[*ElPaso}– Ermita de la Virgen de El Pino, y la bajada trienal – Retazos históricos / José Guillermo Rodríguez Escudero

VIRGEN DE EL PINO (EL PASO) – SU BAJADA TRIENAL, SU PINO Y SU ERMITA

La ermita de la Virgen de El Pino, en el término municipal de El Paso, aún se cobija bajo la sombra de un inmenso pino canariensis, considerado el ejemplar más alto de Canarias y catalogado como uno de los mejores del archipiélago. Para algunos investigadores y estudiosos ha quedado demostrado que según estudios científicos este magnífico árbol ya se encontraba en aquel mismo lugar desde los tiempos de la conquista de la Isla. Hay otros reacios a creer tal aseveración, como veremos más adelante.

El histórico pino y el costado sur de la ermita.

El pequeño oratorio se erigió junto al transitado camino real de la Cumbre Vieja, la vía más conocida y usada por viajeros, caminantes y arrieros desde el siglo XVI de entre todos los senderos que recorrían toda la Isla de La Palma ya que unía las comarcas del Oeste y del Este, en el llamado “Paso de la Cumbre”.

Es curiosa la descripción que el viajero portugués Gaspar Frutuoso en el siglo XVI hace en su obra: “Hay de este barranco a Los Llanos menos de media legua, y del mismo a la Ciudad tres, si se va por la Cumbre por el camino recto que pasa por el Pino de Vacía Borrachas, bajo cuya sombra hacen los sedientos caminantes esta necesidad que le dio tal nombre; desde el pino a la Ciudad hay dos leguas fáciles de transitar hasta la Cumbre, que por esta parte no es muy alta…”.

Vacía borrachas es un tipo de pino canario, y el autor intenta explicar este nombre en portugués: ‘borracha’ es bota, y su traducción, vacía botas. Podría referirse a vaciar las botas de agua o de vino. El árbol al que hace referencia, por su posición, podría ser el Pino de la Virgen que nos ocupa. No cita la ermita porque aún no estaba construida.

Muchas leyendas se han tejido en torno a esta zona y a esta advocación. Verneau, por ejemplo, cuenta que uno de los soldados que acompañaban al Adelantado Alonso Fernández de Lugo en la conquista de la Isla en el siglo XV encontró la estatua diminuta de la Virgen entre las frondosas ramas de un pino. Un prodigio, según opinaron unánimemente las huestes españolas.

Una análoga historia se cuenta a propósito de la Virgen de El Pino de Teror (Gran Canaria).

Continúa el viajero diciendo que: “El domicilio que ella había elegido no pareció a estos hombres piadosos digno de la Madre de Dios. Se pusieron manos a la obra para construirle una vivienda más confortable, y muy pronto una pequeña capilla se elevó al lado del pino. Se transportó con gran pompa a la Virgen a su nuevo local, un cura la colocó en el altar con todas las señales del más profundo respeto y, cuando se preparaba para oficiar la misa, ante la estupefacción de todos los asistentes, la Virgen cayó a tierra. Vueltos de su estupor, los fieles pensaron que podían haberla sujetado mal. Fue alzada piadosamente y colocada en el sitio que le habían asignado. Esta vez, todas las precauciones habían sido tomadas. Cuando cada uno se preparaba a oír misa, de nuevo la milagrosa estatua se precipitó al suelo. Una tercera y cuarta tentativas no dieron mejor resultado. Había que rendirse a la evidencia: el lugar no convenía. Puesta de nuevo en el árbol, no se cayó más. Expresaba con demasiada claridad su voluntad para que nadie pudiera confundirse. Sin embargo, los españoles no se dieron por vencidos. Habían decidido no dejar a la Virgen expuesta a las inclemencias del tiempo, y se les ocurrió hacer, en el mismo tronco del pino, un nicho que fuera capaz de recibirla. La operación tuvo un éxito maravilloso, la estatua quedó tranquila y el árbol resistió la mutilación. Allí pude ver, en 1878, la milagrosa Virgen, que está lejos de ser una obra de arte…”.

Verneau prosigue su narración de cómo se había colocado una alcancía al lado de la diminuta efigie para recibir las dádivas de los fieles, y a unos metros, las ruinas de la pequeña capilla. Sigue diciendo que “Me han afirmado hace pocos meses que ya no queda nada de todo esto. Un bárbaro, para poner aquellos terrenos en cultivo, descargó sobre el pino su hacha sacrílega…”.

