[*FP}– El rey y yo. Mi «tropiezo» con la realeza

05-01-11

Carlos M. Padrón

Creo que fue en 1960, y tal vez en verano, pero por más que he gugleado no encuentro la fecha exacta. Si sé que fue un día domingo.

Para entonces yo vivía y trabajaba en Santa Cruz de Tenerife y, como tenía novia en La Laguna, todos los domingos subía a buscarla para salir con ella, pero ese domingo llegué a La Laguna bastante antes de la hora en que nos habíamos citado y, para hacer tiempo, me puse a dar vueltas por la ciudad.

A poco de comenzar a bajar por la calle San Agustín, en dirección a la Plaza del Adelantado, noté con extrañeza que frente a un caserón palaciego —que creo que era el llamado Palacio Episcopal, el de la foto— había una pequeña multitud.

Y, a medida que me acercaba al lugar, más me extrañó comprobar que la multitud estaba conformada por sólo mujeres jóvenes que tenían la vista clavada en el balcón del caserón.

Como aquello no me incumbía, pero era un obstáculo que yo debía salvar para continuar mi marcha, tomé la acera de enfrente al caserón, y me pegué bien a la pared con intención de pasar por detrás del grupo de mujeres. Éstas eran tantas que no me resultaba fácil pasar, pues ellas no querían moverse de su sitio.

Poco a poco fui avanzando, caminando de lado, y cuando estaba justo detrás de lo que era el grueso del grupo, todas las mujeres comenzaron a gritar como locas agitando sus brazos hacia el balcón principal del palacete, en el que había aparecido, acompañado de no sé quien, un joven que tampoco supe quién era.

Ante la locura general opté por quedarme quieto y esperar la oportunidad de seguir mi marcha, lo cual no podía hacer mientras aquellas casi histéricas mujeres se negaran a moverse, o dejaran de aprisionarme, como ahora lo hacían, contra la pared.

De pronto, alguien que estaba en la habitación a la que pertenecía el balcón le entregó al joven un ramo de flores que éste levantó como ofreciéndolo a todas las fans del grupo, gesto que bastó para aumentar al máximo la histeria y los decibeles del ya ensordecedor griterío.

Luego, en una elegante y displicente maniobra, el joven lanzó el ramo hacia el grupo de las fans,… pero con tan buena puntería que el bendito ramo vino a dar a mis manos.

No pude atraparlo por completo, sino apenas tocarlo, pues, de inmediato, mil manos amenazantes, provistas de largas uñas, cayeron sobre mí, y en un nanosegundo, y movidas por la desesperación de hacerse con el bendito ramo, lo destrozaron por completo.

En su deseo de, peleando entre ellas, conseguir al menos uno de los pétalos que volaban por los aires hacia el centro de la calle, las mujeres se separaron de la pared, y aproveché la coyuntura para salir corriendo y, con arañazos en mi cara y manos, los lentes (gafas, que entonces usaba yo) torcidos, y manchas en mi camisa, alejarme del lugar de aquel incidente que fue mi primero y único «contacto» con la realeza,… pues el tal joven resultó ser (y esto lo supe después) el entonces príncipe Juan Carlos, hoy Rey de España.

P.D.: Si alguien sabe la fecha exacta de esta visita que el entonces príncipe Juan Carlos hiciera a La Laguna, agradeceré que me la diga.

[*FP}– La seda en los recuerdos de mi infancia

Carlos M. Padrón

A comienzos de la década de los años ’50s había en El Paso varias familias que criaban gusanos de seda, y en mi casa mi madre decidió embarcarse en tal aventura uno de esos años.

La sala de nuestra casa fue habilitada para poner las allá llamadas «panas», armazones circulares planas, de poco más de un metro de diámetro, con fondo de paja en el cual se fijaban ramas de brezo, como de medio metro de alto, para que, llegado el momento, los gusanos subieran e hicieran entre ellas sus capullos.

Para alimentarlos hacían falta muchas hojas de morera, así que temprano en la mañana salíamos los cuatro —mi madre, mis dos hermanas y yo, que iba muy a disgusto porque no me gustaba ni las madrugadas ni las tareas de campo— a hacer en el monte la recogida de tales hojas que, luego de que se refrescaran, se depositaban sobre las panas para que los voraces gusanos las comieran.

Gusanos en pana

Gusano de sea comiendo. Las pequeñas bolitas negras son excremento, pues la voracidad necesita mucho desahogo.

~~~

Gusanos en pana 2 

Gusanos de seda comiendo sobre la «pana» que es lo marrón de forma circular que les sirve de fondo.

De toda la ceremonia de la cría, lo que sí me gustaba era entrar sigiloso en la oscura sala y ponerme a escuchar el extraño ruido de los animalitos comiendo sin parar.

Llegado el momento, cada gusano, que ya había tornado en amarillo el color blanco que tuvo antes su cuerpo, subía por la rama de brezo, escogía una ‘Y’ que fuera de su agrado, y segregando por su ano un líquido amarillento —de ahí el color antes mencionado— que se convertía en delgada hebra, iba envolviéndose con ella hasta quedar atrapado dentro de un perfecto capullo con ligera forma de 8.

Terminada por fin esa etapa de la confección de los capullos, había que retirarlos con cuidado de entre las ramas de brezo, acumularlos y pedir cita en una de las pocas casas que en el pueblo tenían las instalaciones para «sacar la seda».

Capullos

Capullos una vez retirados de las ramas de brezo y listos para «sacar la seda».

El proceso se tomaba toda una jornada de trabajo, y no lo recuerdo muy bien porque me sentí incómodo entre la gente, para mí extraña, que habitaba en la casa, ubicada frente al lugar llamado Las Dos Palmas, en Tajuya, a la que los cuatro ya citados fuimos un día, desde temprano, a «sacar la seda».

Recuerdo que sobre un fogón había una gran caldera de cobre en la que pusieron a calentar agua, y cuando ésta estuvo a punto echaban capullos dentro de la caldera y los hacían girar en el agua caliente con un instrumento de palo, lo cual, si mal no recuerdo, hacía que la seda fuera desprendiéndose.

Mujer frente capullos en caldera

En agua muy caliente, para ablandar los capullos y poder desprender la seda.

~~~

Seda desprendiendose

Buscando la hebra.

~~~

Capullos en caldera

Preparados para el próximo paso.

Entonces se la «pescaba» con otro instrumento y se la llevaba hasta una especie de husos.

Pesca del hilo

Todos eran instrumentos de artesanía local.

Sí recuerdo muy bien, tal vez por lo desagradable que me resultó, que a la hora del mediodía mi madre tendió en el suelo, en la zona de la tarea pero lejos del calor de la caldera citada, un mantel sobre el que colocó los platos, cubiertos y comida que al efecto habíamos traído, y se suponía que nosotros cuatro teníamos que sentarnos en el piso, alrededor del mantel, y proceder a dar cuenta de la comida.

Como yo era muy tímido, no quise hacerlo en presencia de la señora que se ocupaba de la caldera, y de las dos muchachas que la ayudaban, así que me alejé, me senté bajo la sombra de un almendro, y me quedé sin comer.

No recuerdo siquiera en qué terminó aquel para mí medio calvario, pero tarde ya regresamos a casa, caminando y cargando con casi todo lo que llevamos más las madejas de seda cruda; creo recordar que así la llamaban, «seda cruda», pero no estoy seguro.

Todo era muy rudimentario, pero funcionaba. Las madejas de esa seda cruda las llevamos luego a casa de unas tías de mi padre, llamadas Juana y María, solteronas ellas, que vivían en La Rosa —un barrio de El Paso, enclavado en la parte alta del pueblo— y que por muchos años se habían dedicado a procesar seda en unos telares que al efecto tenían, todos de madera y que se manejaban con pies y manos al unísono.

Lo que después hacían allí sí que no lo recuerdo, pero cuando tuve oportunidad y me lo permitieron, pasé horas embelesado viendo cómo cualquiera de las dos viejitas accionaba el telar con sus pies, moviéndolos hacia adelante y hacia atrás, y teniendo ya lista en su lugar la madeja de seda depurada cuyo hilo extremo enhebraban en una pieza que, si mal no recuerdo, llamaban lanzadera, iba «lanzando» ésta en forma transversal entre otros hilos de seda previamente dispuestos en forma longitudinal.

Después de cada lance apretaba el conjunto, y así iba creando la trama del tejido de seda pura que luego serviría para hacer vestidos, sábanas, pañuelos y un sinfín de cosas más.

El Ayuntamiento de El Paso tuvo la loable iniciativa de crear lo que llamaron Museo de la Seda en el que cualquiera puede ver los diferentes pasos del proceso, desde la cría de los gusanos hasta la elaboración de tejidos, usando esos instrumentos rudimentarios que yo vi cuando era niño.

Ha sido una bella forma de salvaguardar un patrimonio cultural cuyo conocimiento queda aún en manos de algunas damas que han sido premiadas pro ello, según ya contó Wifredo Ramos, cronista oficial de El Paso, en el artículo El Paso: Reunión de Cronistas 2008 – Fiesta y paisajes.

Las fotos que ya incluí más las que siguen las obtuve de una presentación PPS que por cortesía del amigo Ramón López recibí hace tiempo, y que guardé para enriquecer este artículo, pues ilustran bastante bien algunos de los pasos que he mencionado.

Para bajar/ver un corto vídeo con algunas fotos más, clicar AQUÍ.

***

COMENTARIOS

Sicilia, P. R.
La primera vez que vi esos gusanos fue precisamente en El Paso, alla por el año 1955 cuando no tenía yo 10 años todavía, pero me acuerdo justamente del ruido que hacían comiendo.

Imagino que tanto El Paso como Los Llanos de Aridane continúan siendo ciudades con muchas curiosidades, como la de los gusanos.

Saludos.

Papaterra Héctor Antonio
Me interesaría conectarme con sericultoras. Soy de Argentina. Vivo en San Fernando del Valle de Catamarca.

Gracias y saludos.

Vicencio Díaz
Hace pocos días estuve hablando con Joaquín Clavería, y me invitó para primeros de año por si acaso ya habían nacido los gusanos.

Aparentemente, el ciclo de los gusanos era muy exacto, como lo era la floración de los cerezos en Japón, pero desde hace pocos años los gusanos le han confundido y han llevado a Joaquín, que no cree en nada ni en nadie, a meditar sobre El Cambio de Era, de la que me gusta hablar hasta por los codos.

Ahora ya sé para qué sirven los gusanos y cómo nos dan motivos para pasar un buen rato y en agradable compañía.

Roberto
Gracias por el estupendo artículo que, además, me trae magníficos recuerdos.

En mi casa no se criaron “bichos de seda” pero sí ayudé a personas que los criaban. Recuerdo que una vez, estando ya en la universidad, ayudé a sacar la seda a Nieves Martín (Nieves Galeno) en Tajuya, en la casa de otra Nieves, por debajo de la curva de la Cochina —Doña Nieves “La de la seda”— a quien vi la última vez en la feria de Pinoleres (creo que se escribe así) en La Orotava y que no sé si vivirá, pues era muy mayor.

También hay una anécdota curiosa en el Ayuntamiento de El Paso cuando se le regalaron semillas de “bichos” (gusanos de seda), pues fue un viernes y como, hacía un poco de calor, durante el fin de semana eclosionaron y el lunes por la mañana había “bichos” de “excursión” por gran parte de las dependencias municipales, y claro, todo el mundo a recolectar “bichos”.

En El Paso, en el Camino de El Calvario (hoy carretera), hay un edificio conocido por la Sericícola que era donde se criaban grandes cantidades de bichos de seda. ¿Se crían ahí todavía?

Charo
YO HE TENIDO GUSANOS DE SEDA SIMPLEMENTE POR TENERLOS YA QUE ME GUSTABA VER TODO EL PROCESO DE HACER EL CAPULLO Y LUEGO VER SALIR A LA MARIPOSA Y PONER LOS HUEVOS.

TAMBIÉN ME GUSTABA COGERLOS Y QUE SE “PASEARAN” POR MIS MANOS. ES VERDAD QUE SON MUY VORACES, MENOS MAL QUE SIEMPRE HABÍA MORERAS CERCA. LA ÚLTIMA VEZ QUE TUVE FUE HACE TAN SÓLO UNOS 4 AÑOS Y RECUERDO QUE ME LOS LLEVÉ DE VACACIONES A VINAROZ ( LOS TENÍA EN UNA CAJA DE ZAPATOS) CON UNA GRAN BOLSA LLENA DE HOJAS DE MORERA POR SI NO ENCONTRABA, PERO RESULTÓ QUE HABÍA BASTANTES DE ESOS ÁRBOLES ALLÍ.

[*FP}– Orgullo de padre: A la venta otro libro ilustrado por mi hija Alicia

Este 28/09/2010 la editorial Random House, una de las mayores del mundo, pondrá a la venta en USA «ABC, BABY ME!», un libro para niños de hasta 3 años escrito por Susan B. Katz e ilustrado por mi hija Alicia, según se explica en este anuncio:

Un press release que hace elogios de Alicia,… para orgullo de su padre. 🙂

~~~

Artículos relacionados:

[*FP}— Mi primer amor 47 años después, o la historia de Carlos-Mary (reedición, con nuevas fotos)

(Fue publicado antes el 20-08-2006)

Carlos M. Padrón

En marzo de 1958 fui a aquella librería, en la Rambla de Pulido, casi frente a la Plaza Weyler (Santa Cruz de Tenerife), a comprar material de oficina.

Me atendió una muchacha delgada y vivaracha, y muy extrovertida para la época, pues comenzó a hacerme preguntas. Una de ellas fue si yo sabía qué era la Legión de María. No, yo no sabía. Y la muchacha continuó:

—Es una organización que se dedica a obras benéficas y a promover el culto a la Virgen María. Yo soy miembro de esa organización y te invito a que asistas a la próxima reunión que será en el Colegio de las Dominicas, tal día a tal hora. Pregunta por mí porque yo te presentaré. Me llamo Nancy.

NancyNancy

Creo que a esa Nancy, cuyo apellido no recuerdo, la vi sólo un par de veces más, pero ella nunca supo, estoy seguro, lo mucho que este encuentro nuestro influyó en mi vida, pues fue uno de esos hechos que, cuando hago retrospectiva, me producen una mezcla de desasosiego, amargura y frustración al caer en cuenta de que nunca más he sabido de las personas que en ellos pasaron fugazmente por mi existencia pero que, como si de objetos celestes lanzados a gran velocidad se tratara, me rozaron y desviaron mi trayectoria de forma drástica e irreversible.

Me parece injusto el no contar con un medio que me permita volver a ver a esas personas, bien sea para darles las gracias o para hacerles saber cómo influyeron en el curso de mi vida.

