[*IBM †}– Joaquín Clavería

  • Fecha: 01/07/2013   
  • Lugar: San Antonio de Los Altos
  • Causa: Paro respiratorio seguido de infarto
  • Edad: 85
  • Posición en IBM: Gerente del Taller (Boleíta)
  • Nació en: Aguilar de La Frontera (España)
  • Sus restos fueron incinerados

 Información adicional

Datos suministrados por la hija de Joaquín, y por el exIBMista Eladio Oliva.

Si alguien tiene una foto mejor agradeceré que me la envíe.

[*MiIT}– Computación personal, herramienta indispensable: Los ‘celos’ de Windows 7 con el XP

29-06-13

Carlos M. Padrón

En un artículo anterior de esta serie conté mi peregrinaje desde el momento en que, sin abandonar el Windows XP, instalé —en la misma PC, pero en distinto disco— el Windows 7 (W7), hasta que conseguí estabilizarlo,… o eso creí yo.

Pero es el caso que, a la fecha —o sea, 4 meses después de haber iniciado tal aventura— el bendito W7 sigue haciendo cosas raras cuando se le antoja y sin motivo aparente.

Además, como los problemas me vienen de a pares, hace unos 10 días cuando arrancaba la PC en las mañanas, de su cajón salía un ruido muy raro que iba disminuyendo a medida que la máquina «calentaba motores». Después de una sencilla prueba descubrí que el ruido provenía del ventilador del procesador.

La receta del amigo Leo Masina, consistente en un par de gotas de aceite «3 en 1», solucionó el problema, … al menos hasta ahora.

Pero volviendo al tema principal, un buen día el W7 decidió abortar las sesiones de arranque justo en la pantalla que, antes de entrar a Windows, muestra el logo de Intel y las opciones de ir a BIOS, al orden de boot, etc. Y para conseguir sobrepasar esa pantalla tenía yo que usar el botón de reinicio.

Cuando eso no ocurría, sino que todo iba como es debido, después de la tal pantalla venía otra, tipo menú, en la que yo podía yo escoger a qué sistema operativo entrar, si al XP o al W7.

Pero una vez que al W7 le dio el extraño mal, no llegaba ahí, sino que, como ya dicho, se quedaba en la pantalla de Intel y sin señal visible de que el disco estuviera trabajando, obligándome, como también ya dije, a usar el botón de reinicio.

Después de mucho guglear en busca de una solución para ese problema, y pedir consejo a quienes de esto saben más que yo —como el ciberamigo Roberto Robles—, hice todo lo que, como posible solución, encontré, o me recomendaron, esto es:

  1. Correr el CCleaner
  2. Revisar y ratificar, entrando al BIOS, el orden de buteo
  3. Correr SFC /SCANNOW
  4. Correr Checkdisk
  5. Reparar el W7 usando su CD fuente
  6. Aplicar, desde ese mismo CD, y usando el ‘Command prompt’, las funciones ‘bootrec /fixmbr’ y ‘bootrev /FixBoot’

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Pero el problema persistía, y por todo lo ocurrido en torno a él comencé a sospechar que su origen estaba en la existencia de los dos sistemas operativos en la misma PC aunque en diferentes discos, aunque eso era algo que había estado operando bien durante esos 4 meses.

Y no sólo persistía sino que, con el paso del tiempo, eran más las veces que me obligaba a recurrir al botón de reinicio o al de encender/apagar.

Usando el programa EasyBCD —una de esas joyas que, como el GodMode o el 7+ Taskbar Tweaker, encuentra uno gratis en la Red, y con versión en español—, pedí que el sistema no me mostrara el menú de escogencia sino que fuera directamente al W7. La consecuencia fue que al arrancar de nuevo la PC funcionó bien y se fue directamente al W7 sin parada en la pantalla de Intel ni en la del menú de escogencia.

Sin embargo, cuando tuve que arrancar una segunda vez, de nuevo se detuvo en la pantalla de Intel y me obligó a usar el botón de reinicio o el de encender/apagar hasta 4 veces seguidas.

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Analizando más en detalle las opciones que da el EasyBCD, caí en cuenta de que había una para editar el MBR (Master Boot Record, o ‘registro maestro de arranque’). Aunque ya eso lo había yo hecho en el paso 4 descrito arriba, pero sin resultado, edité y reparé de nuevo el MBR, pero, al igual que en los otros intentos, la «solución» sólo funcionó una vez.

En otro detallado análisis del mismo programa descubrí que cuando éste repara el MBR elimina las direcciones de destino que antes hubiera, y que en la sección ‘Advanced settings’ (Configuración avanzada) permite darle una nueva.

Le di como tal el W7, probé y (toco madera) los ocho arranques hechos hasta ahora han llegado a destino sin problema alguno, sólo algo de demora mientras, supongo, el W7 encuentra la ruta directa, sin las escalas que antes hacía.

