[*Otros}– El Valbanera, el ‘Titanic’ de la emigración Canaria, cumple casi un siglo de incógnitas

21/09/2014

Mercedes Ramos

Mario Luis López Isla publica una documentada obra sobre la mayor catástrofe naval española en tiempos de paz, que rectifica muchas leyendas sobre la tragedia.

Después de casi un siglo del trágico naufragio del trasatlántico Valbanera, el mayor desastre naval español en tiempos de paz, su desaparición en aguas caribeñas, con 488 personas a bordo, continúa encerrando incógnitas sobre las que ha puesto luz el escritor cubano de origen canario, Mario Luis López Isla.

Esta semana se ha presentado en Canarias su documentada obra literaria que lleva por título “Valbanera: Réquiem por un naufragio”. El minucioso trabajo realizado en colaboración con Julio González Padrón, marino mercante, escritor y Delegado de la Real Liga Naval en Las Palmas de Gran Canaria, acerca con todo lujo de detalles la magnitud del drama. También rectifica y esclarece los hechos tal y como sucedieron en 1919.

Aquel martes 09 de septiembre de comienzos de siglo, la vida de cientos de Canarios se vio truncada por la desgracia. Todo comenzó un mes antes. El 10 de agosto, y después de varios aplazamientos, el vapor Valbanera zarpó de Barcelona. Dos días antes, la inspección de inmigración había hecho un exhaustivo reconocimiento de los medios de salvamento del buque.

Los anuncios publicitarios resaltan «el servicio inmejorable» y los precios «altamente económicos» que ofrecía la naviera Pinillos Izquierdo y Cía., propietaria del crucero.

Un día después de salir de Barcelona, hizo escala en Valencia, y el día 13 entró en Málaga, donde embarcó un cargamento de aceitunas, frutos secos y vino.

Al atardecer de ese mismo día, marchó rumbo a Cádiz, y el día 17 arribó a Gran Canaria. Embarcaron 251 pasajeros, aunque otras fuentes cifran que fueron 259. Al menos diez procedían de Las Palmas (28 de Telde; 13 de Santa Brígida; 23 de la Vega de San Mateo; 18 de Arucas; 27 de Teror; 12 de Valsequillo; 8 de Valleseco, y 3 de Tejeda).

El 18 de agosto otros 212 nuevos pasajeros subieron a bordo en Santa Cruz de Tenerife. En aguas de la bahía tinerfeña también repostó carbón, agua y víveres frescos. Su llegada a la isla fue anunciada a bombo y platillo.

Moderno y rápido

El periódico tinerfeño ‘La Prensa’ publicó el 24 de junio —más de 15 días antes de su escala— el siguiente anuncio: «El moderno y rápido vapor de dos hélices y ocho mil toneladas Valbanera, pasará por este puerto con destino a los de Santiago de Cuba y La Habana en la primera quincena de julio próximo, admitiendo pasajeros y carga, debiendo dirigirse las solicitudes de hueco con la oportunidad debida, al agente de la compañía en esta plaza».

Antes de cruzar el Atlántico, el día 21 del mismo mes, 106 emigrantes más se unieron al pasaje en Santa Cruz de La Palma. Éste sería el último puerto de escala del crucero en España, y cuentan las crónicas que, al girar la cadena del ancla en el puerto palmero, la perdió. Una señal considerada de mal agüero por los marineros de la época.

La mayoría de los pasajeros eran personas humildes que emigraban en busca de un futuro mejor que no les brindaba Canarias, abrumadas por las dificultades de una época de miseria y escasez. En total, viajaban 1.236 personas, entre pasaje y tripulación.

Julio González Padrón considera que podrían viajar entre 1.700 y 2.000 personas, entre pasajeros, tripulantes, polizones y los famosos quintos, es decir, soldados que viajaban identificados con un número. A bordo incluso iba una mujer francesa, pero «el 90% eran de origen canario procedentes de todas las islas».

Por delante quedaban múltiples escalas y vicisitudes por el mal tiempo. Eran los tiempos de la desgraciada «gripe española» o «Spanish flea1» como la bautizaron los países anglosajones, y en los puertos de destino de los emigrantes españoles, como en los de Cuba, se tomaban medidas sanitarias para evitar la expansión de la epidemia.

Tras atracar primero en San Juan de Puerto Rico, el barco se dirigió a Santiago de Cuba, adonde recalaría el 05 de septiembre. Allí se quedaron en tierra 742 afortunados. Entre estos pasajeros, 27 vecinos de Teror. Muchos, relata Julio González Padrón, se despistaron o se fueron a tomar ron y no llegaron a coger el barco.

Los emigrantes iban a Cuba a buscar trabajo, y eso pudo explicar el desembarco masivo en Santiago de Cuba sin esperar a llegar a su destino final, La Habana.

Las 488 personas restantes que sí embarcaron rumbo al puerto de La Habana jamás volverían a tierra. El 09 de septiembre, el capitán del Valbanera solicitaba la entrada a La Habana, pero la respuesta que recibió fue que estaba cerrado por un ciclón.

El transatlántico se fue a pique en medio del viento huracanado a una velocidad que aún hoy sigue siendo un enigma. «La maniobra del capitán fue un poco extraña, incomprensible, la menos adecuada. Tomó rumbo norte, y giró hacia el vórtice del ciclón», destaca el marino mercante.

