[Opino}– Acerca de la emigración y del cuento ‘Canarios de Santa Lucía’

14-11-2011

Carlos M. Padrón

Creo que al lector de este para mí bello cuento no se le haya escapado que Eulogio, el protagonista masculino, no volvió a ver a sus padres; murió en Uruguay sin haber vuelto a Canarias y sin haber hablado más con ellos, pues en aquel tiempo no había facilidades de comunicación como ahora las tenemos desde hace muchos años.

Cuando sus padres lo despidieron en el muelle ya habían asumido que no verían de nuevo a su hijo, pues eso estaba entonces implícito en la condición de emigrante: salir sin nada, y dispuesto a todo tipo de esfuerzos y sacrificios, incluyendo el no volver, con tal de labrarse un mejor porvenir.

Viniendo, como vengo, de una familia que por siglos fue emigrante, y siendo yo también emigrante, no puedo menos que asombrarme y preocuparme al recordar ese detalle de separación definitiva entre padres e hijos, y, sobre todo, de renuncias y sacrificios, y ver que ahora los hijos que emigran quieren comunicarse con sus padres a diario, y los padres se preocupan muchísimo cuando eso no sucede.

Como ejemplo real y que me toca de cerca, el cabeza de la segunda generación del árbol genealógico de la familia Padrón de El Paso, mi bisabuelo, tuvo, además de dos hembras, seis (6) hijos varones, y creo que todos ellos emigraron a Cuba a temprana edad, al igual que lo habían hecho su padre, su abuelo, su tatarabuelo, etc.

Los tres de los que estoy seguro de que sí emigraron a Cuba, nunca regresaron. Y desde 1956, cuando comencé a armar ese árbol, de ellos no sabe nada ninguna de las personas, principalmente parientes, con las que al respecto pude hablar desde entonces.

En ese árbol tengo al momento 1.396 personas, un número que podría ser el doble de haber podido yo dar con la descendencia de esos tres hermanos de mi bisabuelo que “se perdieron” en Cuba.

Pero todos mis esfuerzos al respecto, a pesar del poder de internet, de haber puesto yo lo del árbol en este blog, y de haber yo enviado e-mails a cuanto Padrón he encontrado en Cuba, México y USA, han sido en vano: o no obtengo respuestas, o los pocos que me responden dicen no ser descendientes de tales Padrón o, lo que es peor, no saber si sus antepasados, tan cercanos como abuelos, vinieron de Canarias.

Creo que esto da una buena idea de lo que entonces conllevaba emigrar y de la cultura que a este respecto heredé y se infiltró en mí, como por ósmosis, desde pequeño.

Y explica también el motivo de la diferencia que en el cuento en cuestión establecía Dorotea entre Canarios de las Islas y Canarios de Uruguay, pues resulta triste que si bien los nacidos en América de padres Canarios, o cuyos abuelos fueron Canarios, muy poco se ocuparon por saber sobre sus ancestros, y hasta algunos se referían —y aún se refieren— a ellos con cierto desprecio (caso de los montevideanos con respecto a los que ellos llaman Canarios, que equivale a campesinos), ahora, porque les interesa por motivos económicos, andan desaforados pidiendo ayuda para conseguir la partida de nacimiento, o fe de bautismo, de esos ancestros, y las más de las veces no saben no sólo en qué pueblo de Canarias nacieron sino ni siquiera en qué isla.

Aunque dejé Canarias en 1961, la única llamada telefónica que en 6 años crucé con mi familia —padres y hermanas— que estaban en Canarias fue la que desde El Paso me hizo mi hermana mayor para decirme que nuestro padre había sufrido un ACV.

La comunicación fue siempre por cartas que, en el mejor de los casos, tardaban una semana en llegar a destino.

Es la ausencia de tal cultura lo que explica que muchos jóvenes venezolanos que han emigrado, han regresado a Venezuela porque, al no ser éste un país de tradición migratoria sino de recepción de emigrantes, el venezolano no ha asumido desde su niñez, como sí lo hicimos los Canarios, que emigrar significa separación y, sobre todo, sacrificios y privaciones.

