[*Opino}– La razón y el instinto maternal

29-09-2015

Carlos M. Padrón

Varias veces he dicho aquí algo muy sabido: que los instintos son lo opuesto a la razón. Y que, como el maternal es el más fuerte de ellos, hay que tenerle miedo y mirar con cuidado a quienes lo ejercen: las mujeres.

Por si alguien alberga dudas al respecto, tal vez las diluya el artículo que copio abajo, que es el más completo que al respecto he encontrado, salvo porque trata de llamar razones a lo que no lo son.

La parte que más me impactó de ese artículo es la explicación de «por qué diablos las mujeres se siguen prestando a esta maldición bíblica», o sea, a la maternidad. Lo hacen porque la Naturaleza, que sólo está interesada en perpetuar la especie humana, se las ha ingeniado para que el poderosísimo instinto maternal haga parecer agradable lo que en realidad es el epítome del masoquismo.

Y ese desmedido e irrazonable interés de las madres por sus hijos pudiera ser justificable mientras éstos son indefensos bebés, pero cuando son adultos y se ganan la vida por sus propios medios, resulta aún casi más irrazonable, porque ahí no se ve por lado alguno el interés de la Naturaleza. Al contrario, se ve un apego que llega a ser enfermiza dependencia que puede llevar a las madres a tratar a esos hijos adultos como si fueran bebés.

¿Será éste otro síntoma de las nuevas generaciones? Pregunto porque en mis tiempos —mientras fui niño, adolescente y adulto joven— nunca lo vi, y, cuando lo veo ahora, simplemente me inspira una mezcla de miedo y lástima.

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28 de septiembre de 2015

Victoria Torres

La maternidad es una condena

Sólo me falta que me parta un rayo. Dios (yo también soy atea, es sólo una forma de hablar) me está castigando por las veces que miré con cara de desaprobación y de superioridad a una gorda tirar de un carrito de bebé con un gurruño de pelo a modo de moño, tres dedos de raíz y una vestimenta dictada a pachas entre un daltónico y un mono loco con una bomba atómica en las manos.  Y me decía para mí: “Es tener hijos, y mira cómo se abandonan”.

También me está castigando por la de veces que llamé a alguna amiga y, a la pregunta de “¿Qué tal estás?”, te soltaba una parrafada interminable sobre las eternas anginas de su hijo, parrafada que nunca escuchabas porque habías desconectado nada más empezar. Y pensabas: “Te he preguntado qué tal tú, nena; te estás olvidando de que existes, nunca pensé que serías de Ese Tipo de Madre”.

Y me castiga mucho, pero mucho mucho, por haber creído que lo del techo de cristal era un camelo y que mis compañeras de trabajo madres son todas unas flojas quejicas a las que se les cae el bolígrafo a la hora en punto, y sus hijos, son unos seres débiles que se enferman todo el rato. “Lo que pasa es que ahora tienen otra prioridad”, las censuraba mentalmente.

Pero, sobre todo, me castiga hasta límites insospechados por haber visto a mi amiga del alma dar el pecho a demanda a su hija meses y meses más allá de los tres de rigor, y haber sentido cómo me recorría el cuerpo un horror interno similar al bicho de «El grito» mientras contenía mis ganas de decirle: “Pero hija, que nos hemos criado juntas, que somos mujeres liberadas del siglo XXI, que no me puedo creer que seas tan antigua, que esto es una puta esclavitud…“.

Eso sí, jamás confesé nada de esto en voz alta. Y no lo hice porque intento ser respetuosa con las opciones vitales de los demás, por mucho que no las entienda ni las comparta. Allá cada uno con sus razones, allá cada uno con las mentiras que se cuenta o los embolados en los que se mete para tratar de sobrevivir. Y, sobre todo, porque pienso que hay algo importante que se me escapa, algo que no llego a comprender y que lo explica todo.

Pues bien, he tenido una epifanía de manual y AHORA LO ENTIENDO TODO, absolutamente todo. Entiendo las ojeras, entiendo el desaliño, entiendo las prisas, entiendo las prioridades (menuda expresión tramposa, ¿es que nadie entiende que no hay tribu ni abuelos ni nadie? ¿que si tú no recoges a tu hijo de la guardería se quedaría allí para siempre?), entiendo que rechacéis ascensos, que no tengáis vida social y que no podáis hablar de otra cosa, y hasta casi llego a entender que sólo «feisbuqueeis» [usar Facebook] sobre ellos, pero, por favor, con cariño os lo digo: vale ya de cansinismo. Vuestros hijos van a necesitar tres vidas para borrar todas las fotos vergonzantes que circulan de ellos.

La causa de este súbito ataque de comprensión y de empatía es que he sido madre de mellizos. Sí, de mellizos, y os agradezco que os ahorres el comentario (que si son naturales, que si no te aburres, que si son iguales, que si no se parecen en nada, que si me pasa a mí y me muero… Señora, ¿quién le ha preguntado?) y la compasión, porque sí, ser madre es una condena, y ser multimadre, un auténtico infierno.

Digámoslo claro de una vez: hemos estado tantos años postergando la maternidad y tenemos una imagen tan irreal e idealizada de ella que no nos atrevemos a reconocerlo. La maternidad no es como tú la pintas, Purificación Mascarell, es mucho peor. Hace año y medio que no salgo, no me relaciono con adultos, no viajo, no voy al cine, no leo libros, no entro en mis pantalones, no acudo la primera al último local de moda, no voy a exposiciones, no escucho conferencias, no paseo por la feria del libro, y no tengo tiempo ni de mirarme al espejo. Y, lo que es peor, que no duermo más de dos horas seguidas. Y sin cafeína, ni vino.

Sí, tienes toda la razón: ser madre consiste en renunciar a todo lo que eras antes y me temo que para siempre. Entonces ¿por qué diablos las mujeres se siguen prestando a esta maldición bíblica que arrasa con todo, con sus vidas, sus expectativas, su carrera laboral, su manicura y sus artículos plagados de citas culturetas que ya no tienen tiempo de escribir?

Ahí es donde te equivocas, porque tener hijos es la mayor condena, pero también la mayor de las bendiciones. No hay nada, ningún triunfo profesional, ningún congreso, tesis, libro o película, fiesta con amigos, «viaje desde Moscú hasta Pekín» o «ático con vistas espectaculares» que pueda compararse ni de lejos con la emoción verdaderamente íntima, única e irrepetible de ver a un niño probar el chocolate, andar o ver el mar por primera vez.

Después de una adolescencia y de una juventud estirada al máximo, llena de contradicciones y sinsabores, fracasos vitales y algunas pequeñas victorias, dramas emocionales y desengaños de todo tipo, en las que siempre te ha faltado algo para ser feliz, llega tu hijo a volver del revés tu mundo.

Cuando ves a tu hijo recién nacido salir de tu vientre, cuando te mira como si no hubiera nada más importante en el mundo, cuando aprende lo que es un beso y un abrazo, y te los da cuando menos te lo esperas, cuando te reconoces en él y ves que es un ser inteligente y lleno de ambición, curiosidad y energía, en esos momentos sientes que, por fin, todo encaja, que estás donde tienes que estar y que la felicidad, si es que existe, se parece mucho a esto.

Ésa es la clave, querida amiga, la verdadera verdad de las cosas. No es la pueril ilusión de ser madre porque nadie tiene ni puñetera idea de lo que realmente significa hasta que no le vomitan, en modo catarata del Niágara, dos veces encima y de madrugada (tienes que probarlo, es exquisitamente repugnante).

…/…

La razón de que la gente se siga embarcando en esta locura es, ni más ni menos, las altas dosis de felicidad que genera. La risa de un niño cualquiera es preciosa, pero la risa de tu niño te coge el corazón y te lo agita tan fuerte que piensas que te va a estallar de júbilo. Y no sólo dan felicidad sincera, gratis y a mansalva. Yo no me he drogado nunca, pero el nirvana que me embarga mientras amamanto a dúo a mis mellizos me resulta mucho mejor que la heroína, porque, de paso, no me mata.

Te aseguro que ver crecer a un bebé es mucho más interesante que toda la historia de la filosofía, la literatura y el arte juntas; y si es ver crecer a dos, y siendo además niño y niña, es realmente apasionante; siempre pensé que los roles de sexo eran una patraña, pero el nene da el biberón a la muñeca de una forma muy extraña, más cercana al asesinato que a la alimentación.

Viendo las estrategias que son capaces de desplegar para lograr sus objetivos, entiendo perfectamente que el hombre haya llegado a la Luna.

