– XI –
Tan pobre como yo te llegué a ver,
y entonces por mi amigo tú brindaste.
La Fortuna te quiso enriquecer,
y en el momento mismo me olvidaste.
¡Imbécil! ¿Tú no ves que al que más brilla
a veces se le vuelve la tortilla?
– XI –
Tan pobre como yo te llegué a ver,
y entonces por mi amigo tú brindaste.
La Fortuna te quiso enriquecer,
y en el momento mismo me olvidaste.
¡Imbécil! ¿Tú no ves que al que más brilla
a veces se le vuelve la tortilla?
01-01-2012
En un post hablé de ésta en relación con el vino.
Hoy, usando un vídeo cuya URL me ha hecho llegar Debora Dorfman, aprovecho para dar una prueba de cómo esa estupidez se manifiesta en la valoración que de un cuadro pintado por niños de kindergarten hacen algunos visitantes —tal vez entre ellos algún reputado crítico de arte o algún experto en pintura— a la feria ARCO, en Madrid (España).
Para ver el vídeo, clicar AQUÍ.
02-01-12
En la serie de temas de IBM que fueron tratados en 2003 mediante intercambio de e-mails, hoy va el tercero y último de un lote de tres que tratan sobre la Impresora IBM/1403.
Carlos M. Padrón
***
14-10-2003
Leonardo Masina
Este otro recuerdo quiero dedicarlo a un gran compañero y una gran persona que, desafortunadamente, ya no está con nosotros: HENRY MEZA (q.e.p.d.).
Estaba Henry en el IVIC con un problema con la 1130 y me pidió si podía ir a darle una mano y, de paso, que le llevara aceite hidráulico de carro para la 1403 (la caja hidráulica de la 1403 utilizaba un tipo de aceite compatible con el de algunos modelos de carro), ya que la caja estaba medio vacía.
Al llegar me di cuenta de que lo que la 1403 tenía dentro no era ya aceite sino una cosa muy viscosa, más parecida a la grasa, así que le dije a Henry que era mejor cambiar la caja.
Llamamos al stock y, desafortunadamente, no quedaba ninguna caja, pero estaba un compañero desocupado al que le pedimos el favor de que le sacara la caja a una de las máquinas del almacén y nos la subiera al IVIC mientras nosotros sacábamos la caja de la 1403 y arreglábamos el problema a la 1130.
Pasaron algunas horas y el compañero no apareció. Disimuladamente intentamos localizarlo, pero no estaba ni en el stock ni en el almacén, y en IBM nos decían que había salido hacía horas para el IVIC.
Al ver que pasaba el tiempo y no teníamos noticias de él, y ya era tarde y no quedaba casi nadie en el IVIC, se me ocurrió una idea. Frente al centro de computación estaba el laboratorio de electrónica. Entramos, y a una persona que quedaba de guardia toda la noche le pedí si tenía algún solvente, y me dio una garrafa de plástico llena.
Eché un poco de solvente en la caja de la 1403 para que el aceite se diluyera, y así lo fuimos sacando. Luego vacié un poco más en la caja y la dejé funcionar para que fuera limpiándose, y el solvente, un líquido transparente, fue tomando un color achocolatado. Pero lo raro era que iba evaporándose y así prácticamente tuve que echar la garrafa entera.
Cuando el líquido ya salía más limpio, terminé de vaciar lo poco que quedaba en la garrafa, echamos el aceite hidráulico y la impresora empezó a trabajar perfectamente.
Tanto a Henry como a mi empezó a pesarnos mucho la cabeza y estábamos como un poco mareados. Pensamos que era el cansancio y el no haber almorzado ni cenado a pesar de la hora, y en eso apareció el técnico que nos había dado el solvente. Venía a preguntar cómo nos había ido, y dijo: «¡Qué olor tan raro hay aquí! ¡Es mareante!».
Entonces le pregunté qué era lo que como solvente me había dado, y él, cándidamente, me contestó: «Cloroformo». O sea, que a Henry y a mí nos había puesto groguis y a volar “esnifando” cloroformo.
Decidimos salir afuera a tomar un poco de aire fresco para despejarnos, y dejando las puertas del centro abiertas para que se ventilara el local. Nos sentamos en el césped y nos quedamos dormidos.
No sé quién fue el que se despertó primero, pero el susto fue tremendo cuando miramos el reloj y nos dimos cuenta de que ya eran pasadas las 2 de la madrugada. Creo que nos quedamos dormidos unas buenas cuatro horas.
Volvimos adentro a toda carrera, tapamos las máquinas, cerramos todo, y salimos para volvernos a casa, acordando antes no comentar nada en la oficina para no descubrir al compañero que nos había dejado colgados al no aparecer con la caja para la 1403.
Salimos del parking, en el que estábamos solos. Yo arranqué delante y Henry detrás. Había varias curvas hasta llegar a la salida donde estaba la alcabala de salida. Me detuve para identificarme y vi dque detrás de mí había un carro que me hizo señas con las luces.
Salí por la Panamericana hacia casa cuando ya eran como las 3 de la madrugada, y siempre tuve detrás las luces del otro carro que, al llegar por Las Mercedes, se desvió, y yo seguí para El Marqués.
A las 8:00 de la mañana siguiente me fui a la oficina como si no hubiera pasado nada. Me agarró Uwe Petersen y me preguntó:
—Bandido, pirata, ¿qué ha pasado ayer en el IVIC?
Yo le contesté que nada, y entonces me comentó que justo había llamado Henry para decirle que le había fallado el carro y se había tenido que quedar toda la noche allá, en el IVIC.
Eso nunca me lo perdoné, pero en mi conciencia yo estaba seguro de que el carro que me seguía era el de Henry. A partir de entonces, cuando íbamos en más de un carro, yo era iba siempre de último.
Otro cantar fue cuando Henry y yo agarramos al otro técnico, el que nunca llegó con la caja para la 1403.
Cuando le preguntamos qué había pasado, cándidamente nos dijo que, cuando subía hacia el IVIC, al comienzo de la Panamericana se paró a darle la cola a una muchacha, y como estaba buena y disponible, se fueron a un motel y, desde casi mediodía, estuvieron toda la noche hasta el amanecer.
Además nos pidió que, por favor, si su mujer nos llamaba, le dijéramos que había estado toda la noche en el IVIC con nosotros.
No faltó nada para que Henry, la persona más pacifica que he conocido, y yo, lo matáramos, pero Uwe llegó justo a tiempo para salvarle la vida.