[El Paso}– Ismael González, Hijo Predilecto de El Paso / Wifredo Ramos

Ismael González es el autor de tres escritos publicados en este blog, a saber:
«Valores humanos de mi pueblo: Don Pedro Martín Hernández y Castillo», «Valores humanos de mi pueblo: Doña Petronila González Guélmez», y
«La eficacia del «Colegio El Paso«»

Entre los recortes de prensa que guardo encontré el artículo que sigue, escrito por Wifredo Ramos con motivo de la muerte de Ismael González. Ese recorte de prensa trae la foto de don Ismael, pero se ve tan mal que no intento siquiera escanearla. Es una lástima, porque me gustaría presentar aquí una foto suya.

También entre los papeles que guardo encontré copia de un soneto de don Ismael en el que, en el tono jocoso muy común en su poesía, hace alusión a su muerte. Dice así:

Finiquitatis, mea culpa est

Estoy tan deteriorado
que no consigo un remiendo,
y creo que voy muriendo
de frente, de atrás y lado.

Mi futuro está morado.
Un tono que ya estoy viendo
turbio, y que me está oliendo
un poco a cuerno quemado.

Tal sintomatología
por la ley de biología
indica que, la partida

será hacia un mundo ignoto,
a caballo, a pie o en moto,…
o en caja en tabla podrida..

El soneto tiene fecha de 1986.

Carlos M. Padrón

***

Wifredo Ramos
(Artículo publicado en el diario El Día, de Tenerife, el 10/12/1988)

Llegó la hora y la noticia de su adiós. Cuando acontece el óbito, es ocasión para la meditación y el recuerdo. Quienes tuvimos la oportunidad de conversar con él amistosamente, recibiendo además palabras elogiosas, nos sentimos impulsados a manifestar algún sentimiento de afecto y gratitud.

Mis primeros recuerdos están envueltos en una aureola popular, a través de algunos relatos de mi padre y de otros paisanos. Rasgos de originalidad destacada para su época y entorno, observador profundo, inconformista con afán constante de superación, tuvo el mérito de haber sido un entusiasta autodidacta, cursando sus “estudios” en la denominada «Universidad de la vida».

Más tarde conocimos sus inquietudes literarias en prosa o verso, su cariño al terruño pasense y canario, y a la tierra venezolana que le acogió durante varios años; sus etapas de residencia en Caracas, Las Palmas, Santa Cruz de La Palma, Los Llanos de Aridane, y El Paso, fueron acumulando pensamientos en manuscritos, o deletreado en la máquina de escribir.

Dotado de gran sensibilidad, captó, con su retina ávida, panorámicas, personajes, costumbrismos, reseñas históricas, impresiones, etc., del variado escenario cultural, descubriendo, apreciando y difundiendo valores y aspectos en un trabajo generoso de cronista voluntario.

¡Cuántas páginas escribió de nuestro pueblo natal desde cualquier lugar en que se encontrara! Y cuántas habrá dejado encarpetadas. Fue colaborador de varios periódicos, con diversas publicaciones. «El Paso (de los almendros floridos)», en el Diario de Avisos; «En la Cumbre», desde Las Palmas:… “Quiero sentir la caricia / del aire en resina ahumado / de orégano embalsamado / y del tomillo en albricia; «Valores humanos de mi pueblo»: Don Pedro Martín Hernández y Castillo, en la revista Canarias Gráfica; «El Cojo de las Lirias», en El Día. «Tanausú», etc.

Otros escritos —desde Santa Mónica, en Venezuela—, su recuerdo a «El Paso, en su trayectoria municipal» —anticipo al 150 aniversario—, sus deseos de noticias, sus coplas con música de Cumbre Nueva, sus muestras de humor, y sus asiduas visitas a exposiciones, que analizaba haciendo comentarios de reflexión y mensaje, patentizan su talante.

Poco tiempo después de recibir el pergamino de su nombramiento de Hijo Predilecto de El Paso, nos lo mostró complacido prodigándose en expresiones de gratitud y modestia. Y aquí hemos de comunicar que albergó la ilusión de ver publicado algún libro con escritos suyos. Ojalá alguien haga el esfuerzo, la selección y la publicación, porque con ello se contribuye a la difusión de la cultura popular de nuestra tierra, y a que se cumpla un deseo noble y soñado que la muerte postergó.