Así, un precioso paraje emblemático de la isla fue el elegido más tarde para levantar la ermita y la plaza, junto al majestuoso pino (original o no) que sobresale desde lejos a los pies de la subida del Reventón de la Caldera de Taburiente.

Otras historias y leyendas cuentan cómo a través de los tiempos estos incansables viajeros y lugareños encontraban cobijo y tranquilidad bajo la inmensa sombra del gigantesco árbol. Allí se contaban numerosas crónicas y relatos, envueltos en la devoción y la leyenda que el propio lugar inspiraba. Se contaba cómo en el tronco del árbol se hallaba una pequeña talla de la Virgen, alumbrada con un farol, que iluminaba al perdido y agotado caminante como un faro hacía con los bajeles en noches de tormenta. Agradecido, éste invocaba a la Virgen con una oración y depositaba dádivas y exvotos en prueba de su devoción.

En numerosos grabados y láminas se conservan reproducciones de este mítico lugar, en los aledaños del antiguamente conocido como “Pino Santo”. Un encantador paisaje, paso de romerías y de gentes que comerciaban, paso de animales y paso desde la “banda” del Oeste a la del Este. De ahí el nombre de El Paso.

En 1876 se construyó una pequeña capilla de mampostería dedicada a esta advocación mariana (sin embargo, recordemos que Verneau decía que en 1878 había visto tan sólo ruinas de la antigua capilla). Fue la materialización de la profunda devoción de doña María Magdalena Rodríguez Pérez, conocida por ello como Magdalena del Pino y que llegó a ser durante mucho tiempo la ermitaña de la capilla.

En 1927 se colocó la primera piedra del pequeño santuario que hoy conocemos. Las autoridades religiosas y civiles estuvieron presentes en la ceremonia, al igual que una gran cantidad de vecinos. Muchos de estos hijos de El Paso donaron sus terrenos para lograr que el sueño fuera una realidad. La comisión creada para esta fundación dio sus frutos y se recaudaron muchos fondos. El 30 de agosto de 1930 se bendijo la nueva imagen de la Virgen de El Pino, que también fue adquirida por suscripción popular.

Fueron padrinos los hermanos Luis y Mercedes Sotomayor y Vandewalle, hijos ambos de don Tomás Sotomayor y Pinto, Gentilhombre de Su Majestad.

La solemne ceremonia, que tuvo lugar en la iglesia de Nuestra Señora de Bonanza, fue presidida por el párroco don Carlos González Estarriol. Al día siguiente se procedió a la bendición de la ermita del monte y se llevó en procesión a la actual imagen.

La solemne función religiosa fue concelebrada, y uno de los sacerdotes fue el párroco de la Concepción de La Laguna, don Maximiliano Montesinos, quien pronunció la homilía. Se hallaban presentes, entre otros ínclitos personajes, los padrinos del nuevo altar: el alcalde don Antonio Cordovez y doña Adelina Fernández, también el vicepresidente del Cabildo, así como otras autoridades

La talla original, de menos de 30 cm. fue custodiada en la sacristía donde aún se encuentra, dentro de una urna de cristal y arropada por un pequeño manto de terciopelo verde. El paso del tiempo ha hecho mella en esta efigie y también se ha deteriorado por los constantes repintes a los que ha sido sometida. Se cree que se trata de la antigua imagen que visitaba las casas particulares de aquellos feligreses que así lo solicitaban.

La actual escultura, de inspiración clásica y de aproximadamente 90 cm. de altura, fue comprada en Valencia en los años 30 del siglo XX. Porta al Niño Jesús en su mano izquierda, mientras que en la derecha sostiene una rama de pino verde recién cortada. Una vez seca es entregada a los devotos, que la guardan con respeto y veneración en sus domicilios como si de una reliquia se tratase. El Niño sostiene una piña en la mano izquierda, atributo de la advocación mariana.

La imagen comienza a salir procesionalmente y de forma regular al núcleo poblacional de El Paso en 1955, aunque ya lo había hecho en alguna ocasión anterior. Ésta es la fecha que viene marcando su descenso trienal hasta el casco urbano. Una bajada que se recuerda fue la de 1951 en la que hubo numerosos festejos recogidos por la prensa insular, como “bailes típicos, parrandas y comparsas”.

El primer domingo de septiembre ya se celebraba, con anterioridad a 1955, la fiesta de la Virgen, con misa y procesión. Poco a poco se le fue añadiendo una comida de romeros, carrera de caballos (que llegó a ser considerada como una de las mejores de la Isla), un recital de versadores (que se perdió y luego se recuperó en 1975), etc.

