[*ElPaso}— Leyenda de los brezos abrazados

Con la ayuda de un conocidísimo historiador pasense, Francisco Lorenzo nos ha mandado, para nuestra revista La Voz de Tamanca, este lindo relato sobre una leyenda que se considera real. Una que demuestra que la pasión del amor puede convertirse en un arrebato de locura.

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Leyenda de los brezos abrazados

Por Francisco Vicente Lorenzo

Cierto amanecer del año 1830, en el conocido bario de Triana, de Los Llanos de Aridane, una joven y bella muchacha se puso en camino para visitar a su madrina que vivía en el alto barrio de La Rosa en la ciudad de El Paso.

La joven llegó al mencionado lugar muy temprano, pues de esta manera podía pasar todo el día en casa de su madrina a la cual hacía mucho tiempo que no visitaba.

Era invierno, el cielo estaba ennegrecido, compactas nubes no daban paso al apagado sol, y se veían claras perspectivas de que pronto llovería.

A eso de media mañana llovía torrencialmente sin cesar. Al cabo de un rato se oía por caminos y laderas el correr del agua, arrollando todo a su paso hasta llegar al cauce del barranco más cercano. La madrina de la muchacha le advirtió lo peligrosa de la situación, y le rogó que se quedara en su casa hasta que amainara el tiempo.

Ya avanzada la tarde, la torrencial lluvia cesaba a intervalos para dejar paso a finas y escasas gotas, y el Sol dejaba ver su tenue luz, lo cual aprovechó la muchacha para regresar a su casa por el mismo camino de ida, conocido vulgarmente como Cuestas de El Paso de Abajo.

En la antigüedad, este camino se dividía en dos formando una ‘Y’ un poco antes de llegar al pueblo más próximo. El de la derecha conducía a Los Pedregales y a Los Llanos, y el de la izquierda, conocido con el nombre de Urvina, conducía a Triana.

La joven tomó este último para dirigirse a la casa de su familia. En su caminar oía un ruido constante y cada vez más cercano. Avivó el paso hasta llegar a ver con sus propios ojos qué producía ese extraño ruido: era el correr del caudaloso barranco. Y una vez llegó hasta muy cerca de él pudo comprobar que el paso estaba cortado, pues debido a la torrencial lluvia, el caudal había rebosado el cauce ocasionando desbordes e inundaciones, y haciendo desaparecer cercanos caminos y senderos.

Nerviosa, la joven pudo comprobar que no había manera humana de cruzar, por lo cual volvió sobre sus pasos para tomar el camino de la derecha y así poder pasar a la otra orilla. Una vez llegó a ése, comprobó que la situación era la misma, y que era totalmente imposible cruzar la constante corriente de aquellas turbulentas aguas.

Empezaba a anochecer, y la muchacha aprovechó la escasa penumbra para seguir bordeando el barranco hacia la parte alta buscando desesperadamente poder cruzarlo. Atareada en su búsqueda, creyó oír voces humanas que procedían de las cercanías. Sin saber qué hacer, se quedó un momento inmóvil escuchando. Era cierto: volvió a oír voces y, pensando en que alguien la socorriera, desesperadamente empezó a gritar.

Al poco tiempo se acercaron hasta ella dos apuestos jóvenes. Su encuentro con la muchacha en tal situación fue sorprendente. A la mente de ellos, llegaron antiquísimas leyendas de apariciones de vírgenes y santos a solitarios pastores.

El más decidido de los jóvenes le preguntó qué le ocurría y qué hacía allí. Ella, entre sollozos, les relató su trágica situación. Ellos, intentando animarla, se presentaron como hermanos, de profesión pastores, Dijeron que les había sorprendido la corriente y que, buscando refugio, dieron con una cueva cercana, que les sirvió de alojamiento y para dar cobijo al ganado.

Brindaron a la joven su inhabitual morada, advirtiéndole del peligro que tenía el cruzar el barranco, y de que debería esperar el nuevo día para comprobar la posibilidad de llegar a la otra orilla.

A ella no le quedó más remedio que aceptar y, acompañada de los dos jóvenes pastores, se encaminó con ellos hacia la cueva.

Ésta era bastante grande. En la parte posterior estaba el ganado, en el centro una fogata y, a ambos lados, en la pared, dos antorchas de una madera inflamable conocida por tea.

Con gestos casi primitivos, le indicaron a la joven que se acomodara donde pudiera. Abrieron sus zurrones y le ofrecieron queso curado y frutos secos. Ella no quiso nada de comida, pero les dio las gracias por la invitación y, debido al cansancio, quedó profundamente dormida.

Normalmente, en situaciones como ésta y habiendo más de un pastor, se dividen la noche en turnos para vigilar el ganado, pero los dos hermanos se quedaron despiertos contemplando aquella belleza, ahora bella durmiente, que se les había aparecido, y hablaban en voz baja para no despertarla.

Ya muy avanzada la noche, la situación en la cueva era diáfana como agua de manantial: los dos jóvenes se habían enamorado locamente de la misma mujer. Uno de ellos confió en que ella lo aceptaría y, en caso de ser así, juró matar a otro hombre que intentara hacerle la corte, fuese ese otro quien fuese.

