Documental de colección. La calidad de la imagen no es buena, pero en 1949, y por aquellos lados, no se disponía de mejor tecnología.
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Cortesía de Roberto González Rodríguez
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05/06/2014
Es un concepto conocido y extendido por todo el mundo, e incluso en otros idiomas se utiliza la misma palabra: «Machismo», «macho».
Sin embargo, aunque diferentes estudios de antropólogos, sociólogos y psicólogos han intentado rastrear sus orígenes, a cada uno le ha llevado a un lugar diferente: el origen del término lo han achacado a los soldados de tiempos de la Reconquista de Andalucía, pero también a los portugueses que lo habrían derivado de la palabra «mula», o como derivada de la palabra latina «masculino».
Incluso se ha llegado a decir que el término provenía de pueblos indígenas de las Américas.
«No está muy claro cuál es el origen del término ‘machismo’ y, aunque algunos estudios lo han intentado rastrear, no queda muy claro en qué momento surge», reconoce la doctora de Antropología Social, Maribel Blázquez Rodríguez.
En 1962, el músico Vicente T. Mendoza publicaba un ensayo en el que intentaba rastrear el origen del término, y en él aseguraba que el concepto ya estaba presente en corridos y cantares de finales del siglo XIX.
Pero lo cierto es que, como tal, no se hablaba ni de «macho» ni de «machismo» explícitamente, sino sólo del concepto. Un concepto que, por otra parte, ha tenido definiciones de lo más variopintas a lo largo de la historia.
En el siglo XX, llegó a asociarse al coraje, la generosidad y el estoicismo, pero también, en otras definiciones de la época, aparece como el «culto a la virilidad», caracterizado por la agresividad, la arrogancia y las agresiones sexuales a las mujeres.
En la actualidad, una de las referencias para su definición se encuentra en el diccionario de Victoria Sau, que plantea el machismo como «un conjunto de leyes, actitudes o rasgos sobreculturales del hombre cuya finalidad implícita o explícita ha sido y es mantener y perpetuar la sumisión de la mujer respecto al hombre», cuenta Blázquez.
«Es un término que sirve para visibilizar cómo, a lo largo de la Historia, aunque haya variaciones, en algunos momentos o sociedades el sexo ha sido una variable determinante para que las mujeres tuvieran que cumplir una serie de normas y modelos, para que pudieran tomar menos decisiones sobre sus vidas, teniendo que seguir lo determinado por las ideas, las costumbres y las leyes imperantes», explica la antropóloga social.
Aristóteles decía que el cuerpo de la mujer es «un cuerpo incompleto»
En la actualidad, aunque parezca que el término alude a un concepto muy claro, lo cierto es que su manifestación en la sociedad es muy diversa.
«Formas de machismo ha habido a lo largo de toda la Historia», asegura Blázquez, quien pone como ejemplo al propio Aristóteles. El filósofo de la Antigua Grecia aseguraba, por ejemplo, que el cuerpo de la mujer era «un cuerpo incompleto». «Ahí ya se ve que las colocaba en un lugar inferior», asegura la experta.
Sin embargo, y aunque el término se hubiera utilizado con anterioridad, se empieza a extender realmente a partir de los años 70, cuando el feminismo llega a la universidad y comienza a escribir.
Es entonces cuando se busca este concepto como un intento de combatirlo y de reivindicar los derechos de las mujeres, para que puedan ser autónomas y vivir en igualdad de condiciones respecto a los varones. Pero frente a esta reivindicación, el machismo se impregna de otro significado: como sinónimo de misoginia y de aversión o rechazo frente a todo lo femenino.
No obstante, ahora «en el ámbito más académico se habla de “sexismo” porque el término “machismo” tiene que ver sólo con el macho, y el macho no representa todo lo que pasa con el sexismo y las discriminaciones», dice Blázquez.
Según explica, la desigualdad en función del sexo se puede construir más allá del reparto de roles: puede depender de la edad, de la identidad, de la orientación sexual… En definitiva, dice la experta, «el «machismo» es un término muy reduccionista».
05/06/2014
Las formas medioambiente y medio ambiente son correctas, aunque se prefiere la grafía simple.
Las palabras que pierden su acento al pronunciarse junto a otras tienden a escribirse unidas, motivo por el cual medio ambiente, arco iris o boca arriba forman medioambiente, arcoíris y bocarriba, de acuerdo con la Ortografía de la Lengua Española.
En los medios de comunicación es habitual leer oraciones como
Si bien esta grafía se considera correcta, lo más aconsejable habría sido escribir medioambiente en ambas oraciones.