Lo del colegio de las Dominicas me puso alerta de inmediato, pues sabía que era un colegio femenino, donde yo una vez había ido a visitar a una prima mía, y que, por tanto, en esa reunión de la tal Legión de María tenía que haber muchas jóvenes.

Entusiasmado con la idea, ya que yo estaba empeñado en conseguir novia, se lo dije a mi amigo Eleuterio Sicilia (somos amigos desde abril de 1950), éste se lo dijo a su primo Alberto Herrera, y los tres nos presentamos el ‘Día D’ en la reunión que en el colegio de las Dominicas de Santa Cruz de Tenerife celebraba ese grupo de la Legión de María tinerfeña.

Por supuesto, allí estaba Nancy —quien nos sirvió de presentadora a mí y a mis amigos, y me dio las gracias por haberlos llevado a ellos— y había muchas más muchachas, lindas algunas, otras no, pero todas con buena educación para su edad, pues cursaban los últimos años de bachillerato.

Estaban también una tal Rosario Triana y su novio Pepe Quirantes. Ambos eran miembros del grupo, y de inmediato procuraron estrechar lazos con nosotros para asegurar nuestra participación, pues en el grupo había muy pocos varones.

La superiora del colegio de las Dominicas, Sor Redención —a quien bauticé “Reden”— se entusiasmó con la presencia de Alberto porque él tenía edad para conducir y permiso legal para hacerlo, y las monjas no disponían en ese momento de un chofer para su camioneta. Pero como con Alberto estábamos Eleuterio y yo —ése era el “paquete”—, “contratarlo” a él obligaba a cargar con nosotros, así que todos comenzamos a acompañar al grupo de muchachas, y los domingos íbamos con ellas en la camioneta, conducida por Alberto y vigilados por una monja, a alguna barriada a hacer labor social.

Aproveché esos viajes para estudiarlas en detalle y compartir luego opiniones con Eleuterio y Alberto. Ya Alberto había hecho lo propio y le había puesto el ojo a Elena Fernaud, mientras que yo, siempre atraído por las mujeres blancas, grandes, exuberantes y de cutis limpio y liso, se lo había puesto a María del Carmen Hernández, a quien todos llamaban Carmensa, un mujerón de rasgos ampulosos y casi de mi tamaño, como puede verse en esta foto en la que Carmensa, la de la izquierda, aparece con Rosario Triana, también de la Legión de María.

Carmensa, Charo

15-02-59. Candelaria. De izquierda a derecha: Carmensa, y Rosario Triana (Charo)

~~~

En diciembre de 1958 la Legión de María anunció que su congreso anual para Tenerife se celebraría el domingo 21 de ese mes en La Laguna.

Nosotros decidimos que ése era el día de abordar a nuestras elegidas, y a La Laguna nos fuimos todos. Al menos yo iba dispuesto a salir de allí con una faiar (de fire = fuego, en inglés), como entre Eleuterio y yo llamábamos genéricamente a las candidatas que nos gustaban para novias.

En el salón de la reunión nos las arreglamos para sentarnos en la fila detrás de donde estaban “nuestras” chicas, que siempre andaban juntas. En el receso las abordamos y a partir de ahí ya seguimos con ellas.

Desde el comienzo, Elena dio muestras de mucha madurez, y Carmensa de veleidosa, caprichosa e infantil, lo cual contrastaba con su aspecto, pues aparentaba ser la de más edad y por ello deduje que debía ser también la más madura de carácter.

Rosario y Pepe, que tenían vocación de casamenteros y que desde el primer día se dieron cuenta de nuestras intenciones de romances, viendo que ya habíamos dado el primer paso para materializarlas, se nos unieron, y así, en grupo, seguimos de ahí en adelante.

Al poco tiempo, Alberto y Elena iban viento en popa (de hecho, se casaron años después), y Carmensa y yo peleábamos por algún capricho suyo cada vez que salíamos, lo cual hizo que Elena interviniera y, en presencia de Charo y con la ayuda de ésta, le dijera a Carmensa que no fuera niña y que se enseriara conmigo.

Alberto ElenaElena Fernaud y Alberto Herrera, q.e.p.d.

Eso la puso peor en sus veleidades que ya eran vox populi dentro del grupo, y animaron a Pepe, que para entonces tenía casi 25 años y yo sólo 19, a darme consejos alegando que a su edad él era conocedor de cómo actuaban y pensaban las mujeres, y hasta se permitía dar explicaciones al resultado de mis anteriores romances.

Al anochecer, después de dejar a las chicas en sus casas —cuando lográbamos salir con ellas— Alberto, Eleuterio, Pepe y yo nos encontrábamos en la Plaza Candelaria. Reuníamos varias sillas bajo una de las palmeras que en esa plaza había entonces —específicamente bajo una en cuyo tronco alguien había esculpido la palabra PULPIONES (nunca supimos qué significaba)—, y montábamos lo que terminó siendo conocido como “El Tribunal de la Palmera de la Psicología”, o, para abreviar, La Palmera de la Psicología, de la cual, además de acusado, era yo el decano de la correspondiente disciplina que le daba vida, o sea, yo era el Decano en Psicología.

La misión de ese tribunal, comandado por Pepe en calidad de fiscal acusador y miembro de más edad, no era otra que tratar el llamado “Caso CAR-Padrón” (lo de CAR venía por CARmensa y CARlos) acusándome de la falta de armonía en mi relación con Carmensa, para lo cual Pepe se apoyaba en su supuesto conocimiento de la psique femenina, en que era novio de Rosario desde hacía años, en que por la edad que nos llevaba le sobraba experiencia para aconsejarnos, etc.

Candelaria

15-02-59, playa de Candelaria. De izquierda a derecha: Olga Oramas (amiga y vecina de Carmensa), Carmensa, Magda (supongo que diminutivo de Magdalena; nunca supe su apellido pero sí recuerdo que me gustaban sus piernas), e Isaura. Estas dos últimas compañeras de bachillerato de Carmensa.

Todo ello aumentaba mi curiosidad por saber por qué un hombre de 25 años pasaba buena parte de su tiempo social, además de con su novia, con tres muchachos de entre 19 y 20.

Yo, que ocupaba siempre el lugar del acusado —una silla pegada al tronco de la palmera, como muestra esta foto en la que Pepe me apunta con su dedo acusador mientras Eleuterio me mira—, tenía que defenderme solo, aunque a veces contaba con la tímida ayuda de Eleuterio o la más sólida, pero muy ocasional, de Alberto quien, conociendo por Elena hechos de Carmensa que los demás ignorábamos, soltaba de vez en cuando algunos batacazos que desestabilizaban la posición acusadora de Pepe.

590327=PalmPsico

27-03-59. Plaza de Candelaria. «Palmera de la Psicología»: De izquierda a derecha: Pepe Quirantes, Eleuterio Sicilia, y Carlos M. Padrón

La zona de la plaza no era residencial, pero no faltó quien viniera a llamarnos la atención para que bajáramos el tono de nuestras acaloradas filípicas que a veces duraban hasta la 1 ó 2 de la mañana.

~~~

Un día se enfermó Carmensa y le prescribieron que guardara cama, lo cual aprovechó Pepe para, en la siguiente sesión de La Palmera de la Psicología, hacerme la advertencia de que si yo no iba a visitarla, eso pondría punto final a nuestra relación, y tal final sería culpa mía y sólo mía.

Con o sin su advertencia yo pensaba ir a verla, pues ya estaba más que prendado de ella, así que al siguiente domingo, 5 de abril de 1959, me armé de valor y por la tarde me dirigí a su casa, en la Calle Primo de Rivera número 30.

Para mi sorpresa, me abrió la puerta una señora sonriente y muy amable, que me saludó por mi nombre, me condujo hasta la alcoba donde reposaba la enferma, y hasta se ausentó después discretamente. Era Doña Manuelita, la madre de Carmensa.

Si durante nuestros paseos Carmensa no paraba de hablar, ese día enrojeció cuando me vio (yo también me alteré al notar las curvas de su cuerpo bajo la sábana), y tuve que sacarle las palabras con gran esfuerzo, hasta que, cansado y angustiado por la tensión en el ambiente y por la sensación de estar importunándola, puse fin a la visita y me despedí. Doña Manuelita, igualmente amable, me acompañó hasta la puerta.

~~~

Para mayo de 1959, cuando era evidente que me había enamorado de Carmensa, y que ella, en mi opinión, no iba a cambiar su actitud hacia mí, se me activaron los sentimientos producto de frustraciones de relaciones previas que, a diferencia de la actual, fueron totalmente platónicas y que, en el caso de Carmensa, fueron premonitorios de un infeliz desenlace que presentí a la vuelta de la esquina y, en medio de tal torbellino emocional, el 18/05/1959 escribí esto:

TIEMPO PASADO

El tiempo corre, se aleja,
y en su veloz transcurrir
tristes recuerdos nos deja;
trozos de la vida vieja
que se resiste a morir.

Recuerdos que al revivir
lastiman el corazón
y duelen con un dolor
que nos mueve a sonreír.

Y no podemos huir
de ese dulce padecer.
Mejor, pues, es comprender
y dentro del pasado gris
recordar como feliz
lo que feliz pudo ser.

~~~

Un día, para añadir más condimento y variedad a los candentes debates que nos reunían bajo la palmera marcada ‘Pulpiones’ de la Plaza Candelaria, prescindí del término “Caso CAR-Padrón” y, para referirme al estado de mi relación con Carmensa, comencé a usar el nombre de un ser ideal llamado Carlos-Mary, supuestamente hijo mío y de ella, y pronto el nombre de Carlos-Mary era de uso continuo en las cada vez más acaloradas sesiones de La Palmera de la Psicología.

Así, si esa relación iba bien, Carlos-Mary gozaba de buena salud; si tenía algunos tropiezos menores, Carlos-Mary padecía un ligero quebranto; si el problema era mayor, Carlos-Mary estaba enfermo; si era grave, estaba en terapia intensiva, etc.

La figura se popularizó también entre Carmensa y sus amigas, y cuando se reunían, conocedoras éstas de los vaivenes de la relación de ella conmigo, le preguntaban con sorna sobre la salud de Carlos-Mary. Y acerca de ese “niño” inventaron rasgos de carácter, descripciones, detalles de su bautizo, etc.

A La Palmera de la Psicología nos llegaban reportes completos de todo esto, bien por vía de Elena-Alberto o bien por vía de Rosario quien se había constituido, sin éxito alguno, en consejera sentimental de Carmensa, mientras que Pepe fungía como padrino y defensor de Carlos-Mary.

~~~

Repuesta Carmensa de su enfermedad, reanudamos las salidas, pero todo siguió igual o peor, pues por cualquier nimiedad montaba ella en una rabieta; si estábamos en algún salón, lo abandonaba intempestivamente dando tremendo portazo; si yo le ofrecía hacer algo para aplacarla contestaba “¡No, no, no, no,….!” ad infinitum, aunque ella decía que sólo siete veces, etc.

Así que a mediados de mayo de 1959 la situación hizo crisis, Carlos-Mary entró en terapia intensiva y La Palmera de la Psicología se declaró en emergencia.

De nada sirvieron los buenos oficios de Rosario y de Elena, pues Carmensa seguía alzada y sin querer verme, aunque tanto Rosario como Elena afirmaban que con esa actitud Carmensa quería disfrazar sus verdaderos sentimientos por mí… y yo lo creí.

Como Carlos-Mary se nos moría, mis compañeros de La Palmera de la Psicología urdieron un plan de rescate que acepté con gusto.

“La subida al tren”, nombre que le dieron al plan, consistía en lo siguiente: el domingo 14 de junio de 1959 la Legión de María de Tenerife haría una excursión al Pico del Inglés, una cumbre bastante alta a cuya cima podía llegarse por carretera.

Las muchachas del grupo habían confirmado su asistencia, así como los miembros de La Palmera de la Psicología. Como allí nos reuniríamos todos, Pepe sugeriría que nos subiéramos a una gran piedra que había en ese lugar, con el argumento de que era para que Eleuterio, desde abajo, nos tomara una foto.

clip_image00414-06-59, Pico del Inglés: Carlos M. Padrón y Carmensa.

Al llegar sobre la piedra, yo me ubicaría detrás de Carmensa, aunque llevábamos tiempo sin hablarnos, y Pepe lo haría al lado de ambos, pero un poco más atrás que ella. Y cuando estuviéramos concentrados esperando el disparo de la cámara, Pepe se movería y, como sin intención, tropezaría a Carmensa haciéndole perder el equilibrio,…. pero yo, ya preparado, la abrazaría desde atrás e impediría su caída.

Después de eso era de esperar que vendría la reconciliación.

El plan funcionó y nos reconciliamos, con el consiguiente júbilo de todos los que allí estaban y habían seguido de una u otra forma los incidentes de nuestro culebrón. Después de la reconciliación nos tomaron la foto que precede, estando ambos aún sobre la mencionada piedra.

19590614=Pelayo Carmensa Olga

14-06-59, Pico del Inglés: De izquierda a derecha: Dolores Pelayo, Carmensa, y Olga Oramas

~~~

Carmensa era fanática del cine. Un día fuimos a ver la película “Sombras de traición” (sabrá Dios cuál era el título de la versión original), y su tema musical, que jamás he vuelto a escuchar y nada más sé de él, me resultó sugerente de una situación personal —primera vez que esto me ocurrió—, así que, de vuelta al Riduá, mi idioma secreto, le puse letra, y la canción resultante, dedicada a Carmensa, la titulé Nir aco so (Mírame así) en alusión a la mirada que ella tiene en la foto precedente, la de después de la reconciliación.

Al igual que con el Bamana corito bana, otra de mis “creaciones”, varios amigos —Pepe el primero— cantaban Nir aco so como loros, sin entender nada. Se la cantaban a Carmensa, y ella, para variar, montaba en cólera porque quería que le dijeran el significado, y se negaba a creer que ellos no lo supieran. Por supuesto, su orgullo no le permitía preguntármelo a mí, lo cual me divertía mucho.

Y así, con la agradable sensación de que al fin todo marchaba bien entre Carmensa y yo, en julio de1959 me fui de vacaciones a El Paso de lo más ilusionado —léase ciego— gracias a mi drogamoramiento por Carmensa.

Llevado por ese estado de ánimo, ya en El Paso, y en la misma casa donde ahora escribo esto, comencé a escribir un “poema” alusivo a Carlos-Mary que comenzó en tono ligero y jocoso, como era mi intención para todo él, y resultó muy cursi. Copio sólo el título y algunas de sus primeras estrofas, pero antes y dentro de las líneas de ==== va la explicación de algunos términos que podrían resultar ininteligibles:

==========================================
Sublimado. Mi tío-abuelo, Pedro Castillo, me había enseñado a preparar un fijador de pelo usando como ingredientes goma arábiga y sublimado. Un día, varios años antes de conocer a Carmensa, fui a una farmacia a comprarlos y el farmacéutico se alteró cuando le dije que yo no tenía receta para el sublimado, que era —y ese día lo supe— un veneno. Ante mi insistencia, argumentando que mi tío-abuelo había comprado eso muchas veces sin receta alguna, amenazó con llamar a la Policía, y como estábamos en los tiempos de Franco, me fui sin chistar y con las manos vacías. Ese farmacéutico era el padre de Carmensa, lo cual supe cuando comencé a salir con ella varios años después, y la historia (que tampoco Carmensa recordaba) era motivo de bromas entre nosotros.

