[*FP}– Neblina (2/7): Dos víctimas más

Carlos M. Padrón

Un hotel “tranquilo y bueno”

Víctima: Leonardo M.

A Neblina no había que pedirle que te organizara nada, y menos con tiempo, porque te armaba unos líos tremendos, pero si lo llamabas y le decías: «Tengo que salir ya para….», su respuesta era siempre: «Camino al aeropuerto, pasa por aquí a recoger el billete».

Una vez me armó una buena.

Resulta que por una emergencia en Santo Domingo tenía yo que salir de urgencia. El primer vuelo que Neblina me consiguió era esa misma noche, y con escala en Puerto Rico para pasar allí la noche y, a las 07:30 de la mañana siguiente, tomar otro vuelo de San Juan a Santo Domingo. Todo organizado, billetes y hotel. Cuando fui a recoger la documentación, Neblina me dijo: «Parece que en San Juan hay alguna convención y el hotel no es de los recomendados por IBM, pero tranquilo que es un buen hotel».

El vuelo, que tenía que salir en la tarde desde Maiquetía, salió con bastante retraso, así que llegué a San Juan como a las 2 de la madrugada. Salí del aeropuerto, tomé un taxi y le dije al taxista que me llevara al hotel, del cual le di nombre y dirección. Me pareció raro que el taxista me preguntara si yo estaba seguro de que quería ir a ese hotel, pero al final me llevó y me dejó en un sitio un poco apartado. El hotel no era muy grande; había mucha gente pero no le hice mucho caso ya que mi preocupación era que tenía que madrugar para estar a las 6:00am en el aeropuerto.

La habitación no tenia nada de especial. Muchos espejos y luces raras, pero como a mí lo que me importaba era dormir, no le di mayor importancia a esos detalles.

No llevaba ni media hora acostado cuando me tocaron a la puerta y dijeron: «¡Es la hora!». Me senté en la cama en un sobresalto, despierto totalmente, miré el reloj y vi que eran las 3:00am. Abrí la puerta, noté que en el pasillo había mucha gente, una cantidad inusual para esa hora, pero no vi al que me había despertado.

Volví a la cama y volví a dormirme, y de nuevo me tocaron a la puerta y una voz dijo: «¡Es la media!». Miré el reloj y eran las 3:30am. Me levanté, corrí hasta la puerta y la abrí, pero allí no había nadie.

Ya la cosa me estaba tocando las narices, así que me mantuve despierto, y justo a las 4:00am estaba yo, alerta, pegado detrás de la puerta. Apenas oí que tocaron en ella la abrí, sorprendí al hdp que se la pasaba en eso, y le dije de todo.

Cuando, después de mi sorpresivo ataque verbal, el tipo pudo hablar, me dijo: «Perdone, señor, pero es que esto es un burdel, y tengo que hacer la ronda y avisar cada media hora». Le dije que yo estaba solo, que lo que necesitaba era dormir, que me dejara tranquilo y que, por favor, que a las 5:30am sí me despertara de verdad.

A la mañana siguiente me di cuenta de que aquello de hotel no tenía nada: era una vulgar casa de citas que en el cajón de la mesilla de noche tenía, en lugar de la Biblia, preservativos. En el hall quedaba alguna que otra mujer que se ve que no había hecho todavía su cuota, pero, cuando al regreso le hice a Neblina el consiguiente reclamo, su respuesta fue: «Pero al final dormiste, ¿no?»

Por contar de Neblina tendría muchas otras historias de horror, como no tener reservado carro en el aeropuerto al que yo llegaba, o tenerlo reservado en otro aeropuerto diferente; haberme emitido billetes para conexión con vuelos inexistentes; darme conexiones de enlace de dos horas de espera entre NY-Kennedy y Newark (NJ),… aeropuertos que quedan bastante cerca el uno del otro, prácticamente “a la vuelta de la esquina”, etc.

Cada vez que uno iniciaba un viaje preparado por Neblina nunca sabía qué sorpresa podía esperar.

***

Pasajes por partida doble

Víctima: A. López.

Allá por julio de 1987, a última hora —como siempre— de un jueves en la noche decidieron en IBM que el domingo a más tardar debía estar yo en Acapulco asistiendo y dándole soporte a IBM de México en la Convención de Canales de Comercialización de aquel año.

Por supuesto, al día siguiente caí en manos de Neblina, porque así lo dispusieron arriba, para que él arreglara todo lo concerniente a mi viaje —el cual sería el sábado a las 06:30am con Aeropostal vía Ciudad de México con trasbordo para Acapulco— en compañía de un vendedor de Canales cuyo nombre no recuerdo en este momento.

Tarde, como siempre, a eso de las 10:00pm (22:00) del día viernes nos entregó Neblina los dos pasajes y las dos tarjetas de entrada a México, y a esa hora salí yo para mi casa a hacer las maletas y descansar un poco, ya que teníamos que estar en el aeropuerto, como muy tarde, entre las 04:30 y 05:00am, o sea, de la madrugada. Así que quedé con mi compañero de viaje en encontrarnos a esa hora en el aeropuerto, y en que yo llevaría los pasajes y papeles de viaje de ambos.

El sábado a las 05:00 de la mañana llegué al counter de Aeropostal y allí estaba ya mi compañero de viaje, de primero en la cola para cuando abrieran. Como a los 15 minutos abrieron las operaciones y procedimos al chequeo de pasajes y pasaportes. Yo entregué la documentación, y apenas mirarla el empleado me dijo:

—Sr. López, discúlpeme pero éste no es su pasaje ya que tiene otro nombre.

—¡Oh, sorpresa!—, me digo para mis adentros. Y al del counter le dije:

—Lo que pasa es que los billetes de pasaje están intercambiados con mi compañero de viaje.

—Perdón, Sr. López, pero el boleto de su compañero está correcto

—¡¡¡¿Cóooomo?!!!—, exclamé con cara de tonto y asombro.

Pues sí, resultó que el Sr. Neblina había elaborado los dos pasajes a nombre de mi compañero.

A esa hora, y así de repente, uno no sabe cómo reaccionar: si matar al del counter, a Neblina o a otra persona,…

Al calmarme y caer en cuenta de que las únicas opciones eran comprar un boleto nuevo o quedarme en tierra, por supuesto, decidí comprar, con mi tarjeta de crédito, un boleto nuevo para así poder viajar. Lo malo de esto era que en cada ciudad que fuera yo tocando debía hacer lo mismo.

Pero así tuve que hacerlo a pesar de todos los inconvenientes que ello me acarreó ya que, al no tener cupo confirmado, resultaba un poco difícil conseguirlo en los vuelos pautados. Pero lo logré y pude asistir a la reunión.