De hecho, se cerraron todos los portillos de temporal —ventanas—, a excepción de uno. Un vez que en aguas de La Habana le dijeron que «corriera el temporal fuera —expresión que significaba que no podía atracar—, mi teoría es que el barco se quedó sin máquinas y sin gobierno», subraya.

Tras maniobrar, el buque embarrancó en las arenas movedizas de la costa cubana, en una zona muy próxima a Florida. Zozobró, se escoró sobre el costado de estribor, y fue cubierto por las olas embravecidas. El hundimiento fue cuestión de minutos.

Prueba de ello es que ni siquiera dio tiempo a sacar los botes salvavidas ni pedir socorro, asegura González Padrón. Perecieron todos; al menos 408 eran Canarios. Al día siguiente, el 10 de septiembre, no se halló rastro del crucero ni de los viajeros.

Y no fue hasta el día 23 cuando se supo en Canarias que el Valbanera se había hundido. El día 20 de ese mismo mes, transcurridos diez días desde la desaparición, el periódico ‘Diario de Las Palmas’ publicó un comunicado en los siguientes términos: «El vapor Valbanera, ¿perdido? De Cádiz comunican que allí circulan insistentes rumores de que el vapor Valbanera de la Compañía Pinillos naufragó en la travesía de Puerto Rico a La Habana. La ansiedad es muy grande por conocer noticias. Se recuerda que el Valbanera no traía en este viaje ni al capitán ni al médico que llevaba cuando trajo en julio pasado los enfermos de gripe. Hacemos votos por que no se confirme la fatal noticia».

El 22 de septiembre, un telegrama recibido en Tenerife procedente de La Habana desmentía la desaparición del barco. Pero antes de cerrar la edición confirmaba su pérdida, y que a unas 30 millas de Cayo Hueso un grupo de buzos lo había localizado. Añadía: «No hay vestigio de sus 400 pasajeros».

En los años 60, recuerda el experto en esta catástrofe, un buzo useño, especialista en rescatar objetos de los pecios, encontró en su segunda inmersión un portillo medio abierto. Entró en un camarote y vio flotando el cadáver de un niño con algo de ropa.

«Juró que nunca más volvería a ese pecio. Todos los cuerpos están dentro de los camarotes porque el barco está completamente cerrado», lo que descarta, en su opinión, que fueran devorados por los tiburones y las barracudas, muy presentes en esas aguas.

«Si el Valbanera hubiese sido inglés las cosas habrían sido distintas. En marea vacía se ve la popa del barco. Inglaterra no habría permitido que a sólo 12 de metros de profundidad, que tiras una piedra y llega, los cuerpos se pudrieran allí. Eso fue una vergüenza nacional. No sacarlo en aquel tiempo habla de la poca importancia que tenía España en el mundo2. Si hubiese sido un barco inglés, habrían sacado hasta el último cuerpo y los estaríamos recordando todos los años, como el Titanic», lamenta.

El Valbanera era un crucero en el que también viajaban clientes VIP. En la zona de emigrantes se servía el llamado «menú de emigrante» que consistía en una comida al día. «Por eso los Canarios llevaban gofio, higos pasados y pescado seco». Comían en la cubierta en «el comedor de emigrantes», relata.

En estancias separadas estaban los pasajeros más adinerados que disfrutaban de suculentos menús en sus propios comedores y cubiertas engalanadas.

Del libro destaca no sólo la ardua labor de investigación de Mario Luis López Isla, sino el «respeto absoluto a la historia y a todas las opiniones», como las que erróneamente apuntan a que el Valbanera era «el barco de las prostitutas» o que llevaba oro, concluye.

En la actualidad, su rescate es complejo y costoso, y hasta la fecha los problemas económicos han impedido reflotarlo. En medio del silencio del océano, hundidos en arenas movedizas atestadas de tiburones y barracudas, descansan eternamente cientos de Canarios desde hace casi un siglo sin un monumento ni efeméride oficial en el Archipiélago que honre su memoria, reclama el historiador.

Fuente

NotasCMP

(1) No es flea (= pulga) es flu (= gripe). ¿Es que no pueden buscar en un diccionario? ¡Qué falta de profesionalismo y de respeto al lector!

(2) ¿Qué tiene que ver con esto la importancia de España en el mundo? ¿No sería la poca importancia que España daba a Canarias?

[*Otros}– La canción del retornado (extracto)

08 abril, 2014

Sebastián de la Nuez

Antonio Ojeda era joven en 1947, en plena época franquista, y, además de joven, era Canario.

Se sabe que en cierto momento hubo viviendo en Venezuela unos 400 mil Canarios inmigrantes, trabajando, fundando futuro de este lado del charco. Se dedicaron a la agricultura, al comercio, a los viajes y mudanzas; a comer gofio «La Lucha» y a reunirse en los hogares canario-venezolanos. He aquí la particular aventura de Antonio, uno de tantos, y su esfuerzo por un destino. Toda esta historia resulta, a final de cuentas, una gran paradoja.

 

Antonio Ojeda frente a su casa hogar en Vecindario (Las Palmas, Canarias), a finales de 2013.

