[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Cuncún

26-11-2007

Carlos M. Padrón

Todos lo llamaban Cuncún, aunque su nombre era Antonio, y es el humano menos homo sapiens que he conocido en mi vida, y el único que, que yo sepa, se comía su propio excremento.

Cubierta su cabeza por un viejo y raído sombrero de paño, y vestido casi de harapos  —con sólo lo que podría llamarse una camisa y un mal remendado pantalón sujeto a la cintura con una soga y sin nada debajo—, Cuncún deambulaba descalzo por todo el pueblo recogiendo “charamuscos” (varas secas y totalmente peladas, las más de un arbusto llamado tagasaste) y hierba, que al atardecer llevaba a la casa donde vivía, que estaba cerca del cementerio nuevo.

Recogía también, y se fumaba, cuanta colilla encontrara a su paso, y si alguien le decía que echara humo, y él estaba de “humor” en ese momento, se tapaba con una mano una de las orejas y, cerrando la boca, forzaba una salida de aire, como cuando por efecto de la presión se le obstruyen a uno los oídos y quiere normalizarlos,… y, decían algunos —yo entre ellos— que, en efecto, por la oreja no cubierta le salía humo.

Como no usaba calzado, no importando el tiempo que hiciera, la planta de sus pies era una verdadera suela formada por duros callos. Caminaba silenciosa y lentamente, arrastrando sus pies. Si al llegar a una casa encontraba abierta la puerta, entraba sin más, buscaba la cocina, destapaba los calderos y, si en ellos había comida, estuviera ésta fría o caliente, él metía en el caldero su mano sucia de todo lo imaginable, incluido su excremento, y se comía lo que sacaba.

Más de una vez encontró en alguna casa el recipiente, especie de pequeña palangana en que algunas familias mantenían en agua un hongo que con el tiempo alcanzaba un considerable tamaño —pues se decía que ese agua era buena contra no recuerdo qué enfermedad, creo que contra el cáncer— y más de una vez Cuncún se bebió y comió todo lo que había en la palangana: el agua y también el hongo.

Mi madre tenía tanto miedo de que Cuncún se metiera en la cocina de nuestra casa, que cuando ella hubo que guardar cama porque la atacó la enfermedad que, por la alta fiebre que causaba, llamaban “Las fiebres”, en su delirio febril pedía a gritos que echáramos a Cuncún de la casa porque ella escuchaba el deslizar de sus pies por el pasillo rumbo a la cocina.

Si los ojos son el espejo del alma, Cuncún no tenía alma. Su mirada era apagada, plana, sin profundidad, como la de un ciego; nada trascendía de ella. Podría decirse, además, que no hablaba sino que emitía algo como mugidos. Sin embargo, cuando se le incitaba a que dijera lo que sabía, recitaba —guturalmente, que era su forma de “hablar”— una especie de vieja tonada popular que al principio uno no entendía, pero que sí resultaba medio inteligible una vez que en boca de otra persona se escuchaban los cuatro versos que la componían:

Éste que viste levita,
éste que viste “leloj”,
éste que viste tan bien,
anda lo mismo que yo.

Según me cuenta mi amigo Juan Antonio Pino, fue su padre, don Antonio Pino, quien enseñó a Cuncún esta tonada, que a veces hasta la bailaba dando vueltas sobre sí mismo, y que es lo único que, además del mugido, escuché salir de su boca. Y también el enseñó esta “larga” serie de preguntas y respuestas:

—Don Antonio: “¿Cuántos perritos tiene el agua?”.
—Cuncún: “Veintiuno quemados”.
—Don Antonio: “¿Quién los quemó?”.
—Cuncún: “El perrito traidor. ¡Piérdula, piérdula por ser baladrón”.

A veces, llevando sujeto bajo su brazo izquierdo el manojo de hierba o charamuscos, detenía su deambular y. alzando la mano derecha, señalaba con el índice hacia el horizonte mientras fijaba esa mirada vacía en algún punto perdido que sólo él conocía.

Así lo plasmó mi amigo Wifredo Ramos en este dibujo que viene a ser el único recuerdo gráfico que de Cuncún tengo.