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Si ésta resulta ser la solución —y sin que ello implique que el W7 no vaya a descolgarse con otra cosa rara—, por ahora sólo le queda la manía de que me encoge la Task Bar —o ‘barra de tareas’, que es la barra de iconos y botones que puse en el borde inferior de la pantalla—, pues reduce a dos filas las tres que tengo fijadas para esa barra.

Tres filas. Permiten ver la hora, el día de la semana y la fecha.

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Dos filas. Falta la fecha, y queda menos espacio para los botones correspondientes a los programas o sesiones abiertos.

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Y, para agravar el caso, eso lo hace el W7 independientemente de que yo haya marcado o no la opción de trancar esa barra (Lock the taskbar), opción que, cuando está activada, supuestamente impide que la barra pueda modificarse; en XP, esa opción me funcionó bien siempre.

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RESUMEN.- Sí, no hay duda de que el W7 es mucho más rápido que el XP, y de que, cuando va bien, va realmente bien, pero es caprichoso y causa muchos sobresaltos.

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COMENTARIOS

CMP
En respuesta a Leonardo Masina.

Espero, Leo, pero ya me llamó un exIBMista para decirme que la culpa es mía por haberme metido a bígamo. bien sabes que yo tenía mis temores al respecto, peeeroooo……….

Leonardo Masina
A ver Carlos, si con esta publicación despistamos a las “brujas” y se pierden por ahí… y no encuentran el camino de vuelta.

[Col}– ‘Carta para Tiziana’ / Susana Tibaldi

28-06-13

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Susana Tibaldi, autora del artículo «Las crisálidas que se volvieron mariposas«, me ha hecho llegar ahora «Carta para Tiziana«, carta ésta, dirigida a su nieta, que Susana envió para participar en el concurso «Carta de Amor» promovido por la emisora LV3, la radio líder del Interior de Argentina, y que fue elegida y leída al aire.

Al envío de la carta a la emisora, Susana añadió esta nota:

«Querido Roni, usted pide que le enviemos una Carta de Amor, y desde 2011 estoy por animarme a enviarle una.

Puedo dar fe de que, por muchos y bellos amores que me ha sido dado sentir, el que hoy alcanza la profundidad del amor perfecto es el que siento hacia mis nietos, esos diminutos duendes que llevarán mis genes al futuro y me harán conocer el final del siglo XXI.

A diferencia de los otros amores de la juventud, los desmesurados, los que desordenan el corazón y la piel —hogueras insoportables donde sólo se arde una o varias veces a lo largo de la vida, y por poco tiempo—,  este amor tiene lo esencial; es algo que fluye, sin imaginar reciprocidad.

Susana t».

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Texto de la carta

Carta para Tiziana
(En jardín de infantes)

Por Susana Tibaldi

Intentaré contarte algo de mi propia infancia para que, cuando puedas leer, entiendas por qué no dudo en suspender mis reuniones, acortar mis viajes, disminuir las horas con mis libros, o decidir un viraje en mi rumbo al regresar de mi trabajo, para partir juntas a la calesita, a visitar los lobitos del zoo, o a mirar con los prismáticos cómo construyen su panal las «bandidinas», antes de preparar juntas los ñoquis para la cena del conejo rosado, y despedir la tarde hamacándonos, mientras cantamos:

La Luna cayó al pinar
y en él se quedó enredada.
¡Ay, qué será de la Luna
cuando llegue la mañana!

Yo, a los cinco años, vivía en una casa antigua con jardín, donde florecían azucenas, y en los largos veranos maduraban las uvas al borde de las acequias.

Cada vez que la recuerdo siento la misma sensación de ternura por ella, la única casa del pueblo pintada de rojo, con sus cuatro pinos de más de veinte metros de altura, que si hubieran parecido gigantes a cualquier adulto, ¡imagina lo que eran para mí! Entre sus hojas oscuras vivían cientos de loros en sus nidos colgantes, espinosos e inalcanzables en las ramas más altas.

No tuve hermanos de mi edad, y mis únicos amigos fueron los verdes, chillones y alborotadores loros, con quienes hablaba, reía o lloraba mis penas. Las siestas resultaban lo mejor de aquellos veranos. Los adultos dormían, siempre dormían, y entonces era el momento de libertad total y yo podía correr por la quinta de frutales, conversando en voz alta con los únicos que me entendían y me respondían: los loros.

Igual que a vos, a mí también me gustaban los mapas, y pedía a mi padre que me explicara sobre países lejanos, China, Siam, Egipto, fascinándome la diversidad de personas que compartían conmigo ese extraño globo donde yo estaba colgada de los pies, y que giraba en un universo lleno de luces.

En las siestas solitarias les contaba a mis loros cuentos de viajes por la selva, les hablaba de leones y tigres de Bengala, del desierto y las arenas movedizas que tragaban camellos. Incluso sacaba mis preciosos libros e intentaba mostrarles las fotos, mientras ellos pasaban volando y chillando.