La última vez que estuvimos cerca de él fue en el festival para la elección de la romera mayor de las fiestas de la Virgen del Pino, donde escuchamos con atención sus poemas, recitados por Antonio Abdo, en el espectáculo “Arte, Folklore y Belleza”, a cielo abierto y en feliz apoteosis.

Él no pudo subir al escenario porque un hado misterioso ya le estaba elevando a otros horizontes y acercándole a las estrellas,… que titilaban en el espacio cósmico, en sus ojos y en su corazón.

[*Drog}– Es cierto: se muere de amor

O de apego o dependencia, variantes del drogamor que a veces la gente confunde con amor.

Conocí a una pareja, a quienes llamaré Juan y Juana, que tenían dos hijos y formaban entre los cuatro una aparentemente bien llevada familia. Juan era un hombre trabajador, un padre dedicado,… y un esposo pusilánime que sólo veía por los ojos de Juana. Él no tomaba decisiones propias, pues tras todas sus acciones o inacciones estaba la voluntad de Juana. Sus conversaciones estaban plagadas de menciones a Juana y de expresiones de admiración hacia ella,…. que nunca escuché que Juana tuviera hacia él.

Un día, a Juana —mujer que rebozaba autosuficiencia porque se sabía dueña y señora— le diagnosticaron un cáncer que ya había hecho metástasis. Creo que ese mismo día enfermó también Juan, quien entró en agonía a medida que la gravedad de Juana aumentaba. Y cuando Juana murió, él, sin importarle mucho que sus hijos necesitaban a su padre, dijo que quería morir también, y lo logró unos tres meses después. Una sombra.

¿Murió de amor? Yo no diría eso; yo diría que murió porque él era una sombra de Juana, porque una sombra no puede existir sin el cuerpo que la proyecta, y, por tanto, al faltarle Juana, la vida de Juan perdió todo valor y sentido. Y eso se llama dependencia, no amor.

Me llamó mucho la atención, y hasta me dolió, que la muerte de Juana fue muy lamentada por el círculo social en que ella y Juan se movían, sobre todo por las mujeres de ese círculo, quienes, supongo, admiraban a Juana, no sin cierta envidia, por el control que tenía sobre su marido, control que ya quisieran ellas tener sobre los suyos. Pero la muerte de Juan podría decirse que “pasó por debajo de la mesa” y fue vista por todos los de ese círculo, mujeres y hombres, no sin un cierto tinte de desprecio, sentimiento que se ganan los pusilánimes.

Lo sé porque por años me tocó gerenciar a varios de ellos, y mi conclusión es que tratar con un pusilánime es como caminar en un campo minado, pues además de que pueden “explotar” en el momento menos esperado, uno tiene la sensación de que son sólo una pantalla tras la cual está su mujer; que son como muñeco de ventrílocuo, y que mejor que buscar de un pusilánime un compromiso o una respuesta fiable, sería buscarlos de su mujer, pues aunque él dé hoy su palabra y bajo ella se comprometa a algo, en la noche consultará con su mujer, y sólo cumplirá su compromiso si ella le autoriza a hacerlo. Si no, a la mañana siguiente aparecerá “con su cara lavada” y dirá algo así como “ Laurita no está de acuerdo…..” como si el contrato de trabajo bajo el que él está se hubiera hecho con Laurita.

¿Es esto amor? No lo creo, pero sí creo que si Laurita muere antes que su marido, éste corra la suerte de Juan.

Carlos M. Padrón

***

23 de abril de 2007

El corazón destrozado por la pérdida de la persona amada podría ser algo más que una metáfora, y conducir a la muerte, según investigadores de la Universidad de Glasgow, Escocia.

El estudio se basó en la evolución de unos cuatro mil matrimonios de entre 45 y 64 años de edad entre la década del ’70 y 2004.

«Hemos comprobado que el duelo tiene un impacto en los riesgos de mortalidad de los viudos, que se suman a los factores individuales», comentó la jefa del equipo, la doctora Carole Heart.