Lo bueno fue al regreso, ya que, estando ya hasta el gorro de Neblina y de todos los desastres e inconvenientes que le hacia pasar a uno, expuse oficialmente mi queja, y hasta demostré que el total de los boletos comprados por mi persona era casi 50 dólares menos que lo facturado por Neblina. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando me informaron que el culpable había sido yo porque no procedí a la revisión de los boletos. ¿Qué tal?.

Fue tal la arrechera (cabreo) que cogí que desde aquel momento nunca mas permití que un viaje mío fuera tramitado por Neblina.

***

Hasta aquí, cuatro relatos de muestra que otros IBMistas me han enviado sobre las “gratas” experiencias que viajar con Neblina les deparó.

En las próximas entregas, los relatos de mis propias experiencias en viajes “organizados” por ese individuo quien, además de las mañas ya citadas, tenía la de inventarse un localizador, que tranquilamente dictaba por teléfono a un viajero escaso de tiempo, o escribía de su puño y letra en el billete aéreo, frente al viajero y mientras simulaba una llamada telefónica a la línea aérea correspondiente, todo con tal de convencer a sus confiados clientes de que sí tenían una reserva de vuelo u hotel que Neblina, por supuesto, nunca había hecho.

[*FP}– Neblina (1/7): Introducción y dos víctimas

Carlos M. Padrón

Conocí a Neblina cuando en 1974 IBM de Venezuela, en una operación de centralización de oficinas, mudó a su sede principal —el llamado Edificio IBM, ubicado en Chuao, Caracas— las que operaban en el Centro Capriles, ubicado en Plaza Venezuela, también en Caracas.

En el sótano 1 de ese Edf. IBM, sótano dedicado en su mayor parte a estacionamiento de vehículos, había sin embargo dos pequeñas oficinas, y en una de ellas operaba la filial de una agencia de viajes que se ocupaba de todo lo que en relación a esa actividad necesitáramos los empleados de IBM.

A cargo de tal filial estaba Neblina, a quien llamaré así no tanto por dejar en el anonimato su verdadero nombre o por no hacerle propaganda —pues entiendo que sigue aún en el negocio de los viajes— sino porque la neblina suele ocasionar que los viajeros equivoquen su dirección y no lleguen nunca a su destino. Y hacer que eso ocurriera una y otra vez era, precisamente, la especialidad de Neblina.

La gaveta inferior del ala derecha de su escritorio, una de considerable profundidad porque era la destinada a colocar carpetas colgantes, la tenía Neblina llena de pasaportes. Tal vez reposaban allí porque estaban vencidos y requerían renovación, tal vez porque lo que requerían era renovación de alguna visa, o tal vez porque su dueño había olvidado dónde lo había dejado —que seguramente había sido en manos de Neblina— y lo daba por perdido (Neblina, por supuesto, decía no saber de él), pero es el caso que allí estaban por docenas, amontonados sin orden ni concierto.

Un día salió a la luz que, muchas veces, ante el airado reclamo de alguna de sus víctimas que había descubierto, a veces demasiado tarde, que no tenía reservas de vuelo o de hotel, Neblina juraba y perjuraba que él había hecho todo muy bien, y cuando para querer demostrarlo tomaba el teléfono y formulaba a su vez un aún más airado reclamo a una línea aérea o gerencia de algún hotel,… le hablaba en realidad al vacío porque el teléfono ¡estaba desconectado!.

El por qué —a pesar de lo dicho, y más— mantenían a Neblina en IBM, una empresa que exigía la excelencia en el trabajo, es algo a lo que nunca encontré explicación, a menos que fuera porque Neblina llegaba a niveles de servilismo en todo lo relativo a la alta gerencia, y tal vez ésta gustaba de que le rindieran “culto a la personalidad” y se hacía de la vista gorda ante las barbaridades que Neblina cometía con el resto del personal, barbaridades con cuyo relato podría hacerse un libro de los voluminosos, pues, como escribió mi amigo Leonardo, “Quien habiendo trabajado en la IBM de aquellos tiempos no tenga comentarios sobre las hazañas de Neblina, es porque nunca tuvo que viajar”.

Como ejemplo, siguen cuatro historias “neblinescas”, contadas por sus víctimas. Era típico que, a título de justificación, cuando éstas le formularan los consiguientes reclamos, siempre remataba Neblina con respuestas como las descritas en cada historia, respuestas que acompañaba con su característico tic nervioso consistente en un ligero movimiento lateral y ascendente de su cabeza, como queriendo subirla estirando hacia arriba el cuello, acompañado del recurrir a las mangas de su camisa para, en forma alternativa, pellizcar una a la vez a la altura del codo y tirar de ella hacia arriba como si la manga fuera muy larga. Cabeza, manga izquierda, manga derecha; cabeza, manga izquierda, manga derecha,….

***

Un hotel fantasma
Víctima: Alberto L.

Con motivo de una reunión que teníamos en New York inmediatamente después de Semana Santa, programé con Neblina aprovechar de irme antes a Las Vegas. Según él, todo lo mío lo tenía ya confirmado: boletos aéreos, conexiones de vuelos, hoteles y carro de alquiler.

Todo empezó bien en Maiquetía, y siguió bien en Dallas donde hice la conexión a Las Vegas. Al llegar al aeropuerto de Las Vegas recogí las maletas y pregunté dónde quedaba el counter de atención del Hotel MGM donde, supuestamente y según Neblina, tenia mi habitación reservada con carro incluido. Cuál no fue mi sorpresa cuando me informaron de que ese hotel se había quemado hacía aproximadamente unos dos años. Y ahí empezó mi calvario ya que no tenía hotel y, para empeorar las cosas, como era temporada alta se haría muy difícil conseguirlo.

Después de estar como unas tres horas varado en el aeropuerto me consiguieron por fin cupo en un hotel.

Por supuesto, cuando le comenté a Neblina lo que me había pasado contestó, como siempre contestaba, con una respuesta muy propia de él: «Pero bueno, ¡llegaste y disfrutaste, ¿no?!».

***

AM vs PM
Víctima: Francisco L.

Yo tenía que ir a Italia a tomar un curso, y Neblina, como siempre, me preparó todo lo relacionado a pasajes, alojamiento, etc.

Cuando me entregó el billete del pasaje aéreo me leyó en voz alta el itinerario y luego me dijo:

—Como ves, llegarás a Madrid a las 8:55am y saldrás a las 10:55am, sólo dos horas, etc.

Y luego me preguntó:

—¿Todo bien?

—Perfecto—, le respondí,… sin haber leído antes el billete.

Llegué a Madrid justo como Neblina me había indicado y enseguida me fui a averiguar dónde estaba la puerta de abordaje del próximo vuelo, a fin de llegar a ella antes de las 10:55am. Pero cuando pregunté en información me dijeron que mi próximo vuelo saldría a las 10:55, tal y como me dijo Neblina, pero de la noche, o sea, a las 10:55pm (22:55).