En el dibujo, Wifredo incluyó el detalle de una mancha oscura en el antebrazo derecho de Cuncún, mancha que en la realidad era una abultada cicatriz sangrante porque a veces algunos gamberros del pueblo —especie que, lamentablemente, nunca falta— lo mortificaban tirándole de la camisa e impidiéndole caminar, y cuando el pobre Cuncún montaba en cólera por la impotencia para defenderse, mordía desesperado su antebrazo derecho hasta hacerse sangre. Como los gamberros no lo dejaban tranquilo, la herida de esas mordidas nunca cicatrizaba.

Se decía que la condición infrahumana de Cuncún fue consecuencia de que, siendo él niño, su madre —madre soltera a quien no conocí—, teniendo que ganarse la vida haciendo tareas de limpieza en casas de familia, cuando en la mañana salía para el trabajo dejaba a Cuncún, aún niño, encerrado en una habitación de la casa en la que criaban gusanos de seda, y que el niño, viéndose solo y con hambre, se comía los gusanos. No sé si es cierto o es lo que hoy llaman una leyenda urbana.

Mi amigo Luis Herrera —pasense como yo, pero que, como siempre ha vivido en El Paso, tiene acerca de estos personajes más información de la que tengo o recuerdo—, me cuenta, y copio textualmente su relato:

«Cuncún deambulaba por caminos y veredas con su sombrero de paño acartonado por la mugre y bien enterrado hasta las orejas; tal parecía que para portar ese mugriento y raído sombrero era para lo único que servia su desamueblada cabeza. Pero, no obstante su condición de subnormal profundo, alguna chispa de pillo le saltaba de vez en cuando.

Doña Maria Pestana, vecina de Tenerra, tenía, al igual que los más de los vecinos del pueblo, varias cabras a las que, además de con otros pastos, alimentaba también con pencas.

Eran tiempos difíciles de postguerra, pero, aún así, esta mujer socorría en lo posible a los indigentes que tocaban a su puerta, y Cuncún, que era un habitual de aquella casa, algunas veces conseguía en ella algo que llevar a su boca.

Un día, doña Maria estaba barriendo pencas —o sea, sacándoles las púas o picos que las pencas tienen por ambas caras— cuando llegó Cuncún, y a ella se le ocurrió encomendarle esa tediosa labor.

No fue tarea fácil, pero consiguió que el menesteroso aprendiera a despojar de picos las pencas que luego servirían de alimento a las cabras, labor que, a partir de aquel día, se convirtió en moneda de cambio para compensar las limosnas recibidas.

Era de suponer que el cociente intelectual del protagonista de esta historia no le permitiera evaluar el precio del favor recibido, y menos aún establecer comparación entre el esfuerzo titánico que para él suponía ponerse a barrer pencas a cambio de lo que, sabe Dios qué, recibiría por esa tarea.

Pues no, señor. Pasados algunos días, de debajo de aquel mugriento sombrero surgió la ocurrencia, que no idea, de, al llegar a casa de doña María, antes de entrar a mendigar alguna mísera papa dura y fría sobrante del día anterior, asomarse primero para cerciorarse de si había pencas que barrer.

Y a partir de ese día siempre hubo pencas, y, en consecuencia, y nunca tanto como antes, Cuncún volvió a comer papas frías de ayer en la casa de doña Maria.

Como dice un amigo mío, “No era tan coño”,… ni podía resistirse a un buen par de alpargatas nuevas, y si quien las calzaba se lo permitía, se postraba a sus pies y comenzaba a prodigar caricias a las bigoteras, cordones y talones de ese entonces popular calzado, hasta alcanzar una erección “cuncúnea” que ponía de manifiesto el placer que él derivaba de acariciar algo nuevo y que, en su opinión, era también sexy, aunque se tratara de unas alpargatas».

Ante esto último que cuenta Luis Herrera, se me ocurre que la Ciencia bien podría bautizar como “Fetichismo Cuncún” el basado en alcanzar la excitación sexual manoseando unas alpargatas.

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