Chachi.- Equivalente al “cool” de hoy.

Empollón.- Caletre, estudioso, nerd.

Kayka.- Refresco de manzana muy popular en la época. Lo usábamos por lo de CArlos Y CArmensa.
=============================================

CARLOS-MARY

– I –

¡Veintiuno de diciembre!
del año,… ¡importa poco!
mas, para concretar,
del año cincuenta y ocho.

En fecha tan señalada,
(u otra cosa cualquiera)
se inició la gestación
de este vástago quimera.

Creció en la materna mente
cual idea espiritual.
Desarrolló lentamente,
con quietud y en forma tal
que ganó muy justamente
un epíteto elocuente:
“Ser de razón ideal”.

Sufrió sin venir al mundo
crueles separaciones
que enterraron ilusiones
en el caos más profundo.

Sufrió del golpe rotundo
de irrefutables razones,
y el demoler iracundo
de lógicas deducciones.

Soportó filosofías
y cerebrales acciones.
Padeció psicologías
y la lucha de pasiones.

También gozó de alegrías,
de risas y ensoñaciones,
y el latir de corazones
en locas algarabías.

De soñadas correrías,
de amigables excursiones
y del dulzor de perdones
en inolvidables días.

– II –

Se decidió su destino
en el contacto de manos
que sin remilgos humanos
hacen “La subida al tren”
en lugar bello y alpino,
y no dejan que su sino
sea quedarse en el andén.

– III –

…/…

“Carlos-Mary será el nombre”,
dijo la mamá, y sucede
que el papá muy pronto accede
porque es complaciente hombre.

Además, no le disgusta
tal compuesto apelativo.
Su distribución es justa
y el reparto equitativo:

Lo de Carlos, por el padre;
y lo de Mary, al parecer,
debe de corresponder
a algún nombre de la madre.

Pues se llama ella María
del Carmen, ¡bello y bonito!
Largo, tal vez, un poquito,
y el decirlo no es ofensa
pues más bello todavía
es el nombre de Carmensa.

– IV –

Carlos-Mary es, además,
la mezcla, a partes iguales,
de los bienes y los males
que poseen sus papás.

Y nadie venga y se asombre
de herencia tan recta y bella,
que justamente por ella
le encaja al niño su nombre.

Carlos-Mary heredó
de la persona paterna
todo aquello que creyó
cualidades sempiternas.

Así, salió colorado,
de ojos verdes y pequeños,
pelo rubio, torvo ceño
y gesto malhumorado.

Amante de la razón,
dado a la Filosofía,
“Decano en Psicología”
y en casos del corazón.

Alto y más bien delgado,
romántico a su criterio,
siempre con algún misterio
y siempre sin sublimado.

Y de su madre heredó,
al igual que de su papi,
todo lo que más chachi
para él consideró.

Salió con lindos hoyuelos
a ambos lados de la boca,
que no indican desconsuelos
sino seriedad,… muy poca.

Salió también empollón
y con alegre cariz.
Una pinta en la nariz
y sensible el corazón.

En todo tiempo optimista,
con amor propio irascible,
distinguido a simple vista
y con caprichos terribles.

Tan al cine aficionado
que en casi todos se mete.
Salió este niño, mimado,
cierra-puertas consumado
y ”¡No, no y no!”,.. hasta siete.

…/…

– VI –

A bautizar al precoz
se deciden un buen día
los papás,
y de manera veloz
se arma la algarabía.

…/…

No surgen dificultades
para el nombre del bebé.
“¡Carlos-Mary!”, dicen todos,
¡Carlos-Mary ha de ser!

Carlos-Mary, pues, ya está;
y el bautizo concluyó.
Se brinda luego Kayká
y se canta Nir aco so.

Sin embargo, este poema cursi culminó con un epílogo que, en mi opinión, es de lo menos malo que en poesía he escrito. Fue el resultado de una especie de arrebato, de una inspiración momentánea —¿musa?— que días más tarde, cuando ya había yo terminado todo el resto del poema, me asaltó y se posesionó de mí porque tuve de pronto la certeza —la que me inspiró “Tiempo pasado”, pero corregida y actualizada— de que la armonía entre Carmensa y yo, y el sentimiento tan dulce que por ella me embargaba —ése que suele ir asociado al primer amor, al drogamor— no durarían mucho, y que todo terminaría pronto aunque yo no quisiera.

EPÍLOGO

¡Carlos-Mary! ¡Carlos-Mary!
¿cuánto tiempo vivirás?

Podrás durar meses, años,
siglos quizá si en engaños
no dejas roto tu ser.

Y si mueres, ¿qué será
lo que te quite la vida?
¿los caprichos? ¿el orgullo? ¿las heridas?
¿el olvido? ¿amor propio? ¿la maldad?

Tu padrino y defensor
dirá entonces que papá.
Tu padre dirá “El no amor”.
Y tu madre, ¿qué dirá?

Si tú mueres, Carlos-Mary,
morirán también contigo
meses llenos de ilusiones,
pletóricos de emociones
y de inocentes castigos.

Sueños que de ti al abrigo
crecieron en noches tantas
como de ilusiones santas
fuiste tú musa y testigo.

Proyectos, planes, canciones,
trozos de una juventud
que, niño, si mueres tú,
también morirán contigo!

¡Carlos-Mary! ¡Carlos-Mary!
¿Vivirás?,… ¿no vivirás?

                      El Paso, 17 de julio de 1959

Ilusionado, le mandé por correo el poema a Carmensa, pero cuando regresé a Santa Cruz de Tenerife no me hizo comentario alguno acerca de él, y poco tiempo después comenzó a comportarse peor que antes.

Y un día me llevé la gran sorpresa al enterarme de algo que hasta entonces no se me había ocurrido que fuera posible: Carmensa recién había cumplido los 16 el día 1 del pasado marzo. O sea, que cuando comencé a salir con ella tenía apenas 15 años mientras que otras compañeras de colegio suyas y de su grupo habitual tenían entre 17 a casi 18. Pero Carmensa había sido siempre una empollona, y en los estudios estaba adelantada con respecto a las de su edad, y diría que también en desarrollo físico.

Entonces entendí el por qué de su comportamiento. ¿Qué podía esperarse de una niña de esa edad? Todos los amigos quedaron igualmente sorprendidos, y yo, que era un Don Fulgencio, después de tranquilizarme me alejé de ella unos días para armar el plan de retirada que sólo consistió en usar su propia debilidad, o sea, decirle algo cuya respuesta yo sabía que iba a ser un tajante “¡Vete!” o un “¡No quiero verte más!”.

Ésta fue la primera vez que mi razón se impuso a mi drogamoramiento. Puse en práctica el plan, y funcionó. Me fui y nunca más volví. La decisión había sido suya; yo sólo la respeté.

Pero desde entonces me quedó una especie de carga moral, como un remordimiento porque tal vez ella creía que, como nunca más volví, yo le guardaba rencor por la forma en que me había despachado, lo cual no era cierto. Yo sólo guardaba, junto a la convicción de que todo fue cosa de muchachos —y de niña en su caso—, el dulce recuerdo de un primer amor.

La Palmera de la Psicología continuó sus sesiones por un tiempo más, y cuando ya se hizo claro para sus otros miembros que Carlos-Mary había muerto, un día nos llegó, creo que por vía de Rosario, la noticia de que Carmensa había dicho ante el grupo de amigas, que una vez más le reclamaron su comportamiento para conmigo, que si se casaba y tenía un hijo varón le pondría por nombre Carlos-Mary. Hoy sé que eso fue sólo un ardid que intentaron mis amigos para ver de conseguir que yo volviera con ella.

