[*FP}– Por qué vine a Venezuela – 45 años de un «turn-around point» en mi vida

Carlos M. Padrón

En julio del pasado año 2006 publiqué el artículo titulado «Por qué vine a Venezuela – 45 años de un turn-around point» en mi vida.

Lo reedito ahora, corregido, porque entre los papeles encontrados en las gavetas del escritorio de mi hermano Raúl, fallecido el pasado diciembre, apareció un original de la foto-postal a la que en ese artículo me referí, y creo que tal hallazgo bien vale una reedición, que aquí va.

***

POR QUÉ VINE A VENEZUELA – 45 AÑOS DE UN TURN-AROUND-POINT EN MI VIDA

En el artículo «Una experiencia ESP personal,… hace 37 años», publicado el 29/06/2006, conté que

«Cuando desde mis 15 años mi padre me presionaba para que yo viniera a Venezuela —donde ya estaban desde hacía mucho tiempo mis dos hermanos mayores— me negaba una y otra vez argumentando que siendo ya él un hombre de 70 años no quería yo, el único hijo varón que le quedaba en la casa, dejarlo solo en un medio agropecuario, duro por definición. Ante esto, y tal vez emotivamente movidos por algo que yo hice en la Navidad de 1960 (y que tal vez relate más adelante), mis hermanos decidieron traernos a todos —mis padres, mis dos hermanas y yo— a Venezuela, con lo cual mi argumento quedaría sin base. Y así ocurrió; en julio de 1961 llegamos todos a Venezuela».

El “más adelante” oportuno creo que es el día de hoy, 11/07/2006, cuando se cumplen 45 años de que el grupo familiar arriba descrito cerró la casa solariega en que habitábamos en El Paso, la misma donde nací, e inició su viaje a Venezuela, viaje que para mí representó un drástico viraje en mi vida (turn-around point creo que lo define mejor). Una prueba de esto es que aún estoy en Venezuela.

Tal vez, y sin querer, ese turn-around point lo causé yo porque el 01/12/1960 me fui desde Santa Cruz de Tenerife —donde vivía y trabajaba— a El Paso para pasar las Navidades con mis padres y hermanas, y encontré a mi madre consternada porque en el pueblo no hallaba una postal apropiada para mandar a mis hermanos, que estaban en Venezuela, como felicitación de Navidad.

A la venta en el estudio del único fotógrafo del pueblo, Manuel Llamas —a quien por su pequeña estatura llamaban todos Mediometro— encontré unas cartulinas rectangulares y con un doblez al centro diseñadas para servir de tarjetas de Navidad portadoras de una foto de algún rincón de El Paso. Una vez doblada la cartulina, en su cara frontal exterior estaba ya impresa la leyenda “Felices Navidades” y, en letra muy pequeña, el nombre del mencionado fotógrado y la explicación “Vistas de El Paso”; y en su interior venía pegada la foto, tomada por Mediometro, de algún rincón del pueblo.

A la vista de aquellas improvisadas postales se me ocurrió una idea. Compré dos, y echando mano de mi cámara fotográfica (la primera que tuve en mi vida, y que aún existe y funciona), tomé una foto a la casa solariega arriba mencionada, la pegué en la cara interior izquierda de la cartulina —en reemplazo de la del rincón pasense que allí venía—, y a mano escribí algo en la otra cara interna, de forma que al doblar la cartulina, foto y escrito quedaban en el interior, mientras que en la frontal exterior quedaba el mencionado “Felices Navidades” que ya venía impreso, y en la trasera exterior escribió mi madre una dedicatoria en nombre de todos, que firmaron mi padre y ella.

Caras exteriores de la foto-postal:

Enviadas por correo el 15/12/1960, esas foto-postales —pues eran dos iguales— fueron las tarjetas de Navidad que, una cada uno, recibieron mis hermanos en Venezuela para la Navidad de 1960.