Por mala suerte, yo no tenía visa para España, y el único restaurante que entonces había en el aeropuerto de Barajas estaba en remodelación, por tanto estuve sin comer hasta las 8:30pm, hora en que apareció una señora vendiendo bocadillos, de ésos que hacen con el pan durísimo y una laminita transparente de jamón.

De más está decir que me comí dos, uno tras otro, y sin ninguna bebida que me ayudara a tragarlos.

[*FP}– Por qué vine a Venezuela – 45 años de un «turn-around point» en mi vida

Carlos M. Padrón

En julio del pasado año 2006 publiqué el artículo titulado «Por qué vine a Venezuela – 45 años de un turn-around point» en mi vida.

Lo reedito ahora, corregido, porque entre los papeles encontrados en las gavetas del escritorio de mi hermano Raúl, fallecido el pasado diciembre, apareció un original de la foto-postal a la que en ese artículo me referí, y creo que tal hallazgo bien vale una reedición, que aquí va.

***

POR QUÉ VINE A VENEZUELA – 45 AÑOS DE UN TURN-AROUND-POINT EN MI VIDA

En el artículo «Una experiencia ESP personal,… hace 37 años», publicado el 29/06/2006, conté que

«Cuando desde mis 15 años mi padre me presionaba para que yo viniera a Venezuela —donde ya estaban desde hacía mucho tiempo mis dos hermanos mayores— me negaba una y otra vez argumentando que siendo ya él un hombre de 70 años no quería yo, el único hijo varón que le quedaba en la casa, dejarlo solo en un medio agropecuario, duro por definición. Ante esto, y tal vez emotivamente movidos por algo que yo hice en la Navidad de 1960 (y que tal vez relate más adelante), mis hermanos decidieron traernos a todos —mis padres, mis dos hermanas y yo— a Venezuela, con lo cual mi argumento quedaría sin base. Y así ocurrió; en julio de 1961 llegamos todos a Venezuela».

El “más adelante” oportuno creo que es el día de hoy, 11/07/2006, cuando se cumplen 45 años de que el grupo familiar arriba descrito cerró la casa solariega en que habitábamos en El Paso, la misma donde nací, e inició su viaje a Venezuela, viaje que para mí representó un drástico viraje en mi vida (turn-around point creo que lo define mejor). Una prueba de esto es que aún estoy en Venezuela.

Tal vez, y sin querer, ese turn-around point lo causé yo porque el 01/12/1960 me fui desde Santa Cruz de Tenerife —donde vivía y trabajaba— a El Paso para pasar las Navidades con mis padres y hermanas, y encontré a mi madre consternada porque en el pueblo no hallaba una postal apropiada para mandar a mis hermanos, que estaban en Venezuela, como felicitación de Navidad.

A la venta en el estudio del único fotógrafo del pueblo, Manuel Llamas —a quien por su pequeña estatura llamaban todos Mediometro— encontré unas cartulinas rectangulares y con un doblez al centro diseñadas para servir de tarjetas de Navidad portadoras de una foto de algún rincón de El Paso. Una vez doblada la cartulina, en su cara frontal exterior estaba ya impresa la leyenda “Felices Navidades” y, en letra muy pequeña, el nombre del mencionado fotógrado y la explicación “Vistas de El Paso”; y en su interior venía pegada la foto, tomada por Mediometro, de algún rincón del pueblo.

A la vista de aquellas improvisadas postales se me ocurrió una idea. Compré dos, y echando mano de mi cámara fotográfica (la primera que tuve en mi vida, y que aún existe y funciona), tomé una foto a la casa solariega arriba mencionada, la pegué en la cara interior izquierda de la cartulina —en reemplazo de la del rincón pasense que allí venía—, y a mano escribí algo en la otra cara interna, de forma que al doblar la cartulina, foto y escrito quedaban en el interior, mientras que en la frontal exterior quedaba el mencionado “Felices Navidades” que ya venía impreso, y en la trasera exterior escribió mi madre una dedicatoria en nombre de todos, que firmaron mi padre y ella.

Caras exteriores de la foto-postal:

Enviadas por correo el 15/12/1960, esas foto-postales —pues eran dos iguales— fueron las tarjetas de Navidad que, una cada uno, recibieron mis hermanos en Venezuela para la Navidad de 1960.

El Día de Reyes regresé a mi trabajo en Santa Cruz de Tenerife, y en febrero de 1961 recibí una carta en la que mis padres, en términos que denotaban gran ilusión de su parte, me decían que mis hermanos querían que fuéramos todos a Venezuela, y que todos, los de allá y los de acá, esperaban que yo no me negara.

Pensé que si decía que no tal vez mis padres no querrían ir y abortarían el proyecto, y yo sabía muy bien cuánto deseaba mi padre volver a pisar tierra americana, y cuánto deseaba mi madre volver a estar con sus dos hijos mayores, Raúl y Tomás, y conocer a sus nietos. El argumento de que yo no emigraba porque no quería dejar solo a mi padre ya no tenía vigencia. Además, quería casarme, pero mi situación económica no me permitiría hacerlo sino, con buena suerte, después de muchos años. Y dije que sí.

Con el tiempo vine a saber que esta postal de Navidad que yo había ideado,

Foto de la casa solariega. Cara interior izquierda de la cartulina.

Mi poema navideño, escrito de mi puño y letra. Cara interior derecha de la cartulina.

fue lo que tocó la fibra de nostalgia familiar de mis hermanos, y así nació el plan de que todos viajáramos a reunirnos con ellos. Un efecto bumerang que cambió mi vida.

Dejé mi trabajo a finales de junio y me fui a El Paso a ayudar en los preparativos, y el martes 11 de julio cerramos la casa y dimos inicio a la “aventura” del viaje a Venezuela.

Esta foto, del grupo viajero y la casa solariega al fondo, la tomé, con ayuda de trípode y disparador automático, para perpetuar ese histórico momento del que se cumplen hoy 45 años.

Ese 11 de julio viajamos en avión a Tenerife donde pasamos una semana visitando parientes y amigos que mis padres no habían visto en años, y en una excursión al Teide, lugar que ellos no conocían.

Y el miércoles 19 de julio de 1961, a bordo del ‘Bianca C’ zarpamos desde el muelle sur del puerto de Santa Cruz de Tenerife con rumbo al puerto de La Guaira, al que llegamos en la mañana del miércoles 26 de ese mes.

