[Hum}– Mujer, al fin y al cabo

Durante una visita de rutina, el médico, examinando a una joven y bella mujer, le dice:

—Su corazón, sus pulmones, su pulso y presión sanguínea están en perfecto estado.

Y, dándole la espalda para lavarse las manos, agrega:

—Ahora déjeme ver esa cosita que a ustedes las mujeres siempre las mete en toda clase de problemas.

La mujer comienza a desvestirse, y cuando el médico se voltea le dice:

—¡¡No, no, no!! ¡Póngase su ropa nuevamente! Yo sólo quiero que me enseñe la lengua. 

Cortesía de Eva Matute

[Hum}– Nunca llegues tarde

Al Padre Pascual le estaban haciendo su cena de despedida por 25 años de trabajo en una parroquia.

Un político miembro de la comunidad fue invitado para dar un breve discurso. Como el político tardaba en llegar, el sacerdote decidió decir unas palabras él mismo para llenar el tiempo, y habló así:

«Mi primera impresión de la parroquia la tuve con la primera confesión que me tocó escuchar. Pensé que me había enviado el obispo a un lugar terrible, ya que la primera persona que se confesó me dijo que había robado un televisor, que les había robado dinero a sus padres, había robado también en la empresa donde trabajaba, además de tener aventuras sexuales con la esposa de su jefe. También en ocasiones se dedicaba al tráfico y a la venta de drogas. Y, para finalizar, confesó que le había trasmitido una enfermedad venérea a su cuñada.

Me quedé asombrado y asustadísimo, pero con el transcurrir del tiempo fui conociendo más a la gente y vi que no eran todos así. Vi una parroquia llena de gente responsable, con valores, comprometida con su fe. Y así he vivido los 25 años más maravillosos de mi sacerdocio».

Justamente en este momento llegó el político, por lo que se le dio la palabra. Por supuesto, pidió disculpas por llegar tarde y empezó a hablar diciendo:

«Nunca voy a olvidar el primer día que llegó el Padre a nuestra parroquia. De hecho, tuve el honor de ser el primero que se confesó con él».

Cortesía de Antonieta Rodríguez

[Hum}– Emergencia aérea

Una hermosa useña, atontada y rubia —y valga la redundancia— iba con su esposo en la avioneta de éste. Durante el vuelo, el hombre sufrió un ataque cardíaco y murió. Ella, desesperada, comenzó a gritar por la radio:

—Mayday! Mayday!  ¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡Mi esposo acaba de morir y no sé volar este aparato! Por favor, ¡ayúdenme!

Desde tierra le llega la respuesta desde la Torre de Control Aéreo (TCA):

TCA: Aquí le habla la Torre de Control Aéreo. Tranquilícese, tengo mucha experiencia en este tipo de situaciones y le vamos a ayudar. Conserve la calma y le ayudaré a aterrizar…

ELLA: ¡Okay! ¡Okay!

Después de unos segundos, vuelve la voz:

TCA: Bien. Ahora dígame su altura y posición..

ELLA: Mido 1.65 y voy sentada en el asiento junto al del piloto.

Una interminable pausa, y luego:

TCA: Bien, ahora repita conmigo: «Padre nuestro que estás en el cielo,…».

Cortesía de Esteban Zajía

[Hum}– Un mendigo en Navidad

En pleno diciembre y en Venezuela, un mendigo toca el timbre en una casa y, cuando la señora le abre, le dice:

—Señora, regáleme algo para comer, por favor, pero que no sea ni hallacas ni ensalada de gallina ni pan de jamón ni pernil. ¡Estoy cansado de comer esa vaina!

—Ahh, bueno, ¿le gusta el pescado?

—¡Si!

—Entonces ¡¡venga en Semana Santa!!

Cortesía de Eva Matute

[Hum}– Forgot my glasses

Yesterday my daughter asked why I didn’t do something useful with my time. She suggested I go down to the senior center and hang out with the guys.

I did this, and when I got home last night I told her that I had joined a parachute club. She said,

—Are you nuts!? You’re almost 70 years old and you’re going to start jumping out of airplanes?

I proudly showed her that I even got a membership cardand she said to me,

—For heaven’s sake, where are your glasses! This is a membership to a Prostitute Club, not a Parachute Club!

I’m in trouble again and don’t know what to do! I signed up for five jumps a week!

Life as a senior citizen is not getting any easier.

[Hum}– Ella quedó en la casa

Mi esposa y yo estábamos ya listos para irnos a una fiesta que duraría hasta la madrugada. Encendí la lucecita de noche y la contestadora del teléfono. Tapé la jaula del loro, y saqué a la gata al patio.

Entonces pedí un taxi al sitio más cercano, y llegó rápido.

Al abrir la puerta para salir a la calle, la gata, que estaba en el patio, se metió como un bólido en la casa, y, como no podemos dejarla dentro porque siempre anda tratando de comerse al loro, regresé a la casa para atraparla y sacarla nuevamente al patio. Subió como una bala las escaleras, y tuve que perseguirla.

Mientras tanto, mi esposa fue y se sentó en el taxi, y como no quiso que el taxista supiera que al salir nosotros no quedaría nadie en la casa, le dijo al chofer:

—Mi marido viene enseguida; subió a despedirse de mi mamá.

Unos minutos después, llegué yo, ¡por fin!

—Perdón por la tardanza—, dije, mientras el taxi arrancaba—. La muy estúpida estaba escondida debajo de la cama, y tuve que enlazarla con una soga para sacarla. Trató de escaparse pero la agarré por el cuello, y cuando le di unas sacudidas para que se calmara comenzó a revolverse como loca. Tuve que envolverla con una cobija porque la desgraciada me quería rasguñar, ¡y funcionó!

Para evitar que se escapara la arrastré de culos por toda las escalera, y al fin la tiré en el patio. ¡De verdad que es una tragedia tener que batallar con ella cada vez que salimos!

Los ojos de mi mujer se abrieron desmesuradamente, y el taxista chocó contra un auto que estaba estacionado.

Cortesía de Esteban Zajía