Después de la ruptura, sólo vi a Carmesa dos o tres veces, siempre de lejos y en eventos de la Legión de Maria. En 1961 emigré a Venezuela y no supe más de ella.

~~~

En un viaje que hice a Canarias en el verano de 1980, le pregunté a Eleuterio si sabía algo de Carmensa. Me dijo que la veía a veces en la puerta del colegio en el que ambos tenían a sus hijos, y que se había casado con un extranjero (alemán, creía él).

Como desde que me alejé de ella sentía yo la necesidad de disipar cualquier duda que pudiera tener acerca de mí, o creyera que yo tenía hacia ella, y librarme así de mi carga moral, me propuse encontrarla, hablarle, y que fuera mi actitud más que mis palabras la que hiciera evidente que yo no tenía nada en su contra.

A familiares y amigos de Canarias les pedí, desde 1980 y en años subsiguientes, que trataran de averiguar dónde vivía, su número telefónico, su dirección e-mail o algo que me permitiera localizarla, pero no encontré ninguna pista… hasta el pasado mes de mayo cuando, por vía de Internet, me di a la tarea de buscar en las páginas blancas de Telefónica de España los apellidos de quienes yo recordaba que me habían conocido a mí, a Carmensa y a Carlos-Mary, y así di, tras muchas llamadas, con Pepe Quirantes.

Después de reponerme de la enorme sorpresa que me causó el que apenas oírme hablar por teléfono exclamó “¡¡Carlos Padrón!!” a pesar de que la última vez que había oído mi voz fue en julio de1961 —su explicación fue que mi voz es inconfundible (¡!)—, comencé a preguntarle por su vida, los amigos comunes y, por fin, por Carmensa. Y, ¡bingo!: me dijo qué hacía ella y dónde podría encontrarla en Santa Cruz de Tenerife.

A partir de ese momento, el segundo objetivo de este mi viaje de julio de  2006 a Canarias fue, después del de la celebración del cincuenta aniversario de la Odisea en La Caldera, encontrarme con Carmensa.

Así que alteré mi itinerario para hacer escala en Santa Cruz de Tenerife y quedarme allí unos días, y apenas al segundo de estancia en esa ciudad, el lunes 31/07/2006, me fui caminando hasta la tienda que, según Pepe, era de Carmensa.

Desde fuera y a través de las vidrieras revisé toda la parte pública del local y no vi en él a ninguna mujer; sólo había un hombre, con apariencia de unos 60 años, que se paseaba de un lado a otro. Entré, saludé y le pregunté si allí trabajaba una tal Carmensa. “Sí, es mi mujer”, fue la breve respuesta, mientras con la mirada inquiría quién podría ser yo.

Pero no dispuesto a revelar antes de tiempo mi identidad me limité a explicar que ella y yo nos habíamos conocido hacía muchos años, y que por eso me gustaría volver a verla. “¿Cómo podría yo lograr eso?”, le pegunté.

En un gesto de gran amabilidad, loable y que sinceramente le agradezco, el señor hizo una llamada telefónica y me dijo que su nieto le había informado de que Carmensa, la abuelita, había ido al dentista.

“Gracias, pero eso me deja igual. ¿Cómo puedo hacer para verla?”, pregunté de nuevo, y su respuesta, para mí más que sorprendente, fue darme el teléfono de su casa e indicarme que la llamara a mediodía.

Le di las gracias y me fui feliz porque veía ya cerca que los 26 años de búsqueda iban por fin a ser recompensados.

En el hotel aguardé impaciente a que fueran las 12,… pero entonces caí en cuenta de que “el mediodía” de allá no es el de Venezuela, o sea, no es a las 12m, así que dejé pasar una hora más y a las 13:15 hice la llamada crucial.

Me contestó una voz femenina que no me pareció propia de alguien de la edad actual de Carmensa, pero, aún así, a su pegunta de “¿Quién llama?” respondí que era de La Palmera de la Psicología.

Silencio al otro lado de la línea, y luego, con un tono que denotaba que había aparecido un poco de luz al final del túnel de un largo olvido, surgió la otra pregunta llena de curiosidad femenina:

—¿Quién eres?

—El padre de Carlos-Mary. ¿Me reconoces ahora?

—No.

—Soy Carlos Padrón.

Otro silencio, roto solamente después de unos segundos por la voz de ella que, en un esfuerzo por reactivar su memoria, murmuraba, casi como para sí, “Carlos Padrón,…. Carlos Padrón,..” Y, de pronto, el:

—¡Ahhhhhhh! Pero, muchacho, ¡¿y tú dónde estás?!

Después de algunas explicaciones propias de quienes no se han visto en muchos años, le dije de mi larga pesquisa iniciada en 1980, y que yo quería que nos viéramos. Pareció repasar mentalmente su agenda, y por fin dijo:

—Hoy ya no puedo, y mañana martes tampoco. Llámame el miércoles entre las 09:00 y las 09:30, y vamos a tomar un café. ¡Nos veremos muy arrugaditos!

Cuando colgué temblaba yo como una hoja al viento. Me eché en la cama, y al analizar el por qué de tal reacción se me hizo claro, una vez más, cuán peligroso y frustrante es el drogamor, pues entendí que, si bien en 1959 yo había estado enamorado de Carmensa hasta los tuétanos, ella no lo había estado de mí, y por eso no había recordado enseguida quién era Carlos Padrón ni qué había sido La Palmera de la Psicología ni quién Carlos-Mary, etc. Y, por supuesto —algo que esperaba yo comprobar al día siguiente— tampoco recordaría la larga lista de detalles que sólo un drogamorado puede recordar —o, mejor dicho, no logra olvidar— aun cuando el drogamor haya pasado ya a mejor vida, como, a Dios gracias, ocurre siempre.

El miércoles 02/08/2006 a las 09:15 la llamé de nuevo. Su respuesta no me sorprendió en nada:

—Estoy liada limpiando la casa y ahora no puedo salir. ¿Por qué no nos vemos en la tienda esta tarde a las 7?

Para mí, perfecto. Ya me extrañaba esa cita a las 09:30,… sin haber podido ir antes a la peluquería.

Y a las 7 pm en punto entré de nuevo en la tienda donde había estado dos días antes.

Allí se encontraba, de pie y siempre en movimiento, el mismo señor de ese día —o sea, el esposo de Carmensa—, y sentada tras un escritorio de tipo secretarial, ubicado al fondo, en la esquina más lejana de la entrada, una mujer que se levantó cuando ya estaba yo dentro del local y que, por el aire impersonal y distante que irradiaba, en nada se me pareció a la Carmensa de mis enamorados recuerdos, sino que más bien me recordó a una business woman.

Después del consiguiente abrazo y los dos besos que son de rigor por estos lados del mundo, nos sentamos a hablar, y al detallar yo con calma cada uno de los rasgos de su cara concluí que sí, que era ella, la misma que había sido mi primer amor allá por 1959. Pero 47 años no pasan en balde.

Sin embargo, tal como yo había supuesto, poco o nada de nuestra corta relación recordaba Carmensa, pero me alegró comprobar que dentro de ese poco no había nada contra mí, ni tampoco sospecha de rencor hacia mi persona, porque apenas si había siquiera espacio para recordar quién era yo; y dudo que lo hubiera para quien por años creí yo haber sido para ella. ¡Qué alivio! Mi cuenta estaba saldada… porque nunca hubo saldo pendiente.

Ante tal tipo de amnesia no tenía objeto ponerse a evocar recuerdos que sólo para mí encerraban significado y valor. Así que me abstuve de hablar de las salidas en grupo, de la excursión a Candelaria, de cómo lo pasamos las veces que fuimos al Cine Rex o al Víctor, de las películas que vimos (“Sombras de traición”, “Nacida en Marzo”, “Atrapa a un ladrón”, “Vértigo”, etc.), del Nir aco so, de mi visita a su casa, etc., y, desde luego, de Carlos-Mary. Simplemente, no había nada que recordar.

A guisa de explicación me dijo que tal vez tardé tanto en encontrarla porque ella había roto, desde hacía muchos años, todo contacto con la gente de la Legión de Maria. Otro alivio más para mí, pues siento lástima por la persona que olvida y deja de lado a quienes fueron compañeros de estudios o andanzas de juventud y que, lo acepte o no, algo influyeron en su vida.

Desenfundé mi laptop, les mostré las fotos de 1959 (su esposo se sorprendió de cómo lucía Carmensa a sus 14 y 15 años), las de mi familia, etc., y, cuando ya no tuve más que enseñar y sentí lo inútil e inconveniente de tratar de recordar, desenfundé entonces la cámara digital y pregunté si no les importaría que nos hiciéramos una foto.

060802=CMP Carmensa

02-08-2006: Carlos M. Padrón y María del Carmen Hernández (Carmensa)

Carmensa dijo que no había problema. Salió de detrás del escritorio, y su esposo nos la tomó, lo cual también agradezco a él porque esta foto tiene para mí el valor del testimonio gráfico que marca el final de 26 años de búsqueda, y que servirá para dejarme aún más claro —y tal vez ayudar a otros— que un primer amor es bueno como recuerdo, pero que el drogamor es definitivamente peligroso y, por tanto, malo.

Al despedirme le entregué la tarjeta en que aparecen todas mis direcciones electrónicas y la de mi blog, del cual le hablé también. Le dije, además, que posiblemente publicaría en ese blog esto que ahora publico. Si se le ocurre entrar en él, tal vez baje la foto o fotos desde aquí.

Después de los dos besos, ahora de despedida y ya fuera de la tienda, di media vuelta y me alejé sin mirar hacia atrás, pero sintiendo la satisfacción, no sólo de haber culminado con éxito una búsqueda que había durado 26 años, sino de haberle dejado claro a Carmensa que yo no le guardaba rencor.

Sentía también una cierta tristeza al comprobar que la ceguera del drogamor, producto del fogoso entusiasmo de un primer amor, no me había permitido entender lo poco que realmente fui yo para ella.

Y entre la satisfacción y la tristeza, mientras me alejaba musitaba para mis adentros,

Mejor, pues, es comprender
y dentro del pasado gris
recordar como feliz
lo que feliz pudo ser.

********************************************************************

Comentarios

Antonio Portilla Olivares
Muy bonita tu historia de amor; el primer amor es el que jamás se olvida.

En mi caso he encontrado a mi primer amor después de 40 años: ella está soltera y yo casado; ella aún esperándome, y yo aún enamorado de ella. Vivo en otro país, y en septiembre de 2015 nos veremos. Si todo resulta bien, pienso dejar todo por ella.

Lo mismo que tú, un día me fui para nunca más volver; lo mismo que tú, me hice de valor y fui entonces hasta su casa para poder verla y saludarla. El padre me recibió muy a gusto, pero ella se puso nerviosa y nos dejó solos. Luego me despedí de ellos, salí y me quedé parado fuera de su casa, y con el dolor de mi corazón me dije que ella no tenía interés en mí; me fui y nunca más volví.

Ahora la encontré por internet por medio de una hermana. Está soltera, y esperándome porque nunca le dije que la amaba; aún seguimos amándonos, a pesar de los años. El Destino nos separó y el Destino nos unirá. Me ha preguntado si quisiera casarme con ella; yo tengo 61 y ella 58. Le he dicho que sí. Primero nos casaremos simbólicamente, y luego tendré yo que quedar libre pera juntar nuestras vida para siempre.

Monita
Entiendo perfectamente lo que vive Lidia, Javier. Y, porsiaca, estoy en un caso muy similar: nos reencontramos luego de muchos años y, aunque sea drogamor, creo que recordar me ha hecho sentir mucha felicidad.

Sí, también recordamos muchas cosas hermosas de esos tiempos, pero lo que ha surgido ahora es maravilloso, aunque mi caso. al igual que el de Lidia, no tenga aún un final feliz, yo también estoy dispuesta a ser su amante, pero me ha dicho que quiere hacerme feliz y ser feliz conmigo, y que para conseguirlo no podríamos estar separados.

La vida dirá si sólo ha sido un espejismo o conseguiremos tener una vida en común a nuestra tercera edad, pero llenos de ganas de vivir, sanos y optimistas . Vibro igual o más que a los 20, llenos de romance, cariño y amistad. Teníamos 18 años y nuestro romance duró 6, y luego de 40 años nos hemos reencontrado. ¿Por qué desperdiciar esta oportunidad de dar y recibir amor, si sale a borbotones desde uno hacia el otro?

CMP
En respuesta a Javier.

Javier, creo que el suyo es un típico caso de drogamor que, por no haberse nunca resuelto, ni en un sentido ni en el otro, quedó suspendido en el tiempo. Trabajarlo ahora para disolverlo (elaborarlo) me parece un tanto difícil.

Javier
Me gusto mucho su historia y, sobre todo, me alivió mucho saber que yo no era el único.

Mi historia comenzó cuando yo tenía 13 años de edad. Estuvimos juntos en el mismo salón de clases. Era casi un niño y me decían que ella gustaba de mí. A mí también me gustaba ella, pero a esa edad, imagínense, yo era muy tímido.

Al año siguiente me cambiaron de escuela y, como vivo en un país pequeño (Panamá), durante algunos años de mi vida la volví a ver, pero nunca me atreví a dirigirle la palabra. El corazón se me quería salir, y era algo que no podía explicarme. A la edad de 17 años un amigo me consiguió el teléfono de su casa y decidí llamarla. Cuando contestó el teléfono dijo mi nombre y me asusté tanto que cerré.

Cuando cumplí los 53 años, un día me puse a explorar por Internet y encontré su perfil en Facebook; sin pensarlo dos veces le envié un mensaje, muy respetuoso. Ella demoró algunos días en responderme; me recordaba, pero no estaba seguro si de la misma manera que yo la recordaba a ella.

Nos comunicábamos casi que diariamente, hasta que decidí confesarle que toda la vida me había acordado de ella, que había quedado clavada en mi corazón. Quiero aclarar que tanto ella como yo estamos casados.

Fue una conexión muy fuerte entre los dos y, bueno, casi que habíamos decidido estar juntos y dejar a nuestras parejas. Después de pensarlo mucho decidimos que no era el momento en nuestras vidas. Ambos habíamos levantado nuestras familias y todavía teníamos hijos que no eran independientes.

Le regalé un anillo y le prometí solemnemente que, si al cumplir ambos los 65 años, ella me buscaba, le prometía que los últimos años de mi vida los viviría con ella.

No nos hemos visto ni hablado desde entonces.

CMP
En respuesta a Porciaca.

Mis felicitaciones para ambos, Porciaca. A veces esos romances llegan a una buena etapa que, en el caso de ustedes, espero que dure mucho tiempo.

Porciaca
Hola.

He leído esta historia y es fascinante. Yo viví una muy parecida, y después de 32 largos años y búsquedas incansables me encontré con ese amor de mi juventud.

Yo, al igual que Carmensa, tenía 14 años y él 30, y fue muy linda la relación que mantuvimos a escondidas por un año.

Ahora que nos volvimos a encontrar estamos viviendo lo que dejamos de vivir. Yo soy divorciada y él también; creo que llegó nuestro momento.

Hace un año que estamos compartiendo juntos, y cada día le doy gracias a Dios por esto; definitivamente, es maravilloso. Soy muy feliz y me encanta compartir mi felicidad con él.

Rosa
Hola, Lidia.

Es difícil creer que alguien pueda estar enamorada tantos años.

Tal vez nunca supiste superar la pérdida o tal vez es un capricho de no tener lo que querías ese momento, porque, si no, ¿por qué lo rechazabas?

CMP
En respuesta a Lidia.

Buenas tardes, Lidia.

Creo que lo que relatas es un caso de drogamor con ruptura no debidamente elaborada,… o tal vez algo motivado por la soledad que mencionas.

Lidia
Buenas tardes, Carlos.

Es difícil lo que propones. A veces no se puede olvidar, y menos cuando lo has vuelto a ver. La soledad te embarga a tal punto que, sin darte cuenta, las lagrimas recorren tu rostro, y te preguntas: “¿Por qué en su momento no correspondí a su amor y sólo me burlaba?”.

Tal vez uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde.

Lidia
Buenas tardes, Carlos.