Esa semana del 19 al 26 es el período más feliz que recuerdo haber visto en mi familia, la conformada por mis padres y hermanas. A pesar de mi tristeza porque había dejado atrás a mi novia, era tal la ilusión, el entusiasmo, la paz, la tranquilidad y la armonía que en todos ellos había, que me contagiaron, me levantaron el ánimo con la promesa de un futuro halagüeño que pronto me permitiría casarme, y así pasamos los mejores días que nunca, ni antes ni después, recuerdo haber vivido con ese mi grupo familiar, pues, hasta esa fecha, la crítica situación económica, el trabajo constante y duro para paliarla, y los contratiempos y problemas cotidianos no habían permitido nunca —no al menos desde que tuve uso de razón— que mis padres disfrutaran de unas vacaciones, y menos de unas cargadas de tanta ilusión.

[*FP}– Abuela Celia

Carlos M. Padrón

Durante los 18 años que viví a diario junto a mi padre, sólo lo vi llorar abiertamente una vez: cuando le anunciaron que Pedro, su hermano menor, había muerto asesinado en México. Pero sus ojos se llenaban de lágrimas y se le quebraba la voz cada vez quec contaba la forma horrible en que había muerto su madre mientras él estaba en Cuba, país al que había emigrado desde El Paso.

Abuela Celia, que así se llamaba mi abuela paterna, nació en Cuba en 1870. Creo que sus padres eran canarios y que, de regreso en El Paso, trajeron a sus hijos que, hasta donde recuerdo, fueron tres: Celia (mi abuela), Luz (la llamábamos tía Luz) y Juan (lo llamábamos tío Juan, el de El silbido). En El Paso (sigo suponiendo), mi abuela Celia se casó con mi abuelo Luis, y se establecieron en la que luego fue mi casa natal, donde nacieron sus tres hijos varones —mi padre era el mayor— y una niña, que vino después de mi padre pero que murió con apenas un año de edad.

Sobre los 44 años de edad, mi abuela Celia fue víctima de lo que hoy sabemos que era cáncer de útero, y cuando los médicos a que hubo entonces acceso no pudieron hacer nada por vía de la administración de medicamentos, y la agonía que mi abuela sufría ya había durado años, decidieron intervenirla quirúrgicamente,… pero de una manera salvaje, y de ahí el dolor de mi padre, pues la ataron a una armazón en forma de ‘Y’, la pusieron cabeza abajo y con las piernas abiertas, y, sin anestesia efectiva, procedieron a abrirla para extirparle el tumor.

Quienes estuvieron cerca en ese momento contaron que los gritos de mi abuela Celia fueron desgarradores,… hasta que perdió el sentido.

No sé cuándo comenzó su enfermedad, cuándo fue la salvaje intervención quirúrgica y cuánto vivió luego mi abuela —si es que sobrevivió a esa cruel operación—, pero sí sé que murió el 02/02/1917, y que todas las personas a las que tuve acceso de entre las que la conocieron en vida me dijeron que era una mujer de carácter extremadamente afable, sufrida, bondadosa, y dada por entero a su familia; “una santa” era la expresión más usada cuando estas personas se referían ella.

Con motivo de su muerte, un poeta más en la familia, y hermano de tío Pedro —Pedro Martín Hernández y Castillo, el poeta mayor, de quien ya he hablado en La Danza “de Manuel González”, y pienso hablar bastante más— le dedicó este soneto, fechado el 03/02/1917, que publico hoy en memoria de mi abuela Celia, a quien nunca conocí, en el 90 aniversario de su muerte, y como tributo a mi padre que tanto sufrió por ella.

ANTE EL CADÁVER DE MI MUY QUERIDA
Y VIRTUOSA PRIMA, CELIA SOSA SÁNCHEZ
.

Si existe purgatorio en esta vida,
por él pasaste, Celia, hasta que airada,
la muerte, tenebrosa y despiadada,
arrancó tu existencia tan querida.

Si eterna en ultratumba es tu partida,
eterno es el dolor que en tu jornada
has dejado en el alma, hoy enlutada,
de aquél que tu recuerdo nunca olvida.

Descansa en paz, y por la gran pureza
con que siempre adornaste tu persona,
quiera el Cielo que en premio a tu grandeza

luzcas entre querubes la corona
que tejerte supiste santamente
aquí donde te lloro eternamente.

Miguel Martín Hernández
Febrero 3 de 1917.

[FP}– Teorema de la Hipotenusa

05-01-2007

Carlos M. Padrón

Tendría yo uno 15 años cuando, avanzada ya la noche, me metí en la cama, después de terminar de estudiar, a leer una novela que tenía el estrambótico título de “La vuelta el mundo en busca del Trifinus Melancolicus”. Me habría gustado algo mejor, pero eso era lo que había.

Mi padre no quería que yo mantuviera encendida la luz más allá del tiempo estrictamente necesario, y, según él, yo no tenía necesidad alguna de leer una novela, así que yo leía en absoluto silencio y tapando las rendijas de la puerta para que no se viera que la luz a de mi cuarto estaba encendida.

De pronto di con un párrafo que me produjo un ataque de risa que no pude controlar y se me salieron las carcajadas. En menos de un nanosegundo apareció ante mí la figura iracunda de mi padre, y creo que me salvé porque me reía con tantas ganas que él se contagió y antes de que yo viera que él también reía, se fue sin decir palabra.

El párrafo en cuestión era un supuesto Teorema de la Hipotenusa, que decía así:

Toda hipotenusa que pase por los ángulos diedros de la elipse de un romboide sin cortar los catetos del plano paralelo al eje, equivale a la cotangente oblicua de un paralelepípedo secante cuya base, tres veces mayor que el radio, es inferior a πR2 menos el duplo de la raíz cúbica del coeficiente a + b + x,… poco más o menos.

Nunca lo olvidé, y tanto es así que años más tarde ─y luego de haber cursado «avanzados estudios»─ obviando el sarcástico ‘poco más o menos’ que atentaba contra la exactitud de tan importante teorema, en honor a ésta, a la concisión y a la brevedad, le añadí una parte de mi cosecha, dejándolo así:

Toda hipotenusa que pase por los ángulos diedros de la elipse de un romboide sin cortar los catetos del plano paralelo al eje, equivale a la cotangente oblicua de un paralelepípedo secante cuya base, tres veces mayor que el radio, es inferior a πR2 menos el duplo de la raíz cúbica del coeficiente a + b + x, siendo éste función exponencial del cuadrado de la hipotenusa más el logaritmo neperiano de la suma de los cuadrados de los catetos del paralelepípedo en cuestión, cuyo segmento anular interno multiplicado por el coseno del área perpendicular será directamente proporcional al eje principal de la elipse y a los vectores transversales del ángulo diedro que la contiene.

NotaCMP.- El teorema completo, con la parte por mí añadida, lo encontré hoy, 08/03/08 entre mis viejos papeles, y me apresuré a reportar aquí un hallazgo tan importante para la Ciencia.

