– III –
Al trabar en tu pecho aquella flor,
cual la amapola tus mejillas vi.
Entonces tus virtudes comprendí,
y tuyo, desde entonces, es mi amor.
– III –
Al trabar en tu pecho aquella flor,
cual la amapola tus mejillas vi.
Entonces tus virtudes comprendí,
y tuyo, desde entonces, es mi amor.
– II –
Nada creo, aunque oiga y vea,
del mundo degenerado.
Hizo que así piense y crea,
aquélla que me ha burlado.
¡Maldita, maldita sea!
Por una hermosa mujer
do hallara solo cariño,
virtud y eterno querer,
soñaba desde muy niño,
ángel que no pude ver.
En mi madre solamente,
amores mil encontraba;
pero en mi ser imperaba
la ley del Omnipotente,
y en otra mujer soñaba.
En mis ansias por el mundo
iba en pos de esa deidad,
viendo con dolor profundo,
hijas do la vanidad.
¡Y proseguía errabundo!
Un día en cierto balcón,
encontré la ninfa aquélla,
que me miró con pasión…
Entonces… creyendo en ella,
latir sentí el corazón.
De la altiva aristocracia
era la joven hermosa
a quien amé por desgracia;
por lo bella y por su gracia
parecíame una diosa.
Yo amaba a aquella mujer
y en mi constante delirio,
ya no sabía qué hacer:
si continuar mi martirio
u ofrecerla mi querer.
Un día tras otro día,
mirábala y me miraba,
mi pecho en amor ardía,
la duda me atormentaba,
y amándola padecía.
Con mi espíritu en torturas
y el cerebro en devaneos,
soñaba mil aventuras
que aumentaban mis deseos,
mis ansias tiernas y puras.
Y hablarla de la pureza
de mis primeros amores;
mas, pensaba en mi pobreza
y concebía temores
que me causaban tristeza.
Por fin, ante aquel balcón,
la declare mi pasión,
y, quien creí enamorada,
diome por contestación
¡sarcástica carcajada!
Aquel fatal desengaño,
por espejo lo he tomado,
de que todo es un engaño;
del mundo degenerado
de nada malo me extraño.
Nada creo, aunque oiga y vea
la verdad más inaudita.
Hizo que así piense y crea
aquella mujer maldita.
¡¡Maldita, maldita sea!!
– VI –
Queriendo tus bondades saber por tu expresión,
tus ojos y tu boca me han dicho tu portento:
aquéllos, lo que siente tu noble corazón,
aquésta, la grandeza de tu alto pensamiento.
DEDICATORIA
A vosotros, hipócritas, farsantes,
espíritus esclavos del dinero,
que vivís de soberbia exuberantes,
esta parte del libro ofrecer quiero.
MÁRTIR DE LA VIDA
¡Cuánto luchas, obrero!
¡Cuánto bien proporcionas en el mundo!
No obstante, buen bracero,
siempre has vivido mísero, errabundo.
Tan sólo es de riqueza
el trabajo que empleas diariamente;
mas, siempre en la pobreza perduras
ante el rico indiferente.
También obrero soy
y a tus masas encuéntrome afiliado.
Por eso ayer como hoy,
de los grandes me he visto despreciado…
—————————————————
¡Cuánto luchas, obrero!
¡Cuánto bien proporcionas en el mundo!
No obstante, buen bracero,
¡desprecios lloras con dolor profundo!
CONFLAGRACIÓN MUNDIAL
Surgió la guerra europea
que tantos profetizaron;
los imperios se lanzaron
con denuedo a la pelea,
llevando la vil idea
de inmolar a sus hermanos.
Y cual tigres inhumanos,
de la guerra en el fragor,
llenan al mundo de horror
y maldice a los tiranos.
Guerra a muerte, en loco anhelo,
declaró el imperialismo
v luchó con barbarismo
y vesánico desvelo;
y ¡guerra! sonó en el suelo
fabril de ilustre nación,
y cuando vencidos son
sus hijos nobles y buenos,
a las hordas pone frenos,
junta, la pálida Albión.
Batalló la tropa inglesa
con valor y bizarría;
bregó con toda energía
la república francesa.
Rusia asociada a la empresa,
Italia, Estados Unidos
y aliados que decididos,
cuentan hombres por millones,
combaten con mil legiones…
¡Los germanos son vencidos!
De asombro se llenó el mundo
Y de uno en otro confín,
de guerra sonó el clarín
con voz de odio el más profundo.
Hubo lucha sin segundo,
guerra salvaje y cruel,
de exterminio, sin cuartel,
de aniquilamiento y duelo.
¡Se tiñó de sangre el suelo!
¡Fue el reinado de Luzbel!
Mas no bastaba la tierra
para tan atroz locura;
también se llevó a la altura
el negro horror de la guerra.
