[LE}– ‘Homólogo’ no equivale a ‘homónimo’ ni a ‘colega’

18/12/2012

Homólogo alude a la persona ‘que ejerce un cargo equivalente al de otra’, mientras que homónimo significa ‘con el mismo nombre’.

Sin embargo, en los medios de comunicación es habitual encontrar noticias como

  • «Pese a la ausencia de Hugo Chávez, Evo Morales siguió los pasos de su homónimo firmando el protocolo de adhesión al Mercosur» o
  • «El ministro de Agricultura se reunirá esta semana con su homónimo marroquí»,

frases en las que lo apropiado habría sido escribir su homólogo.

Homónimo sí está bien empleado en

  • «Ang Lee estrena ‘La vida de Pi’, basada en el libro homónimo del canadiense Yann Martel» o
  • «El quinto trabajo de Malú fue un disco homónimo editado por Sony a mediados del año 2005».

Por otro lado, el Diccionario Panhispánico de Dudas, y otros de uso como el Clave, desaconsejan emplear homólogo y colega como formas sinónimas, aunque compartan un campo de significado.

En este sentido, cabe precisar que colega es un término más amplio, que abarca a todos los compañeros de una profesión, mientras que homólogo se refiere exclusivamente a aquéllos que ejercen un mismo cargo: un ministro es colega de un alcalde (ambos se dedican a la política), pero éste no es su homólogo, pues ejerce un cargo diferente.

Fuente: Fundéu

[LE}– Construido, incluido,… no llevan tilde

17/12/2012

El diptongo <-ui-> no se tilda en los participios de los verbos terminados en <-uir> (distribuir, distribuido; concluir, concluido, etc.).

Sin embargo, en muchas ocasiones se encuentra este diptongo tildado incorrectamente:

  • «La comunidad ha destruído el doble de empresas en los cinco primeros meses de 2011»;
  • «Dan por concluídos los acuerdos que sellaron entonces»;
  • «Sus pinturas se han atribuído durante siglos al autor de La Gioconda».

El diptongo <-ui-> lleva tilde cuando recae en él el acento en palabras esdrújulas (cuídalo, construírsela) o en agudas terminadas en vocal (influí, incluí) o en <s> (derruís, excluís), pero no en las llanas terminadas en vocal (fluido, jesuita, incluida) o en s (destruidas, imbuidos, recluidos).

En los ejemplos anteriores, el diptongo <-ui-> se encuentra en palabras llanas que terminan en vocal o en <s>, y, por tanto, no debería haberse tildado:

  • «La comunidad ha destruido el doble de empresas en los cinco primeros meses del 2011»;
  • «Dan por concluidos los acuerdos que sellaron entonces»;
  • «Sus pinturas se han atribuido durante siglos al autor de La Gioconda».

Fuente: Fundéu

[LE}– Uso de minúsculas y mayúsculas después de dos puntos

12/12/2012

Después de dos puntos se escribe minúscula, salvo en casos excepcionales.

Este signo, que expresa relación entre el texto precedente y el posterior, sirve para introducir enumeraciones, conclusiones, ejemplos o información que concreta lo que acaba de anunciarse, como en «Se confirma la noticia: el Chelsea ficha a Rafa Benítez».

Entre las excepciones a esta norma, más allá de otros usos no habituales en textos periodísticos (después de encabezamientos de cartas o mensajes electrónicos, por ejemplo, en cuyo caso lo apropiado es escribir la siguiente palabra en renglón aparte), cabe destacar que los dos puntos van seguidos de mayúscula cuando introducen una cita o un pensamiento en estilo directo.

Por tanto, en el siguiente ejemplo lo apropiado es escribir mayúscula después de los dos puntos:

  • «Durante una conferencia de prensa, el mandatario afirmó: “No hay país en la tierra que tolere que una lluvia de misiles caiga sobre sus ciudadanos desde fuera de sus fronteras”».

Por otra parte, se recuerda que la Ortografía de la Lengua Española considera incompatible escribir dos puntos después de como o de preposiciones, así como incluir más de un signo de dos puntos en una misma oración.

De este modo, en

  • «Rafa Benítez ha entrenado en: España, Inglaterra e Italia, donde se ha hecho cargo de equipos como: el Valladolid, el Extremadura, el Valencia, el Liverpool, el Inter de Milán y ahora el Chelsea»,

lo apropiado habría sido escribir,

  • «Rafa Benítez ha entrenado en España, Inglaterra e Italia, donde se ha hecho cargo de equipos como el Valladolid, el Extremadura, el Valencia, el Liverpool, el Inter de Milán y ahora el Chelsea».