[*FP}– Una muy especial "tarjeta de Navidad"

Carlos M. Padrón

Hasta la edad de 22 años, para mí la Navidad fue un periodo, no precisamente de fiestas, que durada desde el 24 de diciembre hasta el 6 de enero, Día de Reyes. Un periodo marcado por un énfasis en lo religioso, con belenes en muchas casas —en El Paso los llamábamos “nacimientos”— , misas de gallo, cánticos de villancicos, y ensayos del grupo de niños y niñas que debutaríamos en un acto especial en el magno belén hecho en el altar de la iglesia. En los ensayos para la Navidad de 1949 conseguí mi primera “noviecita”. ¡Como pasa el tiempo!

La noche del 31 de diciembre era una como otra cualquiera, marcada tal vez por un mayor frío que obligaba a que uno se fuera a la cama más temprano que de costumbre.

Eso sí, en la noche del 24/12 era obligada la Cena de Navidad, en familia, que si bien contaba con algún menú especial que terminaba con dulces —truchas, almendrados, galletas, pan de leche, etc.— hechos en la casa, también contaba con la tristeza de los comensales por la ausencia de los que habían emigrado a Venezuela. Los mayores, en especial los padres, no podían disimular la congoja por que esos hijos suyos ausentes no tendrían una cena de Navidad con su propia familia, y, tal vez, tampoco gozarían de buena salud o contarían con un buen entorno social y material que los cobijara.

En los más de los casos, la tristeza, a veces expresada en furtivas lágrimas, iba en aumento durante los días posteriores al 24 porque ya los niños, por escrito o verbalmente, habían formulado a los Reyes Magos la petición del regalo —sólo uno— que querían que amaneciera, junto a su cama y sobre sus zapatos, en la mañana del 6 de enero,… y los padres no tenían dinero para comprar ese regalo, o ni siquiera otro menos “ambicioso”.

Es sabido que los niños son esponjas que absorben todos estos sentimientos aunque se pretenda esconderlos de su vista, y yo no fui excepción. Por eso me causó un shock la Navidad de 1961, la primera que pasé en Venezuela, pues a pesar de que fue también la primera que mis padres pasaron con todos sus hijos, y no tuvo cabida, por tanto, la tristeza derivada de la ausencia de alguno de ellos, sí tuvo lugar el asombro ante el desmadre que para nosotros, los recién llegados de Canarias, significaba el enfoque básico de ese periodo con base en un motivo religioso que en la realidad no aparecía por ningún lado sino que en su lugar había arbolitos de navidad, (¡¿?!), bonche, gaitas (la antítesis de un villancico), alcohol, y consumismo a toda vela expresado en un verdadero derroche en regalos que muchas veces, además de comprados con dinero que no se tenía, resultaban inservibles o inadecuados. Todo marcado por un extraño sentimiento que nos asustaba: ese presentismo crónico, esa ceguera deliberadamente escogida, que podría resumirse en un «Olvidemos el pasado; estos días son “pa’gozá” y ya veremos qué nos trae el nuevo año».

En consecuencia, la Navidad —que en el mundo Occidental es el periodo en que ocurre mayor cantidad de suicidios— no me gusta. Para colmo, detesto tener que hacer regalos en fecha fija, y tal vez detesto más que me regalen algo que no es de mi agrado porque no lo necesito, porque carece de utilidad para mí, o porque es algo que no tiene los componentes o dispositivos que sí tiene otro algo que tal vez llenaría mis expectativas de funcionalidad. La obligación de tener que regalar sin saber qué —pues asumo que las demás personas usan para con los regalos recibidos parte de los parámetros que uso yo —, me causa, tal vez por aquello de “No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”, un enorme sentimiento de agobio, así que, desde hace años, opté por declarar urbi et orbi que no quiero que me regalen nada, y que yo no regalaré nada. Si en cualquier época del año, no importa que sea o no Navidad, cumpleaños o bautizo de muñeca, veo que alguien de mi círculo familiar tiene necesidad de algo que yo puedo regalarle, se lo regalo y me siento muy feliz. Pero bajo la presión de la fecha fija o de la incertidumbre, no regalo,… aunque pocos, por no decir nadie, aceptan mi posición.

Por todo esto, si yo pudiera, entraría en cura de sueño desde el 15 de diciembre, o tal vez antes, y hasta el 15 de enero, cuando hubiera pasado esa locura a la que dan el nombre de navidad, al que yo añadiría el apellido de “estilo gringo”.

Desde 1970 reside en Canarias Lucy, una prima mía y madrina de mi hija mayor, a quien, aunque nacida en El Paso, como yo, vi por primera vez en Yaritagua en agosto de 1961. De entre las personas que hasta este momento había yo conocido y he conocido hasta hoy, ella es la que, por el aspecto físico que tenía a la edad de 10 años, cuando la conocí, me ha parecido la más familia mía, la más portadora de sangre y genes como los míos, y por ello me causó lo que se me ocurre llamar “atracción o empatía genética”, un fenómeno que tal vez la teoría de la reencarnación puede explicar,

Lucy, en 1965.

Porque Lucy, a quien llamo cariñosamente “Catira” o “Lucky 7”, sabe lo que siento acerca de la Navidad, optó por enviarme para estas fechas algo que poco tiene de navideño porque fue hecho para envío en julio: una especie de tarjeta de cumpleaños, que recoge una muy breve historia de mi vida; un archivo WMV armado totalmente por ella con indudable cariño, teniendo por fondo una música que me encanta, y con un toque que halaga mi vanidad,… que rima con navidad.

Como una forma de expresar públicamente a Lucy mi agradecimiento por este gesto que ha tenido para conmigo, y por el tiempo, la dedicación y el cariño que puso en armar el archivo y en su contenido, con la aprobación de ella he puesto ese su WMV —para mí la mejor “tarjeta de Navidad” que recibiré este año— a disposición de quien quiera bajarlo.

Basta con clicar  aquíhttps://app.box.com/s/l1td3v777xpwwubnp60fhymub32pkdkp

y luego en Download para bajar al computador y reproducirlo desde allí.

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COMENTARIOS

 Comentario de: Alberto Lema [Visitante]

Carlos, ¡que suerte tienes!, que la familia te celebre en cualquier momento inesperado como los que nos has brindado, a los que la dicha tenemos de conocerte, y por alguna u otra razón agradecerte, todos lo que nos estas dando de tu mas profundo sentir.
Pero la verdad es que lo que aún no has confesado es que crema y champús estás utilizando para mantener la lozanía de esa faceta de artista en la fotogenia ilustrada.
Que estés bien, que el espíritu de la Navidad, que por tu impresión la cual comparto en los de la compradera loca y sin mucho sentido, parece mas bien el fantasma del diablo consumista de una sociedad alocada y tal vez perdida en sus laberintos sociales….
Abrazos para ti, tu familia y Chepina. Pero lo que si pido es Salud y Alegría ¡!!!.
Alberto Lema.