Y si hablamos de diversión, cualquier ocurrencia de mis bebés —y las tienen a cientos todos los días— es mejor, más real y más auténtica que todos los memes y vines juntos. Y eso que todavía no hablan ni entienden muy bien de qué les hablo cuando hago que el primer ministro húngaro sea el malo de todos los cuentos que invento. Tengo la suerte de disfrutar de una jornada continua que me permite pasar con ellos las tardes y jugar por toda la casa al escondite, enseñarles a meter la mano hasta el codo en harina, mancharse de barro y hacer todo tipo de gamberradas.

Sobre los motivos del padre, habría que preguntarle a él por qué quiso tenerlos a pesar de no sentir la «llamada de la selva» como él dice. Yo creo que es el mayor acto de amor que nadie ha tenido ni tendrá hacia mí. En un momento de agotamiento y agobio absoluto, le pregunté si se arrepentía y se enfadó, dado que ahora no se concibe sin los bebés. Nos peleamos más, es cierto, pero también nos reímos más: de los niños, con los niños, de las cosas que llegas a hacer con tal de que coman y, sobre todo, de las situaciones surrealistas e inimaginables en las que te ves envuelto.

Si me preguntas si merece la pena la renuncia, es que no has entendido nada. Mi ventaja es que yo ya he vivido tu vida y te digo que la mía ahora es mucho mejor. Por muchas veces que hayas visto «atacar naves en llamas más allá de Orión y Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser», nunca verás a tu hijo, entre atónito y fascinado, intentando atrapar con la mano el agua de la ducha. Ahora, mírate de verdad al espejo y piensa quién “se atonta y se amuerma, se vuelve prosaica y gris, envilece su mente y estanca su intelecto”.

Fuente

[*FP}– Satisfacciones que me depara este blog

Con fecha 16/07/2018 publiqué la reedición y corrección del texto de este post, con los nombres de quienes aparecen en la foto tomada en agosto de 1958, o sea, hace 60 años.

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28-09-2015

Carlos M. Padrón

Por lo que publiqué en el post La vitamina C y los resfriados, un visitante y lector me hizo, por comentario, esta pregunta: «Carlos, ¿y por qué si ese doctor es de El Paso no lo consultaste antes?«.

Le contesté que en otro post daría yo la respuesta, pues la tal pregunta me ha motivado a escribir ésteo para responderla, ya que en la respuesta está la explicación a lo de las satisfacciones que me depara este blog.

En el post Tiempos de Ayer, publicado el 06/08/2009 y en el que puse la canción de la que salió el título de mi novela, incluí esta foto:

con esta explicación, que ahora he pulido:

Esta foto fue tomada en la Cruz Grande (El Paso), frente a la entonces casa de Pepe “el Sirio”, el 21-02-1960, cuando, viviendo yo en Santa Cruz de Tenerife, vine a El Paso a pasar la Navidad con mis padres y hermanas.

Creo que, salvo los dos caballeros sentados al fondo, las demás personas que aparecemos en esta foto vivimos aún, aunque yo sólo conozca a dos o tres de los niños que en ella me acompañan.

Uno de ellos —el que está con el balón….— consiguió en este blog mi dirección, me contactó por e-mail y me envió esta misma foto que, aunque tal vez él no lo recuerde, llegó a sus manos porque fue tomada con mi cámara y, de vuelta yo en Santa Cruz de Tenerife, hice varias copias que mandé a mis hermanas en El Paso para que dieran una copia a cada uno de los muchachos que aparecen en la foto y que vivían cerca de nosotros».

Pues bien, ese niño que está con el balón se convirtió con el tiempo en el Dr. José Antonio Rodríguez, el que me indicó el tratamiento que, al menos por nueve meses, me ha mantenido libre de resfriados: todo un record en los últimos 30 años de mi vida.

Al comienzo del artículo del artículo Mi llegada a la computación y a IBM escribí esto:

«Hay hechos en mi vida que, cuando hago retrospectiva, me producen una mezcla de desasosiego, amargura y frustración al caer en cuenta de que nunca más he sabido de las personas que en ellos pasaron por mi existencia, pero que, como si de objetos celestes lanzados a gran velocidad se tratara, me rozaron y desviaron mi trayectoria de forma drástica e irreversible. Me parece injusto el no contar con un medio que me permita volver a ver a esas personas, bien sea para darles las gracias o para hacerles saber cómo influyeron en el curso de mi vida».

Y lo que me ha ocurrido con el Dr. José Antonio Rodríguez es uno de tales hechos, pues ¿a mis 19 años, pensaría yo que 57 años después ese niño, dado a jugar con balones, haría esto por mí?

Lo hizo, y nuestro contacto fue gracias a este blog.

Y hay más. El Dr. Rodríguez conoció a Carmensa, la protagonista de la historia que conté en el post sobre mi primer amor, pues en Santa Cruz de Tenerife vivió él en la misma calle en que vivió ella.

¿Habría ocurrido o sabido yo todo esto si yo no le hubiera mandado las fotos a mis hermanas? Seguramente no. Estas coincidencias, que no casualidades, me fascinan; ¡lástima que haya que envejecer para vivirlas!.

Este pasado agosto, para poder localizar y reconocer en El Paso al Dr. Rodríguez —que desde Granada fue hasta allá para las fiestas de la Bajada de la Virgen del Pino—, y agradecerle personalmente, usé esta foto en la que aparece él cargando en brazos a su lindo nieto Javier, pues ya el niño de 1958 es abuelo:

Como dije: satisfacciones que me depara este blog.

[*Opino}– Lo que pasaría si, por suerte, desapareciera Facebook

25-09-2015

Carlos M. Padrón

Creo que quien escribió el artículo que copio abajo piensa de Facebook lo mismo que pienso yo: que, en los más de los casos, se usa para frivolidades, para dar soporte a la indolencia, para exhibicionismo, etc.

En fin, para cosas que poco tienen de beneficiosas y creativas.

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25/09/2015

Siete horribles cosas que pasarían si Facebook desapareciese

El pasado 24 de septiembre, esta red social dejó sin servico a más de un millón de usuarios. ¿Qué sucedería si hubiese sido perpetuo?

En la tarde de ayer, Facebook dio un buen susto a más de un usuario (concretamente, a 1.500 millones) cuando un mensaje de «error» apareció en las pantallas de sus computadores informándoles de que el servicio se había detenido temporalmente.

Los cortes de conexión, que también afectaron a Instagram, se sucedieron durante toda la jornada y derivaron en el escándalo general en la Red. Y todo, por menos de 20 minutos. Después de ello, la web «LADbible» ha querido plantearse cómo afectaría al mundo que esta página desapareciese de la faz de la Tierra de un día para otro, y ha elaborado un curioso ranking sobre las consecuencias que podría traer. Cada una, más alocada que la anterior.

1- Nunca sabríamos cuando nuestra relación es oficial.

Según esta página Web, la época en la que la pareja corroboraba mediante la palabra si ya eran novios o no ha quedado totalmente desfasada. Ahora, por el contrario, los «tortolitos» prefieren dirimirlo a través de Facebook cambiando su estado. ¿Qué sucedería si la red social cerrara? Muchos chicos y chicas no sabrían que tienen novio.

2- Aumentaría la obesidad.

¿Qué sería de los gimnasios si no pudiésemos subir nuestras instantáneas a Facebook demostrando que estamos haciendo pesas y corriendo en la cinta? Según «LADbible», probablemente desaparecerían. Por ello, mucha gente no quemaría esos kilitos de más que se adquieren delante del computador y subiría radicalmente de peso.

3- No sabríamos cuando es el cumpleaños de nadie.

Seamos serios. A día de hoy Facebook nos permite estar al tanto de fechas importantes como los cumpleaños de nuestra pareja y amigos. Por ello, si esta red social cerrase, probablemente también habría muchas más peleas entre novios e, incluso, habría que apuntar las fechas en una libreta. Algo que para muchos es del siglo pasado.

4- Volveríamos a tener que hablar cara a cara con otras personas.

En los últimos años, cada vez es más habitual que el tiempo libre del que disponemos lo pasemos en casa hablando con nuestros amigos a través de Facebook. Así pues, si esta red social terminase cerrada, nos veríamos obligados a volver a coger el teléfono.

5- Los acosadores volverían a mirar a través de las ventanas.

En toda relación suele existir un tiempo en el que la persona a la que han dejado entra de forma obsesiva en la página de Facebook de su antigua pareja para saber qué es de ella. Según «LADbible», si la red social cerrase, estos acosadores volverían a tener que colgarse de los árboles para ver a sus «ex» a través de las ventanas.