Hoy, aun cuando el fenómeno del retorno se ha profundizado por todo lo que ya sabemos, deben quedar en Venezuela unos cuantos miles de Canarios, y sus hijos y nietos, con raíces muy profundas. Este amorío entre islas y país ha sido productivo, y la historia continúa: no en balde en Canarias llaman a Venezuela «La octava isla».

Me gusta contar esta historia aun cuando sé que ha sido tema de ensayos y narraciones diversas a lo largo y ancho de las décadas pasadas. Incluso hay un libro, «Al suroeste, la libertad», que alguna vez escribió un locutor de TV llamado Javier Díaz Sicilia, también Canario, donde relata los viajes arriesgadísimos, en los años cuarenta y principios de los cincuenta, de Canarios cruzando el océano en lanchones o veleros, desesperados por escapar del franquismo y de la miseria de la posguerra.

Me gusta contarla desde la individualidad de Antonio Ojeda, porque es mi padrino de confirmación y porque representa, creo, parte fundamental del país que ha debido seguir siendo Venezuela. pero que no siguió siendo porque en algún recodo del camino se desvió.

Ojeda ha sido un hombre de bien, trabajador, agudo en sus observaciones; amante de la soledad, mientras ha cargado como un leve saco su aliento de bonhomía. Uno de esos miles de emigrantes que encontró en Venezuela más que hospitalidad y una oportunidad de convertirse en hombre próspero: un mundo de querencias.

Ahora, que lo he visitado en un hogar de ancianos, veo la película casi completa. Esa casa-hogar, en Las Palmas, es una especie de hotel cuatro estrellas con todas las comodidades, donde lo cuidan como merecen ser cuidadas las personas que corren el riesgo de resquebrajarse con un soplo. Estuve con él hace poco. Está en un lugar llamado Vecindario, a unos 20 kilómetros de la capital de la isla.

Antonio sí ha tenido el privilegio de ver la película de manera amplia, en primeros planos y también en perspectiva panorámica, desde el blanco y negro al tecnicolor.

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Había estudiado en la Escuela de Comercio de Las Palmas, de modo que buscaba empleo para independizarse de su familia.

En España siempre se han acostumbrado las oposiciones para optar a un cargo, y él lo estaba intentando hacia 1946, aunque sin éxito. Corrían tiempos difíciles, y un contingente de españoles emigraba con o sin familia a América en busca de oportunidades para mejorar sus vidas. Era lo de hoy, pero en sentido contrario.

Antonio tampoco podía ser candidato a trabajar para el Estado puesto que no había ido al cuartel, o sea, no había cumplido el servicio militar: estaba incapacitado, pues de niño, jugando fútbol, se partió una pierna. Como no circulaba correctamente la sangre en esa pierna, y él se hallaba en pleno desarrollo, un pie le creció más que el otro y eso le produjo cojera.

Años después, en el Hospital San Juan de Dios, de Caracas, le corregirían totalmente ese problema.

En vista de que le era difícil conseguir trabajo en su propia tierra pensó irse a Fernando Poo, una colonia española —posteriormente, provincia— en África, conocida también, o más tarde, como Guinea Española.

Pero allí no se necesitaban contadores, sino carpinteros, plomeros, mecánicos. Lo que se le hacía fácil era, más bien, el oficio de barbero, y en eso estuvo unos meses, aprendiendo con la intención de marcharse y ejercer de barbero en Fernando Poo. En el ínterin se le acercó alguien y le habló de un barquito que zarparía hacia América.

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No recuerda cuánto pagó finalmente por el pasaje, pero sí que se trataba de comprar la nave entre todos los viajeros; no alquilarla ni adquirir un boleto.

Entre los pasajeros había, además de Canarios, peninsulares, mexicanos e incluso algún venezolano. Era necesariamente un grupo silencioso. Nadie sabía nada de los demás; cada quien tenía un enlace, y ya.

Se reunió dinero para comprar el pesquero, de nueve metros de manga por tres de eslora, de nombre tan silvestre como «Andrés Cruz». Era de una vela, y del tipo utilizado para la pesca por el litoral de África. Por la descripción de Antonio, era una cosa esmirriada con una cabina donde había un depósito de sal para conservar la carga de pescado.

En verdad, el viaje se preparaba para sacar de España a un individuo apodado El Corredera, que al final no apareció, pero ya el destino para tripulación y pasaje estaba marcado.

En cualquier caso, y aunque sólo sea por añadir otro elemento a esta epopeya, Juan García Suárez, alias El Corredera, había nacido en Telde, pueblo de Las Palmas, y cargaba mala fama de izquierdista y rebelde, de modo que a la sazón se movía en la clandestinidad. Wikipedia recoge, incluso, que ni siquiera está claro su pasado izquierdista, o que luchara frente al alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Sí parece ser que, llamado a filas (como tantos jóvenes de su generación), rechazó su incorporación y fue declarado prófugo. Por eso huía.

El barquito estaba equipado con una cocinita sobre cubierta, un tambor de agua, pan bizcochado (bizcochar es recocer el pan para que se conserve mejor) y algo de gofio, el alimento de harina tostada de trigo o millo tradicional de Canarias. Con eso tendrían que cruzar el Atlántico.

