En los varios artículos que bajo el título común de “Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados:…” me propongo publicar, daré detalles de algunos que en la década de los ’50, que es la que más recuerdo de mi pueblo de El Paso, eran tenidos por bobos. Personajes con cuya casi diaria presencia crecimos en El Paso los de mi generación. Personajes con retraso mental, síndrome de Down, y sabe Dios qué otras afecciones, que les ganaron el epíteto común de bobos pero a los que recuerdo con afecto como parte que fueron de la cotidianeidad de mi infancia y adolescencia, y de la formación que en el pueblo y del pueblo recibí.
Y es que los más de esos llamados bobos, y víctimas de otras taras, jugaron un buen papel en la educación de los niños y muchachos de entonces, al menos en la mía y en la de otros varios, pues nuestros padres no hicieron nunca escarnio de ellos, y nos prohibían terminantemente que lo hiciéramos nosotros porque, nos decían, esos desgraciados disminuidos no tenían culpa de ser como eran, y antes que burla merecían compasión y que se les tomara como ejemplo para que apreciáramos más el valor de la inteligencia, de los estudios, de la decencia, de ser digno de respeto, y de una buena educación.
De haber contado yo entonces con una cámara fotográfica les habría tomado fotos a todos los que en próximos artículos mencionaré. Serían fotos de mala calidad, pero al menos servirían para ilustrar algo del físico y la personalidad de ellos. Pero mi primera cámara fotográfica la compré en 1958, cuando ya no residía yo en El Paso.
Pero Wifredo Ramos —el artista, escultor, tallista, Cronista Oficial de la Ciudad de El Paso, etc., pero quien, por sobre todo eso, es para mí el gran y querido amigo—, se encargó de hacer dibujos que ponen de manifiesto los rasgos más característicos de algunos de estos personajes; dibujos que incluiré en el artículo correspondiente, y así, y gracias a Wifredo Ramos, algo de de los personajes en cuestión traerá recuerdos a algunos pasenses y fijará un recuerdo en otros, haciendo que su paso por la vida perdure un poco más, se “inmortalice” un tanto en el tiempo.
Si es cierto que la inmortalidad es la condición mediante la cual perduramos en el recuerdo de otras personas, al menos gracias al mío serán inmortales estos personajes —unos más que otros— mientras yo viva. Y, paradójicamente, a veces caigo en cuenta de que han pasado años y más años sin que yo haya recordado para nada a otros a quienes la gente tenía, y ellos se tenían a sí mismos, como muy importantes y distinguidos.