Es difícil lo que propones. A veces no se puede olvidar, y menos cuando lo has vuelto a ver. La soledad te embarga a tal punto que, sin darte cuenta, las lagrimas recorren tu rostro, y te preguntas: “¿Por qué en su momento no correspondí a su amor y sólo me burlaba?”.

Tal vez uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde.

Leonardo Masina
Comidas “recalentadas” no suelen ser tan buenas…

Vicencio Díaz
¡Ay, Carlitos!

Hablo con el chamo, no con el adulto. No te afanes recordándola y actualizando fotos, porque el primer amor nunca se olvida, se recuerda con veneración, dice una canción y yo lo repito.

Tiempo tendrás, y de sobra, para corregir entuertos, llenar vacíos, tapar huecos, quitar manchas, lavar trapos y cosas similares.

Cuando se dice que se hará justicia no se trata de castigar a los malos, eso es malo; se trata de que tú vivas siempre agradado con lo que has hecho, y si para eso tienes que hacer esto, aquello o lo otro, ciertamente lo harás, pues dios se agrada de los niños como tú y los ayuda a hacer lo que son sus propósitos.

Vicencio Díaz
Lidia, no lidies, y menos contra ti misma.

Yo no puedo dormir tranquilo: cuando no es una es la otra, y, a medida que pasa el tiempo, aparece una nueva adición al ya numeroso archivo de recuerdos.

Durante estos días está pasando algo extraño en el cielo, y te pongo fecha para ser preciso: 28 de marzo.

Durante este tiempo muchas cosas que tienen que ver con el amor se agitan en el alma de cada uno de nosotros, y no es cosa nuestra; pero, si hay moral, religión, compromisos, familia, etc. que se nos ponga de por medio….

Te ruego ser un poco paciente. Entre dos meses y antes de 90 días muchas cosas habrán cambiado de forma que pondrán a disposición tuya todo aquello que quisieres. Y con ayuda del cielo, por supuesto.

CMP
En respuesta a Lidia.

Lidia, si después de tanto tiempo aún sigues enamorada de ese amor de casi un cuarto de siglo es que nunca “elaboraste” la ruptura.

No creo en tales amores, y ya que pides ayuda te recomiendo que leas lo que he escrito en la sección Drogamor de este blog.

He caído en drogamoramientos como el que cuentas, y he logrado salir indemne gracias a los recursos que en esa sección expongo.

Lidia
Linda tu historia.

Yo también tengo un gran amor que aún está presente en mi recuerdo. Han pasado 30 años desde que lo viví y no puedo olvidarlo. Soy casada y tengo tres hijos, y hoy después de 20 años, lo he vuelto a ver y no me importa nada; creo que es mi oportunidad.

Ayúdeme para hacerme ver que no es lo correcto. Siento que él me ama pero no está dispuesto a dejar a su familia por mí. Estoy desesperada porque pienso que si yo me divorciara no me importaría ser su amante .

Lidia.

Eduardo García
¡¡¡Muy buenos esos recuerdos de antaño!!!

Te felicito.

EG

CMP
En respuesta a Violeta Montilva.

Gracias, Violeta.

¡El Club Puerto Azul! Ahí se criaron mis hijas. Mantuve la acción por 32 años, pero como el nivel del mar me hace daño, iba, como mucho 3 veces al año, así que la vendí.

Violeta Montilva
Disfruté muchísimo de tu historia, y la verdad es que poder reencontrarnos con personas que marcaron nuestras vidas es algo emocionante.

Aunque poco compartí contigo en IBM (trabajé en Finanzas desde 1979 hasta 1990) mis recuerdos sobre tu persona remontan más que a IBM al Club Puerto Azul. Tengo en mente a Carlos Padrón sentado en total relax en el club y siempre con un libro en las manos. Ahora entiendo tus habilidades de escritor.

Me encanta tu página, y la verdad es que disfruto mucho leyéndola.

Un saludo y ¡¡muchas cosas buenas hoy y siempre!!

CMP
En respuesta a Juan Antonio Pino Capote.

Es justo que al llegar a cierta edad se tengan privilegios que no tienen los más jóvens. ¿O no?

Juan Antonio Pino Capote
Ja, Ja, Ja…”¡ARREMPUJA BASTIANA!”.

Lamento que este comentario no lo podrán entender más que algunos de El Paso y ya entradicos en años.

Lucy de Armas Padrón
He vuelto a leerlo, y me he emocionado. Este buenísimo relato de tus vivencias amorosas me trajo recuerdos de una parecida y sufrida por mí hace algunos años, pero al revés, pues el final nunca es como uno espera.

Cuando uno idealiza una situación o relación, el reencuentro después de años a veces es frustrante. Las personas evolucionamos en direcciones que divergen, y tenemos percepciones diferentes de hechos pasados; al paso del tiempo ya nada es igual.

A los románticos como yo (no sé tú), nos deja huella y nos hace sufrir el pensar en lo que pudo haber sido y no fue, y los reencuentros después de años, como el tuyo, hacen que todo eso que tenías montado en tu cabeza se derrumbe y, como te digo, se sufre y mucho. Al menos a mí me ha pasado.

Soy de la opinión, como otros dicen aquí, de que debes seguir escribiendo. Sabes muy bien cómo llegar al lector, y lo enganchas.

Gracias por estos ratos en los que uno puede desconectarse de la rutina y evocar por paralelismo vivencias propias.

Un fuerte abrazo.

CMP
En respuesta a Juan Antonio Pino Capote.

En eso estoy: comenzando a moverlas. Veremos si despego o termino como El Cojo de las Lirias.

Juan Antonio Pino Capote
Como todos los refranes, este tembién tiene algo de cierto, como el que Dios da sombrero a quién no tiene cabeza, etc. Pero un día el que tiene las alas se da cuenta de que las tiene o alguien le dice que las tiene, y cuando decide moverlas se da cuenta de que volar no es tan dificil.

CMP
En respuesta a Juan Antonio Pino Capote.

Gracias de nuevo, Juan Antonio, por tu detallado enfoque. Repito: ya veré qué hago, si se me ocurre algo.

Con los conceptos que acerca de mí expresas en este comentario, me hiciste recordar lo que solía decirse en El Paso, y que hace muchos años que no he vuelto a oír: “Dios le da alas a quien no quiere volar”. ¿Será cierto?

Juan Antonio Pino Capote
Nuevo comentario público sobre la escritura de un libro.

Hazlo bien, para tu deleite; el resto ya se verá. Si pensamos en los obstáculos que pueden aparecer en nuestro camino, nunca haríamos nada.

Me permito afirmar que poca gente, si es que hay alguien, está tan preparado como tú para realizar una obra puente que comunique con los diversos tipos de la lengua española, con la cantidad de vocablos que tienes recogidos.

Si yo supiera lo que tú sabes de esto, me deleitaría destacando cosas que se expresan mejor en el español de Venezuela —anglicismos aparte— que en el de la cuna castellana, como ya tú mismo has dicho en alguna ocasión: celular en lugar de móvil, y otros muchos que todos sabemos. Aquí siempre decimos “después de” en lugar de “luego de”. No sé cual es mejor. Por supuesto que si yo estuviera en Venezuela diría “luego de”. Si aquí digo ‘el celular’ resultaría algo esnob o pedante, pero se va introduciendo. En fin, no quiero cansarte ni cansar a tus visitantes, pero esto sería bonito.

Si bien ya te di orientaciones para la publicación, no te hablé del Centro de la Cultura Popular Canaria. Esto es como una tesis doctoral. Yo la hice cuando ya era un profesional establecido —y, por tanto. a trompicones— en un periodo que duró cinco años. Ponte a jugar con tus distintos españoles (lenguas), con tu imaginación y tus muchos y bien documentados recuerdos auténticos, costumbristas e históricos. El resto ya se verá.

Estela
Leyendo nuevamente este relato suyo, Carlos, admiro su vehemencia por quitarse ese sentimiento de culpa que llevaba por dentro. Y ya ve, tantos años guardándolo y sólo en un día pudo darse cuenta de que aquel romance no hubiera obtenido verdaderamente su fruto, de ahí que pudiera reiterarse ese refrán de que Lo que Sucede Conviene.

No obstante, y de la forma en que se desarrolló en su juventud, como lo cuenta, pienso que fue hermoso, y se produjo en una etapa joven, donde existen ilusiones, sueños. De esa misma forma pensé yo en buscar un vínculo relacionado con mi abuelo en El Paso y que gracias a usted pude lograrlo aunque no haya sido correspondida.

Lo importante es eso: tener la conciencia tranquila de que no nasa quedó por la parte personal de quien busca.

Estela

CMP
En respuesta a Juan Antonio Pino Capote.

Gracias, amigo Juan Antonio.

Dentro de los modestos límites de este blog, tal vez sí haya sido un best seller, pues aparte de las muchas visitas que el artículo ha tenido, a pesar de que el contador de éstas lo instalé a comienzos de junio del año pasado, si reedité esa historia fue porque varios lectores me pidieron que si yo tenía más fotos las incluyera, y eso fue lo que hice.

En cuanto a tu reiterada sugerencia —y las de otros amigos— de que yo escriba una novela, ya te he dicho cuáles creo que son mis limitantes. Eso no obstante, te repito que sigo considerando la posibilidad de hacer algo al respecto, y al momento creo que mi mayor duda está en que no yo podría conseguir quien la publicara. Ya sé que me has dado sugerencias para eso, pero si el amigo y paisano Miguel Ángel Taño tuvo que sufragar de su bolsillo la publicación de la suya, no veo por qué vaya yo a tener mejor suerte.

Lo de CSB-22 lo nombré en el artículo (“… se me activaron los sentimientos producto de la frustración de una relación previa —de varios años atrás y que no cuenta porque, a diferencia de la actual, fue totalmente platónica—,…), pero esa tontería de adolescencia no tuvo envergadura como para más.

Juan Antonio Pino Capote
¡Qué belleza vivencial! Así se vive la vida, con la profundidad de un Dostoyevsky. Y así se narra la vida.

Por los muchos y profundos comentarios pienso que se trata de un best seller.

Ya te he dicho que estás en condiciones de escribir una gran novela costumbrista y narrativa de una gran época: la de nuestra juventud, llena de ilusiones, dificultades y aventuras de emigrantes.

Cuando vi el enunciado de tu primer amor, pensé en CSB22, pero pienso que aquello solo era un preámbulo.

CMP
Gracias a usted, Olga, por ser tan fiel seguidora de Padronel.

Todo eso que usted enumera lo consigo no sólo para el lector interesado sino para las personas involucradas en los relatos, ya sean amigos, familiares o simples conocidos, y con ello revivo sus recuerdos, dejo para mis descendientes pinceladas de mi vida, y honro a mi tierra.

Ésta es la razón de ser de Padronel.

***

Adolfo Blanco [Visitor]
Time 20/08/2006 at

Es curioso ver cómo las historias de juventud se repiten en aquéllos que, sin ningún tipo de contacto en nuestras vidas de muchachos, pertenecimos, no obstante, a una generación que tuvo la suerte de disfrutar, aprender y vivir sumergidos en un ambiente familiar y en un círculo de amigos que constituye hoy día uno de nuestros mejores patrimonios.

Sí, yo también disfruté una historia parecida, aunque un tanto menos complicada. Agradecido por ayudarme a rememorarla.

***

Manuel A. Gutiérrez V. [Visitor]
Time 21/08/2006 at

Estimado Carlos:

Un encantador relato histórico, compartiendo tus pasos en búsqueda de aquel primer amor que nunca se olvida, al igual que esos amigos de infancia y juventud.

Afortunadamente, los vivo, con nostalgia y alegría. Otras veces con tristeza por las cosas que ya no existen, sólo en nuestros recuerdos, imborrables. Otras veces por el cambio que han experimentado nuestras amistades con el paso de los años.

Al regresar a mi tierra natal me he dedicado a visitar el barrio donde mi crié, donde me inicié en la escuela y colegio (secundaria). Lo disfruto caminando por las mismas aceras, calles, potreros, iglesia y parques donde pasaba días y noches. En estas caminatas me he vuelto a encontrar a muchos amigos, ex compañeros de estudios, bailes, equipos de futbol, serenatas, diabluras (sanas y sin daños a nadie), etc.

Asimismo a conocidos de esa época, la mayoría en fase de disfrutar el haberse convertido en ancianos, con quien comparto memorias, preguntas y comentarios de tal y cual… bellos momentos.

Para complementar este comentario, me encontré con mi amigo PEDRO QUIRÓS a quien vi en Caracas, Venezuela en 1971 como sub-gerente de ITT. Hoy en día ocupa el cargo de Vice-Presidente de la Cia. de Teléfonos de Costa Rica (ICE) y Cia. Nacional de Fuerza y Luz. ¡Qué casualidad con el nombre de tu amigo!

Aún no encuentro a mi primer amor de juventud, Lina Ferreto. Me comentan que se casó con un médico cubano y reside en La Habana desde hace más de 35 años, pero que viene a pasar los fines de año a Costa Rica.

Gracias por tus relatos, Carlos.

Sigue disfrutando de Las Canarias y encontrándote con tus recuerdos.

Manny

***

María Elena Veronese [Visitor]
Time 22/08/2006 at

Hola, Carlos, Disfruté de tu relato tanto que me pareció ver correr a Carlos-Mary detrás de mi escritorio. ¡Qué de recuerdos tan hermosos tienes! Hasta me vi caminando por Santa Cruz de Tenerife, ¡qué imaginación la mía!
¡Qué bueno haberte conocido!
Felices vacaciones.
Un saludo
María Elena

***

Gisela Ortega [Visitor]
Time 22/08/2006 at

Es una bonita y hermosa historia, llena de atractivos, que se desarrolla en una época donde los valores eran importantes en la vida. Y me gusta la parte donde el joven decide encontrar a su enamorada, y tanto es así que no importaron lo años, la meta fue lograda, la ubicó, se encontraron y se fotografiaron.

***

Idania Martin [Visitor]
Time 23/08/2006 at

¡¡¡Qué historia!!! Cuando te visité hace más de un año, me di cuenta de que estabas, entre otras cosas, dedicado a la búsqueda de amistades de antaño… y ahora veo que de amores también. Suena interesante. Yo sólo tengo un problema (por ahora) para atar cabos que me quedaron sueltos en mi adolescencia. Fue en Cuba y no pienso visitarla mientras Fidel Castro esté vivo.

Está buena tu historia. Se la podías vender a Delia Fiallo para una buena telenovela.

Saludos, Idania.

***

CMP
Time 24/08/2006 at

Creo que somos muchos, Adolfo, los que tenemos historias de este corte.

Manny, ese Pedro Quirós es otro, puedes estar seguro.

Gracias, Chiquitita. Sabes que lo de cuando nos conocimos también lo recuerdo,… aunque sean recuerdos de otro tipo.

Y Gisela, ¿qué esperabas, además de la fotografía?

Bueno, Idania, cuando Fidel estire la pata, que espero sea pronto si es que no la estiró ya, tal vez puedas comenzar la búsqueda. Si necesitas asesoramiento, let me know!

***

Eduardo Garcia [Visitor]
Time 26/08/2006 at

Sin comentario, pero ¡¡¡me gustó!!!

***

lberto Lema S. [Visitor]
Time 29/08/2006 at

Carlos.
Eres un “Tremendo Storage” de anécdotas, recuerdos,.. y paremos de contar. Lo mejor es que si leo una sola linea, ¡me tengo que calar la historia completa! Eres un bárbaro del enigma y un “metido” de los buenos…,etc,

Increíble Love History, sin consecuencias…

Abrazos y ¡¡que disfrutes mucho por tu Terruño Querido!! Pero regresa…si aún estás en forma pa’la pelea…

Alberto Lema

***

Ana T. Gomez [Visitor]
Time 05/09/2006 at

Carlos, me encantó este relato. Se ve que no olvidas a las personas que han dejado huella en tu vida, lo cual demuestra que cuando das tu amistad es de corazón.

Saludos, Ana T.

***

CMP
Time 06/09/2006 at

Gracias, Anaté. Creo que estás en lo cierto.

***

Elena [Visitor]
Time 10/09/2006 at

¡¡¡Hola, Carlos!!!

Fantástico tu relato. Me siento muy Identificada con él. Tuve una experiencia semejante que después de 30 años, también busqué a ese Gran Amor de la juventud. El reencuentro fue fantástico, y para mí muy significativo porque sí reconocimos que ambos fuimos ese Amor de la juventud que todos recordamos. Al vernos sí hubo un schok, pero hablamos como locos de todo, de nuestras familias, hijos y demás; también nos tomamos la foto, JAJAJA!!!