Entre el pasaje iban dos fotógrafos profesionales peninsulares de los que se paseaban por las playas haciéndose unas pesetas para sobrevivir. Le pedían su dirección al cliente y le enviaban la foto a su casa. Ambos dieron sus cámaras como pago para viajar. Uno de ellos se llamaba José Luis Blasco.

Una tarde alguien le dijo a Antonio “Vamos”. Él contestó que antes debía ir a despedirse de sus padres, pero no pudo. Eran cerca de las once de la noche cuando llegaron al puerto detrás del mercado; al ver la precariedad aquella donde habrían de montarse unas treinta personas, Antonio quiso devolverse. ¿Cómo cruzar el mar en ese cascarón?

—Yo era estudiante, y tú sabes que en esa época uno tiene la cabeza llena de grillos, pero yo tenía conciencia de lo que era aquello, —me dijo durante nuestra conversación en Vecindario.

Con sus manos trazó en el aire una maqueta imaginaria: una especie de caja de fósforos donde hay una cabina con catres para el patrón del barco y su timonel o grumete; en el centro, el depósito de sal ya mencionado, cuya parte baja da paso a un hueco en las profundidades del velero para hacinarse y tratar de dormir dentro del sofoco.

Arriba, en la cabina y del otro lado del depósito de sal, dos catres más para marineros o lo que fueran.

Había alguna comodidad extra: en proa, un par de camarotes reservados para la única mujer a bordo y sus dos niños; en realidad, niño y niña. No eran hermanos sino primos, porque sólo uno de ellos era hijo de la señora. Una mujer, por cierto, muy buena moza que habría de prender cierto fuego durante las estrecheces del trayecto.

Cuando Antonio bajó al hueco donde habría de dormir en lo sucesivo se encontró con gente que ya llevaba una semana encerrada allí. Al entrar y aspirar aquel aire quiso levantar la escotilla para salirse. Ahogado, perturbado y a punto de vomitar, se sentía morir, pero lo conminaron a quedarse quieto.

Con su memoria casi intacta evoca una sensación de taponamiento: tal es el verbo que utiliza, taponar. Alguien allá afuera, en cabina, taponó el depósito de sal para que los de abajo se quedaran bien aislados, bien silenciados por un rato.

El barquito estaba correctamente matriculado, y alguien había pedido el debido permiso para ir a la costa de pesca, como era de rigor. Pero, por norma, agentes de la Comandancia de Marina echaban un vistazo antes de dejarlos zarpar. Por lo tanto, Antonio y sus compañeros de encierro no podían dar señales de vida hasta tanto terminase la visita. “Sólo cuando sientan tres golpes arriba podrán salir”. Efectivamente, aguantaron allí encerrados, incluso los niños.

Cuando por fin salió a cubierta y vio alejarse las luces de San Cristóbal, la zona de la ciudad aledaña al puerto, pensó que jamás volvería a verlas.

Así enfilaba la negra mar este cascarón llamado «Andrés Cruz». En su interior, algunos poseídos de fiebre comunista cantaban La Internacional. A Antonio se le quedó grabado para siempre el subir y bajar sobre las olas, la línea del horizonte que parecía no tener fin, la tortura de permanecer horas allá abajo, en el hueco: no podían estar todos en cubierta al mismo tiempo, pues el barco podía voltearse si el peso no estaba bien repartido. El timonel, situado para su trabajo en la parte de atrás, era un viejo lobo de mar.

Entre los pasajeros había un individuo de nombre Lino López García, secretario de la juventud comunista de Las Palmas y perito aparejador. Con un carpintero había mandado a hacer un sextante, un instrumento de precisión que implica cierta especialización. Pero, como no había tenido dinero para comprar uno de verdad, se las apañó de este modo con su carpintero, y aquello era su particular aporte al viaje: un sextante de dudosa calidad para saber el rumbo en medio del mar.

Todos los días a mediodía miraban el aparato para señalar el camino, y en aquel barquichuelo confiaban en el fotógrafo Blasco para la tarea, pues aseguraba conocer de náutica. Antonio vio que Blasco se había agenciado un libro sobre el asunto y que por el camino lo iba leyendo; hasta allí llegaba su sabiduría en tal materia.

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Pasaron los días y no veían sino mar y cielo. Para hacer las necesidades cada quien se ponía como pudiera en popa y de espalas al mar, preferiblemente de noche. Al principio Antonio pensó que moriría reventado, tanto tiempo pasó sin dar del cuerpo. Pero, ¿qué iba dar del cuerpo si en verdad no había comido nada?

Durante la primera noche, una ola asesina había arrasado con la cocina en cubierta, y el pan bizcochado estaba completamente empapado. Por otra parte, el agua dulce no se podía tomar, o se tomaba con mucha repugnancia, pues la contenían unos bidones que antes fueron para gasolina o kerosén, y no habían sido bien lavados.

Con el tiempo y el arrejuntamiento empezaron a incordiarse entre sí. Había un estraperlista entre ellos que había pagado el pasaje a algunos, y eso al parecer creó conflicto, o ésa fue la impresión que tuvo Antonio al escuchar sus conciliábulos. Además pesaban los asuntos ideológicos.