10/12/2006 @ 16:33

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Comentario de: Carlos M. Padrón [Miembro]

Gracias, Alberto.
Sí, es una suerte contar con parientes así,… y con amigos como tú que rematan con elogios como el que me dedicas.
El champú o crema que he usado, y muy a mi pesar, es el de los sinsabores que Lucy menciona en su “tarjeta de Navidad”.
Iguales nuestros deseos, de Chepina y míos, para ti y tu familia.

10/12/2006 @ 16:41

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Comentario de: Fátima de Armas Padrón [Visitante]

Primero que nada ¡¡FELICIDADES!!, hoy y cada día de tu vida, extensibles a Chepina. Me he emocionado pues, aunque no lo exteriorice, así lo siento. ¡¡CHAPÓ!! para ti y mi hermana.

10/12/2006 @ 18:18

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Comentario de: Carlos M. Padrón [Miembro]

Gracias, Fátima. Y felicidades a ti también porque veo que ya no sólo sabes poner comentarios en el blog sino también bajar los archivos referidos en él. ¡Pa´lante!.

10/12/2006 @ 18:40

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Comentario de: Lucky 7 [Visitante]

¡¡Qué sorpresa me acabo de llevar!! No pensé que lo colgarías en el blog; creí, al comentármelo, que lo decías de broma, pero ahí está. Que sepas que en cierto modo tú eres el artífice, pues has sido mi maestro e impulsor en esto de la informática, o como lo llamen. Nunca pensé que pudiese llegar a crear cosas como éstas; será, como bien dices, que lo llevo como tú en los genes. Estoy orgullosa de ello y de tener tu sangre. Te admiro.
Como siempre, me he emocionado al ver lo que has escrito; pero ahora, que me toca de lleno, aún más. Gracias y que Dios te tenga entre nosotros por muchos años.
Un beso

10/12/2006 @ 20:19

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Comentario de: Eduardo García [Visitante]

Grandes recuerdos de ambos lados. Y aunque me agrada que tú quieras a la tierra donde naci -Los chorros, Edo. Miranda-, creo que debes pensar en un futuro mucho más promisor, para ti y algunos de tu familia, en tu bello terruño.
Venezuela, desgraciadamente, no va por buen camino. ¡¡¡Ojala yo esté equivocado!!!
Recibe un fuerte abrazo en unión de “la gocha” y de tu familia.

11/12/2006 @ 22:00

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Comentario de: Carlos M. Padrón [Miembro]

Sinceramente, Eduardo, espero que estés equivocado y que eso se demuestre muy pronto.

13/12/2006 @ 20:11

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Comentario de: Ada Padrón [Visitante]

¡¡BUENO, BUENO!!! ¡¡MUCHO BESO PA’CÁ Y PA’LLÁ!!
LA VERDAD, LUCY, ES QUE MUY GRATAMENTE ME HA SORPRENDIDO TU HERMOSA TARJETA DE NAVIDAD. HE DE CONFESAR QUE ME HA HECHO SENTIR GRATAMENTE CELOSA.
GRACIAS A DIOS, NUESTROS GENES PADRÓN SON NOBLES Y FUERTES; SON LA CARTA DE PRESENTACIÓN COMÚN A TODOS LOS QUE HONRAMOS NUESTRA MUY ESPECIAL HERENCIA. Y, SI NO, QUE ME LO PREGUNTEN A MÍ QUE CON MUCHO ORGULLO LLEVO BASTANTES DE ELLOS CONMIGO.
FELICIDADES, LUCY, POR TU SENSIBILIDAD, AMOR Y ADMIRACIÓN PARA CON MI TÍO (MI ÚNICO TÍO, Y ÉL LO SABE), LA COMPARTO DESDE EL ALMA,… ¡¡NADIE PUDO EXPRESARLO MEJOR!!
TU PRIMA, DESDE MIAMI,
ADA PADRÓN.

13/12/2006 @ 23:38

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Comentario de: Lucy [Visitante]

Gracias. mi prima. Me alegro de que la tarjeta haya servido también para que hayamos podido comunicarnos después de tanto tiempo. Sé de ti por nuestro tio-primo. Ya sé que son celos sanos, pero él tiene un corazón grande donde cabemos las dos, que en mucho nos parecemos.
Estoy muy contenta de saber de tí, y me siento halagada por tanto como dices. Espero que algún día nos visites; años ha que no nos vemos. ¿Qué tal va esa pintura?
Bueno, pues un beso grande pa´lla, y ¡arriba los Padrones de nuestra saga! Con mucho orgullo.
Desde Canarias.
Tu prima Lucy

14/12/2006 @ 21:37

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Comentario de: Manuel A. Gutierrez [Visitante]

Muy estimado y apreciado amigo. ¡Qué regalo tan bello nos has permitido compartir! Sentimos una (otra) emoción al ver y escuchar esta magnífica obra de arte.
Resume, en una buena parte, tu vida. El destino me ha permitido conocerte y haber participado, en vivo, muchos de tus atributos. Considero esta tarjeta/regalo para todo el año y para todos los años. Nota: comparto tu acertado criterio sobre consumismo extravagante de los ignorantes.
Un abrazote para ti y Chepina, siempre.
Manny

18/12/2006 @ 18:32

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Comentario de: Constantino Fernández [Visitante]

Debe resultar muy gratificante tener a alguien que tenga esos sentimientos hacia uno, sobre todo si te los dicen de la forma que te los han dicho. Me ha encantado tu felicitación de cumpleaños (¿o Navidad?). Desde Madrid, les deseamos que pasen unas felices fiestas junto con sus seres queridos.
Un abrazo,

Tino, Eli y Verónica
P.D.:Me ha encantado ver comentarios de algunos amigos que hace mucho tiempo que no veo. He sentido un ataque de nostalgia del que tratare de recuperarme pronto

21/12/2006 @ 18:47

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Comentario de: Douglas Reina [Visitante]

Caramba, Charlie… Cada vez me sorprendo más de tu capacidad para hacer cosas como esta del blog que has creado… Sobre la presentación de tu prima, aún cuando no la conozco, mis felicitaciones por su empeño… La verdad es que debió de darte un friito por dentro cuando leiste lo que escribió sobre tí…¡Qué envidia!… Si no te gusta lo de la Navidad, respeto tu criterio, pero entre tanto ajetreo de la vida diaria, creo que un reencuentro con la familia y una especie de renovación personal (tanto en lo material como lo espiritual) siempre y cuando se haga con moderación, no está de mas…Te imaginas, si no fuera por la (incómoda) navidad todavía estaríamos hablando de las elecciones…En todo caso, me alegra mucho haber sabido algo por este medio de compañeros tan apreciados como Alberto Lema y Constantino Fernández…Después de toda esta perorata no me queda mas que desearte, tanto a ti como a Chepina, todos tus familiares y amigos la mejor de las suertes y felicidades en 2007…