6- Volvería Myspace.

Aquéllos con algunas primaveras a sus espaldas recordarán los años en los que la gente entraba en Myspace, una red social que decayó radicalmente cuando nació Facebook. A día de hoy, es probable que sus creadores fueran los únicos contentos por la eliminación repentina de la competencia.

7- Se terminaría con el activismo.

En palabras de esta página, todos aquéllos que luchan por la Naturaleza y los derechos de los animales tendrían que exponer sus ideas mediante cartas escritas a mano, por lo que no serían tan insistentes.

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[*Opino}– Acerca de la vitamina C la A y los resfriados

23-09-2015

Carlos M. Padrón

Antes de pasar a comentar el contenido del artículo que copio abajo, debo destacar una observación de mi cosecha.

Eso de llamar zumo a lo que es jugo, me cae sólo un poco menos mal que lo de llamar ordenador a lo que es un computador. Al igual que por este medio he preguntado por qué en España no dicen ambiente ordenacional o superordenación, sino ambiente computacional y supercomputación, pregunto ahora: ¿alguien ha escuchado decir naranjas zumosas? Aunque la palabra está en el DRAE, llegado el caso se dice jugosas.

Y ahora sí voy con lo de la vitamina C.

Hace unos 30 años comencé a contraer un resfriado cada vez que me exponía a un cambio fuerte de ambiente caluroso a ambiente frío, y por eso, y a medida que esa para mí alergia empeoraba, comencé a andar con chaqueta todo el tiempo, aunque hiciera calor.

Creo que no fueron menos de 10 los médicos, algunos especialistas, a los que consulté al respecto, pero ninguno me dio solución satisfactoria. Uno —aunque parezca increíble— me dijo que consultara con un homeópata, cosa que yo había ya hecho, sin resultado positivo, en 1990, pero que, ante este consejo autorizado, repetí en 2013, con iguales resultados.

Salvo un caso muy claro en que el resfriado me comenzó inmediatamente después de haber sufrido yo un disgusto porque, estando en El Paso, se rompió el disco duro externo donde yo había llevado todos los archivos para usar en la computadora, los episodios de resfriado comenzaban por cosquilleos en la nariz y picor en la garganta, y lo único que me funcionó para detenerlos y que no llegaran al resfriado fue tomar una pastilla de Talzic (un antialérgico) o de AirBorne (un complejo vitamínico); a veces, y dependiendo de lo fuerte de los síntomas, tomaba yo ambos. Y desde hace años llevo siempre conmigo Talzic, por si acaso.

Era casi irritante que cuando yo recurría a esos remedios y luego seguía en lo mío, aproximadamente una hora después reparaba, asombrado, en que los síntomas habían desaparecido como por arte de magia.

A comienzos del pasado año 2014 descubrí que a veces despertaba yo ya resfriado, y que esos síntomas se presentaban siempre cuando me sentaba el sofá que en casa usamos para ponernos a ver TV.

¿Había algo en común entre esos episodios?

Después de mucho analizar concluí que podría ser la diferencia de temperatura entre pecho y espalda, pues cuando yo despertaba resfriado notaba que la temperatura estaba más baja de lo común, y cuando me sentaba en el sofá, poco a poco mi espalda iba calentándose mientras que, con el aire que entraba por la ventaba, mi pecho iba enfriándose.

Probé a poner una tabla entre mi espalda y el sofá, y los síntomas no se presentaron más. Pero, ¿cómo detenerlos mientras yo dormía?

En enero de este año 2015, por e-mail expuse el caso al Dr. José Antonio Rodríguez, médico paisano mío que reside en España. Luego de varios mensajes, me dijo que seguramente mi sistema inmune no estaba bien; que tomara cada día 1.000 mg de vitamina C, y que, a meses alternos, tomara, durante los 10 primeros días de cada uno de ellos, 50.000 unidades de vitamina A, pero no más.

Como yo apenas había salido de uno de esos resfriados que me había dado a finales de diciembre de 2014, a finales de enero de 2015 comencé con los 1.000 mg de vitamina C, y el 1° de febrero comencé a tomar, cada día y hasta el día 10, las 50.000 unidades de vitamina A (que repetí en abril, junio, y agosto).

Pocos días después dejé de usar la tabla entre mi espalda y el sofá, y casi no se presentaron los síntomas que antes sí aparecían, aunque no desaparecieron del todo. Ante esto, opté por subir a 1.500 mg la dosis de vitamina C y, para mi muy grata sorpresa, esos síntomas no se presentaron más.

La mejora ha sido hasta el punto de que en el viaje del pasado agosto a Canarias pude andar en la calle en mangas de camisa sin que nada me pasara, algo que hacía años que no podía hacer sin arriesgarme al resfriado. También me ha ayudado el ducharme con agua a temperatura ambiente, cosa que hago cada mañana apenas dejar la cama.

Según el artículo de abajo, la vitamina C no ayuda en nada contra el resfriado, pero ese mismo artículo dice que el consumo de vitamina C «tiene un indiscutible efecto desestresante, ya que actúa sobre la respuesta de la glándula adrenal al estrés, reduciendo los niveles sanguíneos de cortisol, la hormona que fabricamos en situaciones de emergencia y que, producida de forma crónica, puede anular nuestras defensas y exponernos a todo tipo de enfermedades».

Pues bien, el estrés ha sido para mí una constante desde poco menos de hace 30 años, y en 2004 arreció hasta el punto de que mis médicos me pusieron bajo tratamiento para reducir sus perniciosos efectos. Y el disgusto por la rotura del disco duro simplemente me disparó el estrés, bajó mis defensas y, de golpe, apareció el resfriado.

En conclusión, y al menos en mi caso, tal vez la vitamina C no me ayude a combatir el resfriado si ya lo tengo, pero sí me ayuda a evitarlo. Es más, he batido un récord: el último resfriado que me dio fue, como dije, a finales de diciembre de 2014, o sea, que hace NUEVE (9) meses que no he vuelto a padecer algo que en el pasado llegó a afectarme hasta dos veces al mes.

Aunque ya di personalmente las gracias al Dr. José Antonio Rodríguez, se las doy de nuevo por este medio, y espero que lo que él me recomendó sirva de ayuda a alguien.

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22 SEP 2015

Elena Sanz

Para qué sirve realmente la vitamina C (y para qué no)

Si se pregunta si bebiendo zumos1 de naranja o tomando suplementos de vitamina C podría evitar coger un resfriado o contraer la gripe este invierno, la respuesta es rotundamente que no.

Que este falso mito esté tan extendido se lo debemos al doble Premio Nobel de Química y de la Paz Linus Pauling, que en los años 70 del pasado siglo publicó un libro titulado «La vitamina C» y el resfriado común, en el que defendía que unas altas dosis de esta sustancia, concretamente 3.000 miligramos al día —50 veces la actual cantidad diaria recomendada (CDR)— evitaban la bronquitis, la alergia, la fiebre, la neumonía y los resfriados.

Sin embargo, los 29 estudios científicos que se han realizado desde entonces hasta hoy tratando de confirmar estas propiedades de la vitamina C han llegado a la conclusión de que esta molécula no le hace ni cosquillas ni al virus del resfriado ni al de la gripe. Es decir, ni acorta la duración de las infecciones del tracto respiratorio superior ni reduce sus síntomas.

Sólo se ha encontrado una excepción: a los corredores de maratones y los esquiadores, sometidos a un ejercicio físico intenso durante un período breve, beber un vaso de zumo1 de naranja (200 mililitros) les supone disminuir hasta un 50% el riesgo de constiparse, tal y como concluía una revisión de estudios sobre la vitamina C publicada recientemente en la revista The Cochrane Library. En el resto de la población, tomar vitamina C para reducir los resfriados no tiene ningún sentido.

No obstante, y a pesar de su ineficacia como anticatarral, la vitamina C se puede considerar saludable por otros motivos.

Samuel Campbell, biólogo de la Universidad de Alabama (EEUU), ha comprobado que su consumo tiene un indiscutible efecto desestresante, ya que actúa sobre la respuesta de la glándula adrenal al estrés, reduciendo los niveles sanguíneos de cortisol, la hormona que fabricamos en situaciones de emergencia y que, producida de forma crónica, puede anular nuestras defensas y exponernos a todo tipo de enfermedades.