El otro problema era la única dama en el barco. Viajaba en busca de su esposo que se había ido adelante, a la Argentina, o al menos ése es el sitio que cree recordar Antonio. Las cosas se pusieron difíciles cuando el patrón del barco —un individuo que, fiel a su oficio, llevaba prolija barba y ofrecía un aspecto rudo—, se enamoró perdidamente de la mujer.

El hombre trazó una raya ante los camarotes de la mujer y los niños, y amenazó con asesinar a cualquiera que osara traspasarla; temía, a todas luces, que alguien más se dispusiera a conquistarla. No pasó nada en realidad porque el escenario era demasiado público.

Antonio, quizás para darse ánimos a sí mismo o apaciguar el ambiente, recitaba en ocasiones un soneto: “He dejado atrás las cuerdas que me ataban…”. Cierto: todos habían dejado atrás sus cuerdas. Pero adelante lo que se les ofrecía era sólo la inmensidad azul o negra.

Notaba hacia él cierta animadversión de parte de varios de sus compañeros de viaje; gente gruesa e ignorante con la cual era mejor estar a bien. Recuerda discusiones como peleas de perros. Por ejemplo, se suponía, y así había sido acordado, que al llegar a destino sería vendido el barco, y a cada quien le correspondería una alícuota de la suma obtenida por tal venta. Pero allí vinieron resquemores: unos habían puesto más que otros y querían, por lógica, ser resarcidos proporcionalmente.

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En una carta dirigida a sus padres, en un tono poético que quizás copió mentalmente de alguna lectura instalada en su subconsciente, les hablaba con encendida nostalgia del viaje que emprendería, de la soledad que ya sentía, de la incertidumbre ante la partida. Un poco cursi para un joven de hoy en día, pero en aquellos tiempos las líneas que rememora Antonio, y recita como un bardo, han debido arrancar lágrimas a cualquiera.

En su pequeño departamento del barrio de Vegueta —en la capital de Las Palmas, adonde se había mudado por cercanía con su instituto—, solía visitarlo su hermano menor para dejarle algún dinero para su sustento, de parte de sus padres. Éstos vivían en Arucas, donde nacieron los dos hijos.

Un día, al pasar por el lugar para dejarle la mesada, el hermano menor encontró vacía la habitación de Antonio, y aquella carta sobre la cama. Los padres la leyeron tanto, y lloraron tanto cada vez que la leían, que terminaron rompiéndola en pequeños pedacitos para quitarse de encima ese karma.

Pero hay cierta incongruencia en el relato de Antonio, pues si antes narró su intempestiva marcha luego de ser abordado por alguien que le dijo “Vamos” y que prácticamente lo arrastró al puerto, ¿cómo es que la carta fue hallada luego por el hermano, en su cama, a manera de despedida?

Lo más probable es que, en verdad, su arribo al puerto no fuera repentino; es muy posible que supiera de antemano la fecha de la partida pero que, a última hora, y ya en el barquito, se arrepintiese.

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Pasó más de un mes de travesía hasta que al fin divisaron un barco a lo lejos; fue un alivio. El desespero había venido creciendo porque, al no avistar embarcación alguna durante semanas, a aquellos viajeros primerizos, bajo la conducción de un barbudo capitán enamorado, les asaltó el temor de estar perdidos; quizás no les faltase razón.

Aquel día, todos tuvieron los ojos pegados de la línea del horizonte, siguiéndole la pista al barco hasta que, por fin, al anochecer su perfil se fue haciendo cada vez más grande “…y cuando nos dimos cuenta estaba al lado nuestro”.

Una mole gigantesca. El barco se llamaba «Isaac M. Singer», carguero que se dirigía desde Norteamérica a Argentina. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, bajó la velocidad y desde él tiraron redes por el costado que daba al barquichuelo de los aventureros. Antonio miró de proa a popa y no divisó a nadie. Desde su punto de mirada aquello era una especie de planeta bajado del cielo. Al narrar el episodio recuerda lo que pasó por su cabeza en ese momento: “Era horrible saber que estabas metido en una cascarita de nuez”.

Con un altavoz les preguntaron qué necesitaban. Contestaron que necesitaban comida, pero que no tenían con qué pagar. “Si nos dan fiado, les agradeceríamos algo de leche por los dos niños y la señora que llevamos… A los demás no nos importa, pero al menos hay que salvarlos a ellos”.

Antonio agrega: «¡Imagínate decirle eso a un capitán en alta mar! Dio orden de que nos surtieran de todo».

Entre otras cosas, les bajaron una gran pieza de res que, al descargarse, hizo estremecer el barquito de cabo a rabo. Además les bajaron embutidos que no se conocían todavía en Canarias, cigarrillos, chocolates,…. Y se escuchó una voz por el altoparlante: «Mis hermanos españoles… Yo también soy español, de Puerto Rico».

Atendiendo a la situación en que estaban, les tiraron como diez o quince cajas, por si acaso el viento hiciera que algunas cayeran en el mar; pero no,

cayeron todas dentro del barquito. Desde el carguero ofrecieron izar a bordo a quienes quisieran, asegurándoles pasaje seguro hasta Argentina. Pero ni uno siquiera se quiso ir.