Fuente: Fundéu

[LE}– ‘Etc.’ no va seguido de puntos suspensivos

04/12/2012

La palabra etcétera, bien en su forma plena o bien abreviada como etc., no va seguida de puntos suspensivos, y siempre va precedida de una coma cuando se usa para dejar abierta una enumeración.

En ocasiones, sin embargo, se escribe etcétera o etc. con la puntuación inapropiada, como en los siguientes ejemplos:

  • «Los inspectores les comunicaron a los titulares de los puestos de fruta, verduras, ropa, calzado, etc… que tendrán que instalarse más arriba» y
  • «Asimismo se ocuparán otros espacios del recinto, como vestuarios, zonas para camerinos etc…».

Según explica la Ortografía Académica, los puntos suspensivos pueden aparecer al final de una enumeración o lista con el mismo valor que etcétera, por lo que debe evitarse, por redundante, la aparición conjunta de ambos elementos; además, y por convención, ‘etc.’ (que ha de llevar siempre punto) y ‘etcétera’ se separan del anterior elemento por una coma.

Así, la puntuación apropiada de las frases anteriores habría sido

  • «Los inspectores les comunicaron a los titulares de los puestos de fruta, verduras, ropa, calzado, etc., que tendrán que instalarse más arriba» y
  • «Asimismo se ocuparán otros espacios del recinto, como vestuarios, zonas para camerinos, etc.».

También es redundante —y, por tanto, inapropiado, al menos en la lengua formal—, escribir varias veces seguidas etcétera o etc., como en

  • «Se descubren curas para el cáncer, el sida, etc., etc.».

Fuente: Fundéu

[LE}– Origen o uso de palabras, dichos y expresiones: Discusiones bizantinas

27-08-12

Una discusión bizantina es una en que las partes discuten sobre un tema sin mucha relevancia, pero con características muy sutiles y ambiguas.

Es decir, una discusión bizantina es algo más que un diálogo de besugos pero, no mucho más.

El origen de este dicho descansa en los Concilios y reuniones de la primera Iglesia Ortodoxa griega, que se celebraban en Bizancio. En estas reuniones los temas a discutir eran tan dados a interpretaciones y teorías como el sexo de los ángeles, dónde van los niños que fallecen sin bautizar, o si Jesucristo se reía.

Fuente: Casa del Libro

[LE}– ‘Pese a que’ y no ‘pese que’

28/11/2012

‘Pese a que’ es la construcción apropiada para expresar que ‘no se tiene en cuenta la oposición o la resistencia de algo o alguien’, y no simplementepese que’, con omisión de la preposicióna’.

Sin embargo, no es raro ver noticias en las que se suprime la preposición ‘a’, como se muestra en los siguientes ejemplos:

  • «La oposición logró que su moción pudiera ser debatida, pese que el alcalde se negara» y
  • «Texas ejecuta al reo pese que Obama solicitó que se suspendiera».

Según el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, ‘pese a’ significa ‘a pesar de’, y ni éste ni otros diccionarios recogen ‘pese’, sin la preposición, con este sentido.

Por ello, en los ejemplos anteriores habría sido más apropiado 

  • «La oposición logró que su moción pudiera ser debatida, pese a que el alcalde se negara» y
  • «Texas ejecuta al reo pese a que Obama solicitó que se suspendiera».

[LE}– Uso de ‘cesar’ y ‘dimitir’

27-11-12

A. de Miguel

Una de las confusiones más notables del lenguaje público es el mal uso que se hace de los verbos cesar y dimitir.

Curro de Utrilla cita a su profesor de Literatura a quien la expresión ‘dimitir de’ le resultaba «horrísona»; no entiendo por qué. Lo horrísono es eso que se oye algunas veces de ‘le pueden dimitir’.

Dimitir es un verbo intransitivo. Está bien dicho que ‘uno dimite de un cargo o responsabilidad’, es decir, que lo deja voluntariamente por las razones que puedan aducirse o no. Lo que no cabe en buena lógica es que a uno le acepten o no la dimisión, a no ser que sea por la fuerza.

En una sociedad libre las dimisiones son siempre «irrevocables», a no ser que las revoque el interesado. La acción de dimitir de es similar a la de cesar en, ambas intransitivas. El correspondiente verbo transitivo es destituir o relevar.