A la vista de sus hallazgos, Campbell postula que nuestros ancestros tenían una dieta tropical rica en frutas que les aportaba una dosis muy alta de vitamina C. Y defiende que «la constitución fisiológica que hemos heredado podría hacer que, para mantenernos sanos en un entorno cambiante y estresante, necesitemos dosis de vitamina C mucho más elevadas de las que figuran en las cantidades diarias recomendadas (CDR)», que legisla cada país basándose en recomendaciones generales de la FAO y la OMS. En el caso de la vitamina C, en España la dosis diaria recomendada actualmente es de 80 miligramos.

Otra idea errónea que circula acerca de la vitamina C es que la naranja es la fruta más rica en este micronutriente. Pero lo cierto es que, mientras que una pieza de este cítrico aporta 69 miligramos de vitamina C, un solo tazón de fresas contiene 84,7 miligramos, una pieza de mango aporta 122,3 miligramos, media taza de pimientos chile 107,8 miligramos, y un pimiento rojo en torno a 190 miligramos.

Si usted es hipertenso, el consumo de vitamina C también puede beneficiarle. Científicos del Instituto Linus Pauling, de la Universidad Estatal de Oregón, han demostrado que un suplemento diario de 500 miligramos de vitamina C reduce la presión arterial en pacientes hipertensos. Concretamente, en los ensayos se redujo la presión diastólica y sistólica —mínima y máxima— en un 9%.

«Esto aporta un modo relativamente sencillo de mantener la presión arterial de estos pacientes en niveles adecuados sin los altos costos ni los posibles efectos secundarios negativos de la mayoría de fármacos», explica el investigador Baiz Frei, que publicaba sus conclusiones en American Journal of Nutrition.

La vitamina C parece ser, asimismo, un buen aliado en la lucha contra el cáncer. El oncólogo Chi Dang, de la Universidad Johns Hopkins, demostró hace unos años que, por su efecto antioxidante, esta molécula bloquea la proteína HIF-1, que es la que permite que, cuando falta oxígeno, las células cancerígenas puedan seguir usándolo convirtiendo el azúcar en energía. En otras palabras, «el consumo de esta molécula detiene los tumores, los deja sin fuerzas e impide que crezcan», tal y como explicaba Chang en la revista especializada Cancer Cell.

Lo que también ha confirmado la Ciencia es que la vitamina C es beneficiosa para la piel. En concreto, un estudio reciente de la Universidad de Leicester demostró que contribuye a la curación de las heridas en la piel, y evita que el ADN de las células de ella se dañe, por ejemplo cuando se exponen a demasiada radiación ultravioleta procedente del sol.

«La vitamina C favorece la cicatrización estimulando a los fibroblastos para que se dividan y acudan al área dañada, además de aumentar su capacidad de reparar mutaciones en el material genético», especifica Tiago Diarte, coautor del trabajo.

A esto se le suma que ingerir un suplemento diario de vitamina C resulta tan beneficioso para el sistema cardiovascular como practicar deporte asiduamente, de acuerdo con un nuevo estudio de la Universidad de Colorado (EEUU). Según los autores de la investigación, los vasos sanguíneos de las personas obesas tienen una elevada actividad de la endotelina 1 (ET-1), una proteína que hace que las venas y arterias se contraigan más y respondan peor a la demanda de sangre, lo que aumenta el riesgo de sufrir infartos e ictus.

Desde hace tiempo se sabe que el ejercicio físico rutinario reduce la actividad vasoconstrictora de la ET-1, pero, incluso si los pacientes se resisten a abandonar su vida sedentaria, hay una alternativa igual de eficaz, que consiste en ingerir 500 miligramos de vitamina C cada día. Dicho en otros términos, una buena carrera protege el corazón tanto como beber un litro diario de zumo* de naranja.

Fuente

[*Opino}– Totalmente de acuerdo con estas opiniones de Pérez-Reverte

22-09-15

Carlos M. Padrón

Sí, del artículo que copio abajo, que es de una entrevista hecha a Arturo Pérez-Reverte, quiero destacar los pasajes en los que, según ya he dicho, coincido con él, coincidencia que me llena de satisfacción porque Pérez-Reverte tiene un nivel al que yo ni de lejos llego.

  • El desprecio por lo políticamente correcto.
  • Lo de que en este mundo lo peor es la estupidez. También, a su manera, lo dijo Einstein.
  • «De nada vale una urna si el que vota es analfabeto». Es la debilidad que, en mi opinión, tiene la democracia actual: que el voto de un analfabeto vale igual que el de un ilustrado.
  • «Las redes sociales son un bar de analfabetos». Ya dije AQUÍ que, para mí, aparte de la utilidad que a veces prestan las redes sociales, Facebook —y posiblemente también otras redes sociales— es un sitio para la chismografía cuyos adeptos (¿o adictos?) parecen padecer de deseos de figuración y de ostentación social con ribetes de narcisismo.
  • El problema de la Educación actual es que se ha dejado de lado la búsqueda y cuidado de la excelencia, y lo que se busca es «igualar por debajo», o sea, «machacar al brillante por ser brillante, para igualarlo al mediocre».
  • Y, en cuanto a las fotos, ya expresé AQUÍ mi opinión.

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22/09/2015

Pedro Simón

Entrevista con Arturo Pérez-Reverte: ‘En España, desgraciadamente, la palabra ha dejado de ser peligrosa’

Vive en un batiscafo abisal de sables y libros, luce ese escepticismo del que lo ha visto casi todo con una libreta en la mano y, de cuando en cuando, emerge de las profundidades para hacer apnea de sí mismo.

Y dice que «Envejecer significa dejar de ser cosas que has sido. Cuando me viene esa sensación de que estoy dejando de ser lo que he sido, me voy a navegar».

—¿Por qué?

—Porque navegar no es estar tomando el sol en Formentera. Es mal tiempo, temporales, tratar de no perder el barco, de no perderte tú.

De Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) nos habían dicho que es un corsario difícil, que en los duelos dispara antes de contar 10. Como en la vida, casi nada es verdad.

—¿Prefieres respuestas largas o cortas?

—Como tú quieras, Arturo.

—Bueno, procuraré hacértelo lo más fácil que pueda. ‘Hombres buenos’ es un homenaje a la razón. ¿Quedan hombres de aquellos hoy en día?

—Claro que quedan. Lo que pasa es que las elites intelectuales, que son las que siempre han marcado el camino en el mundo ilustrado, cada vez están más asfixiadas por lo políticamente correcto, por la injerencia de los políticos en territorios culturales que no son los suyos ni los conocen.

Digamos que la voz de los hombres buenos cada vez está más apagada y se escucha menos. De todas formas, el hombre bueno por excelencia es el maestro. Es el que ilumina a los jóvenes, el que abre el camino. De ellos depende el futuro.

—Según Rafael Chirbes, los malos siempre ganan. Y, entre los malos, el peor de todos.

—Chirbes era un hombre bueno; y tenía razón: casi siempre gana el peor. El malo no tiene ningún escrúpulo a la hora de utilizar las herramientas de la maldad, mientras que el bueno tiene líneas rojas que no pasa. Y si, además, unes la ignorancia, y la osadía que da la ignorancia…

A veces oyes hablar a un político y te dices: «Madre, ¿cómo este tío, que no sabe hilar sujeto, verbo y predicado, que no tiene no ya un discurso intelectual normal, sino un discurso sintáctico normal, se atreve a pretender orientar la vida de los demás?». Cuanto más preparado estás, más prudente eres, porque sabes que el mundo está plagado de minas.

—El Premio Columnistas del Mundo trata de honrar la memoria de José Luis López de Lacalle, asesinado por ETA, y otros compañeros. ¿Tan peligrosas son las palabras?

—En España, la palabra, desgraciadamente, está dejando de ser peligrosa; hablo de la palabra como arma, como el arma de aquél que no quería otra arma. Es un arma que ha sido eficaz durante 3.000 años; el arma más afilada que la espada. En un tiempo como éste, la palabra ha sido tan devaluada que ha sido sustituida por la imagen. Ha perdido influencia, vigor, eficacia. La gente buena todavía acude a donde están las palabras, pero la gente estúpida, la gran masa, acude a la imagen.

—Tus columnas son arcabuzazos.

—Son duras. Hay gente que piensa que yo soy así, pero es que esas columnas tienen un objetivo: que sean eficaces. Vivimos en un país en el que, si no le pateas el hígado a la gente, ésta no se da por aludida, y esa brutalidad es necesaria. Yo no soy brutal en mi vida normal, pero la columna es otra cosa. Ahí acudo a la brutalidad, al insulto, a la violencia, porque sé muy bien que, si no pateas la cara de algunas personas, esa columna pasaría inadvertida.