El vaivén de las olas alrededor del barco los empujaba con fuerza hacia la quilla de éste, y los hombres debían evitar a toda costa el choque. Cuando el «Isaac M. Singer» encendió su hélice, ya para disponerse a partir, se formó un gran remolino, peligrosísimo para el «Andrés Cruz», y, de inmediato, los del Singer tuvieron que parar la hélice. Entonces, desde arriba lanzaron un grueso cable, los hombres se agarraron a él, y de este modo el barquito fue empujado hacia la proa del «Isaac M. Singer», lejos de su hélice.

Ya era de noche cuando vieron alejarse al barco salvador, pero Antonio recuerda ese momento, en que había buena luna, y recuerda también cómo se quedaron mirando con añoranza aquella mole haciéndose pequeñita.

Los peligros no habían terminado.

En algún lugar sobresalía una palanca que nadie debía tocar, se utilizaba para achicar el agua que, durante la pesca, al parecer se deposita inevitablemente en el fondo en este tipo de pesqueros, pero alguien la manipuló y salió un chorro de agua. Pensaron que el final estaba cerca: ¡se irían a pique, inundada la cubierta por el agua que salía de las entrañas del barquito!

Sin embargo, no era para tanto. No era que el barquito hacía agua, sino que unas panelas de hielo de reserva en su interior se habían derretido, y, al ser accionada la palanca, había hecho erupción el agua represada.

Otra vez se mojó la despensa, incluyendo los embutidos, y otra vez estaban destinados a pasar hambre. Por añadidura, la magra vela estaba estropeada, aunque todavía servía.

Al estudiar las anotaciones que les habían pasado desde el Singer, cayeron en cuenta de que, por la ruta que habían seguido antes de encontrarse con ese carguero, el «Andrés Cruz» iba derechito al Polo Norte. El sextante construido por un carpintero los llevaba a la perdición.

Rectificaron, y a los dos o tres días vieron una islita. A poco de eso avistaron un grupo de pescadores a quienes preguntaron dónde se encontraban; les dijeron que entre Martinica y otra isla cuyo nombre Antonio no recuerda con precisión. En todo caso, estaban cerca el final de la travesía, del azar, de la tortura por la falta de agua o su mal sabor.

Teniendo como referencia a Martinica volvieron a corregir rumbo. Recuerda Antonio que les daban ganas de bajarse, zambullirse y empujar aquel bote esquelético que apenas se movía, sin brisa y con una vela que no funcionaba como era debido.

En algún momento se dieron cuenta, al anochecer, de que se acercaban a tierra firme, y temieron encallar en la penumbra. De nuevo, una ayuda providencial: ahora de pescadores.

A éstos les dijeron que se dirigían al puerto de Venezuela, pues ni siquiera sabían el nombre de La Guaira, y los pescadores señalaron hacia el oeste: «¿Ven aquella curva que hace la costa? Luego de doblarla sigan y conseguirán el puerto».

Se enteraron entonces de que aquel primer punto que habían alcanzado se llamaba Los Caracas, y fueron advertidos de que a su destino final no llegarían sino al día siguiente.

En efecto, así fue. Pero en aquella zona minada de barcos de todo calado corrían peligro. Llevaban una provisión de luces de bengala para estos casos —gracias a Dios, se había conservado en buen estado— e hicieron uso de todo el cargamento para formar el mayor escándalo posible.

Un barco se les arrimó, y desde él echaron un cable a tierra. Advertida la guardia costanera de la llegada de los refugiados desahuciados, de la Comandancia mandaron un buque práctico, a los que se les llama así por extensión del nombre del cargo de marino que, de manera transitoria, guía a los barcos en aguas peligrosas o de intenso tráfico.

Sin embargo, el práctico no los encontró, y en realidad el «Andrés Cruz» todavía andaba muy lejos. Al fin fue encontrado y remolcado hasta una especie de ensenada que hacía las veces de puerto. Era día de fiesta nacional en Venezuela.

No les fue permitido bajar a todos en un primer momento, pero sí a los niños con la señora, y también a Antonio, por su pierna. Estaba todo el mundo pendiente en aquel puerto: gente morena, expectante, preguntona, curiosa. En el puerto o en la propia Comandancia, en el trayecto y por las ávidas miradas de la gente, Antonio vio por primera vez en su vida de lo que es capaz un pueblo solidario actuando en masa.

—Antonio, ¿estás preocupado?, —le preguntó Blasco una vez que pudieron bajar todos y esperaban alguna decisión oficial sobre dónde pasar la primera noche.

—No, lo que pasa es que mañana nos vamos a Caracas, y no sé…

—Mira, no te preocupes, —lo interrumpió el fotógrafo que había jugado el papel de manipulador del sextante inservible.

Blasco estaba entusiasmado, no parecía para nada cansado ni apocado ante el cúmulo de acontecimientos y personas que les había caído encima tras el arribo, y agregó con mirada risueña:

—Mañana despachamos a toda esa gente a Caracas y seguimos nosotros en el barco por el Orinoco, porque todavía hay cosas que descubrir por allí.

Blasco finalmente no siguió rumbo al Orinoco —y mucho menos Antonio—. pero a cambio se convirtió en un maestro del reporterismo gráfico y estuvo a un clic de recibir el premio Pulitzer quince años más tarde, cuando cubrió uno de los alzamientos más sangrientos que se hayan dado en Venezuela: El Porteñazo.