En definitiva, lo correcto es que uno puede dimitir de un cargo o responsabilidad; o bien que uno es destituido o relevado de esa posición.

Fuente: Libertad Digital

[LE}– Origen o uso de palabras, dichos y expresiones: Dar (o no dar) cuartel

03-08-12

Cuando alguien pide ayuda, o que se le dé algún tipo de facilidades para conseguir un fin que está complicado, suele utilizar expresión ‘dame cuartel’, que también se usa para señalar que se ha sido tolerante con alguien o se le han facilitado las cosas.

Esta expresión, y todos sus derivados, vienen de la época en que dos ejércitos que combatían entre sí podían ponerse de acuerdo antes de empezar la batalla y marcar una zona de exclusión, llamada cuartel, que acogía a los soldados, tanto de un bando como del otro, que, por algún motivo, decidían no participar en la contienda.

Éstos podían gritar en un momento dado «¡Cuartel, cuartel!» y, tras lanzar sus armas al suelo, desplazarse con los brazos en alto hasta el lugar señalado como seguro. Una vez acabada la batalla, eran arrestados y se les sometía al castigo pertinente.

Y de esa zona de exclusión también nacen otras famosas expresiones como ‘no dar cuartel’ o ‘luchar sin cuartel’, cuyo significado es todo lo contrario.

Muchas eran las ocasiones en las que los ejércitos de ambos bandos decidían que la batalla sería encarnizada y sin posibilidad alguna de rendición de los soldados de ambas partes, de ahí que las expresiones ‘no dar cuartel’ o ‘luchar sin cuartel’  signifiquen «no dar tregua ni ser benévolo con el adversario, y luchar a muerte hasta el final«.

Cortesía de Leo Masina

[*Opino}– Siéntate aquí, chaval / Arturo Pérez-Reverte

12-08-12

Carlos M. Padrón

Aunque nunca fui aficionado a leer periódicos, tal vez porque la tinta de su papel me causaba un cierto tipo de alergia, sí puedo establecer la clara y abismal diferencia entre cómo se escribía antes y cómo se escribe ahora; entre el interés que antes se tenía por escribir bien, y la ausencia de interés que ahora hay por eso.

Durante los cuatro años que viví y trabajé en Santa Cruz de Tenerife, conocí gente que compraba a diario el periódico principalmente para leer una sección sobre lengua española (significado de palabras, uso de expresiones, formas correctas de redactar, denuncia de gazapos, etc.), y de ahí me viene mi aplicación por ese tema y el que yo tenga en este blog una sección dedicada sólo a él.

Sin embargo, el interés actual es tan poco que ésa es la sección menos visitada de este blog. Por eso, y aunque nunca fui periodista, entiendo muy bien la queja implícita, y la denuncia explícita, en este excelente artículo de Arturo Pérez-Reverte.

Tal vez yo no llegue a verlo, pero, de seguir esto como va, se llegará al español escrito sin acentos y con una reducción en las letras del alfabeto y su forma de pronunciarlas:

  • La ‘s’ sustituirá a la ‘c’ suave, y desaparecerá la ‘z’
  • La ‘k’ se usará en lugar de ‘c’ fuerte y de ‘q’
  • La ‘b’ será válida también para ‘v’, que desaparecerá
  • La ‘g’ será siempre fuerte, y no hará falta la diéresis
  • La ‘j’ sustituirá a la ‘g’ suave
  • Etc.

cambios éstos que tal vez hasta sean útiles, pero también desaparecerán las normas sobre el uso de signos de puntuación, y muchos de ellos (como el punto, la coma, y el punto y coma) vendrán a resumirse, como se vislumbra ya en inglés y en muchos que dicen escribir en español, en los puntos suspensivos y el guión.

Me pregunto cómo se haría entonces en casos como los ejemplificados en este archivo que me llegó por cortesía del amigo Juan Antonio Pino Capote.

Para verlo en formato PPS, clicar en File (Archivo) —arriba, a la izquierda— y después en Download (Descargar), que está al final del menú resultante.

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12 de agosto 2012

Arturo Pérez-Reverte

Cuando el periodismo aún se parecía al Periodismo

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Cuando el periodismo aún se parecía al Periodismo, y eras un redactor novato que pisaba por primera vez la redacción, había dos personajes a los que mirabas con un respeto singular, mayor que el que te inspiraban los redactores jefes en mangas de camisa con tirantes y una botella de whisky metida en un cajón de la mesa, o los grandes reporteros con firma en primera página, a cuyas leyendas soñabas con unir un día la tuya.