Por otro lado, cuando forma parte de una denominación oficial, se aconseja respetar la forma que aparece en el nombre:
El plural de medioambiente es medioambientes y el adjetivo derivado es medioambiental, en una sola palabra.
—Mi amor, ¿me quieres?
—Sí.
—Del 1 al 10, ¿cuánto?
—Del 1 al 10, lo que quieras, pero del 12 en adelante no jodas porque empieza el Mundial.
04-06-14
Carlos M. Padrón
Sobre la maldición de la impuntualidad ya he opinado varias veces.
Aunque de ella trata el artículo que copio abajo, no estoy de acuerdo con los remedios que contra este mal se proponen en él, al menos es lo que deduzco de mis experiencias con personas sistemáticamente impuntuales.
En lo que sí estoy de acuerdo es en que la impuntualidad repetida es una flagrante e intolerable falta de respeto contra las personas a quienes afecta, porque —y esto es lo más grave— les hace gastar el recurso menos renovable que tenemos: TIEMPO.
Con los impuntuales que he conocido —casi todos notables por un cierto grado de caos en sus vidas— ha sido inútil razonar, pus, como bien dice el artículo, siempre tienen a mano un pretexto que, en los más de los casos, es un insulto a la inteligencia de quien lo recibe; sólo las medidas de fuerza han dado resultado, como las de fijar una hora para comenzar una reunión de trabajo, y cerrar a esa hora las puertas del recinto en que ésta se celebre.
Ante el riesgo de una severa reprimenda o, lo que es peor, de la pérdida del trabajo, resulta casi ofensivo que nunca más esos «llegatardistas» llegaron tarde a tales reuniones.
Sospecho que es desde el seno familiar desde donde puede ponerse correctivo a este mal hábito, pero si los familiares toleran sin protestar los abusos y robos de tiempo de un pariente «llegatardista», será muy difícil que éste se corrija.
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03 de junio de 2014
Natalia Martín Cantero
Cómo superar el mal de la impuntualidad
Aunque hay diferentes tipos de ‘llegatardistas’, todos ellos suelen caracterizarse por tener una excusa siempre a mano y ser incapaces de romper con la manía. Sin embargo, hay soluciones.
¿Es un hábito? ¿Un gen? ¿Una enfermedad? ¿Un embrujo? ¿Mal de ojo? ¿Todo lo anterior? Si eres portador de este virus o has cometido la imprudencia de poner llegatardistas en tu vida, quizá hayas observado que es más fácil que el camello entre por el ojo de la aguja que romper la costumbre, bastante extendida en este país, de la impuntualidad.
Aunque hay diferentes tipos de llegatardistas, como se verá enseguida, todos ellos suelen caracterizarse por tener una excusa siempre a mano, y ser incapaces de romper lo que a veces parece una manía de la que es imposible zafarse.
A causa de su costumbre de llegar siempre tarde, la consultora Diana DeLonzor sufrió graves problemas en el trabajo, conyugales y entre sus amistades; a pesar de todo, no consiguió cambiarlo. Esto es, hasta que escribió su libro, titulado Never be late again (Nunca llegues tarde de nuevo), y comenzó a dar talleres y seminarios sobre el asunto (monetizando con habilidad su mal). “Decirle a alguien que llega crónicamente tarde, que sea puntual es como plantearle a una persona a dieta que no coma tanto”, señala DeLonzor. “La gente puntual no lo entiende. Creen que es algo que tiene que ver con el control, pero es un problema mucho más complejo”.
En el estudio que la autora realizó en la Universidad de San Francisco, encontró que el 17% de los participantes llegaban crónicamente tarde, y entre ellos se repetían algunos patrones: tendían a posponer más las cosas pendientes, y sufrían más dificultades relacionadas con el autocontrol y la atención.
A partir de esta modesta investigación, en la que participaron 225 personas, De Lonzor agrupó a los llegatardistas en siete categorías:
Al lado de estos tres grandes grupos se encuentran otros cuatro:
Lo más habitual, sin embargo, es pertenecer a dos o más categorías al mismo tiempo.
Como en tantas cosas, el primer paso para cambiar es ser consciente de ello —palabras mayores entre el llegatardista que siempre tiene alguna excusa a mano—, y analizar el fenómeno de cerca, planteándose cuestiones como estas:
Un escollo importante para cambiar es que, como habrán notado quienes hayan pasado temporadas en países como Estados Unidos o la mayoría de los europeos, la impuntualidad es algo aceptado en nuestra sociedad.