—¿A dónde toca disparar ahora?

—A la ignorancia, a la estupidez. No te voy a decir nada nuevo.

—Bueno, yo tampoco te voy a preguntar nada nuevo.

—Mira, durante mucho tiempo pensé que lo peor del mundo era la maldad, pero no. Con la edad, te haces más lúcido, adiestras la mirada: lo peor es la estupidez, son peores los estúpidos que los malos. El estúpido siempre hace más daño que el malo, por acción o por omisión; por líder estúpido o por masa borreguera. Un personaje de mi novela dice: «Sin esclavos no habría tiranos; sin borregos no habría lobos». Todo aquel impulso social que no está guiado por la razón termina siendo pernicioso. Ya lo he dicho: de nada vale una urna si el que vota es analfabeto.´

—Decía Enrique Meneses que el periodista tiene que tratar de forma suave a los débiles, y de forma fuerte a los fuertes.

—Depende. Hay débiles que necesitan una conmoción. Hay gente cuya debilidad les hace cobardes, cómplices pasivos de las grandes líneas de los malos. Ellos necesitan situaciones que los conmuevan. Cuando el débil se ve arropado por la masa se comporta como la masa, el débil no está indefenso, tiene unas derivas muy peligrosas. Por eso cuando se combate el mal no sólo hay que ir contra los que gritan, sino también contra los que están callados.

—¿Añoras algo del Pérez-Reverte reportero?

—Añoro la juventud, el poder estar tres días sin comer, una semana sin dormir, el caminar por el desierto todo un día, y por la noche dormir como un bendito. Fueron 21 años. No fue un paseo, fue lo bastante intenso como para colmarlo.

—¿Estás cansado de algo del Pérez-Reverte escritor?

—No. Yo ahora tengo una responsabilidad: los lectores, y en 40 países. Sé que mi trabajo va a ser visto por mucha gente. Te das cuenta de que no puedes gustarle a todo el mundo. Vivir es elegir. Y elegir es tener amigos y enemigos, moverte, ir decantándote.

—¿Crees que la velocidad que demanda lo digital está envileciendo el periodismo o lo está haciendo mejor?

—El periodismo ha cambiado. Yo era reportero. Me iba seis meses a Eritrea y mi reportaje iba en primera página. Ahora tardo cinco minutos en transmitir, y lo que dices no vale una mierda porque lo ha dado todo el mundo, hasta tu vecino con internet. Ahora la inmediatez es fundamental. Lo malo es que la inmediatez provoca una serie de reacciones de gente no periodista, de ruido, que sofocan al profesional.

En ese sentido, el periodismo ha dejado de ser un ejercicio profesional de tíos preparados, formados para ello o con talento, en el cual las voces eran autorizadas, para convertirse en una especie de competición para ver quién da más, más fuerte, más rápido. El periodismo ha dejado de ser un polo de referencia, y ahora es un foro de debate; esto es muy distinto. El periodismo sereno, analítico, informativo, riguroso que se hacía antes ha quedado sumergido. El periodismo serio está condicionado por lo otro, por lo que digan las redes.

—La gente escribe más, pero lo hace bastante peor. Te hablo del teléfono celular, de WhatsApp y hasta de Twitter.

—Se escribe mal por muchas razones. La gente no lee, ve analfabetos hablando por televisión, y luego escribe antes de pensar. Todo eso redunda en un despojo: las redes sociales son un bar de analfabetos. Vargas Llosa dice algo, y uno suelta: «Vargas Llosa no tiene ni puta idea». En su perfil, ese uno se define como ‘Libertario, tengo 18 años y me gusta el rock…’. Y el tío se atreve a criticar a Vargas Llosa, creyendo de verdad que las redes sociales lo igualan. Cuantos más hombres buenos haya, el desastre será menor, pero el desastre es inevitable. Por eso son importantes los combates de retaguardia. Los últimos soldados que defienden la trinchera.

—¿Se puede hacer un novelón con el tema catalán?

—Es demasiado mediocre. Hay temas sórdidos, y éste es uno de ellos.

—¿Qué personaje es el presidente Rajoy?

—[Largo silencio]. ¿Has venido aquí para fastidiarme?

—En efecto [Nos reímos los dos]. En un país con 2.000 imputados por corrupción y casi 200 causas abiertas, ¿cómo se explica esta paz?

—Porque no se han dado cuenta. La gente no quiere mirar. No es la economía nada más, es todo. Es el sistema de vida de los últimos 50 años. Es lo que está cayéndose. En cuanto la crisis ha dejado de apretar, la gente ha vuelto a hacer lo de antes: a entramparse con una hipoteca, a gastarse lo que no tiene por un viaje a Cancún, a hacer lo mismo. Me incluyo yo también.

—Me gustaría que recomendaras un clásico rabiosamente moderno.

—Recomendaría dos autores: Galdós y Valle-Inclán. Sus lecturas ayudarían a entender por qué estamos como estamos.

—En las elecciones generales, ¿te gustaría que ganara uno o que perdieran todos?

—[Hasta 20 segundos de silencio. Pérez-Reverte medita mucho la respuesta] No voy a contestar a esa pregunta.

—¿El problema de la educación se llama sistema educativo?

—El problema de la educación en España se llama políticos analfabetos. Que en vez de elevarse ellos hasta el nivel de la cultura hayan rebajado la cultura hasta su mediocre nivel. Hay un error enorme: el desprecio a las elites intelectuales. Se han empeñado en decir que todos los niños son iguales en el colegio, y eso no es verdad. Todos han de tener las mismas oportunidades, eso sí, pero no son iguales. Lo que están haciendo es machacar al brillante por ser brillante para igualarlo al mediocre. Es un sistema hecho para machacar el futuro. España es un país enfermo, histórica y culturalmente.

—Sólo una última cosa. ¿Por qué te joden tanto las fotos?

—Nunca me han gustado; las detesto. Y, para mi desgracia, me veo obligado cada poco tiempo a tener que someterme a ellas.

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[*Opino}—De la relación entre el sol y la intolerancia a la leche

20 SEP 2015

Carlos M. Padrón

Según el artículo que copio abajo, es posible que el hecho de que los nórdicos tengan más tolerancia a los lácteos que otros pueblos del planeta se deba a que, como en los países nórdicos es menor la radiación ultravioleta —y no reciben del Sol la vitamina D que sí reciben las gentes de otros pueblos—, «habría existido [en los países nórdicos] una mayor presión selectiva a favor de los individuos que pudiesen consumir leche».

Si algo hay en Canarias es sol, que brilla casi la totalidad de los días del año, y, en mis tiempos, y en todos los anteriores, los niños y adultos recibíamos sol quisiéramos o no y, por tanto, cabe suponer que por ese medio recibíamos más que suficiente vitamina D. Sin embargo, y al menos en los pueblos donde primaba lo agropecuario, que eran los más, todos bebíamos leche, de vaca o de cabra, a menudo dos veces al día —en el desayuno y en la cena— y durante todo el año, y no supe o vi que le hiciera daño a nadie conocido, u oí que se comentara que le hiciera daño a otras personas.

Lo de la existencia de la intolerancia a la lactosa lo supe estando yo ya en Venezuela.

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20 SEP 2015

Daniel Mediavilla 

¿Cómo empezamos a beber leche?

Hace 10.000 años, nuestra relación con la leche era similar a la de otros mamíferos. Este rico alimento debía alimentar durante sus primeros años de vida a las crías hasta que éstas fuesen más o menos independientes de la madre. Después, los niños abandonaban el pecho para comer, como el resto de la tribu, y dejar libre el pecho para nuevos bebés.

Para asegurar que eso sucediese y los mayores no se quedasen enganchados a las mamas, la evolución favoreció el apagón del gen que produce la lactasa, la enzima intestinal que permite digerir la lactosa, el principal nutriente de la leche. A partir de ese momento, beber leche suponía ganarse un dolor de estómago o incluso una peligrosa diarrea.

Pero, al final de la última glaciación, los humanos habían decidido comer la fruta del árbol prohibido, aventurarse fuera del paraíso y empezar a jugar con las reglas de la madre Naturaleza. Poco a poco fueron seleccionando los animales más dóciles para comer su carne, utilizar su piel o, al cabo de un tiempo, aprovechar su leche.

Aunque el organismo de aquellas personas aún no podía digerir aquel alimento para crías, se dieron cuenta de que, cuando se fermentaba para convertirse en yogur o queso, mantenía sus propiedades nutritivas sin producir problemas digestivos.

