[SE}> La marca del destrozo / Soledad Morillo Belloso

31-08-2026

Soledad Morillo Belloso

La marca del destrozo 

Ceder. Inclinar la cerviz. Capitular.

Tres verbos que saben a cuero viejo y a soga húmeda, a ese polvo que se levanta cuando un país es obligado a arrodillarse mientras otros discuten el precio de la  humillación.

Hace ya más de doscientos años, miles murieron por la libertad y por algo todavía más profundo: el derecho a decidir, a ser dueños de su destino en un territorio donde todo se dictaba desde afuera o desde arriba. Hombres, mujeres, niños, ancianos: una multitud sin estatuas, hecha de miedo, hambre y terquedad, que caminó hacia la muerte convencida de que romper el yugo valía la vida.

Esa multitud sostuvo la idea más peligrosa y luminosa del momento: un país puede nacer del acto de decir “basta”, “no más”. La libertad no es abstracción; es apuesta feroz que se paga con sangre. Y lo que quedó luego de aquella guerra fue un territorio exhausto, pero con una certeza: el derecho a decidir no se mendiga.

Murió un tercio del país. Antes de la guerra, Venezuela tenía entre 700.000 y 800.000 habitantes. Al final, según José Manuel Restrepo, de los 400.000 muertos de la Gran Colombia, unos 250 000 fueron venezolanos. No solo cayeron en combate: murieron por epidemias, hambre, miseria y masacres. La muerte se volvió paisaje.

Esa libertad conquistada —y la soberanía que la sostiene— fue algo que los gobiernos posteriores a la independencia, con todos sus errores y defectos, nunca se atrevieron a entregar. Podían fallar en la administración, en la economía, en la política interna y exterior, pero no en ese principio. Sabían que traicionarlo equivalía a traicionar la memoria de quienes dieron la vida para que Venezuela pudiera decidir por sí misma. Para algunos es poca cosa. Para los adoradores del pragmatismo, la dignidad es una palabra que solo sirve para novelitas rosa.

Si hoy se entrega con ligereza la soberanía, no es por debilidad sino por conveniente amnesia selectiva. Un país que vio morir a un tercio de su gente para conquistar el derecho a decidir no puede permitir que otros lo negocien como mercancía de ocasión. La claudicación de unos pocos no representa al país lúcido: es apenas la sombra de la  pequeñez de gobernantes de turno. La república, en cambio, sabe que  tiene que honrar la hidalguía de sus muertos.

Ciertamente, un país puede negociar sus recursos, pero un país  no es un negocio: no se tasa, no se pesa, no se remata. Un país es historia, sangre, memoria, futuro; no mercancía en una mesa de trueques, con peste a lupanar. Negociar es legítimo, siempre y cuando quienes negocien tengan legitimidad de origen y desempeño. Convertir la nación en objeto de transacción, pues no, jamás.

Hay muchísimas cosas de las que poco o nada sé. Al fin y al cabo, “todos somos ignorantes, mas no en las mismas cosas” (William Rogers). Pero una cosa sí sé. Nada de esta vagabundería estaría pasando si el día que se llevaron a Maduro en el mismo súper helicóptero que parece sacado de la imaginación de George Lucas, hubieran traído a Edmundo González Urrutia, presidente constitucional de la república, por elección soberana del pueblo. Sólo hay algo peor que no hacer lo que hay que hacer: hacerlo a medias. La torta se les apelmazó, como en Vietnam, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Irán y dele, que son pasteles.

Quizás al señor Rubio -hoy canciller y aspirante a la presidencia y cuyos orígenes de sangre llevan la impronta de un linaje que no puede pasar por alto- le haría bien aprender historia antigua y reciente, porque la construcción del futuro así lo exige, tanto como demanda ética, moral y dignidad. La grandeza no está en el tamaño; está en la densidad.

Cayetana Álvarez de Toledo lo resume en una frase: “lo moral es lo eficaz”.  Y esta negociación que se basa en maniobras hechas en la trastienda, de madrugada y con poca luz, con gente de sucia reputación, no es ética, no es moral y por tanto, carecerá al final de eficacia.

El actual presidente de Estados Unidos dejará de serlo, porque su fecha de caducidad está marcada en el calendario. Pero su falta de visión, su oportunismo, su carencia de dotes de estadista, dejará la marca del destrozo. Y tocará a Marco Rubio, si llega a presidente (en español, “si”, sin tilde, como conjunción condicional), levantar los vidrios.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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