Entre los casos más famosos, se encuentra el del matrimonio que constituyeron los cantantes y compositores de música country y rock, Johnny Cash y June Carter Cash. En mayo de 2003, June falleció a los 73 años luego de ser sometida a una intervención quirúrgica. Sólo cuatro meses después, Johnny, de 71 años no pudo sobrevivir a las complicaciones que se presentaron en su diabetes.

La situación es particularmente crítica en los primeros seis meses luego de la desaparición del cónyuge, dice el estudio que publica esta semana la revista especializada Journal of Epidemiology and Community Health.

En ese período se puede producir la muerte del viudo por diferentes causas, mientras que en los cinco años subsiguientes existe un alto índice de posibilidad de desarrollar desórdenes cardíacos.

Según Cathy Ross, de la Fundación de Cardiología Británica, una de las razones por las cuales se da este fenómeno es que la gente que pierde a sus parejas a menudo adquiere malos hábitos.

«Algunos comienzan a fumar más, otra gente bebe más y por lo general tienden a alimentarse mal», dijo la experta para quien la cuestión radica en cómo se lleva el duelo más que el dolor de la pérdida en sí mismo.

BBC

[*Opino}– ¿Existe el mal?

Carlos M. Padrón

La argumentación de esta supuesta gran lección —que en realidad es una hisotieta inventada por alguna Iglesia de USA— se basa en conceptos que tienen una clara contraparte: frío vs. calor, luz vs. oscuridad, etc. Pero el mundo no es así, tan binario, y uno bien podría preguntar si existen las nubes, los árboles, etc. Esto cae en la por mí llamada «filosofía de Selecciones» que he criticado otras veces.

Pero la cosa es peor, pues ocurre que sí existe el mal, y no como ausencia de bien sino como mal per se. Hay excelentes libros dedicados a este tema. Les recomiendo el de M. Scott Peck, un psiquiatra que trató a pacientes que, simplemente, encarnaban el mal.

***

El profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta:

—¿Dios hizo todo lo que existe?

Un estudiante contestó valiente:

—¡Si, lo hizo!

—¿Dios hizo todo, caballero?

—Sí, señor—, respondió el joven.

El profesor contestó:

—Si Dios hizo todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.

El estudiante se queda callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito. Otro estudiante levantó su mano y dijo:

—¿Puedo hacer una pregunta, profesor?

—Por supuesto—, respondió el profesor.

—Profesor, ¿existe el frío?

—¿Qué pregunta es ésa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió:

—De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor. Y, ¿existe la oscuridad?—, continuó el estudiante.

El profesor respondió:

—Por supuesto

El estudiante contestó:

—Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe.La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores de que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuán oscuro esta un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor:

—Señor, ¿existe el mal?

El profesor respondió:

—Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A esto, el estudiante respondió:

—El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó al mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor se quedó callado.

¿Existe el mal?

Carlos M. Padrón

La argumentación de esta supuesta gran lección —que en realidad es una hisotieta inventada por alguna Iglesia de USA— se basa en conceptos que tienen una clara contraparte: frío vs calor, luz vs oscuridad, etc. Pero el mundo no es así, tan binario, y uno bien podría preguntar si existen las nubes, los árboles, etc. Esto cae en la por mí llamada «filosofía de Selecciones» que he criticado otras veces.

Pero la cosa es peor, pues ocurre que sí existe el mal, y no como ausencia de bien sino como mal per se. Hay excelentes libros dedicados a este tema. Les recomiendo el de M. Scott Peck, un psiquiatra que trató a pacientes que, simplemente, encarnaban el mal.

***

El profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta:

—¿Dios hizo todo lo que existe?

Un estudiante contestó valiente:

—¡Si, lo hizo!

—¿Dios hizo todo, caballero?

—Sí, señor—, respondió el joven.

El profesor contestó:

—Si Dios hizo todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.

El estudiante se queda callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito. Otro estudiante levantó su mano y dijo:

—¿Puedo hacer una pregunta, profesor?

—Por supuesto—, respondió el profesor.

—Profesor, ¿existe el frío?

—¿Qué pregunta es ésa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió:

—De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor. Y, ¿existe la oscuridad?—, continuó el estudiante.