Suerte…Douglas

23/12/2006 @ 10:05

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Comentario de: Carlos M. Padrón [Miembro]

Pues sí, Douglas, porque me dio más que un friiito fue por lo que puse en el blog la tarjeta que Lucy hizo para mí. En cuanto a la Navidad, es justo lo que mencionas (como el reencuentro con la familia y la renovación personal) lo que me gusta de ella, no el resto de lo que ahora la caracteriza y que mencioné en mi post. Igualmente, en nombre de Chepina y en el mío propio, te desamos felicidad en unión de los tuyos,… y que avises cuando vengas a Caracas, para que nos veamos las caras después de tantos años.

23/12/2006 @ 10:48

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Comentario de: Gustavo Natera [Visitante]

En esta época de recuentro de la familia y de amistades, reciba más calurosas palabras de afecto y agradecimiento, y muchas gracias por compartir el contenido de ese muy especial mensaje de navidad. Feliz navidad y venturoso año 2007
Gustavo Natera (ARETAH)

27/12/2006 @ 10:28

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Comentario de: Carlos M. Padrón [Miembro]

Hola, Gustavo, ¡qué bueno saber de ti! ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos! ¡¡¡AÑOS DE AÑOS!!!… si no me equivoco. Gracias por tu comentario, e iguales buenos deseos navideños y de año nuevo para ti y los tuyos

28/12/2006 @ 08:05

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Comentario de: Loredana [Visitante]

Carlos, muy lindo el video, te felicito por tener una familia tan linda. Las fotos son magnificas!!!!!!

05/01/2007 @ 22:39

[FP}– Barbería unisex

Durante todo el año 1978 viví en USA con mi familia, en el estado de New York, concretamente en Chappaqua (Westchester County), el mismo pueblo donde ahora viven los Clinton (¡de buena me salvé!).

Un sábado del verano de ese año, mediante llamada telefónica a mi casa, mi gerente en IBM-A/FE (cuartel general de IBM para las Américas (excepto USA) y el Lejano Oriente, donde yo trabajaba— me hizo saber que el lunes próximo debía yo asistir a una reunión de protocolo, así que como mi pelo estaba demasiado largo —pues no soy amigo de las barberías—, decidí ir a cortármelo ese mismo día, pero sólo después de haber hecho algunas diligencias necesarias.

Cuando terminé con éstas, estaba yo en las afueras de Mount Kisco, en un nuevo centro comercial en el que habían abierto una barbería unisex, lo cual no me hizo mucha gracia, pero dada la hora no tenía tiempo para ir a la que habitualmente yo usaba, así que entré en la barbería unisex, esperé mi turno y me atendió una muchacha horriblemente fea, con aliento de fumadora, muy pechugona y que, tal vez porque creía que sus lolas eran lo único o lo más atractivo que ella tenía, no llevaba sostén pero sí una blusa de tela bastante delgada, y las lolas saltaban y bamboleaban con cada movimiento que la muchacha hacía.

Desde que me senté en su sillón comenzó a hacerse la simpática. Le dije que no quería que me mojara el pelo, pero insistió en que debía hacerlo para que el corte quedara impecable, pues ella “buscaba la perfección y cada corte suyo era una obra de arte”. Opté por dejarla hacer con tal de salir de allí cuanto antes.

Al momento del lavado, echó hacia atrás el sillón hasta que mi nuca reposara en el borde del lavabo, y cada vez que se inclinaba sobre mí para mojarme el pelo, aplicarme el champú o frotarlo en mi cabeza, sus bamboleantes pechos rozaban por toda mi cara. Cuando yo sentía los pezones en mis mejillas, mi nariz o mis labios, no podía evitar una sacudida que medio me hacía saltar en el sillón, como si me hubieran dado una descarga eléctrica o hecho cosquillas.

Al notar en mí esas reacciones, la muchacha fea y de mal aliento me preguntó, con una sonrisa pícara y casi en un susurro:

—¿Qué? ¿no le gusta?—, y al hacerlo inundó mi cara con su vaho de fumadora.

—No—, fue mi seca respuesta mientras contenía la respiración para no inhalar el «aroma» de su horrible aliento.

Con cara de sorpresa y mal contenida contrariedad, alzando un tanto la voz me replicó:

—¿Qué pasa? ¿Es que no le gustan los pechos de mujer?.

Y ahí se me salió el isleño y le respondí:

—Sí, pero sólo los de las mujeres bonitas.

De inmediato me arrepentí de lo dicho, pues la niña —que, por lo visto, era feminista—, montó en cólera y a grito limpio comenzó a acusarme de haberla hecho víctima de acoso sexual.

Todos en la barbería, tanto el personal como los clientes, dejaron lo que estaban haciendo y se quedaron mirándome como si yo fuera un delincuente común. Pero, tal vez por el sorpresivo impacto, me mantuve impertérrito y en silencio.

A los gritos de la muchacha apareció un señor que resultó ser el dueño de la barbería. Apenas abrió la boca para preguntar qué pasaba noté que era italiano. En voz baja habló antes con dos de las empleadas, y cuando se acercó a mí con clara intención de dirigirme la palabra, me anticipé, y en italiano —idioma que, por supuesto, la muchacha no entendía— y hablándole muy tranquilo y cortésmente, le pedí permiso para darle una explicación.

Sorprendido —al igual que todos en la barbería, pero en particular la muchacha—, el señor, también en italiano, me dijo que procediera, así que, siempre en italiano, le conté cómo había sido todo, y al final le pregunté si era política de aquel local que las muchachas restregaran sus ubres en la cara de los clientes, mientras los asfixiaban con mal aliento, y luego los acusaran por lo que ellas mismas habían provocado.

Tal vez porque la muchacha de marras tenía ya mala fama, porque yo no tenía cara de tenorio o de perver, o porque fui muy convincente, el caso es que el señor me pidió disculpas, le ordenó a la muchacha que se retirara, y procedió él mismo a terminar de cortarme el pelo mientras, siempre en italiano, me preguntó de dónde era yo, por qué hablaba italiano, dónde vivía, a qué me dedicaba, etc. Cuando le dije que vivía en Chappaqua y que trabajaba para IBM, a través del espejo noté que el tipo se paralizó por una fracción de segundo antes de comenzar con una cadena de alabanzas hacia esa compañía.