Y como, para colmo, estos emigrantes venezolanos crecieron en la Venezuela “saudita”, llena de comodidades y rodeados de parientes, no consiguen acostumbrarse a la ausencia del calor parental y mucho menos a las estrecheces a las que deben enfrentarse, ya que en el país al que emigraron no logran ganar lo que necesitarían para pagarse las comodidades a que Venezuela los tenía acostumbrados, y no parece que estuvieran dispuestos a soportar esa condición por el tiempo necesario para alcanzar el nivel económico que les permita al menos la igualdad.

Es éste un gran hándicap y una dependencia que, como casi todas ellas, no es buena. Cuando este fenómeno se daba en El Paso, lo cual era una verdadera rareza, salía a baleo lo de “No es fácil pasar de silla para albarda” y “A quien no está acostumbrado a bragas, en el culo le salen llagas”.

Seguro estoy de que Eulogio y Dorotea —al igual que muchos otros emigrantes que he conocido, y al igual que yo— no pudieron hacer entender a sus hijos, y mucho menos transferirles, las vivencias de su juventud y lo trascendental y traumático del desarraigo, del viaje a Uruguay y del trasplante a un mundo nuevo habiendo dejado por detrás TODO lo que su tierra y su familia les daba.

Esta imposibilidad es para el emigrante un gran motivo de frustración porque tiene que presenciar, impotente, como se pierden las tradiciones y los valores con que se crió. Como no permea en sus hijos el sentido de lo frugal, del ahorro, de lo práctico y funcional por encima de lo “bonito”, del fondo sobre la forma, de que primero está el deber y luego el placer, etc.

Al emigrante forjado en esos valores sólo le queda pedir que ojalá nunca su descendencia los necesite o tenga que arrepentirse de no haberlos asimilado y puesto en práctica.

2 comentarios sobre “[Opino}– Acerca de la emigración y del cuento ‘Canarios de Santa Lucía’

  1. Querido Carlos:

    Me encuentro hoy, meses después, con tu comentario, y lo leo con mucha emoción. Gracias por tu elocuente y sentida explicación de lo que traté de transmitir en mi cuento.

    Esta historia la construí en base a relatos que escuché de mi abuelo (nacido en 1880, primera generación de canarios en Uruguay) y de mi madre que tuvo relación directa con quienes fueron sus abuelos llegados de Lanzarote.

    Fue mi madre, justamente, quien me transmitió el interés por los inmigrantes, y de quien escuché muchas de las cosas a las que hice referencia en mi relato.

    Mi infancia transcurrió en la década de los ’50s, y mi barrio, en mi pequeño pueblo de Santa Lucía, era conocido entonces como “El barrio de los gallegos”, por la gran cantidad de emigrantes procedentes de Galicia que habían llegado en esos años.

    Mi primera compañera de banco en la escuela fue una galleguita de trenzas rubias y ojos muy azules, Lucila.

    Mi padrastro, con quien me crié desde los diez años, fue un gallego que había llegado exactamente el mismo día de mi nacimiento; parece cosa de cuento, pero así fue.

    Me crié oyendo anécdotas de éstos y otros inmigrantes, que hicieron mías sus nostalgias, sus sueños, y su amor por lo que habían dejado atrás.

    La primera vez que fui a España sentí que había regresado a un sitio que ya conocía. Mi padrastro nunca volvió a El Ferrol, nunca más supo de sus padres ni de sus hermanos; así era la vida para muchos entonces.

    Perdón por esta respuesta un tanto desordenada que me surge de tu comentario. Gracias nuevamente por tu sensibilidad y por mantener este sitio.

    Un abrazo Canario, de Canelones y Lanzarote.

    Alfredo Gómez Martínez

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  2. Gracias, Alfredo.

    Sólo me queda felicitarte por haber sido la excepción a la regla. Por haber tenido parientes que te contaron de las Islas Canarias, de sus vivencias por allá, y te explicaron las costumbres que de su terruño trajeron y que, como se deduce de tu relato y de este comentario al que corresponde, lograron permear en ti e inculcarte ese bello sentimiento, –más que raro, y por ello digno de alabanza– en descendientes de Canarios emigrantes no retornados.

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