El profesor respondió:

—Por supuesto

El estudiante contestó:

—Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe.La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores de que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuán oscuro esta un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor:

—Señor, ¿existe el mal?

El profesor respondió:

—Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A esto, el estudiante respondió:

—El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó al mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor se quedó callado.

[*MiIT}– Computación Personal, herramienta indispensable. 18: Respaldos

Carlos M. Padrón

En la PC guardamos generalmente información valiosa, y, porque es una máquina sujeta a fallas y porque cada día es mayor el riesgo de que se infecte con el “malware” que, cada vez con más frecuencia y potencia, llega a través de la Red, resulta imperioso que tomemos medidas para haber “backup” —o sea, copias de respaldo o copias de seguridad— de esa valiosa información.

Si hemos tomado ya la precaución de tener varios discos físicos o lógicos, donde el “C” contiene el sistema operativo y sus inseparables, conviene que destinemos uno de los discos, tal vez el más pequeño en capacidad —digamos que el disco “E”— para guardar en él copias de:

a) los documentos importantes que hayamos hecho o recibido (p.ej., documentos de Word, Excel, etc.):
b) todas o parte de las carpetas de nuestro correo electrónico; y,
c) la forma en que hayamos configurado nuestro “desktop” —o sea, el llamado Escritorio, o pantalla inicial en que la PC nos muestra los iconos

mediante los cuales podemos iniciar las actividades que con más frecuencia usamos, como entrar en Internet, abrir Word o Excel, hacer uso del Explorer, entrar al correo electrónico, ver la estructura de nuestra red de comunicaciones, ver los elementos que componen nuestro sistema de computación, etc.— y de las vías de acceso, o atajos (“shortcuts”) a los destinos que sean clave para nosotros, bien porque son importantes o bien porque los usamos con mucha frecuencia y nos interesa llegar a ellos en la forma más rápida y simple.

Pero, al fin y al cabo, el disco “E”, o el que usemos para backup, es también parte de la PC y podría quedar inutilizado si a ésta le ocurriera algo grave, de ahí la importancia de contar con dispositivos que nos permitan hacer copias de respaldo que podamos guardar fuera de la PC.

Al momento, el más usado de entre estos dispositivos es la “quemadora” de CD/DVD, que puede estar montada en la caja de la PC, o aparte, pero conectada a ésta por un cable.

La quemadora permite grabar en un CD o DVD y leer lo grabado. El CD o DVD que usa puede ser de sólo lectura —o sea, que sólo se puede grabar en él una vez, y leer lo grabado pero no borrarlo (“R”)— o “reescribible” —que se puede grabar y leer lo grabado, borrar y volver a grabar, como en un casete de audio o video, o en un disquete (“R/W”)—.

La capacidad de almacenamiento de los CDs, que arrancó con unos pocos MB, ya va por 650 ó 700MB, y la de los DVD es generalmente es de unos 4.7GB, o de 8.5GB si son de doble cubierta.

El dispositivo llamado CD-ROM (“CD Read Only Memory”, o memoria en CD de sólo lectura), que desde hace años viene con todas las PCs, puede reemplazarse por uno que no sólo lea el CD sino que también lo grabe (“queme”), o por uno que también lea y grabe CDs y DVDs. De hecho, muchas de las PCs de ahora ya traen esto en lugar del simple CD-ROM.

Si contamos con este dispositivo, o con los dos, no sólo podemos hacer backup en un disco interno destinado a eso, sino, además de o en vez de, en un CD o en un DVD. Es muy posible que en un CD de 650MB no nos quepan todas las carpetas personales de nuestro correo electrónico, pero sí algunas que son clave para nosotros.

En este caso, podemos hacer en disco el respaldo de todo el correo electrónico completo (operación bastante simple en programas de correo como Outlook), y hacer en CD el respaldo de las carpetas clave (operación no tan simple como la anterior, en especial a la hora de regresar a su lugar estas carpetas y dejarlas listas para que el sistema de correo pueda usarlas normalmente).

Y también en CD o DVD podemos hacer el respaldo de todos nuestros documentos importantes, y las copias que de éstos pueden ya guardarse fuera de la PC (almacenamiento histórico) porque están ocupando espacio y no van a necesitarse en el futuro inmediato.