Sí volvimos a venos antes de despedirnos, Algún día, si quieres, te cuento los detalles porque es largo el cuento, ¡¡¡JAJAJA!!! casi una novela. Para mí lo bello de estas situaciones es ¡¡¡atrevernos a VIVIRLAS!!!

Gracias por tu página, Elena

***

Jesús [Visitor]
Time 21/09/2006 at

Para que agregar nada más a lo ya dicho. Además de maravillosa memoria e increíble habilidad para narrar, también tienes una facilidad tremenda para enseñar.

Un abrazo y gracias por el rato.

***

CMP
Time 21/09/2006 at

Gracias, Jesús X. A juzgar por la falta de la ‘ñ’ supongo que debes estar en USA o no querer (no me atrevo a decir ’saber’) habilitar esa letra en el teclado no español de tu PC. También supongo que eres JEZ,.. pero sólo supongo.

***

Fernando Camacho [Visitor]
Time 25/09/2006 at

Don Carlos:

¡Qué iluso e inocente de mi parte cuando le recomendé qué debería escribir. Ud.!

Con su paciencia y cortesía de siempre nos devuelve relatos como éste. Sin arrogancia, con mucha humanidad, y con una clara habilidad por mantener el suspenso. Al igual que Lema, no pude soltar la historia hasta su final feliz, sin consecuencias, relato de vida, con todos los ingredientes de una gran historia, simple como toda gran historia.

Gracias por estos regalos de vida. Y por mostrarnos sin pudor uno de sus lados mas humanos: su persistencia y su búsqueda, incluso hasta la terquedad.

***

CMP
Time 25/09/2006 at

Gracias, Fernando. Agradezco eso de “mostrar sin pudor”, y cada vez me asombro más al percatarme de cuán pocos son los que han conocido o siquiera percibido ese lado de mi persona que, aunque no tenía cabida en la vida corporativa en la que ambos militamos por un tiempo, estuvo siempre conmigo, y sigue estándolo.

Creo que aciertas en lo de “terquedad”, pues me molestó tanto que un minúsculo poedazo de tierra como Tenerife no hubiera nadie que supiera darme fe de Carmensa, y que ni siquiera tuviera la iniciativa de buscar un medio de iniciar la búsqueda, que me propuse, seguramente por terquedad, dar con ella por mis propios medios. Y me alegro de haberlo hecho.

***

Hiran [Visitor]
Time 24/10/2006 at

Mi aprecio y respeto por ti se incrementan cuando leo este relato, y demuestran tu romanticismo y el valor de tu amistad

Un gran abraso

***

CMP
Time 24/10/2006 at

Muchas gracias, Hiran.

***

Adrián [Visitor]
Time 22/06/2007 at

Antes todo, hola. Buscaba en Internet información de la Legión de María, ya que pertenezco a este apostolado aquí, en Buenos Aires, y me encontré con tan magnífica historia.

Pues nada, que me gustó. Saludos, Adrián.

[*FP}– Un susto inesperado pero aleccionador. Nada ocurre por azar

Carlos M. Padrón

El jueves 03/06/2010 tanto Chepina como yo nos levantamos poco después de las 5 de la mañana. Chepina para dejar listo el almuerzo, como todos los días laborables, e irse luego a su trabajo en el colegio —llevando, de camino, a mis nietos al suyo—, y yo para cumplir con el no muy grato deber de ir a la barbería a que me cortaran el pelo, deber que cada 50 días más o menos cumplo muy temprano en la mañana para estar seguro de encontrar estacionamiento en el centro comercial donde está la barbería.

De ahí salí a las 09:15, y en ese momento me llamó Chepina para decirme que su abuelita, una anciana que en octubre habría cumplido 100 años, había muerto en San Cristóbal (estado Táchira), donde vivía (q.e.p.d.).

Chepina decidió volar ese mismo día a San Cristóbal. Consiguió pasaje para las 14:40, y a las 11:50 ella. nuestra perra Susy y yo, abordamos mi camioneta Ford Explorer y pusimos tumbo a Maiquetía.

Yo no llevaba intenciones de bajarme en el aeropuerto, así que fui vistiendo el mismo jumpsuit —especie de mono o braga de mecánico (hay quien dice que de astronauta)— que siempre uso cuando estoy en casa.

La bajada fue rápida y sin contratiempos, cosa rara hoy en día en Caracas y sus alrededores. A las 12:35 dejé a Chepina frente a la entrada del terminal nacional y puse rumbo de regreso a Caracas esperando que la subida fuera también rápida y sin contratiempos.

Pero como no siempre ocurre lo que uno espera, unos 500 metros antes de la entrada al más pequeño de los túneles Boquerón encontré cola. El motivo estaba en medio del túnel: la parte alta del compartimento de carga de una gandola se había atascado contra el techo del túnel.

«Tragedia a la vista», me dije, ya que, por lógica, eso había ocurrido porque en ese punto el techo del túnel había cedido, y si continúa haciéndolo y no dan pronta solución al problema, es probable que un día se venga abajo de golpe y aplaste a varios vehículos.

Rebasado ese obstáculo pude circular de nuevo con rapidez, pero a la altura del barrio El Limón, que tiene fama de peligroso, sentí un golpe seco, que me sonó como en la parte baja-posterior de la camioneta, ésta tembló ligeramente pero siguió en marcha.

Pensando que tal vez algo le habría ocurrido a uno de los cauchos (neumáticos, gomas,..) traseros, me dije que, si yo podía evitarlo, no me detendría en la autopista sino que seguiría hasta La Trinidad (donde vivo), o saldría en Catia, y, en cualquier caso, buscaría un taller o lugar de reparación de cauchos.

Continué, pero a medida que avanzaba noté que la dirección del vehículo había perdido la suavidad habitual y que el aire acondicionado no enfriaba bien. Como nada de eso tiene relación con los cauchos, tomé la decisión de salir en Catia.

Apenas llegar a la plaza de Catia me pegué al lado derecho de la calle y comencé a preguntar a los peatones dónde había un taller mecánico. Las respuestas fueron que no sabían, y tuve que continuar la marcha para no obstaculizar el tránsito porque, además, no había lugar donde estacionar.

En un ensanchamiento de la calle pude orillarme sin ser obstáculo. Me bajé, y cuando me acercaba al lateral derecho del vehículo para ver los cauchos de ese lado, un hombre que estaba parado en la acera señaló hacia debajo del motor de mi camioneta y me dijo «Se le salió la correa».

Todos los cauchos se veía bien, pero, efectivamente, rozando contra el piso estaba la correa que mueve cuatro componentes clave del vehículo: el ventilador, el aire acondicionado, el alternador, y la bomba de la dirección hidráulica. Con razón la dirección había perdido su suavidad, y el aire acondicionado, que de inmediato apagué, enfriaba cada vez menos.

Pregunté de nuevo por un taller, pero ahora fueron varios los que me dijeron que aquélla no era zona de talleres, que siguiera adelante, doblara a la derecha en la próxima calle, subiera por ella y al llegar bajo una zona de árboles preguntara de nuevo.

Con considerable esfuerzo pude accionar la dirección para volver a la vía, e hice lo que me dijeron, pero sin éxito. Seguí subiendo y de pronto me encontré frente al llamado Hospital de Los Magallanes de Catia, que conozco bien porque en 1997 fui allí varias veces a visitar al que en El Paso llamábamos Masico, un amigo de mi infancia y juventud, amigo que murió ese año en ese hospital, y murió un día en que, lamentablemente, no estaba yo en Venezuela. (Aquí publiqué una foto en que aparece él). Ignoro cómo estará el hospital en sí, pero el deterioro ambiental y físico de sus alrededores me resultó evidente.

Opté por no seguir subiendo sino por girar a la izquierda y tomar la vía horizontal que pasa por detrás del hospital.

Apenas enfilar esa vía vi que por la acera de mi lado izquierdo venía caminando un hombre portando en su mano derecha una bolsa de plástico dentro de la cual había algo como rectangular y pesado.

Me acerqué a la acera, detuve la camioneta, y cuando el hombre llegó a mi altura le pregunté si sabía dónde había por allí un taller mecánico.

Se dio vuelta, miró alrededor y luego hacia atrás, hacia la dirección de donde él venía, y señalando a tres hombres —que por su actitud parecían estar arreglando algo en un carro estacionado a la derecha de la calle, más allá del hospital—, me dijo,

—No sé, pero aquéllos tal vez sí sepan.

Y luego, como pensándolo mejor, añadió,

—Sígame que yo les preguntaré.

«Mal asunto —pensé—. Éste supone que no sería muy saludable para mí acercarme a esos tres».

Poco antes de llegar al lugar donde los supuestos mecánicos estaban, el hombre de la bolsa me hizo señas de que me detuviera, se acercó a ellos, les habló, volvió a mi lado y me dijo que los tipos no sabían de talleres pero que él sí sabía de uno, que diera yo la vuelta para regresar por donde había llegado, y él me acompañaría hasta ese taller.

Lo de dar la vuelta ya lo había pensado yo, pues la continuación de la calle pasado el hospital no era nada atractiva, pero esa vuelta tenía que hacerla entrando en una especie de callejón que, arrancando en ángulo recto con la que calle en la que yo estaba, lleva al estacionamiento, cerrado por reja de hierro, de la morgue del hospital.

Como ese estacionamiento estaba en obras, la reja la habían trancado, y por el callejón no circulaban vehículos, aunque sí había varios estacionados a ambos lados pero no al fondo, cerca de la reja.

Tuve que llegar hasta el fondo, frente a la reja de hierro, para maniobrar y dar la vuelta, pero dos cosas me lo impidieron: la resistencia de la dirección —me resultaba punto menos que imposible moverla—, y que la temperatura del motor estaba al máximo.

Al notar esto, apagué de inmediato la camioneta, que quedó atravesada en el fondo del callejón, en posición paralela a la reja de hierro.

Me bajé, abrí el capot y, para mi consternación, noté que salía humo por varios lados. Consciente de que ni era aconsejable ni posible seguir con la camioneta, el hombre de la bolsa me dijo que esperara allí que él iría a buscar a unos mecánicos.

Aunque su ofrecimiento aumentó mis temores, no tenía yo otra opción, pues no podía dejar sola la camioneta, con Susy dentro, ni quería salir afuera por si aquellos tres que supuestamente reparaban un carro a pocos metros de mí decidieran jugarme una mala pasada. Si se acercaban a la camioneta y veían a Susy tal vez les diera miedo y cambiaran de opinión.

Para esperar por los mecánicos, me senté dentro de la camioneta y de pronto vi que los tres tipos sospechosos comenzaron a bajar por la calle en dirección a donde yo estaba. Mi reacción inmediata antes de que se acercaran más a mí, fue bajarme de la camioneta sosteniendo a Susy con su correa. La maniobra funcionó porque los tipos, al ver la pinta de terrible dóberman que tiene Susy (aunque es un pan de Dios), dieron media vuelta y se fueron por donde vinieron.

Estresado como estaba tardé en reaccionar, y fue sólo después de unos 20 minutos —como a las 13:20— cuando recordé que hace más de 20 años llevé yo mi vehículo de turno al taller de un paisano que estaba cerca de donde ahora me encontraba. Pero, ¿existiría todavía ese taller? ¿Y sería aún de ese paisano? ¿Quién podría saber las respuestas a estas preguntas?

Recordé que la esposa del paisano, de nombre Nieves, era de La Laguna (Tenerife), y que ella y su marido eran conocidos de mis hermanas porque asistían al Hogar Canario Venezolano (HCV), un club social de Caracas.

A mis hermanas no podía preguntarles porque están en Canarias,… pero a mi cuñada Tere sí, porque ella y mi hermano Tomás son también socios del HCV.

Llamé a Tere, y si bien en principio no cayó en cuenta de quién podría ser ese paisano que tenía en Catia un taller mecánico, luego algo le hizo tilín y exclamó «¡Ah, sí! Ése es Juan Vargas», y me dio el teléfono de su casa.

Tres veces llamé a ese teléfono, pero sin éxito, pues sólo se escuchaba una palabra ininteligible, como en la voz apagada de un anciano, un chasquido, y el inconfundible tono de ocupado.

Mi estrés iba en aumento. De nuevo llamé a mi cuñada, le conté lo ocurrido y esta vez consiguió que mi hermano Tomás —que, según me dijo Tere, desde hace tiempo lleva sus carros al taller de Juan—, encontrara el número del teléfono de ese taller.

Llamé, y se me dijo que Juan no estaba, que llamara más tarde.

De pronto entró al callejón el hombre de la bolsa acompañado por los mecánicos que me había ofrecido que iría buscar. Eran dos, y traían herramientas.

A pesar de que el motor de la camioneta estaba aún caliente, ellos destornillaron, aflojaron, sacaron, separaron,… y concluyeron que el llamado tensor de la correa se había roto y por eso la correa se había aflojado, soltado y caído.

En su opinión, yo tenía dos opciones, o buscar una grúa que llevara la camioneta a un taller, o darles dinero para que fueran a comprar el tensor y lo instalaran, ya que, seguramente, yo no querría dejar allí la camioneta, sola, atravesada y con Susy dentro.

Lo de la grúa era mi solución de emergencia, que sólo me serviría para llevar la camioneta al taller de Juan, pues traerla hasta mi casa costaría una fortuna, por la distancia, y luego tendría que llevarla, también en grúa, al taller que yo encontrara.

Y lo del dinero no era posible porque, además de que no me fiaba de esos mecánicos, tenía yo conmigo sólo 250 bolívares, pues salí confiado en que, como no me bajaría en Maiquetía ni haría nada más que el viaje de ida y vuelta, no necesitaba llevar más dinero.

Ante esto les dije que yo preferiría esperar a que llegara un mecánico, conocido mío, que tenía un taller en la zona. Para mi sorpresa, no pusieron mala cara ni se molestaron, sino que me desearon suerte y se dispusieron a marcharse.

Extrañado, los detuve y les pregunté cuánto les debía, pues al fin y al cabo habían estado un buen rato lidiando con un motor muy caliente hasta dar con el motivo de la falla.

Su respuesta fue que yo no les debía nada porque ellos no habían solucionado nada, respuesta que no acepté, e insistí en que me dijeran cuánto les debía. El mayor de los dos dijo «Bueno, denos 50 bolívares».

A pesar de que mi humor no estaba para risas, tuve que reírme, pues, por ejemplo, un taxi me cobra 60 bolívares por traerme a mi casa desde una distancia de pocos kilómetros, así que le di 50 bolívares a cada uno, además de las gracias. Y otra sorpresa más: por la cara que pusieron, los agradecidos eran ellos.

Entonces me volví hacia el hombre de la bolsa y le pregunté cuánto le debía. Casi con enfado, y con tajante determinación, me respondió que yo no le debía nada, y que no insistiera en pagarle porque para él era un placer ayudar.

Ante esto le di las gracias y le pedí que, por favor, no perdiera más tiempo conmigo, que él tendría diligencias que hacer y que, además, ya el mencionado mecánico vendría a ayudarme. Y aún otra sorpresa más: mirándome a los ojos me dijo, muy serio:

—Señor, aquí no voy a dejarlo yo a usted solo. Me iré cuando llegue ese mecánico conocido suyo.

El énfasis en la palabra ‘aquí’ fue tan claro y elocuente que di las gracias a aquel hombre y, asustado, asombrado y agradecido, cambié de tema.

Llamé otra vez al taller, y ahora sí pude hablar con Juan. Le conté lo ocurrido, y para que supiera bien dónde encontrarnos le pasé el teléfono al hombre de la bolsa, quien le explicó que estábamos en la parte lateral de la sección de emergencias del hospital.

Mientras esperábamos junto a mi camioneta, el hombre me dijo que había nacido en Caripe del Guácharo en 1962 —o sea, que tiene 48 años—, e hizo varias menciones a cómo Dios premia las buenas acciones.

