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30-01-2026
Soledad Morillo Belloso
Querer y amar al país
Hay una pregunta de Andrés Eloy Blanco que debería acompañarnos siempre, no sólo en la vida amorosa sino en la relación que sostenemos —o dejamos de sostener— con el país. Cuando él escribe “Me muero por preguntarte si es igual o es diferente, querer y amar, y si es cierto que yo te amo y tú me quieres”, no está hablando únicamente de dos personas: está interrogando la calidad del vínculo, la hondura del compromiso, la ética del afecto. Y esa pregunta, trasladada a Venezuela, se vuelve casi un examen de conciencia.
Querer al país es un gesto inmediato: la emoción que despierta un paisaje, la memoria de una comida, la música que nos atraviesa, la nostalgia que se activa sin esfuerzo. Es un afecto que nace solo, como quien mira algo querido y suspira. Querer es fácil, casi instintivo; no exige más que sensibilidad.
Amarlo, en cambio, requiere otra musculatura. Amar a Venezuela es asumirla con sus fracturas, con sus contradicciones, con su historia luminosa y su historia terrible. Es no renunciar a ella incluso cuando decepciona, incluso cuando hiere. Es comprometerse con su transformación, no desde la ingenuidad, sino desde la responsabilidad. Amar es quedarse, o volver, o trabajar desde donde se esté para que exista un mañana menos roto. Amar es un verbo que pide acción, lucidez, paciencia y terquedad.
Por eso esos versos deberían guiarnos. Porque nos recuerdan que el afecto superficial —el querer— no basta para sostener una nación. Que el amor verdadero implica cuidado, crítica, ternura y una voluntad obstinada de futuro. Que un país no se salva con arrebatos, sino con un amor que se hace acto, palabra, presencia, resistencia.
La pregunta de Andrés Eloy no es sólo un susurro íntimo: es una exigencia moral. Nos obliga a revisar qué tipo de vínculo sostenemos con la tierra que nos nombra. Si apenas la queremos —con la ligereza de lo que se admira— o si de verdad la amamos, con la responsabilidad de quien se sabe parte de su destino. Porque un país no se hereda: se cultiva. Y sólo florece cuando dejamos de mirarlo como un recuerdo y empezamos a asumirlo como un compromiso vivo, imperfecto y nuestro.
A Venezuela la tenemos que querer y amar todos. No como consigna vacía, sino como una forma de asumir que el país no es un espectador de nuestras vidas, sino un vínculo que nos compromete. Quererla es reconocer lo que nos conmueve: su música, su memoria, su luz. Amarla es otra cosa: es trabajar por ella, cuidarla, defenderla, transformarla, incluso cuando duele.
Y en ese tránsito —entre el querer que emociona y el amar que obliga— se juega nuestro destino común. Porque un país no se sostiene con afectos tibios ni nostalgias dispersas, sino con la decisión colectiva de asumirlo como un proyecto vivo. Amar a Venezuela es entender que su futuro no depende de unos pocos, sino de todos los que la nombramos como hogar, incluso desde lejos.
Por eso, sí: a Venezuela la tenemos que querer y amar todos. Con pasión de la buena. Sin cursilerías. Aunque duela.
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