Como ya dije, en algunos CDs o DVDs se puede grabar, leer, borrar y volver a grabar. Pero no todos funcionan así, pues algunos —los CD-R ó CD+R— permiten sólo grabar y leer lo grabado, pero no borrarlo ni volver a grabar, mientras que otros —los CD-R/W— permiten grabar, leer lo grabado, borrar y volver a grabar.

El precio de los segundos es mayor que el de los primeros. Sin embargo, salvo que se tenga información de almacenamiento histórico suficiente para colmar la capacidad de CDs no regrabables, prefiero usar los R/W (regrabables) porque, p.ej., para hacer respaldo semanal, puedo usar el mismo CD —o, como mucho, dos CDs— una y otra vez mediante el simple procedimiento de grabar el respaldo de esta semana y borrar luego el de la anterior.

Otra opción, en mi opinión mejor que las anteriores, es el disco duro externo, que se conecta a la torre mediante un puerto USB y, una vez en operación, funciona como un disco duro interno.

Con los precios de hoy, podemos tener un disco externo de 120 ó 200 GB en el que podemos respaldar prácticamente toda la información que haya en los discos internos, y desconectar luego el externo y guardarlo a buen recaudo,… hasta la semana próxima.

[El Paso}– La eficacia del «Colegio El Paso» / Ismael González

Ismael González
Artículo publicado en el periódico El Día (Canarias), el 19 de agosto de 1987.

En el periódico Diario de Las Palmas, el viernes 24 de marzo de 1972 iniciamos una serie de publicaciones bajo el título “Valores humanos de mi pueblo”. La introducción a tal serie estuvo a cargo de mi dilecto amigo, maestro de EGB y periodista, José Manuel Balbuena Castellano.

Se da la circunstancia de que el primer personaje —a quien seguirían otros más— fue don Pedro Martín Hernández y Castillo.

Al siguiente día, el 25 de marzo de 1972, en el mismo periódico fue publicado otro escrito concerniente a doña Petronila (Nila) González Guélmez, esposa de don Pedro.

Ambos, don Pedro y doña Nila, así conocidos popular y cariñosamente, fueron inseparables educadores que rindieron jugosos frutos a la culturización en diferentes fases educacionales pero convergentes en un determinado punto de positiva enseñanza, tal como la música, el dibujo, la pintura, las Letras, las Matemáticas, y el cuidado de la inteligencia en general.

Al llegar a nuestra manos las dos fotografías que ilustran este artículo [1], no hemos podido resistir la tentación de volver sobre nuestros pasos de recordación, y sobre la temática que, en su día, nos impulsó a hablar de estos personajes: dos entrañables paisanos que dieron por entero su vocación a la docencia, a “desasnar” y culturizar a una gran parte de nuestro coterráneos pasenses.

He de decir que no fui alumno de don Pedro, aunque sí lo fue mi esposa, que figura en primera fila, a la izquierda, de la fotografía de hembras, “forrada” de negro desde el gorro hasta los zapatos; tenía para entonces 10 años de edad.

Pero sí fui uno de los integrantes de la banda de música que dirigía don Pedro, quien, pacientemente, iba formando elementos entre la juventud masculina para que, en cierta medida, “aquello sonara” aceptablemente. Se esforzaba en hacernos “entrar en camino” con el instrumento y con la verdad de la composición.

Yo tocaba clarinete, y ¡hay que ver los apuros de don Pedro para “meterme en cintura”! Parte de la pieza la tocaba yo de oído por no saber solfear lo escrito. ¡Cuantas veces el bueno de don Pedro se acercó a mí para decirme: «Ismael, cabeza de alcornoque, silencia ese pasaje si no eres capaz de sacarle la pureza de la música que contiene»!. Y así perseveraba don Pedro en uno y otro ensayo, y con uno y otro mal aficionado, para conjuntar la coordinación de lo que él deseaba, lo que debía ser.

Don Pedro Castillo —popularmente así conocido— no solamente era músico: era escritor, poeta, orador, maestro de insospechadas dotes para la enseñanza, y para meter en la “cabeza de alcornoque” de sus discípulos —con el correspondiente coscorrón a los muchachos— la luz del conocimiento, que él, vocacionalmente, deseaba hacer brillar por el saber de hombre estudioso que generosamente transmitía, con una voluntad sin límites puesta al servicio de sus alumnos.