Numerosos romeros llegados desde todos los puntos de la geografía insular se dan cita en estas fiestas. Tradicionalmente es a mediodía (sobre la una y media o las dos de la tarde) del último domingo de agosto cuando da comienzo la bajada de la sagrada efigie, acompañada por una multitud de devotos y romeros, por todo el itinerario tradicional de aproximadamente seis kilómetros hasta su llegada a la iglesia de Nuestra Señora de Bonanza, en el casco urbano de El Paso.

La romería trienal —la más importante fiesta del municipio pasense— es presidida por la Virgen, y detrás del trono, cargado a hombros de cuatro romeros, comienzan a andar los grupos folklóricos y parrandas que bailan y cantan, y numerosas carrozas y carretas. Con éstas están representados los barrios del municipio y asociaciones de vecinos, o simplemente amigos que se reúnen a pasar una alegre jornada.

Esta romería trienal transcurre por hermosos caminos flanqueados por pequeñas casas tradicionales que se pintan y embellecen para la ocasión.

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BIBLIOGRAFÍA

HERNÁNDEZ PÉREZ, María Victoria. La Isla de La Palma. Las Fiestas y Tradiciones, C.C.P.C., Litografía Romero, Tenerife, 2001.
FRUTOSO, Gaspar. “Descripción de las Islas Canarias” de Saudades da Terra, C.C.P.C. , 2004.
VERNEAU, R. Cinco años de estancia en las Islas Canarias, La Laguna, 1981.

Artículo cortesía de su autor, José Guillermo Rodríguez Escudero

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Al borde del abismo

Poesía inspirada en una foto del artista Manuel Rodríguez Quintero titulada “Senderos sobre el abismo».

AL BORDE DEL ABISMO

No ves que somos muy poquita cosa.
Empezando a morir cuando nacemos,
en polvo y en olvido nos perdemos
bajo la tierra negra y silenciosa.

Sólo un soplo de luz, luz misteriosa,
que es luz de Dios, que a Dios le devolvemos,
quedará en nosotros. Esperemos
en la Esperanza alegre y milagrosa.

Envueltos en las sombras circundantes
que cierran los caminos inquietantes
con movibles fantasmas y espejismos,

en esta noche y por la noche vamos
al puerto del mañana que buscamos
por senderos que van sobre el abismo.

1961

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Señor

SEÑOR

Aquí me tienes a tus pies rendido
sin merecer siquiera ni adorarte.
De todo mi pasado arrepentido,
sólo encuentro el consuelo de buscarte.

Tú sabes cuántas veces me he perdido
por huirte, Señor, y traicionarte,
y tú sabes también que en el olvido
intentó mi extravío sepultarte.

Sabes mi poquedad, mi nadería,
mi claudicante fe, mi desvarío,
mi caminar sin norte de alegría,

porque todo los sabes santamente;
y también sabes que me mata el frío
si tú no alumbras mi dolor creciente.

1959

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Laureles de la plaza

LAURELES DE LA PLAZA

A mi buen amigo Enrique Mederos Lorenzo.

Laureles de la plaza centenaria
que proyectáis una tupida sombra,
y en la noche, profunda y solitaria,
arrulláis un misterio en vuestra fronda.

Porque evocáis la estirpe legendaria
de un pasado feliz que nadie nombra,
porque rezáis una inmortal plegaria,
por vuestra verde plenitud redonda.

Porque os perfuma un hálito de historia,
despreciando las miserias vanas
buscáis la luz, que es alcanzar la gloria,
yo os bendigo, laureles de Los Llanos,
conmovidos por voces de campanas
y entrelazados con amor de hermanos.

Laureles victoriosos, impasibles,
de la añorada selva trasplantados
para esparcir alientos indecibles
sobre la urbana paz de los tejados.

Quitasoles lujosos, increíbles,
en un verde perenne consagrados,
para inspirar ensueños imposibles
y acallar el pesar de los hastiados.

Me llama la esperanza alentadora
de vuestras copas anchamente erguidas
a evocar en su sombra protectora
los recuerdos que el viento se llevó,
el secreto fugaz de tantas vidas
que la muerte implacable deshojó.

Laureles de la Plaza de Los Llanos,
atrio del templo, vegetal, abierto
a la comba de todos los arcanos
en el encanto de un refugio cierto.