Habían pasado como 20 minutos y Juan no había llegado, pero sí llegó una llamada de mi sobrino a quien Juan había recurrido para que me llamara a mí porque él había ido a la parte de emergencias del hospital —donde, según él, el hombre de la bolsa le había dicho que fuera—, y no nos vio.

Llamé de nuevo al taller, dimos nuevas explicaciones y Juan contestó que llegaría en pocos minutos manejando un Century azul.

Para que no ocurriera lo de antes, el hombre de la bolsa y yo subimos por el callejón y nos apostamos en el punto de confluencia entre éste y la calle, de forma que podíamos ver muy bien los carros que se aproximaran.

Mientras estábamos allí y yo le contaba al hombre de la bolsa acerca de mis andanzas por Caripe del Guácharo y otros lugares del Oriente venezolano cuando yo trabajaba en Olvetti, noté que los tres que supuestamente arreglaban el carro estacionado al borde de la calle seguían en lo mismo, sin aparentes progresos pero sí mirándonos con insistencia, y que en al lugar habían llegado unos motorizados de pinta sospechosa.

Y por fin apareció Juan. Me volví al hombre de la bosa y le dije,

De nuevo, muchas gracias, señor. Por favor, siga usted su camino, que no quiero quitarle más tiempo. ¡Y que Dios lo bendiga!

Me dedicó una sonrisa, y deseándome suerte retomó la ruta en la que yo lo había encontrado más de una hora antes.

Juan llamó a una grúa que tardó algo en llegar, tiempo que él aprovecho para encender la camioneta —el motor ya no estaba tan caliente— y dándole hacia atrás y hacia adelante, varias veces y con esfuerzo, por lo duro de la dirección, la dejó de frente a la salida del callejón, lista para que la grúa se hiciera cargo de ella apenas llegar.

Y así fue. La grúa llegó, cargó la camioneta sobre su plataforma y puso rumbo al taller de Juan mientras éste, Susy y yo fuimos hacia allá en el Century.

Una vez que la camioneta estuvo a buen recaudo dentro del taller, Juan le pagó al gruero —como ya dije, yo no tenía efectivo para tanto—, y entonces dio comienzo otra difícil tarea: conseguir un taxi que pasadas las 15:00 aceptara hacer el viaje desde Catia hasta La Trinidad trayéndome a mí…. y a Susy.

Juan me dijo que eso no lo haría un taxi de línea, que tendríamos que conseguir uno pirata. Tal vez por la hora y lo largo del recorrido, un par de piratas dijeron que no, pero Juan abordó a uno que había dejado a un pasajero cerca de su taller, y el taxista aceptó llevarnos a cambio de 80 bolívares.

Extrañado por el precio, que me pareció bajo, pero feliz porque al fin iba yo a salir de allí dejando la camioneta segura y en buenas manos, sin más averiguaciones le di a Juan una tarjeta mía y las gracias por su ayuda, y me metí con Susy en el asiento trasero del taxi.

Apenas arrancar temí que no llegáramos a destino sino que aquel carromato se accidentara en plena vía, tal vez en la autopista, y me pusiera en otro problema, agravado por la presencia de Susy.

Mis temores se fundaban en que el vehículo era algo insólito. De origen desconocido, como si lo hubieran armado con partes de diferentes marcas y modelos de los años 70, temblaba al rodar haciendo extraños ruidos.

El cinturón de seguridad de la butaca del acompañante cumplía la función de evitar que el respaldo de esa butaca cayera hacia atrás. El velocímetro no tenía ni aguja. El volante, de ésos de corta circunferencia, era trapezoidal, y no porque lo hubieran hecho así sino porque, aparentemente, le habían dado golpes por diferentes lados y alterado la circunferencia original.

Las manijas para operar los vidrios de las puertas, tanto delanteras como traseras, eran un trozo de cabilla rústica, sin pulir ni pintar, en forma de Z y soldado por un extremo al mecanismo que debería estar escondido dentro de la puerta, pero que no lo estaba porque la puerta no tenía cubierta.

Cuando ya habíamos rodado unos 4 kilómetros por la autopista hacia el Este de la ciudad comencé a creer que sí llegaríamos a mi casa,… siempre que yo diera al chofer, un hombre sesentón de rostro afable, las indicaciones precisas, pues él tuvo buen cuidado de decirme que no sabía nada de la zona a la que íbamos y que, por tanto, yo tendría que explicarle cómo llegar a mi casa y, sobre todo, cómo salir de ella para poner rumbo a Caricuao y estar allá aún de día,… porque su carro no tenía luces.

Le di todas esas explicaciones, haciendo a veces que se detuviera para explicarle lo que en algún preciso lugar debería hacer en su viaje de regreso, y a las 16:16 llegamos frente a mi casa.

Con un suspiro de alivio le di al señor 100 bolívares y mis más expresivas gracias, e hice ademán de abrir la puerta para bajarme del taxi. Casi gritando, el chofer me dijo,

—¡Espere, señor, espere, que falta el vuelto!

Con ganas casi como de llorar, le contesté:

—No, señor, no tiene que darme vuelto. Dejémoslo así porque usted me ha hecho un gran favor.

Me tomó casi un minuto atar a Susy, abrir la reja de la calle, entrar a Susy y entrar yo, y cerrar la reja y trancarla, pero en todo ese tiempo el chofer permaneció parado en el sitio, con medio cuerpo tratando de asomar por la ventana del acompañante, y dándome las gracias una y otra vez.

Cuando por fin, luego de almorzar y darle de comer a Susy, pude echarme en la cama, casi que no podía dar crédito a lo ocurrido.

En apenas tres horas y media (de las 12:45 a las 16:16), que me parecieron un día completo, había vivido yo un gran susto causado por el evidente riesgo de mi seguridad personal, pero también me había impactado la evidencia de que habían sido buenos, rayando la serendipia, todos los hechos que ocurrieron desde el origen de un incidente malo y hasta dar solución a éste, aunque al respecto me pregunto si en realidad fue malo que la rotura del tensor —algo que, por lógica, tenía que pasar tarde o temprano habida cuenta de que la camioneta tiene más de 12 años— ocurriera en el lugar, día y hora en que ocurrió.

Un repaso a esos hechos me deja en claro que fue bueno que,

  • El accidente ocurriera cerca de Catia, y yo decidiera entrar a Catia a buscar solución.
  • Tuviera que detenerme a tiempo antes de que el calor dañara el motor, pues igual pude haber decidido continuar hasta mi casa, como varias veces pensé hacer, y lo habría fundido.
  • Quedara varado en un callejón donde no estorbaba a nadie.
  • Llevara conmigo a Susy, que con su tamaño y aspecto de doberman puede meter miedo y que, aunque es toda cariño, me pregunto cómo reaccionaría si un extraño quisiera hacerme daño.
  • Aparecieran esos dos mecánicos, que bien pudieron ser dos asaltantes o pretender cobrarme el oro y el moro.
  • Quedara varado en la proximidad de un taller conocido, taller que no había yo recordado en casi dos décadas.
  • El dueño de ese taller fuera también conocido, paisano, amigo de mis hermanos y de confianza.
  • Se consiguiera tan pronto un taxista que no sólo aceptó hacer, a precio de casi gallina flaca, el viaje desde Catia hasta La Trinidad, sino, en particular, dejara que un perro se montara en su carro.

Y, por sobre todo, fue bueno el hombre de la bolsa. Un verdadero samaritano que sin tener obligación alguna decidió ayudarme y permanecer conmigo hasta que llegara un reemplazo fiable.

Aunque nada dijo al respecto, salvo lo del premio divino a las buenas acciones, sospecho que es miembro de alguna Iglesia —como Evangélicos, Testigos de Jehová, u otra—, y que en la misteriosa bolsa, cuyo contenido me causó al comienzo seria preocupación, había libros de los que estos fieles suelen llevar para vender o regalar en las casas que visitan. Como le dije al despedirnos, ¡que Dios lo bendiga!

A pesar de la situación por la que pasamos en Venezuela desde hace muchos años, hay que reconocer que aún hay gente buena donde menos espera uno encontrarla.

A las 09:00 del viernes 04/06/2010 sonó el teléfono de mi casa; era mi cuñada Tere. Me dijo que Juan había llamado a mi hermano Tomás para que me hiciera saber que ya la camioneta estaba lista.

A las 09:30 salí en taxi hacia Catia, recogí la camioneta, le reiteré a Juan mis más expresivas gracias, él me guió, yendo delante de mí con su carro, hasta la vía de salida a la autopista, y a las 11:00 estaba yo de vuelta en casa con mi Ford Explorer.

Una lección de vida más, que procuraré tener siempre presente junto con mi renovada convicción de que nada ocurre por azar.

[*FP}– ‘La tendencia de la moda masculina’, una broma que pudo costarme muy cara

Carlos M. Padrón

A mediados del año 1970, y apenas finalizado el Entry Level Training, primera actividad que realicé en IBM de Venezuela, esta compañía me mandó a trabajar a la Sucursal Finanzas, bajo la guía de Juan Llorens y en calidad de Representante de Ventas Trainee.

Y en 1971, superada la condición de trainee, quedé como Representante de Ventas en la misma Sucursal Finanzas que para entonces estaba —al igual que la Sucursal Gobierno, el Dpto. de Educación y el Dpto. Técnico (o al menos parte de él)— en la mezzanina 1 de la Torre Capriles, en Plaza Venezuela (Caracas).

El área reservada a Sucursal Finanzas constaba de un gran salón para vendedores y analistas, y a un lado de éste estaban, todas contiguas, las oficinas gerenciales de Jesús Alonso, Fernando Lacoste, Ramón Sitja, y Humberto Ariza.

En mi vida laboral de 44 años, salvo contadas y justificadas excepciones, siempre llegué temprano al trabajo. Aunque IBM iniciaba labores a las 08:00 am, yo llegaba poco antes de las 07:30 am, cuando en la oficina o no había nadie o había muy pocos.

Un día de marzo de 1971, de ésos en que llegué antes de las 07:30, no había nadie en la oficina, y encontré en mi puesto de trabajo —un gran mesón para 4 personas— el acostumbrado montoncito de correspondencia que la gente de Servicios Generales había depositado allí, como hacían con la correspondencia de todos, a última hora de la tarde anterior.

Comencé a revisarla, e inmediatamente después de un memorando que, sobre asuntos del negocio, Humberto Ariza, gerente de Administración, mandaba a todos los representantes de ventas, encontré una circular de Wilco —una tienda de ropa para caballeros en la que alguna vez compré algo— que hablaba sobre la tendencia de la moda masculina. Y al reparar en que los tipos de letra usados en el memorando de Ariza y en la circular de Wilco eran bastante parecidos, aunque no iguales, “se me prendió el bombillo”.

Como estaba solo, corté los dos documentos en tres partes, encabezamiento, cuerpo y despedida, y armé uno nuevo que tenía el encabezamiento del memorando de Ariza, el cuerpo de la circular de Wilco, y la despedida del memorando de Ariza.

Pegué los trozos, cuidando que los márgenes izquierdos coincidieran, corté los excedentes de papel en los bordes, y el resultado fue un memorando IBM Interno en el que Humberto Ariza, gerente de Administración y amante del buen vestir, anunciaba a todos los representantes de ventas de las sucursales Finanzas y Gobierno cómo sería la moda masculina para la temporada 70-71.

Fotocopié el original, pues así disimularía los empates, e intercalé la copia en el montoncito de correspondencia de Juan Llorens, gran profesional y excelente persona con un fino sentido del humor. Hecho esto, seguí en lo mío como si nada.

Poco después llegaron, casi al mismo tiempo, Juan Llorens, Fernando Lacoste, Hans Barany y Ramón Sitja.

Después de su acostumbrado saludo de “Buongiorno, amici!”, Llorens se sentó, comenzó a revisar su correspondencia y, de pronto, rompió a reír como loco; con tantas ganas reía que yo no pude contenerme y rompí a reír también, con lo cual él supo de inmediato quién había sido el autor del “memorando” causante de su ataque de risa.

Hans Barany, que se sentaba a mi lado y frente a Llorens, nos miraba alternativamente a Llorens y a mí, y, llevado por su muy peculiar sentido del humor, se levantó y, con la delicadeza que le caracterizaba, casi arrancó de las manos de Llorens el papel motivo de las risas. Lo leyó y se lo botó de vuelta a Llorens a través de la mesa mientras comentaba airado que Ariza se había vuelto loco, y que cómo se le ocurría (a Ariza) meterse en temas que no incumbían al negocio.

Eso, por supuesto, hizo que tanto Llorens como yo nos riéramos aún con más ganas, ante lo cual Barany, visiblemente molesto, se levantó y se fue.

Atraído por las carcajadas, pues le encantaba toda “rochela”, Lacoste se nos acercó a Llorens y a mí preguntando qué pasaba. Llorens le mostró el “memorando”, y, apenas leerlo, Lacoste se unió al dúo de risas, salpicándolo con los comentarios agudos que le eran propios.

Las risas de los tres y los comentarios de Lacoste terminaron llamando la atención de Ramón Sitja, un individuo con un sentido del humor muy “particular”. Así que, exhibiendo la sonrisa que le era común, se nos acercó y pidió que le explicaran,… y en ese momento dejé yo de reír.

Me consta que tanto Llorens como Lacoste, que conocían a Sitja mejor que yo, trataron de no enseñarle el “memorando”, pero él insistió tanto que al final se lo dieron, con la aclaratoria de que era un montaje hecho por mí para ser usado sólo entre nosotros.

A medida que Sitja leía, enrojecía, y, al llegar al final, giró violentamente sobre sí mismo y, a todo trapo y llevando en su mano el corpus delicti, puso proa hacia la puerta de salida mientras, casi gritando, decía que iba a Chuao, sede de la presidencia de la compañía, a hablar con Covelo, para entonces presidente, para denunciar la clase de actos irresponsables, faltos de seriedad y reñidos con las normas IBM que en nuestra Sucursal estaban ocurriendo.

El mundo se me vino encima, el alma se me cayó a los pies, y aquéllos se me pusieron de corbata. Y para mis adentros me dije: “¡Qué lindo te quedó, Carlitos! Tanto que batallaste para entrar en IBM, y ahora, a pocos meses de haber entrado, arruinas todo por hacer una gracia, ¡pendejo!

Repuestos de la primera impresión causada por la extemporánea reacción de Sitja, Lacoste y Llorens salieron tras de él y lo interceptaron justo antes de que traspasara la puerta del salón. Le dieron “jarabe de lengua” hasta decir basta, pero el hombre no cedía en su decisión de irse a Chuao a denunciar el caso.

Desde donde yo estaba no podía entender —no sé si por la angustia que me embargaba, por la distancia, o por la mezcla de ambos factores— lo que se decían entre ellos, pero sí recuerdo muy bien que, pasado un tiempo que me pareció una eternidad, Sitja, con un gesto malhumorado, le devolvió a Llorens el “memorando”, y, despotricando contra los niveles de falta de respeto y de profesionalismo en que había caído la otrora gloriosa IBM, se metió en su oficina y cerró de un portazo.

Creo que Llorens rompió la copia, y allí no se habló más del asunto en mucho tiempo. Y creo también que Hans Barany nunca supo que el motivo de todo había sido un montaje hecho por mí. Todo esto contribuyó a que, hasta donde sé, Humberto Ariza —un buen profesional con quien mantuve luego muy buena relación de trabajo— tampoco supiera nunca lo que yo había montado con su memorando.

Desde entonces me siento en deuda con Juan Llorens y Fernando Lacoste por lo que ese día hicieron por mí.

Como constancia gráfica, adjunto el “memorando” de marras.

Espero que, transcurridos casi 39 años de su “creación”, no le cause daño ni molestias a nadie.

 

[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (5/5): La sesión final