Afortunadamente, hace ya algún tiempo que en nuestro pueblo existe una calle céntrica que lleva el nombre de Don Pedro Martín Hernández y Castillo, nombre que don Pedro se ganó con merecidos méritos.

Pero nuestra reseña estaría incompleta si no nos ocupáramos sucintamente de la personalidad de doña Petronila (Nila), aunque ya dijimos que al matrimonio Martín-González nos habíamos referido separadamente en anterior ocasión, en la serie “Valores humanos de mi pueblo”, en la que hablamos de doña Nila con el subtítulo “Semblanza de una mujer ejemplar”, pues, en efecto, así fue doña Nila, una mujer ejemplar, es decir, una institución por su aportación y dedicación a la enseñanza —en particular de dibujo, pintura, labores manuales, bordado e instrucción en general—, hacia las jóvenes pasenses.

Nos atrevimos a decir entonces, al referirnos a doña Nila, que “Ni antes ni después se ha conseguido en El Paso aunar en la juventud un deseo de expresión artística, tan natural, imaginativo y acentuado”.

La calidad artística de doña Petronila González Guélmez es interesantísima. Su cultura autodidacta —como la de don Pedro— fue extraordinaria. Era como una hemorragia que fluía y se desbordaba de su mente, y se materializaba en la sutileza del pincel, en los bordados en tela, y, en general, en la profundidad creativa de las imágenes. Recordamos muy bien a doña Nila manifestándose en la mirada relampagueante, escudriñadora y humanizada a la vez.

En las fotografía que ilustran este escrito podemos observar el sistema pedagógico que usaban don Pedro y doña Nila, con esas excursiones que solían hacer en determinadas fechas, principalmente a las poblaciones del Valle de Aridane —realmente, sólo a Los Llanos, ya que para entonces no se había segregado Tazacorte—, excursiones con las que pretendían que sus alumnos tuvieran acceso a una visión del mundo exterior fuera de lo circunscrito a la monotonía de la asistencia periódica al colegio.

La fecha en que fueron tomadas las fotografías de que hablamos corresponde al año 1925 y, en esa mirada retrospectiva, podemos considerar retazos de la historia y de las vivencias existentes, donde, desde las féminas más pequeñas hasta las de mayor edad, se ven ataviadas con el imprescindible tocado y el vestido, acordes con las exigencias de la moda imperante.

Si los pueblos deben su cultura a los maestros que cultivan la inteligencia de las consiguientes alternativas generacionales de personas, El Paso tiene una deuda de gratitud con este matrimonio ejemplar, el formado por don Pedro Martín Hernández y Castillo, y doña Petronila González Guélmez, pues ellos pusieron todo el bagaje de su saber a la orden de quienes quisieron servirse de sus enseñanzas.

Valgan, pues, estos rasgos recordatorios como sentido homenaje de este periodista hacia aquellos nobles paisanos que dejaron honda huella, de indudable buen hacer, en la cultura de nuestro pueblo de El Paso.

***

[1] NotaCMP.- Estas fotos aparecen en el recorte de prensa que llegó a mi poder y desde el que copié el texto del artículo precedente, pero, precisamente por eso, porque están impresas en un viejo recorte de prensa, las fotos son de mala calidad. Esto no obstante, las reproduje arriba, pero de mi colección van aquí también otras dos sobre el mismo tema y que tienen mejor resolución.

[*Opino}– Un virtuoso del violín, y su música, pasan inadvertidos en el Metro

Carlos M. Padrón

El caso que sigue deja al descubierto la forma apabullante en que campea la mentalidad de rebaño, que en este experimento con el famoso violinista puso de manifiesto que si la gente sabe que va a verlo y escucharlo, aplaudirá enfervorecida y dirá que sus interpretaciones son una maravilla,… maravilla que para esa misma gente pasa desapercibida si creen que a están a cargo de un don nadie.