Terminó con mi corte de pelo y, después de nuevas disculpas, ya excesivamente ceremoniosas, me dijo que yo no debía nada, que era invitación de la casa, y que ya él hablaría con la muchacha.

Si lo hizo o no, no lo sé, pero sí sé que nunca más he entrado a una barbería unisex, ni he dejado que una mujer me corte el pelo, aunque me encantaría que la mía lo hiciera, para no tener yo que ir a ninguna barbería; pero ni modo,… aunque la profesión más común entre los gochos es la de barbero.

[*FP}– Un alfiler en África (5/5)

Carlos M. Padrón

Terminado el tour por el Zoco, los franceses, sin siquiera decirme adiós, se fueron en su carro, y el guía tuvo la amabilidad de pararse conmigo por casi 10 minutos al borde de la vía hasta que me consiguió un “petit taxi”, que es el equivalente de los taxis Volks-Wagen de México. Le dijo al taxista adónde debía llevarme, y a mí cuánto debía pagar por el viaje.

No oculto que durante todo el trayecto en aquel desvencijado taxi conducido por un tipo de aspecto nada tranquilizador estuve usando de corbata algo que la Naturaleza no diseñó para tal uso, pero al fin el taxista, que no dijo palabra durante el viaje, me dejó en el Hotel Kenza. Con un suspiro de alivio le di los 10 DRM que el guía me había dicho que le diera, y entré al hotel.

Cuando llegué a mi habitación estaba extenuado, más por tensión emocional que por esfuerzo físico, así que me dormí sin que me preocupara mucho el almuerzo, pues como —desde hace años, y en solidaridad con mis queridos perros— hago una sola comida al día, me reservé para la gran cena de fin de año que, según la agencia de viajes, era “obligatoria” y costaría 13.900 pesetas, unos 927 DRM.

Cuando me desperté eran como las 3 y media de la tarde. Bajé a la recepción y pregunté dónde sería la tal cena de fin de año. Me miraron como a bicho raro y me dijeron que no sabían nada de esa cena, pero que si yo quería una cena de fin de año podían ofrecerme el tour llamado ‘Fantasy Dinner’ que incluía precisamente una cena bajo una tienda de nómadas del desierto, y con un show de danzas típicas como sobremesa. El precio era de 350 DRM y el tour saldría del hotel entre las 7 y media y las 8 de la noche. Reservé de inmediato y pagué los 350 DRM.

A las 7 y media recibí en mi habitación una llamada del tipo con el que había hecho el negocio de la cena, y supuse que era para decirme que todo estaba listo para salir, pero resultó ser para informarme de que “como había mucha gente para la ‘Fantasy Dinner’, el precio había subido y era ahora de 700 DRM y no de 350”.

En mi más enfervorizado inglés le contesté que según el folleto editado por el organismo estatal a cargo del turismo en Marruecos, en ese país el precio convenido de palabra para transacciones comerciales se respeta como si fuera un contrato escrito, y que a mí no sólo me habían dicho que la cena me costaría 350 DRM sino que también me habían recibido ya el pago correspondiente, razones por las cuales yo exigía que se respetara el acuerdo que conmigo se había hecho. Se disculpó y dijo que vería qué podía hacer.

A las 8 bajé, listo ya para salir, y me senté en el lobby. Apenas un cuarto de hora después llegó el tipo y, fresco como una lechuga, me dijo que no había nada que hacer a menos que yo pagara 700 DRM. Le contesté que aunque en España me habían dicho que la cena me costaría unos 927 DRM y yo había aceptado pagar eso, por una cuestión de principios no estaba dispuesto a acceder al chantaje que se me quería hacer, aunque el precio que ahora se me pedía fuera inferior a los 927 DRM que yo venía dispuesto a pagar.

Puso cara de estupor, pues seguramente su idea del negocio no tenía cabida para ese tipo de principios, y, obsequiándome luego una sonrisa entre burlona y conmiserativa, me devolvió mis 350 DRM.

Así que, usando la tan europea media pensión, cené en el hotel y me fui a la cama a eso de las 10 de la noche,… para despertar a las 5 de la madrugada del primer día de 1995 a los melodiosos trinos de la dulce y estimulante voz del almuecín electrónico que, de nuevo, parecía gritar en el balcón de mi habitación. Pasado el correspondiente susto, y hecha la obligada mentada de madre, seguí durmiendo hasta las 8 de la mañana.

Ese primer día del año tomé un par de tours light, por las afueras de la ciudad, y de regreso al hotel preparé el equipaje para volar de vuelta a Madrid el día 2 muy temprano.

Ese día 2 me sirvió de algo el despertador tempranero del llamado del almuecín que de nuevo sonó a las 5 de la madrugada, lo que aproveché para dejar la cama, y a las 5:30 salí en taxi para el aeropuerto.

De Marrakech volé a Casablanca y, cuando en Casablanca, una vez pasado el control de pasaportes para el vuelo internacional a Madrid, noté que no había duty-free, como si sólo fuera mera curiosidad por mi parte le pregunté a un par de aparentes funcionarios oficiales que estaban en la puerta de la sala de espera de mi vuelo, si en una ventanilla que al momento estaba cerrada se podían cambiar DRM a pesetas —cosa que, según el folleto oficial ya mencionado, podía hacerse en ese tipo de ventanillas—, me dijeron que no y, para mi sorpresa, remataron con que yo no tenía cara de turista —lo mismo que otro funcionario me había dicho, también en Casablanca, en el viaje de venida—, y me advirtieron que si me habían sobrado DRMs tenía que devolverlos allí y a ellos.

Aquello era ya demasiado —sin contar lo de mi cara de no turista, que aún no sé cómo tomar, si como cumplido o como ofensa—, así que me arriesgué, y aunque en realidad me habían sobrado 760 DRM les dije que no tenía DRM alguno, que los había gastado todos y que sólo había preguntado por saber. Con cara de disgusto me dejaron tranquilo y siguieron “patrullando” a la espera, supongo, de otra posible víctima.

Ya dentro de la sala de espera había una pareja de holandeses que habían seguido con interés mi conversación con los funcionarios. Cuando entré a la sala, muy pequeña, me contaron que también a ellos les habían negado el cambio, aunque en Holanda les habían dicho que podían hacerlo, y quisieron quitarles el dinero sobrante, ante lo cual habían decidido que nunca más volverían a Marruecos.

Al día de hoy, he visitado casi 50 países o regiones de este mundo, y con gusto podría volver de nuevo a Nepal, a Turquía, visitar Egipto, Líbano, Sudáfrica, etc., pero a Marruecos no volveré más si puedo evitarlo.

Según en mis tiempos se decía en El Paso: ¡Una y no más, como el Alma de Tacande!.