El 02 de junio de 1962 —cuenta la reseña en la página web del Últimas Noticias, periódico para el cual trabajaba— ocurrió ese alzamiento militar contra el gobierno de Rómulo Betancourt, y un contingente de hombres tomó la ciudad de Puerto Cabello, estado Carabobo:

“Las fuerzas leales al Gobierno reaccionan con rapidez y asaltaron la ciudad portuaria. Dos fotógrafos venezolanos, José Luis Blasco, de Últimas Noticias, y Héctor Rondón, de La República, lograron colarse con las unidades del batallón Carabobo que avanzaban por las estrechas calles de la ciudad. En el sector conocido como La Alcantarilla fueron emboscados por fuerzas rebeldes y se produjo el enfrentamiento más sangriento de la revuelta.

Allí estaban Blasco y Rondón, y con sus cámaras captaron, en impactantes imágenes, los momentos más duros de la refriega. Su valor y profesionalismo les permitieron hacer una serie de fotografías únicas e invaluables que a Héctor Rondón le valieron el World Press Photo del año 1962, y el Pulitzer del año 1963”.

Así es el destino. A Rondón, cada vez que le preguntaban sobre su famosa foto y cómo la hizo, no hacía sino darle crédito a Blasco, ya un profesional de renombre y mayor que él; pero, en realidad, Rondón no hizo sino seguir a Blasco en el riesgo del tiroteo, e imitar sus pasos. Sin embargo, el premio fue para el alumno y no para el maestro, pues la foto del sacerdote sosteniendo en brazos a un militar malherido le dio la vuelta al mundo, y permanece como un testimonio de la valentía y de solidaridad de un clérigo que, en medio de una guerra desatada, trata de preservar lo más sagrado.

Tras la llegada a Caracas, cuando pernoctaron en la residencia del sector Sarría —donde debían permanecer los inmigrantes en cuarentena por regla del gobierno perezjimenista—, Antonio tuvo otra idea: montar un laboratorio fotográfico; Blasco le enseñaría los pormenores del revelado, mientras el propio Blasco saldría a tomar fotos como solía hacerlo en las playas de Canarias (aunque era valenciano, se había radicado en las Islas).

Pero tampoco llegaron a eso; cada quien tomó su camino, y Antonio comenzó a trabajar en la agencia de publicidad de un colombiano, en la esquina de Socarrás (Caracas). Su primer estipendio fue de 8 bolívares por día. Recibió 24 bolívares por tres días que había trabajado en su primera semana, y salió a la esquina de Socarrás, en la parroquia de La Candelaria, con el mundo dándole vueltas en la cabeza; hasta el día de hoy no sabe cómo no lo atropelló un carro.

En aquella Venezuela, aún en dictadura, encontró una buena sociedad que lo cobijó y lo adoptó.

Españoles y Canarios huyeron de un país que no ofrecía sino hambre y limitaciones. Huyeron, quizás algunos sin plena conciencia de ello, del general que se había llevado tan bien con Hitler y que convertía a la Guardia Civil en un cuerpo terrorífico frente a la población. Huían de La Falange de Cara al Sol.

Fuente

Cortesía de Antonieta Rodríguez

Artículo relacionado:

[*Otros}– “Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba / Manuel de Paz: El batallón de cazadores «Palma»

“Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba (1930-1931), es un trabajo de Manuel de Paz realizado con cargo al proyecto PI1999/085, subvencionado por la Dirección General de Universidades e Investigación del Gobierno de Canarias.

Publicado en Padronel por cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

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Selección de textos de Tierra Canaria (La Habana, marzo de 1930 a julio de 1931).

Incluimos en este anexo una colección de textos representativos de la revista isleña de Cuba, donde pueden apreciarse elementos sustantivos de su línea editorial. La inmensa mayoría de estos trabajos son debidos a la pluma de su jefe de redacción, Tomas Capote Pérez, aunque se incluyen, como antes se dijo, algunas colaboraciones de Antonio Pino Pérez, igualmente útiles para analizar la vertiente nacionalista de Tierra Canaria.

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El batallón de cazadores «Palma»

Arroyo Apolo

Hace años ya que los gobernantes españoles, en vista de la impotencia bélica que representaba para la defensa de Canarias y por ende para la de España, el sostenimiento en el Archipiélago de un número crecido de tropas, decidió trasladar a la Península, como al fin lo hizo, los batallones «Gomera y Hierro», «Lanzarote», «Fuerteventura» y «Palma», dejando, en lugar de ellos y en las capitales de las islas menores, pequeños destacamentos de soldados.

De momento, alegando motivos y razones económicas y de otra índole, las más altas representaciones del pueblo canario, se dirigieron a los gobernantes españoles para pedirles reintegrasen a las islas sus batallones. El Gobierno, no cejó ni un ápice a las demandas que se le hacían, pues había fundamentado inteligentemente su proceder, teniendo en cuenta que las islas, en caso de guerrear España con cualquier potencia, serían perdidas irremisiblemente para la Corona (¡digámoslo de algún modo!) pues España, con su pobre escuadra, no podría evitar que la bloqueasen, ni sostener en ellas el ejército que de artillería convenientemente se necesitaría.