¿Es eso entender de música? No, es seguir la corriente de la mayoría o dejarse llevar por lo que digan los medios; es estar convencido de que sí se sabe de música y de sus ejecutantes cuando, en realidad, se es incapaz de distinguir entre la técnica de un verdadero virtuoso y la de uno que toca en la calle como medio de pedir limosna. Es, en resumen y una vez más, estupidez humana.

***

10/04/2007

Washington. (EFE).- El famoso violinista estadounidense Joshua Bell ha demostrado que, pese a tocar de forma magistral las piezas más exquisitas, si lo hace en el Metro de la capital de Estados Unidos, los pasajeros pasan de largo ante el virtuosismo.

El experimento, planificado por el diario ‘The Washington Post’ y publicado en su dominical de esta semana, consistía en observar la reacción de la gente ante la música tocada por Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, que aceptó la propuesta de actuar de incógnito en el subterráneo estadounidense.

El 12 de enero pasado, a las 07.51 de la mañana, el artista y ex niño prodigio comenzó su recital, de seis melodías de diversos compositores clásicos, en la estación de L’Enfant Plaza, epicentro del Washington federal, entre decenas de personas cuyo único pensamiento era llegar a tiempo al trabajo. La pregunta que lanzó el rotativo era la siguiente: ¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?.

En ese momento, Bell, ataviado con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra, comenzó a emitir magia desde su Stradivarius de 1713 —valorado en 3,5 millones de dólares— ante las 1.097 personas que pasaron a escasos metros de él durante su actuación.

En los 43 minutos que tocó, el violinista (nacido en Indiana en 1967) recaudó en su estuche 32 dólares y 17 céntimos —donados luego a la beneficencia—, una cifra muy lejana a los 100 dólares que los amantes de su música pagaron tres días antes por asientos decentes (no los mejores) en el Boston Symphony Hall, que registró un lleno completo.

En cambio, en L’Enfant Plaza, alejado de las campañas de promoción de su arte, fuera de los grandes escenarios y con la única compañía de su violín, a Bell sólo lo reconoció una persona, y muy pocas más se detuvieron siquiera unos momentos a escucharle.

Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, dijo al Post que calculaba que «entre 75 y 100 personas se pararían y pasarían un rato escuchando» al artista, aunque a primera vista nadie cayera en cuenta de su identidad. De hecho, pasaron tres minutos y 63 personas hasta que alguien se cercioró de que, efectivamente, una melodía sonaba en el subterráneo.

Un hombre de mediana edad fue el primero en apartar la vista del suelo, aunque fuera por un segundo, para dirigirla hacia Bell. Treinta segundos después llegó el primer dólar, y a los seis minutos alguien decidió pararse por un momento para apoyarse en una de las paredes de la estación y disfrutar de la música. El violinista comenzó con la interpretación de la chacona de la “Partita número 2 en Re menor, de Johann Sebastian Bach” y siguió con piezas como el Ave María, de Schubert, o la ‘Estrellita’, de Manuel Ponce. En total, fueron siete los individuos que detuvieron su marcha para escucharle, mientras 27 decidieron contribuir a la ‘causa’.

Aunque sólo le reconoció una mujer que había estado en uno de sus conciertos, en general quienes se pararon a escucharle percibieron que el artista no era un pedigüeño cualquiera.

«Era un violinista soberbio, nunca he oído nada así. Dominaba la técnica, su fraseo era buenísimo. Y su cacharro era bueno también, el sonido era amplio, rico», describió John Piccarello, un supervisor postal que en su día estudió violín. Otro pasajero que se detuvo a oír al virtuoso fue John David Motensen, funcionario del Departamento de Energía, que, sin los conocimientos de Piccarello, sí explicó al Post que la música de Bell le hacía «sentir en paz».

El redactor del Post Gene Weingarten, que ideó el experimento, dijo hoy durante una charla con los lectores del diario que retrasó la publicación del artículo debido al premio Avery Fisher’, el más importante de la música clásica, que recibirá el artista mañana.

En conclusión, según el Post, los ciudadanos de Washington hicieron bueno el refrán que defiende que «la belleza se encuentra en el ojo de quien mira». Y en el oído de quien escucha, al parecer. El hábito no hará al monje —o el Boston Simphony Hall al violinista—, pero bien que le ayuda.

La Vanguardia.