La noche fue desapareciendo para dejar paso a un nuevo día. La joven despertó muy temprano y pudo contemplar que el caudal del cercano barranco había descendido.

Ayudados por una cuerda, consiguieron cruzar al otro extremo con cierta dificultad debido a la altura del cauce. Uno de los hermanos no cruzó, sino que se quedó para conducir el ganado hasta un estrechamiento del barranco —algo lejano, pero conocido por ellos—, por el que, sin mucha dificultad, podrían cruzar los animales. El otro joven decidió acompañar a la muchacha hasta su casa, gesto que ella agradeció porque así podría él contar a su familia lo ocurrido.

Por el camino, el joven pastor confesó a la dama lo enamorado que estaba de ésta. Ella enmudeció, y aún más cuando él le contó con detalle la amenaza hecha por su propio hermano.

El acompañante conocía bien a su rival y sabía que éste intentaría matar a quien pretendiera frustrar su propósito, aunque fuese su hermano, por lo cual sus próximas citas con la muchacha fueron en secreto, dando paso a un noviazgo de cortas visitas y hechas a intervalos de tiempo prudencial para no levantar sospechas.

En su momento, la joven habló con su padre, diciendo lo enamorada que estaba y en la situación que estaba su prometido. Los familiares de ella escucharon el relato aterrorizados y a la vez con tristeza, temiendo que su hija quedara viuda a edad muy temprana. Decidieron dar apoyo al joven y, en su próxima visita, invitarle a cenar para poder hablar.

Las mejores viandas se prepararon para dar buena impresión al enamorado. La cena transcurría con una extendida charla. El futuro suegro hablaba con firmeza dando impresión de respeto y, a la vez, dando apoyo al joven. En un momento se alejaron las damas a la cocina, se quedaron solos los futuros suegro y yerno, y éste pidió oficialmente la mano de su hija, como era la costumbre de aquellos tiempos.

Reunidos de nuevo todos en el comedor, los comensales fijaron fecha para la boda, y copas de vino tinto de la última cosecha celebraron la decisión tomada.

Como era costumbre en las misas, el sacerdote comunicaba a los asistentes los nuevos enlaces matrimoniales previas tres amonestaciones consecutivas, pero, pagando un tributo, el párroco sólo lo comunicaba una sola vez. La joven así lo hizo, y habló con dos amistades de su familia para que le sirvieran de testigos y que, a la vez, guardaran el secreto.

Por fin llegó el día para los futuros esposos. Después de la temprana misa dominical, se procedió a la ceremonia. Poco público asistió al acto: sólo familiares de la joven y algunos vecinos más cercanos de ésta, ya que no hubo invitaciones. Una vez concluido el acto pasaron a dar sus firmas a la sacristía.

El padrino comunicó al joven esposo la que ya estaba listo para tránsito un nuevo camino que conducía a Santa Cruz de La Palma, pasando muy cerca de lo que hoy se conoce como Parque Recreativo del Refugio del Pinar. En aquellos tiempos se había usado un camino conocido por Las Vueltas, ya que había que dar muchas debido a las dificultades del terreno. Este camino pasa muy cerca de la ermita del Pino de la Virgen y conduce a Santa Cruz de la Palma.

Los recién casados decidieron tomar este último. Hacían descansos a intervalos de tiempo para tomar aliento ya que el ascenso era agotador.

En una de sus obligadas paradas se sentaron a la sombra de un majestuoso pino, se miraron fijamente y, sonriendo, se acariciaban respirando felicidad. De pronto alzaron su vista y vieron ante ellos al hermano de él, ahora también cuñado de ella, que, cuchillo en mano, les contemplaba. Éste se dirigió al recién casado diciéndole que nunca olvidaba una promesa, y que había venido a cumplir la última hecha.

Debido al cansancio, a la repentina aparición del que ya era su cuñado y al miedo a la tragedia que se avecinaba, a hermosa joven se desmayó.

Su reciente esposo la contempló unos instantes y, enfurecido, sacó un cuchillo y caminó hacia su hermano. Uno ante el otro se miraron fijamente a los ojos y empezó una brutal pelea entre ellos

El mortífero metal se hundía una y otra vez en sus cuerpos entrelazados, entre gritos de odio y luego de dolor, ya que, al llegar al límite de sus fuerzas, intentando no caerse, se abrazó uno del otro y, finalmente, sus cuerpos cayeron sin vida.

Muy de donde ocurrió el trágico suceso se encuentra un pequeño hoyo que fue cubierto con la sangre de dos hermanos que se mataron por el amor de una mujer. Y en este mismo punto brotaron dos brezos cuyas ramas se entrelazaron y que parecen dos siluetas humanas abrazadas.

Pero lo misterioso del caso es que, aunque estos brezos han sido cortados varias veces, han vuelto a crecer de la misma forma una y otra vez.

Los que creen ser entendidos en la materia, al no encontrar una convincente respuesta a preguntas de estudiantes y curiosos, prefieren pasar página y olvidar, pero lo cierto es que allí se encuentran los brezos para quien quiera ir a contemplar su belleza.

NOTA. El autor de este artículo quiere mostrar su agradecimiento a nuestro prestigioso historiador, don Braulio Martín Hernández de la ciudad de El Paso, por su colaboración prestada.

Cortesía de Manuel (Manolo) Pino Mederos

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