Surge el fiero avión que aterra
y causa pena y espanto;
y cuando se calma el llanto
de las urbes desoladas,
ven sus penas aumentadas
con otro nuevo quebranto.
De los mares al abismo
bajan monstruos acerados,
los submarinos llamados,
un germano mecanismo.
Y en el loco paroxismo
de la destrucción impía,
no dejan un solo día
sin destrozar buques ciento…
¡Periodo de gran tormento,
desesperante agonía!
¡Oh, cuántas inteligencias
en la guerra sucumbieron
que de Europa gloria fueron
en las Artes y las Ciencias!
¡Oh, irresponsables conciencias
las que el conflicto iniciaron,
pues por su causa expiraron
millones de criaturas
que al ir a sus sepulturas
maldiciones les lanzaron.
¡Maldita, maldita guerra!
decían también las mujeres
y los niños, esos seres
que encanto son de la Tierra.
¡Maldita causa que aterra
a los tímidos mortales!
¡Oh, malditos ideales!
¡Oh, malditas ilusiones
de someter las naciones
a los cetros imperiales!
A históricos monumentos
que el mundo pudo admirar,
han venido a sepultar
los destructores inventos,
¡sólo por los sentimientos
de un soberbio imperialismo!
¿No sabe ese pueblo mismo
que otras edades vendrían,
que a esas fechas llamarían
«épocas del barbarismo»?
Imperios que sucumbieron
con mortales exterminios,
reducidos sus dominios
por sus adversarios vieron.
Vencer la Entente creyeron
y del mundo ser los dueños
y, tras frustrados empeños,
hoy ven en su decadencia
que fue error de una creencia
engendrada en sus ensueños.
«Fue una guerra mercantil»,
exclama la Humanidad.
«Es guerra de libertad»,
predicó el genio viril.
Y entre tanto el pueblo hostil,
cuna del imperialismo,
se escuda en raro civismo
e invoca ferviente a Dios,
¡como si Éste fuera en pos
de tan grande barbarismo!
Es el recuerdo fatal,
en los ámbitos del mundo,
de esa guerra que iracundo
maldice todo mortal.
De Europa el pueblo brutal
que, por vencer o morir,
quiso airado recurrir
a la hazaña infamatoria,
por sus hechos, en la Historia
siempre le han de maldecir.
Las naciones que vencieron,
al fin, ¿qué es lo que han ganado?
¡Nada, cuando es comparado
con lo mucho que perdieron!
¡Cuántos hombres perecieron
después do tanto bregar!
¿Cómo es posible apreciar
de tantos hombres la muerte?
Aunque es grande, ¡triste suerte
la gloria del pelear!
¿Es que no tienen talentos
las naciones poderosas,
que solucionen las cosas
por otros procedimientos?
¡Hay que aplicar los inventos
de destrucción en campaña,
para así, con cierta maña,
sus dominios extender!
¡Qué dicha sentí yo al ver
neutral a mi noble España!
Aún se escucha en triste son
la campana funeral,
la plegaria maternal
pidiendo a Dios compasión.
Los ayes del corazón
que el fuerte enemigo hiere,
y sólo en el campo muere
lleno de pena y dolor.
¡Son tristes notas de amor!
¡son himnos de miserere!
Son efectos de la suerte,
consecuencias de la guerra;
son las ayes que en la Tierra
hace producir la muerte.
Son suspiros al que, inerte,
es pasto de los gusanos,
muerto por locos hermanos
sin conciencia, sin criterio;
ecos son de un cementerio
de recónditos arcanos.
¿Por qué en vez de los cañones
no esgrimen (¡sueño dorado!)
la pluma, el mazo, el arado,
como fuertes campeones?
¿Por qué en vez de las pasiones
por do van a la matanza,
no llegan a la balanza
de la gran fraternidad?
¡La de la Caridad
es del mundo la esperanza!
Surgió en Europa la guerra
por las más cultas naciones;
sus tristes evoluciones
ensangrentaron la Tierra.
Surgió el conflicto que encierra
la hecatombe más notoria
que recuerda la memoria
y sentir pueden los pechos.
¡La que manchó con sus hechos
las páginas de la Historia!
Carlos M. Padrón
Por cortesía de Claudio González —pasense él, e hijo de pasenses— recibí la URL de este vídeo, subido a YouTube, de la procesión del Viernes Santo celebrada en El Paso en 2011.
En él echo en falta el que para mí —y para muchos otros pasenses que conozco— era el momento más impactante de esa procesión: la sepultura de la imagen del Cristo yacente.
En los años ’50s, el altar mayor lo cubrían todo con crespón negro, no rojo, como ahora lo he visto; obviamente, el negro está más acorde con un acto fúnebre. Y contra ese fondo todo negro sólo destacaba, por su color blanco, la tapa blanca del sepulcro abierto, que parecía hecha de grueso mármol.