«Cuando sea grande conseguiré una escalera muy alta, y subiré hasta sus nidos para conocer sus pichoncitos», les prometía y dejaba los choclos mas dorados y sabrosos sobre las ramas bajas de los pinos esperando que los loros los comieran antes que las hormigas.

El olor caliente de aquellas horas de los larguísimos veranos de Cruz del Eje lo siento tan presente en mi piel que aún hoy, habitando una ciudad de cemento, de humo, de ruidos indescifrables, sigo rodeada de naranjos, limoneros, ciruelos, con sus cortezas aromáticas en los resplandores dorados por los que corren las iguanas llevándose los huevos de las gallinas.

Aspiro y entra fresco aún, transparente, el aire filtrado por las hojas tiernas de los parrales llenándome los pulmones cansados y —como entonces, cuando el sol ardía el suelo polvoriento y subían desde el horizonte copos de nubes blancas formando manadas de elefantes y ejércitos de extraños seres—, sigo escuchando las voces de mis loros, llamándome.

Su compañía se ha extendido a lo largo de mi vida, y cada vez que la mano de la soledad me apretó, cerrándome el camino, oscureciendo mis mañanas, volví a buscarlos.

Verdes, tornasolados, alocados, ruidosos, inasibles en lo más alto de mis altísimos pinos, firmes, fieles, sinceros, siempre con tiempo suficiente para dedicarme y escucharme y responderme, allí están mis loros todavía volando dentro de mi corazón.

No quiero olvidarme de la Hermana Balbina, mi profesora de piano, porque fue otro ser vivo, paciente, de una dulzura poco frecuente en los maestros de aquella época. Con fe inquebrantable me enseñó a rezar antes de que yo pudiera aprender las primeras letras, y acomodaba mis manos sobre el teclado para que sonara «el martillito».

No pude pasar de las escalas, pero de ella aprendí que el Piamonte es un lugar bello con nieve, y cuando las alumnas terminaban sus lecciones, se sentaba al piano y cantaba para mi canciones en su dialecto dulcísimo; canciones de castillos y princesas de su patria lejana. Me enseñó que sólo la caridad puede salvarnos, y que en África existían niños sin juguetes, sin dulces, sin pianos.

Así fue cómo cada día yo le entregaba las monedas que me daban para mis golosinas, y ella me decía que las enviaba para comprarles comida y remedios a los niños negros.

Una mañana me recibió sonriente, sosteniendo un ejemplar de la revista «El negrito», de la Fundación San Pedro Claver; la abrió y leyó mi nombre: Yo había sido elegida madrina de un niño africano. Volví corriendo a contárselo a mis loros: ¡Teníamos un ahijado! Fue el acontecimiento más importante de mi corta existencia.

Pedí que lo bautizaran con el nombre de Ricardo, y le imaginé un rostro, una sonrisa, y frecuentemente pienso que quizás todavía mi ahijado africano desconocido esté recorriendo las sabanas, entre sequías, incendios e inundaciones, compartiendo las aguadas con las corzuelas, los búfalos, las cebras.

Agradeciendo a los loros, a la querida Hermana Balbina, y a Ricardo, a mi amiguita Ely y a mi gato Guillermo, lo que cada uno de ellos me regaló de su tiempo, y las experiencias imborrables que me dejaron, a mi infancia le faltó algo fundamental: una gran familia llena de hermanos; un tío bohemio que me regalara chocolatines mientras me llevaba a pasear a «Mogrovejo» —ese paraíso que se extendía por detrás del río, tierra de fantasía con su monte cerrado que escondía el canto del «crispín» en sus serenos «mistoles» donde guardaban su miel rosada las avispas negras—; y una tía, tal vez, que colgara guirnaldas de Navidad en las puertas; o alegres primos que saltaran sobre el colchón de moras que eran las delicias de las palomitas.

Sí, le faltó mucho, pero lo único que no puedo perdonarle al destino es que no me diera una abuela. ¡ Una! Alguien que ya hubiera pasado casi todo en la vida, e iniciado el camino de regreso.

Una abuela que, ya superadas las urgencias de crecer, educar, ordenar, enamorarse, construir, cocinar, conseguir dinero para subsistir o estudiar, tuviera ya libres todas sus horas para escuchar, comprender, reír, soñar, entender el idioma de los pájaros, hablar con las abejas, recorrer los piquillines buscando un «camoatí» y, sin mirar relojes, con todo el tiempo que tienen aquellos seres que aprendieron que cada paso hacia la meta es tan sólo una meta en sí mismo, me amara como nadie me amaría nunca, sin esperar nada, como yo te amo hoy, Tiziana.

Tu abuela Mumi.

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Para escuchar lo leído por Roni en la radio, clicar AQUÍ.