 

Además, la experiencia universal ha demostrado que no pasan de ser una fanfarronería pueril los alardes bélicos de esos pueblos pequeños, armados hasta lo increíble, que en los instantes aciagos de la guerra son fatalmente víctimas del poder de los grandes o de la tiranía comprensible de los fuertes, a pesar de sus ejércitos disciplinados y de sus barcos de guerra y todo.

Canarias perdió en definitiva los batallones de las islas menores, quedando sólo defendida por los regimientos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas. Sin embargo, nosotros pensamos que todavía a Canarias le sobra ejército: le sobran los Regimientos de Santa Cruz y Las Palmas. Si calificamos de inteligente la medida de aquellos gobernantes que se llevaron a España el malestar de nuestros batallones, no vacilaríamos en calificar de sabia la que nos privase de los regimientos parasitarios, que decoran nuestras bellas capitales atentando contra las libertades públicas.

Es preciso que se nos libre de la pesadilla odiosa del Ejército y que se nos exima del servicio militar obligatorio. Los canarios, por naturaleza, no amamos los formulismos estériles de la guerra y lo más probable es que nunca habremos de necesitar de las enseñanzas desconsoladoras del cuartel. Los canarios nos indisciplinamos en ellos porque somos individualistas y rebeldes y dignos. Los canarios sentimos aversión hacia España, cuando la miramos a través del alentar corrupto de su Ejército.

No está muy lejos en el tiempo el pronunciamiento revolucionario de Jaca contra la Monarquía enferma que padece España. La primera unidad del ejército que se levantó en armas contra ella, fue el Batallón de Cazadores Palma n° 22, en el que la inmensa mayoría de sus oficiales y la totalidad de sus clases eran canarios: Canarios que, trasplantados a la tierra donde la Pilarica dijo «que no quería ser francesa», siguieron reverenciando allí en lo más recóndito de sus almas, las altaneras rebeldías de su tierra y las arrogancias viriles de sus antepasados.

Ellos fueron de los primeros que se bautizaron con sangre de redenci6n en el desfiladero de Ayerbe, mientras Franco rubricaba el espacio libre y virgen, con el prodigio estupefaciente de su maravillosa águila increíble. Ya en los aires es España republicana. Vuela, águila, vuela. Lleva hasta los más apartados y tenebrosos lugares la buena nueva. Sírvele águila de consuelo a las víctimas de Annual, Monte Arruit y Nador. Y cuando pases por Canarias detén tu vuelo un instante para que digas a las madres canarias cómo mueren sus hijos en defensa de la libertad. Sus hijos que nacieron libres y vivieron libres, se esfuerzan valientemente por morir libres también. Cuando los canarios ofrendaban sus vidas por las libertades americanas, actuaban inspirados por el mismo amor que cuando se enfrentaron con los esquiroles de Alfonso, el Rey, en aquel conato de revolución del que debió surgir definitivamente la España republicana.

Los héroes de Jaca, que escribieron con sus vidas la primera página de la nueva España, se agigantarán en la historia como las primeras víctimas inmoladas en el altar de la Patria por los esbirros de una Monarquía aristocrática que no tiene raz6n de existir.

España, privada durante largos años de libertades individuales, respira ahora por sus poros protestas, revueltas, proclamas, rebeliones y descontento. Necesita, para vivir su verdadera vida, de libertades que no tiene. Pesa sobre ella la mole granítica de un Reinado que ha venido a poner de actualidad los versos de Bernardo López García, cuando el dijo a España «No has tenido más
verdugo que el peso de tu Corona».

Si tenía ya razón el poeta hace más de un siglo, ¡cuánta raz6n no tendrá hoy! A España le sucede igual con la Monarquía que al Palacio Real de Madrid con las estatuas de los reyes godos que estaban colocadas encima de él: que si no se las quitan hace ya tiempo hubiesen acabado por aplastarlo. Y aún con haberlas sacado hace muchos años, no se pudo evitar que lo resquebrajasen por algunos sitios.

A pesar de todo, el Rey (S.M.) sigue defendiendo obstinadamente su herencia y el pomposo título que ostenta (según reza en las monedas oficiales), por «obra y gracia de Dios». En su concepto, el pronunciamiento revolucionario de Jaca será probablemente una rebelión de sediciosos, o la protesta de un grupo de descontentos, pero para nosotros, que también tenemos derecho a emitir un juicio, es el primer toque de atención que se da para la gran fiesta nacional que habrá de celebrarse muy en breve.

No somos amantes de la revolución, ni gozamos ante el espectáculo sangriento de una lucha fratricida, pero pensamos que a veces son tan viejos y tan grandes los males que padece España, que se impone, con la fuerza indomable de las necesidades, la revoluci6n por la sagrada conquista de los derechos violados, y la guerra sin cuartel para el entronización fraternal de la Igualdad.

Unos soldados canarios, que amaban la libertad más que a sus propias vidas, contribuyeron a cimentar con sus rebeldías el esplendor divino de una nueva España. Que no fallen nuestras actividades, nuestros esfuerzos y nuestro amor en la edificación maravillosa de la España republicana que a pasos agigantados se va adentrando en el corazón del pueblo.

La Habana, Enero 24 de 1931.