Antonio Pino Pérez
Cantos populares canarios
(Arroyo y Apolo, febrero de 1931)
Los que aprendieron graves enseñanzas, observando las vidas sencillas y espontáneas de las gentes del pueblo, no pueden prescindir en ningún instante de buscar en las fuentes sagradas de los mismos los motivos de arte más originales y los secretos humanos —y por humanos, más impenetrables— que rigen las leyes sociológicas y naturales.
El pueblo ha creado las sentencias breves de los refranes, amamantó a las ciencias cuando éstas eran ignorantes, enriquece constantemente la Poesía, y es el Músico por excelencia. En el pueblo se bosquejan, con trazos vigorosos, todas las novedades del Progreso y todas las innovaciones de la Civilización. Mas, ni la Civilización, ni el Progreso, conservan en el devenir de sus adquisiciones ni la inspiración que les impele ardorosa hacia delante, ni el alma conmovida que les anima… El pueblo representa y comprende en sus creaciones, la dignidad humana por excelencia. La gloria más alta que puede apetecer un verdadero artista es que su obra sea la obra del pueblo, que se despersonalice, o desegolatrice, que se haga hechura y sentimiento de una multitud más o menos grande, pero que tenga una individualidad psicológica en el concierto de las naciones, o, mejor dicho, de las provincias o de los pueblos. Cuando oímos cantar en Canarias una folía…
Si quieres cantar canario
El himno a tu Patria un día,
acuérdate de tu madre
y surgirán las folías
Nadie sabrá decirnos quién es el autor de la música, ni quién es el de la letra. En esto consiste precisamente la suprema consagración de quienes la escribieron. Su autor ya, su único autor, es el pueblo. Cada ciudadano canario la canta como suya y nadie puede derrocarle sus derechos, porque la copla, al vibrar estremecida en sus labios, es vivida intensamente por él. La copla ya es de todos y, al mismo tiempo y por eso, no es de un autor determinado.
Otra de las grandezas de los cantos populares es que casi nunca se hacen universales. Son la personalidad bien deslindada de cierto pueblo, y, aunque tengan significación universal casi siempre, sólo llegan a ser populares en una localidad más o menos limitada. El mar o los montes le sirven de barreras la inmensa mayoría de las veces. Resumen y pregonan el perfume espiritual de un grupo de hombres que viven bajo el mismo cielo contemplando idénticos paisajes, y expresan con sus palpitaciones vibrantes, al ser libertados como suspiros en las resonancias abiertas del ambiente, las características psicológicas que dicen y definen una gran familia, o las inquietudes y tormentos incomprensibles de una raza que se aisló en aras de una creencia o por culto a sus tradiciones y necesidades morales. Todos los canarios podemos cantar como nuestra la siguiente copla:
Mi corazón es un niño
que siempre llorando está.
Si alguien le muestra cariño
más sentimiento le da.
Y nadie más que nosotros, porque la copla con su música, doliente y viril al mismo tiempo, es nuestra. Y es que esta copla, como todas las coplas populares, revela lo más íntimo de nuestros sentimientos, el pudor de ciertas ternezas que por vergüenza varonil ahogamos, y un dejo de melancolía infantil y buena que a veces se asoma a nuestros rostros. Ni las folías ni la isa son conocidas fuera de Canarias. Mejor. Eso revela que son plenamente nuestras, exclusiva y únicamente nuestras. Que sólo nosotros podemos crearlas todos los días, abrillantarlas y sentirlas, quererlas y perpetuarlas; y, lo que es más todavía, abrigarlas y protegerlas en el santuario impenetrable de nuestras almas.
Las canciones populares de Canarias, como todas las canciones genuinas del pueblo, son hondamente tristes, pero su tristeza desgarrada no es una súplica llena de pesadumbres y congojas, es tan sólo un lamento que se nos escapa…
Yo estoy solito en el mundo,
a mí no me quiere nadie.
Las madres son las que quieren,
¡y se me murió mi madre!
La música de las canciones populares tiene un marcado sello de tristeza, una modalidad de tristeza que las identifica y las perpetúa a través de las edades. Por eso hemos citado tan sólo letras que se ajusten por su significado a la expresión musical con que se cantan. Las canciones alegres, vanas, eróticas o picarescas se hacen más universales, pero con harta frecuencia se olvidan o mueren por carecer de valoración moral; o por ficticias y convencionales para deleitar o entretener, pasan fugaces por nuestras vidas sin decirnos nada duradero.
Cuando en la paz sacrosanta de la noche canaria hemos oído triunfar del aire estremecido las notas pletóricas y rotundas de las folías, se nos ensanchó el alma rebosante de felicidad, de una felicidad alegre que es al mismo tiempo triste, y que no se puede definir con palabras, pero que nos dejó la ilusión florecida dentro del alma, o nos despertó una enseñanza agridulce con que alumbrar nuestra experiencia.
Cementerio de Tegueste,
cuatro muros y un ciprés;
tan pequeño y, sin embargo,
¡cuánta gente duerme en él!
Esta copla es, sin duda, la mejor de cuantas ha producido la masa popular de Canarias. En ella se expresa, con dulzura incalculable, nuestro sentido de la muerte.
Teobaldo Power, en sus ”Cantos Canarios” que le dieron gloria imperecedera, compendió todos los ritmos populares de Canarias: Folías, Isa, Jota, Malagueña, Tajaraste, Divinos, y el inmortal “Arrorró”, inmortal porque nuestras madrea, al conjuro de sus besos, lo grabaron con amor en la naciente formación de nuestras almas, mientras mecieron con mimo nuestras cunas protegidas por sus desvelos…
Arrorró niño chiquito,
arrorró que viene el coco,
que dicen que anda buscando
los niños que duermen poco…
Cha-barra-barrás cha María
Cha-barra-barrás cho José
Cuando volvemos al pasado, prisioneros de añoranzas y heridos en lo más hondo por las incontables amarguras de la vida, nos encontramos con el sueño infantil de nuestra infancia desvanecido en el desconcierto del Tiempo, y escuchamos la voz paternal y cascada del abuelo que canta un romance antiguo, mientras nuestras madres siguen fieles, al pie de nuestras cunas, musitando desconsoladas la tonadilla eterna con que cerraban los ojos a sus pequeños…
Duerme, niño mío, duerme,
Duérmete que viene el coco…
Y quién sabe, madres canarias, si no es el “coco” quien os aparta de vuestros hijos… Aunque gozosos ellos se rieron un día de vuestras ingenuidades compasivas y de las mentiras piadosas con que engañasteis su inocencia, inquietas…
