[*ElPaso}– La ‘perdida’ (que no ‘pérdida’) de Lucio Montes

01-07-2007

Carlos M. Padrón

Aquella noche del 1 de diciembre de 1960, más que decembrina parecía una primaveral: clara y apenas un tanto fresca, pero, eso sí, oscura por la Luna nueva y con un cielo despejado y tachonado de estrellas.

Pasada la 1 de la madrugada ya los vecinos habían dejado atrás su primer sueño, cuando el silencio de la noche fue roto por unos gritos de mujer que clamaba “¡Mi hijo! ¿¡Dónde está mi hijo!?”. Y eso, a esa hora y en un pueblo como era entonces El Paso, ponía carne de gallina al más pintado.

Mi madre (q.e.p.d.), siempre de vena melodramática, de inmediato entró en histeria, y mi padre, mucho más pragmático y ecuánime que ella, sabiendo que no debía dejarla sola pero queriendo ayudar, si ése era el caso, me pidió que me vistiera y que, guiándome por los gritos, fuera hasta la casa de donde provenían éstos y averiguara qué diablos pasaba.

Así lo hice, y a poco di con la casa en cuestión. Entré a su patio y allí encontré, ya reunidos, a varios vecinos, todos hombres mayores, que no habiendo podido calmar a doña Lucía Montes —que así se llamaba la dueña de la casa y emisora de los gritos—, pasaron a preguntarse el por qué de su actitud, pues el hijo por el que ella clamaba tenía ya más de 30 años y, por tanto, estaba en edad de llegar tarde a la casa, si quería hacerlo, o de no llegar durante toda la noche, si le venía en gana.

Yo, el único muchacho en el grupo, guardaba prudente distancia y discreto silencio.

De pronto, y como venido de la nada, apareció en el patio Lucio Montes, el hijo “perdido”, y con su característico andar lento y calmado, pasó, sin decir palabra, frente a todos los allí reunidos, y también frente a su madre, se metió en su casa, y fue tal la prisa por darnos con la puerta en las narices que a punto estuvo de dejar fuera a su ya repentinamente calmada progenitora.

Todos nos quedamos perplejos y boquiabiertos, y con la sensación de haber hecho el papel de idiotas. Y todos nos retiramos, yo al final del grupo y escuchando las maldiciones e improperios de los mayores y las conjeturas que hacían acerca de lo ocurrido.

Al día siguiente, los detalles del suceso eran la comidilla de todo el pueblo, y, para variar, las C3 analizaron el caso y tomaron buena nota de la fecha y hora en que ocurrió.

Unos tres meses después, Lucio Montes contrajo matrimonio, y, pasados seis meses de la boda, su esposa dio a luz un saludable bebé. Los registros “acásicos” de las C3 fueron activados e, inclementes, pusieron en evidencia que el bebé había nacido exactamente nueve después de la noche de la “perdida” de Lucio Montes. “Aclarado el misterio”, dijeron todos.

A sólo días de diferencia nació también en el vecindario el nieto de Florentino, cuyo hijo se había casado cuando su novia mostraba ya evidentes indicaciones físicas de embarazo –que nadie trató de ocultar—, y dio a luz cinco meses después de la boda.

Cuando los dos natalicios eran el tema del día en el pueblo, en una de las ventas que ya he mencionado antes coincidieron, con muchos otros parroquianos, don Florentino y doña Lucía, y ésta, tal vez porque sabía de los comentarios que a sus espaldas se hacían, dijo, sin ton ni son, que ella creía que a su nieto tendrían que ponerlo en incubadora porque era lo que ameritaba una criatura que había nacido a sólo seis meses de su gestación, a lo cual, con evidente sarcasmo y para regocijo de todos en la venta, respondió don Florentino:

—¡Qué va, doña Lucía; nada de eso! Los muchachos de hoy ya no son así. Fíjese usted que el de casa nació con sólo cinco meses, ¡¡y está que da gusto verlo!!

Todo el incidente no fue óbice para que la “seismesina” criatura Montes creciera saludable y sin problemas, pero sí lo fue para que los tuvieran, y por mucho tiempo, unos vecinos de los Montes, pues religiosos como eran acostumbraban a rezar el Rosario cada noche antes de irse a la cama, y cada vez que les tocaba mencionar el Misterio de “El Niño perdido y hallado en el templo” no podían evitar soltar la carcajada, que se contagiaba a todos en el grupo, y ahí terminaba el sagrado rezo de esa noche.

Un comentario sobre “[*ElPaso}– La ‘perdida’ (que no ‘pérdida’) de Lucio Montes

  1. Muy interesante la anécdota y mejor la forma de describirla.
    Al hilo de lo dicho he recordado un chiste que cuenta que un niño le pregunta a su padre que cuanto tardan en nacer los niños. El padre responde que los primeros oscilan entre los 5-6 -8 meses pero que luego todos los demás nacen a los 9 meses.

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