Recortados laureles ciudadanos
en esta plaza, que es hogar y huerto.
Laureles compasivos, casi humanos
donde siempre arribamos como a un puerto.

Decidle a la Virgen, mi Señora,
que hoy venimos a verla penitentes,
a implorarle perdón para el que llora,
y a buscar, en la fiebre de un anhelo,
laureles que circunden nuestras frentes
con la aureola de un jirón de cielo.

1948

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Espera

ESPERA

Junto al “Tritón” desguazado,
—viejo para navegar—
está el marino sentado,
fija la vista en el mar.

Mira el oriente incendiado
del oro crepuscular.
Y mira más, angustiado,
el Sol que va a naufragar.

Es un ocaso vencido
que alarga su luz postrera
sobre un poniente perdido.

Es un mirar sin mirar,
que todo lo fue y lo espera
por los caminos del mar.

1962

[*ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: Viejo molino de viento

VIEJO MOLINO DE VIENTO

Pobre molino, molido
por el viento huracanado,
que hoy, solo, mueves olvido
en tu moler angustiado.

Sin aspas, desmantelado,
ni la brisa te entretiene.
Estás del todo parado.
en el aire que va y viene.

Nos hablas con pesadumbre
de tus alas desguazadas,
por lo muñones de herrumbre
de que fueron arrancadas.

Ya no das vueltas, ni mueles;
nadie te viene a buscar;
fueron contigo crueles,
nadie te empuja a volar.

Ni la guapa molinera
que tuvo amores discretos,
ni el anciano Talavera
que gobernó tus secretos.

Ni Chu Nemesio “El Bendito”
viene a traerte en ofrenda,
con la exigencia de un rito
el costal de la molienda.

Gira que gira, molías
moliendo nuestro sustento,
gofio oloroso que hacías
dándole vueltas al viento.

Ni la comadre Fermina
con los talegos panzudos
viene ya a moler harina
para amasar los “etrudos”.

Que a lo voluble del aire
te entregabas raudo o lento
siempre con gracia y donaire,
siguiendo el ritmo del viento.

Mas todo pasó. Molino
tan sólo eres de nombre,
huye el viento en tu camino
y pasa de largo el hombre.

Y tú un fantasma pareces
de unas alas voladoras
que en ilusión nos ofreces
para moler muertas horas.

Viejo molino arruinado
en los caminos del viento:
en tu moler, torturado,
muele también mi tormento.

Que mis alas de ilusión
junto con tus aspas van
revueltas en la canción
que nos robó el huracán.

Y muele, pobre molino,
que tu destino es moler
hasta que muela el destino
polvo en que te has de volver.

Viejo molino de viento
sin canción y sin cantar,
¡en tu pesadumbre siento
todo un pasado, pasar!

1956

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Ya no es posible

YA NO ES POSIBLE

Ya no es posible revivir las flores
que perfumaron el jardín de ayeres
y al abrirse encendieron sus colores
para embriagar de ensueño los placeres.

Sólo quedan recuerdos y rubores
que pugnan por la luz de amaneceres,
y no pasan de ser sino fulgores
que traen vaguedad de atardeceres.

Todo pasó en su sueño de inconsciencia
que pinta los caminos de esperanza
y nos infunde olvidos de inocencia.

Y nuevamente niños, siendo viejos,
buscamos la ilusión que nos alcanza
porque ya estamos en el tiempo lejos.

1959

[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: El Gran Imperio

28-01-2008

Carlos M. Padrón

No era de El Paso; llegó sorpresivamente al pueblo, supuestamente como latonero, y la gente decía que no sabían de dónde.

Tomó como vivienda un pajar abandonado, muy cerca de la casa de Avelina (como se ve, lo de los ‘okupas’ no es tan reciente) y a falta de cama se dedicó a recorrer los caminos recogiendo estiércol —pues en esa época transitaba por esas vías mucho ganado caballar y vacuno, y alguno caprino (aún pasaba algún que otro cabrero con su rebaño vendiendo leche a domicilio)— con el que hizo una especie de gruesa plataforma sobre la cual dormía.

Decía que el calor de la fermentación del estiércol le reconfortaba en las noches de frío, a lo cual contribuía también la gruesa capa de mugre que cubría sus ropas y lo que se veía de su cuerpo. Era un ejemplo viviente del dicho “La cáscara guarda el palo”.