Al llegar el momento de la sepultura —en el que una de las dos personas que se subían hasta la altura del sepulcro era siempre don Tomás Capote Lorenzo (q.e.p.d.)—, la banda de música, parada frente a la escalinata que conduce al altar mayor, interpretaba la imponente marcha fúnebre «Ante un cadáver» cuyo autor fue don Pedro Martín Hernández y Castillo, más conocido como don Pedro Castillo, y comparto la opinión de muchos en cuanto a que esta composición fue lo mejor que, en música o en poesía, hizo don Pedro.
«Ante un cadáver«, pieza 100% fúnebre donde las haya, tiene un pasaje de bombardino que siempre interpretaba Pedro Lorenzo, excelente ejecutante de ese instrumento, y que, al menos en mi opinión, es el pasaje más bello, emotivo y escalofriante de esa marcha.
Durante la ceremonia de la sepultura, el silencio en la iglesia era total y denso, y cuando, después de depositar la imagen en el fondo del sepulcro, las dos personas que habían llegado hasta sus lados dejaban caer la tapa, el golpe emitía un sonido bajo, profundo y amplificado por la caja de resonancia que era el sepulcro, cuyo eco retumbaba por toda la iglesia como correspondía a una gruesa y pesada pieza de madera que caía con violencia sobre un espacio cerrado. La banda dejaba de tocar, y todos, en respetuoso silencio, abandonábamos el templo.
La ceremonia que de la sepultura presenta este vídeo, sin música de fondo y con un golpe de cierre de tapa en tono de soprano y no de bajo, me parece que no pasa de ser un triste remedo de lo que en los años ’50s fue esa ceremonia.
(Como el vídeo en YouTube es muy largo, extracté de él el fragmento correspondiente a la ceremonia de la sepultura. Para ver/bajar este fragmento, clicar AQUÍ. Como está en .FLV, para verlo, en caso de que se baje, sirven los programas RealPlayer o VLC).
Lo más triste es que, hasta donde sé, la partitura de «Ante un cadáver» se perdió, lo cual es algo insólito habida cuenta de que, por lógica, tuvo que existir más de una.
¿Cómo es posible que esto haya ocurrido? ¿Y cómo es posible que, años atrás, cuando usando el conocimiento musical o el sentimiento pasense de José (Pepe) Salazar, de Tico Simón —quien, si mal no recuerdo, dirigió por un tiempo la banda de música de El Paso— y de Pedro Lorenzo, hubo todavía forma de rescatarla, al menos parcialmente, no se haya hecho ni siquiera el intento?
Hoy es ya tarde, pues los dos primeros murieron (q.e.p.d.), y el tercero está postrado en cama y con evidente deterioro de sus facultades mentales.
Me consta que mi hermano Raúl (q.e.p.d.), que adoraba esa marcha fúnebre, movió cielos y tierra para rescatar la partitura, pero sin éxito.
Y lo que más tristeza me da es que circulan versiones según las cuales, cuando fue vendida la casa que en El Paso fuera propiedad de don Pedro Castillo y en la que, con su familia, vivió muchos años antes de irse a Tenerife en 1950 y no volver más al pueblo por el que tanto hizo, uno de sus yernos quemó en la huerta de esa casa todos los papeles que encontró, en especial los que, guardados por don Pedro, estaban en la dependencia que por años sirvió de escuela para que él impartiera educación primaria a casi todos los niños y jóvenes pasenses de varias generaciones, formara músicos, armara un banda que ensayaba allí, etc.
Cabe pensar que entre esos papeles, quemados por la ignorancia, la arrogancia, la indiferencia, y un olímpico desprecio por la gran obra que don Pedro Castillo hizo en El Paso, estaba la tal partitura.
EL ESPACIO
Del infinito espacio la grandeza
no concibe el humano pensamiento;
en el diáfano azul del firmamento,
se pierde del ingenio la agudeza.
En sus éteres dio Naturaleza
los mundos que en constante movimiento,
cual átomos movidos por el viento,
forman dispersos sin igual belleza…
El espacio es grandiosa realidad
que no cabe en la humana inteligencia,
recóndito secreto do la Ciencia,
se estrella al escrutar su inmensidad.
No vaya el hombre de ese arcano en pos.
¿Quien, pues, lo abarca? ¡Solamente Dios!
LOS TÍTULOS
Títulos de falso honor,
¡cuántos hay en sociedad,
hijos de la vanidad,
del orgullo y del amor!
Y ¡cuántos de gran valor
que en constante asiduidad,
la más culta humanidad
los persigue con ardor!
Mas, ni aquéllos ni éstos tienen
valor, ni al mundo convienen,
si el hombre culto, ilustrado,
no adquiere de modo alguno
un titulo cual ninguno:
¡el título de «hombre honrado»!