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02-06-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que el venezolano quiere

Lo que quiere el venezolano de a pie es una vida normal. Normal, sí: esa palabra exótica, casi mitológica, que en otros países se consigue en el supermercado junto al pan. Aquí, en cambio, parece que la fabrican en Marte y la traen en cohetes que nunca aterrizan.

El venezolano no pide milagros ni epopeyas ni discursos de plaza. Pide lo básico, lo elemental, lo que cualquier país decente entrega sin hacer aspavientos: vivir sin sobresaltos, sin miedo, sin tener que hacer acrobacias para llegar al final del día.

Quiere levantarse y abrir la llave sin preguntarse si hoy habrá agua o si tocará el numerito circense de llenar tobos como si viviera en un campamento de refugiados. Quiere encender la luz y que la luz responda, no que juegue a hacerse la interesante. Quiere que el internet no sea un rumor contado en voz baja. Quiere que el gas llegue sin tener que rezarle a ningún santo ni sobornar a nadie.

Quiere salir a trabajar sin sentir que la calle es una emboscada. Quiere caminar sin mirar hacia atrás cada tres pasos, como si fuera protagonista de una película de suspenso de bajo presupuesto. Quiere que el transporte público no sea un asunto de azar. Quiere que la gasolina no sea un tesoro escondido digno de piratas del Caribe. Quiere que la noche no sea un territorio prohibido.

Quiere hacer mercado sin tener que hacer malabares mentales. Quiere que el sueldo alcance para comer, para vivir, para darse un merecido  gusto sin sentir culpa. Quiere que el dinero no se evapore como si tuviera fuga. Quiere que la inflación deje de ser un monstruo que se come el esfuerzo ajeno con la voracidad de un ogro malcriado.

Quiere que sus hijos estudien en escuelas donde haya pupitres, maestros, libros, comida. Quiere que los muchachos sueñen con quedarse, no con huir. Quiere que la vejez de sus padres no sea una condena. Quiere que enfermarse no sea una sentencia.

Quiere, además, algo que aquí parece una insolencia: un gobierno que lo respete. Un gobierno que no pretenda que sea una foca amaestrada, aplaudiendo cada vez que le tiran un pescadito seco disfrazado de “bono”. Un gobierno que entienda que ciudadanía no es obediencia, ni dignidad es sumisión.

Y quiere algo todavía más básico, más elemental, más obvio: que quienes deciden y gobiernan NO roben. Que no se lleven el país en maletas diplomáticas. Que no conviertan el erario en alcancía personal. Que no vivan como jeques mientras el ciudadano hace malabares para comprar harina. Que no se repartan el futuro como si fuera botín.

Y quiere algo fundamental, algo que define la esencia de un pueblo: no quiere limosnas. No quiere bonos que duran lo que dura un suspiro. No quiere depender de la voluntad caprichosa de nadie. No quiere que lo traten como mendigo en su propio país.

El venezolano quiere trabajar. Quiere producir. Quiere ganarse la vida con su esfuerzo honesto. Quiere disfrutar lo que ha ganado con sus manos, con su sudor, con su talento. Quiere que su salario tenga peso, que su trabajo tenga valor, que su esfuerzo tenga recompensa. Quiere vivir de lo suyo, no agradecer lo que le tiran desde arriba como si fueran migajas bendecidas.

Quiere que el país deje de ser un incendio. Quiere silencio, rutina, incluso aburrimiento. Quiere que la vida vuelva a tener ritmo, cadencia, respiro. Quiere que la normalidad deje de ser un anhelo y vuelva a ser un derecho.

Y yo, que soy escritora, quiero lo mismo que quiere el ciudadano de a pie, pero además quiero tiempo y sosiego para escribir. Quiero sentarme frente a la página sin que el país me interrumpa con su tragedia diaria. Quiero escribir artículos, relatos, cuentos, novelas, ensayos, poesía. Quiero que la imaginación no tenga que competir con la angustia. Quiero que la ficción no sea menos verosímil que la realidad.

Quiero —como millones— que la vida vuelva a ser vida, no supervivencia. Que el país deje de exigir heroísmo. Que podamos volver a la normalidad sin pedir permiso.

Porque al final, lo que quiere el venezolano es tan simple como insoportable para quienes lo han condenado a la miseria: quiere vivir de su trabajo, no de su sumisión. Y eso, para algunos, es incomprensible; tienen dos cotufas en el cerebro y una de ellas ni siquiera estalla.

Soledadmorillobelloso@gmail.com