Como en el lugar donde vivía no tenía agua corriente, con un balde en cada mano se iba al abrevadero más cercano, y con ambos baldes llenos de agua potable regresaba a su casa. Eso mantenía ocupadas sus dos manos que no podía usar para evitar que con el andar y el viento se abriera la gabardina que llevaba puesta, única prenda que cubría su cuerpo, y eso dejara ver su desnudez y, para asombro de los muchachos que a veces lo seguían, también sus partes pudendas.

En este dibujo, mi amigo Wifredo lo plasmó muy bien, son su gabardina y sus dos baldes.

Para alimentarse pedía a los vecinos que le regalaran los animales domésticos —preferiblemente gallinas, cochinos, conejos, cabras o cabritos— que murieran por enfermedad. Y si los vecinos no lo complacían en esto, y él se enteraba de que el cuerpo de alguno de esos animales había sido enterrado, averiguaba dónde, y, armado de una pala o azada, desenterraba el cadáver y se lo llevaba a su “residencia” donde, luego de sacarle la piel o plumas, lo descuartizaba, y la carne la almacenaba en un barril —de los entonces usados en el pueblo para almacenar por todo un año el tocino de los cochinos— dentro del cual la organizaba por capas. Por ejemplo, una capa de carne de cabrito, otra de conejo, otra de gallina, otra de cochino, etc., y repetía luego la secuencia mientras tuviera “materia prima”.

Al menos, esto era lo que él decía a los vecinos, aunque muy pocos de ellos tuvieron ánimo u ocasión para comprobarlo.

Como combustible para cocinar sus “exquisitos manjares” usaba gomas de alpargatas o de cauchos (neumáticos) de autos, y los “aromas” de esa combustión decían a todos los vecinos en muchos metros a la redonda que El Gran Imperio estaba dado a sus tareas culinarias.

Un día cayó enferma de “tetera” (así llamaban a una enfermedad mortal que daba a vacas y cabras, que infectaba en hinchaba a reventar sus ubres) una de las cabras que había en mi casa. Murió pocos días después, y mi padre la enterró en una de las que llamábamos “huertas de atrás”.

El hecho llegó a oídos de El Gran Imperio quien, ni corto ni perezoso, armado de una azada, al día siguiente del deceso caprino se presentó ante mi padre, que se encontraba trabajando precisamente en esa huerta, y le preguntó que cómo se le había ocurrido enterrar la tal cabra en vez de avisarle a él, que vivía muy cerca, para que viniera a buscarla.

La respuesta de mi padre fue que la cabra había muerto de enfermedad grave, a lo cual El Gran Imperio contestó que el fuego lo curaba todo, y le pidió permiso a mi padre para efectuar la inmediata exhumación.

Concedido el permiso, ante los asombrados ojos de mi padre El Gran Imperio desenterró el cadáver de la cabra y se lo llevó a hombros, no sin antes tapar muy bien el hueco que había quedado.

Otro de nuestros vecinos —en realidad, vecina— lo sorprendió una vez en un huerto suyo desenterrando un conejo que ella había enterrado allí el día anterior, y al preguntarle qué diablos hacía, El Gran Imperio le contestó impasible que él sabía que allí había sido enterrado un conejo e iba a desenterrarlo para comérselo, porque no hacerlo sería un desperdicio.

Incrédula, la vecina exclamó:

—Pero, hombre de Dios, ¿¡usted va a comerse un conejo muerto!?

A lo que, siempre impasible, El Gran Imperio replicó:

—¿Y es que usted se los come vivos?

La única anécdota que en materia de socialización supe de él es que, sintiéndose solo, le pidió “arrejuntamiento” a su vecina Avelina, la tía de Fernando el de Avelina, pero, aunque parezca increíble, ésta declinó tan gran “honor”.

Los detalles de la romántica petición y consiguiente respuesta eran un verdadero sainete cuando los relataba la propia Avelina en alguna de las noches en que venía a mi casa a jugar ronda, brisca o lotería, y mi padre le tiraba de la lengua acusándola de haber dejado pasar la gran oportunidad de su vida al no haber aceptado la proposición de El Gran Imperio.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: El ciprés

EL CIPRÉS

Compendio forestal de verticales
que insobornable subes recto al cielo,
como supremo y perennal anhelo
de las superaciones terrenales.

Nos señalas caminos inmortales
—la eternidad del religioso vuelo—
y perpetúas en terrible duelo,
el amor y el dolor de los mortales.

Tu destino es subir, es aguzarte,
antena ascensional de perfecciones
que no sabes dudar ni derramarte.

Saeta trepadora de clausuras
perdida en un silencio de oraciones
que van a Dios como las almas puras.