El Día de Reyes regresé a mi trabajo en Santa Cruz de Tenerife, y en febrero de 1961 recibí una carta en la que mis padres, en términos que denotaban gran ilusión de su parte, me decían que mis hermanos querían que fuéramos todos a Venezuela, y que todos, los de allá y los de acá, esperaban que yo no me negara.

Pensé que si decía que no tal vez mis padres no querrían ir y abortarían el proyecto, y yo sabía muy bien cuánto deseaba mi padre volver a pisar tierra americana, y cuánto deseaba mi madre volver a estar con sus dos hijos mayores, Raúl y Tomás, y conocer a sus nietos. El argumento de que yo no emigraba porque no quería dejar solo a mi padre ya no tenía vigencia. Además, quería casarme, pero mi situación económica no me permitiría hacerlo sino, con buena suerte, después de muchos años. Y dije que sí.

Con el tiempo vine a saber que esta postal de Navidad que yo había ideado,

Foto de la casa solariega. Cara interior izquierda de la cartulina.

Mi poema navideño, escrito de mi puño y letra. Cara interior derecha de la cartulina.

fue lo que tocó la fibra de nostalgia familiar de mis hermanos, y así nació el plan de que todos viajáramos a reunirnos con ellos. Un efecto bumerang que cambió mi vida.

Dejé mi trabajo a finales de junio y me fui a El Paso a ayudar en los preparativos, y el martes 11 de julio cerramos la casa y dimos inicio a la “aventura” del viaje a Venezuela.

Esta foto, del grupo viajero y la casa solariega al fondo, la tomé, con ayuda de trípode y disparador automático, para perpetuar ese histórico momento del que se cumplen hoy 45 años.

Ese 11 de julio viajamos en avión a Tenerife donde pasamos una semana visitando parientes y amigos que mis padres no habían visto en años, y en una excursión al Teide, lugar que ellos no conocían.

Y el miércoles 19 de julio de 1961, a bordo del ‘Bianca C’ zarpamos desde el muelle sur del puerto de Santa Cruz de Tenerife con rumbo al puerto de La Guaira, al que llegamos en la mañana del miércoles 26 de ese mes.

Esa semana del 19 al 26 es el período más feliz que recuerdo haber visto en mi familia, la conformada por mis padres y hermanas. A pesar de mi tristeza porque había dejado atrás a mi novia, era tal la ilusión, el entusiasmo, la paz, la tranquilidad y la armonía que en todos ellos había, que me contagiaron, me levantaron el ánimo con la promesa de un futuro halagüeño que pronto me permitiría casarme, y así pasamos los mejores días que nunca, ni antes ni después, recuerdo haber vivido con ese mi grupo familiar, pues, hasta esa fecha, la crítica situación económica, el trabajo constante y duro para paliarla, y los contratiempos y problemas cotidianos no habían permitido nunca —no al menos desde que tuve uso de razón— que mis padres disfrutaran de unas vacaciones, y menos de unas cargadas de tanta ilusión.

[*FP}– Abuela Celia

Carlos M. Padrón

Durante los 18 años que viví a diario junto a mi padre, sólo lo vi llorar abiertamente una vez: cuando le anunciaron que Pedro, su hermano menor, había muerto asesinado en México. Pero sus ojos se llenaban de lágrimas y se le quebraba la voz cada vez quec contaba la forma horrible en que había muerto su madre mientras él estaba en Cuba, país al que había emigrado desde El Paso.

Abuela Celia, que así se llamaba mi abuela paterna, nació en Cuba en 1870. Creo que sus padres eran canarios y que, de regreso en El Paso, trajeron a sus hijos que, hasta donde recuerdo, fueron tres: Celia (mi abuela), Luz (la llamábamos tía Luz) y Juan (lo llamábamos tío Juan, el de El silbido). En El Paso (sigo suponiendo), mi abuela Celia se casó con mi abuelo Luis, y se establecieron en la que luego fue mi casa natal, donde nacieron sus tres hijos varones —mi padre era el mayor— y una niña, que vino después de mi padre pero que murió con apenas un año de edad.