En esas poblaciones de ganaderos apareció una mutación que parecía enmendar la plana a la Naturaleza. Los individuos de aquellas poblaciones recuperaron la capacidad para digerir la leche durante toda su vida, y con tal capacidad lograron acceso a un alimento nutritivo que les podría salvar el pellejo cuando otros recursos escaseasen.

Hoy, alrededor de un tercio de la población mundial es tolerante a la lactosa. La gran mayoría son europeos o tienen ancestros de este continente, aunque también hay algunas regiones, en África y Oriente Medio, en las que se produjo, de forma independiente, la mutación que hace posible digerir la leche.

En un principio se pensó que aquella transformación, que podría haber incrementado hasta en un 19% el número de descendientes de los poseedores de la variante genética, se había expandido a toda velocidad por Europa. Aquellos mutantes habrían desplazado a las tribus de cazadores recolectores que ocupaban el continente, convirtiéndose en los ancestros de los europeos actuales.

Sin embargo, pese a la gran ventaja evolutiva de poder beber leche, el cambio está muy lejos de ser universal y tardó en aparecer. En el norte del continente, la mutación tuvo mucho más éxito que en el sur, y hay regiones de Europa, como España, donde, pese tener animales domesticados, hace tan sólo 3.800 años la tolerancia a la lactosa aún no se había desarrollado.

Mark Thomas, investigador del University College London y uno de los principales expertos del mundo en la materia, reconoce que, por ahora, sólo tienen algunas hipótesis y muchas incógnitas por resolver antes de entender por qué tantos adultos mantienen la tolerancia a la leche.

Una de las posibilidades que ha puesto a prueba es la hipótesis de la asimilación del calcio. Para que nuestro cuerpo pueda aprovechar este importante mineral, es necesaria la vitamina D, y la principal fuente de vitamina D es el Sol. Esto explicaría por qué en los países del norte del continente, donde la radiación ultravioleta es menor, habría existido una mayor presión selectiva a favor de los individuos que pudiesen consumir leche y, con ella, el calcio y la vitamina D que ésta contiene.

Esta posibilidad se probó con individuos del yacimiento del Portalón, en Atapuerca (Burgos). Allí se recogió ADN de ocho individuos de hace 3.800 años que se dedicaban al pastoreo y, se supone, incluirían derivados lácteos en su dieta, pero ninguno de ellos tenía la variante genética que permite beber leche.

En principio, como recuerda Thomas, el resultado no es sorprendente. En España, y en otras regiones donde apareció la tolerancia a la lactosa de manera independiente, como África Occidental, la radiación solar es suficiente para que los humanos produzcan la vitamina D que necesitan. En esos casos, la presión selectiva debió ser distinta.

“Cuando estudiamos a aquellos individuos de una época en la que podían llevar varios miles de años trabajando con animales domesticados y utilizando lácteos, cabría pensar que ya serían tolerantes a la lactosa, pero no lo eran”, dice José Miguel Carretero, investigador de la Universidad de Burgos y miembro del equipo de Atapuerca. Sin embargo, la tolerancia a la lactosa de los españoles es del 40%, y se ha comprobado que se produjo en el mismo territorio, y que no se debe a la llegada de poblaciones del norte. En ese caso, Carretero menciona que “la hambruna podría ser el factor que favoreció una selección natural más rápida y más fuerte” para llegar a tanta gente en tan poco tiempo.

Para averiguar cuál fue el momento en que se produjo el cambio y dónde, Thomas señala que será necesario hacer más análisis de ADN antiguo por todo el continente para tener una imagen amplia de los cambios en el espacio y el tiempo. La información se podrá utilizar para reconstruir la historia del neolítico en Europa, y explicar cómo acabó el dominio de las tribus nómadas que se dedicaban a cazar y recolectar lo que la naturaleza ponía a su alcance para dejar sitio a pueblos que dejaron de vagar para trabajar la Tierra, pastorear animales y sufrir y gozar de la civilización.

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[*Drog}– La Naturaleza y el drogamor

16-09-2015

Carlos M. Padrón

En realidad, del artículo que copio abajo no me convence que los resultados de un estudio hecho con los pinzones cebra, que son aves, sean aplicables a humanos, pero no deja de llamar mi atención que tales resultados concluyan —como ya dijo antes Helen Fischer— que los emparejamientos por drogamor son un recurso de la Naturaleza para «garantizar que, durante la larga fase de dependencia de los hijos, éstos obtendrán el apoyo de sus padres».

O sea, que, como ya he dicho aquí varias veces, se demuestra una vez más que a la Naturaleza no le interesa nuestra felicidad, sino perpetuar la especie humana.

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14/09/2015

Pilar Quijada

¿Por qué la evolución ha favorecido el emparejamiento por amor?

Aunque pueda sorprendernos, la idea de emparejarse por amor es un “invento” relativamente reciente, al menos en nuestra especie.

Hoy nos parece normal, pero en el pasado muchos matrimonios se hacían por conveniencia, como explica la historiadora Stephanie Coontz en su libro «Historia del matrimonio». Surgido inicialmente como un contrato o alianza entre grupos (clanes, familias y linajes), más que entre una pareja, la «revolucionaria» idea de casarse por amor no se impuso hasta el siglo XVIII.

Sin embargo, hoy en día, los humanos somos extremadamente exigentes cuando se trata de emparejarnos. Una exigencia que ha ido “in crescendo” a medida que las mujeres han adquirido independencia económica para rechazar casarse si no encuentran un compañero adecuado, o para dejar a su pareja cuando se sienten infelices, resaltaba Coontz en una entrevista concedida a ABC en 2006.

¿Pero cuál es el punto de vista evolutivo sobre este tema? Un estudio que se publica en la revista PLoS Biology podría tener la respuesta.

Investigadores del Instituto Max Planck de Ornitología, de Alemania han ideado un elegante diseño experimental para aclarar esta peliaguda cuestión de la elección de pareja, a la que dedicamos gran cantidad de tiempo en la fase previa del cortejo, que incluye ilusiones y también frustraciones.

Y para ello han utilizado a pinzones cebra, también conocido como diamante mandarín, unos pájaros australianos que ya se han prestado en otras ocasiones a estudios sobre la fidelidad. Aprovechando las similitudes de estas aves con nuestra especie, en el cortejo, la monogamia y el cuidado de las crías, los investigadores establecieron una sesión de «citas rápidas», dejando a grupos de 20 hembras elegir libremente entre 20 pinzones macho.

Una vez que las aves se habían emparejado, a la mitad de las parejas se les permitió una vida de felicidad conyugal. Sin embargo, la otra mitad tuvo peor suerte. Como una reminiscencia de lo que ocurría en el pasado con los matrimonios humanos, los investigadores separaron a la feliz pareja y obligaron a cada integrante a unirse con otro compañero distinto del elegido.

Tanto a las parejas felices como a las de “conveniencia” (de los investigadores, en este caso) las dejaron criar libremente y evaluaron su comportamiento mediante el número de los embriones y pollos muertos así como hijos supervivientes.

Sorprendentemente, el número final de pollos supervivientes fue un 37% mayor en el caso de las aves que se habían emparejado “por amor” que en las parejas impuestas. Los nidos de parejas formadas sin posibilidad de elección tenían casi tres veces más huevos no fecundados que las de las de libre elección, y un mayor número de huevos fueron escondidos o se perdieron.

También murieron muchos más pollos de estas parejas después de la eclosión. La mayoría de las muertes ocurrieron dentro de las primeras 48 horas, un período crítico durante el cual los padres obligados a emparejarse eran notablemente menos diligente en sus deberes con las crías que los de las parejas felices.

Pero, por lo que parece, la cosa venía de atrás. El noviazgo de ambos tipos de parejas —felices y obligadas— mostró algunas diferencias notables. En primer lugar, aunque los machos de las parejas obligadas prestaban la misma atención a sus compañeras que los de las parejas felices, las hembras eran mucho menos receptiva a sus iniciativas y tendían a aparearse con menos frecuencia.

Además, al analizar la armonía de las parejas, los investigadores vieron que las que no tuvieron elección eran en general mucho menos “tiernas” que las felices. También registraron un mayor nivel de la infidelidad en las aves de las parejas obligadas.

Los investigadores concluyen que las aves varían bastante en sus gustos y eligen compañeros que encuentran estimulantes de alguna manera que no es necesariamente obvia para un observador externo. La elección hace que las hembras de pinzón tengan mayor probabilidad de éxito en la cópula, y promueve el compromiso paterno durante el tiempo necesario para criar a la nidada. En conjunto, esto maximizaría la probabilidad de que la pareja perpetúe sus genes a través de una descendencia próspera.

