y Gasset… por nombrar a sólo muy pocos.

Pero en esta lista no encuentro posición para Steve Jobs, como tampoco la encuentro para Bill Gates ni para Soros ni para Onassis ni para ninguno que haya dedicado su vida a hacer dinero sin que su trabajo haya aportado a la Humanidad algo más sustancial o trascendental que comodidades o facilidades materiales.

Cuando escuché el discurso pronunciado por Jobs en la Universidad de Stanford me pareció muy bueno, pero no puedo acreditarle los méritos de esa pieza oratoria, tal como lo han hecho los medios, porque acerca de discursos dados por personajes famosos aprendí bastante durante mi asignación en los HQ de IBM-A/FE (New York) en 1978.

Por tanto, cuando me garanticen que ese discurso fue realmente escrito por Jobs, le rendiré el tributo que, sin mayores averiguaciones, se le rinde desde que lo pronunció.

Muy poco o nada de lo que ha ganado para Steve Jobs (Apple), para Mark Zuckerberg (Facebook), para Jack Dorsey (Tweeter) y para otros, la fama de que gozan habría sido posible sin la internet, pero en honor de quienes inventaron esa maravillosa recnología, o la WWW (WorldWde Web), no he visto todavía ni el 1% de las alabanzas, películas incluidas, que le llueven a Jobes, Zukerberg, Dorsey y demás.

No es mi intención restar méritos a ninguno de ellos; sólo destacar la enorme desproporción entre lo que han hecho y las exaltaciones y alabanzas que por eso se les dedican.

Entiendo que los jóvenes devoradores de tecnologías  expresen por Jobs la devoción que han expresado, pero no la comparto.

Esos logros no me impresionan tanto como, por ejemplo, lo hecho por el personaje que protagonizó lo contado en el artículo que sigue por la  exIBMista Rebeca Perli , y publicado en el diario El Universal (Venezuela).

***

11 de octubre de 2011

El héroe ciclista

Rebeca Perli | El Universal

Gino Bartali fue un notable ciclista italiano nacido en julio de 1914 en el seno de una humilde familia. Su trabajo en un taller de reparación de bicicletas le valió la posesión de una de ellas, con la que recorrió los accidentados terrenos de la región.

A partir de 1935 comenzó a destacarse en el ciclismo profesional, y en 1938 ganó el Tour de France para Italia, entonces bajo el régimen fascista, lo cual, por una parte, complació a Mussolini y, por la otra, marcó a Bartali como deportista del régimen.

Durante 1943 y 1944, y a pesar de que, debido a la guerra, estaban prohibidas las competencias, Bartali continuó su entrenamiento recorriendo montañas y caminos escarpados con relativa tranquilidad dada su conocida afiliación política.

A lo largo de su vida obtuvo 91 victorias. Falleció en el año 2000 en su Toscana natal.

Un casual descubrimiento en el año 2003 reveló una faceta desconocida de Bartali: Sus recorridos de «entrenamiento» durante la II Guerra Mundial no tenían otro propósito que transportar en su bicicleta pasaportes falsificados que sirvieron de salvoconducto a judíos italianos refugiados en monasterios y conventos.

Así consta en documentos encontrados por los hijos de Giorgio Nissim, un judío de Pisa quien, con el apoyo de prelados de la Iglesia, coordinó una red clandestina de salvamento la cual evitó que más de 800 judíos fueran deportados a los campos de concentración nazi.

Bartali pertenecía a esta red y, arriesgando su vida en caso de ser detenido, se ocupó de transportar los documentos necesarios.

Gino Bartali, gloria del ciclismo, no sólo italiano sino universal, nunca hizo pública su hazaña, ni alardeó de su heroico comportamiento que merece en estas breves líneas un cálido homenaje.