Un experto en productividad personal recuerda que en las reuniones de trabajo es habitual que se concedan diez minutos de cortesía a quien llega tarde. “Penalizamos a los asistentes y nos compadecemos de los no presentes”, señala. “Por supuesto, cualquiera puede no ser puntual excepcionalmente a causa de un imprevisto. El problema surge cuando se convierte en un hábito, y con ellos se mustra una falta de compromiso, cuando no de respeto. Algo que repercute, como es lógico, en la productividad”.
Se sugiere atajar el problema calculando llegar a la cita quince minutos antes. Eso dará cierto margen para los inconvenientes de la vida real (el tráfico, las colas, las averías, etc.). Parece que de esa forma sería uno quien perdería el tiempo si llegara antes; para evitarlo, hay que llevar algo que hacer durante la espera.
Es útil, por otra parte, coger lápiz y papel y escribir cuánto tiempo, en realidad, lleva emprender una tarea. Por ejemplo, por la mañana, en lugar de utilizar el “pensamiento mágico” (me ducho, me arreglo y desayuno en cinco minutos) tomar nota del tiempo real y actuar en consecuencia.
Otro experto cree que para cambiar se necesita una fuerte motivación. Ésta puede enmarcarse dentro de un plan de mejora personal más amplio, o ser muy específica: lograr ese ascenso en el trabajo, estar preparado para una presentación, o no volver a perder una avión. La solución pasa por una buena gestión del calendario. Si se tiene todo recogido en el calendario y se lo revisa a diario, no se pasa nada. Solemos dejar que nuestra mente nos recuerde las cosas, y ya sabemos que no es el mejor lugar para guardar fechas, reuniones, etc., dado que cuando lleguen no nos avisará.
Quizá pensar en el otro sea el mejor estímulo para romper el hechizo. Cuando no se es puntual, se está robando a la persona afectada uno de sus recursos limitados más valiosos: su tiempo. Ser impuntual puede mermar la confianza en una persona, y esta situación puede llegar a generar mucho estrés. Uno tiende a fiarse poco de las personas que llegan tarde sin avisar, sobre todo si no se las conoce, pues, si a una primera cita llega tarde, ¿qué ocurrirá después?.
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Cortesía de Antonia Rodríguez
En rojo, lo que escribieron; en azul, lo que debieron escribir
EL PAÍS (España)
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EL MUNDO (España)
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BBC MUNDO (UK)
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04-06-14
Amando de Miguel
No hay nada más divertido que jugar con las palabras: todos ganan.
José Luis García-Valdecantos recuerda que la polisemia, ese gran entretenimiento, también alcanza al inglés. Así, el famoso cuento «El asno de oro», de Apuleyo, no se tradujo como donkey sino como ass, que parece más culto, pero que también indica el trasero.
Añade don José Luis que una cosa es la polisemia y otra la invención caprichosa de nuevos significados. Aduce este titular de El Mundo: «No se ha producido la abstención que preconizaban las encuestas». (De paso digo que en esta misma página, antes de las elecciones, yo advertí que podía darse el caso de la «profecía autoderrotante» y que la abstención no caería como se venía diciendo). ¡Con lo fácil que hubiera sido escribir que las encuestas pronosticaban, predecían, preveían o auguraban! Cierto es, las encuestas no pueden preconizar nada. Aunque a veces preconizan o encomian indirectamente cuando se levantan para agradar al cliente o al medio donde se publican.
David Sequeira hace un loable ejercicio de imaginación al utilizar las repeticiones como motivo retórico. Así, «vivir la vida, sentir un sentimiento, aprender el aprendizaje, recordar el recuerdo». Añado que es ingenioso el ingeniero o socialista el sociólogo.
Luis Cáceres, a propósito de los «cuartos de baño sin baño», amplía la lista: «caballeros sin caballo, mecheros sin mecha, braseros sin brasas, neveras sin nieve, plumeros sin plumas, plumillas sin pluma». Es una estupenda ilustración de cómo las palabras se desprenden de la imagen original y adquieren vida propia. Se podrían añadir muchas más: coches sin caballos, cafés sin cafeína, profesores que no profesan, tejados sin tejas, carteras sin cartas, bomberos sin bombas.
Ignacio Frías me recuerda la riqueza léxica de las letrinas: «trono, retrete, excusado, garita, jardín, tigre, ciento, felipe». (Las dos últimas versiones son de Cataluña, por la guerra de 1714). Se podría añadir: aseo, servicios, lavabo, wáter, urinario, evacuatorio, w. c.
El paciente llega al psiquiatra tímido y cabizbajo.
—Doctor, tengo doble personalidad.
—No se preocupe, mi’jo. Siéntese que vamos a conversar los cuatro.
Cortesía de Fernando Lacoste