Los dos personajes a los que más podía respetar un joven periodista eran el corrector de estilo y el redactor veterano.

El primero solía ser un señor mayor con la mesa cubierta de libros y diccionarios, encargado de revisar todos los textos para detectar errores ortográficos o gramaticales antes de que se convirtieran en plomo de linotipia. A veces, a medio redactar un artículo, te levantabas e ibas a plantearle una duda.

Solían ser cultos, educados y pacientes. A uno del diario Pueblo —lamento no recordar ya su nombre— debo desde 1973 un truco para no equivocarme nunca, después, al manejar debe y debe de.

Cuando es obligación, me dijo, pon siempre debe; cuando es suposición, debe de. Tampoco he olvidado su aclaración sobre leísmo y loísmo: Lo violó a él, la violó a ella, les violó la correspondencia.

El otro personaje era el redactor veterano. El primer día de trabajo, cuando te internabas entre aquel incesante tableteo de máquinas de escribir y teletipos mirando en torno con aire de parvulito desamparado, siempre había un fulano de cierta edad, sonrisa fatigada y ojos vivos, que señalaba la mesa que tenía al lado y decía: «Siéntate aquí, chaval». Así lo hacías; y de él, en los siguientes días y meses, aprendías sobre tu oficio más que cuanto escuelas de periodismo y universidades podían enseñarte jamás.

Solía tratarse de periodistas curtidos en la redacción; hombres en su mayor parte, aunque no faltaban mujeres. Anónima infantería, toda ella, sin demasiado futuro. Veteranos maduros, desprovistos ya de ilusiones o esperanzas, seguros de que su carrera profesional no iría mucho más lejos de aquella mesa y de la desvencijada Olivetti que había encima. Conscientes, a esas alturas, de que nunca llegarían a redactores jefe, y tal vez ni siquiera a jefes de sección.

Ese periodista veterano solía ser poco gregario, vagamente cínico, con un punto de simpática misantropía. Respetado por todos, aunque a menudo se mantuviera algo aparte de los compañeros que aún tenían ambición y esperanza.

Y tú, intuyendo que era precisamente él quien poseía las claves del oficio, la experiencia y las certezas que te faltaban, te dejabas adoptar con aplicación y respeto, procurando hacerte digno de su estima. Aprendiendo a la vez de sus conocimientos, su cinismo y su ternura. Yéndote luego de madrugada, al cierre de la edición, a tomar con él una copa -—ese personaje solía beber hasta el amanecer— y formular las preguntas oportunas para hacerlo hablar, y contarte, para escuchar de su boca los secretos fundamentales del oficio y de la vida.

Y él lo hacía con gusto, cómplice, generoso como si tu futuro empezase exactamente allí donde terminaba el suyo. Contagiándote el amor por el oficio, la fiebre que en su juventud tuvo, y que al hablar le afloraba todavía, pese a los desengaños, en las palabras y la sonrisa.

Y el día que, al fin, firmabas en primera página, te miraba orgulloso como un padre miraría a un hijo, o un maestro a un alumno aventajado. Sabiendo que tu triunfo también era suyo.

Ya no hay gente así en las redacciones. Ni corrector de estilo, ni viejos maestros con la clave del gran periodismo en los ojos cansados. Ni siquiera quedan apenas redacciones. Los tiempos cambiaron mucho las cosas, los periódicos de papel mueren despacio, las ediciones digitales sustituyen a los grandes rotativos que antes se apilaban en los quioscos —edición especial: Franco ha muerto— y los propietarios de medios informativos, prensa, radio y televisión, hace tiempo jubilaron a esa clase de gente.

Nadie quiere correctores de un estilo que no importa un carajo, y que, además, se consigue gratis, aunque de manera torpe e imperfecta, con los correctores informáticos. Tampoco hacen falta, ni conviene tenerlos cerca, molestos veteranos que abran los ojos a la carne de cañón barata que ahora exigen las empresas: jóvenes becarios mal pagados, pendientes de una pantalla de computador, nutridos con notas de prensa y mediante Internet, que ni siquiera duran allí lo suficiente para enseñar al joven que los sustituirá en el periodismo superficial e irresponsable, al que nuestro tiempo nos condena.

Sin nadie que el primer día de trabajo, al señalar una mesa cercana y decir «siéntate aquí, chaval» le abra generoso, desinteresado, las puertas del que en otro tiempo fue el oficio más hermoso del mundo.

Fuente: Finanzas.com

Cortesía de Leonardo Masina