06-10-2009

Carlos M. Padrón

El 05-Feb-1974, a la acostumbrada hora de pasadas las 12 de la noche, Cecilia y yo iniciamos una sesión en la que, a diferencia de las demás, colocamos la tabla ouija sobre la mesa del comedor y no sobre nuestras rodillas.

Por acuerdo mutuo combinamos en el cuestionario preguntas sobre el bebé que esperábamos (preguntas que haría Cecilia), con preguntas sobre mi padre (que haría yo).

Deliberadamente me propuse poner a prueba lo de la influencia de la mente de los usuarios o mirones, y para cada pregunta que Cecilia hacía, yo pensaba insistentemente en una respuesta.

P: ¿Cuándo nacerá el bebé?

R: 5 6 (5 de junio, supongo. Que sería en junio ya nos lo habían dicho)

P: ¿De qué sexo será?

R: Varón (Era lo que Cecilia quería y lo que yo pensé)

P: ¿Cuanto pesará?

R; 3900 (3 k 900 gramos, que fue lo que pensé)

P: ¿Cuánto medirá?

R: 55 (cm. En ésta no acerté. A partir de aquí ya dejé de pensar en las respuestas)

Las que siguieron, basadas en que la criatura sería un varón, fueron que estudiaría Farmacia y se casaría en Caracas a la edad de 23 años con una mujer de origen portugués llamada Lucelda Lebelu. Nada fue cierto, pues la criatura fue hembra, estudió psicología y aún está soltera.

Concluida la sesión de preguntas de Cecilia me tocó el turno de preguntar. Transcribo las de interés; entre ellas hubo algunas que fueron divagaciones, y que represento con una línea de puntos (…./…), pero luego volvíamos al tema principal.

P: ¿Quién eres?

R: Tu padre

………../…………

P: ¿Dónde estás?

R: En el Limbo

P: ¿Dónde estabas antes?

R; En el Purgarorio

P: ¿Qué hay después del Limbo?

R: El Cielo

P: ¿Y después del Cielo?

R: Felicidad eterna

P: ¿Sufres donde estás ahora?

R: Sí

P: ¿Por qué?

R: Me temo lugar raro

P: ¿Qué te hace pensar que irás a un lugar raro?

R: El celador y valores falsos

………………./…………………

P: ¿Estás cansado?

R: Sí

………………./………………..

P: ¿Qué podemos hacer por ti?

R: Recen muchos Credos

P: ¿Cuánto tiempo?

R: Muchos días

………………/………………..

P: ¿Me has ayudado a mí?

R: Sí

P: Menciona algo en lo que me hayas ayudado

R: IBM (Esto pudo salir de mi mente porque es algo que siempre he creído)

P: ¿Fuiste tú quien habló con nosotros la noche del 08-Ene-1974?

R: Sí

P: ¿Podremos hablar contigo en lo sucesivo?

R: Sí

P: ¿Qué debemos hacer para conseguirlo?

R: Tener fe en Dios y llamarme

P: Fe en Dios ya la tenemos, ¿qué más debemos hacer?

R: Llamarme

P: ¿Quieres decir invocarte?

R: Sí

………………/………………

P: ¿Te gustó hablar con nosotros?

R: Sí

P: ¿Quedas más tranquilo?

R: Sí

P: Buenas noches

R: Buenas noches

Eran casi las 2 de la madrugada cuando terminó esta sesión. Nos miramos, y creo que lo que vimos en la cara del otro no nos gustó. Sin decirnos palabra nos metimos en la cama y no tuvimos valor para apagar la luz del dormitorio. Por mi parte sentía que allí con nosotros había algo más, algo que estaba vivo, una presencia que tenía energía, pero que nos resultaba invisible. No recuerdo haber sentido tanto miedo en mi vida. No me atrevía ni a cerrar los ojos, y si al fin me dormí debe haber sido al amanecer, pues desperté cuando la luz del Sol, ya alto en el cielo, se coló por la cortina y me dio en la cara.

Entendí muy bien que había llegado al punto señalado por el Dr. Rhine. Así que, apenas levantarme, guardé la tabla ouija y no la he usado nunca más.

Pasó el tiempo y con él fueron asentándose las emociones y destacándose lo puntos de explicación lógica y los sin explicación razonable.

Entendí que muchas de las respuestas supuestamente recibidas del más allá pudieron perfectamente salir del “más acá”, de mi mente, como la de la fecha de nacimiento de Tito, lo del Infierno para un suicida, la felicidad eterna después del Cielo, o lo de la ayuda para que yo entrara en IBM, pues siempre creí, y lo escribí ya en un artículo, que es demasiada casualidad que mi padre muriera en junio/1969 y que antes del final de ese año sus tres hijos varones consiguiéramos, en materia de trabajo, lo que por años habíamos buscado sin éxito:

1) Raúl, el mayor, (q.e.p.d.), consiguió la fórmula que le permitió mantener incorrupto por mucho tiempo el chorizo canario, y así pudo sacar a consolidar la fábrica de embutidos de la que vivió por el resto de su vida, y de la que obtuvo los recursos para sacar adelante a su familia.

2) Tomás, el segundo, consiguió, sin esperarlo, una oferta de sociedad para una ferretería —actividad comercial que era la preferida de nuestro padre— que aún mantiene y de la que ha vivido hasta hoy, y sacado también adelante a su familia.

3) Y yo, Carlos, logré entrar a IBM después de haber estado tratando de hacerlo desde 1967. Lo que eso significó para mí lo he contado ya varias veces.

Sin embargo, un sábado, creo que de 1992, reunidos los hermanos en casa de mi madre, mi hermano Raúl contó que a poco de morir nuestro padre, y estando él aún muy alterado por esa pérdida, caminaba un día hacia el lugar en que había dejado aparcado su carro Dodge Dart GT (el GT lo tenía el carro pegado, en letras en relieve, en un costado) cuando, sin saber por qué, fijó la vista en esas letras y asombrado vio cómo la ‘G’ saltó, como si algo la hubiera empujado desde dentro de la carrocería y, describiendo una parábola, cayó a sus pies.

Ante esto le pregunté en qué iba él pensando cuando eso ocurrió. A su respuesta, que yo esperaba, de que iba pensando en nuestro padre aunque no entendía qué tenía que ver con eso la letra ‘G’, mi madre, casi con ingenuidad, dijo:

—Bueno, tu padre se llamaba Tomás Gregorio.

Me quedé helado, pues recordé la respuesta que recibí a mi pregunta hecha en la sesión del 08-Ene-1974:

P: ¿Quién nos guía las manos?

R: Tomas G Padron

Ninguno de los hermanos sabíamos nada acerca de ese segundo nombre de nuestro padre, pues, además, no estaba, por ejemplo, en los documentos que yo manejé cuando él murió. ¿De dónde y por qué apareció esa ‘G’, tanto en mi sesión de ouija como en el caso del carro de mi hermano?

Varios años después de haber enterrado yo la ouija, leyendo un libro sobre reencarnación encontré que, según una de las tantas creencias que al respecto se tienen en Oriente, cuando una persona muere, su alma, luego de vagar confundida en el plano terrenal, va por fin al plano en que debe esperar su próximo paso en la evolución espiritual, o sea, su próxima reencarnación.

Cuando le llega el turno debe enfrentarse a su CELADOR con el que armará el plan, con detalles y características, de esa próxima reencarnación.

Hasta ese día, para mí ‘celador’ estaba asociado solamente a la persona que en mi pueblo se encargaba de vigilar que las capillitas de madera conteniendo pequeñas imágenes de santos salieran de la iglesia y fueran pasando de casa en casa según la fecha estipulada y siguiendo el circuito de quienes se habían inscrito para recibirlas.

¿No es lógico suponer que inspire temor el enfrentarse a alguien con quien tendrás que acordar una vida futura, y que resulte cuando menos raro el lugar al que ese celador te destinará?

P: ¿Sufres donde estás ahora?

R: Sí

P: ¿Por qué?

R: Me temo lugar raro

P: ¿Qué te hace pensar que irás a un lugar raro?

R: El celador y valores falsos

Dice la teoría de la reencarnación que cuando morimos debemos reunirnos con el ser (¿celador?) formado por las experiencias que hemos obtenido en vidas anteriores, y decidir con él en qué valores debemos mejorar (¿los que al momento son falsos?), y en qué, cómo, cuándo y dónde (un lugar que, cabe suponer, nos parecerá raro) vamos a reencarnar para vivir una vida en la que eventualmente mejoraremos esos valores,… y aprobaremos ese curso.

Repito lo de

Autor y Actor

«Siento, aunque esté completamente solo, que hay alguien que me está observando. De pequeño creía que era el ángel de la guarda, y más tarde, cuando las enseñanzas fueron más solemnes, Dios.

Ahora creo que es alguien en cierto modo muy parecido a mí, casi como yo mismo, pero mucho más lúcido porque posee todos los conocimientos, experiencias y progresos que he logrado en cada vida pasada. Alguien que se ríe cuando trato de ignorarlo, negarlo ó engañarlo, y me recuerda que él es el autor de la obra que con su asesoría yo mismo escogí, y que ahora, como actor, estoy representando».

*****

Dr Louisa E. Rhine. Duke University in Durham, North Carolina.

[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (4/5): Sesión en casa ajena

Carlos M. Padrón

Mis relatos sobre la ouija llegaron a oídos de muchos en IBM, y al menos cuatro de ellos tenían ouija y la usaban como juego, hasta el punto de que la llevaban en el maletero de su carro para tenerla a mano cuando se les ocurriera montar una sesión. Supongo que a éstos les extrañaría el uso que yo le daba.

Un día de enero de 1974, estando yo sentado en mi puesto de trabajo, se me acercó el Sr. Gastone, un IBMista ya entrado en años a quien le habían diagnosticado cáncer, y me preguntó si yo me prestaría a llevar a cabo para él una sesión de ouija.

Sabiendo, como yo sabía, que a Gastone le quedaba poco tiempo de vida, esa petición me afectó. Me gustaría complacerle, le dije, pero para una sesión de ouija hacen falta ciertas condiciones —como un buen compañero, un sitio tranquilo, etc.— condiciones que no veía yo muy fácil conseguir para lo que él quería.

Tal vez movida por lo de la muerte cercana que esperaba a Gastone, Milagro, la secretaria de la Sucursal, dijo que ella ofrecía su casa para que fuéramos varios con dos o tres tablas de ouija y complaciéramos a Gastone. Y así lo hicimos una tarde al final de la jornada de trabajo.

Una vez todos en casa de Milagro —incluido Gastone, por supuesto— vino el consabido trago social, que en este caso era uno bien largo a base del whiskey preferido de la anfitriona. Aunqne no me gusta esa bebida, tomé mi trago por no desairar a Milagro, pero sentí que no me cayó bien.

Minutos después nos ubicamos por parejas en habitaciones diferentes, para no escucharnos unos a otros. Milagro era mi pareja, y tras de nosotros se vino Gastone.

Nos sentamos y montamos mi tabla ouija según las reglas. Gastone —supongo que expectante porque, y vuelvo a suponer, lo que él quería era convencerse de que había un más allá con el que era posible comunicarse—se puso de pie tras mi hombro derecho desde donde podía leer lo que la PT indicara.

Listo ya todo, hice la pregunta inicial:

—¿Alguien quiere comunicarse con nosotros?

—No—, fue la respuesta inmediata

Extrañado por tal velocidad, que no era propia al tener yo por pareja a alguien que nunca había usado una ouija, pregunté de nuevo

—¿Por qué?

Perche sei ubriaco (= “Porque estás borracho”, dicho en italiano)

Me quedé congelado, y luego de unos segundos de notoria inmovilidad me atreví por fin a voltearme para mirar a Gastone que con rostro lívido me devolvió la mirada. Y a pesar de mi lástima ante su desconsuelo, la ouija no quiso trabajar más.

Reconozco que yo estaba consciente de que el whiskey me había hecho daño, pero, ¿por qué la respuesta en italiano, el idioma nativo de Gastone y que yo entendía también?

Gastone murió en septiembre de 1976, y cada vez que paso por la funeraria donde lo velaron, o cada vez que oigo hablar de la ouija o veo una, me siento mal porque no puedo evitar preguntarme cuál fue realmente el móvil que lo llevó a pedirme lo que me pidió; cuáles los sentimientos, tal vez de esperanza, que él tenía asociados a la ouija, y cómo tomó aquella sorpresiva y cortante respuesta en italiano: “Perche sei ubriaco”.

***

Continuará algún martes con «[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (5/5): La sesión final».

[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (3/5): Efecto en otras personas

Carlos M. Padrón

Mis compañeros de trabajo en la Sucursal Finanzas de IBM de Venezuela supieron que yo había comprado una ouija y que estaba usándola, así que cuando en la oficina nos reuníamos todos a primera hora de la mañana, el tema obligado era la ouija.

En una misma mesa, larga y ancha, nos sentábamos cuatro vendedores: Guty, Amichi (así lo “bautizó” Juan Llorens cuando trabajó en esa Sucursal), JF y yo. Éste se sentaba justo frente a mí y era el que mayor interés mostraba por todo lo esotérico. En otra mesa vecina había otro vendedor: Angeleme.

Mis relatos sobre lo que me había ocurrido con la ouija tenían la virtud de producir en mis compañeros efectos disímiles.

Amichi no podía ocultar su fastidio porque todas esas historias le restaban la concentración que necesitaba para su trabajo y porque, además, los temas de espiritualidad, filosofía, esoterismo, etc. no le interesaban en absoluto; lo suyo era lo material y, como el tiempo se encargó de demostrar, el dinero.

JF, que era el que apenas llegar me preguntaba por la ouija, era tan sensible a lo paranormal que, sin darse cuenta, mientras absorto me prestaba atención, su cuerpo iba deslizándose poco a poco silla abajo hasta que su barbilla quedaba apoyada sobre el borde de la mesa, y él, sin percatarse de su ridícula posición, me miraba fijamente con ojos desorbitados y expresión de terror.

Y Guty, cuyo interés por el tema no llegaba a los extremos de JF, miraba de reojo a éste (lo tenía a su izquierda) mientras a duras penas contenía una sonrisa burlona.

Angeleme, sentado en la otra mesa pero de espaldas a mí, simulaba no escuchar, aunque a veces, ante alguna de las exclamaciones de JF, daba media vuelta hacia atrás para cerciorarse de que éste estaba bien, ya que a cada momento JF exclamaba:

—Coño, Charlie, ¡dime que todo eso es cierto!

Y cuando yo le aseguraba que sí, que era tal y como lo estaba contando, soltando un ahogado “¡Coooño!” con un intenso trémolo signado por el miedo, se hundía un poco más en su silla.

Un día Guty me preguntó dónde podría conseguir una ouija, le dije que no sabía si en Venezuela había, pero que, según yo había leído en el mencionado libro, era posible armar una. Sólo hacían falta,

· Una mesa de mármol liso,

· Recortar piezas de cartón, circulares o rectangulares, en las que luego se escribiría lo que viene impreso en la tabla original.

· Una copa de las de vino

· Distribuir alrededor del borde de la mesa las piezas de cartón, en la forma en que la ouija tiene organizadas las letras y palabras

· Colocar la copa boca abajo y usarla como PT, posando los usuarios sus dedos sobre la base de la copa

Pasadas las 08:30 de la mañana del día siguiente a mi explicación, Angeleme, que era tempranero, no había llegado ni había llamado. Llegó a las 08:45 am con cara de no haber dormido, lo cual nos preocupó a todos. Cuando le preguntamos qué le había pasado se dirigió a mí y me soltó sin más:

—Coño, Carlos, ¡Qué vaina me has echado!

—¿¡Yo!?—, exclamé extrañado.

—Sí, tú —respondió alterado Aneleme—, porque lo que aquí has contado de la ouija se lo he ido contando a mi mujer, y anoche me convenció de que improvisáramos una ouija en la mesa de mármol que tenemos de centro en el salón. Comenzamos a darle, y cuando esa bicha trabajó, mi mujer pegó un grito, agarró los cartoncitos y hasta la copa y lo botó todo a la basura.

Después de las risas de todos, la pregunta fue:

—Pero, ¿y por qué esa cara que traes?

—¡Porque fue tan grande el susto que luego no pudimos dormir!

***

Continuará algún martes con "[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (4/5): Sesión en casa ajena".