Sobre los 44 años de edad, mi abuela Celia fue víctima de lo que hoy sabemos que era cáncer de útero, y cuando los médicos a que hubo entonces acceso no pudieron hacer nada por vía de la administración de medicamentos, y la agonía que mi abuela sufría ya había durado años, decidieron intervenirla quirúrgicamente,… pero de una manera salvaje, y de ahí el dolor de mi padre, pues la ataron a una armazón en forma de ‘Y’, la pusieron cabeza abajo y con las piernas abiertas, y, sin anestesia efectiva, procedieron a abrirla para extirparle el tumor.

Quienes estuvieron cerca en ese momento contaron que los gritos de mi abuela Celia fueron desgarradores,… hasta que perdió el sentido.

No sé cuándo comenzó su enfermedad, cuándo fue la salvaje intervención quirúrgica y cuánto vivió luego mi abuela —si es que sobrevivió a esa cruel operación—, pero sí sé que murió el 02/02/1917, y que todas las personas a las que tuve acceso de entre las que la conocieron en vida me dijeron que era una mujer de carácter extremadamente afable, sufrida, bondadosa, y dada por entero a su familia; “una santa” era la expresión más usada cuando estas personas se referían ella.

Con motivo de su muerte, un poeta más en la familia, y hermano de tío Pedro —Pedro Martín Hernández y Castillo, el poeta mayor, de quien ya he hablado en La Danza “de Manuel González”, y pienso hablar bastante más— le dedicó este soneto, fechado el 03/02/1917, que publico hoy en memoria de mi abuela Celia, a quien nunca conocí, en el 90 aniversario de su muerte, y como tributo a mi padre que tanto sufrió por ella.

ANTE EL CADÁVER DE MI MUY QUERIDA
Y VIRTUOSA PRIMA, CELIA SOSA SÁNCHEZ
.

Si existe purgatorio en esta vida,
por él pasaste, Celia, hasta que airada,
la muerte, tenebrosa y despiadada,
arrancó tu existencia tan querida.

Si eterna en ultratumba es tu partida,
eterno es el dolor que en tu jornada
has dejado en el alma, hoy enlutada,
de aquél que tu recuerdo nunca olvida.

Descansa en paz, y por la gran pureza
con que siempre adornaste tu persona,
quiera el Cielo que en premio a tu grandeza

luzcas entre querubes la corona
que tejerte supiste santamente
aquí donde te lloro eternamente.

Miguel Martín Hernández
Febrero 3 de 1917.

[*ElPaso}– Mística religiosa en su máxima expresión

01-02-2007

Carlos M. Padrón

Doña Josefa, la madre de Angelina (la misma de Miguel el de Angelina, y Sin derecho a pedir más) vivió hasta avanzada edad, y por años mantuvo la costumbre de, en compañía de su hija Angelina, con quien vivía, rezar el Rosario todas las noches.

Por alguna extraña pero sin duda “profunda” vocación religiosa, los rezos de estas dos mujeres eran muy peculiares, y tan alejados de lo mundano que casi rozaban lo místico, pues durante todo el rosario se desarrollaban así:

Doña Josefa: “Dios te salve, María, llena eres de gracia… —Angelina, ¿tú le echaste de comer esta tarde a la cabra?— … el Señor es contigo….”

Angelina: “…  y bendita tú eres… —Sí. le eché unos tagasastes— …. entre todas las mujeres…”:

Doña Josefa: “Padre nuestro que estás en los Cielos… —¿Es verdad que ya parió la yegua de El Arrugado?—…., santificado sea…”

Angelina: “… tu nombre… —Eso dicen—… Venga a nosotros tu reino…”

Y así, salpicado con frecuentes inserciones “teológicas” de este calibre, terminaba por fin el diario rosario.

Con tal nivel de religiosa concentración, no hay duda alguna de que doña Josefa, quien murió hace muchos años, se ha ganado el Cielo sin necesidad de requisitos adicionales.