¿Suena familiar?

Es probable que el juego de la seducción en nuestra especie tenga una finalidad parecida para garantizar que durante la larga fase de dependencia de los hijos obtendrán el apoyo de sus padres.

De hecho, los resultados de estos autores son coherentes con algunos estudios sobre las diferencias entre matrimonios basados en el amor y los llevados a cabo por conveniencia en la sociedad humana.

De ahí que dediquemos tanto tiempo y esfuerzo a la fase previa de cortejo, pese a que en algunos casos obtengamos frustraciones.

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[*Opino}– De las nuevas tecnologías, como el Wi-Fi, y los supuestos daños que causan a la salud

14-09-2015

Carlos M. Padrón

Los dos artículos que copio abajo son contradictorios.

El primero, publicado el pasado 20 de enero, dice que el Wi-Fi, una de las más nuevas tecnologías, es totalmente inofensivo, y expone pruebas que parecen demostrarlo así.

El segundo, en cambio, publicado el pasado sábado, día 12, asegura lo contrario, y habla de enfermedades causadas por las nuevas tecnologías y que ya han sido reconocidas por la OMS.

Me temo que en esto se quiere pescar en río revuelto, y parece que ya alguien lo consiguió porque ganó el pleito que presentó a la empresa en la que trabajaba acusándola de haberse enfermedad por causa del Wi-Fi.

Si en realidad éste hace daño, me queda poca vida porque la mayor parte del día me la paso frente a un router Wi-Fi activo, que nunca apago, y, además, llevo colgado al cuello —como el perro San Bernardo lleva el barrilito que lo ha hecho famoso— y conectado al Wi-Fi mi smartphone. Aunque hay quienes dicen que es peligroso llevarlo cerca del corazón, para mí lo peligroso es llevarlo por debajo de la cintura, pues tal vez las vibraciones que, si lo llevo ahí, me causa en la pelvis no sean malas para la salud, pero son insoportables.

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20/01/2015

Judith de Jorge

«El Wi-Fi supone tanto peligro como un caracol en una autopista: ¡Ninguno!»

¿Recuerda cuando se decía que los microondas podían perjudicar la salud?

Hubo un tiempo en el que temíamos calentar la comida en ese nuevo electrodoméstico por el temor de sacar de ahí un plato «atómico» además de recalentado. Superadas las primeras inquietudes, hemos aceptado el calentamiento por rozamiento como parte de nuestra vida cotidiana, sin prestarle más atención que la de no pasarnos con los minutos.

Ahora, son otro tipo de ondas las que nos traen de cabeza. La idea de que la telefonía celular, o el Wi-Fi, pueden perjudicar la salud está muy extendida, hasta el punto de que existen peticiones para eliminar las redes inalámbricas de los colegios y evitar la exposición en los más pequeños, y otros acusan a las antenas de estar enfermos o padecer cáncer. En algunos casos incluso han conseguido que las retiren.

¿Hay realmente un fundamento serio para temer al Wi-Fi, o nos encontramos con un nuevo «caso microondas»?

Para un equipo de doctores en Física de la Facultad de Medicina y la de Escuela Superior de Ingeniería Informática de la Universidad de Casilla-La Mancha (UCLM), la «antenafobia» no tiene ningún sentido. Ellos están convencidos: Estas nuevas tecnologías son inocuas para la salud.

Durante cuatro años, los investigadores midieron en Albacete la exposición de 75 personas a estas ondas en 14 bandas de frecuencia, FM, TETRA, TV y las seis bandas de telefonía celular, Wi-Fi,, el inalámbrico (DECT), etc.

Los voluntarios portaban sus medidores exposímetros con una sensibilidad de 0,000000066 W/m2, el más preciso del mercado, durante todo el día y hacían vida normal, anotando por dónde iban. También llevaban encima un GPS con el que después eran situados en un mapa.

En total, se realizaron 8.640 registros por voluntario, y se obtuvieron 13 millones de datos.

Según los resultados, en promedio por banda de frecuencia, la radiación media recibida «es la equivalente a la que recibiríamos de una bombilla de 100 W colocada a 1 km de distancia de nosotros», es decir, algo insignificante. Por ejemplo, la radiación media más alta es la de una vieja conocida, la FM, con la que llevamos conviviendo cien años, y es 0,0001 W/m2, mil veces por debajo del límite legal.

Las radiaciones de las diferentes bandas de telefonía pueden ir de 0,00004 W/m2 a 0,00001304 W/m2, o aún más bajas. Los valores máximos tampoco superaron los límites legales en ningún momento, y en ninguna banda. El 90% de los registros se encontraban entre 500 y 10.000 veces por debajo del límite legal.

«No apago el Wi-Fi»

«La radiación por radiofrecuencia puede compararse a un caracol en una autovía: nunca hará saltar ningún radar porque su velocidad es la diezmilésima parte de la máxima permitida», afirma el físico Enrique Arribas Garde, director del grupo de investigación de ondas de RF de la UCLM.

Según explica, el estudio puede extrapolarse perfectamente a una gran ciudad como Madrid con los mismos resultados, pues la densidad de antenas está relaciona con la densidad de población. E insiste: «No hay ningún estudio que correlacione la radiofrecuencia con el cáncer. Yo en mi casa no apago el Wi-Fi, ni con niños ni ahora con mi nieta. Con eso lo digo todo».

A su juicio, «hay un interés en decir que el Wi-Fi es dañino para vender falsas curaciones. A eso se suma que la ignorancia es muy atrevida. En su día, el tren también era una máquina diabólica». Y recuerda: «El mando a distancia de la tele es 10.000 veces más potente que las ondas de radiofrecuencia, y a nadie parece preocuparle».

Precisamente, el estudio nació después de que un movimiento antiantenas de Albacete lograra retirar una acusándola de ser la responsable de algunos casos de cáncer. Pero los números de sus mediciones, como dice Alberto Nájera, principal investigador, hablan por sí solos.

A ese respecto, opta por transmitir «total tranquilidad».«La pseudociencia se apodera del dolor de la gente para engañarla y estafarla», advierte. Y añade que se buscan falsos grandes enemigos cuando, por ejemplo, «sí está claro que la contaminación atmosférica y el tabaco causan esas enfermedades».

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12/09/2015

Esther Armora

Las enfermedades de las nuevas tecnologías

La hipersensibilidad electromagnética es un trastorno de base neurológica que sufren determinadas personas que reaccionan ante las radiaciones electromagnéticas no ionizantes como las que emiten los teléfonos celulares o las antenas de telefonía.

Los casos se han disparado en los últimos 15 años, coincidiendo con la generalización del uso de las nuevas tecnologías.

¿Es una enfermedad reconocida por la OMS?

Las autoridades sanitarias mundiales no la reconocen como enfermedad. Un estudio de 2005 de la OMS concluyó que «se caracteriza por una variedad de síntomas específicos que difieren de un individuo a otro». Reconoce, asimismo, que «puede ser un problema incapacitante para la persona afectada».

¿Qué síntomas provoca?

Dolores de cabeza, insomnio, irritabilidad, fatiga, dolor muscular y manifestaciones cutáneas, entre otros síntomas.

La afectación varía según el grado de sensibilidad de las personas hacia estas radiaciones. Los niños y las mujeres son más vulnerables.

Cuando los síntomas prevalecen más de seis meses, se considera que existe el trastorno y no es un episodio puntual.

¿A cuántas personas afecta?

Afecta a una de cada 1.000 personas. En un 5% de los casos, el trastorno es severo. Para estas personas la única solución es la protección total ante estas radiaciones.

¿Existe algún tratamiento?

La única forma de evitar el trastorno es evitando la exposición a las radiaciones. También se utilizan tratamientos para aliviar la sintomatología, como analgésicos, neurobióticos o antioxidantes.

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[*Opino}– Las fotos antiguas, tesoros; las de hoy, epidemia

11-09-2015

Carlos M. Padrón

En el artículo que copio abajo hay dos afirmaciones que comparto plenamente.

  1. Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda.
  2. La «necesidad histérica» que hay hoy de tomarse fotos mostrando alegría.

Durante mi niñez, adolescencia y primeros años de juventud, las fotos tenían un gran valor, tanto en la familia como en lo social, pues, por ejemplo, un muchacho daba cualquier cosa con tal de hacerse con una foto de la muchacha que le gustaba.

Tal vez por esto fue por lo que el primer regalo que me hice en mi vida, a la edad de 19 años, fue una cámara fotográfica marca REGULA IIIa, alemana, que, en un bazar de la Plaza Candelaria, en Santa Cruz de Tenerife, me costó, en oferta, 1.200 pesetas.

Con esa cámara —que don Julián Acevedo, dueño de la tienda de fotografía que había en la calle San José, donde yo revelaba los rollos, me enseñó a usar— pude tomar fotos de las muchachas que me gustaban, de familiares que murieron hace ya muchos años, y de momentos de relevancia en mi vida, tanto en Canarias como en Venezuela.

Son fotos que aún conservo, y muchas de ellas las he publicado en este blog. Para tomarlas bien debí seguir antes un curso de fotografía, pues mi cámara era totalmente manual y, por supuesto, no era digital, y la llevaba conmigo a cualquier evento relevante.

Ahora, sin embargo, hablando en plata, lo de la fotografía se ha puteado. Las cámaras digitales, que hace pocos años causaron furor, han sido reemplazadas por las que tienen todos los celulares, pero cuando sé que iré a algo en lo que quiero tomar fotos, llevo mi cámara digital ya que hasta el momento no he visto ningún celular que tome fotos mejores que mi cámara.

Pero como todo el mundo tiene celular, todo el mundo toma fotos y más fotos de lo que sea y, lo que es peor, las sube a la nube, o las envía por e-mail o por WhatsApp sin siquiera pensar que alguno de sus destinatarios no tenga interés en ellas porque, en los más de los casos, son repetitivas.

Casi la totalidad de esas fotos carecen de valor artístico, no tienen ni profundidad ni poesía, y responden a una necesidad histérica de algo parecido a exhibicionismo, ostentación o narcicismo.

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11 SEP 2015

Jonathan Jones

¿Por qué la gente no sonríe en las fotos antiguas?

Tal y como los usuarios que le hacen esa pregunta a Google han podido comprobar con exactitud, existe una lúgubre ausencia de sonrisas en las primeras fotografías de la historia.

Los retratos fueron uno de los principales atractivos de la fotografía desde su invención. En 1852, por ejemplo, una chica posó para un daguerrotipo con la cabeza ligeramente girada, lanzando al objetivo una mirada firme y segura, y sin sonreír. Así, queda conservada para siempre como una joven de lo más severo.

Esa severidad aparece por doquier en las fotografías victorianas. Charles Darwin, que según todas las fuentes era un hombre afable y un padre cariñoso y bromista, parece congelado en la melancolía en todas sus fotos. En el gran retrato del astrónomo John Frederick William Herschel realizado en 1867 por Julia Margaret, su profunda introspección taciturna y su pelo enmarañado, bañado por la luz, le daban el aire de un rey Lear trágico.

¿Por qué nuestros ancestros, desde los desconocidos que posaban para retratos familiares a los personajes famosos y de renombre, se ponían tan sumamente tristes delante del objetivo?

No hay que observar durante mucho tiempo estas antiguas y solemnes fotografías para ver cuán incompleta está la respuesta aparentemente obvia: que congelan sus caras para poder aguantar los largos tiempos de exposición. En el retrato que Julia Margaret Cameron le hizo a Tennyson, el poeta rumia y sueña, su rostro es la máscara sombreada de un genio. No se trata de una mera extravagancia técnica, sino de una elección estética y emocional.

La gente del pasado no era necesariamente más pesimista que nosotros; las personas no deambulaban por el mundo en un estado de tristeza perpetua, aunque, de haberlo hecho, estarían justificados, al vivir en un mundo con altísimas tasas de mortalidad en comparación con el Occidente actual, con una Medicina del todo deficiente para nuestros estándares.

De hecho, los victorianos se tomaban con humor incluso los aspectos más lúgubres de su sociedad. El libro de Jerome K. Jerome, «Tres hombres en una barca», ofrece una imagen reveladora del sentido del humor victoriano, juguetón e irreverente. Cuando el narrador bebe un trago de agua del río Támesis, sus amigos bromean diciéndole que probablemente pille el cólera.

La broma es fuerte teniendo en cuenta que estaban en 1889, sólo unas décadas después de que dicha enfermedad arrasara Londres. Aunque ahí estaba Chaucer escribiendo !Los cuentos de Canterbury», que aún arrancan carcajadas, en el siglo de la peste negra. O Jane Austen, que encontró cantidad de elementos tronchantes en la época de las guerras napoleónicas.

La risa y el regocijo no sólo eran habituales en el pasado, sino que estaban mucho más institucionalizados que hoy en día: desde los carnavales medievales, donde comunidades enteras disfrutaban con payasadas y extravagancias cómicas desenfrenadas, hasta las imprentas georgianas, donde la gente se reunía para enterarse de los últimos chistes.

Lejos de reprimir los festivales y la diversión, los victorianos, que inventaron la fotografía, también confirieron a la Navidad el carácter de fiesta laica que tiene en la actualidad.

Así las cosas, la seriedad de la gente en las fotografías del siglo XIX no puede ser prueba de una tristeza y depresión generalizada. No se trataba de una sociedad que vivía en una desesperanza perenne. Más bien, la verdadera respuesta tiene que ver con la actitud hacia el retrato en sí.

Las personas que posaban para las primeras fotografías, desde las severas familias de clase media que dejaban constancia de su estatus hasta los famosos captados por el objetivo, las concebían como un momento significativo. La fotografía aún era muy poco corriente, y hacerse una foto no era algo que ocurriera todos los días. Para mucha gente, podía tratarse de una experiencia única en la vida.

Posar para la cámara, en otras palabras, no era muy distinto de hacerlo para un cuadro. Era más barato, más rápido (a pesar de los largos tiempos de exposición) y significaba que unas personas que nunca habían tenido la oportunidad de ser pintadas, ahora podían hacerse un retrato; pero, al parecer, la gente se lo tomaba con la misma seriedad que se reservaba a los cuadros. Aquello no era una “instantánea”. Al igual que los cuadros, la fotografía se concebía como el registro atemporal de una persona.

Los retratos al óleo tampoco están plagados de sonrisas. Las obras de Rembrandt serían muy distintas si todo el mundo estuviera sonriendo. De hecho, rezuman conciencia de la mortalidad y del misterio de la existencia, que no son precisamente motivos para reírse. Desde la mirada rojiza del papa Inocencio X retratado por Velázquez a la Violante de Tiziano, y su seriedad íntima, son contados los retratos con caras sonrientes que encontramos en los museos.

La excepción más famosa es, claro está, la Mona Lisa, y Leonardo da Vinci se esforzó durante años para que esa sonrisa “funcionase”. Sus coetáneos se sorprendieron al ver un retrato sonriente. En el siglo XVIII, los artistas pintaban a personas risueñas —el escultor Houdon incluso dio a la estatua de mármol de Voltaire una sonrisa— para captar la nueva actitud, sociable y alegre, de la Ilustración.

No obstante, en líneas generales, la melancolía y la introspección dominan el retrato al óleo, y esa sensación de la seriedad de la vida pasó de la pintura a los albores de la fotografía.

De hecho, la pregunta podría reformularse: ¿por qué las fotografías antiguas son mucho más conmovedoras que las modernas?

Lo cierto es que la grandeza existencial de los retratos tradicionales, la gravedad de Rembrandt, aún sobrevive en la fotografía victoriana. Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda. Las fotos representan la sociabilidad: queremos transmitir que somos gente sociable y feliz. Así que sonreímos, nos reímos y hacemos el tonto en selfis infinitos, infinitamente compartidos.

Un selfi risueño es la antítesis de un retrato solemne, una mera representación momentánea de la felicidad. No tiene ninguna profundidad, y, por ende, ningún valor artístico. Como documento humano resulta inquietantemente desechable. (De hecho, ni siquiera es lo bastante sólido como para hacer una bolita: basta con pulsar “borrar”).

¡Qué hermosas y cautivadoras son las fotografías antiguas en comparación con nuestros ridículos selfis! Probablemente aquella gente seria se divertía tanto como nosotros, si no más, pero no tenían la necesidad histérica de demostrarlo con fotos. Al contrario, cuando posaban para una fotografía pensaban en el tiempo, la muerte y la memoria.

La presencia de esas realidades solemnes en las fotografías del pasado las hace mucho más valiosas que las instantáneas con una felicidad tonta colgadas en Instagram. A lo mejor, nosotros también deberíamos dejar de sonreír a veces.

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